Estudios Evangélicos

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El libro de Miqueas y la crisis social en Chile

A muy temprana edad me interesé por las personas más vulnerables. A los 17 años, salía todos los viernes en la noche junto a un grupo de jóvenes de la iglesia a la que asistía en esa época, para repartir comida a las personas en situación de calle.

Luego, mientras estudiaba en la universidad, visitaba a un grupo de niños sujetos a medidas de protección en un hogar transitorio dependiente del SENAME. En ese lugar permanecían mientras en los tribunales se resolvía su situación de vulneración de derechos. La edad de los niños que allí residían iba desde 1 a 12 años. Estaban en ese hogar porque sus familias fueron incapaces de cuidarlos. En algunas de ellas hubo abuso en el consumo de alcohol y drogas, en otras los violentaron sexualmente, sufrieron maltrato físico y verbal o lisa y llanamente fueron abandonados.

Cuando egresé de la universidad, me contactaron de World Vision para hacer un voluntariado. Este consistió en prestar asesoría jurídica a una asociación gremial en la ciudad de San Carlos, región de Ñuble. Para quienes no conocen World Vision, es una ONG donde parte de su misión es perseguir el cambio de estructuras injustas que afectan a personas en situación de vulnerabilidad [1]. En esa época, una de sus líneas de trabajo era acompañar a las familias de los niños patrocinados y ayudarles a desarrollar pequeños emprendimientos.

Tuve la posibilidad de visitar a muchas de ellas, que vivían en lugares escondidos y en condiciones muy precarias. Estaban esperanzados de mejorar un poco su economía a través de la venta de sus productos, pero siendo honesta, veía muy difícil que el proyecto funcionara; el mercado era un lugar de mucha hostilidad para ellos.

Luego, y después que me titulé como abogada, World Vision me contactó nuevamente; el proyecto consistía en capacitar a una comunidad Pehuenche en Alto Bío Bío. Creo que esa fue una de las experiencias más dramáticas en cuanto a mi contacto con la pobreza. Era agosto de 2011, y de las 5 comunidades pehuenches que existían, trabajé con la más hostil y reticente a abandonar su identidad. De hecho, conversando con un joven matrimonio que tenía un fuerte liderazgo en la comunidad, me decían que llamaron a su hijo en lengua pehuenche algo así como príncipe valiente que corre velozmente, porque albergaban la esperanza de que él y los demás hijos que pudiesen tener, siguieran la lucha de no someterse a un sistema contrario a su cosmovisión.

Ese año el invierno fue particularmente duro y tuvo lugar lo que se denominó el terremoto blanco. Al ser ésta la comunidad más hostil, fueron completamente aislados por las autoridades de gobierno. No tenían nada para comer y les era difícil bajar a la ciudad por las condiciones climáticas y la ausencia de medios de transportes. Vi pasar delante de mis ojos camiones llenos de comida destinados a las otras comunidades, sin detenerse para proveerles algo.

Todavía no me sobreponía del impacto, cuando fuimos a visitar a una mujer que lloraba porque habían decidido cerrar la escuela en la que sus hijos estudiaban. Luego, me explicaron que los niños eran internados en las escuelas a los 5 años, porque como no tenían comida durante el invierno ni muchas veces cómo calentar sus casas, esa era su única opción.

No voy a hacer mención de la exagerada vigilancia policial de la que fui testigo ni del robo de sus derechos de aguas, ni de la retención arbitraria de sus títulos de dominio, entre otras cosas.

En el año 2012 comencé a trabajar en el programa Servicio País de la Fundación para la Superación de la Pobreza, año en que comenzaba a visibilizarse el denominado problema migratorio. Estuve dos años en el programa, el primero en la comuna de Estación Central y el segundo en la de Independencia.

Parte del trabajo consistió en realizar visitas domiciliarias e interiorizarse en las problemáticas cotidianas de los inmigrantes. Ingresé a muchos hogares que eran piezas de no más de 10 mts2 ¡una familia de 4 o 5 integrantes viviendo en un espacio que era dormitorio, living, comedor y cocina a la vez! El baño era compartido con otras familias que vivían en las mismas condiciones. A la precariedad habitacional se sumaban experiencias de abuso laboral o de discriminación, y los problemas derivados del hecho de vivir en una cultura diferente, y en muchos casos, a un idioma distinto al de su lengua materna.

