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Borges como siempre, como nuevo

"Preguntas como “¿Cuál es la importancia de Borges?”, “¿Por qué Borges perdura?”, acaso demasiado condescendiente con las decisiones de grupos de trabajo y colectivos en pugna, debiesen reemplazarse quizá por otra más amplia y ojalá más generosa: “¿Qué nos comunica Borges?”"

Difícilmente podemos exagerar la importancia de Jorge Luis Borges (1899-1986) para la literatura hispanoamericana y mundial. Aunque el tiempo, nuestro eterno desconocido, se vaya y retorne con figuras diversas, podemos apostar con alguna confianza a que el lugar de Borges en la experiencia literaria seguirá consolidándose. Y digo más precisamente “experiencia literaria”, porque mis consideraciones no buscan apuntalar la inestable base de los catálogos académicos o editoriales –“los autores fundamentales de nuestras letras”, “los diez mejores narradores del cono sur” y otras listas posibles–, sino más bien tomar el pulso de una huella. Así, preguntas como “¿Cuál es la importancia de Borges?”, “¿Por qué Borges perdura?”, acaso demasiado condescendiente con las decisiones de grupos de trabajo y colectivos en pugna, debiesen reemplazarse quizá por otra más amplia y ojalá más generosa: “¿Qué nos comunica Borges?”.

Es cierto que esta cuestión tiene tantos condicionantes que, de no ser sopesados, puede quedar rápidamente fuera de circulación: qué comunica Borges ¿a quiénes?, ¿en qué espacio cultural?, ¿en alguna de sus obras o en todas?, y un largo etcétera. Por eso parece mejor observar dos obras específicas que ayudarán, desde sus particularidades, a estimar posibles vías de generalizaciones, posibles recuentos comparativos, en la creencia de que ambas ofrecen dos de los rasgos acaso más típicos del autor. Estas obras son “Funes el memorioso” y “Tema del traidor y del héroe”, relatos pertenecientes al libro Ficciones, de 1944, y cuyos argumentos bosquejaré apenas, menos por espacio que por no arruinar a mis lectores la sorpresa de su lectura.

“Funes el memorioso” nos ofrece la semblanza apócrifa de Ireneo Funes, carácter especialísimo. Sin entrar en el interesante expediente de su construcción –se trata de un relato montado como texto biográfico o pseudo biográfico–, el memorioso es un aquejado de memoria. Más que un mero memorión, Funes padece una capacidad tan abrumadora de registro, que, puesto a recordar, puede permanecer atrapado en el recuento, quedar en trance de confundir su presente con el pasado. Si alguien le pide que recuerde un día cualquiera, Funes requiere para ello otro día completo; asimismo, no comprende cómo un perro, colocado en determinada postura, observado a una hora precisa, puede ser el mismo en una postura distinta unos minutos o días después. Su espíritu no conoce la selectividad. Ni el reposo.

“Tema del traidor y del héroe”, por su parte, insiste en la cualidad de escritura de toda historia. A menudo nos concentramos en la trama descubierta por Ryan, aquella protagonizada por Kilpatrick, patriota irlandés; aquel discurrir de vidas, esperanzas y horrores. Pero Borges persevera sutilmente en llamarnos la atención hacia la trama que incluye, a la vez, a Kilpatrick, Nolan y Ryan, como sus personajes. Trama que por cierto abraza al anónimo narrador que principia todo y, cómo no, a nosotros mismos. Tanto la vehemencia del destino de esa Irlanda como los entretelones de Ryan leído por Nolan contrastan con las vacilaciones del primer narrador y, sobre todo, con la exhibición del carácter contingente de lo narrado: el hecho de narrar es mensurar lo inmensurable. Borges nos sitúa aquí ante la trama en su sentido acaso más inmediato y al mismo tiempo más vasto: no sólo hilos tejidos sino también en proceso de tejerse.

Borges, que más de alguna vez, sonrientemente, desdeñó la novela como “desvarío laborioso y empobrecedor”, nos deja dos relatos breves que funcionan como puntos de observación y catalizadores de extensas historias probables. Si toda obra literaria es una hipótesis de realidad, Funes se despliega como la pesadilla de una vigilia interminable y Kilpatrick como constructor y constructo de la escritura. Dos huellas que, venidas hasta acá desde épocas y lugares lejanos, desde siempre, palpitan en todos nosotros, como nuevas, con la novedad de dos ojos y muchos ojos que recién se abren al mundo. La estatua de sal y el pueblo que escribe su historia al vivirla: judíos y cristianos podemos escuchar el pulso de esas huellas en nuestra propia lengua.

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