Estudios Evangélicos

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Cinco preguntas fundamentales que los evangélicos conservadores deberían abordar

El reto que tenemos ante nosotros no es que las personas no vayan a estar de acuerdo con el cristianismo, sino que no lo vayan a entender en absoluto.

En los últimos años nos han dicho muchas veces que los evangélicos conservadores tenemos que adaptarnos a las cambiantes condiciones sociales, o que de lo contrario estaremos condenados a la irrelevancia. En cuestiones de estilo y sustancia, muchos evangélicos han estado motivados por la ansiedad de querer simplemente estar al día.

 

Y la preocupación es comprensible. Si, de hecho, hemos entrado a una “cultura post-cristiana”, entonces la enseñanza cristiana tradicional ni siquiera llega al nivel de “equivocada”, sino que simplemente será un fenómeno extraño. El reto que tenemos ante nosotros no es que las personas no vayan a estar de acuerdo con el cristianismo, sino que no lo vayan a entender en absoluto. Por esta razón, las actuales preocupaciones de los cristianos conservadores respecto de la marginación que sufriríamos a causa de nuestras enseñanzas morales están totalmente fuera de lugar. Mientras estemos siendo activamente marginados, todavía estamos siendo tomados en serio. Es la indiferencia de la cultura que nos rodea lo que debería preocupar a los cristianos.

 

Sin embargo, ignoramos si acaso los evangélicos conservadores tienen los recursos internos o la fortaleza para mantener fidelidad de cara a las presiones culturales. Los movimientos más alentadores –los que ponen especial énfasis en la misión, énfasis en el Evangelio, y sí, incluso en la lucha con la relación entre la prosperidad económica y el cristianismo-, han desafiado apropiadamente a muchos cristianos conservadores a repensar lo que significa la fidelidad.

 

Pero mi preocupación es que los evangélicos conservadores no han lidiado con las preguntas fundamentales que determinan la credibilidad de nuestro testimonio. Con eso en mente, intento plantear, en cinco preguntas, los desafíos más apremiantes que enfrentan los cristianos conservadores.

 

¿Cuál es la naturaleza de la experiencia y sus límites?

 

¿Qué es la experiencia y qué papel juega en la reflexión moral? ¿Qué se puede obtener de ella y cuáles son sus límites? Muchos de los evangélicos más jóvenes han pasado una buena cantidad de tiempo afirmando la validez de sus propias “historias”; al hacerlo, han planteado preguntas fundamentales sobre el sentido y el contenido de sus experiencias y de su relación con la Escritura. En algunos casos, se ha hecho un cuidadoso trabajo en el área, pero nuestra “historia” es sólo una de las formas que nuestra “experiencia” toma. El fenómeno del deseo sexual, por ejemplo, no se ajusta lo suficiente a la categoría de “historia”, pero también es una forma de experiencia que requiere una cuidadosa selección.

 

El estilo de escritura emotiva, basado en memorias, que se ha apoderado de muchos evangélicos jóvenes, sólo hace que el reto sea más difícil. Es difícil evaluar el papel que debe desempeñar la experiencia en una cultura dominada por la retórica formada por la experiencia misma y por las particularidades de las perspectivas de las personas. Es difícil cuestionar el valor de las historias o experiencias, ya que nuestra dieta consiste en gran parte en una prosa que encuentra sus raíces en ese anhelo por ser tratada como “auténtica” o “real” o lo que sea.

 

¿Qué hacen las instituciones?

 

No me refiero aquí a la institución de la iglesia, ya que los evangélicos conservadores ya han hecho trabajar a las imprentas enseñando a los cristianos más jóvenes a amar no solo a Jesús sino también a la Iglesia. Tampoco me refiero a la institución obviamente visible del gobierno. Francamente, alguien debiera poner fin, o una larga moratoria, a la redacción de libros sobre los evangélicos y la política.

 

El problema, creo, se encuentra más allá de esas dos instituciones: ¿qué sentido tienen las otras instituciones no gubernamentales y las “instituciones blandas” de la familia o el matrimonio o la economía? ¿Y cuál es la relación entre las instituciones y la forma de vida de los particulares y sus experiencias individuales?

 

Una manera de plantear mi preocupación con el gusto de ciertos cristianos por lo “radical”, es que su énfasis no toma forma dentro de una apreciación sólida de la función de transmisión cultural que desempeñan las instituciones. Andy Crouch ha escrito recientemente cosas inteligentes acerca de la necesidad de instituciones; pero los cristianos conservadores tienen que ir más allá, tienen que lidiar más particularmente con la manera en que las formas institucionales afectan las vidas individuales y viceversa.

 

Consideremos el matrimonio, por ejemplo: el debate sobre el matrimonio gay es un debate acerca de cómo una institución cultural está conformada por las personas que la componen y los actos y actividades a las que se dedican, y cómo esa institución se relaciona con los que no son parte de ella. Se ha hablado mucho por parte de los conservadores acerca de cómo mejorar la defensa de una concepción tradicional del matrimonio. Sin embargo, todo el discurso sobre narrativa y persuasión no llegará a nada mientras la lógica de funcionamiento de las instituciones permanezca ambigua e indefinida.

 

¿Cómo podemos acabar con nuestras bajas expectativas?

 

¿Por dónde empezar? ¿Qué les parece la sala de clases? Las escuelas cristianas deberían ser mucho más que simples comunidades cerradas donde los estudiantes reciben la misma educación que obtendrían en otro lugar, pero aquí con un toque de Biblia por encima. Esta es una regla importante que muchas escuelas cristianas aparentemente olvidan. Es casi como si todos creyéramos que mientras estemos diciendo cosas tomadas de la Biblia basta, sin importar lo duro que trabajemos o lo rigurosamente que estemos pensando. Cuando enseñé en la escuela secundaria, mi primera prioridad era ayudar a mis alumnos a ver que eran capaces de mucho más de lo que hasta aquí se les había pedido.

