Estudios Evangélicos

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Educar a los jóvenes para la bondad

En términos básicos, la educación moral se trata de formar un carácter y cambiar el corazón; se trata de ofrecer al joven algo noble y magnánimo a lo cual aspirar.

¿Qué es la vida buena? ¿Cómo debiéramos vivir si hemos de ser verdaderamente felices?[1] Aunque para algunas personas en la actualidad preguntas como éstas puedan parecer extrañas o fuera de lugar, son las preguntas más importantes que cualquier programa de educación moral puede formular. En efecto, que a algunos estas preguntas los impacten como irremediablemente anticuadas solo sugiere lo ajenos que somos a aquello que alguna vez se daba por sentado.

 

¿Cómo sería la recuperación de la inspiración fundamental de la educación moral? ¿Qué características tendría? Para comenzar, la educación moral debiera ser una iniciación hacia una forma de vida; debiera consistir en inculcar en el joven hábitos y prácticas que configuren en él las excelencias distintivas del ser humano. Quienes porten la responsabilidad de ayudar a los jóvenes a crecer en el bien debieran enseñarles a amar lo mejor e incentivar en ellos aquellas aspiraciones verdaderamente meritorias. Debieran esforzarse por cultivar en los jóvenes una firme pasión por la justicia, una preciada compasión, y una permanente convicción de que la realización no llega cuando nuestras vidas se conducen por un interés personal calculado, sino cuando las disponemos en bien de los demás. En términos básicos, la educación moral se trata de formar un carácter y cambiar el corazón; se trata de ofrecer al joven algo noble y magnánimo a lo cual aspirar.

 

Pero en una sociedad que abraza su pluralismo, somos a menudo reacios a emprender importantes tareas como éstas porque suponen realizar juicios normativos sobre distintos modos de vida, sobre las prácticas que debiéramos adoptar y el comportamiento que se debe acoger. Así, les decimos a los estudiantes que debieran clarificar sus valores, pero no les decimos por qué debieran valorar una cosa en lugar de otra. Hacemos de la libertad de elección el bien soberano, pero luego les entregamos una pobre idea de por qué lo que escogen debiera importar. Y les decimos que se abran a diversos puntos de vista —principalmente ser tolerantes— pero a menudo en modos que hacen que la verdad parezca prescindible y negociable.

 

Opuesta a la visión de que las afirmaciones sobre la vida buena están pasadas de moda o que son terreno prohibido, la tarea fundamental de la educación moral debiera consistir en proporcionar a los jóvenes una comprensión de la vida digna de ellos mismos —un relato coherente y convincente sobre la vida buena y cómo se debe vivir para lograrla. Los jóvenes debieran ser llamados a una aventura a la vez desafiante y prometedora precisamente porque, si la emprenden, serán transformados en formas que los harán fuertes en cuanto a la bondad y, por lo tanto, ricos en felicidad.

 

Esta forma de replantear la educación moral puede parecer desesperadamente idealista, incluso fastidiosamente dogmática, en una época miedosa de realizar afirmaciones morales sustantivas. Pero abrigar un enfoque anémico de la educación moral acaba inevitablemente en vacío y desilusión. Si la vida moral no pide del joven más que perseguir sus propios deseos, ¿debiera sorprendernos si, en lugar de sentirse encumbrado por la libertad que le ofrecemos, él se torna aburrido y desencantado? Si loamos la autonomía personal e incentivamos a los  jóvenes para que construyan una vida a su manera, y no les proporcionamos la forma de vida y las comunidades que hacen posible la vida buena, ¿debiéramos preguntar por qué se sienten cada vez más solos y carentes de propósitos?

