Estudios Evangélicos

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Alimentarse con piedad

Tengo un sueño de que un día todos los cristianos comerán de una manera que honre y celebre los regalos de la creación de Dios. En este sueño las criaturas se encuentran en un estado íntegro y saludable debido a nuestra comunión con ellas.

El alimento que comemos, lo que comemos y cómo lo comemos, bien podría ser el testimonio más significativo del cuidado de la creación que los cristianos puedan exhibir. Comer nunca ha sido simplemente un modo de cargar combustible en nuestros cuerpos. Y aunque ciertamente es un acto fisiológico, comer es también un acto ecológico, agricultural, moral y espiritual. Comer no es sólo masticar lo que hay en nuestro plato o en nuestras manos. Es también participar en procesos ecológicos, en la economía de la agricultura, y en las tradiciones culturales y étnicas de la cocina que hacen a la comida  disponible y disfrutable. Cada vez que tomamos un bocado comunicamos lo que pensamos acerca de la tierra y el agua, nuestros animales, nuestros compañeros, y de Dios como proveedor de muchos regalos de la naturaleza que diariamente consumimos. Nos posicionamos como personas que se alimentan y diariamente tienen la oportunidad de ocuparse y con gratitud recibir la bendición del alimento – o no hacerlo.

 

Desde el siglo pasado se nos ha hecho más difícil el apreciar profundamente las implicancias ecológicas y espirituales de comer, porque como personas de ciudad somos frecuentemente reducidos a ser compradores y consumidores de comida. No estando directamente involucrados en la producción de alimento –¿cuántos de nosotros somos granjeros u horticultores serios?- es común pensar que el alimento es primordialmente un producto que responde a los dictados del dinero. El hecho sin precedentes de nuestros tiempos es que nunca antes hemos sabido tan poco respecto del origen del alimento y de cómo puede ser sostenible y producido justamente.  Hoy el típico comprador de ciudad entra a un almacén y encuentra decenas de miles de productos  comestibles en vitrina. La sola cantidad de lo que ahí hay, junto con su atractiva envoltura y empaque, nos hace pensar que de la comida siempre habrá segura provisión y plena reserva, provista dado que existe el dinero. La disponibilidad, apariencia, y el relativo bajo precio del alimento nos compelen a creer que la producción actual de comida es un éxito. En relación con el alimento, pareciera que hay poco de qué preocuparse o sobre lo cual reflexionar aparte de la (aún) desigual distribución del mismo.

 

Libros recientes de Michael Pollan (The Omnivore’s Dilemma), Barbara Kingsolver (Animal, Vegetable, Miracle), Raj Patel (Stuffed and Starved), y Paul Roberts (The End of Food), y su documental Food Inc. Demuestran que nuestra fácil confianza podría estar fuera de lugar[i]. Es cierto que la agricultura industrial actual se encuentra produciendo más y más calorías de  alimento de lo que nunca hemos visto antes. Más aún, las líneas de abastecimiento de carnes, aceites, café, granos, frutas, y otros productos –todos muy dependientes del regular flujo de combustibles fósiles económicos- junto con la consolidación del procesamiento y distribución del alimento en las manos de unas pocas  empresas gigantes, hacen posible que muchas de estas calorías sean tasadas a bajos precios. Pero estas copiosas y baratas calorías están llegando a un alto costo para nuestros suelos, aguas, atmósferas, animales y agricultores. Alrededor del mundo personas están siendo forzadas a dejar sus tierras, encontrándose ellos y sus familias inseguros respecto del alimento. Mientras tanto, el procesamiento y la artificial mejora de mucho de nuestro alimento se está revelando como una seria pérdida para nuestra salud y para la salud de la creación como un todo.

