Estudios Evangélicos

¡Bienvenidos!

#

El clero y los laicos en la Iglesia Ortodoxa

*El presente artículo es una traducción del inglés. El texto original fue publicado en 1959 en la revista Orthodox Life por la editorial del Seminario Ortodoxo de San Vladimir en Nueva York. Alexander Schmemann, protopresbítero, fue profesor y rector de este seminario durante muchos años. A través de sus publicaciones teológicas y prédicas en la radio, se hizo conocido y muy querido en todo el mundo, no solo el ortodoxo.

Un asunto urgente

En nuestra iglesia aquí en EE.UU., nadie negaría que el tema del clero y los laicos sea tanto urgente como confuso. Es urgente porque el progreso de la iglesia es a menudo impedido por la desconfianza, los conflictos, los malos entendidos y las frustraciones. Es confuso porque no ha habido ninguna discusión constructiva y sincera, ningún intento real de entender el tema a la luz de nuestra fe y nuestra situación. Es realmente una paradoja porque desde ambos lados viene la misma queja: tanto los sacerdotes como los laicos proclaman que sus derechos respectivos son negados y sus responsabilidades y posibilidades de acción son limitadas. Si el sacerdote habla a veces de las “tiranías” del laico, éste denuncia el “mandonismo” del sacerdote. ¿Quién tiene la razón? ¿Y debemos continuar en esta frustrante “guerra civil” cuando necesitamos unidad y la movilización total de nuestros recursos para resistir el desafío del mundo moderno, cuando los católicos y los protestantes nos sobrepasan en 150 a 1, las generaciones nuevas tiemblan en su apego a la Ortodoxía y debemos contar con cada uno para las tareas gigantescas que enfrentamos? Nos llamamos ortodoxos; es decir, los de la fe verdadera. Entonces deberíamos poder encontrar en esta fe verdadera los principios guiadores y las soluciones a todos nuestros problemas…

Este no es nada más que un intento de aclarar el tema a discutir. Aunque está escrito por un sacerdote, su propósito no es “tomar un lado”, porque creo que no hay ningún lado a tomar, sino un malentendido a disipar. Por supuesto, este malentendido tiene raíces profundas en la situación actual sin precedentes que tenemos que vivir como ortodoxos. No se puede aclarar con meras citas de los cánones y textos antiguos. Sin embargo, sigue siendo un malentendido. Eso es lo que debe entender toda la gente de fe. Solo se requiere poner honestamente los intereses de nuestra iglesia antes de nuestros propios gustos y disgustos, superar nuestras inhibiciones y respirar el aire puro de la maravillosa y gloriosa fe que es la nuestra.

Una aclaración de términos

Aunque parezca raro, una de las mayores fuentes del malentendido es terminológica. Los términos clero y laico se usan siempre, pero sin una comprensión clara de su significado correcto—es decir, ortodoxo. La gente no se da cuenta de que entre el significado ortodoxo y el actual, que encontramos, por ejemplo, en el diccionario de Webster, existe una diferencia bastante radical. Debemos comenzar entonces devolviendo a los términos que usamos su significado verdadero.

En Webster, laico se define como:
“de o perteneciente a los laicos como distinto del clero” o
“no ser parte de una profesión en particular”.

En cuanto al clero, la definición es la siguiente:
“en la iglesia cristiana, el cuerpo de hombres ordenados al servicio de Dios, el ministerio”.

Ambas definiciones implican, en primer lugar, una oposición: los laicos se distinguen de los clérigos y viceversa. Implican también, en el caso de los laicos, una negación. Un laico es alguien sin estatus particular (sin profesión particular). Estas definiciones, que son aceptadas en prácticamente todos los idiomas occidentales, reflejan un trasfondo histórico-religioso específicamente occidental. Están enraizadas en los grandes conflictos medievales que pusieron el poder espiritual en contra del secular, la Iglesia en contra del estado. No obstante, no tienen nada que ver con el uso cristiano inicial de ambos términos, lo cual es la única norma para la Iglesia Ortodoxa.

El significado de laico

La palabra laico o lego viene del griego laós, que significa pueblo. Laikós es el que pertenece al pueblo, miembro de una comunidad orgánica y organizada. En otras palabras, no es un término negativo, sino altamente positivo. Implica una membresía plena, responsable y activa en oposición, por ejemplo, al estatus de candidato. Pero el uso cristiano hizo este término más positivo aún. En la traducción griega del Antiguo Testamento, la palabra laós se aplica normalmente al Pueblo de Dios, Israel, el pueblo elegido y santificado por Dios mismo como su pueblo. Este concepto del pueblo de Dios es central en la Biblia. Se afirma que Dios ha elegido a un solo pueblo entre varios para ser su herramienta particular en la historia, para cumplir su plan, para preparar, sobre todo, la venida de Cristo, el Salvador del mundo. Con este único pueblo Dios ha entrado en una alianza, un pacto o acuerdo de pertenencia mutua. Sin embargo, el Antiguo Testamento es solo la preparación para el Nuevo. En Cristo, los privilegios y la elección del pueblo de Dios se extienden a todos quienes creen en Él y lo aceptan como Dios y Salvador. Por ende, la Iglesia, la comunidad de los que creen en Cristo, se vuelve el verdadero Pueblo de Dios, el laós, y cada cristiano un laikós, un miembro de ese pueblo.