 

A esta desilusión paralizante, y el pesimismo que provoca, tradicionalmente se la ha llamado acedia,[2] uno de los siete pecados mortales que fueron considerados especialmente nocivos para el alma y el espíritu[3]. Literalmente “acedia” significa desinterés, estar inundado de una apatía e indiferencia arraigada en la insensibilizante convicción de que nada realmente importa. Los jóvenes de hoy a menudo manifiestan muchos de los síntomas de la acedia, un hecho que no sorprende puesto que ésta es una de las características más chocantes de la época actual. Además, tampoco sorprende dado que poco hemos hecho para mostrar a los jóvenes la razón por la que han de descubrirse a sí mismos y realizarse, no en vidas de comodidad y promoción personal, sino en una devoción por algo superior a ellos. Es por esto que la educación moral de los jóvenes debe en primer lugar confrontar las toxinas de la acedia que infectan a tantos de nosotros en modos que apenas notamos.

 

El poder nocivo de la acedia

 

La acedia fue uno de los principales tópicos en los escritos de los monjes del desierto a comienzos de la Edad Media. A menudo llamada “demonio del mediodía”, la acedia descendía sobre los monjes que comenzaban a encontrar que los ritmos y rutinas de la vida monástica no elevaban ni inspiraban, sino que eran monótonos y tediosos. Aburridos de las repeticiones que son el centro de la vida monástica, en el “sol de mediodía” de su vocación, los monjes no solo comenzaban a distraerse con el aliciente de otras posibilidades, sino que además cuestionaban el valor de sus vidas. ¿Acaso no habría mejores formas de buscar a Dios? ¿No podían amar y servir mejor a su prójimo si no estuvieran enclaustrados tras los muros de los monasterios del desierto? ¿No habrá cosas más urgentes que hacer que recitar salmos varias veces al día, semana tras semana y año tras año? En los reveses de la acedia, los monjes del desierto se sentían tentados a abandonar la vocación a que Dios les había llamado, y a la que alguna vez se habían comprometido, por aquello que les parecían posibilidades más realizadoras. Consumidos por el tedio, ya no podían enfocarse en una vida dedicada a adorar a Dios, y permitían así que cosas menores los hechizaran.

 

Pero sin duda los monjes medievales no fueron los únicos atrapados por los ardides de la acedia. Hoy vemos su presencia en la congoja y desilusión que sobreviene a las personas que ya no creen que cosas grandiosas son posibles en la vida. La vemos en la honda indiferencia de espíritu que caracteriza a quienes se mueven en la vida sin comprometerse en nada esperanzador o meritorio porque creen que tales cosas ya no existen, y de existir, no es posible alcanzarlas. La acedia es una tristeza expansiva y debilitante —un envolvente espíritu de abatimiento— que finalmente da lugar a la desesperación. Es una melancolía paralizante que domina las vidas de quienes abandonan las aspiraciones a la excelencia moral y espiritual, y las reemplazan por una serie interminable de distracciones estimulantes y placenteras.

 

En el libro The Seven Deadly Sins Today (Los siete pecados mortales en la actualidad), Henry Fairlie describe la acedia como “una inercia mórbida” que puede apagar por completo la vida de una persona porque ésta hace ya tiempo que dejó de creer que la vida puede comprender algo más, algo mejor, algo de tal bondad plena que demande su máxima devoción[4]. Embobados por el estupor de la acedia, renunciamos a las grandes esperanzas y ambiciones por vidas que deambulan incesantemente desde una actividad, una distracción, una estimulante trivialidad a otra. Además, dado que estamos atareados, entusiasmados, activos, y entretenidos, tenemos escasa conciencia de cuán vacías y carentes de sentido se han vuelto nuestras vidas, o del peligroso embrollo moral y espiritual en que nos hemos metido. ¿Tememos al aburrimiento más que al sinsentido porque ya no creemos que haya un propósito superior para la vida o una magnánima posibilidad? ¿Estamos comprometidos con distraernos por el resto de nuestras vidas porque no existe nada más allá de un torrente de entretenciones que, aunque sea momentáneamente, nos hagan sentir vivos?

