Estudios Evangélicos

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Cosmovisión cristiana: una (muy) breve introducción

Creación, caída, redención. La cosmovisión cristiana pasa por ver la totalidad de la existencia pasando por esas tres etapas.

Introducción

 

¿Qué es la cosmovisión[i] bíblica[ii] y cómo se caracteriza? Hablar de cosmovisión bíblica trae consigo un presupuesto que debemos dejar claro y es que la Biblia nos presenta más que un plan de salvación para el alma y que el cristianismo es más que una confesión religiosa y/o un código ético de conducta. No estamos negando el hecho de que sea todo eso, sin embargo, afirmamos que va más allá de todo eso. La Biblia, como la auto-revelación de Dios y de Su voluntad para que cumplamos nuestro fin principal, que es glorificarle, ciertamente abarca todas las áreas de nuestra existencia. No hay aspecto del ser humano o de su quehacer que no deba ser regido por la revelación de Dios en la Escritura.

 

Sabemos que, ya sea a modo de prescripciones explícitas, o a través de principios generales que se deducen de ellas, la Escritura, directa o indirectamente, nos provee marcos para que podamos desarrollar nuestra forma de ver, entender y, por lo tanto, actuar en el mundo. Es por esto que podemos hablar de una “Cosmovisión Bíblica”.

 

Por otro lado, tampoco deja de ser verdad que la Biblia no es un libro de epistemología, metafísica, física, biología, sociología ni de ninguna de las disciplinas o ciencias que la humanidad ha desarrollado. Su carácter y su propósito son esencialmente religiosos[iii]. Sin entrar en ninguna contradicción podemos decir que la Biblia es un libro religioso, pero precisamente porque la religión es la raíz de la existencia humana – ya que las creencias religiosas determinan nuestros presupuestos básicos a partir de los cuales desarrollamos el pensamiento en todas las esferas de la vida – la Biblia, como texto religioso, es, sin duda, “cosmovisional”.

 

Al respecto, el gran filósofo cristiano holandés del siglo XX, Herman Dooyeweerd dijo: “La realidad creada exhibe una gran variedad de aspectos o modos de existencia en el orden temporal. Estos aspectos fragmentan la raíz espiritual y religiosa de la creación en una riqueza de colores, tal como la luz se refracta en los matices del arco-iris cuando pasa por un prisma.” [iv]

 

Afirmamos, por lo tanto, que el cristianismo es más que una confesión religiosa, aunque ciertamente se manifiesta primariamente de esa manera. De la misma forma, la Biblia es más que un libro que presenta un plan de salvación para el alma; ella, en realidad, nos presenta un plan de salvación para toda la humanidad y el orden creado.

 

Pues bien, ¿qué caracteriza la cosmovisión bíblica? De alguna manera ya hemos mencionado algo de sus características, ya que están como supuestos en lo dicho anteriormente, sin embargo, la mejor manera para que quede clara la cosmovisión bíblica es presentando una fórmula simple, pero profunda, que la resume y que ha sido ampliamente utilizada: CREACIÓN, CAÍDA y REDENCIÓN.

 

Creación

 

La Biblia nos presenta una clara respuesta a la pregunta “¿de dónde venimos?”. Sabemos que la pregunta acerca del origen de algo es una forma de preguntar acerca del ser de ese algo. Es claro que podemos, por lo tanto, concordar con Heidegger cuando dice que “origen significa aquello de donde una cosa procede y por cuyo medio es lo que es y como es. Lo que es algo, cómo es, lo llamamos su esencia. El origen de algo es la fuente de su esencia”[v]. La Biblia afirma claramente que el origen de todo lo que existe es Dios, su Creador. Esta simple afirmación bíblica – que confesamos cuando decimos “Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra” – es de profundas y tremendas implicaciones cosmovisionales y prácticas.

 

El comienzo de la Escritura es una declaración clara, osada y que se coloca de inmediato en antítesis a gran parte de las religiones y filosofías del mundo, tanto de la época de Moisés como de la nuestra: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1.1).  El primer versículo de la Palabra de Dios ya nos dice al menos tres cosas: (1) que el universo no es materia eterna, pues tiene un principio, (2) que el universo no es una deidad ni un conjunto de deidades, pues un Ser totalmente distinto, que es Dios, lo creó y (3) que este Dios que creó el universo (Elohim) es uno y es el único Dios verdadero.

