Estudios Evangélicos

¡Bienvenidos!

#

¿Más allá del sacrificio político? El precio de la noche, de Pablo Ortúzar

La polarización de la que Chile es presa desde hace ya más de cuatro años será coronada este 2023 con el cincuentenario del 11 de septiembre de 1973. Meses antes, empiezan a retomarse las discusiones permanentes que suscita este tema. Pero también hay otras que, aunque menos visibles, siguen siendo importantes. Una de ellas, la relación entre lo religioso y lo político, la trata el libro “El precio de la noche” de Pablo Ortúzar, publicado en 2021 [i].

El subtitulo de la obra es “Diálogo imaginario sobre la tiranía”, y hace justicia al tipo de texto frente al que estamos: es el clásico género de los diálogos. En este caso, es una conversación entre un joven sociólogo “haciendo una investigación sobre el vínculo entre poder y creencias religiosas durante la dictadura” (p. 12), y su entrevistado, un Jaime Guzmán (llamado “el primer pinochetista”) que, gracias al beneficio que solo la ficción puede ofrecer, se sienta a tomar un café con él para conversar sobre política y cristianismo en los días presentes.

El texto trajo algunas polémicas, como por ejemplo el grado de cercanía o lejanía con que se retrata a Guzmán, tema importante para sus seguidores más férreos; o el modo en que el libro refleja cómo piensa realmente la derecha en Chile, preocupación propia de las izquierdas, en especial dado el hecho de que el autor se ubica en ese sector. En ambos casos pareciera que el término “imaginario” del subtítulo quedó en segundo plano. Tal parece que la obra logra ser lo suficientemente peliaguda como para que el pacto ficcional entre escritor y lector sea cosa extraña. Pero hagamos aquí el intento. La lectura que se propone es mas menos como sigue. Aunque el texto se construye atendiendo al caso chileno, quiere tratar algo más amplio: la tiranía. Así pues, lo que se quiere relevar en este breve comentario es qué papel juega en este diálogo el problema del derramamiento de sangre por razones políticas y, más en específico, del sacrificio.

El joven estudiante quiere saber sobre el vínculo entre “poder” y “creencias religiosas” durante “la dictadura”. Esos son nuestros tres elementos, anudados en un Guzmán imaginario: católico, gremialista y, desde luego, colaborador de Pinochet. Una lectura atenta permite precaverse de que aquí lo religioso no refiere meramente a las instituciones religiosas y tampoco a la religiosidad del propio Guzmán imaginario, aunque ambas cosas sean aludidas con cierta recurrencia. Sobre todo, importa poner el acento en una cuestión que atraviesa subterráneamente todo el diálogo, el hecho de que el ser humano es un ‘homo religiosus’, en el decir de Eliade. Estamos frente a una observación antropológica, más fundamental que las instituciones, las que son más bien un modo de expresión de esta religiosidad inherente.

El ser humano es un ser religioso y, así como en las religiones formales hay sacrificios, lo que deja traslucir este diálogo es el problema de la lógica sacrificial de la política, tomando como ejemplo el caso de Chile. Si se asume esta premisa, ninguna alusión al “sacrificio” en este libro es casual. Por el contrario, podría decirse que una de las grandes preguntas que atraviesa este diálogo es si acaso los chilenos pueden abandonar la lógica sacrificial de la política, de la cual están presos todos quienes viven la política con el mismo sentimiento con el que vive un creyente su vida religiosa.

Esto permite explicar, primero, porqué el investigador parte desde el interés por “saber cómo un seguidor de Cristo podía haberse prestado para colaborar, apoyar y promover una dictadura que torturó y asesinó a miles de personas” (p. 12-13). Si bien aquí no se menciona el término “sacrificio”, este punto de partida es iluminado luego por una explicación del Guzmán imaginario, en la que asevera que Allende, al oponerse a la idea de una guerra civil, “se negó a sacrificar todas esas vidas humanas inocentes en el altar comunista, y por eso tiene mi respeto” (p. 27). Así las cosas, se está ante una cuestión paradójica: ¿cómo ocurre que un católico, al mismo tiempo que celebró que su opositor no llevara al derramamiento de sangre, colaborara con otro detentador del poder que sí lo hizo?

Pero las paradojas son aparentes. Tras el razonamiento del Guzmán imaginario está la cuestión más profunda sobre la situación humana, el pecado, la caída, y la revolución se plantea a sí misma como una inversión del cristianismo al desconocer precisamente las consecuencias del pecado y la caída. Quiere instaurar un mundo nuevo sobre la premisa de que el ser humano es de naturaleza buena y, por tanto, “hace inútil la venida y el sacrificio de Jesucristo” (p. 78). Esta apreciación no es modo alguno anecdótica, si se considera que Cristo, para los cristianos, fue el sacrificio expiatorio perfecto por los pecados, una vez y para siempre. O al revés: no se necesitan más sacrificios que el de Cristo.

El Guzmán imaginario reflexiona sobre la posibilidad del “martirio”. En la álgida situación política de los ’70, piensa que él y los suyos pueden morir en manos del comunismo. Sin embargo, se imbuía de fe porque consideraba que lo valiente y correcto era dar esa batalla. Luego, en más, señala que aquello es “también lo cristiano, porque la desesperación no es digna de los buenos creyentes, a sabiendas de que la Divina Providencia siempre puede intervenir” (p. 84). En este caso, la situación es la de un cristiano preparado para dar su sangre, tal como lo hicieron los primeros cristianos.