 

La acedia es un letargo moral y espiritual que emana desde la falta de creencia en cualquier cosa verdaderamente meritoria y prometedora, algo genuinamente ennoblecedor y bueno. No es de extrañarse que los jóvenes hoy se vean afligidos por ella. El mundo que los adultos les hemos legado ha apagado de muchos modos su sentido natural de la maravilla y el gozo, y ha aguado sus esperanzas innatas sobre las oportunidades en la vida. Los estudiantes pueden comenzar su aventura educacional buscando algo mejor, algo realmente grandioso; pero en el camino, el desencantamiento y la desilusión se tornan cotidianos porque ellos han aprehendido el mensaje de la sociedad de que el éxito económico y la aceptación social importan más que la excelencia moral y espiritual. Los estudiantes son maleables e impresionables. Si nos oyen decir que deben hacer a un lado las ambiciones heroicas, y que es difícil que puedan permitirse contar con los demás en una sociedad que aprecia la autoconfianza, entonces no sorprende que su magnanimidad sea reemplazada por la acedia, y su idealismo por la conveniencia. Semejante desafortunada transformación refleja, no una inevitable y sabia adaptación a la realidad, sino lo que cabe esperar cuando se les enseña a apuntar nada más que a una vida de “cómoda sobrevivencia”[5]. ¿Por qué tendríamos que esperar que persiguieran vidas caracterizadas por el servicio compasivo en bien de los demás, cuando les hemos entregado un mundo cuyos principales ídolos son el placer, el poder y la riqueza, en vez de la caridad y la justicia?

 

El objetivo fundamental de la educación moral debiera consistir en presentar a los alumnos una forma de vida magnánima, aquella que los capacite para aspirar y alcanzar la grandeza para la que, a imagen de Dios mismo, fueron creados para gozar. El que característicamente abandonemos tal objetivo por otros menos desafiantes y menos prometedores, revela que la tristeza moral y espiritual del alma que es obra de la acedia, corre descontroladamente por nuestras instituciones y estructuras educacionales. Brian Hook y Rusty Reno captan este hecho al sostener que “nuestra era es alérgica a la ambición heroica y habituada a los atractivos de la excelencia”[6]. Testigos de ello fuimos no hace mucho cuando uno de nuestros alumnos comentó en una evaluación del curso que, aunque el material del ramo era algo interesante, “yo solo quiero vivir mi vida y no desperdiciarla cuestionándomelo todo”. Al igual que este alumno, hay muchos otros que, al momento de llegar a la educación superior, han absorbido completamente el nihilismo casual y la indiferencia calculada características de la acedia. El problema no es que busquen seguridad laboral, certificación profesional y sobrevivencia económica, sino que no buscan nada más que eso. Igual que los adultos que los han formado, estos estudiantes, enchufados a los celulares, iPods y a Facebook, “flotan en un océano de distracción placentera”[7].

 

Vemos además a la acedia operando cuando preguntamos a los alumnos sobre la justificación de sus posturas morales o lo razonable que es creer en Dios. A menudo responden con el trillado verso “¿Quién puede asegurarlo? Cada cual tiene su opinión” Aunque respuestas así pueden revelar una forma más bien poco sofisticada de relativismo operando, más a menudo sugieren una indiferencia más profunda y peligrosa sobre cuestiones que tradicionalmente se han considerado de importancia última en la vida. De ser así, el desafío real, revelado por la indolencia de la acedia, consiste en convencerlos de que dichas cuestiones realmente importan, y que una vida que no consigue arrostrarlas se empobrece moral y espiritualmente.

 

¿Cómo se puede explicar el ataque de la acedia? ¿Qué causas hay para su ubicuidad? Una razón por la que la acedia es tan expansiva es que ya no creemos en la supremacía de una vida magnánima; en otras palabras, somos reacios a juzgar que determinado modo de vida es mejor que otro. Así, enseñamos implícitamente (y a veces bastante explícitamente) a los alumnos que los deseos, necesidades, elecciones, y creencias están fuera de ser juzgadas. Lo que importa no es que aquellos deseos y necesidades sean dignos, las elecciones sean buenas, o las creencias sean verdaderas; más bien lo único que interesa es que todo ello sea propio de alguien. La identidad personal y la autenticidad no se aseguran mediante una forma de vida que lo haga a uno sabio, honesto y bueno, sino mediante la expresión personal, aun cuando el modo que elegimos para expresarnos pueda cambiar cada día. En estas circunstancias, la única forma de fracasar es siendo inauténtico. Pero esto es prácticamente imposible —según esta postura— porque la autenticidad no se alcanza al seguir una normativa ideal o al someterse a un ejemplo moral o religioso. La autenticidad más bien es inherentemente autoconcedida, porque consiste nada más que en seguir la propia verdad y honrar la propia experiencia. Es impensable que la propia verdad pueda ser casi pura fantasía, o que la experiencia personal esté empobrecida, y mucho menos que pueda ser moralmente peligrosa. Después de todo, no existe una verdad mayor por la cual todas las verdades deban ser juzgadas, y no existe recuento de excelencia humana que pueda revelar que algunas experiencias son superfluas y estúpidas. Esta es la cosecha de la acedia, un choque hacia un relativismo e individualismo tan envolventes que pocos se detienen a considerar el absurdo y la desesperación a que nos conducen. Si no existe más que “la propia verdad”, ni significado en cualquier experiencia más que el entontecedor reconocimiento de que es propia, entonces a fin de cuentas nada importa.

 

Pero la acedia también se alimenta y fortalece con el cinismo[8]. Éste se expresa de muchas formas, pero una de sus más nocivas manifestaciones es la desconfianza de cuanto sea noble, heroico, o magnánimo; en otras palabras, es cinismo respecto de la bondad. Observados a través del torcido lente del cinismo, los motivos que parecen ser benignidad genuina no sólo son examinados, sino además juzgados como corrompidos, y a las vidas que parecen estar dedicadas al servicio de los demás se las cataloga de estar reforzando estructuras de dominación y opresión. Cuando prevalece el cinismo, cada santo es un títere o colaborador de alguien, cada héroe es un bribón enmascarado. Nada bueno, excelente o santo es tan puro como parece, según el evangelio del cinismo. Nadie realmente elegiría una vida de servicio desinteresado en lugar de una vida de superación personal, sugiere el cinismo. Así, en vez de imitar a las buenas personas, las desechamos como imbéciles o farsantes. Este desencantamiento cínico respecto de cualquiera que lucha por ser heroico en la bondad o la santidad claramente es propicio para la acedia. Pero el resultado de la pérdida de confianza en la bondad genuina solo es un mayor cinismo, porque después de exponer cualquier aspiración a la excelencia como un fraude, nos queda una humanidad que no sólo está entrampada en la mediocridad, sino que además está aprisionada por sus peores impulsos.

 

 

Liberación de la acedia

 

¿Cómo liberarnos entonces de los tentáculos de la acedia? ¿Cómo debiéramos confrontar y derrotar su poder mortífero? Quizá el antídoto más promisorio contra la acedia sea volverse diligente a cultivar en los alumnos un amor apasionado y una perdurable atracción por el bien. Se comienza a vencer el desánimo de la acedia cuando declaramos a los jóvenes que la vocación primordial del ser humano es responder al llamado de la bondad. Este es un llamado encomendado a cada uno de nosotros. Los seres humanos están creados para buscar lo mejor, hechos para apetecer lo verdadero y bueno y bello, porque la bondad nos completa y perfecciona, particularmente aquella bondad insuperable que es Dios. En efecto, el apetito más duradero en nuestras vidas es por la bondad, porque la bondad, sea que se encuentre en una flor, una sinfonía, un poema, o en una persona, nos llama hacia fuera de nosotros en relación con algo más. A diferencia de la acedia, que nos precipita contra nosotros mismos y toca fondo en la desesperación, la bondad nos llama a trascendernos a nosotros mismos en amor, servicio, sacrificio y fiel devoción. Es por esto que somos más felices, no cuando luchamos por asegurarnos de que todo marche siempre para nuestra mayor provecho, sino cuando nos damos generosamente en bien de los demás. Es por eso que encontramos el gozo mediante actos de bondad y consideración. La bondad expande nuestras vidas porque nos lleva más alto y fuera de nosotros mismos por amor de un otro aparte de nosotros. Ese “otro” puede ser un crepúsculo, un esposo o esposa, un hijo o hija, una mascota, un extraño, o Dios. Una vida vivida en búsqueda, en respuesta, y en la realización en la bondad culmina en dicha, porque es mediante la bondad, especialmente la bondad de la santidad, que todos nosotros alcanzamos la excelencia más propia de los seres humanos.