 

Para comenzar, creer en la realidad de la creación ya nos aleja y nos coloca en una posición contraria a todas aquellas cosmovisiones que afirman que todo existe por mera casualidad porque una serie de factores, totalmente al azar, formaron el universo como hoy lo conocemos. Para poder declarar esto último es necesario creer en un universo eterno que siempre ha existido y que siempre existirá. Decir, como lo afirma gran parte de los científicos contemporáneos, que “el universo es todo lo que siempre ha existido, existe o existirá”[vi] es confesar un artículo de fe ¡No hay evidencias que prueben dicha afirmación ni las puede haber! Tal creencia es conocida como naturalismo. Decir tal cosa es afirmar un supuesto a partir del cual ver el mundo y comprenderlo. Esto es un claro indicio de que todos necesitamos supuestos aceptados a priori a partir de los cuales desarrollar nuestro pensamiento. Estos supuestos deben servirnos de estructura o “filtro” con el cual entendernos a nosotros mismos, a los demás y al mundo y, a partir de ese entendimiento construido, tomar decisiones y actuar en la vida. De hecho, el creer en la creación es un supuesto aceptado a priori, sin embargo, más adelante veremos, que es la única forma coherente de comprender nuestro mundo y de vivir en él.

 

Otro supuesto contrario a la cosmovisión bíblica es el panteísmo, el cual afirma que el universo es dios y dios es el universo. Junto con el panteísmo podemos clasificar a todas las formas de animismo o, incluso, los politeísmos que atribuyen cualidades divinas a criaturas como el sol, la luna, las estrellas, el mar, etc. La declaración inicial del Génesis es un desmitificador efectivo, pues declara abiertamente que el cielo y la tierra no son sino criaturas, el mismo relato de Génesis 1, nos muestra al sol, a la luna y las estrellas (generalmente considerados dioses en el mundo antiguo) como simples “luminarias” (Gn 1.14-16).

 

Pero, además de ver qué visiones niega la creencia en la creación, debemos ver qué cosas afirma. En primer lugar, afirmar que el universo fue creado por Dios nos permite afirmar que el universo tiene racionalidad, inteligibilidad y que es gobernado por leyes, pues presupone un creador y legislador inteligente. Si el universo es fruto de la mera casualidad y el azar, entonces ¿qué o quién nos asegura que tiene racionalidad alguna? Y si lo que nos parece racional y verdadero del universo no pasa de una mera arbitrariedad creada por nuestra mente o por nuestras convenciones sociales e históricas y lo que realmente sucede es que vivimos en un universo sin ningún sentido, y, por lo tanto, ni nosotros ni nuestros pensamientos tienen sentido, pues no habría parámetro para la racionalidad. Uno de los pocos valientes que se atrevió a pensar en las implicaciones de esto fue el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, que en cierta ocasión dijo con su característica fuerza retórica:

 

“En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer (…) ¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible”[vii].

 

Como muy bien lo vio Nietzsche, si hemos de negar la realidad de Dios y de la creación, debemos necesariamente negar la posibilidad de que haya alguna racionalidad en el universo, incluso en los seres humanos; es más, debemos negar siquiera la posibilidad de que exista la verdad o de que sea posible conocerla.

 

La cosmovisión bíblica, por lo tanto, nos permite una base teórica clara, gracias a su presupuesto de la creación, a partir de la cual desarrollar la ciencia y descubrir leyes y patrones racionales en el universo. Además, al afirmar la realidad de la creación, estamos también afirmando que es posible y bueno dedicarnos al examen y análisis del orden creado, ya que las maravillas de la naturaleza no son divinidades a las cuales temer y reverenciar, sino criaturas regidas por leyes establecidas y sustentadas por la divina providencia. He aquí, por lo tanto, otro estímulo que la cosmovisión bíblica da al desarrollo de las ciencias. Como lo afirmó el científico Johannes Kepler: “La meta principal de todas las investigaciones del mundo externo debe ser descubrir el orden racional y la armonía que Dios impuso”[viii]. De esta manera, el cristianismo es, más que cualquier forma de paganismo, un estímulo no sólo al desarrollo científico sino también al adecuado y sabio uso de la naturaleza para beneficio de la humanidad, pues no sólo nos invita a una mera actitud científica contemplativa, sino también al desarrollo tecnológico: “Y los bendijo Dios y les dijo: sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla; señoread sobre los peces del mar, las aves de los cielos y sobre todo animal que se mueve sobre la tierra” (Gn 1.28). Sojuzgar y enseñorearse implica una función real (de reyes) que significa reflejar y ser instrumentos del gobierno y cuidado de Dios sobre la creación. De la manera que Dios sustenta y cuida la creación, así deben hacerlo también el hombre y la mujer.

