Estudios Evangélicos

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Carl Trueman, Minority Report

No está hablando contra el actuar interdenominacional, sino identificando uno de sus problemas y un punto –el conformarse con meros mínimos- en que evangélicos y liberales parecen estar más cerca de lo que quisieran admitir.

Carl Trueman. Minority Report Christian Focus Publications 2008, 221 págs.

Minority Report no se encuentra entre el tipo de textos de cuya aparición sea fácil enterarse en el mundo hispanoparlante. Personalmente creo haber llegado al autor, Carl Trueman, a través del prólogo que hizo a una reedición de “Cristianismo y Liberalismo”, de Gresham Machen. Si no recuerdo mal, seguí mi proceder de rutina: tras parecerme interesante el autor, puse su nombre en amazon, y compré el más barato de sus libros, para conocer al autor que ya en ese breve prólogo me había llamado la atención. Con ese criterio tal vez le hice una injusticia: Trueman –director académico del seminario de Westminster- es un estudioso de primer nivel en temas como el pensamiento de John Owen y la ortodoxia reformada, pero yo compré uno de sus libros de “ensayos populares”, reunidos de sus distintos blogs. ¿Poco serio? Pero no, no fue una injusticia, sino una oportunidad para conocerlo como un tipo de figura que él mismo admira: la del intelectual comprometido.

De hecho, hace mucho tiempo no tenía la experiencia de estar tan profundamente de acuerdo con un libro y al mismo tiempo disfrutar su lectura. Quisiera recomendar su lectura acentuando tres rasgos que, a mi parecer, los cristianos del mundo hispanoparlante necesitamos desesperadamente recuperar: la capacidad de aprender de la historia de la iglesia, la vitalidad de un cristianismo confesionalmente robusto y una crítica cultural inteligente.

Parto por lo último: una crítica cultural inteligente. Minority Report contiene piezas breves y geniales sobre cosas como “la banalidad del mal”, “la época de la apatía” y “el teatro del absurdo”. Los principales rasgos de la cultura contemporánea aquí  son descritos de un modo devastador para los mismos. Pero quisiera ser muy claro respecto de algunos aspectos de esta crítica. La crítica puede ser vista en gran medida como una crítica de la cultura norteamericana (consumismo, culto del yo, etc.); pero todo es dicho con conciencia de que en estos problemas Estados Unidos es simplemente una gran muestra de lo que todos somos: no es el origen del mal, sino la expresión exitosa de unos males en los que todos los otros andamos metidos. Afortunadamente (tanto para el contenido como para la calidad literaria de los ensayos) no se trata pues de una crítica a la cultura norteamericana desde un complejo de inferioridad. Trueman puede ser implacable, pero la ausencia de ese complejo hace que su lectura sea refrescante si se compara con el discurso antinorteamericano al que estamos acostumbrados en nuestros países. Pero, lo que es más importante, es un calvinista el que escribe todo esto, y eso se nota en que el foco central de la crítica sea la crítica a la idolatría. Insisto, sin embargo, en que el modo en que es realizada está lejos de ser “convencional”; el rostro de Nietzsche en la portada es revelador.

Paso al segundo punto. En varios ensayos Trueman identifica un problemático rasgo del movimiento evangélico contemporáneo, digno de que se le dedique harto más análisis. El movimiento actual es típicamente interdenominacional. Esa es su gran fuerza. Pero ahí se origina también una gran debilidad: pues en tal esfuerzo lo que se acentúa son los mínimos factores comunes, un evangelio lo más sencillo posible. Podemos resumir dicha posición en dos palabras: minimalismo doctrinal. Una robusta confesión de fe, con una buena cantidad de artículos que entren en detalles, es algo visto no sólo como intelectualmente excesivo, sino como obstáculo a la unidad. Pero Trueman identifica varios problemas de este minimalismo doctrinal: por ejemplo, que si bien permite que afirmemos verdades centrales como la encarnación, no permite ver cómo esas verdades se conectan con el resto de nuestras creencias. Estoy seguro –y tendrán que leerlo para ver si me equivoco o no- de que con esto está poniendo su mirada en un problema de suma importancia. Por cierto,  no nos equivoquemos: no está hablando contra el actuar interdenominacional, sino identificando uno de sus problemas y un punto –el conformarse con meros mínimos- en que evangélicos y liberales parecen estar más cerca de lo que quisieran admitir. La última pieza del libro es un ensayo de ficción en el que Sherlock Holmes le dice a Watson que “el agotado liberalismo de ayer es el evangelicalismo de punta de hoy” (p.219).

¿Qué solución hay a eso? Mencioné que este es un libro que invita a aprender de la historia. Pero se trata de más que eso: la primera pieza del libro es la charla inaugural de Trueman como profesor de historia de la iglesia. Entra ahí en discusión con autores evangélicos que han absorbido la idea de que estamos en una época postmoderna y que debiéramos concentrar los esfuerzos en responder a dicho contexto cultural. Como historiador Trueman es por supuesto escéptico respecto de cualquier pretensión de identificar nuestro tiempo como algo particularmente nuevo. Pero precisamente gracias a eso, gracias a esa precaución, es que logra mantener la mirada abierta a lo que tenemos que aprender de otras épocas y autores, en artículos que van desde Agustín de Hipona a la ortodoxia reformada.

No voy a recomendar que una editorial hispanoparlante nos traduzca este libro. Es intraducible. De lo que sí estoy seguro es que aquellos escritores cristianos de nuestros países que quieren remecer las conciencias con sus plumas, no debieran dejar de leerlo.

 

 

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