Estudios Evangélicos

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Cambiar el mundo – conferencia

La renovación de nuestros corazones y mentes no es sólo importante, es esencial – por cierto, una precondición para una sociedad humana y verdaderamente justa. Pero por sí misma, tal renovación no logrará los objetivos e ideas que esperamos.

Cambiar el mundo

Introducción

 

¿Qué tiene que decir un académico a líderes del mundo de la política y los negocios? La idea popular, por supuesto, es que el mundo académico es una torre de marfil, de especulación abstracta y poco práctica, por lejos removida de la dura y brusca competencia que es común en el mundo de los negocios y los asuntos públicos. Parece ser demasiada la lejanía entre la experiencia de los académicos y lo que se pide de ellos. ¿Cómo, entonces, podría algún académico estar vinculado con un alto ejecutivo o un político? Bien, pienso que ustedes podrían sorprenderse. El mundo académico puede ser tan cruel, despiadado y competitivo como cualquier corporación, negocio o campaña política.

 

Tal vez usted ha escuchado la historia del académico y el hombre de negocios, mejores amigos, juntos en un safari en África. Un día entre los arbustos, su guía los pasa corriendo y grita “¡Rápido, corran, viene un león!”. El académico rápidamente se sentó y se abrochó sus zapatillas. Su amigo, el hombre de negocios, le dijo “¿por qué haces eso? ¡No puedes ganarle en la corrida un león!”. A lo que el académico replicó, “¡Sí, eso puede ser verdad, pero no lo necesito. Lo único que necesito es ganarte a ti!”

 

Más que identificarse con el firme espíritu competitivo de ambos, la conversación entre el mundo de los negocios y el mundo de la academia puede ser excepcionalmente fructífera, particularmente cuando nuestro foco común es el deseo de usar nuestros dones y talentos para hacer el bien en el mundo en que vivimos.

 

El tópico de esta noche –cómo podemos ser agentes de cambio en el mundo- es uno de gran importancia y muy oportuno. Incluso nuestra experiencia diaria parece afirmar que el mundo está girando más y más rápido, que los trabajos en el mundo son menos y menos estables, menos y menos predecibles. Ciertamente vivimos en una era de gran fluidez y volatilidad en nuestra estructura social y política, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Y mientras la capacidad del mal parece ser magnificada en nuestro momento en la historia, también hay oportunidades extraordinarias, incluso sin precedentes, para involucrarse por el bien en el mundo en que vivimos.

 

Permítanme hacer un breve comentario personal al respecto. Algunos de ustedes pueden reconocerme como alguien un poco pesimista. Como autor de libros como Death of Character y Culture Wars, no es difícil llegar a esa conclusión. Pero primero, tengan en mente que habito el mundo académico, en donde la sensibilidad que prevalece es la engreída complacencia con el status quo. Desde la superioridad de ese discurso académico convencional, no se reconoce ninguna disminución real en nuestra moralidad cotidiana; lo que vemos, en cambio, sería una liberación de formas pasadas de opresión. No existe un real debilitamiento de la familia americana; la familia, en cambio, estaría simplemente cambiando de forma para adaptarse a nuevas circunstancias. La verdad puede haberse vuelto más borrosa, o ciertamente menos fiable, pero eso no sería del todo malo; vivimos en una era de pragmatismo, donde lo que realmente importa es lo que funciona, lo que nos mejora.

 

Mi aparente pesimismo es simplemente un desafío a los lugares comunes que reina en el mundo académico. Una parte de lo que aspiro es a desafiar los supuestos y debilitar las complacencias del gremio académico.

 

Apenas será necesario decir que prefiero ser llamado un realista. Hace mal que te digan que tienes un resfriado cuando lo que tienes es una enfermedad que amenaza tu vida. Mi posición es que mientras antes comprendamos la seriedad de los dilemas que enfrentamos, antes podremos involucrarnos constructivamente con ellos.

 

Y podemos involucrarnos. Vivimos en un tiempo de cambios y desafíos sin precedentes y es importante que los entendamos bien. Pero precisamente debido al cambio y los desafíos que ocurren a nuestro alrededor, es también un tiempo de oportunidades extraordinarias. En un era como la que nos ha tocado vivir –fluida, inestable, volátil- todo está en juego.

 

Agenda

 

En esta noche con ustedes, mi agenda es ofrecer una perspectiva acerca de cómo se cambia el mundo. Esto implicará un nuevo vocabulario, y así también nuevas categorías para pensar acerca del cambio cultural. En el transcurso, muchos de sus instintos serán confirmados, pero muchas de sus preconcepciones serán también desafiadas. Al mismo tiempo, algo de lo que voy a exponer aquí puede provocarlos a repensar algunas de sus prioridades y estrategias para ir más allá; puede sugerirles vías para diversificarse con nuevas iniciativas o nuevas innovaciones.

