Estudios Evangélicos

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Cómo cultivar cortesía respecto del sexo

Los seres humanos somos seres complejos y vulnerables, y esa complejidad y vulnerabilidad se vuelve sumamente patente en la sexualidad.

Ser corteses es más difícil en algunos contextos que en otros, dependiendo de lo que está en juego[1]. ¿Cómo puedo ser cortés ante alguien que está tomando decisiones equivocadas en el campo sexual, en el aborto, en la homosexualidad, en la promiscuidad? ¿Cómo puedo ser cortés al tratar a mi nuevo vecino musulmán? ¿Es posible mantener una buena actitud en la industria televisiva sin acabar devorado por el mal? Debemos hacernos cargo de ese tipo de campos específicos, y en este artículo quiero hacerlo respecto de uno de ellos: cómo cultivar la cortesía respecto de la sexualidad.

 

La importancia del sexo

 

“¿Qué les pasa a ustedes los evangélicos? Parecen estar obsesionados con la vida sexual de las personas. La pornografía, la homosexualidad, el aborto, el divorcio, la fornicación, el adulterio –ésos parecen ser los únicos problemas sociales de los que ustedes se ocupan. ¿No se les ocurre nada más interesante para hacer que estar constantemente intentando regular la vida sexual y las funciones reproductivas de todo el resto?” Escucho esta queja con frecuencia, y estoy dispuesto a conceder de inmediato que hay en ella algo de verdad. Las preocupaciones sociales de los protestantes evangélicos y de otros grupos religiosos conservadores como los católico-romanos, los mormones o los judíos ortodoxos, parecen centrarse de un modo bastante intenso en el sexo y la reproducción. Muchas veces da la impresión de que no nos ocupamos de un modo ni remotamente similar por la injusticia social, la opresión económica o la destrucción del medioambiente. Esto es lamentable.

 

Pero no estoy dispuesto a conceder que nuestra intensa preocupación por cuestiones sexuales indique que hemos perdido el rumbo. La sexualidad es un aspecto muy importante de nuestra naturaleza creada. La Biblia deja en claro esto en sus primeras páginas: las primeras palabras dirigidas al hombre y la mujer son un llamado a ser fructíferos y multiplicarse (Gn. 1:28). Y lo primero que le ocurre a Adán y Eva tras comer del fruto prohibido es que descubren su desnudez e intentan cubrirse.

 

El sexo y la reproducción desempeñan un papel básico en el drama humano. Los seres humanos somos seres complejos y vulnerables, y esa complejidad y vulnerabilidad se vuelve sumamente patente en la sexualidad. Por eso, una sociedad que esté confundida de raíz respecto del bien y el mal en relación al sexo no podrá ser una sociedad muy saludable. Líderes públicos que tienen una actitud de ligereza respecto de la fidelidad sexual no será confiables en otras áreas de responsabilidad. Los niños que han crecido sin experimentar vínculos familiares fuertes y confiables tienen más dificultad para llegar a ser ciudadanos fuertes y confiables. Así es como veo las cosas. Si el resultado de eso es que algunos me digan que me preocupo demasiado por la sexualidad, simplemente tendré que vivir con esa crítica. Y dadas mis fuertes convicciones sobre esta materia, la verdad es que me resulta difícil ser cortés respecto de la sexualidad.

 

Difícil, pero no imposible. La verdad es que sí puedo trabajar por ser más cortés respecto de esto sin sacrificar mis convicciones respecto de esta dimensión crucial de la existencia humana. Y creo que es muy importante trabajar en eso: los cristianos convencidos podemos tener razón en afirmar que los valores sexuales son algo importante para la salud de una sociedad, pero eso no significa que hayamos cumplido bien con nuestra tarea de presentar tales convicciones. La verdad es que más bien lo hemos hecho mal.

 

¿Sexualidad “normal”?