 

Otro factor importante que debemos considerar al sustentar la cosmovisión bíblica es que esta se opone al deísmo, el cual sustenta que las leyes de la naturaleza son inquebrantables y eternas. Según el presupuesto, o supuesto, de la creación, Dios es el Soberano que instituyó las leyes del universo y tiene plena autoridad para otorgar leyes distintas en distintas ocasiones como lo han descubierto físicos como Albert Einstein o Stephen Hawking. Hay ciertas circunstancias, como los hoyos negros, en las cuales las leyes físicas que conocemos no tienen validez. Dios, como legislador, es el único parámetro absoluto e inquebrantable, mientras que la gravedad, el tiempo o el espacio pueden ser perfectamente adaptados en el momento que Dios lo determine. Esto también implica aceptar que hay ciertos eventos que las leyes que comúnmente manejamos no pueden explicar, pero que igualmente pueden ocurrir y ocurren: que un muerto resucite, que un hombre camine sobre el agua o que algún día dure más de 24 horas no son imposibilidades absolutas, sino simples excepciones posibles para quien cree en un Dios personal y soberano que gobierna el universo con su poder y cuyo decreto es la causa primera de todo lo que acontece[ix]. Sin embargo, ni los eventos que ocurren según las leyes conocidas ni los que ocurren fuera de ellas son eventos arbitrarios, pues el universo y todos sus acontecimientos tienen un propósito claro ya que un Dios sabio y bueno no sólo lo creó en un lejano tiempo pasado, sino que también lo gobierna y sustenta a cada momento ayer, hoy y mañana.

 

Finalmente, el supuesto bíblico de la creación incluye el hecho de que existen dos abismos ontológicos[x] intraspasables que no podemos ignorar. Uno es el abismo que separa a Dios de toda su creación – del cual ya hablamos al mostrar cómo el concepto bíblico de creación se opone al panteísmo – y que establece que el Ser de Dios es ontológicamente distinto al de sus criaturas, pues no hay comparación entre el eterno, infinito e inmutable Ser de Dios y el ser temporal, limitado y sujeto a cambios de las criaturas, sean la tierra, los animales, el sol, las estrellas o la humanidad. Pero además de este primer gran abismo, debemos también fijarnos que hay otro abismo entre las criaturas de Dios y es el abismo que hace que el ser humano sea ontológicamente distinto al resto de la creación y que, incluso, es la base para el gobierno del hombre sobre la creación (Gn 1.28). El hombre es imagen y semejanza de Dios (Gn 1.27), o sea, le ha sido dado el aliento mismo del creador (Gn 2.7), lo cual le hace único, pues le hace un “alma viviente”. Que el hombre y la mujer sean “almas vivientes” significa que su esencia es espiritual, siendo en esto radicalmente distintos en su ser a los animales, las plantas y los otros seres creados. Es esta última implicancia del supuesto de la creación que hace que la cosmovisión bíblica sea una visión que afirma y reafirma la dignidad humana. El hombre y la mujer no son simplemente organismos vivos más evolucionados. El hombre y la mujer son criaturas especiales, un reflejo especial de la gloria del Creador, ya que, así como Él, son personas – con la capacidad de pensar, sentir y decidir – y, a diferencia del resto de la creación, pueden tener comunión viva y real con su Creador, que es espíritu ya que, al ser ellos mismos seres espirituales, le pueden adorar en espíritu y en verdad (Jn 4.24).

 

Caída

 

Sin embargo, la cosmovisión bíblica no simplemente afirma la realidad de que Dios creó todas las cosas “buenas en gran manera” (Gn 1.31) y que las sustenta día a día (Mt 6.26-29). Una pregunta que la humanidad se ha hecho desde los inicios de la civilización y que ha respondido de las más diversas maneras es “¿qué es lo que ha ido mal en el mundo?” Es evidente, para las más diversas culturas, que algo no anda bien en el mundo. Incluso aquellos que afirman que el mal es una ilusión, implican en esta declaración que “algo no anda bien” en ver el mal como algo real y que aquí estaría el problema de la humanidad. Otros afirman que el mal y el bien son fuerzas iguales y opuestas que han existido eternamente, las cuales luchan por el control del mundo e, incluso, que algún día ambas se unirán y serán una, como lo eran al inicio y entonces cesará el conflicto.

 

¿Cuál es la visión bíblica del mal? La respuesta bíblica se resume en una palabra: caída. Dios creó todo bueno, porque Él es bueno y revela su gloria en la creación, sin embargo hubo un momento histórico en el cual un intruso, un parásito entró al mundo para destruirlo: el mal, el pecado.