 

El grueso de mis comentarios en esta noche está dividido entre dos partes principales. La primera  examina la visión típica de la cultura y de como ésta cambia. También me fijaré en los problemas inherentes a esta visión. La segunda parte ofrece una perspectiva alternativa en estas materias. Las implicancias serán considerablemente obvias cuando termine, pero en los detalles habrá mucho de que conversar en la discusión que seguirá.

 

Cultura – la visión común

 

Para entender cómo cambiar el mundo –esto es, la cultura en la que vivimos- uno debe comenzar con una comprensión de qué es lo que se quiere cambiar. En una palabra, todo depende de cómo entendemos la naturaleza de la cultura.

 

Quisiera comenzar exponiendo las perspectivas que la mayor parte de los americanos tienen de la cultura en la que viven. Brevemente, se trata de lo siguiente.

 

La esencia de la cultura se encuentra en el corazón y la mente de individuos –en lo que llamamos “valores” que ese individuo respalda. La cultura se manifiesta en las maneras en que estos valores guían las decisiones que nosotros, como individuos, tomamos acerca de cómo vivir –esto es, cómo ocupar nuestro tiempo, cómo trabajar, cómo jugar, cómo y por qué casarnos, cómo criar a nuestros hijos, qué adoramos, y así sucesivamente.

 

Según esta visión, las civilizaciones se formarían de la acumulación de valores y decisiones hechas sobre la base de esos valores.

 

Una versión ligeramente más sofisticada de esto la encontramos en la perspectiva de aquellos que hablan de “cosmovisiones”. Pero aquí, nuevamente, la cosmovisión existe en los corazones y en las mentes de individuos, y toma forma en las decisiones tomadas por esos individuos. Como lo dijo alguna vez Chuck Colson: “La historia es poco más que el registro del nacimiento y caída de las grandes ideas –o cosmovisiones- que conforman nuestros valores y nos mueven a actuar”.

 

Si una cultura es buena, es porque esos buenos valores, sostenidos por personas, condujeron a buenas decisiones. Por el contrario, si una cultura es decadente y está en declive, sería porque los valores o cosmovisiones sostenidos por los individuos son a lo menos equivocados, o incluso inmorales, y esos valores corruptos conducen a malas decisiones.

 

Y así sucesivamente: si queremos cambiar nuestra cultura, necesitamos más y más individuos que tengan los valores adecuados y que tomen mejores decisiones. Consideren lo que Thomas Jefferson dijo acerca de esto: “Eduquen a la gente en general”, dijo en 1816, “y al final del día la tiranía y opresión del cuerpo y la mente se esfumarán como malos espíritus”. Este fue el cimiento del compromiso de Jefferson con la educación pública, y es un sentimiento que muchos de nosotros seguimos compartiendo.

 

Es esta visión de cultura la que también conduce algunas comunidades de fe al evangelismo como su medio principal para cambiar el mundo. Si los corazones y las mentes de las personas se convierten, tendrán los valores correctos, tomarán las decisiones correctas y la cultura cambiará.

 

Este énfasis en las decisiones nos ha predispuesto a la política como un medio para cambiar el mundo. En síntesis: las malas leyes son el resultado de malas decisiones hechas por individuos puntuales, políticos, jueces y quienes definen las políticas públicas. En esta perspectiva, cambiar el mundo requiere que pongamos en sus oficinas a aquellos que sostienen los valores adecuados o que poseen la cosmovisión correcta, y así tomarán las decisiones correctas.

 

Aunque hay variaciones en este tema, esta visión de la cultura –de valores que residen en los corazones y mentes de individuos y las decisiones tomadas por estos en base a esos valores- es dominante. Conduce a una visión de cambio cultural que es igualmente dominante –una visión del nacimiento y caída de una civilización depende del tipo de valores que su gente posea.

 

El problema es que esta perspectiva está casi completamente equivocada. Sólo para comenzar, permítanme proveer unas pocas ilustraciones para presentar mi argumento.

 

Primero, consideren el hecho de que las comunidades de fe han dominado la sociedad americana a lo largo y ancho de su historia. A fines de 1960, sólo el 2% de la población afirmaba no creer en Dios; aun hoy, sólo el 12% de las personas se llamarían a sí mismas secularistas. Esto significa que hoy en Estados Unidos, el 88% de las personas adhiere a algún compromiso de fe. Y sin embargo nuestra cultura –cultura de negocios, leyes y gobierno, el mundo académico, la cultura de entretención popular- es intensamente secular. Sólo ocasionalmente escuchamos referencias a lo trascendente, e incluso éstas son vagas, genéricas, y vacías de particularidad. Si la cultura es la acumulación de valores y decisiones hechas por individuos sobre la base de esos valores, entonces ¿cómo es que la cultura pública de Estados Unidos es tan profundamente secular en su carácter?