 

La bondad nos solicita cada día de nuestras vidas de variadas y fascinantes formas, si tan solo somos capaces de ver. La bondad nos llama en el paciente y fiel amor de quienes nos cuidan, como también en el amor y afecto que se nos llama a mostrarles. Nos llama en el rostro de un niño, en el dolor de quienes sufren, y en las oportunidades que tenemos de atender a quienes están solos, tristes o atribulados. Cada una de estas situaciones es un llamado a salir de nosotros por amor. La bondad nos habla en la risa y el esparcimiento, en la amistad y compañerismo, en la oración y la contemplación, y a través de la disciplina requerida para hacer bien las cosas. La bondad hace su llamada mediante las verdades que descubrimos en la buena literatura, en la teología y la filosofía, en la música y el arte. Pero también llama cuando se nos presentan oportunidades de ser compasivo, pacientes y perdonadores, y ser justos y generosos. La acedia es derrotada mediante el sinfín de conversiones de nuestra vida por las cuales salimos de nosotros mismos al volvernos hacia el bien. En la vida cristiana, la acedia es vencida a medida que nos volvemos a Cristo y lo seguimos en un fiel discipulado, una vida de esperanza precisamente porque promete transfigurarnos en la bondad.

 

Existen muchas formas de hacer la bondad atrayente para los jóvenes. En el libro Forgetting Ourselves on Purpose (Olvidarse de uno mismo a propósito), Brian Mahan habla sobre “una epifanía de reclutamiento”[9]. Mahan se refiere a aquellos momentos de nuestras vidas en que percibimos que somos llevados más allá de nosotros mismos, instantes en que experimentamos un llamado a dedicar nuestro ser a algo desafiante y difícil, pero también cautivador y persuasivo. Y queremos responder a esos llamados no solo porque apelan a lo bueno en nosotros, sino también porque nos revelan que la felicidad llega al entregarnos por causa de algo exigente y heroico. En las “epifanías de reclutamiento” descubrimos que las mejores vidas no se encuentran en la “cómoda sobrevivencia”, sino en las grandes empresas dignas de la donación de nuestras vidas. Los primeros seguidores de Jesús tuvieron una “epifanía de reclutamiento” cuando él los invitó “Venid y ved”. Al igual que los discípulos, en lugar de temer o huir de tales momentos, debiéramos incentivar a los alumnos a abrazar esos instantes y reconocer en ellos una invitación a una diferente —y mucho más prometedora— forma de vida.

 

Pero en última instancia los estudiantes descubrirán en sí mismos un ferviente amor por lo bueno sólo si lo ven manifestado en nosotros. No les haremos atractiva la bondad hablando sobre ella —en interminables predicaciones moralizantes o aburridas. Solo les inspiraremos a buscar y amar el bien cuando vean un celo por lo bueno reflejado en quién somos y lo que hacemos. Los estudiantes necesitan modelos y mentores de la bondad. Necesitan ver lo bueno para poder amar lo bueno. Siempre es así, pero en especial en una cultura de la acedia. Es difícil que sean inflamados del amor por el bien y difícilmente apreciarán su belleza o creerán en su poder si ellos ven en nosotros el mismo retraimiento que les instamos a abandonar. Los jóvenes verán plenamente expuesto el vacío de la acedia, no cuando les instruimos  sobre la bondad, sino cuando la vivimos, y viviéndola les mostramos por qué es el único camino a la felicidad y la realización. El encanto de la bondad los cautivará cuando vean cómo ella ha ampliado y transformado nuestras propias vidas y cuando vean el abundante gozo que puede hallarse en el firme amor y el compromiso exigente. Dicho de otro modo, los ayudamos a derrotar las toxinas de la acidia al atestiguar nuestras vidas. En este respecto, no hay mejor antídoto para la acedia que las comunidades espirituales e iglesias caracterizadas por un fiel discipulado.

