Estudios Evangélicos

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Cosmovisión, Biblia y Derecho… (¡O sobre cómo un abogado lee la Biblia!)

Advierto que lo que sigue es una especie de “¡Descubra cómo un abogado lee la Biblia!”

I.- Cosmovisión.

 

Los abogados tenemos fama de armar discusiones por palabras e incluso por la presencia o ausencia de una sola coma. Fiel a esa tradición fui de inmediato al diccionario de la RAE para despejar ese halo de grandeza y misterio que rodea a la palabra que nos convoca: “cosmovisión”.

Así, el Diccionario me informa que esta palabra tendría su origen en la expresión alemana “Weltanschauung”. De forma breve y sin rodeos pareciera que dicha expresión apuntaría hacia una “manera de ver e interpretar el mundo”.

Hoy tengo que reconocer que mis miradas e interpretaciones de todo lo que soy, de los míos y de las cosas que me rodean han sido afectadas por la persona de Jesús de Nazaret. Desde que comencé mis estudios en una Facultad de Derecho hasta cuando juré ante la Corte Suprema para recibir el título de abogado tengo que confesar (¡con alegría y asombro!) que el Dios humanado en Jesús ha sido mi fuerza e inspiración para sumergirme entre normas y teorías jurídicas.

De veras que sentí al Señor como mi compañero en las clases universitarias, especialmente en aquellas cuando los profesores cuestionaban la existencia de Dios y ridiculizaban a quienes construyeran sus vidas sobre la base de “presupuestos metafísicos indemostrables”. Y lo cierto es que hoy sigue siendo su presencia (la de Jesús de Nazaret) la que me sostiene para estar todas las tardes de mis semanas en un consultorio de derechos humanos escuchando historias de personas que sufren problemas sin solución legal (o si acaso la hubiera no será sin antes trabarse en un litigio de varios años).

En fin, cada vez que voy a una Corte para alegar por una causa, o cada mañana que entro a una sala de clases para tratar con estudiantes universitarios, siento que todo esto no es muy diferente a lo que me ha tocado hacer cada vez que me han invitado a predicar a una iglesia. El estrado judicial, el aula de la academia y el púlpito de los templos cristianos son tres escenarios diferentes que comparten -estoy convencido- una misma base común: una búsqueda por la verdad, un compromiso con la justicia y un anhelo (explícito o implícito, según el contexto del auditorio) de saborear un poco de amor.

 

 

II.- Biblia y Derecho (una pauta bíblica para algunos puntos de relevancia jurídica).

        

         Parto de la base de un Dios que existe y que ha hecho hasta lo más impensado por comunicarse y relacionarse con nosotros, sus criaturitas. Lo veo inaugurado el comienzo de todos los tiempos y los espacios; lo veo actuando en medio de nuestra historia humana; lo vimos y lo tocamos cuando caminó humanado entre nosotros; y creo que lo volveremos a ver hacia el final de nuestra existencia cuando regrese a juzgar (¡fascinante tarea jurídica!) a todo el universo.

Dios, sin esconderse ni alejarse más de lo necesario, ha dejado sus huellas impresas en papel. Me refiero a la Biblia. Quiero entonces compartirles de forma muy sencilla cómo este libro se ha ido transformando cada vez más en el prisma desde el cual miro e interpreto todo lo que existe y experimento. Permítanme pintar sólo los trazos más gruesos, pues mi tiempo es limitado. Advierto que lo que sigue es una especie de “¡Descubra cómo un abogado lee la Biblia!”

 

II.1.- Pauta del Antiguo Testamento.

 

a)    Pentateuco.

 

Me deleito en el relato de la creación contenido en el Génesis. Las manos de Dios forman y colorean todo cuanto existe. En el huerto del Edén hay una primera pareja revestida de algo único, algo que no podemos encontrar de forma tan evidente en el reino mineral, vegetal o animal, esto es: la dignidad que recibe la criatura humana desde el momento cuando el Hacedor la diseña como una imagen y semejanza suya.

Asimismo, en el Edén veo paridad de género, o por lo menos relaciones armónicas y coherentes entre un hombre y una mujer. Y lo mismo vale para la ecología y la economía: parece que por lo menos en un principio ambas eran cuestiones compatibles y complementarias.