 

El resultado de la actual economía global e industrial del alimento, es que muchos cristianos ahora se encuentran en una posición en la que nuestra alimentación es una profanación ante Dios. No es como si diaria y deliberadamente eligiéramos violar la tierra y sus criaturas. En vez de eso, la comida de más rápido acceso en los almacenes, restaurants, escuelas y hospitales simplemente es el producto final de procesos que han puesto al beneficio, la eficiencia productiva, la comercialización y la conveniencia por sobre el cuidado de las criaturas, el contento de los animales, la alimentación saludable, a los granjeros y trabajadores del área.  Comer de una manera que honre a Dios y se preocupe de las criaturas toma tiempo, entendimiento y trabajo diario. Requiere que hagamos de la protección y el cuidado de nuestros suelos y nuestras aguas una altísima prioridad. También presupone un amplio y detallado conocimiento de las fuentes, de la vida y la muerte que soporta y permea nuestra comida, conocimiento que menos y menos de nosotros tenemos.

 

Dado el considerable conocimiento y trabajo involucrado en la alimentación responsable, ¿deberían los cristianos hacer de la comida –lo que comemos, cómo lo hacemos crecer y cómo lo preparamos, cómo y con quién lo compartimos– una prioridad para la vida cristiana? Después de todo, ¿no dijo acaso Jesús, “no te preocupes por tu vida, qué has de comer o qué has de beber, o de tu cuerpo, qué vestirás? ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? (Mateo 6:25)

Jesús nos advierte que podemos hacer de la comida un ídolo. Hacemos esto, por ejemplo, cuando nos obsesionamos por la comida o cuando tenemos la fijación de tener cierta comida exótica o fina siempre que se nos antoje. ¿Cuántos de nosotros sabemos que entre los actuales 7 billones de personas más de un billón sufre de  sobrealimentación –esto es, comer muchas calorías poco sanas- y que millones más sufren de varios desórdenes alimenticios (como la anorexia y la bulimia), que ocultan sufrimiento y dolor personales más profundos? Jesús nos alerta sobre la posibilidad real de que podemos tener una relación enfermiza con la comida (y con otros comensales cuando nos transformamos en la policía de la alimentación). Nos alerta con miras a que no seamos glotones ni santurrones. En vez de eso, quiere que seamos personas que “busquen primero el Reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33), simplemente dando por hecho que cuando así procedamos, lo necesario para comer será provisto.

 

Diciéndonos que no nos angustiemos ni obsesionemos con el alimento, Jesús no nos dice que la comida no sea importante en el Reino de Dios. Si ese fuera el caso, sería difícil entender por qué Jesús ocupa mucho tiempo en los evangelios alimentando personas, comiendo con marginados y pecadores (ej. Lucas 15:2), y celebrando las bondades de compartir el alimento con otros. Jesús no se complace en el hambriento o el enfermo. No debemos olvidar que Jesús fue ridiculizado por los líderes religiosos como un “glotón y un bebedor” (Lucas 7:34). Como un comentarista bíblico lo ha dicho, en el evangelio de Lucas Jesús o va camino a una cena, está en una cena ¡o viene de una! En su vida y ministerio la comida claramente le importaba. Y debería también importarnos a nosotros. La pregunta es cómo.

 

Se nos da una pista de cómo sería una relación apropiada con la comida cuando nos vamos a una de las historias fundacionales de la Escritura. En Génesis 3, Adán y Eva cometen el pecado de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. ¿Fue comer el pecado? Claramente no, dado que Dios explícitamente les dijo que podían comer libremente de los muchos árboles que eran “agradables a la vista y buenos para comer” (Génesis 2:9). Pero les estaba impedido comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque si lo comían iban a morir (2:17). Hay formas de comer que nos llevan a la vida, incluso a la vida del Reino, y hay maneras de alimentarse que nos conducen a la muerte. ¿Cómo deberíamos caracterizar las diferencias?

 

Adentrándonos en la historia aprendemos que el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal era bueno para comer y agradable a la vista. Aún más importante, comer esta fruta hacía pretender hacerse como Dios a quienes la comían (3:4-6). En otras palabras, comer esta fruta prohibida no sólo resultaba en una experiencia sabrosa. Equivalía a adoptar una relación completamente nueva con el mundo y todo lo que contenía, porque ahora, siendo como Dios, uno ya no se relacionaba con otros como prójimo –en lugar de ser uno que recibe vida como una bendición y regalo, se presume tener el control sobre ella. El colosal error de Adán y Eva fue pensar que podrían torcer el mundo a su propia voluntad y deseo. Era pensar que podían tener a toda criatura en sus propios términos y no en los de Dios. Era negar que eran criaturas que necesitaban.