 

Una segunda ilustración se desprende de la primera. En la historia de Estados Unidos uno encuentra el mayor número de personas religiosas y la mayor vitalidad de observancia religiosa entre sus adherentes más tradicionales. Los evangélicos y católicos ortodoxos son especialmente prominentes. Hoy sobrepasan en número a sus contrapartes en el protestantismo y catolicismo, y la vitalidad de su piedad y sus instituciones son extraordinarias. Tomemos, por ejemplo, sus aportes de caridad. Los miembros conservadores de estos credos no son más ricos que sus contrapartes liberales (de hecho muy por el contrario), pero son por lejos mucho más generosos –la mayoría dona más del 8% de sus ingresos cada año y casi la mitad dona el 10% o más cada año. Es notable.

 

Con todo, la historia de las tradiciones de fe conservadoras durante los últimos 175 años ha sido una de menguante influencia. Esas tradiciones de fe se han movido desde el centro de la influencia cultural a sus márgenes. En algunos campos de la vida estadounidense, incluso están fuera del juego y no ejercen ninguna influencia en absoluto. Si la cultura es sólo corazones y mentes y las decisiones que tomamos, los valores de estos grandes grupos deberían ser los valores que prevalecen. Pero no lo son.

 

Consideren, por contraste la experiencia de la comunidad judía en Estados Unidos. Excepto durante un breve período en la mitad del siglo XX, los judíos nunca han sido más que el 3% de la población americana. Aun así, la contribución de la comunidad judía a la literatura, el arte, la música, las letras, el cine y la arquitectura es brillante y carece de rival –y esto en un contexto a menudo viciado e incesantemente antisemita. En síntesis, su influencia en dar forma a la cultura ha sido algo desproporcionada respecto de su tamaño. La deuda que América tiene para con esta pequeña comunidad es enorme.

 

Una similar historia de influencia puede ser contada respecto de la comunidad homosexual. Probablemente es el 3% de la población americana, pero su influencia se ha vuelto en enorme, nuevamente muy desproporcionada para su tamaño. Es valioso también considerar que mucho de lo ganado en visibilidad, legitimidad y derechos legales por el movimiento de derechos homosexuales fue durante los doce años de las presidencias de los presidentes conservadores Reagan y Bush.

 

En estas dos instancias, la pregunta es la misma: si la cultura fuera simplemente un asunto de corazones y mentes, la influencia de varias minorías –quienesquiera que sean y lo que sea que fueren- sería relativamente insignificante. Pero nuevamente, en estas instancias y en muchas otras que podemos sacar de la historia, sabemos que este no es el caso.

 

¿Pero por qué? ¿Por qué el punto de vista común respecto de la cultura y el cambio cultural es tan defectuoso?

 

El error en esta perspectiva se deriva de por lo menos tres fuentes profundas en el pensamiento occidental moderno. La primera es el “idealismo hegeliano”, la postura según la cual las ideas mueven la historia; la segunda es el “individualismo lockeano”, la visión según la cual un individuo autónomo y racional es el factor clave en el cambio social; la tercera es el “cristianismo pietista”, la visión según la cual la mayor meta en la vida es contar con un corazón recto frente a Dios. Hay veracidad significativa en todas estas tres tradiciones de pensamiento, pero ellas han predispuesto nuestra visión más amplia de la cultura y el cambio cultural en maneras que están fundamentalmente distorsionadas.

 

Dentro de poco las elaboraré, pero por ahora permítanme volver a mi primer punto. Y déjenme ser franco al respecto: si uno es serio respecto de cambiar el mundo, el primer paso es descartar esta visión de cultura y del cambio cultural, porque cada estrategia basada en ella fracasará –no casi todas las estrategias, sino todas las estrategias. Esto no es decir que la renovación de los corazones y las mentes de los individuos no importe. Sólo que no es decisivamente importante si la meta es cambiar el mundo.

 

Volveré sobre este punto más tarde en mis comentarios –intentando describir la distinción con mayor sutileza- pero, por ahora, permítanme moverme a la segunda sección de mi charla, que expondrá una visión alternativa de la cultura y el cambio cultural.

 

Una visión alternativa de la cultura y el cambio cultural

 

Permítanme comenzar con una frase que todos han escuchado anteriormente: “Las ideas tienen consecuencias”. La frase viene de un libro de título homólogo, publicado en 1948 por el profesor de Inglés de la Universidad de Chicago, Richard Weaver. Se ha convertido en un mantra para muchas personas que hoy piensan acerca de la cultura, y si eso ha ocurrido es porque es obviamente correcta.