 

Cuando el texto de Génesis capítulo 3 nos relata la caída, está proveyéndonos de un marco para interpretar la realidad que reconoce que algo no anda bien en el mundo. El pensador inglés G. K. Chesterton solía afirmar que si hay alguna declaración del cristianismo que sea evidente y clara para toda la humanidad es, sin duda, la de que existe el mal y que el hombre es pecador, sin embargo, es la que más el hombre moderno se ha dedicado a negar, incluso muchos teólogos:

“Algunos de los nuevos teólogos discuten el pecado original, que es la única parte de la teología cristiana que puede ser realmente probada. (…) en su casi excesiva y fastidiosa espiritualidad, admiten la pureza divina, que no puede ser vista ni siquiera en sueños, pero niegan esencialmente el pecado humano, que puede ser visto a cualquier hora en las calles. [Antiguamente] tanto los mayores santos como los escépticos más radicales tomaban, igualmente, el mal positivo como punto de partida para su argumentación. Si es verdad (como de hecho lo es) que un hombre puede sentir una extraña felicidad al despellejar vivo a un gato, entonces el filósofo religioso puede hacer apenas una de estas dos deducciones: o debe negar la existencia de Dios, como lo hacen los ateos, o debe negar la presente unión entre Dios y ese hombre, como todos los cristianos hacen. Los nuevos teólogos, sin embargo, han encontrado una solución altamente racional: negar al gato”[xi].

El determinismo científico – única alternativa para explicar qué anda mal en el mundo para el naturalismo – indica que si hacemos algo que causa daño a nosotros mismos o a otros es porque hemos sido, de alguna manera, “programados” para eso. Traumas psicológicos, desórdenes neuronales u hormonales, características genéticas,  estructuras sociales y culturales, etc. nos han moldeado como a la arcilla. Lo más interesante: al no haber un Creador racional, hemos sido moldeados al azar por estos factores.

 

Otra visión opuesta a la visión bíblica es aquella que dice que el mal no es real. El panteísmo implica necesariamente esto. Si el universo es dios y dios es el universo, entonces todo es exactamente de la manera que debería ser, nada anda mal, nada necesita ser cambiado o transformado. El problema de gran parte de la humanidad consiste, entonces, en que no se conforma con el universo (dios) tal cual es y del cual él forma parte, por lo tanto ellos necesitan abrir sus ojos espirituales para comprender que el mal es una ilusión.

 

Estos tipos de racionalización recién expuestos son precisamente lo que niega el presupuesto bíblico de la caída. Hablar de caída es afirmar que Dios no es moralmente responsable por el mal, ni es al autor del pecado, sino que en un momento histórico determinado el mal entró en escena debido a la libre decisión de los ángeles caídos en primer lugar y, luego, del hombre. Hablar de la caída y del pecado es hablar de la responsabilidad moral de la humanidad, proveyendo esto de base teórica sólida para la práctica de tribunales y juicios, por ejemplo. Sin un violador simplemente violó a una mujer porque estaba determinado por sus hormonas o por el contexto social donde se formó, entonces él no es responsable de tal acto ¿por qué enjuiciarlo?

 

Negar la existencia del mal es, como decía Chesterton, no sólo un absurdo ante las evidencias sino también acarrea consigo un tremendo problema práctico, pues si alguien, por ejemplo, mata a mi hijo ¿debo simplemente aceptar esta situación como algo inevitable en el universo? ¿Qué hombre o mujer podría vivir conforme a un credo que negara la existencia del mal, aún cuando convive con ella día a día? Este es el problema práctico o ético de esta cosmovisión: no es posible vivir conforme a ella, sin caer en grandes contradicciones e incoherencias. El credo cristiano, sin embargo, provee de una base teórica consistente que me permite comprender la existencia de actos malos y juzgarlos como tales. Incluso la misma maldad de muchos cristianos tiene explicación lógica y consistente según el supuesto bíblico: la caída y sus efectos devastadores han alcanzado a toda la humanidad.

 

Otra visión errada e incoherente a la cual la visión bíblica de la caída se opone es aquella que cree que el bien y el mal son fuerzas iguales, pero opuestas. Sin embargo, decir que “la serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho” (Gn 3.1) es afirmar la realidad del maligno como una criatura, que se encuentra bajo la soberanía absoluta de un Dios santo, justo y bueno, en quien no hay ninguna maldad. El axioma bíblico de la caída implica decir que sólo el bien tiene existencia positiva, mientras que el mal es en realidad la ausencia del bien y que no tiene existencia por sí mismo. El mal es un parásito. Su esencia es torcer, desviar y disminuir el bien, la santidad y la justicia que Dios imprimió en la creación. La visión de ying-yang no tiene cabida desde la perspectiva bíblica. Así como el frío es ausencia de calor y la oscuridad ausencia de luz, de la misma manera el mal ha afectado de forma real a la creación y está presente en el mundo, sin embargo no es una fuerza igual al bien, pues ni siquiera puede existir por sí mismo.

