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Despertar del mundo soñado de los ángeles: una objeción filosófica a la teoría de género

¿En qué se basa la teoría de género y qué implica para el futuro de la humanidad? Como indica la autora Bérénice Levet en Teoría de género o el mundo soñado de los ángeles, esto es algo que no logran entender completamente ni los opositores ni los proponentes de dicha teoría.
El año pasado, el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), publicó en Chile la primera traducción al español de este libro, publicado originalmente en 2014. La autora, una filósofa, académica y ensayista francesa, fue formada en la tradición fenomenológica y es desde esa perspectiva construye la argumentación de este libro. Por ende, no recurre a la ciencia o la religión, como suele ocurrir, sino a la filosofía, la historia y la cultura, de todas formas sin menospreciar totalmente aquéllas. Eso es lo más innovador de este libro. Mientras que los textos que utilizan la ciencia para combatir la teoría de género implican cierto determinismo o sacan conclusiones ambiguas, los religiosos presuponen una creencia básica escasamente presente en la sociedad moderna. Ambos tipos de libro se dirigen a públicos reducidos y tienen poco efecto fuera de ellos. Levet, por otro lado, considera la ciencia como parte de lo dado por la vida, tal como la sociedad en la que uno nace, con su historia y cultura particulares. Aunque la autora desecha por completo los argumentos religiosos y se podría decir que se ríe de ellos, tiene una mirada bastante equilibrada que realmente invita a reflexionar.

El libro comienza con una definición del Género, y se puede resumir así: “al principio, no había ni hombre ni mujer; a lo sumo, un macho y una hembra. Es por un exceso de lenguaje, un abuso de poder, que se declara que un niño o una niña ha nacido. Estas…son categorías sociales […] Dependiendo del sexo en el que usted nace, la sociedad inmediatamente le asocia una etiqueta y desde ese momento le impone una identidad; exige que obedezca sus normas, que se ajuste a sus expectativas: tales o cuales comportamientos, tales o cuales cualidades, tales o cuales virtudes, tales o cuales disposiciones y sobre todo tal o cual sexualidad” (83).

Luego, Levet explica las bases históricas y filosóficas de este discurso, desde la Ilustración hasta el feminismo y la deconstrucción. Es interesantísimo ver que el Género realmente nace en el dualismo de Descartes. Puesto que el cuerpo es solo materia, el individuo se forma en cierto modo fuera de él y en su contra, mediante sus pensamientos (“pienso, luego soy”). Según Levet, la fenomenología había superado ese dualismo, pero “el Género nos hace retroceder: el cuerpo y el espíritu se separan de nuevo, el cuerpo vuelve a ser materia, desprovisto de realidad en sí mismo” (91).

Este dualismo llevaría eventualmente al concepto básico de Simone de Beauvoir, “No se nace mujer, se deviene”, que a su vez lleva inevitablemente a la filosofía queer de Judith Butler. Si la mujer es solo un producto de la cultura, nada la obliga a ser ese tipo de mujer o ser mujer siquiera. Para Butler, el género es solo un papel que interpretamos, tal como lo revelan los travestis. El género sería por lo tanto un acto performativo, tal como las etiquetas hombre, mujer, heterosexual, homosexual, etc. Este concepto del lenguaje revela que el Género también tiene sus raíces en la deconstrucción. Según su mayor exponente, Derrida, el lenguaje no refleja la realidad, sino que la construye. Los agentes del poder habrían usado esta facultad lingüística para crear e imponer ciertas realidades, por lo que la meta de la filosofía debiese ser de-construir esos discursos y reemplazarlos con otros. Derrida hereda esta visión del poder, por supuesto, de su profesor, Foucault, quien ve el estado y la cultura como un mecanismo de control de los cuerpos. En este sentido, la diferencia de los sexos sería algo socialmente impuesto a fin de asegurar la reproducción heterosexual, por lo que el hombre debería dominar a la mujer y todas las minorías sexuales deberían ser oprimidas.