 

Hace algunos años participé de una asamblea denominacional respecto de la homosexualidad. Un ministro se puso de pie para contarnos al resto cuán vehementemente se oponía a la homosexualidad. Se expresó en los siguientes términos: “nosotros los normales deberíamos decirle a estos homosexuales que lo que están haciendo es una abominación a los ojos de Dios”. Si bien estoy básicamente de acuerdo con la interpretación que este pastor hizo de la enseñanza bíblica, su discurso me dejó profundamente afligido. Me dieron ganas de ponerme de pie y preguntarle qué tan “normal” era él en su vida sexual. Recordé entonces a otro ministro, un piadoso hombre de edad con quien había conversado recientemente. Estábamos comentando la situación de un colega más joven que había sido sorprendido en una relación adúltera, y este hombre mayor me dijo “no tengo cómo creerme mejor que él. Si se hiciera pública la historia de mi propia vida sexual, no encontrarían ningún gran escándalo, nada para apartarme del ministerio; y sin embargo, estaría avergonzado –muy avergonzado”. Creo que muchos nos podemos sentir identificados con la evaluación que este hombre hizo de sí mismo. No nos sentimos muy normales en nuestra sexualidad. La Biblia nos lo confirma: vivimos en una era de anormalidad humana, caída. Y como el sexo es una parte central de nuestra naturaleza, nuestra sexualidad muestra esta anormalidad de un modo especial.

 

Como criaturas caídas que no gustan de reconocer su conciencia sobre tal condición, inventamos un vocabulario que permita disfrazarla. Así ocurre con nuestro sistema de rotulación para las orientaciones sexuales: algunas personas son “gay”, otros son hombres “hechos y derechos”. Cada una de estas expresiones es engañosa. El término “gay” da en inglés la impresión de que los homosexuales practicantes están gozando de una vida feliz, carente de preocupaciones[2]. Pero ciertamente no es eso lo que ocurre, particularmente no en una época en que el sida ha traído temor y dolor a las vidas de tantas personas homosexuales. Tampoco ayuda mucho pensar en el resto como hombres “hechos y derechos”. Yo no soy homosexual, y sin embargo no me siento como un hombre “hecho y derecho”. Soy una criatura caída –torcida, encorvada, quebrada. Y esa torcedura afecta toda mi vida, también mi sexualidad.

 

Los homosexuales no necesariamente son “gay”, y el resto de nosotros no necesariamente somos “hechos y derechos”. Todos somos personas quebradas y encorvadas. Los cristianos no debieran avergonzarse de reconocer esto. La mayoría aún no nos hemos transformado en personas completamente “normales”, sino que estamos en camino hacia la normalidad –cuando Jesús vuelva “seremos como él, porque lo veremos como es” (I Jn. 3:2). Entretanto, sabemos lo que debemos hacer respecto de nuestra quebrada sexualidad: debemos ir a la cruz a buscar misericordia y sanidad. Y ésa es la experiencia que nos entrega el mensaje a compartir con otros pecadores sexuales: ¡unánse a nosotros en la cruz!

 

Ideas para la cortesía en el campo sexual

 

La cortesía respecto de la sexualidad implica esfuerzo. Es algo en lo que tenemos que trabajar. Aquí ofrezco algunos lineamientos que nos pueden ayudar en tal proceso.

 

Seamos autocríticos respecto de la sexualidad. La mayoría no tenemos derecho alguno a ponernos como modelos de normalidad sexual. Sé que puede ser riesgoso sobreenfatizar estar punto. Muchos cristianos ya están demasiado conscientes de sus problemas en este campo, y todos hemos escuchado historias sobre personas cuyas vidas están permeadas por la culpa sexual y la vergüenza. ¿No resulta entonces algo peligroso insistir en que tengamos un ojo muy abierto respecto de nuestros propios pecados sexuales? La respuesta, obviamente, es que sí es muy riesgoso. Pero también es riesgoso sugerir a los cristianos que no se preocupen demasiado de eso. Una obsesión culposa respecto del pecado sexual es algo enfermo, pero también es enfermo el pensar que nunca debemos sentir culpa respecto de nada que tenga que ver con el sexo.