 

Lo interesante del relato bíblico de la caída es nos muestra de manera clara que los efectos de pecados del hombre han afectado a toda la creación, al orden social, cultural y natural. Textos como los siguientes: “la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y yo comí” (Gn 3.12); “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Gn 3.17-19), nos muestran que la realidad de la caída ha afectado nuestras relaciones familiares y sociales, así como a la creación, la tierra y las plantas; la obtención de recursos también ha sido afectada. No sólo eso, sino la más terrible de las consecuencias se cierne sobre la humanidad como una cortina oscura: la enfermedad y la muerte.

 

Así vemos que la cosmovisión bíblica no sólo nos lleva a reconocer la existencia del mal, sino que también nos explica sus características y su origen. Aprendemos que el mal no es parte de la condición ontológica del ser humano per se, pues el hombre y la mujer fueron creados “a la imagen y semejanza de Dios” y “buenos en gran manera”. Pero sí nos muestra que, desde el momento histórico de la caída, la humanidad está en pecado en todas sus funciones y partes (de ahí el concepto de “depravación total”), con intenciones, deseos, pensamientos y sentimientos desviados y torcidos de su propósito original y que el hombre y la mujer son plenamente responsables por sus actos malvados, pues estos son “pecados” y no inevitabilidades cósmicas o genéticas. Vemos también que es responsabilidad del hombre, también, la maldición que se ha cernido sobre la tierra y toda la creación, ya que debiendo gobernarla con el justo y amoroso juicio de Dios, muchas veces la maltrata impíamente.

 

Redención

 

El tercer elemento de esta cosmovisión bíblica es el axioma de la redención, el cual básicamente nos afirma que la creación y la humanidad no están enredados en un círculo sin fin de desesperación, sino que Dios ha presentado una solución muy concreta y real al pecado y sus consecuencias: producir una nueva creación en Cristo.

 

Si existe un supuesto central en la cosmovisión cristiana es precisamente el de la redención, que implica en una serie de marcos de referencia para la interpretación y actuación en el mundo. En el mismo texto conocido como el de la caída, Génesis 3, la redención se hace patente. Desde el momento en el cual Dios, en Gn 3.9 comienza a buscar a la humanidad llamándole “¿dónde estás tú?”. Pero lo central es la promesa de exterminio del mal personificado en la serpiente en Gn 3.15, donde Dios promete que vendrá un descendiente de la mujer que destruirá a la simiente de la serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer y entre tu simiente y la simiente de ella, esta te herirá en la cabeza, mas tú la herirás en el calcañar”. Dios, a causa de su promesa, no elimina a la raza humana ni destruye su creación de inmediato sino que, pasando por alto los pecados pasados, dirigió la historia hasta el momento oportuno para manifestar a su Hijo Jesús, el Cristo (cf. Rm 3.25-26).

 

Así como la humanidad se ha preguntado “¿de dónde venimos y quiénes somos?” y “¿qué ha salido mal en el mundo?”, también se pregunta “¿qué se puede hacer para solucionarlo?”. Distintas soluciones han sido dadas, todas de acuerdo al diagnóstico, o sea, dependiendo de cómo se ha contestado la pregunta acerca de qué ha salido mal en el mundo.

 

Al adoptar el axioma de la redención, el cristianismo ya está de plano oponiéndose a una visión de desesperación y de un mundo sin sentido o fatalmente condenado a ser nada. Al concebir el mal como un parásito y a Cristo como aquel que “aplasta la cabeza” de Satanás (Gn 3.15), del pecado y de la muerte, echando fuera al parásito del orden creado, el cristianismo está anunciando que hay solución al mal, al pecado y a la muerte. Pero no sólo eso: al mirar al hombre como imagen y semejanza de Dios, pero afectado y torcido en todas sus funciones a causa del pecado, y a Cristo como el enviado de Dios para la salvación y el rescate de la humanidad, el cristianismo anuncia la dignidad del ser humano y la necesidad de rescatarlo de sus miserias y no simplemente ejecutar una política de exterminio, sino creer que es posible la rehabilitación del pecador, siempre siguiendo los parámetros de justicia divina revelados en la Escritura.

 

Es verdad que el concepto bíblico de redención tiene una clara dimensión escatológica[xii], pero esto no significa que sólo quede la esperanza para un futuro lejano en el cual el mal será quitado, ya que la escatología bíblica se caracteriza por tener una doble faz: por un lado es escatología futura y por otro lado es escatología ya cumplida y en cumplimiento. Es un “ya” y un “todavía no” al mismo tiempo (cf. Jn 4.23).

