Estudios Evangélicos

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El desafío de la vocación en la enseñanza de la ingeniería

El llamamiento involucra a y se aplica en todas las facetas de la vida, sea cual sea la naturaleza de un trabajo asalariado, o la ausencia del mismo.

1. El desafío de la vocación en la sociedad[1]

Una búsqueda reciente de la palabra vocación en el buscador de Yahoo!, generó como resultado una larga lista de sitios web que con abrumadora preponderancia podrían dividirse en dos categorías: aquellos que se asocian a carreras del ministerio cristiano o relacionadas con ocupaciones eclesiásticas, y aquellas que se refieren a la educación, ya sea se desarrollen en universidades de perfil técnico, o bien en instituciones de educación superior “vocacionales”. Esta anécdota sirve para subrayar que el significado del concepto vocación se encuentra completamente restringido en la conciencia popular. Así, el uso del término está ampliamente confinado a describir, en las palabras del diccionario Webster1[2], “una entrada al sacerdocio o a una orden religiosa”, o “el trabajo en que una persona está regularmente empleada”, particularmente en cuanto se refiere a una habilidad que puede ser comercializada en el mercado laboral.

Sin embargo, estos significados contemporáneos, no son más que vestigios de una antigua concepción mucho más rica de la palabra vocación. Para los cristianos, esta concepción se refiere a un llamado divino, o bien al llamamiento a vivir una vida de propósito trascendente – a usar uno de los distintos dones en el servicio cristiano y en la administración de la creación de Dios. Esta visión surge con mayor fuerza desde la Reforma protestante (al mismo tiempo podría decirse que tiene un tono más ascético y menos altruista que el que invocamos aquí). El llamamiento involucra a y se aplica en todas las facetas de la vida, sea cual sea la naturaleza de un trabajo asalariado, o la ausencia del mismo. Pero en referencia a la ocupación en la que uno se desempeña, una interpretación moderna de esta idea cristiana de la vocación indica que “trabajo consiste en tomar un lugar social para el ejercicio responsable de un rango significativo de los talentos humanos y las habilidades empleadas en el servicio a nuestros prójimos”[3].

Seguramente la mayoría de los cristianos, después de pensarlo bien, adoptarían los principios centrales contenidos en esta concepción de vocación. Sin embargo, lo anterior exige la disección del significado vernáculo de la palabra –y de ahí la conciencia diaria– que es indicativa de una profunda e inoportuna realidad de la cultura humana: la amplia disociación del mundo laboral y la vida espiritual. O, puesto de otra forma, para la mentalidad actual mezclar coherentemente el mundo laboral con la vida espiritual pareciera una situación reservada para aquellos individuos, clérigos y otros, que tienen una ocupación primaria centrada en la organización de la iglesia. Para el resto, el trabajo es  simplemente el medio para satisfacer sus necesidades personales, lo que lo reduce a una forma de materialismo. George Hunter sitúa como es debido, a la iglesia misma como parte de este problema. Citando a Dorothy Sayers, Hunter escribe que

la iglesia está sumamente equivocada al momento de entender y respetar la vocación secular. Ella ha permitido que el trabajo y la vocación se mantengan en departamentos separados, y se encuentra estupefacta al encontrar que, como resultado de lo anterior, el trabajo secular del mundo se ha inclinado hacia fines puramente egoístas y destructivos, llegando a ser irreligiosos, o al menos desinteresados por la religión[4].

En un nivel básico, satisfacer las necesidades personales significa proveer para las necesidades concretas de la subsistencia diaria, tanto para sí mismo como para la familia. En un nivel más alto, el trabajo permite al individuo avanzar hacia sus ambiciones más abstractas en términos de plenitud sicológica y material. Esto no quiere decir que la satisfacción de las necesidades sea incompatible con el concepto cristiano de vocación; de hecho uno podría argumentar que el trabajo, en esta forma más alta, es la ocupación en la que uno cree estar encarnando un llamado divino al servicio de los demás, el cual maximiza el uso de los dones y talentos, provee confortablemente para las necesidades de uno mismo y su familia, y provee la satisfacción de las aspiraciones tanto mentales como emocionales. Ciertamente, en el preciso instante en que el trabajo es visto únicamente en función de su capacidad para satisfacer las necesidades personales, y no se relaciona con el mundo espiritual y la vida en comunidad, el concepto cristiano de vocación queda abandonado. Es posible generar un argumento fuerte en el sentido de que a pesar de cualquier éxito material aparente al perseguir una ambición personal a través del trabajo, dicho éxito está destinado a estar vacío y finalmente será frustrante, porque si éste fue alcanzado sin considerar la verdad fundamental que indica que todo lo que hacemos debiera estar dedicado a la gloria de Dios a través de nuestro servicio al prójimo, tendrá un valor intrínsecamente bajo.