Después ingresé a trabajar a la Corporación de Asistencia Judicial. Ingresábamos por semana en promedio 6 demandas para el reconocimiento de la paternidad, otras 8 o más para obtener el pago de pensiones alimenticias, otras tantas de divorcio, relación directa y regular y/o cuidado personal. Otros ingresos por medidas de protección a favor de niños y niñas vulnerados en sus derechos y de violencia intrafamiliar. Ahí conocí otra cara de la injusticia, esa que da directo en el corazón de las personas y los fractura para siempre.

Después de toda esta narración, los hechos de violencia ocurridos en nuestro país no me asombran y me hicieron recordar las palabras que años atrás oí de Matías Asún, Director Nacional de Greenpeace, dichas en una conferencia sobre desarrollo y pobreza: “Los ricos tienen abogados, los pobres tienen piedras”. Esta frase refleja la compleja realidad que hoy se está viviendo en Chile y muestra un problema estructural; el fracaso de un sistema.

Quiero hablar del denominado lumpen que ha irrumpido en supermercados, centros comerciales, bancos, etc. Éste no está conformado solo por delincuentes habituales, es decir, por aquellos que hacen de su oficio o profesión el delinquir. Su composición es muy variada y en muchos casos se trata de personas que han vivido hechos de injusticia: sea que crecieron sin padre o madre, o que tuvieron que pasar parte de su vida en hogares del SENAME; o que difícilmente han visto a sus padres porque trabajan jornadas extenuantes, y pese a ello siguen siendo pobres; o por esos hijos que vieron a su madre batallar toda su vida en tribunales para que el padre le pagase la pensión de alimentos; o por esas personas que para acceder a un nivel de vida decente viven sobre endeudados. Usted que lee puede agregar más casos como estos, o incluso su propia experiencia.

La violencia que hoy vemos en nuestro país esconde la experiencia de una sociedad profundamente desigual. La injusticia produjo rabia y resentimiento, cambiando el valor moral de las cosas. Son muchas las víctimas, los excluidos, de un sistema económico, político y social depredador que fracasó en la distribución, que corrompió las instituciones. En este contexto, es destruido o robado todo lo que simboliza formas de abuso.

André Biéler, en su libro El pensamiento económico y social de Calvino, nos enseña el importante principio que Calvino extrae de 2 de Corintios 9. 13-15 respecto a la función social de ricos y pobres: Ambos están destinados a ser el prójimo del otro, para que el rico no sea tan rico y el pobre no sea tan pobre, de tal manera que haya mayor igualdad, y agrega «pero en la sociedad actual de hombres pecadores, el pobre ahora es pobre por otra razón: él es víctima del pecado colectivo de los hombres, a veces del suyo o el de sus hermanos, pero también es una víctima social de la anarquía que invade el corazón humano y repercute en las relaciones económicas»[2].

Esta anarquía del corazón se tradujo en el acaparamiento subrepticio –y violento- de los recursos económicos, en la manipulación de las ideas, en la manipulación a través del lobby, en la corrupción de las instituciones políticas… y la lista sigue creciendo. Esto trajo como consecuencia la indefensión del pobre y un proceso de acumulación de resentimiento. Estos factores favorecieron que la injusticia no fuese distribuida equitativamente y los pobres fuesen víctimas de ésta de manera desproporcionada [3].

Ahora, la Escritura nos muestra que Dios al tener una opción preferencial por la justicia, da leyes morales para la existencia de estructuras políticas, sociales y jurídicas justas, propiciando una especial protección y cuidado por los más débiles. Por ejemplo, el libro de Levítico en su capítulo 19, versículos 10 al 18 y del 33 al 36, Dios se refiere a las relaciones de justicia que deben mediar entre los integrantes del pueblo.

Siguiendo la idea, el problema que hoy vivimos ya no es solo social, sino un pecado que produce más pecado. Así es como encontramos a aquellos que abusando de su posición de privilegio oprimen a los más débiles; a los que se rebelan tarde o temprano a estos hechos con piedras; y a la iglesia, que ha permanecido en silencio o pereza sin trabajar como debiera para buscar justicia en tiempo y fuera de tiempo.