Al mismo tiempo, Levet encuentra las bases científicas del Género en las obras de los científicos estadounidenses John Money y Robert Stoller. Money, un psicólogo que estudió a los hermafroditas, fue el que acuñó en 1955 el término “género” para referirse a lo social y no a lo biológico (el “sexo”). De modo parecido, Stoller era psiquiatra y estudió a los transgénero, haciéndose famoso por su experimento con un niño llamado Bruce. Ambos científicos concluyeron que los hombres y las mujeres son meras construcciones sociales.

Sin embargo, dice Levet, no se deben sacar conclusiones universales de casos tan particulares e incluso patológicos. Además, el caso de Bruce no fue tan exitoso como se suele describir. Aunque el niño al principio aceptó su nueva identidad como niña, empezó a cuestionarla en la adolescencia y al enterarse de toda la verdad como adulto, terminó suicidándose. Levet también nota que aunque Stoller rechaza lo biológico como determinante, sometió a Bruce a la castración y la terapia hormonal de todos modos.

De hecho, lo más interesante de esta parte del libro es cómo la autora revela las contradicciones internas del Género. En este caso, se ve que el Género critica y apela a la ciencia alternadamente según la conveniencia. Ejemplos de este tipo abundan en la obra de Levet. El Género cuestiona todo autoritarismo, pero rechaza vehementemente cualquier oposición a sí mismo como reaccionaria, homofóbica, misógina, etc. Por lo tanto, la verdadera subversión en estos tiempos sería combatir esta ideología impuesta. Esta falta de objetividad también explica por qué el Género no es, como dicen los académicos, una gran herramienta heurística. Las investigaciones de esta línea se anticipan demasiado en sus resultados, solo buscando reafirmar la teoría. Además, aunque Levet valora el historicismo en el que se basa el Género, indica que no fue el primero en sugerir este tipo de análisis y que en muchos casos es anacrónico imponer las ideologías actuales al pasado.

Otro ejemplo que da la autora de la imposición del Género es la educación en Francia. Cuenta que hay guarderías “neutras” que obligan a los niños a adoptar el papel del sexo opuesto en términos de juegos, cuentos, etc. Aunque el Género también a veces opta por el otro extremo de no guiar a los niños de ninguna forma en su identidad sexual, Levet ve esto como un abandono. Sin ejemplos a seguir o con ejemplos estéticamente pobres o poco claros, como los que pueden aparecer en un libro aprobado por el Género, los niños desarrollarán una identidad poco profunda.

Y si el Género no se preocupa realmente por los niños, tampoco lo hace por las mujeres, a pesar de basarse en gran parte en su lucha. Primero, no da cuenta de todo lo que las mujeres ya han logrado y así, en vez de empoderarlas, las victimiza. Según Levet,

al feminismo conquistador de la década de 1970 lo sigue un victimismo feminista que devuelve a las mujeres a un estado aún más degradante que aquel que tenían en tiempos de desigualdad. El feminismo inspirado en Simone de Beauvoir era un feminismo de la responsabilidad. Ahora, de esta responsabilidad conquistada, las mujeres son desposeídas por un discurso que se goza en convertirlas en criaturas esencialmente inocentes, vulnerables, presas de depredadores sexuales irreductibles […] toda mujer debería sentirse ofendida por estas representaciones que la privan de su soberanía, que la arrojan a un estado de minoría del que ya había salido. (149)

El otro problema para Levet es que el Género no reconoce la ambigüedad de la mujer: está naturalmente inclinada a vincularse con las personas, pero como mujer moderna, valora la independencia; necesita la protección del hombre y le gusta ser conquistada por él, pero también celebra su propia fuerza y su libertad sexual; quiere trabajar y ser remunerada de la misma manera que el hombre, pero no necesariamente en los tipos de trabajo promovidos por los ideólogos de su “libertad”. De hecho, los esfuerzos del Género por incorporar a la mujer en la economía demuestran otra contradicción. Dice oponerse al orden occidental en todo sentido, pero promueve implícitamente el capitalismo al generar nuevos consumidores: mujeres que quieren hacerlo todo y no tienen tiempo, padres que quieren criar a sus hijos sin diferencias sexuales, parejas del mismo sexo que se quieren casar y reproducir, etc. Suplir estas nuevas necesidades ha generado grandes ganancias para los mercados especializados. Por ende, la libertad de cada individuo promueve la libertad del mercado.