Después sufro y me emociono con el Éxodo: un viaje hacia la libertad (¡aplaudo al Señor que soñó con ver a su pueblo liberado!). Las idas y vueltas por las arenas del desierto valieron la pena si se trataba de llegar al Sinaí. Ahí Dios les regala una ley de vida a las mismas personas que previamente libertó. Me suena interesante: ¡la ley le es confiada a un pueblo liberado, no a una comunidad de esclavos!

¿Y qué decir del Levítico y del Deuteronomio? Pues que a mí como abogado me entretiene leer tantísima norma, incluyendo la letra chica. Pero sobre todo me impactan tres cosas: i] la ley es obra de Dios; ii] ésta apunta a la protección de ciertos elementos esenciales para la vida en sociedad, tales como el respeto a las personas, las propiedades y las promesas; iii] y la misma ley nos fuerza a pensar en una trilogía de personajes en quienes nosotros -con mucha probabilidad- no pensaríamos si acaso dependiera de nuestra naturaleza egoísta y competitiva: ellas y ellos son “las viudas, los huérfanos y los extranjeros”.

 

b)   Libros de historia (desde Josué hasta Ester).

 

Cerrados “los cinco libros de Moisés”, veo a continuación a un pueblo que emprende la conquista de una tierra que siente como suya. Son varias las páginas destinadas a una serie de temas que bien podrían formar parte de una cátedra sobre “Derecho Internacional Público”, a saber: la guerra; los intentos por concretar una paz regional; y las relaciones o diplomacia que se trata de establecer con los vecinos que pueblan más allá de las fronteras locales.

Una vez asentados en su tan anhelada tierra prometida vendrá la difícil tarea de aprender a vivir en comunidad. Veo aquí una serie de intentos al estilo “ensayo y error” protagonizados por los jueces y algunas juezas, intentos todos destinados a aprender -sin mucha teoría, pero con bastante práctica- el difícil “arte de gobernar”. Veo a una comunidad que ya se entiende a sí misma como una nación y que a corto andar querrá ser una sociedad políticamente organizada.

Se emprende así la aventura hacia la formación del Estado. Me llama la atención que el Dios de la Biblia no haya eximido a su pueblo de la necesidad de suscribir un “contrato social”. En otras palabras, me resulta curioso que el Dios de la historia le haya permitido a su gente la posibilidad de conocer por experiencia propia los claroscuros de la política.

Finalmente, y ya cerrando esta sección histórica, leo en la Biblia que las monarquías fueron las formas de gobierno en las que devino el quehacer político del pueblo. ¿Acierto o desacierto? Por ahora sólo me limito a constatar que Dios permitió vivir a su pueblo -a nivel nacional- lo dulce y lo amargo de la experiencia de que unos fueran gobernantes y otros gobernados.

¿Y a nivel internacional? Parece que el Israel de aquellos tiempos nada supo de pretensiones expansionistas ni intenciones imperialistas. Al contrario: en el concierto internacional el pueblo de Dios gustó de la peor parte: debió tolerar invasiones extranjeras; gran parte de su población fue deportada; y estando en el exilio el pueblo no descartaba que su Dios hiciera posible un retorno.

¿A dónde voy con todo esto? Quiero enfatizar que como abogado veo que la Biblia es una enorme biblioteca dentro de la cual me siento muy cómodo: a fin de cuentas es la biblioteca de Dios y me da tanto gusto descubrir que hay volúmenes enteros destinados a cuestiones de interés público. El Derecho Político y el Derecho Constitucional encuentran aquí varios temas fundamentales en lo relativo al poder y su forma de administración.

Por otro lado, como abogado que ejerzo en el campo de los derechos humanos tengo que confesar que me resulta muy esperanzador darme cuenta que el Dios de la Biblia está del lado de las víctimas y de quienes sufren. Pienso, por ejemplo, en una constante que se repite: es el Dios de los esclavos en Egipto; es el Dios de los deportados en Babilonia; es el Dios de los retornados a Jerusalén; y, más adelante, lo veremos siendo el Dios de una joven familia que debe refugiarse en el África mientras se calman los caprichos de una autoridad tiránica que tiene en poco la vida de los más pequeños: piénsese en José, María y Jesús buscando asilo en Egipto porque Herodes había decretado una matanza sistemática de niños.

