Estudios Evangélicos

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El Edén y la fuerza moral de un paisaje bíblico

En los relatos sobre estos paisajes y las personas que los habitan descubrimos valores que nos han configurado y que continúan desafiándonos y reformulándonos.

La preocupación de que es objeto el paisaje en que vivimos, sin importar nuestro lugar de origen, sistema político o religión, nos ha ido forzando a reconsiderar nuestras acciones y las consecuencias que éstas tienen sobre nuestro entorno[i]. Hemos comenzado a buscar un estilo de vida que restituya la salud de aquellos ambientes y los sustente de modo que tanto nosotros como nuestros hijos y nuestros nietos puedan prosperar en ellos. Para nosotros, como cristianos, semejante búsqueda de una nueva manera de ser en el mundo (aunque también deberá suponer la mejore la ciencia, la política y la gestión pública) puede en gran medida verse informada por un revisión de nuestros paisajes bíblicos. En los relatos sobre estos paisajes y las personas que los habitan descubrimos valores que nos han configurado y que continúan desafiándonos y reformulándonos.

Pero antes de observar cómo uno de estos paisajes de la Escritura -el Jardín del Edén- podría influir y enriquecer nuestra búsqueda del rol apropiado del ser humano en el ambiente, quiero hacer mención de un poderoso y noble movimiento de interpretación bíblica que en forma inadvertida ha oscurecido el camino de esta búsqueda. Dicho modo de leer la Escritura podría denominarse la perspectiva de la “historia sagrada”. Sus precursores han aducido que la maravilla de la fe bíblica es haber separado a Dios de los procesos de la naturaleza con los cuales las religiones paganas vecinas lo asociaban y, en lugar de ello, haber conectado a Dios con los procesos de la historia humana. Desde esta perspectiva, los paisajes bíblicos se volvieron un mero escenario sobre el que se representaba el gran drama de la redención humana; no se los consideraba como un participante esencial en el relato bíblico[ii].

Se trata de un noble movimiento porque sus objetivos son admirables. Al poner el acento en la historia, su intención ha sido mostrar el infinito cuidado que tiene el Dios de la Biblia  por la humanidad, su bienestar y su futuro. Ha hecho hincapié en que Dios no es una abstracción sino una presencia viva al interior de las ambigüedades de la experiencia humana. Este movimiento ha liberado a Dios de los sistemas teológicos humanos y ha enfatizado la libertad de Dios de actuar en formas nuevas y crear nuevos futuros. Por sobre todo, ha identificado a Dios con el cambio social, reconociendo la acción suya en los eventos históricos que desmantelan los regímenes represivos y liberan al oprimido.

Por desgracia, los bienintencionados fines de este movimiento interpretativo han sido perseguidos en desmedro de la naturaleza. Al contraponer la historia a la naturaleza, los márgenes históricos de esta perspectiva podrían ser puestos al trasluz y ser delineados claramente, pero el paisaje moral de la creación fue consecuentemente ignorado o erróneamente devaluado. Prácticamente cualquier comentario bíblico o teología bíblica disponible en las librerías comparten en alguna medida la perspectiva de la “historia sagrada”. Como resultado, cuando los eticistas y teólogos ambientalistas se volcaron por primera vez a la tradición bíblica en busca de recursos para una nueva forma de pensamiento ecológico, se vieron forzados a creer que la fe bíblica estaba esencialmente en bancarrota en este respecto[iii]. Y hasta hoy la Escritura tiene esta reputación en muchos círculos. Por lo tanto, cuando revisitamos nuestros paisajes bíblicos enfrentamos dos desafíos principales: comprender el ambiente bíblico original, y además hacer una lectura opuesta a la corriente de un siglo de interpretación bíblica bien intencionada, aunque sesgada, respecto de dicho ambiente.

Para mostrar estos desafíos de una forma modesta, quisiera dar una nueva mirada a uno de los paisajes más conocidos de los que encontramos en la Biblia: el Jardín del Edén. El pasaje en que se relata la creación (que ha sido atribuido a un autor anónimo a quien los eruditos han denominado el “Yavehista”, debido a que prefiere el nombre divino Yahvé (referido como “Señor” en versiones como la NVI), es considerado por muchos como el más antiguo de los dos relatos al comienzo del Génesis. Debido a su antigüedad y a su posición al comienzo de la narración yavehista, ocupa un lugar fundamental en la conciencia de sí mismo de Israel y en la teología bíblica. Las primeras preguntas que quisiera formular a este particular relato son: ¿cuál es el verdadero paisaje que el narrador tiene en mente, y cuál es el rol del ser humano en dicho paisaje? Sólo después de estas interrogaciones podemos hablar algo más acerca de los valores relativos a la naturaleza contenidos en el relato.