 

Aun un economista duro como John Maynard Keynes reconoce la verdad de esta percepción. En su libro, Teoría general del empleo, el interés y el dinero, Keynes escribe:
“Las ideas de los filósofos de la economía y de la política, cuando están en lo correcto y cuando están equivocadas, son más poderosas que lo que se suele presumir. No es mucho más lo que gobierna el mundo. Los hombres prácticos, que se creen libres de cualquier influencia intelectual, son comúnmente esclavos de algún difunto economista. Los lunáticos que tienen algún cargo de autoridad, que escuchan voces en el aire, destilan su frenesí desde algún garabateo de un académico de hace unos años atrás. Estoy seguro de que el poder de los intereses establecidos es vastamente exagerado en comparación con el arraigo gradual de las ideas”.

 

Sí, las ideas tienen consecuencias. Pero el punto con el que quiero comenzar  en la segunda parte de mi charla es este: no todas las ideas tienen consecuencias, y entre aquellas que las tienen, algunas tienen consecuencias mayores que otras.

 

¿Cómo ocurre esto? ¿Qué explica la diferencia?

 

La declaración de Weaver podría ser más verdadera si fuera reelaborada como: “Bajo condiciones y circunstancias específicas, las ideas pueden tener consecuencias”. Cuando estas condiciones están en su lugar, las ideas pueden inspirar grandeza, creatividad, sacrificio y florecimiento humano. Pero tengan en mente que, bajo las mismas condiciones, otras ideas pueden guiar a extraordinarios disparates o destrucción innombrable.

 

La pregunta es: ¿cuáles son esas condiciones y circunstancias?

 

Mi mentor, el brillante sociólogo Peter L. Berger, apunta a la respuesta de está cuestión cuando sostiene que “las ideas no prosperan en la historia por su veracidad intrínseca, sino más bien por su conexión con poderosas instituciones e intereses”. Esto no es sólo provocativo, sino sugerente de una manera de pensar diferente acerca de la cultura y el cambio cultural.

 

Cinco proposiciones

 

Permítanme hacer una sugerencia y ofrecer cinco propuestas acerca de la cultura y el cambio cultural, proposiciones que ganan intensidad en contraste con la idea de cultura como los valores y decisiones de los individuos. Se trata de las siguientes:

 

Proposición uno: la cultura es un recurso y, como tal, una forma de poder.

 

Piense en la cultura como una forma de capital, tal como el dinero mismo. Me refiero al conocimiento, el know-how técnico, las credenciales y los logros culturales. Si bien no puede ser transferido de una generación a otra, o desde un individuo a otro, el capital cultural puede ser acumulado.

 

Y así, un Ph.D. tiene más capital cultural que un mecánico de autos; un miembro de la academia nacional de ciencias tiene más capital cultural que un profesor de ciencias de la secundaria; el ganador del premio Nobel en literatura tiene mayor capital cultural que un novelista romántico. Estos son contraste extremos pero ustedes entienden el punto.

 

Tal como el dinero, el capital cultural acumulado se traduce en un cierto tipo de poder e influencia. ¿Pero qué tipo de poder? ¿Qué tipo de influencia? Parte manifestándose como credibilidad, una autoridad que se posee, que nos coloca en la posición de poder decir algo y ser tomado en serio. Su punto culminante es un poder para definir la realidad misma. Es el poder de nombrar las cosas.

 

Y así mientras muchas personas soportaron el Gulag1, algunos de los cuales escribieron acerca de sus experiencias, ¿por qué es que a Alexander Solzhenitzin se le toma tan en serio? Ciertamente su premio Nobel en literatura le confiere credibilidad. Este capital cultural, por su parte, le dio la habilidad de hablar sobre un amplio rango de otros asuntos con gran autoridad.

 

Proposición dos: la cultura se produce

 

A menudo hablamos del “espíritu de los tiempos”, del “espíritu del capitalismo” o del “ethos cultural prevaleciente”, como si fueran algo semejante al éter –no puedes verlo pero sabes que está ahí, porque algunas personas inspiran y otras se enferman por él. Puede ser mejor pensar en la cultura como en una cosa, un producto, si se quiere, manufacturado no por gente aislada, sino más bien por instituciones y las elites que las lideran.

 

Y este es mi verdadero punto. La mayor parte de nosotros estamos inclinados a lo que podría llamarse la visión histórica del “gran hombre” (o gran persona). Los que se pararon en los rieles de la historia como agentes de cambio son san Pablo, san Agustín, Tomás de Aquino, Martín Lutero y Juan Calvino, Jonathan Edwards, William Wilberforce, Charles Darwin, Frederick Nietzsche y Sigmund Freud; es su genio y el genio de otros individuos heroicos lo que ha guiado la evolución de la civilización en tal o cual manera, para bien o para mal.