 

Admito que en estas bajas expectativas hay un aspecto financiero. Muchos pastores de jóvenes y educadores cristianos logran pagar sus cuentas por el número de personas que pueden retener. Hacer las cosas difíciles es una manera segura de no tener éxito, piensan, y así el nivel baja para mantener a los financistas. Pero la paradoja es que si se vela por estándares elevados, los alumnos responden y les gusta.

 

Pero si bien empecé por la educación, no es el único ámbito en el que no se espera mucho de la gente. En nuestra predicación, en el pequeño grupo de discipulado o liderazgo en nuestros círculos, existe la creencia generalizada de que, como la gente está muy ocupada, simplemente querrán que se les diga qué hacer. Este es pragmatismo del más pernicioso: un pragmatismo en el que aparentas una preocupación genuina por la gente, pero en el que simplemente estás conteniendo las necesidades que sienten. Y cuando ese impulso pragmático está alineado con un énfasis en mantener el número o la audiencia, da la impresión de ser un factor a considerar. Es una alianza impía, pero que impregna nuestra cultura evangélica.

 

O tomemos nuestra ética sexual. El llamado a la santidad debe ser acompañado y rodeado por el recordatorio de la realidad de la gracia; pero fundamentalmente se trata de un llamado a la perfección, del pronunciamiento de expectativas morales que son mucho más rigurosas que lo que cualquiera de nosotros pudiera cumplir. Para que se hagan una idea de lo mucho que han cambiado las cosas, los primeros cristianos debatían acerca de si era mejor suicidarse que cometer un pecado. Esa discusión tiene sus propios problemas, pero el punto es bastante claro: estaban dispuestos a morir antes que cometer un mal moral. Muchos de nuestros principales escritores, en cambio, están interesados en encontrar maneras para aprobar la masturbación y distribuir anticonceptivos a los cristianos solteros, ya que, aparentemente, no podemos imaginarnos llamando a las personas a una vida sin gratificación sexual.

 

Y si alguien cree que los evangélicos más jóvenes por el momento ofrecen algún tipo de esperanza en este sentido, que recuerde lo siguiente: hablamos mucho acerca de ser más educados que nuestros padres y de tener una motivación menos pragmática, pero nuestros libros más populares están escritos en párrafos de una línea y con un montón de negritas.

 

¿Qué papel juegan los afectos en la educación y la formación?

 

Cuando Rod Dreher escribe que la defensa del matrimonio tradicional depende de cierta “cosmología”, está en lo cierto. La enseñanza cristiana tradicional tiene un conjunto de presuposiciones y posiciones que se refuerzan mutuamente. Y una de las más importantes es que nuestros afectos vitales, las necesidades emocionales, se forman y reforman de acuerdo con un patrón externo, normativo, de bien. Ciertas formas de sentir son respuestas inadecuadas al mundo, y ciertos sentimientos encajan con el mismo. Si usted puede ver esto y está convencido de ello, eso reordena las preguntas: nuestros afectos y emociones siguen siendo interesantes, pero no por eso son el factor determinante de nuestras vidas, ya que requieren de evaluación conforme a ese orden de bienes.

 

Alguna vez el proceso educativo incluyó este tipo de formación y se orientó hacia él; pero ya no, lo que significa que muchos jóvenes no comparten el marco básico que hace plausible al cristianismo. Bajo tales condiciones es difícil elaborar una ética sexual tradicional plausible.

 

¿Qué es la autoridad?

 

En el siglo XX los cristianos conservadores invirtieron una enorme cantidad de tiempo y energía en defender la inerrancia y la infalibilidad de la Escritura, en gran parte debido a que estaba siendo puesta en duda. Sin embargo, a veces suponen que la doctrina de la autoridad simplemente fluiría de las otras dos posiciones. Pero la naturaleza de la autoridad de las Escrituras, sus límites, su finalidad, su relación con la iglesia y otras autoridades, su papel en el discernimiento moral, son preguntas difíciles que no han recibido la atención que se merecen; afirmar la inerrancia y la infalibilidad de la Escritura no proporciona mucha orientación para esas preguntas.

 

Y la autoridad de la Escritura no es el único tipo de autoridad que se debe aclarar. ¿Cuál es la autoridad de la iglesia? ¿Qué tipo de autoridad tiene el pastor y cuáles son sus límites? ¿Qué pueden mandar o aconsejar a los padres y por qué motivos? ¿Qué es la autoridad política y cuáles son las condiciones para la obediencia y la desobediencia? ¿Es tal autoridad única? Las nociones de autoridad en el trabajo y en los diferentes ámbitos de la vida tienen algo en común con los demás; sin embargo, la autoridad toma formas específicas dentro de diversas instituciones (véase la pregunta anterior). Pero con todo, hay una pregunta fundamental acerca de la forma que adopta la autoridad, y de su relación con la realidad, que merece mucha consideración.

 

Me doy cuenta de que lo anterior contiene más preguntas que respuestas. Es una especie de prolegómeno. Pienso en ello como el contorno de aquello en lo que me gustaría que los evangélicos invirtieran su capital intelectual (¡y monetario!) durante los próximos años. Porque cuanto más pienso acerca de los desafíos que enfrentamos, más tienden a reaparecer estas cinco áreas.

Publicado originalmente en Mere Orthodoxy. Traducido con autorización. Traducción de Benjamín Almendras.

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