 

Evitemos los simplismos. Al tratar con problemas sexuales, muchos cristianos usan categorías excesivamente simples. He aquí un ejemplo de cómo un bien conocido predicador fundamentalista trata la homosexualidad: “Mi Biblia dice que Dios creó a Adán y Eva, no a Adán y Esteban”. Ciertamente, en esta breve frase se contiene un punto legítimo. Tal como este predicador, yo creo que el propósito del Creador es que la intimidad genital tenga lugar dentro del matrimonio heterosexual. Pero se gana muy poco al transmitir esta profunda enseñanza mediante un lenguaje burlesco.

Recordemos los pecados relacionados con la sexualidad en los que hemos incurrido colectivamente. No sé si todo lo que se dice sobre la relación de los cristianos con los homosexuales en el pasado es verdad, pero sí hemos sido crueles, tremendamente crueles. No importando en qué medida haya sido así, está muy mal. Los cristianos parecemos pasar por periodos epidémicos de amnesia moral, discutiendo sobre cosas importantes sin memoria alguna respecto de lo que hemos hecho en el pasado. Muchos discuten así respecto del feminismo, sin estar simultáneamente conscientes del tipo de trato que las mujeres muchas veces han recibido en la comunidad cristiana. Así, muchas veces los líderes cristianos hablan de un ideal cristiano de igualdad complementaria entre los sexos, olvidando cómo la propia comunidad cristiana ha atentado muchas veces contra ese ideal, regularmente tratando a la mujer como inferior al hombre, con muchas de ellas siendo severamente abusadas por parte de sus maridos y padres cristianos. Incluso cuando no ha estado en juego el papel de “cabeza” de los hombres, hemos muchas veces impedido que las mujeres desarrollen y usen los dones que Dios les ha dado.

 

Hoy la gente se siente con gran libertad para hablar sobre su vida sexual. Esto me pone bastante nervioso. En parte, me parece una forma más de promiscuidad: se vuelve permisible hablar de modo muy público sobre los detalles más íntimos de nuestra sexualidad. Pero no toda apertura respecto de estas materias es mala. Es bueno poder ser francos respecto de nuestra pecaminosidad en esta área, tanto como individuos como en cuanto comunidades con una historia de opresión. Así, los cristianos deberemos entrar en las discusiones sobre la homosexualidad y el feminismo con una mezcla de dolor y arrepentimiento respecto de nuestras acciones y actitudes en el pasado. Ningún creyente debe sentirse detenido por la idea de que nuestra confesión de pecados vaya a promover la causa del diablo. Sabemos que Dios nos acoge en nuestra debilidad y que honra una confesión sincera de nuestra culpa. Debemos, pues, aproximarnos a las discusiones sobre la sexualidad con conciencia de los pecados que hemos cometido como seres sexuados contra otros seres sexuados.

 

Controlemos los temores irracionales. A veces nuestra falta de cortesía nace de la irracionalidad. Tenemos que trabajar por minimizar el grado en que nuestros desacuerdos genuinos se mezclan con un temor irracional hacia lo distinto. Desde luego no toda crítica de un tipo específico de vida sexual debe ser rechazada como irracional. Tomemos, por ejemplo, el frecuente discurrir contemporáneo sobre la “homofobia”. Éste claramente induce a confusión, pues ciertamente no todos mis desacuerdos con otros respecto de la realidad se deben a que esté poseído por alguna fobia. Consideremos un ejemplo paralelo. Tengo fuertes objeciones contra las doctrinas del mormonismo. Estoy convencido de que muchas prácticas y doctrinas del mormonismo son erróneas. Pero no creo que eso implique de mi parte alguna fobia respecto de los mormones. Me he encontrado con mormones que me agradan mucho: me da gusto conversar con ellos si quedamos sentados juntos en un avión, y muchas veces tengo estimulantes discusiones con intelectuales mormones. Y ciertamente, la idea de tener vecinos mormones no me altera en lo más mínimo. Pero la verdad es que sí conozco cristianos que tienen una fobia respecto de la religión de los mormones. Hablan y actúan como si el mormonismo fuese una encarnación especial del mal. Son incapaces de tener una conversación tranquila con un mormón, y a veces se les puede sorprender en un claro odio hacia los mormones. Creo que lo mismo ocurre en la relación de muchos cristianos con la homosexualidad. En sus mentes los homosexuales representan un “otro” despreciable. Tienen dificultad para pensar con claridad sobre esta materia. Parece que “homofobia” es un término adecuado para designar las actitudes de estos cristianos. La alternativa a eso no es aceptar de modo acrítico la homosexualidad activa. Es importante distinguir entre las prácticas y creencias que objetamos, y las personas que se comportan y creen de tal modo. Necesitamos ser muy claros respecto de nuestros desacuerdos sin responder irracionalmente a las personas homosexuales.