 

En contra de esta visión, yo argumentaría que el actor clave en la historia no es el genio individual, sino más bien la red y las nuevas instituciones que son creadas por esas redes. Aquí es donde el producto de la cultura y el cambio cultural se produce.

 

Considere, por ejemplo, la Reforma Protestante. Naturalmente pensamos de Martín Lutero como la figura heroica de la Reforma alemana. Pero Lutero fue rodeado por una red de otros igualmente comprometidos, no sólo en su orden monacal sino sobre toda la Alemania del norte: hombres como Gregorio de Rímini, Joseph von Staupitz, (el hombre al que el mismo Lutero atribuyó el éxito de la Reforma), Felipe Melanchthon, Teodoro de Beza, Juan Sturm y Claude Baudel. Melanchthon fue especialmente importante, no sólo como el negociador protestante líder de la Dieta de Augsburgo en 1530, sino por su liderazgo en el centro de las redes religiosas e intelectuales clave de Europa. Esas redes, a su vez, recrearon la Universidad Alemana e inventaron una nueva institución, la “academia”, que fue el corazón de la innovación cultural y social. Esto proliferó a lo largo de la Europa protestante.

 

Similarmente, cuando pensamos en la Ilustración europea, pensamos en Voltaire, Rousseau, Condorcet y otros. Pero el poder de los philosophes residió en las redes de robustos e innovadores pensadores sostenidos por el salón –una nueva institución social que creó una discusión acerca del nuevo orden de los tiempos. Los salones de Madame Geoffrin, Madame de Stael y Madame Recamier crearon un fermento intelectual tal, que Napoleón exilió a dos de estas tres mujeres. No es sorpresa que los historiadores hayan llamado al movimiento del salón “partera de la revolución francesa”.

 

Cuando pensamos en el movimiento que lideró la abolición de la esclavitud en Inglaterra, pensamos en William Wilberforce. Pero aunque claramente fuera una figura carismática, fue el círculo de Clapham, una poderosa red de cristianos abolicionistas, lo que llevó a la victoria.

 

Existen innumerables ejemplos –tomen otro como la psicoterapia. Atribuimos el extraordinario triunfo de la psicoterapia a Sigmund Freud, pero Freud mismo era parte de una red de innovadores llamados el “círculo de Viena” que incluía a Carl Jung, Alfred Adler y otros.

 

Incluso Nietzsche –el original filósofo postmoderno- fue no sólo un explorador solitario en las fronteras del pensamiento. Nietzsche podría haber muerto en la oscuridad si no hubiera sido por las redes cultivadas por su hermana, Elizabeth. Ella fue una parte central de la vida literaria y política de Alemania, desde Bismarck a Hitler –tan importante como suma sacerdotisa del “culto a Nietzsche”, que su nombre fue propuesto a la Academia Sueca para el Premio Nobel en Literatura en tres ocasiones (1908, 1913, y 1923). Hitler mismo asistió a su funeral y depositó una corona de laureles en su ataúd.

 

No quiero subestimar el rol del carisma individual y el genio, pero el carisma, el genio y sus consecuencias culturales no existen fuera de las redes de gente con orientación similar.

 

Proposición tres: la producción cultural se estratifica en una estructura rígida de “centro” y “periferia”

 

Déjenme ponerlo en estos términos: cuando se trata de capital económico, la cantidad es primordial. Más es siempre mejor y más influyente que menos. Pero cuando se trata del capital cultural, no es la cantidad sino la calidad que cuenta más. Es el status de las credenciales y los logros culturales.

 

En otras palabras, con la cultura hay un centro y una periferia. Los individuos, las redes y las instituciones más críticamente involucradas en la producción de la cultura o la civilización operan en el “centro”, donde el prestigio es máximo; no en la periferia, donde el status es bajo.

 

Así, uno podría ser capaz de obtener una educación tan buena en la Universidad Estatal de Colorado como en Harvard, pero Harvard, como institución, está en el centro y la Estatal de Colorado está en la periferia de la producción cultural. El diario USA Today podría vender más copias de periódicos que el New York Times, pero es el New York Times el periódico principal en América (para bien o para mal), porque está en el centro de la producción cultural, no en la periferia. Uno puede vender cientos de miles de copias de un libro publicado por Zondervan o Baker, y sólo 5.000 copias de un libro publicado por Knopf. Pero es este libro de Knopf el que más probablemente será comentado en el New York Review of Books, el New Republic o el Washington Post Book World, porque Knopf está en el centro y Zondervan en la periferia.