 

Virtudes para el viaje

 

Nuestra responsabilidad fundamental en la educación moral de los jóvenes es invitarlos a una forma de vida cuya mejor descripción es una constante exploración en busca del bien con el propósito de volverse bueno. Pero dado que la naturaleza de cualquier búsqueda es ser desafiante, el camino para abandonar la acedia exige que los estudiantes de hoy batallen por adquirir las virtudes. Las virtudes son los hábitos de ser y actuar, y las cualidades del carácter, que nos capacitan para tener éxito en la búsqueda de la bondad. Son las habilidades que necesitamos para lograr la excelencia en la bondad. Todas las virtudes son importantes, pero a la luz de nuestro análisis de la acedia, hay tres que parecen especialmente cruciales: la magnanimidad, el valor, y la amistad.

 

Si la derrota de la acedia tiene como eje la transformación de nuestros deseos y la reorientación de algunas de nuestras ambiciones, entonces es importante que incentivemos a los jóvenes a volverse magnánimos. La magnanimidad es la virtud que nos habitúa en la aspiración a la excelencia. Significa literalmente ser de un “alma grandiosa” o “espíritu grandioso” y las personas magnánimas siempre aspiran a lo mejor, siempre buscan lo verdaderamente excelente y digno de sus vidas, y rehúsan “bajar la mirada” a posibilidades menos prometedoras. Con la magnanimidad nos volvemos personas que rechazan las ambiciones escuálidas y esperanzas mediocres, y en ves de ello centramos nuestras vidas en propósitos, proyectos y objetivos que exigen que entreguemos nuestras vidas por causa de algo noble. La magnanimidad enseña que no encontramos la felicidad mediante la gratificación personal, ni en vidas de relajo y comodidad, tampoco por cierto mediante riquezas, fama o celebridad, sino que se encuentra en arriesgar un amor caro y heroico. De hecho, la persona magnánima sabe que crecemos como humanos en la medida que extendemos nuestro ser por causa de un propósito trascendente. Así, al contrario de la acedia, la virtud de la magnanimidad sugiere que nuestro error fundamental no radica en que esperemos demasiado, sino que nos conformemos con tan poco[10].

 

Este debiera ser un mensaje central y recurrente que se transmita a los jóvenes. Y, más de lo que a veces suponemos, es lo que ellos quieren escuchar. Como sugiere Brian Mahan, a pesar de mostrar todos los signos de la acedia, los estudiantes en realidad “parecen desear algo más profundo, algo más idealista, algo distinto de lo que se les dijo que constituía el éxito al estilo estadounidense”[11]. Ellos quieren creer que las vidas dedicadas al servicio, la compasión, la justicia y la bondad son mejores que vidas centradas continuamente en gratificar los caprichos personales. Ellos desconfían de lo que se les ha enseñado sobre lo que constituye una vida buena y exitosa porque han visto cómo ello lleva en lo moral y lo espiritual a un callejón sin salida. Ellos quieren un desafío de parte nuestra. Quieren de nosotros un llamado a elevar sus miradas hacia las posibilidades más irremontables de que el ser humano dispone. Y nos lo expresen o no, ellos saben que si fracasamos en llamarles a ser magnánimos, les hemos fallado rotundamente.