De hecho, más allá del vacío y la frustración, perseguir un logro mediante el trabajo, sin pensar en los intereses de los demás, puede ser la ruina para todos. Al momento de este escrito, las consecuencias desastrosas de la avaricia, efectivamente elevada por algunos al estado de “ética” profesional, han sido tristemente enfatizadas por las revelaciones públicas de malas conductas de parte de los ejecutivos de importantes empresas y la expulsión de un congresista norteamericano condenado por malutilizar su oficina para fines particulares. Los anteriores son sólo dos ejemplos de esta situación. Sin embargo, uno debe ser cuidadoso de no ver este tipo de eventos y las actitudes que los fomentan como desarrollos recientes. No debemos ser excesivamente románticos al imaginar una época histórica donde los preceptos de la vocación fueron universalmente practicados. Aunque aquí estamos haciendo un llamado a reanimar un significado histórico que ya no se practica, es necesario destacar que este significado nunca careció de adversidades, incluso cuando era más ampliamente conocido. A comienzos del siglo XX, Max Weber escribió que

la idea del deber en el llamado personal ronda en torno a nuestras vidas como el fantasma de la muerte en las creencias religiosas. Donde el cumplimiento del llamado no puede relacionarse directamente a los más altos valores culturales y espirituales, o cuando, por otro lado, no es necesario sentirlo simplemente como una compulsión económica, la individualidad generalmente abandona el intento de justificarlo del todo. En el campo de sus más altos desarrollos, en Estados Unidos la búsqueda de la salud, desnuda de su compromiso ético y religioso, tiende a terminar asociada con pasiones puramente mundanas, que a menudo terminan por darle más bien un carácter deportivo[5].

Medio siglo antes, a propósito de la búsqueda de la prosperidad, Tocqueville escribió que

Hay una estrecha conexión entre la mejora del alma y la mejora de las condiciones físicas. Un hombre puede intentar mejorar ambas separadamente, y concentrar su atención en cada una a la vez. Sin embargo, no podrá separarlas totalmente sin perder ambas totalmente de vista[6].

Este es el quid del asunto: la más grande amenaza a la vocación como un ideal es simplemente perderla de vista, pues uno no puede aspirar a alcanzar un objetivo que no reconoce. Lo anterior es un desafío fundamental para los cristianos en la sociedad, y usar las palabras de Lee Hardy nos ayuda a “revitalizar el concepto del trabajo como vocación –o llamado– al menos dentro de la manifestación de la comunidad cristiana, donde debiera tener alguna fuerza”[7]. Pero mientras renovar el sentido de la vocación dentro de la comunidad cristiana es un inicio, esto no puede ser el final. Las semillas de la vocación se encuentran al interior de todas las personas, y también dentro de todas las tradiciones. El Dalai Lama, por ejemplo, enseña que

La obra de una persona trabajando en la más humilde de las ocupaciones, no es menos relevante para el bienestar de la sociedad que aquella realizada por un doctor un profesor o un monje. El esfuerzo de todos los seres humanos es potencialmente grande y noble. En la medida que realizamos nuestro trabajo con la motivación correcta, pensando que, ‘mi trabajo es para los demás’, éste será de beneficio para todo el resto de la comunidad[8].

Thomas Jefferson creía que si consideramos que Dios intentó fundar una sociedad humana, entonces necesariamente Él dotó a todos los seres humanos con un sentido moral innato, que se presenta en todos los asuntos humanos, puesto que “la esencia de la virtud está en hacer el bien a los demás”[9].Los cristianos debieran liderar las acciones para impulsar y modelar esta noción de trabajo como servicio a los demás como un principio fundamental para la vida, que trasciende todas las fronteras culturales y religiosas. Doug Sherman y William Hendricks destacaron que todo trabajo legítimo es inherentemente bueno al margen de quien lo realiza, por cuanto somos espejos de Dios –el máximo Creador y Trabajador– y porque nuestro trabajo es una extensión de la obra de Dios en el mundo. “Este hecho es cierto para cristianos y no cristianos también. Estos últimos también participan de la obra de Dios y trabajarían para ella, puesto que el trabajo tiene un valor inherente”[10].

 

2. El desafío de la vocación en la universidad

 

La sala de clases es potencialmente un lugar poderoso para infundir a los jóvenes un sentido de la vocación como guía de principios en sus vidas, y esto incumbe aún más a los educadores cristianos que deben hacer uso de dicha oportunidad. Enseñar es, como Sherman y Hendricks indican, una “profesión de ayuda”, que se caracteriza por cultivar primeramente la “vida interior”[11]. Así, estas profesiones están en una posición única al momento de influenciar positivamente los valores humanos. Sin embargo, es necesario enfrentarse con adversarios complejos dentro del proyecto de la universidad moderna. No son exclusivos del ámbito universitario, sino que las reflexiones acerca de ellos pueden extrapolarse a la sociedad en su conjunto. Sin embargo, estos adversarios se presentan con particular claridad en el mundo universitario. Una variedad de taxonomías pueden ser utilizadas para organizarlos y clasificarlos, pero pueden ser resumidos en tres conceptos interrelacionados: profesionalismo, desarrollo de carrera e individualismo.

El debate acerca del propósito, significado y el contenido de la educación universitaria tiene una historia larga y apasionada, que no necesita volver a ser revisada en este texto. Basta decir que las preguntas centrales de estos debates son “¿Cuál fue, es y debe ser la definición de una educación liberal?” y “¿El modelo de educación liberal es un modelo relevante para la realidad actual”? La postura frente a estas interrogantes, en las cuales el término liberal se relaciona con las artes liberales más que con el liberalismo, está generalmente alineada con el crecimiento del profesionalismo dentro de la universidad moderna. Comúnmente, el profesionalismo no sólo indica el crecimiento de las también llamadas escuelas profesionales y disciplinas profesionales dentro de la universidad, sino más generalmente la tendencia de todas las disciplinas, incluyendo las artes liberales tradicionales y las humanidades, a desarrollar marcados límites entre las distintas disciplinas, dentro de los cuales profesores y estudiantes persiguen estudios altamente especializados.