 

Podría seguir, pero ya han entendido la figura. La estructura de status de la cultura y de la producción cultural es de importancia primordial para el tópico que tenemos en mano.

 

La propuesta cuatro está implicada hasta este punto en todas las otras proposiciones. Pero déjenme decirlo: la cultura cambia desde arriba hacia abajo, y casi nunca de abajo o arriba.

 

A veces es cierto que las revoluciones políticas y revueltas económicas ocurren desde abajo hacia arriba; pero, en sus propios términos, son casi siempre de corta vida.

 

El cambio cultural de largo plazo siempre ocurre desde arriba hacia abajo. En otras palabras, el trabajo de cambiar el mundo es trabajo de las elites, de quienes proveen dirección creativa y administración a las instituciones líderes en nuestra sociedad.

 

El Renacimiento, la Reforma, los Avivamientos, la Ilustración, el triunfo del capitalismo sobre el mercantilismo y el feudalismo, todas las revoluciones democráticas del Occidente, el ascenso y el triunfo de la ciencia, y en nuestros días, el triunfo de lo terapéutico, el postmodernismo en la ley, la arquitectura, la literatura, y la cultura popular, y ahora la  globalización misma – todas comenzaron entre las elites y luego se propagaron al resto de la sociedad.

 

A veces estos cambios históricos toman varias generaciones para recorrer su camino hacia el tejido social. Pero dado el poder de la tecnología, parecemos ser testigos de una compresión del tiempo entre la generación de ideas y su diseminación dentro de la sociedad, un hecho digno de recordarse en nuestras discusiones posteriores.

 

Excurso sobre la sociología de las filosofías

 

Antes de ir a la quinta proposición, permítanme poner pausa por un momento para ilustrar lo que he dicho hasta ahora. Me gustaría llamar su atención sobre un notable trabajo de erudición por Randall Collins, su libro La Sociología de las Filosofías, publicado por Harvard University Press. No les conduciré a los detalles arcanos de su libro de 1100 páginas. Pero quiero destacar algunas cosas que son ilustrativas de lo que he estado comentando hasta ahora. Es sólo una ilustración pero es, tal vez, la ilustración más significativa que puedo entregar.

 

Collins cuenta una historia de los orígenes y la evolución de las civilizaciones dentro de redes sociales de intelectuales involucrados en la teorización altamente abstracta. Hablamos ocasionalmente de cosmovisiones y de cómo las cosmovisiones se vuelven maneras de vivir. Collins muestra las condiciones sociales bajo las cuales la matriz completa de cosmovisiones se originó y cómo formaron la base de toda civilización del mundo. Si toman el libro, pueden ver por ustedes mismos desde las tablas que él provee cuán complicadas son estas asociaciones en civilizaciones como la Grecia Antigua, la edad cristiana temprana, e incluso la era moderna en Occidente. Collins detalla estas asociaciones en China, India, Japón, Judaísmo e Islam.

 

¿Por qué es importante?

 

Porque cada civilización es teorizada antes de que sea un enorme resultado de productos que incluyen textos sagrados, textos expositivos y tradición oral. Segundo, este trabajo no es hecho por genios aislados, sino por redes de intelectuales de elite. Son las redes las que son los actores clave aquí; es la red la que, como dice Collins, “escribe el argumento de la historia”. Tercero, estas redes operan alrededor de lo que Collins llama “cimas”; lo que yo he llamado el “centro” de la vida social.

 

También es importante notar que el tamaño de la población es relativamente carente de importancia –para ejecutar cambios histórico-mundiales en la dirección de una civilización no se requiere un gran número de elites operando de manera estratégica. Por cierto, de acuerdo a Collins, el número total de filósofos que son significativos en la historia del mundo son aproximadamente de 135 a 500 personas; si tomamos sólo las figuras más importantes en cada civilización del mundo se trata de un número menor; un número medio si agregamos a las figuras secundarias. Aun si agregamos las figuras menores de todas las redes, en el conjunto de las civilizaciones se llegaría a un total de 2.700.

 

En suma, entre 150 y 3.000 personas (una pequeña fracción de los aproximadamente 23 billones de personas que vivieron entre 600 a.C. y 1.900 d.C.) estructuraron las principales tendencias de toda la civilización mundial. Claramente, las transformaciones aquí vinieron de arriba hacia abajo.

 

Permítanme volver a las proposiciones y moverme a la última de estas.

 

Proposición Cinco: el cambio mundial es más intenso cuando las redes de elites y las instituciones que lideran se sobreponen.

 

Implicados aquí están la coexistencia de diferentes formas de capital –capital cultural coincidiendo con capital económico y/o capital político.

