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El patriarca ortodoxo protestante y la Reforma que no fue

Escritura y tradición

Cuando se habla de la Reforma Protestante, ya sea en su favor o en contra, es imposible no hacer referencia a su principal enemigo: la Iglesia Católica Romana. Los reformadores tenían una clara posición respecto a dicha Iglesia, e incluso cuando algunos con dolor como Lutero, querían permanecer, no hubo otra opción que quebrar con ella.

Sin embargo, es poco lo que se habla, al menos a nivel de divulgación, sobre la posición de los reformadores frente a la Iglesia Ortodoxa. Esto es entendible en la medida en que la dicha Iglesia no era el objeto directo de la crítica de ellos. Ya desde el año 1054, la Iglesia Romana corría con independencia del antiguo orden ecuménico bajo el cual convivieron las diversas comunidades cristianas por unos cuantos siglos. Algunas de las cosas comunes que si se pueden encontrar con cierta facilidad, son las opiniones de los reformadores sobre los Padres de la Iglesia, tanto occidentales o latinos, como orientales. Por ejemplo, en una de sus charlas de sobre mesa, Lutero afirmaba que:

«Los santos padres escribieron muchas cosas pías y saludables, pero hay que saber leerlos con discreción. Hilario y Agustín, espoleados por los herejes, dijeron verdades preclaras sobre la trinidad y la justificación. Nazianceno no significa nada. Gregorio es un monje. Cipriano un hombre pío. Tertuliano, Ireneo, sólo recitaron historias. Lactancio, según el testimonio de Agustín, trató temas fuera del caso. Nada hicieron en tiempo de paz, pero en la lucha se mostraron valerosos» [1]

Desde luego, no es este el Lutero con el que quisiéramos quedarnos si tuviésemos que discutir sobre patrística y, por extensión, también sobre ortodoxia oriental, sobre todo si el ilustre Gregorio Nacianceno, un ícono -en todo el sentido ortodoxo de esa palabra- de la Iglesia Ortodoxa “no significa nada” para él. Puesto en contexto, es evidente que Lutero no diría algo así sino para enfatizar la primacía de las Escrituras por sobre la tradición de la iglesia y la autoridad de los teólogos. Calvino no pensaba fundamentalmente distinto, aunque al menos prefirió la elegancia por sobre la cólera.

La Reforma no quería tranzar el valor normativo primordial de las Escrituras. Esto, entre otras cosas, fue lo que llevó al quiebre inevitable con Roma. Si, de manera contrafactual, pensáramos una Reforma de este talante, pero en relación con la Iglesia Ortodoxa probablemente la tensión, aunque con algunas diferencias, tendría varias similitudes. Si tal intento no hubiese existido, tendríamos que especular, pero afortunadamente no lo haremos. En la historia de la ortodoxia oriental hay un episodio altamente conflictivo cuyo protagonista fue nada menos que un Patriarca constantinopolitano.

Orígenes del patriarca calvinista

En el presente, Cirilo Lucaris, Patriarca de Constantinopla, es un Santo de la Iglesia Ortodoxa, pero esto no siempre fue así. Al contrario, Lucaris, siendo aun Patriarca, fue martirizado por graves acusaciones en su contra, alineadas con una vida de conflictos por su adherencia a ideas protestantes. Pero ¿cómo pudo un patriarca constantinopolitano, la autoridad máxima de la Iglesia Ortodoxa, ser calvinista?

Lucaris nació en Creta, un día de noviembre de 1572, apenas un par de meses después de la masacre de San Bartolomé contra los hugonotes en Francia. Su curriculum es abundante. Se formó en lenguas clásicas en Venecia, se graduó en la Universidad de Padua a los 23 años, fue rector de la escuela ortodoxa en Vilna, también por supuesto ordenado sacerdote. Asumió responsabilidades de confianza en misiones de complejidad diplomática, como por ejemplo a Polonia en 1596, ante las dificultades que estaba experimentando la Iglesia Ortodoxa Griega por las políticas pro Catolicismo Romano de la época.

En 1601, asumió como Patriarca de Alejandría. A lo largo de su carrera, Lucaris iría notando la profunda necesidad de educación en la Iglesia Ortodoxa. En Polonia, vio a un clero débil en comparación con los sacerdotes romanos y desde esta nueva posición, dicha apreciación se acentuaría en relación a los fieles. En 1602, ocupando esta importante posición, Cirilo conoció al comerciante holandés Cornelius van Haga, quien diez años después se volvería el primer diplomático de Holanda ante el Imperio Otomano. Fue a través de él que Lucaris obtuvo por primera vez acceso a literatura protestante.