El laico, por lo tanto, es el que comparte la elección divina y recibe de Dios un don especial y el privilegio de la membresía. Es una vocación altamente positiva, radicalmente distinta de la que encontramos en Webster. Podemos decir que según nuestra enseñanza ortodoxa, cada cristiano, sea obispo, sacerdote, diácono o solo miembro de la Iglesia, es primero que todo un laico, porque no es un término negativo o parcial, sino global; es nuestra vocación común. Antes de cualquier cosa específica, somos todos laicos porque en eso consiste la Iglesia—la gente, la familia o la comunidad elegida y establecida por Cristo mismo.

El laico es ordenado

Solemos pensar en la ordenación precisamente como la marca distintiva del clero. Ellos son los ordenados y los laicos son los cristianos no ordenados. Pero aquí, nuevamente, la Ortodoxía se distingue del clericalismo occidental, sea católico romano o protestante. Si ordenar significa principalmente otorgar los dones del Espíritu Santo para que logremos nuestra vocación como cristianos y miembros de la Iglesia, cada laico se vuelve tal—laikós—a través de la ordenación. Lo encontramos en el Sacramento de la Santa Crismación, que sigue al Bautizo. ¿Por qué hay dos sacramentos para entrar en la Iglesia y no uno solo? Porque si el Bautismo restaura nuestra verdadera naturaleza humana, oscurecida por el pecado, la Crismación nos da el poder y la gracia de ser cristianos, de actuar como cristianos, de construir juntos la Iglesia de Dios y ser participantes responsables en la vida de la Iglesia. En este sacramento, rezamos para que los recién bautizados sean:

“miembros honorables de la Iglesia de Dios”,
“vasos consagrados”,
“hijos de la luz”,
“herederos del reino de Dios”,
y que “guardando el don del Espíritu Santo, aumentando la medida de la gracia dada a ellos, obtengan el premio del llamado supremo y sean contados con los primogénitos inscritos en los cielos”.

Estamos muy lejos de la aburrida definición de Webster. San Pablo llama a todos los cristianos bautizados “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Ef. 2:19). “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos…en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (2:19, 21-22).

El laico en la liturgia

Pensamos en el culto como una esfera de actividad específicamente clerical. El sacerdote celebra, los laicos asisten. Uno es activo y el otro pasivo. Es otro error y uno bastante grave. El término griego para el culto es leitourguía, que significa precisamente una acción colectiva, común y global en la que todos los presentes son participantes activos. Todas las oraciones en la Iglesia Ortodoxa se escriben en el plural nosotros. Ofrecemos, oramos, agradecemos, adoramos, entramos, ascendimos y recibimos. El laico es en un sentido muy directo el co-celebrante del sacerdote; éste ofrece a Dios las oraciones de la Iglesia representando a todo el pueblo, hablando por él. Podría ser útil un ejemplo de esta co-celebración: la palabra amén, a la que estamos tan acostumbrados que realmente no le prestamos mucha atención. Pero es una palabra crucial. No se hace ninguna oración, sacrificio o bendición en la Iglesia sin el amén, que significa aprobación, acuerdo y participación. Decir amén a algo significa que lo hago mío, doy mi consentimiento…Y amén es realmente la Palabra de los laicos en la Iglesia. Expresa su función como el Pueblo de Dios, que libre y alegremente acepta la ofrenda divina. No hay realmente ningún culto, ninguna liturgia, sin el amén de quienes han sido ordenados para servir a Dios como comunidad, como Iglesia.

Por ende, cualquier oficio litúrgico que consideremos, vemos que siempre sigue el patrón del diálogo, la cooperación y la colaboración entre el celebrante y la congregación. Es verdaderamente una acción común (leitourguía) en la cual la participación responsable de todos es indispensable, porque mediante ella la Iglesia, el Pueblo de Dios, cumple su propósito.