 

Cultivemos empatía sexual. Hace algún tiempo fui a una iglesia en la que había una “misa por el sida”. Como supuse que la congregación estaría compuesta principalmente por personas de la comunidad homosexual en el sur de California, fui con la idea de sentarme atrás y poder presenciar esto como un observador interesado. Cuando llegué, las filas de atrás estaban llenas y tuve que elegir entre retirarme o ser conducido a algún asiento muy visible en el centro. Me quedé, y fue imposible quedarme en la actitud de “observador interesado”. El servicio se inició con uno de mis himnos favoritos, y luego todos oramos juntos, usando las siguiente líneas del salmo 139:

 

Tú formaste mis entrañas

Tú me hiciste en el vientre de mi madre

Te alabaré, porque formidables, maravillosas son tus obras.

Estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien.

No fue encubierto de ti mi cuerpo

Bien que en oculto fui formado,

Y entretejido en lo más profundo de la tierra.

Mi embrión vieron tus ojos (13-16).

 

Fue una experiencia conmovedora. No por eso cambió lo que pienso sobre la práctica homosexual. Pero salí de ahí con una mayor convicción respecto de lo que tengo en común con los hombres y mujeres ahí reunidos. Se me había recordado una lección muy importante: que eran personas, tal como yo, hechas con amor a imagen de Dios. Se redujo así la distancia o “alteridad” entre nosotros. Gané así una nueva empatía por personas cuyos valores sexuales son muy distintos de los míos.

 

La sexualidad en la esfera pública

 

Creo que seguir estos lineamientos nos puede conducir a actitudes más corteses respecto de la sexualidad. ¿Pero qué implicaciones tiene eso para las políticas públicas? ¿Cómo hemos de lidiar con controversias sobre la sexualidad en las escuelas, en las artes y en los medios de comunicación?

 

Una de mis profesoras favoritas en el colegio, una brillante profesora de inglés, pensaba que los cristianos deberían ser muy cautelosos respecto de leer literatura que contuviese alusiones sexuales muy explícitas y profanas. En una discusión en clases desafié su visión, sugiriendo que era importante que leyéramos esta clase de cosas, para tener una mejor comprensión de lo que es el pecado. Todavía puedo oír su estricta respuesta: “Sr. Mouw, no hace falta meter la nariz en cada basurero de la ciudad para saber lo que es la basura”. A pesar de mi gran respeto por ella, me pareció un poco demasiado quisquillosa en este punto. Pero en medio del bombardeo de la cultura sexual contemporánea, debo reconocer que he adquirido más simpatía por su posición.

 

¿Qué hemos entonces de hacer, como cristianos corteses, ante las crecientes muestras de promiscuidad? ¿Qué posición hemos de tomar respecto de lo lícito en el arte y en los libros? Ciertamente tenemos un claro derecho a ser estrictos respecto de estas materias dentro de la comunidad cristiana. Los cristianos estamos vinculados el uno al otro por un explícito pacto de fidelidad amorosa hacia Dios y el prójimo. Rupturas de tal compromiso –tales como la infidelidad u otros tipos de impureza sexual- tienen que ser consideradas como quiebres muy serios. La iglesia cristiana tiene razón en haber incluido una preocupación por la conducta sexual dentro de su labor disciplinaria. Siempre seré de los primeros en argumentar firmemente respecto de fuerte disciplina cuando están en cuestión los patrones internos de conducta y actitud en la iglesia.