Aunque no se sabe con exactitud el proceso de recepción de estas ideas, hay evidencia de que mantuvo contacto epistolar con teólogos holandeses como J. Uytenbogaert y David Le Leu de Wilhem y que ya en 1613 se lee en una carta de Lucaris que reconoce solo dos sacramentos [2]. Además, se observan críticas a la “superstición” y la necesidad de volver a la “simplicidad del evangelio”. A tal punto llega en su estudio que, en una carta fechada en 1618, sostiene que:

“por tres años comparé las doctrinas de las iglesias griega y latina con la reformada… dejando a los padres, tomé como mi guía únicamente a las Escrituras y la analogía de la fe. Por fin, habiendo sido convencido, por la gracia de Dios, que la causa de los reformadores era más correcta y más concordante con la doctrina de Cristo, la abracé. Ya no puedo soportar escuchar a los hombres decir que los comentarios de la tradición humana son de igual peso que la Sagrada Escritura” [3]

Aunque estas posiciones desde luego no eran -y no podían ser- públicas, Lucaris aprovechando su posición, mantuvo intercambio epistolar con el Arzobispo de Canterbury y envió a jóvenes de confianza a estudiar teología a países protestantes, especialmente a Inglaterra, por invitación del Rey Jacobo I (King James), bajo cuyo reinado en 1611 se publicó una de las traducciones más importantes de la Biblia al inglés, la King James Version (KJV). Volviendo a Lucaris, esta vinculación deja entrever que la opción protestante no era simplemente personal, sino que también era contemplada como una posibilidad para la Iglesia.

El trono de Constantinopla

El 4 de noviembre de 1620, Cirilo asumió como Patriarca de Constantinopla. Nuevamente, Lucaris se encontró con el problema de la educación. En particular, era notoria la preparación superior de Jesuitas que se encontraban misionando en Constantinopla en esta materia, frente al clero ortodoxo. Además, gestionaban escuelas que les permitían tener acceso a la formación religiosa de los niños griegos y, por sobre esto, contaban con la protección de la embajada francesa.

En este escenario, la polémica figura de Lucaris adquiere otra significancia. Las embajadas inglesa y holandesa buscaron minar la fuerza de la embajada francesa, que gozaba de una serie de privilegios. Dado que la religión oficial era el islam, los esfuerzos de los países protestantes consistían en señalar al catolicismo como una religión idolatra, punto que desde luego algún sentido podría hacer en el marco de la iconoclastia islámica. De todos modos, los jesuitas querían fuera a Lucaris para instalar a un Patriarca que se inclinase más favorablemente hacia la Iglesia de Roma, deseo también compartido por griegos partidarios de esa inclinación. Las diversas confabulaciones en su contra lograron sacarlo del trono de Constantinopla por algún tiempo, quedando en su cargo Gregorio de Amasia, Patriarca que era explícitamente romanista, en 1623. En lo sucesivo, hubo varias intrigas en su contra, por lo que su posesión del cargo fue siempre intermitente.

Pero las actividades de Lucaris seguirían. En 1627, se instaló en Constantinopla una imprenta griega que operaba en Inglaterra, la cual debido a su vinculación con Lucaris, fue protegida por el embajador británico. Nuevamente, hubo conspiraciones para echar abajo esta suerte de bastión intelectual para educar y que resultaba amenazante para las gestiones pro católicas romanas en la ciudad. No obstante, todavía faltaba el sello indiscutible de Lucaris en sus esfuerzos por traer una renovación a su Iglesia.

El sello protestante

1629 fue un año clave, en él Lucaris anunciaba un aporte novedoso y en línea con las proposiciones de la Reforma: la primera traducción al griego contemporáneo del Nuevo Testamento para el alcance de todos los fieles, que fue finalmente publicada en 1638, año en el que también el Patriarca es martirizado, estrangulado por los jenízaros el 27 de junio. En el prólogo, oponiéndose a quienes no deseaban la traducción al lenguaje vernáculo como a quienes no deseaban el estudio, afirmaba que: “si hablamos o leemos sin entender, es como tirar nuestras palabras al viento” [4].

