Estudios Evangélicos

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Cómo aprendí a querer al gobierno

Crecí en una iglesia menonita, fui a una universidad menonita y me gradué de un seminario menonita. En el camino, fui adoctrinado con la perspectiva anabaptista clásica según la cual los gobiernos –con su uso del poder coercitivo y la violencia- son para los irredentos, pero que los verdaderos cristianos dedican su vida al servicio de la iglesia: un contra-gobierno que vive de la política radical del amor no-violento de Jesús.

La consecuencia lógica de esta filosofía fue que por muchos años no me involucré en la política de mi comunidad, ni voté en elecciones de gobierno. Si estaba rechazando el poder coercitivo del Estado, ¿cómo podía votar por gente que ejercerá ese poder, o abogar por legislaciones que podrían ser respaldadas con la fuerza? Por otra parte, no era un anarquista. No rechazaba la necesidad de un gobierno para la población en general; simplemente creía que era innecesario para los cristianos auténticos. Estaba conforme con ser un ciudadano respetuoso de la ley en la medida que las leyes no violaran mi conciencia. Incluso el pago de los impuestos –a pesar de que la mitad fuera para gastos militares- no era objetable para mí. Consideraba que era el dinero del gobierno, y que el gobierno tenía una necesidad legitima de recolectar impuestos para una amplia variedad de usos aprobados por los representantes públicos. Pero ignoraba al gobierno todo lo posible. Yo tenía un llamado más alto, mejor: servir y promover a la iglesia.

Pero esta estructurada teología de los dos reinos contenía numerosos acertijos que me molestaban. Primero: ¿pueden los cristianos no-violentos vivir sin un gobierno estatal? ¿Quién va a pavimentar las calles y regular el comercio, y recolectar los impuestos de todos para pagar por todo eso? ¿La iglesia? Tengo que admitir que incluso los cristianos no-violentos descansan sobre un gobierno no cristiano para todo tipo de servicios necesarios en una sociedad pluralista.

Segundo, ¿pueden los cristianos no-violentos vivir sin un gobierno de leyes y la aplicación de la ley? ¿Acaso los cristianos, como cualquier otra persona, no conducen sobre el límite de velocidad y necesitan disuasión de un policía escribiendo partes? ¿Acaso no llaman los cristianos a la policía cuando se les ha robado, esperando la recuperación de sus posesiones y la detención de los ladrones? Está bien y es bueno decir que busco promover la justicia restaurativa, pero en el intertanto, ¡quiero a los delincuentes arrestados!

Tercero, ¿se dan cuenta los cristianos no-violentos qué consecuencias habría si el gobierno de los Estados Unidos disolviera sus fuerzas militares? Siguiendo el ejemplo de Jesús, siempre he abogado por responder a las amenazas y agresión con una “gracia desarmadora”, y venciendo el mal con el bien. Puedo escoger hacer eso con mi vida personal, pero el gobierno no puede hacerlo sin abrir el mundo al caos y a mucha, y más grande, violencia. Tuve que admitir que la presencia de las fuerzas armadas –de la nuestra como de otras naciones- usualmente sirve con efectividad para disuadir la guerra y violencias más grandes. En el fondo, me gustaría ver a todas las naciones reemplazar gradualmente sus fuerzas armadas con fuerzas policiales, y descansar así en una fuerza de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas. Pero eso no puede hacerse en este momento, e incluso ese futuro soñado aun depende de la amenaza de fuerza.

Cuando era un joven pastor, escuché a J. Lawrence Burkholder (ex voluntario, filósofo y presidente del Goshen College) hacer una afirmación que en ese tiempo me sobresaltó, pero que ahora parece obvia: los gobiernos pueden hacer el bien en una escala mucho mayor que las iglesias. Son las políticas y acciones del gobierno las que hacen posible cosas tales como la educación pública gratuita, la seguridad social, la seguridad alimentaria, agua limpia, y un mercado justo. Si queremos hacer del mundo un mejor lugar, necesitamos trabajar con, e involucrarnos en, el gobierno; no solo en la iglesia. Esto no disminuye el rol único y crucial de la iglesia en la sociedad, pero reconoce que la iglesia no es todo-suficiente.