El lugar del clero

Este concepto ortodoxo del laico revela el significado y la función verdaderos del clero. En la Iglesia Ortodoxa, el clero no está sobre los laicos o en oposición a ellos. En primer lugar, por más raro que parezca, el significado básico del término clero está muy cercano al de laico. Clero viene del latín clerus, que significa parte de Dios. El clero se refiere a esa parte de la humanidad que le pertenece a Dios, ha aceptado su llamado y se ha dedicado a Él. Según este significado inicial, toda la Iglesia se describe como clero: la parte o herencia de Dios. “Salva, oh Señor, a tu pueblo y bendice a tu heredad” (en griego, kleronomía). Puesto que la Iglesia es el Pueblo de Dios (los laicos), es su parte, su herencia.

Pero gradualmente, el término clero se limitó a los que llevaban a cabo un ministerio especial dentro del Pueblo de Dios, que eran separados para servir en nombre de toda la comunidad. Porque desde el inicio, el Pueblo de Dios no era amorfo, sino que recibió de Cristo mismo una estructura, un orden, una forma jerárquica:
“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros…¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Todos maestros?” (1 Cor. 12:27-29).

Históricamente, la Iglesia se construyó sobre la base de los apóstoles, a quienes eligió Cristo mismo. Los apóstoles nuevamente eligieron a sus propios ayudantes y sucesores, de modo que a lo largo de todo el desarrollo ininterrumpido de la Iglesia, ha permanecido la continuidad de esta elección divina.

Por eso, el clero se necesita para transformar a la Iglesia en lo que tiene que ser: el Pueblo o Parte de Dios. Su función especial es perpetuar dentro de la Iglesia eso que no depende de los hombres: la Gracia de Dios, la enseñanza de Dios, los mandamientos de Dios y el poder salvífico y sanador de Dios. Enfatizamos el adjetivo “de Dios” porque todo el significado de clero radica precisamente en su identificación total con la enseñanza objetiva de la Iglesia. No es la enseñanza o el poder de ellos: no tienen ninguno salvo el que se ha mantenido en la Iglesia desde los apóstoles hasta nuestro propio tiempo y que constituye la esencia de la Iglesia. El sacerdote tiene el poder de enseñar, pero solo en la medida en que enseña la Tradición de la Iglesia y es completamente obediente a ella. Tiene el poder de celebrar, pero, de nuevo, solo en la medida en que cumple el sacerdocio eterno de Cristo mismo. Es regido total y exclusivamente por la Verdad que representa y por ende, nunca puede hablar o mandar en su propio nombre.

En su crítica al clero, nuestro pueblo teme un poder clerical excesivo, pero a menudo no se da cuenta de que el sacerdote no representa nada más que el poder de la Iglesia de la cual ellos son miembros y ningún poder clerical específico. Porque está claro para todos que la Iglesia existía antes de que naciéramos y siempre ha existido como un cuerpo de doctrina, orden, liturgia, etc. No nos atañe cambiar la Iglesia o hacerla seguir nuestros propios gustos por la simple razón de que pertenecemos a la Iglesia, pero ella no nos pertenece. Dios nos ha aceptado con misericordia en su casa y nos ha hecho dignos de su Cuerpo y Sangre, de su revelación, de comunión con Él. Y el clero representa esta continuidad, esta coherencia de la Iglesia en su vida, doctrina y gracia a lo largo del espacio y el tiempo. Los clérigos enseñan la misma enseñanza eterna, nos llevan al mismo Cristo eterno, anuncian el mismo acto salvífico eterno de Dios.

Sin esta estructura jerárquica, la Iglesia se volvería una organización puramente humana, reflejando las ideas, decisiones y gustos humanos. Dejaría de ser la Institución Divina, el don de Dios a nosotros. Entonces los laicos dejarían de serlo (el Pueblo de Dios); no habría ningún amén para decir porque donde no hay don, no puede haber aceptación…El misterio de las Órdenes Santas en la Iglesia es lo que la hace real y plenamente el Laós, los laicos, el pueblo verdadero de Dios.

La base para la unidad y la cooperación

La conclusión está clara: no hay ninguna oposición entre el clero y los laicos en la Iglesia. Ambos son esenciales. La Iglesia como totalidad es tanto laica como herencia, el clero de Dios. Y para que lo pueda ser, debe existir en ella una distinción de funciones, de ministerios que se completan unos a otros. Los clérigos son ordenados para convertir la Iglesia en el don de Dios: la manifestación y comunicación de su verdad, gracia y salvación a los hombres. Es su función sagrada y la cumplen solo en obediencia total a Dios. Los laicos son ordenados para convertir la Iglesia en la aceptación de ese don, el amén de la humanidad a Dios. Igualmente, pueden cumplir su función solo en obediencia completa a Dios. Esta misma obediencia a Dios y la Iglesia establece la armonía entre el clero y los laicos, haciéndolos un solo cuerpo que crece hacia la plenitud de Cristo.