Un buen lugar donde comenzar esta investigación es el punto en la historia en que Dios le asigna al primer humano su primera tarea sobre la tierra: “Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el Jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (Gen 2.15, NVI). Al parecer, la primera ocupación del ser humano es la agricultura, el cultivo y cuidado del huerto. De hecho, esta visión sobre quién es el ser humano y lo que éste hace recorre todo el relato (y los que continúan). Al asumir que la vida humana y la agricultura van de la mano, el narrador describe el tiempo anterior a la creación como un tiempo en que no había agricultores: “ni existía el hombre para que cultivara la tierra” (2.5). Además, el narrador reconoce que la agricultura ha de ser la ocupación (¿podríamos decir la ‘vocación’?) de la raza humana desde entonces en adelante, incluso fuera del Jardín: “entonces Dios el Señor lo expulsó del jardín del Edén, para que cultivara la tierra de la cual había sido hecho” (3.23; cf. 3.17-19).

Tenemos, entonces, ante nosotros lo que parece ser un paisaje agrícola, en que el mundo natural y el rol del ser humano en éste se comprende desde la perspectiva del antiguo agricultor israelita[iv]. Este paisaje agrícola, de hecho, se torna más vívido en otros detalles del relato. Uno de estos detalles es la creación del primer ser humano. Dios crea al primer hombre “del polvo de la tierra” (2.7). El hebreo bíblico, de hecho, posee diferentes términos para diferentes tipos de suelo; el término que aquí se traduce como “tierra” es adamah. El yavehista siempre utiliza el adamah en el relato para referirse a la tierra cultivable, aquella que los agricultores israelitas labraban (por ejemplo en 2.6, 9; 3.17, 19, 23). En consecuencia, los humanos son, por decirlo de algún modo, agricultores por naturaleza. Están creados a partir del mismo suelo que cultivan.

Luego de formar al primer humano desde el polvo, Dios “sopló en su nariz hálito de vida”, y el ser humano vino a la vida (2.7). Esta colorida imagen probablemente proviene de la vida campesina israelita, como me lo sugirió una vez Richard Austin, autor de Hope for the Land: Nature in the Bible (Esperanza para la tierra: la naturaleza en la Biblia), y a la vez agricultor[v]. En los momentos posteriores al nacimiento de un cordero, un cabrito o un ternero, si no puede comenzar a respirar, el campesino sopla en la nariz de éste para darle vida. De este modo, este narrador describe el propio actuar de Dios, cuando por primera vez Él trajo a los humanos a la vida, en términos de una experiencia con la que los agricultores israelitas estaban estrechamente familiarizados: respirar la vida en el recién nacido.

Una típica granja israelita ni siquiera se acercaba a lo frondoso y fértil que era el jardín del Edén. Enclavadas en las laderas de rocosas montañas, eran granjas de pequeña subsistencia que combinaban el cultivo de grano y frutas con la crianza de ovejas y cabras. La vida en ellas era dura y precaria, con lo limitados que estaban por la escasez de buen suelo y por lo impredecible de la lluvia. Al describir este primitivo paisaje, el autor de la narrativa del Edén está por lo tanto describiendo el paisaje ideal de los agricultores mediterráneos, un paisaje con una provisión de agua constante (2.6), abundante suelo fértil y todo tipo de árbol frutal imaginable (2.9). Pero incluso en este escenario idealista y en la historia acerca de él, la perspectiva agrícola real del narrador está presente. Igualmente lo están los valores hacia la naturaleza cultivados en aquel entorno agrario. Demos una mirada a dos de estos valores.

El primero consiste en una profunda creencia en la interrelación entre las personas y el paisaje donde viven. La expresión más vívida de dicho valor es la creación de los humanos a partir del propio paisaje en que habitan (2.7), como acabamos de ver. La cuestión de este relato, el que los humanos y su entorno sean parte de una misma realidad, queda clara en nuestro idioma pero es aún más obvia en hebreo. Como hemos visto, el término hebreo para el suelo cultivable desde el cual el primer hombre es creado, es adamah. Si reconocemos además que el término hebreo para el humano formado a partir de adamah es adam, entonces podemos observar cómo el propio idioma hebreo expresa la identidad misma entre el paisaje y su gente descrita en este relato de la creación.