 

c)   Libros de poesía y sabiduría.

 

La vida de Job me lleva al dolor y al sufrimiento. El Cantar de los Cantares me parece una obra que celebra y reivindica toda la belleza y la potencialidad de la sensualidad y sexualidad humanas. Los Proverbios son un aterrizaje forzoso a la vida cotidiana. El Eclesiastés constituye una búsqueda incansable por el sentido de la vida. Y los Salmos -entre otras cosas- son ejemplo de una fe que prorrumpe en gritos de celebración, fiestas y danzas.

¿Y qué produce esta poesía en la mente y el corazón de un abogado?

A mi me parece que todo esto provoca varias ideas y sensaciones. Por lo pronto, estamos ante una sección donde el lenguaje no es tan sólo portador de información sobre un estado objetivo de cosas, sino que por el contrario el lenguaje nos está llevando a ciertas experiencias existenciales en las que uno sentirá que “faltan palabras” (¡vaya paradoja!) para expresar bien que se quiere decir.

Y los abogados trabajamos con el lenguaje: de hecho, es nuestra principal herramienta de trabajo. Así entonces, después de enfrentarme a esta sección de las Escrituras me vuelvo a convencer cuán poderoso y cuán misterioso es el lenguaje. Una palabra basta para remecernos en emociones y sumergirnos en profundos sentimientos. Las palabras nos seducen, nos persuaden, nos hacen evocar muchos anhelos ocultos. Por eso también importa saber interpretar o descifrar los mensajes. Y los abogados tienden a jugar con las palabras, a volverse expertos en las polisemias verbales.

Insisto: la sola presencia de esta clase de versos en medio de toda la revelación divina me vuelve más agradecido del Dios que se comunica y quien nos ha dado la comunicación por medio del lenguaje.

Ahora bien, no puedo negar que cada uno de estos libros también me impactan de formas bien concretas en mi vida como abogado litigante y docente del derecho: Job me recuerda que mi ejercicio profesional debe estar focalizado hacia aquellos que sufren, pues en medio del dolor también es posible descubrir la presencia de Dios; Proverbios me convence que de nada sirve la más alambicada teoría si ésta no se traduce en resultados concretos a favor de una vida más pacífica, amigable y sensata; Salmos me invita a conquistar nuevos espacios para la expresión legítima de la fe, sabiendo que la comunión con Dios no es sólo un tema de conciencia personal: dicha fe tenderá de forma espontánea a manifestarse ante los demás por medio de las más variadas expresiones artísticas; Eclesiastés me obliga a recodar que detrás de los discursos debe existir una razón justificadora: de lo contrario todo se vuelve vanidad (eslogan, propaganda o frase cliché); así, no basta entonces sólo con citar leyes, artículos e incisos si en todo ese proceso no se logra construir una razón que tienda a la cordura y nos aleje de lo absurdo e insensato; y el Cantar de los Cantares es siempre un estímulo fresco a favor del valor y la dignidad del cuerpo humano: por eso, entre otras consecuencias, la tortura, la violencia y la coacción -en cualquiera de sus formas- es algo tan repudiable en la relación con los pares.

d)   Libros de Profecía.

 

Como abogado me fascinan las denuncias contenidas en las profecías vetero-testamentarias. En ese contexto el profeta no es quien únicamente juega con los calendarios tratando de vaticinar o anticipar qué sucederá en los tiempos futuros. El auténtico profeta del AT es mucho más que eso: es un personaje que tiene la ingrata misión -impuesta por parte de Dios- de ser portador de un mensaje dirigido (principalmente) a la generación de su propio tiempo. Debe ir delante de todo tipo de autoridades (políticas, religiosas y económicas) y notificarles de forma personal cuán lejos se han desviado del plan trazado en la Ley de Dios.