Esta tendencia ha sido quizás un resultado inevitable de la explosión de nuevas disciplinas y del desarrollo del conocimiento dentro de éstas, así como de la dificultad propia de cada individuo para adquirir y mantener conocimiento experto dentro de un campo, y aún menos dentro de diversos campos de estudio. El mayor beneficio social del profesionalismo ha sido la proliferación de expertise; a través de los esfuerzos de las disciplinas altamente especializadas, han sido provistas soluciones para problemas muy específicos planteados por la sociedad, particularmente en las áreas técnicas. La estructura que ha mantenido separadas a las distintas disciplinas también genera muchas ventajas burocráticas para la universidad y sus estamentos constitutivos, por ejemplo abriendo claras posibilidades en la organización de cursos de estudio avanzado y especialista, que terminan siendo convenientes tanto para los estudiantes como para sus futuros empleadores.

¿Pero cuáles son los costos sociales del profesionalismo llevado a un extremo? Para algunos, el profesionalismo promueve un concomitante carrerismo entre los estudiantes. En otros términos, “el profesionalismo ha tendido a cambiar los intereses de los estudiantes, desde luchar por alcanzar una profesión, hacia enfocarse estrictamente en estudiar para prontamente encontrar un trabajo”[12].

 

De acuerdo a lo que indica Zachary Karabell[13]“en contrate con los estudiantes de los 60, quienes después de reconocer sus objetivos rutinariamente respondieron que ellos querían construir un mundo mejor, los estudiantes de hoy están más dispuestos a decir que sus objetivos son el trabajo, el trabajo y el trabajo. En una reciente investigación, el 75% de los estudiantes universitarios indicaron que llegar a ser económicamente acomodados era su objetivo primario”, mientras que sólo el 40% “espera encontrar en sus años universitarios una filosofía de vida coherente”. Ciertamente existe una sinergia entre la universidad y la sociedad que sostiene y acelera esta tendencia. Con el objeto de competir por los mejores estudiantes, las universidades promueven la cantidad y calidad de sus cursos especializados. ¿Por qué es esto necesario para competir? Estas ofertas en las más diversas disciplinas son calificadas y rankeadas en distintas publicaciones como el U.S. News and World Report y por un número importante de otras guías universitarias y rankings. Sumado a lo anterior, varias entidades gubernamentales, de negocios y medios masivos, evalúan posiciones y carreras respecto a indicadores tales como ingresos, estabilidad, calidad de vida laboral, y demanda actual y futura de profesionales; proyecciones que también se realizan sobre disciplinas y carreras emergentes. Esta información, tanto de las universidades como de los mercados laborales, conduce las expectativas del público hacia una educación lo más especializada posible, la que a su vez dirige a las universidades a atender estas expectativas para atraer nuevos estudiantes. También en esta mezcla entre diversos actores, precisamente en aquella relación donde intervienen las instituciones públicas, se suman las expectativas que recaen sobre las universidades para apoyar el desarrollo económico del país, lo que significa, entre otras cosas, la provisión de profesionales que ocupen posiciones particularmente importantes para el desarrollo de los planes económicos del país. El resumen de lo anterior es que la “educación es cada vez más un entrenamiento vocacional y el aprendizaje de una herramienta, más que la búsqueda de la iluminación personal”[14],usándose aquóvocacional en la más débil de sus acepciones.

Además de la promoción de este carrerismo entre los estudiantes, que tiene una directa y obvia relación negativa con la posibilidad de desarrollar un sentido vocacional en los alumnos, el profesionalismo tiene una serie de efectos más sutiles. Tal como describe Frank Rhodes[15],éstos incluyen un cambio en “la lealtad de los profesores fuera de la universidad” y respecto a las disciplinas, genera una disminución de “lo que alguna vez fue un concepto compartido del bienestar del estudiante como individuo, reflejado en un rol ‘pastoral’ de los profesores”, además de una “pérdida de un implícito conjunto de supuestos morales que proveían de un marco educacional a la malla curricular”. El efecto total de estos factores interactuando, hace que la universidad haya sufrido una completa pérdida del concepto de comunidad, y así se ha vuelto incapaz de entregar los principios básicos que se pudieran convirtir en la piedra angular de la educación de los alumnos. O, en los términos más directos de Allan Bloom,

la mayoría de los profesores son especialistas, concentrados únicamente en sus campos de estudio, interesados en el avance continuo dentro de sus campos según sus propios términos, o en el avance personal dentro de un mundo académico, donde todas las recompensas están del lado del reconocimiento profesional… Así, los alumnos deben navegar entre una gama de grandes atracciones publicitarias, que tratan de capturarlos para que ingresen a un show en particular. Esta indefinición de los alumnos, es una vergüenza para la mayoría de las universidades, porque parece estar diciendo, ‘Soy un ser humano completo. Ayúdeme a formarme en mi contexto completo y déjenme desarrollar mi real potencial.’ Sin embargo, ese alumno es uno de los que no tienen nada que decir[16].

Esta pérdida de comunidad y el relajo de los supuestos morales fundacionales que sostienen la malla académica, dan paso al individualismo. Los estudiantes no perciben, y quizás por buenas razones, que son parte de una comunidad abocada a una empresa en común. Los alumnos ven la educación como un producto masivo y la universidad como un vendedor, y así ellos se convierten en un consumidor individual, que busca y elige entre las disímiles ofertas que se le presentan para entregar credenciales en las más diversas carreras. Y lo anterior ocurre en un escenario competitivo, donde otros consumidores están viendo las mismas oportunidades. Así, lo que está perdiéndose es la oportunidad de realizar una discusión unificada de aquellas cosas que mantienen unidas a las disciplinas, los alumnos, los profesores y la sociedad en un todo común; se han perdido los mecanismos y la voluntad de generar un modelo educacional –a pesar de las disciplinas, y de manera importante, para cada disciplina– a la luz de las preguntas fundamentales acerca de los ideales de verdad, justicia, libertad, o en el presente caso, de la vocación. “Sin una comunidad, el conocimiento se transforma en algo idiosincrático”[17].Cada alumno que está aprendiendo tomará de lo aprendido aquella parte que le permita de mejor forma, alcanzar sus propios fines. Y es la actitud de qué significa esto para mí la que nos conduce al lugar de trabajo. Weber postula un inhóspito futuro caracterizado por una sociedad donde “en la última etapa de este desarrollo cultural, será posible decir que ‘los especialistas sin espíritu, hedonistas sin corazón, no podrán imaginar cómo son sus avances los que nos han llevado a un nivel de civilización nunca antes alcanzado’”[18].

En general, el profesionalismo y el cuidado de la estructura organizacional universitaria promueven y han promovido el que prevalezcan prácticas culturales que se oponen al típico modelo universitario que sirve como un medio coherente, a través del cual un sentido de vocación es instituido en los alumnos, para que sirva de herramienta al momento de resistirse al carrerismo y al individualismo. Por cierto, una institución particular, mediante la fuerza de una misión bien enfocada, en la que los profesores estén colectivamente dedicados, puede convertirse en una excepción a esta generalización. Los candidatos más probables a formar parte de estas excepciones a la regla son pequeñas instituciones privadas, particularmente aquellas con afiliaciones religiosas potentes, o bien aquellas fundadas en una clara y única carta de navegación. Para la mayoría de las instituciones, cualquier exposición de un alumno al concepto más profundo de la vocación vendrá probablemente de una condición individual que decidió abrazar, y se conformarán de esa forma, creyendo que están ayudando a promover dicha concepción.

3. El desafío de la vocación en la enseñanza de la ingeniería

El problema del profesionalismo está particularmente arraigado en las también llamadas disciplinas profesionales, donde las necesidades curriculares dentro de la malla son altas. En Ingeniería, tres de cada cuatro cursos es de una alta especialización técnica en temas de matemáticas y ciencias básicas. Una fracción de los cursos restantes está dedicada a lenguaje técnico e ingeniería económica, que si bien no son tan técnicos, están diseñados para apoyar específicamente el ejercicio profesional. Queda bastante poco tiempo para estudiar aquellos temas que permitan ampliar los horizontes de los alumnos y los detalles de las profesiones elegidas, que integran distintos tipos de conocimiento, y permiten construir una comunidad mejor interconectada con otras disciplinas, además de capacitar a los alumnos con un contexto amplio desde el cual interpretar los valores y objetivos de sus futuros trabajos.

Por supuesto, el dilema es cómo educar estudiantes con el conocimiento y las herramientas necesarias para la competencia técnica –presumiblemente una obligación en una profesión de la que depende la seguridad y el bienestar público– y además capacitarlos con un pensamiento de educación liberal, todo dentro de programas que duran cuatro años. Este problema no tiene una rápida solución, porque la competencia técnica ha tomado una posición predominante, y una coherente educación liberal no es una realidad para la mayoría de los estudiantes de ingeniería. Pero si bien hacer competentemente un trabajo resulta una condición necesaria para la vocación, no basta con ello. Hablando a la Asociación de Industriales de la Sociedad de Ingenieros Mecánicos de Estados Unidos, C. D Mote, Jr., el rector de la Universidad de Maryland, quien es ingeniero mecánico, apuntó que, “el estudio de la ingeniería debiera ampliarse desde su agudo enfoque técnico, y ayudar en la preparación de ingenieros que tomen roles de liderazgo dentro de la sociedad”[19].Pero él también admitía que “no es fácil incluir todo en programas curriculares que duran entre 4 y 5 años”, y sugería que para que un programa de pregrado contenga un componente significativo de educación en las artes liberales, entonces “un grado de ingeniería debiera requerir estudios que hoy se encuentran en etapas de postgrado”.

Para que una sugerencia como ésta sea implementada, la estructura completa del estudio de la ingeniería tendría que ser puesta a prueba, lo que no parece probable en el corto plazo. Mientras tanto, grupos como los de la División de Educación Liberal de la Sociedad Americana de Escuelas de Ingeniería, trabajan en todo cuanto sea posible para establecer lineamientos[20],para interpretar e implementar una forma factible de incorporar dentro de las actuales mallas curriculares algunos requerimientos simples de educación liberal que se encuentren aceptados por el Organismo de Acreditación para la Ingeniería y la Tecnología.

Mientras la mayoría de los profesores de ingeniería están superficialmente de acuerdo con la inclusión de algunos temas propios de las artes liberales en la malla curricular, están también firmes respecto de cuán conveniente es evitar la generación de mayor ruido sobre estos temas, y la actitud que prevalece es la de procurar que los cursos sean adaptados para apoyar la misión de la enseñanza de la ingeniería –que es proporcionar a los alumnos herramientas útiles para el ejercicio profesional– y que no debiera extraviarse demasiado en frívolas reflexiones filosóficas. Estas observaciones dirigen el debate hacia problemas más complejos. El estilo altamente orientado al profesionalismo, y la extensiva técnica que inunda los procesos de enseñanza de la ingeniería, son estructuras que surgen de una cosmovisión subyacente que es omnipresente, particularmente para aquellos que están más inclinados hacia la técnica. Como se encuentran ampliamente implícitas en la visión, rara vez son examinadas objetivamente. Esta perspectiva global del mundo contiene elementos centrales que son contrarios al desarrollo de un verdadero sentido de la vocación. Así, quien adopta el concepto de la vocación y lucha por vivir su vida en concordancia, a menudo ignora un sesgo que va debilitando su concepción, y que se introduce inconscientemente a través de la aceptación de este punto de vista, que llamamos tecnicismo. Esta corriente ha sido ampliamente descrita y estudiada, pero aquí resumiremos sus planteamientos en el contexto de la vocación.