Intérpretes recientes han intentado capturar en una traducción a nuestro idioma aquella conexión en la lengua hebrea entre adamah y adam, entre el paisaje y su gente. Para la creación de adam a partir de adamah, sugieren “terrícola” desde “tierra”, o bien “humano” desde “humus”, siendo ambas opciones un sugerente intento de retransmitir este sentido original de relación. A las alternativas anteriores, yo agregaría “campesino” desde “campo”, ya que en este relato adamah es, después de todo, suelo cultivable, y porque el humano, adam,  es, a fin de cuentas, un campesino[vi]. No conozco ninguna afirmación en toda nuestra herencia religiosa que asegure tan categóricamente que estamos vinculados a nuestros paisajes, y que dicho vínculo es parte del orden divino de la creación.

El mismo tipo de estrecha interrelación entre las personas y su entorno que ilustra esta imagen la observa también el yavehista en la relación entre las personas y las restantes formas de vida con las que comparten el paisaje. Esta conexión se pone en evidencia cuando Dios crea todas las demás especies a partir del mismo material, adamah (suelo cultivable), del cual Dios hizo al ser humano: primero las plantas (2.9), y luego los animales (2.19). Mediante estos actos de creación paralelos, el relato vincula toda forma de vida con su entorno y entre sí; toda vida tiene su origen y naturaleza básica en el mismo material, es decir, tierra cultivable, la cual constituye el centro del paisaje agrícola del yavehista.

La naturaleza común que personas y animales comparten en la narración del Edén, insistimos, se ha perdido en parte en nuestras modernas traducciones. Sólo esta vez la razón no radica en las limitaciones de nuestro vocabulario, sino en la poderosa influencia del reciente movimiento “historia sagrada” de interpretación bíblica. La misma frase hebrea nephesh chayyah, se utiliza para describir al ser humano en la creación (2.7) y los animales en la creación (2.19). Empero, nuestros traductores transcriben dicha frase como “ser viviente” para los humanos, y “criatura viviente” cuando se refiere a los animales (NRSV[vii]). La diferencia aquí está considerablemente atenuada en comparación con la versión King James, que traduce “alma viviente” y “criatura viviente”, pero aun así claramente traza una línea entre humanos y la vida restante que el autor bíblico nunca trazó[viii].  Y la única explicación que puedo dar para esta división es que nuestros autores modernos quieren hacer una distinción entre los humanos y el mundo natural que los propios escritores bíblicos no querían hacer. Como consecuencia, hemos introducido nuestra propia teología de la “historia sagrada” en el texto bíblico mismo.

La especial relación entre humanos y animales luego de ser creados se describe mayormente cuando Dios identifica a los animales como ayudantes y los trae para que se les dé nombre (2.18-20). La vida de un campesino israelita típico hubiera sido inconcebible sin los compañeros salvajes y domésticos del mundo animal. Los bueyes araban, los burros llevaban las cargas pesadas, y las ovejas y cabras proporcionaban lana y leche. Los humanos se han visto aliviados haciendo valer su poder sobre los animales al ponerles nombre, pero en la Biblia, quienes ponen nombre pueden ser o más o bien menos poderosos que aquellos a quienes denominan. El nombramiento descrito en el Edén es uno que sólo es posible cuando se vive codo a codo con el mundo animal, como ocurría con el antiguo agricultor israelita. El ejemplo moderno más cercano que puedo dar del tipo de conocimiento íntimo del mundo animal y el respeto hacia éste, de los cuales depende el nombramiento en el Jardín del Edén, son los ensayos de un agricultor contemporáneo, David Kline, en Great Possessions (Grandes posesiones) y Scratching the Woodchuck (Rascando la marmota)[ix]. Sus escritos sobre la abundante vida animal en una granja de casi 500 hectáreas al noreste de Ohio son expresiones de reverencia y humildad, no de poder. Son útiles para recordarnos a los lectores modernos cuánto hemos perdido el sentido de nuestra interrelación con la naturaleza, lo que en nuestra herencia bíblica simplemente era parte de lo que significa ser humano.

Un segundo valor fundamental expresado en el relato del Jardín del Edén es la dependencia de la vida humana del paisaje en que vive. Los lugares en el relato donde esta dependencia se expresa más directamente son los pasajes en que se menciona la tarea agrícola: Dios pone a los humanos a “cultivar” la tierra (2.5, 15; 3.23). Aquí nuevamente, lamento decirlo, nuestro vocabulario nos falla. Porque de hecho la palabra hebrea traducida “cultivar” es una palabra común que significa “servir”. Se utiliza en toda la Biblia para el trabajo que las personas realizan para sus superiores: los siervos sirven a sus amos, los súbditos sirven a los reyes, y las personas sirven a Dios. El labrador, entonces, literalmente “sirve” (cultiva) a la tierra de cultivo.