Ocurre que el poder político, a la postre, se constituye un ídolo. El Guzmán de Ortúzar sostiene que “tendemos a divinizarlo, a creerlo capaz de cosas que solo le están permitidas a Dios, porque de esa manera nos divinizamos a nosotros mismos. Pero no podemos escapar de él. Vivir en el mundo, en este mundo, es vivir políticamente. ¿Estamos condenados a los excesos, entonces? A veces pienso, con temor, que si” (p. 87). Dígase sin rodeos: ¿es que acaso nunca pararemos, los seres humanos, de derramar sangre por lo que ocurre en la polis? ¿Por qué, una y otra vez se derrama sangre en la ciudad de los hombres?

Al vivir lo político como una actividad divina, inevitablemente aparecerá el costo sacrificial, porque una deidad lo demanda. Y lo que es más, esto cabe dentro de lo que permite la Divina Providencia, cuando no interviene. Desde la perspectiva del Guzmán imaginario, desde luego intervino porque finalmente él y los suyos no fueron mártires. Pero ¿intervino en el derramamiento de sangre que vino luego? Es como si sacrificio político y providencia estuvieran inexorablemente entrelazados. Un cristiano como este no puede negar que, en todo el desarrollo histórico de la humanidad, pese a la innumerable cantidad de dolor humano, Dios actúa de maneras incomprensibles.

Llegados a este punto, resulta difícil evadir la tentación de pensar que el pensamiento del Guzmán imaginario es semejante al de un católico del siglo XIX que pensaba más menos parecido sobre esto. José de Maistre también escribió un famoso diálogo titulado “Las veladas de San Petersburgo”. Su subtítulo reza: “Coloquios sobre el gobierno temporal de la Providencia”. Aunque sería osado pensar que esta obra esté de fondo aquí, no deja de ser sugerente que el Guzmán de Ortúzar también tuviese “veladas” (p. 74). Maistre, sobre quien Isaiah Berlin escribió sin pudores, escribió un tratado sobre los sacrificios que explica la situación humana como una degeneración radical, la redención del culpable gracias al inocente, y la salvación por la sangre [ii]. Esto alcanza la vida común y el gobierno de la Providencia opera precisamente atendiendo a estas condiciones, como se enseña en las referidas Veladas.

Con todo lo dicho a la vista, es ahora posible entrar en el terreno de las tesis políticas. Si, según lo dicho, quisiera desprenderse al menos una interrogante concreta de este libro, sería esta: ¿se puede vivir políticamente sin sangre, sin sacrificios? La tesis, escondida entre medio de las palabras, me parece que el propio Guzmán imaginario la suscribe, pero a sabiendas de que no fue capaz de cumplirla: si, se puede, el sacrificio de Cristo debería bastar. Eso debiese pensar todo cristiano. Sin embargo, una y otra vez en la historia, el cristiano es arrastrado por las circunstancias y no puede hacer otra cosa que ponderar lo que considera como el mal menor. Lo trágico es que ese mal menor también cuesta otros sacrificios aparte del sacrificio de Cristo. No se puede aspirar a la vida celestial en medio de una humanidad caída.

A contrapelo de esta forma de ver el mundo, el investigador carga con la duda de si acaso su generación es la de “los últimos pinochetistas”, y lo que es peor para él, “sin opción ni percepción de serlo, atrapados en laberintos y ruinas que no entendemos porque ni siquiera vemos” (p. 16). Lo que esto significa, todavía más en el marco del estallido social de 2019 -trasfondo del diálogo-, no es obviamente que quienes protestan sean “pinochetistas” en el sentido de que adhieran a Pinochet. Sería descabellado. No. Lo que esto significa es que, sin saberlo, no se haya salido de ese presunto eterno retorno de la lógica sacrificial en política y que, por tanto, nos veamos una vez más encaminados hacia los altares políticos a derramar sangre.

El título del libro es una referencia a la expresión portaliana “el peso de la noche”, que suele interpretarse como la fragilidad de la estabilidad de Chile. Sin la noche, es decir, el sueño, el dormir, el país se enfrentaría a su colapso. De tal suerte, la noche también tiene un “precio”. Ese precio es la sangre. Pero no se piense que Chile goza de alguna especie de particularidad por sobre otras naciones. Lo que el pensamiento del Guzmán de Ortúzar indica es que ese “precio”, ahora diríamos, ese “sacrificio”, esa “sangre”, es un costo que en ocasiones se paga para evitar el fin de la comunidad política o para llegar a dominarla. Y esto no conoce tipos de régimen, no conoce ideologías, no conoce territorios ni pueblos. Por eso es que el diálogo, aunque observa la situación de Chile, en última instancia, no trata sobre Chile. O, más bien, trata de Chile solo en la medida que es un caso que ilustra un problema de principio. Ya lo anuncia el subtítulo, su tema es el casi cíclico problema de la tiranía. Sin apellidos. Siendo así, reclama un interés transversal, por izquierdas y derechas. El rumbo del país y de la región nos impele a pensar sobre él una vez más.

___

[i] El libro fue publicado por Tajamar ediciones. Pablo Ortúzar es investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES). Antropólogo, magister en análisis sistémico de la sociedad, y doctorando en filosofía política de la Universidad de Oxford.
[ii] Maistre, José de. (2009). Tratado sobre los sacrificios. Madrid: Sexto Piso, p. 78.