Así, el profeta comienza a sacar a la luz todo lo corrupto y lo fraudulento, a la vez que se queja de la violencia que el pueblo y las autoridades públicas acostumbran a utilizar como forma casi normal de resolución de conflictos (¡adviértase nada más las muchas veces cuando los profetas lamentan la cantidad “de sangre inocente” que con frecuencia se derrama sobre la tierra!).

En esta misma línea de denuncia (en ocasiones algo cáustica y tan amarga como el limón), el profeta se vuelve el mejor defensor y el más fiel aliado de esos “iguales que vienen primero” -(esas personas que debieran ser una prioridad para cualquier autoridad que detenta cierta cuota de poder)-, a saber: viudas, huérfanos y extranjeros.

Por otro lado, una segunda cuestión relevante que me parece posible hallar en las denuncias proféticas del AT es constatar el hecho que tales denuncias se hacen siempre en función de un nuevo y mejor horizonte para la vida. El profeta podrá sonar pesimista e inconformista frente a los tiempos que le tocan vivir, pero no por eso degenera en un sujeto cínico, desencantado e insensible. Nada de eso: en los profetas del AT encontramos la formulación de un orden alternativo, diferente al que estamos acostumbrados. Y entonces los profetas (¡nótese el viraje del péndulo!) nos pueden llegar a parecer optimistas extremos (al punto de la ingenuidad) o bien sonar como personas bien intencionadas pero utopistas a más no poder. Digo esto porque los profetas se atreven a soñar los sueños de Dios: esos donde los reinos de justicia, verdad y libertad sí existen y son posibles; esos espacios de vida buena donde los oprimidos por fin gozan y ríen de buena gana; sueños donde el cordero y el león son las mascotas de un niño pequeño, el mismo que acaba de meter su manito a la cueva de una serpiente sin que ésta se atreva a lesionarlo. El profeta nos comunica de parte de Dios que la guerra será vencida por la paz; que la muerte habrá de terminar para dejar espacio sólo a la vida plena; y que la pobreza no será más un impedimento para que los hambrientos gusten de unos buenos mordiscos de pan fresco mientras por sus barbas se derraman las gotas de un vino dulce.

II.2.- Pauta del Nuevo Testamento.

 

a)    Evangelios.

 

Para mí como abogado de derechos humanos las mejores noticias son aquellas sobre la encarnación. Sin duda todo un misterio: cómo Dios pasa desde la eternidad a quedar encapsulado dentro del tiempo; cómo fue que se dispuso a tener un rostro humano e histórico al que pudiéramos mirar directo a los ojos. Esta es la más grande noticia a favor de la dignidad humana: si hasta el mismo Creador una vez se hizo uno como nosotros: nació de una mujer, se vistió de nuestra piel y recibió un lenguaje y una cultura específicos junto con la leche materna.

A Dios no le bastó susurrarnos sus mensajes en el viento que mece las hojas de los árboles; ni se contentó con las tablas de piedra autografiadas por sus dedos; y no permitió que su pueblo lo pensara sólo en función de animales como un cordero o un león: Dios fue más allá y se humanó. Y con esa humanización de Dios cada hombre y cada mujer reciben el más fuerte mensaje que se les pudiera dar en cuanto al valor de la vida humana.

¡Qué absurdo suena entonces el sólo recordar cómo en nuestra historia reciente supimos clasificarnos unos a otros en función de la supuesta superioridad o inferioridad de nuestras razas!

La encarnación de Dios dignifica y revaloriza toda expresión y diversidad de la naturaleza humana: acentos, colores de piel, estirpes -o cualquier otro factor que suela ser usado para clasificar a las personas en distintos grupos- pierden su poder como elemento de segregación.

Y usted ya sabrá que como abogados cada cierto tiempo vamos a los tribunales a interceder a favor de una persona que sin razón está siendo discriminada o menos valorada por sus propios pares y sus iguales. ¡Mucho antes que nuestras Cartas Magnas, Constituciones o Tratados Internacionales recogieran las ideas de dignidad e igualdad de todo ser humano, este mismo mensaje ya se encuentra proclamado en el evento histórico de la kenosis (el vaciamiento de todo lo que Dios es por esencia hasta transformase en un simple mortal)!

 

b)   Historia.