El tecnicismo y el cientificismo son dos mitades complementarias de una poderosa manera de interactuar con el mundo, en efecto tan poderosa, que tiende a desplazar todas las demás formas y convertirse de hecho en una fe, a la que la gente se vuelve exclusivamente, aun cuando esto pueda ser un proceso inconsciente. La ciencia es una forma legítima de conocer el mundo a través de la cuantificación, medición y la identificación de relaciones causales. El cientificismo es la tendencia a través de la cual el conocimiento del mundo se obtiene exclusivamente a través de dichos medios. Asimismo, la tecnología es una forma legítima de construir el mundo a través de la aplicación de sistemas, técnicas cuantitativas y procesos que apuntan a alcanzar resultados eficientes y reproducibles. Tecnicismo es la tendencia a construir el mundo exclusivamente a través de dichos medios. Una actitud cientificista está ilustrada en la famosa declaración de Pierre-Simon de Laplace, que indica que si uno conociera todas las fuerzas de la naturaleza, y la posición de todos los cuerpos en el universo, además de poseer la capacidad para realizar ciertos cálculos, entonces todo, ya sea en el futuro o en el pasado, podría llegar a ser igualmente conocido. Una actitud tecnicista es la que nos entrega Arquímides, cuando realizara su famosa declaración de que con una palanca y un lugar donde apoyarla, podría mover la Tierra. La implicancia de lo primero, es que a través de la ciencia, todas las cosas pueden ser conocidas y, adicionalmente, que toda otra forma de conocerlas termina siendo superflua. Por su parte, el segundo ejemplo implica que a través de la tecnología todo puede ser realizado, y son superfluas las demás formas de intentar hacer las cosas. “El tecnicismo reduce todas las cosas a lo tecnológico; se ve la tecnología como la solución a todos los problemas y necesidades humanas”[21].En los comienzos de la Revolución Industrial, Tocqueville observó esta obsesión decidida con potencia sin límites, ofrecida por la tecnología, declarando que

[La gente] no piensa acerca de las formas de cambio para mejorar su espacio. Para la gente dentro de este esquema mental, cada nuevo modo de mejorar la salud más rápidamente, cada máquina para aliviar el trabajo, cada medio para disminuir los costos de producción, cada invención que genera placer más fácil o más grande, parece el mayor logro de la mente humana. Es principalmente desde esta línea de aproximación que las personas democráticas vienen a estudiar, entender y evaluar las ciencias[22].

Por cierto, nadie puede luchar contra el poder y la eficacia de la ciencia y la tecnología como una forma de conocer y hacer; uno debe simplemente mirar alrededor del mundo moderno para descubrir evidencia abundante. Pero algo importante se pierde cuando se confía únicamente en ellos. Como métodos de interactuar con el mundo, ellos requieren de algo adicional a lo estrictamente racional, pues tanto el conocimiento como el proceso deben ser objetivos, cuantificables, medibles, y sistematizados. Al comentar acerca de ensamblar el conocimiento incluido dentro del trabajo técnico, el sociólogo y teólogo cristiano Jacques Ellul escribe que “todo cuanto no puede ser expresado numéricamente es eliminado del ensamble, ya sea porque se eluden las formas de expresión más allá de la numeración, o bien porque es cuantitativamente despreciable”[23]. ¿Pero qué son esas cosas que resultan eliminadas de la perspectiva tecnicista por cuanto eluden la numeración? Son precisamente esas cosas que forman las bases de lo que es el ser humano – los valores, las virtudes y los anhelos humanos. El tecnicismo incorpora todo aquello que es preciso, pero no lo que es precioso, lo que es objetivo, mas no lo que es sincero, lo efectivo por sobre lo justo y lo eficiente por sobre lo generoso. Neil Postman escribe que “la subjetividad ha llegado a ser profundamente inaceptable. La diversidad, complejidad y ambigüedad del juicio humano, se han convertido en enemigos de la técnica”[24].

Por cierto, contrariamente a la imagen orwelliana del futuro, el mundo no se ha convertido en un páramo mecánico poblado por autómatas, desprovistos de emociones, valores y creencias. La gente aún es tan humana como siempre. El tecnicismo es más sutil que esto; la mente humana es siempre libre de ejercitar un amplio margen de expresiones, pero como el metódico engranaje avanza hacia la producción de resultados, la mayoría de las afirmaciones platónicas están presentes sin hacer aspavientos dentro de una cortina de humo, como tan bien describe Ellul, cuando se refiere a que se encuentran relegadas a “la esfera de los sueños”[25].Un ingeniero puede, en torno al dispensador de agua de la oficina, tener una sincera conversación con un colega sobre algunos temas de índole moral, emocional o espiritual. Pero cuando comienza a realizar su trabajo, sólo cree en sus métodos y en los resultados que ellos producen, métodos que fueron asimilados a través de un proceso de educación en ingeniería, que exalta la técnica y el utilitarismo, mientras rechaza el idealismo, dado que no puede ser integrado dentro del marco conceptual.