Pero esta libertad, según Levet, también es ilusoria. El Género interpreta la diferencia hombre/mujer como una desigualdad, pero busca multiplicar las diferencias individuales en términos de género y orientación sexual. Esto, según Levet, no es una exaltación de la libertad, sino su hipertrofia ya que el individuo se vuelve “fluido, mutante, entregado a la inconstancia de sus deseos” (97-98). Por eso, Levet cree que no se trata de voluntad, sino de caprichos ya que éstos no implican ninguna responsabilidad. Esto es parte de una desvaloración de la humanidad en general, a pesar del discurso oficial a favor de los derechos humanos y la dignidad. Como dice Levet, “Existe, en el corazón del Género, un desconocimiento y un desprecio fundamental por la condición humana, por su finitud […] lo humano no es nada, es todo plasticidad, y debe ser capaz de experimentarlo todo” (53).

Interesantemente, esto está bastante cerca al cristianismo, que define la libertad como una obediencia voluntaria a Dios y no a las pasiones, que terminan por esclavizar al hombre. Pero Levet no reconoce ningún vínculo entre sus argumentos y la religión, ligándola, extrañamente, con el Género. Según ella, “en el corazón del Género, hay un ascetismo, un puritanismo decidido a cortar las alas del deseo heterosexual…Las religiones pueden haber soñado con ello, pero el Género, al extirpar el mal de raíz (a saber, la diferencia de los sexos), se enorgullece de haberlo llevado a cabo” (51). A modo de ejemplo, la autora compara la concepción virginal de Jesús por parte de María con nuevas tecnologías reproductivas que reemplazan el sexo, como la fertilización in vitro y el alquiler de vientre. También compara la Inquisición y la prohibición católica romana de ciertos textos con la actitud del Género para con sus opositores y con las medidas represivas que podría tomar en el futuro, una vez que se instalase plenamente en el poder.

Aunque el autoritarismo del Género y su rechazo de la norma de la heterosexualidad son evidentes, llamarlo por eso puritano es una extrapolación excesiva. Al usar este lenguaje religioso, la autora busca enfatizar que el Género encarna varias de las ideas que dice rechazar. Pero no toma en cuenta el deseo homosexual, que el Género sí promueve. Basta ver cualquier marcha del orgullo o película a favor del Género para percibir el erotismo superabundante de esta ideología. Incluso Beatriz Preciado, una filósofa transgénero a quien cita Levet, lo dice: “‘invito a todos los cuerpos a declarar la huelga del útero. […] Por la abstinencia y por la homosexualidad, pero también por la masturbación, la sodomía, el fetichismo, la coprofagia, el bestialismo…y el aborto’” (citado en 117). Por ende, el Género no niega el sexo como tal, sino solo versión normativa heterosexual. Como dice Levet, desde el punto de vista del Género: “solo la presión social nos llevaría a desear al otro sexo. El hombre no está naturalmente inclinado hacia la mujer y lo mismo vale viceversa; esto no es más que una ficción conservada por siglos” (102). Todas las otras relaciones posibles son promovidas. La única “pureza” de que se trata es la del útero, pero los activistas del Género que luchan por formar familia mediante las técnicas modernas no comparten esta opinión.