 

Otra manera de narrar la historia es decir que podemos comer de maneras que o nos recuerdan o nos hacen olvidar a Dios como la fuente y alimento de la vida. Cuando comemos recordando a Dios, que es la manera adecuada, comemos apreciando el cómo la comida es un regalo y una bendición. Esto no es cosa pequeña, porque significa, cuando sus implicancias se presentan extensamente, que también nos relacionaremos con toda criatura de una manera que honre a Dios. Pero cuando en nuestra alimentación olvidamos a Dios, traemos muerte a nosotros mismos y a otras criaturas, porque ahora éstas son privadas de su relación con Dios, quien es la Fuente de toda vida. Las transformamos en ídolos que sirven al angosto alcance de nuestro utilitarismo o a asuntos de nuestra conveniencia. Entre los teólogos contemporáneos, Alexander Schmemann ha descrito la dinámica de este ejercicio de muerte con precisión:

 

…el mundo fue dado [a los humanos] por Dios como “comida” –como un medio para la vida; incluso la vida significaba comunión con Dios; no sólo en su objetivo sino más bien el pleno contentamiento con El… El mundo y la comida fueron así creados como un medio de comunión con Dios, y daban vida solo al ser aceptados a causa de Dios… Así, comer, estar vivo, conocer a Dios y estar en comunión con Él eran una y la misma cosa. La inmensa tragedia de Adán fue que comió para su propio beneficio. Más que eso, comió “apartado” de Dios, con el objeto de independizarse de Él. Y si lo hizo, es porque creyó que la comida tenía vida en sí misma y que, tomando parte de esa comida, sería como Dios, por ejemplo, teniendo vida en sí mismo. Para ponerlo en términos simples, creyó en la comida… El mundo, la comida, se convirtieron en sus dioses, la fuente y principio de su vida. Se convirtió en su esclavo[ii].

 

La dinámica del pecado en el alimentarse de Adán y Eva inauguró la siguiente operatoria: las personas resisten recibir el alimento como un regalo de Dios, porque reconocen que un regalo así es admitir la necesidad y la dependencia –es reconocer que no estamos en control; así, transformamos la comida: de ser un regalo pasa a ser una posesión; como una posesión tomamos control de la comida y de los muchos procesos ecológicos y culturales que hacen posible la alimentación; el control que asumimos invariablemente se transforma en un autoservicio y una glorificación de sí mismo, lo que significa que la comida ya no es sinónimo del amor y gracia de Dios hechas apetecibles; porque el mundo de la comida es remodelado para servirnos y complacernos: su habilidad para alimentarnos y nutrir a otros es reducida, precipitando dolor y muerte innecesarios; el alimentarse humano se convierte en una carrera por el control y la explotación de la tierra, sus criaturas y quienes se alimentan.

 

En caso de que pensemos que esto es una mera abstracción teológica, considere cómo esta dinámica es reforzada hoy en día en el sistema de producción industrial de carne. Por nuestro deseo de tener comida más barata, millones de pollos son engordados de una manera que viola su ser y es un insulto a Dios. En vez de vivir libres para deambular y moverse, los pollos son apiñados en dependencias perpetuamente oscuras en donde son alimentados con una incesante dieta de suplementos alimenticios (para que crezcan más rápido) y antibióticos (para prevenir que mueran en esas mismas dependencias, facilitadoras de enfermedades). Muchos de estos pollos han sido genéticamente modificados para desarrollar pechugas más generosas (ansiamos la carne blanca). Las grandes pechugas combinadas con el crecimiento acelerado significan que muchas de estas aves encuentran dificultoso el caminar. A algunas se les quiebran las patas bajo la presión de su propio peso. Estas son condiciones de altísima y miserable presión para las aves. Pero su estrés y miseria son el resultado directo de nuestro deseo de comer carne de pollo en términos que satisfagan nuestro deseo de precios bajos, volumen y conveniencia. Al alimentarnos nos hemos convertido en esclavos de un sistema de alimentación que sistemáticamente degrada la vida de estas aves.