Cómo fue que esta palabra, en las sombras de la historia, fue escogida como el término para el cultivo, es una pregunta en la que, hasta donde yo sé, ningún comentario sobre el Génesis está muy interesado. Pero a mí me ha intrigado por algún tiempo. Es difícil que elecciones como éstas sean accidentales, y el uso de “servir” para el cultivo debe reflejar el verdadero sentido del agricultor bíblico de su relación con la tierra que labra. Tal como los siervos dependen de sus amos, los súbditos de su rey, y las personas, de Dios, el labrador debe haber sentido su absoluta dependencia del suelo. Sabía que su salud, su vida, y las de su familia y animales estaban estrechamente ligadas a la fertilidad y generosidad de la tierra. En la salud de la tierra radicaba el futuro humano. De esta forma, el agricultor bíblico creía que su trabajo, el trabajo del ser humano, estaba al servicio de las necesidades y órdenes de la naturaleza.

Esta concepción del rol humano en el mundo ha sido prácticamente olvidada, situada como está a la extensa sombra del bello y magnífico relato de la creación en Génesis 1 que precede dicha perspectiva. En ese relato complementario de la creación, que por mucho tiempo ha sido atribuido a sacerdotes israelitas, a los humanos se les dice, como casi todos saben, que “dominen” el mundo animal y “sometan” la tierra (1.26-28). Estas palabras sencillamente sitúan a los humanos en la posición contraria dentro del paisaje si se las compara con las del relato de la creación en el Jardín del Edén. En lugar de servir al entorno, se ordena a los humanos que lo dominen. Las expresiones “dominar” y “someter” se utilizan en otros lugares de la Escritura principalmente para el señorío de reyes y de aquellos que ejercen autoridad y poder sobre otros. Podemos encontrar ejemplos de este señorío ejercido en forma benévola o áspera, pero ajeno a su carácter, tal dominio presenta a los humanos como señores del paisaje en lugar de sus servidores.

La imagen de dominio de Génesis 1 es, casi para todo el mundo, la enseñanza bíblica acerca del rol humano en el mundo natural. Para ellos, la pregunta no es si se podría considerar otra perspectiva bíblica, sino cómo se debe entender y obedecer esta única enseñanza. En el intenso estudio realizado a Génesis 1 para responder esta interrogante, se ha escogido la palabra “mayordomo” para representar y explicar el rol asignado al ser humano en Génesis 1. Aunque en sí no aparece en el texto creacional, el término “mayordomo” sí captura su idea central: que los humanos son creados como representantes de Dios para supervisar el mundo natural. Como mayordomos, deben ejercer autoridad en la forma que Dios los dirija a hacerlo.

Esta perspectiva tiene tantos aspectos atrayentes, que los términos “mayordomo” y “mayordomía” se han vuelto, tanto en la iglesia como en la sociedad, el principal modo de abordar el rol humano en la naturaleza[x]. Pero la noción de mayordomía, con su perspectiva del rol humano en el mundo natural, no es el pleno testimonio acerca de la creación. ¿De qué forma se vería confrontada y enriquecida nuestra visión de la tierra y nuestro lugar en ella, recuperados los valores de dependencia e interrelación presentes en la perspectiva agrícola de la narración sobre el Edén?

En primer lugar, la historia del Jardín del Edén nos recuerda que fuimos creados en una trama de vida interconectada. Los agricultores bíblicos preindustriales, quienes vivían en íntimo contacto con su entorno, reconocían a su manera un principio básico que hoy surge de la mejor ciencia ecológica: las personas son parte de ecosistemas complejos en los que todas las formas de vida están interrelacionadas y, junto con el medioambiente en que viven, funcionan como un todo unificado. La visión  yavehista  de que toda vida está  vinculada por su propia naturaleza con la tierra y con la vida restante nos proporciona una forma integradora de pensar acerca de nuestro lugar en el mundo muy distinta a la teología de la “historia sagrada”, que ha controlado en gran medida el estudio y la interpretación bíblicos recientes.