 

El libro de Hechos quiero rescatarlo como el comienzo de una diversidad legítima. El Espíritu (después del Pentecostés) no quedará atrapado dentro de los estrechos márgenes de una raza, cultura o nación; por el contrario, y para sorpresa de muchos, un mismo y único Espíritu comienza a derramarse sobre judíos y gentiles, hombres y mujeres, esclavos y libres.

Como abogado no me resisto a ver aquí una especie de teoría de la justicia: un mismo bien (el más preciado en extremo: el mismo Espíritu de Dios) se distribuye con igualdad sobre las cabezas (¡y corazones!) de quienes por varias razones se miraban con recelo, prejuicio o desprecio.

Es que la justicia tiene que ver, entre otras cuestiones, con hacer posible una distribución racional de las cosas buenas entre los distintos miembros de una comunidad. En la justicia de Dios caben todos; es una justicia que no margina, que no discrimina.

Pero además de la distribución, la justicia tiene otra tarea bien difícil: la reparación de los equilibrios quebrados. Y es que se hace necesario reparar las relaciones rotas, pues de no ser así ocurre que se ha hecho trizas el presupuesto de igualdad que debe vincular a las personas en tanto uno (el victimario) se levanta, mientras el otro (la víctima) se hunde o es aplastada. Por eso la tarea de la justicia también tiene que ver con volver a hacer iguales a las partes que han roto el equilibrio original por medio de la reparación del mal causado. Y esa reparación -como acto de justicia- la vemos como algo posible gracias a un Espíritu que tiene el poder de reunir en un mismo pueblo a tantas razas que por siglos se mantuvieron separadas por barreras divisorias. Esta reunificación en un mismo pueblo de dos mundos tan diferentes como el de Pedro y el de Cornelio es fruto de la justicia del Espíritu de Dios.

Veo entonces, -digo esto pensando como abogado-, en el libro de Hechos a un Dios-Espíritu que sabe de justicia y la practica: es justa su forma de distribuir los beneficios, como es justa la manera de reparar los equilibrios quebrados. Sólo el corazón de Dios es lo suficientemente justo como para distribuir con igualdad y para reparar los daños sufridos por las víctimas.

c)   Cartas.

 

Las  cartas apostólicas constituyen el género literario que más abunda entre las páginas del NT. Y en medio de tantas cartas -y siempre leyendo como abogado- sólo quiero detenerme en tres muy específicas.

Selecciono la carta a los Filipenses como una nota escrita desde la privación de libertad; luego escojo la carta a Filemón, por la tensión que generó cuando incluso los esclavos empezaron a abrazar la fe cristiana; y, en fin, me detengo en la carta (u homilía) de Santiago, por la provocativa reflexión que genera en punto a la relación riqueza-pobreza.

Vamos viendo.

Se trata de tres cartas en las que abundan problemas y dramas de evidente interés para un jurista. Si en Filipenses Pablo está encarcelado al momento de escribirle a los creyentes, pues eso presupone muchas cosas: ¿cuáles son los cargos que se le imputan?, ¿el hecho de sostener una creencia merece ser una conducta prohibida en sociedad y amenazada con un castigo estatal?, ¿qué tipo de procedimiento será usado para enjuiciar a Pablo: será acaso uno donde se le permita estar en libertad mientras dure la investigación; uno donde él sea escuchado y se le permita desvirtuar los cargos que se le imputan; uno donde sólo se condenará a las personas en la medida que exista un cierto nivel de pruebas y evidencias contundentes y específicas? Así las cosas, queda claro para mi que la carta a los Filipenses tiene que ver con temas propios de Derecho Penal (qué conductas vamos a prohibir y a castigar dentro de una sociedad) y del proceso penal (qué garantías tiene una persona imputada de que será juzgada por autoridades independientes e imparciales que no tienen en su contra intereses creados, prejuicios ni se mueven sólo por caprichos).