Algunos errores a rechazar

Esta verdad simple y ortodoxa es a menudo oscurecida por algunas ideas que hemos aceptado voluntaria o involuntariamente del ambiente en el que vivimos.

1. Una aplicación poco crítica de la idea de democracia a la Iglesia. La democracia es el ideal más noble de la comunidad humana. Pero en su esencia misma no se aplica a la Iglesia por la simple razón de que ésta no es una mera comunidad humana. No es gobernada “por y para el pueblo”, sino por Dios y para el cumplimiento de su reino. Su estructura, dogma, liturgia y ética no dependen de ningún voto mayoritario porque todos estos elementos fueron dados y definidos por Dios. Tanto el clero como los laicos deben aceptarlos con obediencia y humildad.

2. Una idea falsa sobre el clericalismo como un poder absoluto del cual el sacerdote no necesita rendir cuentas. De hecho, en la Iglesia Ortodoxa, el sacerdote debe estar dispuesto a explicar cada opinión, decisión o afirmación, a justificarlos no solo formalmente al referirse a un canon o regla, sino también espiritualmente como algo verdadero y salvífico que está de acuerdo con la voluntad de Dios. De nuevo, si todos nosotros, tanto laicos como clérigos, somos obedientes a Dios, esa obediencia es libre y requiere nuestra aceptación: “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15) y “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (8:32). En la Iglesia Ortodoxa, la preservación de la verdad, el bienestar de la Iglesia, la misión, la filantropía, etc. son la preocupación común de toda la Iglesia, y todos los cristianos son colectivamente responsables por la vida de la Iglesia. No hay ni obediencia ciega ni democracia, sino una aceptación libre y alegre de lo que es verdadero, noble y constructivo, lo que conduce al amor divino y la salvación.

3. Una idea falsa sobre la propiedad eclesial: “es nuestra iglesia porque nosotros la hemos comprado o construido”. No, nunca es nuestra iglesia porque la hemos dedicado o dado a Dios. No es propiedad ni del clero ni de los laicos, sino que es la sagrada propiedad de Dios mismo. Él es el propietario verdadero, y si podemos o debemos tomar decisiones sobre ella, deben cumplir con su voluntad. Aquí nuevamente tanto el clero como los laicos deben tener iniciativa y responsabilidad al buscar la voluntad de Dios. Lo mismo se aplica al dinero, las casas y todo lo que “pertenece a la Iglesia”.

4. Una idea falsa sobre el salario sacerdotal: “nosotros le pagamos”. No, el sacerdote no puede ser pagado por su trabajo porque nadie puede comprar la gracia o la salvación, y el trabajo del sacerdote es comunicar la gracia y trabajar por la salvación del hombre. El dinero que recibe de la Iglesia (i.e. del Pueblo de Dios y no de “nosotros”, los empleadores de un empleado) es para librarlo para el trabajo de Dios. Y él, siendo también miembro de la Iglesia, no puede ser un “contratado”, sino un participante responsable en las decisiones sobre el mejor uso del dinero eclesial.

5. Una oposición falsa entre las áreas espirituales y materiales de la vida eclesial: “que el cura se encargue de lo espiritual y nosotros, los laicos, cuidaremos lo material”. Creemos en la Encarnación del Hijo de Dios. Él se hizo material para espiritualizar toda la materia, para hacer todas las cosas espiritualmente significativas, relacionadas a Dios…Todo lo que hacemos en la Iglesia es siempre tanto espiritual como material. Construimos una Iglesia material, pero su meta es espiritual; ¿cómo se puede aislar una de otra? Recaudamos dinero, pero para usarlo por el bien de Cristo. Organizamos banquetes, pero si están relacionados con la Iglesia, su meta, sea cual sea, también es espiritual y no puede abstraerse de la fe, la esperanza y el amor, por los que existe la Iglesia. De otra forma, dejaría de ser “un evento de la Iglesia” porque no tendría nada que ver con ella. Por ende, oponer lo espiritual a lo material, pensar que pueden ser separados, no es ortodoxo. En todo lo que concierne a la Iglesia, siempre es necesaria la participación tanto del clero como de los laicos; es necesario que actúe todo el Pueblo de Dios.

Conclusión

Se han cometido muchos errores en ambos lados; olvidémoslos. En cambio, intentemos encontrar y hacer nuestra la verdad de la Iglesia. Es simple, maravillosa y constructiva. Nos libra de todos los miedos, amarguras e inhibiciones. Y trabajaremos juntos, en la unidad de la fe y el amor, para realizar el Reino de Dios.
Hágase tu voluntad. No la nuestra.

Traducción de Katia Shtefan.

Suscríbete al newsletter:



Cuéntale a tus amigos: