Estudios Evangélicos

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Alabanza al arte moribundo del desacuerdo civil

Sospecho que la futura salud de la democracia depende de que los administradores de las universidades se preocupen menos de los peligros aparentados por cual sea la micro-agresión en posta y más en proveer lugares seguros donde aquellos que quieran mantener opiniones y tener debates puedan hacerlo. Lugares seguros que estén marcados por los riesgos y el peligro que significa el compromiso intelectual.

Pasé la primera mitad de la última semana en un seminario en una escuela de divinidad de una universidad de prestigio, donde un amigo y yo dimos una presentación sobre ministerio y medios de comunicación. Antes de hablar, había decidido referirme, al comienzo de mi presentación, al hecho de que pertenezco a una denominación que no ordena a mujeres. Mi discusión sobre el ministerio habría estado incompleta si no me hubiera referido a esto, aunque sabía que mi comentario levantaría críticas en un seminario con la presencia de mujeres ordenadas.

Así fue que una de las mujeres ministras presentes desafió mi posición con vigor. Por unos cuantos minutos intercambiamos incisivas pero corteses observaciones sobre el tema. Dijimos lo que pensábamos, ninguno intentó persuadir al otro, y luego avanzamos al tema más amplio: el uso de los medios de comunicación modernos en la iglesia. La cuestión de mi oposición a la ordenación de mujeres nunca salió de nuevo en los dos días restantes del seminario.

Más adelante esa tarde, un joven estudiante e investigador me comentó que era increíble ver un desacuerdo tan incisivo pero respetuoso sobre un tema que comúnmente levanta pasiones viscerales. Además, dijo que él y los de su generación “no tenían idea” (su frase, si bien recuerdo) de cómo debería practicarse algo semejante. Más adelante esa semana, mi hijo más joven confirmó que él tampoco había visto un desacuerdo civil sobre un tema de importancia en una sala de clases universitaria. Esta es una inquietante, sino fascinante acusación, ya que yo solo había hecho lo que había visto modelado cuando aún no me graduaba: desacuerdo vigoroso en la sala de clases seguido de una conversación amigable en un pub. Si ya no tenemos un sistema universitario que moldee maneras civiles de compromiso sobre tales cuestiones, entonces el tipo de virtudes civiles de las cuales depende una democracia sana es realmente algo del pasado.

¿Por qué el desacuerdo civil es tan difícil? No puede ser simplemente una cuestión de certeza dogmática. La mujer ministra y yo estábamos bastante convencidos de que nuestras posiciones eran correctas, tanto al principio como al final de nuestro diálogo y, aun así, luego disfrutamos una placentera conversación con una copa de vino en la recepción post-seminario. No, el fracaso del desacuerdo civil no puede ser una función de la certeza.

Creo que la falta de desacuerdo civil en la sala de clases se entiende mejor como una función de tendencias sociales y políticas más grandes. Como he notado antes en este sitio, la opresión es ahora una categoría psicológica. Esto subvierte la diferencia moral crucial entre un crimen, un crimen discursivo y (cada vez más) un crimen de pensamiento. La filosofía de la educación, que ya era de carácter pragmático, ha sido presionada a convertirse en un instrumento de terapia politizada.

Cuando se añade a esto a la tendencia americana -de derecha e izquierda- a resolver las diferencias por medio de las cortes, entonces el tipo de cultura de “vive y deja vivir” que un sistema legal liberal democrático supone apoyar, irónicamente termina siendo exactamente lo contrario: un mundo en que en el nombre de la libertad individual todo es protegido policialmente en una manera que, cada vez más, restringe la posibilidad de una diversidad individual.

Luego está el voluntarismo radical del que pende el discurso actual sobre la identidad humana. Los seres humanos ya no son personas complejas atadas por la más profunda unidad de una naturaleza común subyacente, sino meros agregados de cualquier opinión que resulten sostener. Así, quienes sostienen apenas una simple convicción que los mandamases de la cultura encuentren antipática son por necesidad  definidos de modo esencial por eso, sin importar cuán marginal pueda ésta ser para su total existencia social y sin importar cuántas otras virtudes puedan encarnar. Y  debemos observar el papel de los medios sociales [sic] en todo esto: quitan al debate toda concreción, empujando los clichés hacia adelante y reduciendo el riesgo personal. Es tan fácil demonizar a aquellos con quienes uno está en desacuerdo cuando uno no tiene que mirarlos a los ojos o hacerse cargo de lo que dicen.

Las universidades deberían ser los lugares donde nada de esto aplica. No se supone que sean instituciones confesionales dedicadas a inculcar un credo particular, ni deberían construirse como extensiones politizadas de filosofías de crianza fundadas en la autoestima. Deberían ser lugares donde el debate es parte del modo de vida y donde uno debe vivir cerca de aquellos con quienes difiere. Aun así, se han convertido precisamente en lugares donde esta inhabilidad para discordar es aparentemente cultivada como una virtud positiva. La persona realmente educada ya no es la persona que entiende la posición contraria aun rechazándola. Porque hoy incluso el llegar a entender un punto de vista alternativo significa que uno está coludido con el mismo enn la opresión que dicha opinión encarna.

Sospecho que la futura salud de la democracia depende de que los administradores de las universidades se preocupen menos de los peligros implicados por cual sea la microagresión del día y más por proveer lugares seguros para que aquellos que quieran mantener opiniones y tener debates puedan hacerlo. Lugares seguros que estén marcados por los riesgos y el peligro que significa el enfrentamiento intelectual.

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Publicado originalmente en Firstthings. Traducción de Matías Aránguiz.

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