 

Nuevamente, uno podría citar docenas de ejemplos. Consideremos primero la Reforma. El rol de la nobleza en las provincias alemanas fue crucial para el éxito de la Reforma. Su capital político y económico hicieron la diferencia. Por cierto, Lutero podría haber sido probablemente ejecutado (así como Savonarola en la generación previa) si Federico el Sabio no lo hubiera trasladado al seguro refugio en el castillo de Wartburg luego del edicto de Worms.

 

La historia de Wilberforce y el círculo de Clapham es también la historia de elites e instituciones que se sobreponen. Wilberforce tal vez tenía el carisma moral y el capital político, pero fue Hannah More (bien conocida en círculos literarios) quien tuvo mucho de capital cultural y lo utilizó para comenzar una muy exitosa escuela para pobres, Henry Thornton (un comerciante banquero) quien tenía el capital financiero necesario y Grandville Sharp y Zacharay Macaulay, ambos con capital intelectual y extensas redes sociales en los movimientos reformistas de la época.

 

Lo mismo puede ser dicho del éxito del modernismo literario a principios del siglo veinte. Considere el rol de Harriet Shaw Weaver. Esta adinerada patrocinadora le facilitó a James Joyce más de un millón de dólares entre 1917 y 1941 (casi 3 millones en dólares actuales); asimismo respaldó financieramente a Ezra Pound y D. H. Lawrence.  De una manera similar, Scofield Thayer y James Sibly Watson, otro inglés acaudalado, proveyeron el capital financiero para fundar “El Dial”, el órgano literario de la literatura moderna (juntos proveyeron $800.000 anuales en dólares equivalentes al 2002 para el mantenimiento de la publicación). A pesar de que su circulación era de sólo 10.000, fue de importancia crítica para mantener el movimiento literario. Fue aquí, por ejemplo, que “La Tierra Baldía” de T. S. Eliot, y otros trabajos seminales de literatura fueron publicados.

 

La concurrencia conjunta del capital financiero e intelectual en un propósito común también explica el extraordinario éxito del marxismo humanista en la mitad final del siglo veinte. Su hogar fue el Instituto para la Investigación Social ubicado en Frankfurt, Alemania. Fue hecho posible mediante la financiación de Hermann Weil, el dueño de una compañía de granos y alimentos, que accedió a financiar totalmente la construcción y su equipamiento, y conceder anualmente 120.000 marcos. Aunque sólo comenzó en 1924, en 1928 la biblioteca del instituto contaba con 37.000 volúmenes, 340 revistas académicas y 37 periódicos alemanes y extranjeros, y era utilizada por 5.000 personas anualmente. Había 18 oficinas para el equipo académico y unas pocas más para el equipo de secretarias y estudiantes de doctorado, varios de ellos apoyados por becas del instituto.

 

Incluso la influencia póstuma de Nietzsche está directamente atada al capital político que su trabajo le significó entre los nazis y el capital financiero provisto por el conde alemán Kessler y su enriquecido banquero suizo, Ernest Theil (que estimaba a Nietzsche porque sus escritos lo habían “liberado” de los tabúes de la sociedad sueca). Theil no sólo tradujo muchos de los libros de Nietzsche al sueco, sino además en 1908 financió una gran donación a los archivos de Nietzsche que permitieron que su hermana Elizabeth diseminara sus escritos a una escala mayor.

 

En el mundo del arte, no hay duda de que el arte contemporáneo no sería lo que es sin los vastos recursos de Peggy Guggenheim. Alfred Stieglitz provee otro ejemplo de este patrón, presentador y crítico de arte de comienzos del siglo veinte, quien casi por su propia cuenta facilitó el surgimiento de la vanguardia en Estados Unidos. Se transformó en el primer patrocinante que vigorosamente promovió a Matisse, Cezanne, Picasso y Rodin en Estados Unidos, y luego trajo fama a sus prominentes camaradas americanos de vanguardia.

 

Y, por último, pero en un caso muy diferente, tomemos al evangelista Billy Graham –un predicador itinerante desconocido cuyas cruzadas urbanas decaían hasta que William Randolph Hearst ordenó a su red de medios “inflar a Graham” durante su cruzada en Los Ángeles en 1949. Dentro de dos meses tras esta orden, Graham se encontraba predicando a masas de 350.000. Nadie que haya estudiado el asunto desconoce que sin la palanca económica y cultural de los Hearsts probablemente nunca habríamos escuchado de Graham.

 

Una y otra vez vemos que los ímpetus, la energía y la dirección para cambiar el mundo se encontraron en donde los recursos culturales, económicos y con frecuencia políticos coexistían, donde las redes de elites que generaron estos variados recursos se cruzaron por un propósito común.

 

…por un propósito común –algo que nunca deberíamos olvidar.