Así, un verdadero concepto de la vocación es insostenible dentro de la perspectiva tecnicista. Casi para cualquier persona con un sincero deseo de llevar a cabo su actitud vocacional, el proyecto es absolutamente viciado si se posiciona dentro de una fe incuestionable en los métodos que por su propia naturaleza no pueden dirigirse autónomamente, ni aun excluirse de la esencia de la humanidad. Los tecnologistas, sugiere Monsma, “han fallado bajo el poderoso hechizo de sus propias obras: su propia tecnología. Puntos de vista y estándares fuera de de la técnica reciben poca atención. Para ellos, la creatividad y el sentido de responsabilidad de la humanidad debieran mantenerse reprimidos, y de esa forma se convierten en una amenaza, tanto para la naturaleza como para la cultura”[26]. Esta es una crítica dura, pero que exige poner atención.

Uno de los aspectos más perniciosos del tecnicismo, particularmente en lo que concierne a la vocación, es la tendencia que lleva a creer en el valor neutral de las obras de la tecnología y sus productos. Como describe Ellul, la premisa básica de la neutralidad valórica es que “la moral juzga problemas morales; pero respecto de los problemas técnicos no tiene nada que decir y, así, únicamente el criterio técnico es relevante”[27]. Esta línea de pensamiento cobró fuerza durante la Ilustración, cuando por ejemplo Hobbes escribió que “la doctrina del bien y el mal está en una lucha permanente, tanto por el lápiz como por la espada; la doctrina de las líneas y las figuras, en cambio, no está en disputa, porque no se cruza con la ambición, ganacia o deseo de los hombres”[28]. Así, la discusión valórica tiene sentido sólo en aquel punto donde los productos tecnológicos son puestos en uso; el producto y el proceso que lo forma son puramente objetivos, y así moralmente indeterminados. El peso de la responsabilidad recae entonces en el usuario: ¿el uso que le doy a ese producto es bueno o malo? Las implicaciones de esta forma de pensar instrumentalista[29] son profundas. Esto efectivamente absuelve a los profesionales de la técnica de cualquier responsabilidad moral de sus obras.

La gran falacia del tecnicismo es que estando excluidos los valores humanos de los métodos técnicos, entonces dichos métodos quedan excluidos de la esfera de la inspección moral. La exclusión de lo subjetivo, lo incuantificable y lo etéreo de los métodos técnicos, no constituye un axioma inmutable sino más bien una opción hecha a favor de la conveniencia y la sistematización. Así, la persona que emplea dichos métodos dista mucho de ser moralmente inerte, y de hecho ha tomado una decisión moral acerca del criterio que considerará o no en su trabajo, y sobre si acaso asumirá una eventual culpabilidad por las consecuencias de dicho trabajo. Este hecho fue reconocido por Llewellyn Boelter, decano fundador de ingeniería en UCLA, quien se dirigió a los alumnos de primer año en 1963, de la siguiente forma:

Los productos de sus mentes son lo más preciado que tienen y poseen. Deben protegerlos, y no deben hacer daño con ellos, sino lo correcto. Siempre deben tener en consideración que los productos de sus mentes pueden ser utilizados por otras personas, ya sea para hacer el bien o el mal, y ustedes tienen una responsabilidad en que sean utilizados para el bien. No pueden eludir dicha responsabilidad, a menos que decidan convertirse en esclavos intelectuales, y permitir a otro que realice los juicios de valor por ustedes. Y esto no sería consecuente con los valores democráticos del país. Deben aceptar su propia responsabilidad, por ustedes mismos, y también por los demás[30].

Desafortunadamente, la advertencia de Boelter a este particular grupo de alumnos no ha sido suficientemente repetida a otros. De hecho, algunos dentro de la comunidad tecnológica han tomado prominentemente un punto de vista opuesto. Samuel Florman, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería, ha sugerido que los ingenieros tienen la obligación profesional de entregar servicios de ingeniería, incluso si esto de pronto significara que los ingenieros “tuvieran que trabajar a veces a favor de causas que no comparten”. “Una visión tolerante,” añade, “hace la vida bastante más fácil para los ingenieros”[31].

Pero esta suerte de suspensión de la conciencia en favor de alcanzar un objetivo nos lleva al núcleo de la incongruencia entre la vocación y la perspectiva tecnicista con su idea de neutralidad valórica. Al realizar el trabajo con un verdadero sentido vocacional, uno debe estar siempre discerniendo, siempre cuestionando aquellas cosas que han sido excluidas de la ecuación, procurando llegar a tomar el timón del curso humano, y jamás recorriendo con indiferencia el camino que otro ha diseñado. Como sugiere el conocido cientista político y crítico tecnológico Langdon Winner, los ingenieros deben estar siempre preguntándose a sí mismos “¿Qué tipo de mundo estamos haciendo aquí?”[32]

4. Enfrentando el desafío

Thomas Jefferson, quien quizás es uno de los Presidentes de Estados Unidos que mejor entendió y apreció la ciencia, también estaba consciente del peligro inminente que existía si se manejaba sin preocuparse de los efectos en los demás. En una carta al científico portugués José Francisco Correa da Serra, escribe que tenía “miedo, a partir de la experiencia de los últimos 25 años, donde la moral no ha podido, o no ha necesitado, avanzar mano a mano con la ciencia”[33]. Si este sentimiento suena familiar, es porque constituye esencialmente el mismo concepto que tan recurrentemente se comenta hoy acerca de la ciencia y la tecnología –que los desarrollos tecnológicos están ocurriendo con una velocidad que supera ampliamente nuestra cobertura ética. Ampliamente se da por sentado que esto es un problema estrictamente moderno. Pero considerando la observación de Jefferson, queda demostrado cuán frágil es la memoria colectiva de la sociedad, lo que también notaba hace más de dos mil años el escritor de Eclesiastés al decir que “no hay memoria de lo que precedió”. Y también indica que “no hay nada nuevo bajo el sol”[34].Es claro que tenemos variados ejemplos en este ensayo que muestran que los adversarios de la vocación aquí descritos no son nuevos; más bien son crónicos y constituyen una suerte de pandemia.