Por lo tanto, el Género no tiene nada que ver con la virginidad y menos con el concepto cristiano de ella. El único referente de Levet en este respecto es San Gregorio de Nisa, quien, según ella, insta a los seres humanos a imitar a los ángeles en su estado asexuado. Citando a Peter Brown, Levet muestra que para San Gregorio, el sexo solo se introdujo a consecuencia de la caída como una forma de mantener la raza humana ante la amenaza constante de la muerte. Aunque San Gregorio realmente vincula el sexo con la muerte, tampoco lo desprecia totalmente a favor de un estado virginal. Se nota que Levet claramente se basó solo en Brown sin leer los textos originales del santo. En La virginidad, el libro al que se refiere Brown, San Gregorio efectivamente dice: “si la vida prometida por el Señor a los justos después de la resurrección es igual a la de los ángeles, y lo propio de la vida angélica consiste en estar libres del matrimonio, él (quien vive en virginidad) ha recibido ya los bienes de la promesa, inmerso en los esplendores de los santos e imitando con su vida sin mancha la pureza de los seres espirituales” (120). Esta anticipación de la vida resucitada es posible porque la virginidad impide la muerte física que necesariamente conlleva la reproducción. Al no dejar descendencia, el sujeto sufriría solo su propia muerte y además evitaría el sufrimiento físico, emocional y espiritual de tener familia. El dolor propio y ajeno que implican la viudez, la orfandad o simplemente la lucha por sustentar y criar sería evitado. Sin embargo, el traductor de esta edición nota al pie de la página, “Si el lector mira con atención, verá que, en su diatriba contra el matrimonio, Gregorio no esgrime razones teológicas, sino que subraya aquellas molestias de la vida matrimonial que no van contra la dignidad teológica del matrimonio; más bien la enaltecen. Me refiero a la presencia del sufrimiento. La argumentación nisena más bien parece una llamada [a] la atención sobre la vanidad de los éxitos y fortunas, que una diatriba en serio contra el matrimonio” (50-51).

San Gregorio mismo advierte, “Que ninguno deduzca de lo que hemos dicho que rechazamos la institución del matrimonio” (81). Según el santo, lo importante es vivir el matrimonio “sabia y moderadamente” (84) y evitar los extremos: “‘El que está falto de templanza es un libertino, mientras que quien se excede cauteriza la propia conciencia, como declara el Apóstol (1 Tm 4, 2): el uno, en efecto, se ha entregado voluntariamente a los placeres, mientras que el otro siente horror ante el matrimonio, como si fuese adulterio. La disposición intermedia entre estos dos es la templanza’” (91). Además, al rechazar el matrimonio, el hombre rechazaría a sí mismo, a sus propios orígenes (83-84). Si San Gregorio no defiende el matrimonio con el mismo rigor con el que promueve la virginidad, es porque ésta representa una aberración y aquél la inclinación natural del hombre. Para el santo, la bondad de lo innato es tan obvia que no hace falta defenderla (81). Si San Gregorio promueve más la virginidad que el matrimonio, es porque aquélla es más propicia para una vida de contemplación y por ende ofrece “bienes mejores” (50). Para él, la virginidad también es una especie de matrimonio, un matrimonio espiritual del alma con Dios. Dado que el hombre se debe casar una sola vez, entregarse al matrimonio físico sería rechazar el espiritual (144). Al mismo tiempo, el santo aconseja, “si es posible, [que el hombre] ni se aparte de los más divinos deseos, ni huya del matrimonio, pues no hay ninguna razón para no cumplir con la ley de la naturaleza ni para acusar de despreciable aquello que es honroso” (85). Por lo tanto, el santo no niega la posibilidad de la contemplación en el matrimonio, pero nota la dificultad de tal combinación.

Al mismo tiempo, la posibilidad de complementar la virginidad con el matrimonio indica que San Gregorio no define aquélla solo en términos sexuales. De hecho, dice que “la perfección de la libertad no consiste solamente en renunciar al matrimonio”, sino que “es necesario que quien se esfuerza por alcanzar el gran ideal de la virginidad sea coherente consigo en todas las cosas y que muestre su pureza en todos los aspectos de su vida” (137-138).

Por lo tanto, al aplicar el concepto de virginidad al Género, Levet revela un gran desconocimiento de la tradición cristiana, pero también del Género mismo en su promoción de la homosexualidad.