 

En suma

 

Hasta este punto, no será difícil sacar las implicancias prácticas de estas cinco propuestas: redes de líderes y recursos coexistiendo, todos operando al centro o en la cima de instituciones – por propósitos comunes. Estas son dinámicas prácticas en el cambio del mundo. Estas son las condiciones bajo las cuales las ideas tienen consecuencias.

 

Aunque puede sonar pedante resaltar ese punto, permítanme también enfatizar el hecho de que hemos terminado con una comprensión muy diferente de la cultura que la que uno hoy en día comúnmente acepta.

 

Antes hablé de la influencia de las tradiciones intelectuales profundas en el pensamiento occidental, que prejuzgan nuestras visiones de la cultura y el cambio cultural. Para ilustrar la distinción, permítanme regresar a esto brevemente. En contra del idealismo hegeliano, la visión de que las ideas mueven la historia, ahora vemos a las ideas inexorablemente fundamentadas en las condiciones sociales y en las circunstancias. En contra del individualismo lockeano, que nos influencia a ver la autonomía y al individuo racional – incluso casi un genio- como el actor clave en el cambio social, ahora vemos el poder de las redes sociales y las nuevas instituciones que ellas crean como las que hacen la diferencia. Finalmente, en contra del pietismo cristiano, que nos inclinan a ver los “corazones y mentes” individuales como la fuente primaria y el repositorio de nuestra cultura, ahora vemos que los corazones y mentes están sólo tangencialmente vinculados a los movimientos de la cultura, que la cultura es mucho más complicada y tiene una vida independiente de la voluntad individual; ciertamente, que no son los corazones y mentes los que mueven las culturas, sino las culturas las que en último término definen y dirigen las vidas de los individuos.

 

Conclusión

 

Es tentador pensar que los problemas de nuestros días se originan en nuestros corazones y en nuestras mentes, que en cierto modo, perdimos la orientación respecto de lo que es realmente importante y que, en muchos aspectos, hemos perdido el camino.

 

Por favor no me malentiendan. Creo que en nuestros corazones y mentes, nosotros como individuos y sociedad, hemos muy frecuentemente perdido el sentido de lo que es realmente importante y que hemos, en muchos aspectos, extraviado el camino. A la luz de esto, la renovación  de nuestros corazones y mentes no es sólo importante, es esencial – por cierto, una precondición para una sociedad humana y verdaderamente justa. Pero por sí misma, tal renovación no logrará los objetivos e ideas que esperamos.

 

Cambiar el mundo es, hasta cierto punto, considerar al poder seriamente. Reconozco que el poder es materia poco cómoda para gente de fe y para toda la gente de buena voluntad que quietamente celebra el servicio al necesitado, al abandonado, y el bien común.

 

Pero el poder que necesitamos considerar seriamente no es el poder en un sentido convencional. En cambio, es el poder que define realidades en maneras que sustentan la benevolencia y justicia. ¿Qué está en juego? Cuando las culturas son buenas, ellas le dan vida y fomentan el éxito humano; y cuando son decadentes y corruptas, ellas restringen la prosperidad humana e incluso privan de la vida misma. En el mundo en el que vivimos, el resultado está lejos de ser claro. Todo está en juego aquí y ahora.

 

En cualquier caso, sobre las espaldas de los líderes cae la tarea de articular una realidad que afirme la benevolencia y la justicia, y la de ejemplificar su significado en el tiempo y espacio. Al respecto, haremos bien en recordar como un correctivo y una precaución que Jesús se reservó su más dura crítica a las clases gobernantes de sus días, nada menos, saduceos, fariseos, y escribas –elites culturales cuyo poder no fue bien utilizado.

 

Pero incluso Jesús creó una red de discípulos (que, después de un tiempo, se transformaron en líderes espirituales y culturales). Aunque se originó en la periferia del mundo social de aquel entonces, se movieron al centro provincial de Jerusalén, y luego, dentro de una generación, al centro del mundo antiguo – Roma. También ellos crearon nuevas instituciones que no sólo articularon, sino también encarnaron una alternativa a las maneras reinantes de vida de aquel entonces.

 

También nosotros tenemos la alegría y el privilegio de hacer lo mismo en nuestra propia generación, en humildad y fidelidad al llamado que Dios ha puesto en nuestras vidas.

 

La tarea es de largo aliento, ciertamente ardua y el resultado no está finalmente en nuestras manos. Con todo, las consecuencias potenciales de ser fieles a esta tarea para el bien común, en este tiempo de incertidumbre, pueden ser mucho mayores de lo que podríamos pedir o incluso imaginar.

 

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La presente conferencia del profesor James Davison Hunter fue presentada el año 2002 a The Trinity Forum. El texto ha sido traducido con autorización del profesor Hunter. Traducción de Esteban Guerrero Cid.

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