Lo anterior augura buenas y malas noticias. De un lado, la magnitud, alcance y el qué tan afianzados están los factores del tecnicismo, profesionalismo y materialismo dentro de estos adversarios, hacen aparecer la vocación como algo inalcanzable, lo que nos podría conducir fácilmente hacia una actitud pesimista o fatalista. Y ciertamente dichos factores son insalvables para nuestras acciones humanas individuales, considerando que las fuentes de los problemas están inherentemente enraizadas en la inmutable naturaleza humana. Weber destaca que el fundador del metodismo, John Wesley, encaró con éxito la verdadera paradoja del llamado: esto es, el insidioso peligro que hay para la vocación en su propio éxito, porque dicho éxito genera complacencia, la que a su vez oscurece los pensamientos humanos sobre los cuales el propio éxito está construido[35]. Así, la lucha de la humanidad por un sentido de la vocación está destinada, en el mejor de los casos, a mantenerse en el ir y venir de las corrientes. Y cualquiera que ingenuamente busque resolver el problema, tiene buenas razones para terminar desilusionado, porque es un problema fundamentalmente sin solución. Sería particularmente erróneo sucumbir a la forma tecnicista de pensar e imaginar que alguna combinación de cambios estructurales -esto es, crear nuevas leyes, reorganizar las universidades, modificar las mallas curriculares, etcétera– permitirá dejar todo en orden. Esto no es decir que alguna acción u otra no sería beneficiosa, simplemente que no será una panacea. Así, ¿en qué punto nos encontramos, además de desesperados? Ya sea como un hijo de Dios, como miembro de una sociedad, como un académico y educador, y como un ingeniero u otro profesional técnico, ¿qué camino debiera uno tomar?

Es más fácil realizar la pregunta que responderla, y mucho de lo que podría decir corre el riesgo de sonar obvio. Pero lo primero que uno debe admitir es que la enormidad y complejidad del problema son también buenas cosas; ellas nos prestan al menos, una buena posibilidad de plantear una solución. La tarea es no abrumarse frente a los adversarios de la vocación, sino simplemente confrontarlos entendiendo que “la buena noticia es que la historia no está fuera de control, sino que Dios está en control, y Sus propósitos prevalecerán”[36], lo que permite que esta tarea sea mucho más manejable, por no mencionar que infunde un particular optimismo. Aún más, esto sugiere que el sentido social de la vocación estaría, a lo mejor, cíclicamente avanzando y retrocediendo. Pero sin una oposición continua a las fuerzas que la deterioran, el sentido de la vocación podría retroceder totalmente, y esto es lo que debe ser prevenido.

Al enfrentar estos desafíos, uno debe reconocer que sólo puede controlar aquello que entiende y abraza como vocación propia, no la de otros. Respecto de la de otros, a lo sumo uno puede ejercer una influencia a través de las palabras y acciones. Pero la más poderosa influencia que puede ser ejercida, proviene de quienes logran que sus palabras y acciones estén auténticamente influenciadas por los principios que buscan promover. Por eso, la acción primaria que uno debe tomar es la reflexión personal requerida para desarrollar tanto el sentido propio de la vocación, como para construir un marco consistente para implementarla en la propia vida. No sólo es que el poder del ejemplo es una forma pasiva de influencia quizás más grande que cualquier otra medida activa que pueda ser tomada, sino que también las medidas activas dependen completamente del ejemplo, para ganar en credibilidad. En términos breves, si uno quiere cambiar el mundo, debe comenzar por uno mismo.

Continuando con lo anterior, uno puede tomar prestado el consejo de Postman y Ellul, enfrentando cara a cara al tecnicismo, extendiendo además la confrontación al espectro completo de los adversarios de la vocación. Postman aboga porque uno pueda llegar a ser un “amante luchador en la resistencia”[37],que puede definirse dentro de este contexto como quien no acepta el materialismo, profesionalismo, tecnicismo o cualquier otro “ismo” que provenga de una perspectiva incompleta del mundo, a la cual no puede jamás rendirse. Más aún, un luchador de la resistencia debe siempre examinar, desafiar, intentar modificar y rechazar, dentro de sus propios límites, cualquier cooperación con la promulgación de dichas perspectivas. Postman sugiere que “cada persona debe decidir cómo representar estas ideas” con respecto a su propia situación, pero él remarca que la educación es la clave para “ayudar a los jóvenes a crear sus propias formas de dar su opinión”[38]. Lo último es particularmente significativo en el contexto de este ensayo.

Dentro de una línea similar, Ellul es partidario del aforismo piensa globalmente y actúa localmente, que ha sido adoptado como un slogan que congrega a quienes circundan este movimiento, pero desafortunadamente ha decaído al punto de convertirse en poco más que un cliché. Pero el significado es aún importante. Uno puede fácilmente sentirse desanimado al parecer imposible generar un cambio efectivo y global en el sistema de creencias y actitudes de una sociedad tan completa como compleja. Esto nos guía hacia una actitud donde desesperanzadamente decimos: “aquello en lo que creo, no importa”. Pero ciertamente una sociedad no tiene creencias ni actitudes salvo que la gente que la compone las tenga. La cosmovisión que asociamos con una sociedad es un agregado de las cosmovisiones que tienden a predominar en los individuos que componen dicha sociedad. Lo anterior hace evidente que las creencias individuales sí importan. Con gente bien intencionada, sembrando sus intenciones a través de la sociedad, ejerciendo influencia local sobre quienes están a su alrededor y trabajando en la creación de comunidades de apoyo que permitan empoderar a otros, el cambio global sí puede realizarse. Así, lo que se requiere de cada uno es vivir el significado de la vocación y ser una influencia positiva sobre las personas con las cuales se tiene contacto (que para un educador significa, de manera importante, los estudiantes). O bien, en combinación con la sugerencia de Postman, uno está obligado a localmente tomar partido. De todas formas, es importante recordar siempre que, tal como indicamos anteriormente, por muy natural que parezca la tarea, no estará jamás completa, por lo que se debe tener paciencia y la habilidad de apreciar que los pequeños logros terminan siendo cruciales para alcanzar el éxito.