Pero aún restaba otro acontecimiento fundamental. También en 1629, se publicaba en Ginebra su famosa Confessio Fidei, un catecismo abiertamente protestante en su contenido doctrinal y, por si fuera poco, cuya primera edición fue dedicada al protestante holandés antes mencionado, Cornelius van Haga. El texto se publicó en diversos idiomas de la época y contaba con XVIII artículos.

El contenido protestante de la Confessio Fidei es evidente. En el artículo II, por ejemplo, se sostiene la preeminencia autoritativa de las Escrituras: “Creemos que la autoridad de la Sagrada Escritura está por sobre la autoridad de la Iglesia” [5]. El artículo XIII afirma la salvación por gracia: “Creemos que el hombre es justificado por fe y no por obras”. En cuanto al libre albedrío, ocurre de modo similar. El artículo XIV sostiene: “Creemos que el libre albedrío está muerto en el no regenerado, porque no pueden hacer cosa buena, y lo que sea que hagan es pecado (…) Para que el hombre nazca de nuevo y haga el bien, es necesario que la gracia vaya primero” [6].

Es mucho más lo que podría decirse de Lucaris. Su figura resulta altamente conflictiva. Se le acusó al Sultán Murad IV de mantener correspondencia secreta con los moscovitas y los cosacos, señalando que podría incitar revueltas en la ciudad en el contexto de la guerra otomano-persa. Así, visto como un traidor, fue sentenciado a muerte.

El patriarca dejó un legado a primera vista pequeño, pero muy significativo. Sin tener la posibilidad de los europeos occidentales de ser respaldado por príncipes adherentes en el contexto de la conformación de los nuevos estados nación; ni el apoyo de grupos populares dispuestos a oponerse a la iglesia, ni la fuerza de un movimiento o grupo intelectual lo suficientemente influyente; fue capaz de formar discípulos al interior de la Iglesia. Por ejemplo, Meletios Pantogalos, Arzobispo de Éfeso y Nathaniel Conopius, que tradujo la Institución de la Religión Cristiana de Juan Calvino al griego moderno, entre otros. Así mismo, como vimos, promovió la primera publicación del Nuevo Testamento al griego moderno, así como dejó una distintiva Confesión de Fe.

¿Protestante u ortodoxo?

La posición de la Iglesia Ortodoxa respecto a él ha sido errática. Tres meses después de su muerte, Lucaris y su Confesión fueron considerados anatema por un sínodo presidido por su sucesor en el trono de Constantinopla [7]. La confesión fue condenada sucesivamente en distintos concilios y sínodos. La discusión historiográfica que ha seguido este problema ha discutido si acaso fue Lucaris realmente quien escribió la Confesión. Se ha dicho que la escribieron en su nombre, o que la escribió bajo presión política. Sin embargo, durante 9 años, desde la publicación hasta su muerte, Lucaris nunca desdijo la autoría [8] y la sintonía de intereses contra Roma que tenía con los protestantes por razones políticas, desde luego no necesitaba de una prueba teológica [9]. ¿No podía ser simplemente que Lucaris viera en ciertos principios de la Reforma, una expresión preclara de cristianismo?

Un reconocido sitio ortodoxo afirma hoy que solo ignorando las muchas obras de Lucaris y su concordancia con las doctrinas ortodoxas, “uno podría argüir que el Patriarca Cirilo era un promotor del calvinismo” [10]. No es este el lugar para polemizar con la tradición ortodoxa. Lucaris, de hecho, es hoy un santo de la Iglesia desde el año 2009. Más allá de una u otra posición y de la lucha constante por la posesión de las mejores pruebas, Lucaris es un episodio inevitable de la historia del cristianismo que puede abrir grandes debates, como también renovadas conversaciones.

Notas

[1] Lutero, M. (1977). Obras. Ed. Egido, Teófanes. Salamanca: Sigueme, p. 445.
[2] Hadjiantoniou, G. (1961). Protestant Patriarch. Richmond: John Knox Press. p. 40.
[3] Ídem, p. 43
[4] Ídem, p. 94
[5] Ídem, p. 141
[6] Ídem, p. 143
[7] Ídem, p. 101
[8] Ídem, p. 104
[9] Ídem, p. 107
[10] Ver http://orthodoxinfo.com/inquirers/ca4_loukaris.aspx

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