 

Este concepto de redención, por lo tanto, implica no solamente, como ya vimos, que es plausible creer en una solución al problema del mundo, sino también que esta solución llegará inevitablemente ya que la historia, dirigida y protagonizada por Dios, se dirige hacia ella. O sea, el axioma bíblico de la redención es antitético al concepto que hay en muchos círculos humanistas (sobre todo en el positivismo de Auguste Comte, en el siglo XIX)  que afirman que la humanidad camina hacia un perfeccionamiento infinito – también conocido como progreso – motivado, guiado, controlado y fundamentado en la ciencia y sus capacidades de desarrollo. Al negar el axioma de la caída y del pecado, el humanismo positivista cae en una posición ingenua de que es posible que el hombre camine hacia un progreso infinito a través de la ciencia, pero no tiene base sustentable para hacer dicha afirmación. De hecho, el positivismo está prácticamente muerto como fuerza intelectual, ya que muchos pensadores de inicios del siglo XX mostraron que el positivismo no era sino el fruto de un entusiasmo momentáneo que se vivió en Europa, el cual rápidamente se vino abajo con las guerras mundiales y la bomba atómica. Además del positivismo, que es un ejemplo claro, existen otras formas de esta misma visión humanista de progreso humano, como, por ejemplo, el marxismo, que a pesar de tener una base materialista, tiene una fe (aún no explicada claramente desde sus propios supuestos) en que el devenir histórico traerá consigo un estado de cosas cada vez más igualitario y perfecto. Es con justa razón que el marxismo ha sido llamado por Francis Schaeffer de una “herejía cristiana”[xiii], ya que manteniendo el axioma cristiano de la redención, ha rechazado los axiomas de la creación y de la caída, lo cual le hace ser inconsistente y, como la historia hasta aquí lo ha mostrado, inaplicable en la práctica.

 

El axioma bíblico de la redención, sin embargo, también nos ayuda a no caer en otro extremo que es el de la “semi-desesperanza milenarista”, el cual ha tomado varias formas a lo largo de la historia de la humanidad, muchas de ellas “cristianas” (diríamos más bien seudo-cristianas, ya que incurren en una contradicción esencial). Esta idea, aunque niega la desesperanza absoluta del existencialismo y otras corrientes, reduce la esperanza solamente a un momento en el futuro, cuando el mundo se termine, o a alguna dimensión fuera de este mundo en el cual vivimos.  Ellos conciben así la historia debido a que creen que este mundo sólo irá de mal en peor y que no queda nada o casi nada en él que merezca ser llamado bueno. La única manera de tener esperanza según esta cosmovisión es, por lo tanto, creer en un mundo alternativo que sólo hará su aparición cuando el presente orden sea totalmente destruido. La pregunta que debemos hacerle a esta visión es, y entonces ¿cómo debemos vivir nuestra vida? La respuesta de ellos apuntará hacia algún tipo de aislamiento. Aislamiento intelectual, económico, tecnológico o incluso geográfico, mientras se espera que este mundo termine o que el presente orden mundial sea eliminado. No todos los monjes, sobre todo a inicios del Medioevo, adhirieron a esta visión aislacionista de pura contemplación mística, ya que muchos de ellos se caracterizaron por el servicio integral y proactivo a las aldeas, comunidades y familias que evangelizaban (como la mayoría del movimiento de monjes celtas de los siglos V y VI), sin embargo, algunas corrientes dentro del movimiento monástico sí tendieron, lamentablemente, al puro aislamiento y a la contemplación mística. En el siglo XX esta visión fue tomada por muchos grupos no-cristianos (lo cual es al menos más coherente) como ciertas comunidades ecológicas hippies, sectas “extraterrestres”, etc.

 

El supuesto bíblico de la redención nos dice que existe verdadera esperanza porque el problema ha sido correctamente diagnosticado. La raíz y esencia de los males de la humanidad y del orden creado es el pecado. Cristo ha venido para dar solución al problema de raíz, pero su propósito no es una mera “salvación del alma”, pues aunque comienza por allí, se extiende y va más allá, abarcando todos los aspectos da la existencia. El objetivo de Cristo es “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21.5), y dentro de ese contexto nosotros somos “nueva creación” (2Co 5.17). Si Dios, el Soberano y Todopoderoso Creador del universo es quien está restaurando todas las cosas, entonces tenemos base para tener una esperanza real y verdadera no sólo para el futuro, sino también para hoy. Y es en este contexto que vemos que la manifestación del Reino de Dios ya se ha hace presente y patente en la historia humana a través de los ciudadanos del Reino. “El Reino de Dios se ha acercado” (Mt 3.2) y está actuante a través de la presencia del Espíritu Santo en el mundo y en la Iglesia.

 

La Nueva Creación ya es una realidad en la historia presente del mundo caído que todavía no ha sido hecho nuevo, pero que pronto lo será, cuando Cristo regrese en gloria y majestad (“parusía”). En primer lugar, la Nueva Creación ya es una realidad actuante en el mundo hoy porque Cristo ha resucitado verdaderamente (1ª Co 15.1-14) – como hecho histórico  acontecido en el tiempo y en el espacio – y Su cuerpo glorificado en poder es la primicia de la Nueva Creación (1ª Co 15.20) que ha venido a irrumpir en la historia, esta profunda verdad se relaciona íntimamente con otra: que todo aquel que cree en Cristo está espiritualmente unido a Él en Su muerte y en Su resurrección (Col 3.1-4). En segundo lugar, – y orgánicamente conectado a lo primero – la  Nueva Creación ya es una realidad presente y actuante en el mundo hoy porque Cristo ya derramó la promesa escatológica de Su Espíritu sobre toda carne (Hch 2.14-17); el Espíritu que lo llena todo en la Nueva Creación (Ap 22.1-5), ya está presente hoy en este mundo caído, en la vida de la iglesia, que es la comunidad universal de los redimidos en Cristo, y actúa poderosamente en ellos y a través de ellos, de sus relaciones, de sus trabajos, de sus vocaciones, de su quehacer en el mundo y en la sociedad (1ª Pe 2.9).

 

Todo cristiano entiende que lucha personalmente contra su propio pecado y los efectos de éste hasta el último aliento de su vida, aunque sabe que sólo cuando Cristo regrese, será moralmente perfecto para adorar por siempre al Cordero. De la misma manera todo cristiano y la iglesia, como comunión de los santos, debemos luchar contra las estructuras pecaminosas de un mundo caído y las consecuencia sociales y culturales del pecado, aún cuando sepamos que sólo con la Parusía habrá cielo y tierra nueva donde mora la justicia (Ap 21.1) y, sólo entonces, la gloria de Dios llenará la tierra “como las aguas cubren el mar” (Hab 2.14).

 

Cuando afirmamos el supuesto bíblico de la redención, por lo tanto, estamos necesariamente afirmando que hay una razón y una base concreta para realizar una obra de restauración del orden creado, pues Dios está “edificando la casa” y esto implica que “nuestro trabajo no es en vano” (Sl 127.1-2; 1Co 15.58). Que Dios está directamente involucrado en una obra de restauración de la creación y “reconciliación con el cosmos” (2Co 5.19a), lejos de ser un llamado a aislarnos pasivamente y a esperar para ver lo que Dios va a hacer, es un llamado a la acción en el mundo (2Co 5.18-20) y a dejar toda actitud pasiva, siendo luz en un mundo oscuro y sal en esta tierra que corre el riesgo de pudrirse (Mt 5.13-16).

 

Conclusión

 

Creación, Caída y Redención son los tres elementos que constituyen la esencia del relato bíblico. Este relato es una historia maravillosa que nos habla de un Dios que amó y ama Su creación. Es la historia de un Dios que ha tomado la iniciativa de dar vida, gozo y deleite a los hombres y mujeres, que decidió revelarse a ellos, que les dio un jardín para cuidar y una misión que cumplir a través de la diversidad de vocaciones. Es la historia de la iniciativa divina de ir a buscar a una humanidad ingrata, desobediente, necia y auto-destructiva. Es la historia de Dios interrumpiendo constantemente el camino de traidores en fuga con el fin de revelarles una promesa, de relacionarse, de establecer con ellos pacto y de caminar a su lado. Es la historia de Dios dando segundas, terceras, cuartas y enésimas oportunidades a un pueblo rebelde y duro. Es la historia de un Dios que nos da salvación gratuita en el más horrendo y cruel sacrificio de la historia: el de Su propio Hijo. Es la historia de la justicia de Dios que se revela para salvación, al declarar justos y sin mancha a impíos y pecadores. Es la historia del poder de Dios que resucitó a su Hijo al tercer día, que venció la muerte y que dio, en el Espíritu Santo, ese mismo poder a sus hijos adoptados con el fin de que destruyan día tras día el poder del pecado en sus propias vidas, en sus comunidades, en sus barrios, en sus ciudades y en este mundo que agoniza. Es la historia de un nuevo mundo, restaurado, sanado, re-creado que se goza y se deleita eternamente bajo el gobierno justo y amoroso del Rey de reyes y Señor de señores. Es la historia de un Dios que está allí y que no está callado… en fin: ¡es la historia de Dios!