Segundo, la narrativa del Edén nos reubica dentro de esta trama de vida, al menos en comparación con el relato sacerdotal de la creación que nos es mucho más familiar. Aquélla nos dice que los humanos son más bien sirvientes del ecosistema que sus administradores. Enfatiza la dependencia humana por sobre el dominio humano. El gran valor de esta perspectiva es que toma el mundo natural (el ecosistema completo), en lugar de a nosotros los humanos (sólo una parte de aquél), como su punto de referencia. Dicha perspectiva afirma que nuestro bienestar depende del comportamiento que vela por las necesidades, exigencias y el bienestar de todo el medioambiente del que somos parte. Éste es un tópico central que recorre la literatura y el lenguaje de los ecologistas que más admiro. “La creación proporciona un lugar para los humanos, pero es mayor que la humanidad y, dentro de ella, aún los grandes hombres son pequeños”, escribe Wendell Berry. “Semejante humildad es consecuencia de una comprensión apropiada, de orientación ecológica, no una piadosa deferencia al valor ‘espiritual’”[xi]. El siempre latente peligro –aunque quizá no inevitable– de la imagen del humano como mayordomo está en que, al considerarnos dominantes, perdemos ese sentido de humildad y dependencia, y de la mesura que nuestros paisajes nos exigen.

Finalmente, la perspectiva agrícola del relato del jardín retorna nuestra atención al hecho de que todos somos agricultores, no por nuestra ocupación sino por nuestro consumo. Todos vivimos de lo que los agricultores cultivan. Un amigo mío, Tim Weiskel, nos recuerda que no existe cosa tal como la denominada ‘sociedad pos-agrícola’[xii]. Nuestra continua dependencia de lo que nuestros agricultores siembran, ¿no debiera exigirnos a todos una mayor consideración sobre el modo en que comemos, sobre la salud de nuestra economía agrícola, y acerca del bienestar de nuestros agricultores y comunidades agrícolas? No todos nos convertiremos en agricultores como nuestros ancestros bíblicos, pero nuestras vidas, no menos que las de ellos, dependen de nuestro respaldo colectivo a una agricultura sensata, productiva y sustentable.


[i] Copyright del Center for Christian Ethics, Baylor University para el original y la traducción. Traducción de Elvis Castro. Traducido y publicado con autorización del Center for Christian Ethics.

[ii] Dos influyentes exponentes de este movimiento en la teología e interpretación bíblicas fueron G. Ernest Wright (p.e. God Who Acts: Biblical Theology as Recital (El Dios que actúa: Teología bíblica como relato), London:SCM Press, 1952), y Gerhard von Rad (p.e. “El problema teológico de la doctrina veterotestamentaria de la creación”, en The problem of the Hexateuch and other Essays (El problema del hexateuco y otros ensayos), London:SCM Press, 1966, 131-134.

[iii] Dos ejemplos muy distintos son el capítulo de apertura de George Hendry en Theology of Nature (Teología de la naturaleza), Philadelphia: The Westminster Press, 1980, y un artículo de Keneth Woodward en la revista Newsweek (junio 5, 1996).

[iv] He intentado esbozar los detalles del paisaje agrícola del yavehista en el Jardín del Edén y los consiguientes relatos en The Yahwist’s Landscape: Nature and Religion in Early Israel (El paisaje del yavehista: naturaleza y religión en el Israel primitivo), New York, Oxford University Press, 1996.

[v] Atlanta: John Knox Press, 1998. Sugerencia hecha en comunicación personal.

[vi] Farmer/farmland en el original. Otras posibles combinaciones en español serían labrador/labranza, granjero/granja,  hortelano/huerto, aunque granja y huerto refieren al conjunto de terreno e intervención humana  más bien que al suelo cultivable (N. del T.)

[vii] Sigla en inglés que corresponde a la Nueva Versión Standard Revisada, de 1989 (N del T).

[viii] La diferencia prácticamente no existe en la NVI en español, que traduce ser viviente (2.7) y ser vivo (2.19). En cambio, la división era explícita en la RV antigua, que traduce ser viviente y animal viviente; sin embargo, en la RV95 desaparece dicha distinción, donde se lee ser viviente para ambos casos (N. del T.)

[ix] David Kline, Great Possessions: An Amish Farmer’s Journal (Grandes posesiones: diario de un agricultor amish) New York: North Point Press, 1990; Scratching the Woodchuck: Nature on an Amish Farm (Rascando la marmota: La naturaleza en una granja amish) Athens: The University of Georgia Press, 1997.

[x] Un ejemplo es el estudio sobre la responsabilidad humana en la naturaleza que John Douglas Hall escribió para la Comisión sobre Mayordomía, del Concejo Nacional de Iglesias, titulado “La imagen de Dios: Dominio como Mayordomía”, Grand Rapids, Mich.: Eerdmans, 1986.

[xi] Wendell Berry, The Unsettling of America: Culture & Agriculture (El despoblamiento de América: cultura y agricultura) San Francisco: Sierra Club Books, 1986, 98.

[xii] Tim Weiskel es el director del Seminario de Harvard sobre Valores Medioambientales.

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