 

En segundo lugar, no hay salida de la acedia sin valor. El valor nos ayuda a manejar todo aquello en nosotros, en los demás, o en la sociedad, que obstaculiza nuestra persecución de la excelencia moral. No se precisa valor para mantenerse en las triviales concepciones de la vida, porque las narrativas triviales nada requieren de nosotros. No se necesita valor para permanecer fijo en formas de vida que no exigen sacrificio, ni trascendencia de sí mismo, sino cuyos únicos objetivos son complacer y reasegurar la propia persona. Pero las narrativas caracterizadas por el ansia de excelencia moral y espiritual no pueden ser personificadas en ausencia de valor precisamente porque ellas exigen la transformación y trascendencia del propio ser en un fiel y firme amor. La educación de los jóvenes debe incluir la formación en el valor porque sin esta virtud no podemos perseverar en nuestra búsqueda de felicidad y bondad auténticas en medio de la incitación de posibilidades más inmediatamente gratificantes. Con el valor encontramos la necesaria resolución para juzgar las espurias narrativas de la realización humana como las ilusiones que en realidad son, y la resolución para continuar nuestra iniciación en la bondad con esperanza y con gozo.

 

Cuando el teólogo medieval Tomás Aquino escribía sobre la perseverancia, un importante aspecto del valor, decía que aquella nos ayuda a resistir en la persecución de cualquier bien dificultoso[12]. Aquino tenía en mente la perseverancia que se precisa para buscar el reino de Dios y aspirar a una vida de amistad con Dios. Pero la perseverancia es la quintaesencia de cualquier vida magnánima precisamente porque es difícil aspirar a la grandeza en la bondad día tras día. El camino de salida de la acedia y de entrada a la bondad es largo y desafiante, un camino que frecuentemente nos vemos tentados a abandonar. Es por ello que Aquino dijo también, respecto a la perseverancia, que su “actuación debiera continuar a través de la vida”[13]. Él reconocía que nuestro crecimiento en la bondad es siempre un trabajo en progreso, y que no está exento de luchas y dificultades, ni siquiera de momentos de fracaso. Pero con la perseverancia no permitimos que nuestras debilidades, tentaciones, o fracasos nos desvíen o disminuyan nuestro celo por la bondad, no importa cuánto tiempo tarde su consecución.

 

Finalmente, un modo realmente prometedor para derrotar el cinismo y pesimismo que engendra la acedia es a través de la amistad. Esta puede parecer una conclusión extraña porque, aunque podamos apreciar a nuestros amigos, puede que no creamos que sean elementos esenciales para una vida de virtud. Pero consideremos lo que nos ocurre en las mejores relaciones de nuestras vidas. Si la acedia contrae nuestro mundo al volcarnos sobre nosotros mismos, la amistad expande nuestro mundo al llamarnos fuera de nosotros y enseñarnos cómo cuidar de los demás por causa de ellos mismos. En efecto, en lugar de permanecer cautivos de los deprimentes efectos de la acedia, la amistad nos libera al desafiarnos a ver más allá de los enjutos horizontes de la preocupación e interés por uno mismo pidiéndonos que nos identifiquemos con el bien de los demás. La vida corriente de una amistad corriente es moralmente importante porque las cualidades indispensables del carácter —tales como la consideración, la generosidad, la compasión, la paciencia y el perdón— se desarrollan en nosotros en el crisol de la amistad. Si Aristóteles estaba en lo cierto al señalar que nos volvemos buenos al pasar tiempo con personas buenas, entonces no es equivocado enfocar la educación moral de los estudiantes en el desarrollo del tipo de relaciones que él llamó amistades de virtud o carácter.

 

Además, la amistad es importante en la vida moral porque los amigos —y las buenas comunidades— nos ayudan a permanecer enfocados y comprometidos con lo que es mejor para nosotros. Si concebimos la vida moral como una constante ejercitación en la bondad, es fácil imaginar cómo cualquiera de nosotros podría agotarse y desalentarse si el bien que buscamos es difícil de conseguir y nunca está completamente a nuestro alcance. ¿Cómo perseverar cuando el objetivo de la búsqueda continuamente nos elude? Lo hacemos mediante el apoyo, el aliento, el consejo y el compañerismo de los amigos que van en la búsqueda de la bondad con nosotros. No perseveramos estando solos; perseveramos juntos; porque cualquier cosa difícil se aborda más fácilmente cuando otros la comparten con nosotros y, como nosotros, están convencidos de su valor. Así, ayudaremos a los estudiantes a resistir los debilitantes efectos de la acedia cuando modelamos para ellos —y les enseñamos cómo desarrollar— aquella amistad mediante la cual ellos pueden ayudarse unos a otros a permanecer resueltos en buscar las posibilidades más esperanzadoras y excelentes para sus vidas[14].