 

La degradación que se fomenta en estas dependencias avícolas se fortalece en casi todos los aspectos de la industria alimenticia actual. La tierra está siendo sistemáticamente erosionada y envenenada mediante la aplicación de herbicidas aún más tóxicos. El agua está siendo mal utilizada y contaminada por los mismos venenos y la aplicación de fertilizantes sintéticos y derivados de combustible fósil. El ganado, las ovejas y los cerdos son frecuentemente criados en condiciones similarmente crueles a la de las aves. Las pescaderías marinas están siendo explotadas hasta el cansancio y más allá de la capacidad de los peces de repoblarse. Los granjeros alrededor del mundo ven cómo las tasas de crecimiento del cáncer crecen de la mano con el uso de químicos agrícolas (muchos de los cuales están prohibidos en países más desarrollados), o se encuentran luchando bajo niveles crecientes de deuda incurrida por comprar semillas caras e insumos fertilizantes. Viéndolo ecológicamente, la producción alimentaria industrial de los días actuales representa un sistema que no tiene paralelo en su carácter destructivo[iii]. La producción y el consumo, en vez de ser medios para la vida y la comunión con Dios y la creación, se han transformado en medios de la mala salud, la explotación, el sufrimiento y la muerte.

 

¿Hay un mejor camino? ¿Cómo sería una manera de alimentarse que recuerde y honre a Dios? La alimentación piadosa comienza cuando reconocemos que la comida jamás es barata. Es una costosa gracia diaria provista por Dios. Es costosa porque para que cada criatura se alimente, otra tiene que morir. El decano de Cambridge William Ralph Inge dijo una vez que “el todo de la naturaleza es una conjugación del verbo comer, activa y pasivamente”[iv]. Eso quiere decir que el movimiento de la vida está constantemente siendo nutrido a través de la vida y la muerte de otros. Cada dieta, incluso la dieta del vegetariano, presupone y es un testigo diario de la muerte.

 

La “cosificación” del alimento nos oculta este hecho. Las frutas y los vegetales muestran pocas huellas de su origen en el tierra, el mismo suelo que constantemente está absorbiendo la muerte de otros y reciclándolos para una fertilidad futura. Los productos cárnicos muestran pocos signos de las plumas, el pelaje, huesos o sangre. Mucha de la actual comida procesada ha sido tan alterada que es difícil verla como un regalo de Dios. La comida se ha transformado en algo que diseñamos, manufacturamos y controlamos.

 

La mejor manera de llegar detrás de estos engaños y disimulos de la industria alimenticia es involucrarse acercándose más a la producción de alimento. Hay varias maneras de hacer esto. Una excelente, tal vez indispensable manera de comenzar con esto, es cultivar alimento por nuestra cuenta. No necesitamos un montón de tierra, ni necesitamos cultivar todo nuestro alimento (una inmensa y difícil tarea). El punto es que podamos tomar razón más profunda –con nuestras manos, narices, ojos y bocas- de la fragilidad, la paciencia, belleza, dolor y el milagro que es el crecimiento de la comida. Incluso hacer algo de jardinería nos ayudará a ser personas que se alimentan de modo más agradecido y humilde. Nos ayudará a ver la comida como un regalo precioso que necesita nuestra atención y cuidado, nuestro compartir y celebrar.

 

Los miembros de la iglesia no necesitan hacer esto solos. Sería un mejor camino si las congregaciones inspiradas por Jesús se involucraran en el negocio de la comida. No quiero decir que simplemente  vayan y compren o recolecten alimento para bancos de alimento, u operen cocinerías y líneas de productos, con todo lo valiosas que estas actividades son. Quiero decir que las iglesias transformen parte de sus tierras,   muchas de ellas hoy esmerados jardines o parques de estacionamiento, en jardines de flores y frutas y en huertos de fruta. Así los cristianos podrían aprender del otro el arte de la jardinería y las habilidades de la preservación del alimento. Este alimento podría ser compartido dentro de la congregación pero también dárselo a personas en necesidad.