Por otra parte, la carta de Pablo hacia Filemón me sirve para volver a reflexionar sobre las razones por las que las personas pueden mirarse como iguales, pese a sus diferencias superficiales. Recuerdo aquí que tanto Filemón como Onésimo no sólo han sido creados por la misma mano, sino que además a los dos -a pesar de sus evidentes contrastes sociales, culturales y económicos- les fue dado vivir una misma experiencia de conversión a la fe. Dicha experiencia lo re-significa y lo cuestiona todo, incluso aquello que una sociedad puede tolerar como una práctica normal, como en este caso específico sucedía con la institución de la esclavitud.

Por último, seleccioné la carta (u homilía) de Santiago pues en ella encuentro importantes derechos y libertades a favor de los trabajadores (5.1-6). Las empresas creadas para la generación de riquezas no pueden, al parecer de este apóstol-profeta, conseguir su objetivo a costa de empobrecer (material y moralmente) a los trabajadores que dan vida a esa empresa. En Santiago puedo leer algunos puntos de lo que hoy se ha dado en llamar “responsabilidad social empresarial”. Santiago -desde ya varios siglos atrás- le viene preguntando a quienes tienen capital (dinero e industrias) si acaso estos son capaces de rendir cuentas a cara descubierta tanto por el origen como por el destino de sus ganancias materiales.

d)   Apocalipsis.

 

Como creyente no veo en este último libro de la Biblia un drama de terror ni un motivo para tener pesadillas por las noches. Como discípulo de Jesús veo en este libro una invitación a la esperanza. Pero, debo reconocer que como abogado este texto tiene para mi un valor adicional: es un libro que cierra toda la historia del universo en la búsqueda de dos elementos que son propios del derecho: el establecimiento de la verdad de los hechos y la correcta administración de la justicia sobre tales hechos.

En breve: verdad y justicia.

Las pretensiones de cada persona y cada pueblo serán probadas, y sobre aquello que soporte el peso de la prueba luego un juez justo habrá de tomar una decisión definitiva. Como abogado veo aquí la trama básica de un proceso: pretensiones, pruebas y fallos. Y tan importante como la transparencia en el acto mismo del juzgar, será también el contenido de la decisión adoptada para fallar.

Como abogado no dejo de asombrarme al imaginar que toda la historia y todo cuanto existe avanza hacia un momento cuando la verdad y la justicia dejarán la frágil posición de meras quimeras para convertirse, por la gracia redentora de Dios, en los sustentos mismos de una nueva y última realidad.

 

III.- Conclusiones y aplicaciones (para el estudio/enseñanza del Derecho y el ejercicio de la abogacía).

 

a)    Si el Derecho tiene que ver con la ordenación racional de las conductas humanas para una vida armónica y apacible en sociedad, entonces tal ordenación debe hacerse teniendo presente que cada miembro dentro de la comunidad cuenta e importa por sí mismo (dignidad).

b)   Si el Derecho tiene entre sus funciones servir como un medio para repartir los recursos limitados que nos provee la naturaleza, pues entonces tales distribuciones deben hacerse en función de criterios que apuesten por la igualdad entre los miembros de una comunidad.

c)   Si el Derecho tiene que ver con la resolución de conflictos de cierto nivel de relevancia social, pues entonces los procesos o actos de juzgamiento deben hacerse dentro de un contexto que garantice que la decisión a ser adoptada surgirá de un tribunal independiente e imparcial.

d)   Si el Derecho tiene que ver con la justicia, y ésta a su vez implica saber reparar equilibrios quebrados, entonces debe hacerse lo posible para que se arribe a la verdad de los hechos y que se actúe tratando a cada parte como revestido de un particular valor intrínseco.

e)    Todo nuestro Dios -Creador, Humanado y Espíritu- están a favor de un orden justo donde las opresiones cesan, la libertad se hace posible y la verdad se impone. La justicia, la libertad y la verdad al estilo de Dios las podemos llegar a conocer por medio de la totalidad de las Escrituras.

f)    Un abogado disfrutará la lectura de la Biblia como una experiencia de real placer y de refresco. Asimismo, un profesor de Derecho encontrará en las páginas del AT y del NT una serie de escenas y paradigmas para la construcción de una “malla” o sílabo alternativo que verse sobre los principales tópicos de nuestra carrera: justicia a favor de las víctimas; seguridad o certeza en las decisiones; paz en las relaciones personales y colectivas.

 

 

 

 

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