Dios nos invita a ser parte de esta historia, comenzando hoy mismo: renovemos nuestra mente (Rom 12.1-3) conforme a Su Palabra, sometamos todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2ª Co 10.3-5) y no temamos aplicar, llevando valientemente a la práctica diaria de nuestros estudios, nuestros valores, nuestros oficios, nuestros trabajos y nuestros campos de especialización la consistencia de una Cosmovisión Bíblica, genuinamente fundamentada en la Escritura, fruto de un corazón lleno de adoración y pasión por Dios y proactiva en la transformación integral de este mundo para la gloria del Padre en Cristo y por el poder del Espíritu.

[i] “Cosmovisión”: es la traducción de una palabra usada primeramente en el alemán, la palabra Weltanschauung, (Welt = mundo, Anschauung = visión) la cual significa la forma como vemos la vida y el mundo (o “cosmos”). En el castellano, por lo tanto, se forjó la palabra cosmovisión.

[ii] “Bíblica”: puede parecer que está demás definir este adjetivo, sin embargo es importante que no caigamos en confusiones acerca de cómo estamos utilizando esta palabra. Utilizamos aquí la palabra “bíblico” no en el sentido de que definiremos todo sólo a partir de versículos o textos bíblicos con prescripciones explícitas y específicas sobre los asuntos a tratar (aunque muchas veces pueda ocurrir así), sino que pretendemos ir más allá: a partir de principios establecidos en la Escritura, definir un marco dentro del cual podemos entender nuestra forma de ver el mundo y de actuar en él.

[iii] Con esto nos referimos a que no estamos utilizando el concepto de “religión” como equivalente a “ritualismo”, “moralismo”, “legalismo” o “esfuerzo del hombre por llegar a Dios”, conceptos todos contrarios al Evangelio. Aunque reconocemos la validez de esa definición en otros contextos, aquí, sin embargo, utilizamos “religión” en el sentido simple y llano de “relación (buena o mala) con Dios” o de “inclinación del corazón humano a la adoración y a rendir culto”.

[iv] DOOYEWEERD Herman, Las Raíces de la Cultura Occidental, Barcelona, CLIE, 1998, p. 41.

[v] HEIDEGGER, Martin, Arte y Poesía, 2ª ed. México, Fondo de Cultura Económica, 2006, p. 31.

[vi] Vd. SAGAN, Carl, Cosmos, New York, Random House, 1980.

[vii] NIETZSCHE, Friedrich, Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extra-moral, Madrid, Tecnos, 1990.

[viii] en: COLSON, Charles & PEARCEY, Nancy, Y ahora… ¿Cómo Viviremos?, Miami, Unilit, 1999, p. 56.

[ix] La diferencia entre causas secundarias (leyes naturales, decisiones humanas o eventos específicos) y causa primera (la presciencia y decreto de Dios) ha sido muy bien expuesta en la Confesión de Fe de Westminster como por ejemplo en el capítulo III, párrafo I, donde afirma: “Dios, desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede. Sin embargo, lo hizo de tal manera, que Dios ni es autor del pecado ni hace violencia al libre albedrío de sus criaturas, ni quita la libertad ni contingencia de las causas secundarias sino más bien las establece” (subrayado mío). El capítulo V de la misma confesión es también bastante claro al respecto.

[x] Del griego ontos, que se traduce como “ser”. La ontología es una de las áreas de la filosofía y se preocupa con el estudio del ser y sus categorías. “¿Qué es el ser?” “¿Qué es tener existencia real?” “¿Existe sólo un tipo de ser o varios?” “¿En qué se diferencian los distintos tipos de ser?” son ejemplos de preguntas que la ontología busca contestar.

[xi] CHESTERTON, Gilbert K. Ortodoxia, Sao Paulo, LTR, 2001, p. 31.

[xii] Del griego eskato,n (escatón) que significa “último” o “postrero”. La escatología es el estudio de las últimas cosas, del fin del mundo. Lo escatológico en este caso, por lo tanto, es aquello que hace referencia a profecías y promesas de Dios que se han de cumplir cuando comience el fin del mundo. El cristianismo, desde la encarnación del verbo de Dios, afirma que estos últimos tiempos ya han comenzado (cf. Hb 1.1) y que la historia de la humanidad camina “en cuenta regresiva” hacia su consumación.

[xiii] Vd. SCHAEFFER, Francis, Como Viveremos?, Sao Paulo, Cultura Crista, 2003.

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