 

¿Pero cuál debe ser la postura de la comunidad cristiana hacia quienes no reconocen las normas sexuales del cristianismo? Y más específicamente, ¿hasta qué punto y de qué modo los cristianos deben intentar influenciar la vida sexual de los que no son cristianos? Partamos por lo obvio: los cristianos deben, al menos, lamentar la existencia de una difundida promiscuidad sexual. Sabemos que la sexualidad se encuentra estrechamente conectada con otras dimensiones significativas de la interacción humana, y que cuando la fidelidad sexual se viene abajo, la sociedad tendrá también otros problemas graves de compromiso y confianza. Tal sociedad estará también plagada de toda clase de otros problemas. Pero no podemos contentarnos con un lamento, sino que debemos también intentar ofrecer un correctivo, lo cual se puede hacer dando testimonio de un mejor camino, a través del trabajo académico sobre estas materias, a través de la predicación y el evangelismo. Mostrando las presuposiciones y las implicaciones de la anarquía sexual, podemos proclamar buenas nuevas a personas cuya vida sexual está quebrantada.

 

¿Pero qué decir de legislación que impida que las personas logren satisfacer inclinaciones sexuales pecaminosas? Debemos ser muy cuidadosos de no establecer leyes que obliguen a no cristianos a comportarse según normas cristianas. Sí tiene sentido construir barreras legales en torno a ciertas prácticas de explotación sexual, pero no por eso se vuelven satisfactorios los intentos por forzar a alguien a actuar a regañadientes conforme a principios cristianos. Las Escrituras llaman a los seres humanos a ofrecer a Dios su obediencia libre, y aunque lo lamentemos tenemos que respetar sus elecciones cuando no es eso lo que deciden hacer. Este patrón de respeto es mostrado por Dios mismo. Cuando Adán y Eva pecaron, no los destruyó, ni intentó obligarlos a seguir la voluntad divina. Habiendo hecho su elección, fueron libres de recibir lo implicado en ella. Naturalmente, Dios mostró las consecuencias que esto tendría, y también los dejó fuera del jardín por haber violado las condiciones de ciudadanía del mismo. En último término, las rebeldes criaturas de Dios tienen que aceptar la posibilidad de que alienación y total soledad sean los resultados lógicos del camino que libremente han escogido.

 

Es peligroso para los cristianos ejercer coerción donde Dios se ha abstenido de obligar a los hombres al bien. De modo que nuestros intentos por promover correctos estándares sexuales no deben ser manipulativos. No hay nada valioso en impedir una conducta sólo por el hecho de que es pecaminosa. No obstante, hay cosas que los cristianos sí pueden hacer en el campo legislativo. ¿Cuáles son? En primer lugar, se puede explorar los modos en que la promiscuidad pública sí viola los derechos de otros ciudadanos. Así, puede tener sentido buscar la restricción del acceso a ciertos tipos de entretención promiscua. En una sociedad pluralista, la gente puede producir literatura y películas pornográficas, pero eso no significa que tengan el derecho de publicitarlas de modo explícito en la prensa diaria. Ni es razonable que los niños sean expuestos a revistas y libros explícitos cada vez que van a comprar un dulce. No tenemos ningún derecho automático a impedir que otras personas pequen –pero tampoco tenemos deber alguno de facilitarles el camino. Los cristianos también pueden hacer un esfuerzo concertado por presentar alternativas saludables a las rebeldes idolatrías y confusiones de la sociedad contemporánea. Debemos ser más agresivos a la hora de buscar un trato justo: así como dejamos en libertad a otros para que sigan los estilos de vida que desean, debemos luchar por el derecho de educar a nuestros hijos del modo que nos parece adecuado, sin que eso implique una marginalización ni una injusta carga económica.