El profeta Miqueas nos ilumina bastante en estos tres puntos, puesto que él vivió en una época no muy distinta a la actual. En aquel tiempo, la nación había experimentado un crecimiento económico importante, pero la riqueza no fue distribuida entre los integrantes de ésta, si no que fue concentrada por la clase dirigente y los terratenientes. Como contrapartida, el pueblo era explotado y se fue haciendo cada vez más pobre. Esto produjo escandalosos niveles de desigualdad; y los ricos, abusando de su posición, corrompieron los tribunales, despojaron violentamente de sus bienes a los más vulnerables y lesionaron sus derechos fundamentales.

Las leyes que Dios había establecido para que los hombres viviesen en relaciones justas, fueron desobedecidas. Pero no solo las leyes, sino aquello que Wolterstorff llama justicia primaria, es decir aquella que debe mediar en las relaciones entre personas que viven en sociedad y que exigen la acción o la abstención de una conducta para el cuidado del prójimo y que se presenta en la forma de una demanda legítima de lo que se debe o no hacer por otro [4]. El profeta Miqueas denuncia la ruptura de este vínculo por el quebrantamiento doloso de los mandamientos de Dios, pero por sobre todo de aquel que nos instruye diciendo: amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo.

Pero la acusación no terminaba allí, también se dirigió al pueblo, a las víctimas de los primeros: “la gente piadosa ha sido eliminada del país, ¡ya no hay gente honrada en este mundo! Todos tratan de matar a alguien, y unos a otros se tienden redes” (Miqueas 7.2). El pueblo había llegado a tales niveles de corrupción moral, que hasta los vínculos de confianza dentro de la familia se habían perdido.

Finalmente, Miqueas recuerda al pueblo lo que Dios demandaba: “¡Ya se te ha declarado lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que de ti espera el Señor: Practicar la justicia, amar la misericordia y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6. 8). Como iglesia hemos fallado en lo que Dios demanda, no hemos practicado la justicia ni amado la misericordia, y mucho menos nos hemos humillado ante nuestro Dios.

Quisiera concluir diciendo que la violencia no es un asunto de un lumpen sin sentido que causa estragos. Se trata un fenómeno complejo que comprende diversas aristas, arraigado a la historia de un país marcado por la desigualdad, donde 1) o no se ha castigado debidamente a todo aquel que ha transgredido la ley; o 2) éstas han sido insuficientes para ello.

De algún modo, todos formamos parte de ese lumpen, en tanto que pecadores víctimas de la corrupción social; en nuestros corazones hemos tratado de necios a quienes nos han causado mal. El llamado entonces es a la reflexión seria y a no caer en reduccionismos nada más lejos de la tradición reformada. La consigna que se grita en las calles es ¡Chile despertó! Pero nosotros debemos gritar ¡Despierta iglesia de Cristo!

Hemos permanecido en silencio ante el abuso y no hemos sido una voz profética que denuncie estos hechos. Basta de estar hablando de lo que todos sabemos, es la hora de actuar. Ahora, examinémonos y preguntémonos ¿Cómo viviremos siendo sal y luz en la tierra?

¡Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados! Dichoso aquel que aspira a vivir como Dios lo ordena en su Palabra, aquel que desea y trabaja para que su reino avance transformando vidas y estructuras sociales.
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María Jesús David. Abogada. Licenciada en Derecho (Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile). Cursa estudios de Master en Ciencias de las Religiones y Sociedades (Université d’Artois, Francia) y Griego bíblico (Collège des Bernardines de Paris, Francia).

Ponencia presentada en el segundo conversatorio “Hablemos de verdad”, 16 de noviembre de 2019, Santiago de Chile

Notas:
[1] Ver: https://www.worldvision.cl/quienes-somos
[2] André BIELER. La pensé économique et sociale de Calvin. Ginebra: Georg, 2009, p.327.
[2] Nicolas WOLTERSTORFF. Justice, Rights and Wrongs. New Jersey: Princeton, 2008, p.79.
[3] Ibid, p.4.

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