 

La agricultura apoyada por la iglesia puede ser un poderoso testimonio al mundo de que los cristianos valoran y cuidan los regalos de la nutrición que Dios provee diariamente. La agricultura regenerativa, agricultura que cultiva alimento por el incremento natural de la fertilidad del suelo y por su respeto a las plantas y los animales, puede ser un modelo para otros de que no necesitamos producir comida con métodos que envenenan o maltratan a otras criaturas. A lo largo de la mayor parte de la historia, las personas han estado directamente involucradas en la producción personal de comida. Somos nosotros los que estamos en la posición extraña y sin precedentes de pensar que no tenemos que hacerlo.

 

Los cristianos pueden involucrarse más en apoyar la economía local del alimento y las prácticas de  agricultura sustentable que ya están teniendo lugar en su región. Actualmente el sistema global industrial del alimento fomenta la ignorancia y el anonimato. Presupone la quema de mucho combustible fósil para embarcar comida a gran distancia, y requiere que el alimento se coseche no atendiendo a su calidad nutricional sino apuntando a la transportabilidad y a un largo tiempo de caducidad. Pero cuando los consumidores compran comida producida localmente, pueden ver directamente si el campo y los animales fueron tratados en una manera que honre a Dios y respete la vida. Cuando se vea que los granjeros y los jardineros lo hagan bien, deberían ser apoyados financieramente. En la medida en que más y más cristianos se comprometan a alimentarse piadosamente, más y más granjas estarán cultivando alimento tratando la tierra, el agua, las plantas, los animales y a los agricultores en una manera justa y honrosa para Dios.

 

Cambiar nuestros hábitos de compra y alimentación no será fácil. Todos nos hemos acostumbrado al alimento barato y conveniente. Pero este tipo de alimento está destruyendo la creación. Está comprometiendo las buenas prácticas de la agricultura. Hay un mejor camino. En relación a nuestros restantes gastos, el alimento es una de las cosas en las que menos gastamos en comparación con generaciones precedentes. Muchos de nosotros, reevaluando nuestras prioridades, podríamos permitirnos gastar más dinero en buena comida y agricultura. Podemos hacer más para asegurarnos que este alimento sea adecuadamente compartido. Algo de esto conllevará cambios significativos en nuestros hábitos alimenticios. Algunos de estos requerirán cierta deliberación parlamentaria y algún proyecto de ley para que el impuesto de los contribuyentes sea redirigido hacia sistemas de agricultura regenerativos y naturales, lejos de la producción industrial y explotadora.

 

Tengo un sueño de que un día todos los cristianos comerán de una manera que honre y celebre los regalos de la creación de Dios. En este sueño las criaturas se encuentran en un estado íntegro y saludable debido a nuestra comunión con ellas. También creo que  la Escritura llama a este sueño el gran banquete del Señor.



[i] Michael Pollan. The Omnivore’s Dilemma: A Natural History of Four Meals (New York: The Penguin Press, 2006); Barbara Kingsolver. Animal, Vegetable, Miracle: A Year of Food Life (New York: Harper Collins, 2007); Raj Patel. Stuffed and Starved: The Hidden Battle for the World Food System  (Brooklyn, New york: Melville House Publishing, 2007); Paul Roberts, The End of Food (New York, Participant Media, 2009).

[ii] Alexander Schmemman, Great Lent: Journey to Pascha (New York: Cambridge University Press, 2011).

[iii] Más detalles sobre la destructividad de la economía industrial alimenticia puede ser encontrada en el tercer capítulo de mi libro: Food and Faith: A Theology of Eating (New York: Cambridge University Press, 2011).

[iv] William Ralph Inge, “Confessio Fidei”, en Outspoken Essays, Second Series (London: Longman’s Green, 1926), 1-59, acá cito la 56.

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