 

Promoviendo honestidad sexual

 

La “revolución sexual” de las décadas de 1960 y 1970 nos prometió una promiscuidad sin riesgo. Hoy ya debería ser obvio que una revolución así entendida se acabó. Primero vino la amplia difusión de diversas enfermedades venéreas, luego la epidemia del sida. Clínicas universitarias han luego informado sobre la creciente tasa de impotencia y frigidez entre sus estudiantes. Incluso hay hoy grupos claramente secularistas que promueven un estilo de vida célibe como algo con más “sentido” que la sexualidad activa. Pero hay un lado de la revolución sexual que no debemos dejar que se pierda del todo, y es la honestidad. Nadie de nosotros, creyente o no, puede evadir esto.

 

Para muchos esto obviamente ha sido entendido como si todo el mundo tuviera que escuchar sobre sus experiencias de goce sexual. Pero debemos insistir en que la honestidad sexual significa más bien una disposición a involucrarnos en una discusión paciente y humilde respecto del papel desempeñado por la sexualidad en la condición humana. Los cristianos debemos trabajar para superar la impresión de que nuestro mensaje sobre la sexualidad es primariamente negativo –que queremos impedir que la gente haga cosas placenteras. Con seguridad algunos cristianos de hecho han pensado así, pero ese tipo de actitudes negativas no dan con el corazón de la descripción bíblica de nuestra naturaleza sexual. La perspectiva cristiana se enfrenta con la mentira según la cual todo es permisible en nuestra vida sexual mientras no dañe a terceros. Y lo hace mostrando que nuestra capacidad para explotar y ser explotados es mucho más profunda y sutil de lo que se cree, algo demasiado profundo como para ser captado por fórmulas como “adultos obrando con consentimiento”. Somos criaturas vulnerables que con facilidad se confunden y desorientan en estas materias. Necesitamos fronteras y puntos de referencia para involucrarnos en las relaciones humanas más íntimas.

 

En una ocasión tuve un difícil encuentro con una joven que había sido estudiante mía en una universidad cristiana. Se había rebelado contra su educación cristiana y convivía ahora con un hombre sin estar casados. Se jactaba ante mí de su nueva experiencia de liberación, ahora que se había liberado de la “culpa cristiana”. Le conté que me entristecía escuchar esto, y que esperaba que en algún momento pudiéramos hablar más detenidamente al respecto. Algunos meses más tarde, ella me llamó para juntarnos. Esta vez su ánimo era muy distinto, pues había descubierto que su conviviente estaba sexualmente involucrado con otra persona. Cuando ella lo había confrontado, él la acusó de ser demasiado “posesiva”, y se había ido con la otra mujer. Ahora mi joven amiga experimentaba algunos sentimientos que no calzaban muy bien en un estilo de vida “liberado”. “Me siento profundamente traicionada”, decía entre lágrimas. “Él me dice que fui demasiado <posesiva>, pero yo creo que mi problema fue haber confiado en él”. Había sido explotada en el nombre de la libertad sexual, y su reacción fue precisamente la que la Biblia indica que la gente debe tener cuando un amante ha sido infiel: una sensación de traición respecto de la más íntima confianza que puede haber entre personas.

 

Mi problema con la promiscuidad no es pues que la gente lo esté pasando demasiado bien, sino más bien la profunda infelicidad que hay detrás. Quiero que florezcan como personas, pero este estilo de vida no se los permitirá. El florecimiento requiere de confianza, y por eso la Biblia pone un fuerte énfasis en el pacto. Entrar en un pacto es formar un compromiso basado en confianza. Cuando Dios dijo que Adán y Eva no comieran del fruto de uno de los árboles del huerto, con eso les pedía que guarden un pacto. “Confíen en mí”, les decía, “yo sé lo que es mejor para ustedes”. En esa historia es crucial el “confíen en mí”, y es eso lo que la serpiente atacó. “¿Seguro que Dios dijo eso?”, le pregunta a Eva. “No le crean a Dios, sólo quiere tenerlos sometidos”. Cuando nuestros primeros padres dejaron de confiar en Dios, para todos empezó un gran problema, pues confianza y compromiso son elementos centrales de lo que significa ser humano.