En cuanto mis posiciones hacia el gobierno cambiaron, me pregunté si mis interpretaciones bíblicas habían estado muy estrechamente enfocadas en el mal de los gobiernos e imperio, como se expresa en Lucas 4:6 y en el libro de Apocalipsis. Presté mayor atención al consejo de Jeremías de “busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado… porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad” (Jer. 29:7). El libro de Daniel también fue instructivo. Aunque retrata a los imperios paganos en los términos más oscuros, su consejo es que los judíos pueden trabajar fielmente al interior del sistema, tan peligroso como eso pueda ser.

En la teología anabaptista clásica (al menos como se me la enseñó), el Estado es incapaz de exhibir el camino del amor de Cristo. Los cuáqueros, por otra parte, creen que la luz de Cristo está en todos y en todo, y podemos apelar a esa luz y ayudar a que brille. Pienso que la historia de Estados Unidos ha mostrado que los anabaptistas han estado en lo correcto sobre cuán autocomplaciente y violento puede ser un gobierno, pero también ha mostrado que los cuáqueros están en lo correcto sobre cuánto mejor puede volverse un gobierno.

Varios años atrás, leí el clásico estudio de Henry Kissinger “Diplomacia”. A pesar del compromiso del propio Kissinger con una insensible Realpolitik, estaba sorprendido por el idealismo que usualmente reportó en la política exterior durante el siglo XX. Varios presidentes y cabezas de departamentos de Estado, una y otra vez, favorecieron políticas que promovieron justicia y autodeterminación en otras naciones, más que solo sobre los estrechos intereses propios de Estados Unidos. El idealismo patriótico de “El Señor Smith va a Washington”, una película de Frank Capra que durante mi infancia me inspiró a competir por el Congreso, no es una completa fantasía. Un idealismo de ese tipo es parte de nuestra mezcla política. A veces el gobierno hace cosas importantes que parecen sospechosamente decentes e incluso como si fueran de Cristo.

Martin Luther King llamó a Estados Unidos a vivir de acuerdo a sus ideales más altos de libertad e igualdad. Mezcló su enfoque con alusiones bíblicas a la justicia, y llamó a la conciencia de todos los estadounidenses a demandar un cambio en las leyes. Mediante el heroico sacrificio no-violento de cientos de miles de boicots y manifestantes, la legislación de derechos civiles fue finalmente promulgada. Aquí vemos una combinación irónica: acción no-violenta en pos de la aprobación de leyes que serán impuestas por el poder coercitivo del gobierno.

Creo en el camino del amor no-violento de Jesús, y creo en la iglesia como una expresión comunitaria y un testigo político de ese amor. Pero también creo en el gobierno, en particular en el gobierno de los Estados Unidos, más que nunca antes. Quiero que este experimento en democracia resulte. Quiero que los ideales de la libertad, la igualdad y la justa representación brillen en los corazones de la gente en nuestra propia nación como en otras naciones. Quiero que Estados Unidos use la fuerza lo menos posible, pero acepto que debe imponer la ley en nuestra nación, y quizá necesite usar la violencia cuando la alternativa es permitir una violencia aún mayor.

Como cristiano, practico y promuevo los caminos de paz. Espero que si suficientes entre nosotros lo hacemos alrededor del mundo, podemos reducir gradualmente la confianza en las armas y la aceptación fácil –incluso glorificación- de la violencia. Si no fuera pastor, quizá me volvería un político. Porque ya sea a través de los ministerios de la iglesia, o los programas y políticas del gobierno, quiero hacer del mundo un mejor lugar.
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Originalmente publicado en Anabaptist Witness, 2019. Traducido con autorización. Traducción de Luis Aránguiz Kahn.

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