A pesar de estas contradicciones, la autora logra formular una alternativa contundente al Género. Su propuesta se basa, como dice ella, en “los pensadores de la finitud”, a diferencia de los de la libertad que sustentan al Género (56). Estos pensadores provienen de corrientes tan cronológica y filosóficamente distintas como la Ilustración (Rousseau), el existencialismo (Camus y Kierkegaard), la fenomenología (Merleau-Ponty), la antropología (Margaret Mead) y la sociología (Gilles Lipovetsky). De Rousseau y Mead, Levet toma la idea de que los hombres y las mujeres son naturalmente distintos, más que en su biología, en su forma de ser. Según Mead, esta dualidad sexual es el fundamento mismo de la sociedad ya que de ahí nacen las dicotomías básicas, como sol/luna, día/noche, bien/mal, fuerza/vulnerabilidad, duro/suave, activo/pasivo, frío/calor, público/privado, etc. Y estas diferencias también crean ciertos límites: “Hay ciertas cosas que los hombres no pueden hacer porque son hombres y las mujeres porque son mujeres” (citado en 157).

Levet añade,

Uno puede doblegar la naturaleza, corregirla, perfeccionarla según una cierta idea del hombre, de la civilización, pero no sin dar audiencia a esta naturaleza. […] A pesar de la demagogia democrática…es erróneo pensar que todos estamos igualmente dotados. Los dones se distribuyen de manera diferente y desigual, y en primer lugar entre hombres y mujeres. La diferencia natural de los sexos es un ‘tope’ para el pensamiento y para la acción. (157)

Merleau-Ponty también describe las diferencias entre los sexos en base a la naturaleza como el “suelo” de la sociedad, pero su concepto de “carne” consiste de “muchas capas”, más allá de lo fisiológico (157). Como explica el filósofo, “Lo que debería interesar a la sociología sería no mostrar que la libertad es ilusoria, que las condiciones son condicionamientos, sino recuperar el movimiento por el cual los hombres asumen y elaboran, vuelven a tomar las condiciones dadas de su vida colectiva y las coronan con valores e instituciones originales” (citado en 160).

Esta aceptación de lo natural también se basa en la obra de Hannah Arendt. Esta autora distingue lo physei (lo dado por la naturaleza, como su judaísmo y su feminidad) de lo nomôi (lo creado por la convención). Según Arendt, la decisión fundamental en occidente posterior a la Segunda Guerra Mundial es seguir dominando y moldeando la naturaleza para crear a un hombre nuevo o aceptar al hombre en su finitud. La elección de la autora misma está clara:

El hombre moderno ha terminado por sentirse culpable de todo lo que es dado, incluso de su propia existencia, por sentirse culpable incluso del hecho mismo de no ser su propio creador ni el creador del universo. […] la alternativa a tal resentimiento, [que es] la base psicológica del nihilismo contemporáneo, sería una gratitud fundamental por las pocas cosas elementales que nos son…dadas, como la vida misma, la existencia del hombre y del mundo. (citado en 154)

Levet recoge este concepto de la gratitud y lo expande desde la biología hasta la historia y la cultura. A modo de ejemplo, la autora acepta y exalta su propia herencia cultural francesa, que resalta la diferencia de los sexos y el erotismo que genera. Es por eso que Levet cambia la famosa fórmula de Beauvoir: “se nace mujer y se deviene mujer” (160). La autora explica, “La cultura consulta a la naturaleza, está en sintonía con ella, despliega lo que ella se contenta en sugerir, así como puede también ignorar estas sugerencias” (163). De modo parecido, mantiene que “La diferencia de los sexos es una herencia, una historia, un legado […] lo que no nos prohíbe… modificarlos, adaptarlos” (169). Por ende, Levet no ve la cultura como un monolito estático, pero tampoco como la construcción arbitraria concebida por el Género. La cultura debe basarse en la historia y la biología, pero también puede y debe adaptarse a los cambios sociales, tal como la primera ola del feminismo obligó la cultura a reconocer la dignidad de la mujer al darle el derecho de votar, divorciarse, etc.

Por lo tanto, a pesar de basar el título de este libro y una parte de su argumentación en ideas bastante erróneas sobre el cristianismo, Levet logra demostrar las debilidades del Género y la posibilidad de otra vía, de una apreciación equilibrada de la alteridad sexual. Puesto que la autora no se basa ni en la ciencia ni en la religión, sino en la filosofía, este libro puede atraer y convencer a un público que típicamente no se abre a estas ideas. Esa es su aspiración y esperamos que lo logre.