Intentando hacer avanzar esta comprensión de la vocacion de modo específico en relación a la ingeniería, Monsma nos provee un buen punto de partida con sus principios normativos[39] para esta disciplina. Él identifica ocho principios normativos que están pensados para los estudiantes de ingeniería y usados por los ingenieros en la evaluación de sus trabajos, que ciertamente podrían ayudarnos a guiar el trabajo de la ingeniería en cuanto al respeto y los beneficios que genera tanto para la humanidad como para el mundo natural. Estos principios, que aquí sólo serán enunciados, son los siguientes: consideración del contexto cultural, apertura, comunicación, administración, armonía, justicia, solidaridad y verdad. La dificultad estará en encontrar las formas de asegurar que los principios de la vocación, incluyendo estas ideas específicas de los principios normativos, estén considerados dentro del marco de los objetivos técnicos. Dada la actual estructura organizacional universitaria, con los restrictivos contenidos curriculares de la ingeniería, ¿dónde podrán los estudiantes explorar estos principios? Ellos necesitarán acudir a sus profesores, quienes deberán ser un ejemplo de estos principios, además de estar disponibles para avanzar en la tarea de comprometer a sus alumnos con ellos.


[1] Original inglés en Christian Scholar’s Review 35, 1. Copyright del Christian Scholar’s Review. Traducido con autorización. Traducción de David Toro.

[2] Webster’s New Collegiate Dictionary (Springfield: G&C Merriam Co., 1981).

[3] Lee Hardy, The Fabric of This World (Grand Rapids: Eerdmans, 1990), 178-179.

[4] George G. Hunter III, How to Reach Secular People (Nashville, Abingdon Press, 1992), 96.

[5] Max Weber, The Protestant Ethic and the Spiritof Capitalism (Gloucester, MA: Peter Smith, 1988), 182.

[6] Alexis de Tocqueville, Democracy in America (Garden City, NY: Anchor Books, 1969), 546.

[7] Hardy, Fabric of this World, xv.

[8] The Dalai Lama, Ethics for the New Millenium (New York: Riverhead, 1999), 174.

[9] Thomas Jefferson, Letter to John Adams – October 14, 1816, Thomas Jefferson Papers, LOC.

[10] Doug Sherman y William Hendricks, Your Work Matters to God (Colorado Springs: Navypress, 1987), 84.

[11] Sherman y Hendricks, Your Work Matters to God (Colorado Springs: Navypress, 1987), 47.

[12] Frank H. T. Rhodes, The Creation of the Future (Ithaca: Cornell Press, 2011), 34.

[13] Zachary Karabell, What’s College For? The Struggle to Define American Higher Education (New York: Basic Books, 1998), 6.

[14] Rhodes, Creation of the Future, 35.

[15] Rhodes, Creation of the Future, 34-38.

[16] Allan Bloom, The Closing of the American Mind (New York: Simon & Schuster, 1987), 339.

[17] Rhodes, Creation of the Future, 45.

[18] Weber, Protestant Ethic, 182.

[19] Phil Hamilton, “IAB Tackles Engineering Education,” ASME NEWS, 21 (June 2002): 1.

[20] N. Steneck, B. Olds, K. Neeley, “Recommendations for Liberal Education in Engineering,” en American Society for Engineering Education Annual Conference (Washington, DC: ASEE, 2002).

[21] Stephen V. Monsma, Responsible Technology: A Christian Perspective (Grand Rapids: Eerdmans, 1986), 49.

[22] De Tocqueville, Democracy in America, 462.

[23] Ellul, The Technological Society (NY: Knopf, 1967), 168.

[24] Neil Postman, Technopoly: The Surrender of Culture to Technology (NY: Vintage, 1993), 158.

[25] Ellul, Technological Society, 134.

[26] Monsma, Responsible Technology, 53.

[27] Ellul, The Tecnological Society (NY: Knopf, 1967), 134.

[28] Thomas Hobbes, Leviathan (Chicago: Benton, 1952), 78.

[29] Mary Tiles and Hans Oberdiek, Living in a Technological Culture: Human Tools and Human Values (NY: Routledge, 1995), 14.

[30] Citado en John LIenhard, The Engines of Our Ingenuity (NY: Oxford, 2000), 48.

[31] Samuel Florman, Blaming Technology: The Irrational Search for Scapegoats (NY: St. Martin’s, 1981), 177-178.

[32] “Technology as ‘Big Magic’ and Other Myths,” entrevista con Langdon Winner en IEEE Technology and Science Magazine 17.3 (1998): 4-16.

[33] Thomas Jefferson, Carta a José Correa da Serra, 28 de Junio de 1815, Thomas Jefferson Papers, LOC.

[34] Eclesiastés 1:9-11, NVI.

[35] Weber, Protestant Ethic, 175.

[36] Hunter, How to Reach Secular People, 95.

[37] Postman, Technopoly, 181-199.

[38] Postman, Technopoly, 185.

[39] Monsma, Responsible Technology, 170-177.

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