 

Conclusión

 

Nadie ha sido llamado a volverse rico o poderoso o bello o famoso. Pero todos han sido llamados a ser buenos. La bondad es la salida de la acedia, porque progresar en la bondad y aspirar a lo mejor es la vocación de todo el mundo. Es por esto que la educación debiera ser una empresa moral integral. Debiéramos querer que los jóvenes se conviertan en excelentes estudiantes, alumnos que puedan deslumbrarnos con su conocimiento y experticia. Pero también debiéramos querer que se conviertan en excelentes seres humanos, en jóvenes que también nos deslumbren  con su compromiso con la justicia, su compasión por los demás, y con su incansable devoción por algo superior a ellos mismos. Si la acedia nos agobia, y si los jóvenes son especialmente vulnerables a ella, entonces contribuir a iniciar a los alumnos en una forma de vida que es realmente digna de ellos debiera ser la tarea central de la educación moral en una cultura pluralista. No existe propósito más noble, y ciertamente nada más urgente, que animar a los estudiantes a ver que la excelencia moral y espiritual no es un imposible fuera de su alcance, sino que ello es el objeto mismo por el cual están hechos y mediante el cual sus vidas serán vidas logradas[15].


[1] Copyright del Center for Christian Ethics, Baylor University para el original y la traducción. Traducción de Elvis Castro. Traducido y publicado con autorización del Center for Christian Ethics.

[2] Comúnmente conocida entre los pecados capitales como “pereza”, término que resulta insuficiente para el significado cabal de este vicio, como aquí precisamente es definido (N. del T.).

[3] Un reciente y agudo análisis de la acedia es la obra de Kathleen Norris Acedia and Me: A Marriage, Monks, and a Writer’s Life (La acidia y yo: la vida de un matrimonio, monjes, y una escritora). New York: Riverhead Books, 2008.

[4] Henry Fairlie, The Seven Deadly Sins Today. Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 1979, p. 113.

[5] Brian S. Hook and Russell R. Reno, Heroism & The Christian Life: Reclaiming Excellence (Heroísmo y Vida Cristiana: Recuperación de la Excelencia) Louisville, KY: Westminster John Knox Press, 2000, p. 212.

[6] Ibid., 211.

[7] Ibid., 212.

[8] Cynicism en el original, refiere más claramente que su equivalente castellano a la creencia de que los demás solo actúan por interés personal (N. del T.).

[9] Brian J. Mahan, Forgetting Ourselves on Purpose: Vocation and the Ethics of Ambition (Olvidarse de uno mismo a propósito: vocación y ética de la ambición) San Francisco, CA: Jossey-Bass Publishers, 2002, p. 20.

[10] Sobre este punto, cf. Paul J. Wadell, Happiness and the Christian Moral Life: An Introduction to Christian Ethics (Felicidad y la vida moral Cristiana: introducción a la ética Cristiana) Lanham, MD: Rowman & Littlefield Publishers, 2008, p. 57.

[11] Mahan, Forgetting Ourselves on Purpose, p. 30.

[12] Tomás Aquino, Suma Teológica, II-II, Q 137, A 1.

[13] Ibid.

[14] Wadell, Happiness and the Christian Moral Life, pp. 29-34.

[15] Una versión más extensa y levemente distinta de este ensayo apareció con el título “Rastreo a las toxinas de la acidia: replanteamiento de la educación moral” en Douglas V. Henry y Michael D. Beaty, edit., The Schooled Heart: Moral Formation in American Higher Education (El corazón instruído: formación moral en la educación superior estadounidense), Waco, TX: Baylor University Press, 2007, pp. 133-153.

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