 

Cuando no tenemos una confianza saludable en Dios, es difícil que confiemos en alguien más. La guía que Dios nos ha revelado sobre la sexualidad busca precisamente que se nos abra la posibilidad de una mayor confianza e intimidad. El punto de la perspectiva bíblica es precisamente promover una sexualidad que es buena y reverente. Así también es importante que sepamos presentarla de modo bueno y reverente a aquellos que tienen patrones de vida sexual distintos, y dejar de hacerlo es traicionar el propio mensaje. La cortesía respecto de la sexualidad es un aspecto importante de nuestro compromiso con el evangelio.

 

Gracia para el camino

 

Con seguridad hay riesgos implicados en cultivar la cortesía en este campo, pues vivimos en tiempos moralmente peligrosos. Pero así como podemos tener una preocupación justificada por la permisividad sexual, no debemos olvidar los riesgos de arrogancia respecto de la sexualidad. No hay nada que pueda justificar nuestra arrogancia al respecto. Dios todavía está trabajando en transformarnos en el tipo de personas que quiere que seamos, estamos en camino hacia la plenitud. Eso nos debe llevar a admitir nuestra propia vulnerabilidad y a ser honestos respecto de nuestra desesperada necesidad de la gracia de Dios.

 

Hace algunos años Herbert Chilstrom, que encabezaba la Iglesia Evangélica Luterana en los Estados Unidos, escribió una carta a los pastores de su iglesia respecto de la homosexualidad. El obispo Chilstrom repitió la oposición de la iglesia a la práctica homosexual, pero también exhortó a sus pastores a un trato delicado con la materia. Su tratamiento del problema tenía un valor tanto teológico como práctico, pero una de sus ilustraciones fue lo que más me impresionó. Contó respecto de una carta que había recibido de parte de una creyente de quien sabía que era “una mujer de oración y profunda espiritualidad”. Teniendo ya setenta años, esta mujer había luchado toda su vida con fuertes inclinaciones lésbicas, y todos los esfuerzos por cambiar dicha inclinación habían fracasado. Esto es lo que ella escribió al obispo Chilstrom:

 

Toda mi vida adulta he añorado a alguna persona especial cuya mano sujetar, alguien a quien abrazar. Luego me encontré con la crueldad que muchas veces toma el movimiento anti-gay, y añoraba un hombro en el cual reclinar mi cabeza para llorar. Pero la iglesia no me dio eso. Muchas veces pienso que cuando llegue al cielo me gustaría estar por mucho tiempo en los brazos del Señor, para compensar por eso. Cuando lo que esperamos es amor, esperar una vida entera es en verdad mucho tiempo.

 

Pienso con frecuencia en esta mujer, quien ocupa un lugar importante en mi galería de santos. Pienso en los comentarios torpes sobre la homosexualidad que tuvo que soportar toda su vida, y me hace sentir muy mal. Cuando pienso en su perseverancia en la fe y su anhelo por el abrazo del Señor, recibo fuerza para mi propio camino, y espero poder abrazarla en el cielo. Me ha ayudado mucho en la tarea de volverme una persona más gentil y reverente en mi actitud hacia la sexualidad.



[i] Tomado del libro Uncommon Decency, de Richard Mouw (www.ivpress.com/cgi-ivpress/book.pl/code=3309) Copyright 1992 y 2010 por Richard Mouw. Traducción de Manfred Svensson. Traducido y publicado con autorización de InterVarsity Press, P.O. Box 1400, Downers Grove IL, 60515-1426. www.ivpress.com

 

[1] A lo largo del artículo hemos optado por traducir “civility” como “cortesía”. Con todo, es bueno tener en mente el amplio rango de actiudes que Mouw tiene en mente: respeto, gentileza, buena educación, tacto, o incluso cierto refinamiento (N. del T.)

[2] El inglés “gay” tiene como significado original “alegre” (N. del T.).

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