Estudios Evangélicos

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¿Hablemos de verdad?

“Hablemos de verdad”. Qué curioso título. No sé muy bien, pero en mi mente suena con un tono mandatorio. E implica que antes de este mandato, hablábamos de mentira. El momento que vivimos en nuestro país le da real sentido al nombre de esta convocatoria. Sabemos que las palabras generan realidades, por lo que deberíamos estar muy atentos a lo que leemos a nuestro alrededor. Entre los muchos letreros, frases, que han salido de estas movilizaciones, uno de mis favoritos y muy contingente a lo que nos convoca, es uno, con letras de tiza en una pizarra de almacén, que decía así:

“Estamos peor, pero estamos mejor,
Porque antes estábamos bien, pero era mentira.
No como ahora que estamos mal, pero es verdad”

Me identificó tanto en tantos niveles, y me maravilló la síntesis de lo que nos ocurre. Creo que el letrero merece una reflexión completa, por lo acertado del diagnóstico. Porque es parte de nuestra idiosincrasia, esconder los problemas, evitar la confrontación y aparentar que todo está bien. Naturalizar la violencia. Que dura la lección de que nada permanece oculto para siempre. Que catárquico y doloroso, sin duda, ha resultado todo este proceso, que todavía nos pone en un grado de incerteza que desconocía se pudiera dar en nuestro país. Obliga a pensarnos, reflexionar sobre nuestra sociedad y que pieza soy yo en este puzle colectivo.

Me ha pasado mucho, desde el estallido social, de la dificultad que presenta la cotidiana pregunta “¿cómo estás?” Porque en modo automático la respuesta segura era “bien”. Ahora implica un constante chequeo de todas las dimensiones de mi persona para elaborar una respuesta; aunque lo cierto es que suelo soltar unas cuántas onomatopeyas, con un tono de maullido, que, sin embargo, mi interlocutor parece interpretar perfectamente.

Otra situación cotidiana que sufrió duros reveses es la participación en grupos de conversación, no de la verdadera, en persona, sino como los que uno tiene en aplicaciones tipo WhatsApp. La verdad de las posturas de cada una de las integrantes nos hizo chocar duramente. Es un grupo cuyo máximo nivel de discusión era “que día nos podíamos juntar”, nos encontramos en veredas opuestas sobre las razones profundas de este malestar social. Y cada una hablaba de su propia experiencia, cansancio, miedos y la incertidumbre completa de la situación que estábamos viviendo. Fue solo un día, dentro de lo que fue el toque de queda. Pero mostró los distintos universos que parecían querer colisionar entre sí, si no guardábamos silencio y nos llamábamos a la contención. Cabe señalar que todas en el grupo somos cristianas. Y que ahora las admiro y las aprecio más que antes.

Y eso me llevó a pensar en las muchas horas invertidas frente a mi celular que he pasado desde ese 18 de octubre. Antes me jactaba de no depender tanto del aparato en comparación con mis alumnos, por ejemplo. Aunque probablemente me encuentre en el promedio nacional de usuario de teléfono inteligente. Pero el 18/10 la situación se me fue de control. Cedí a la tentación del conocimiento. De querer saber que estaba pasando, dónde, convertirme en juez y vociferar mi sentencia. Es un fruto bien podrido este de las redes sociales. Yo me referiré particularmente al uso del Twitter, que es de las más odiosas de las redes, que es la que me sedujo en estos días, hasta que tuve que reconocer que, por el tiempo y energía invertidos en ella, se había transformado en un ídolo para mí. Si me convocan a hablar de verdad, yo hablo, no lo duden.

Pienso que es útil para el análisis, tanto la herramienta como el momento que estamos viviendo, porque funcionan como “lupas” del interior del hombre y de la sociedad que hemos construido. Me explico. En Twitter, puedes optar por el anonimato, lo que te da la libertad de lanzar el primer pensamiento que se te cruce en la cabeza, sin aplicar ninguna especie de filtro social. Lo dices sin medir las consecuencias o las dobles lecturas que puede suscitar. Y los que ponen su nombre y apellido… lo hacen igual o peor. También te da la posibilidad de interpelar directamente a personas reconocidas como poderosas o famosas, de esas que no te vas a encontrar en un trayecto del metro, pero que ahí puedes tutear sin tapujo, en un malentendido de la democracia, donde todos somos iguales para insultarnos como se nos dé la gana.

Y respecto a la sociedad chilena, desde el estallido, también ha perdido sus filtros, sus máscaras y revela la desigualdad endémica, histórica que nos marca y nos hiere profundamente. Si esto no fuera suficiente, tenemos que mencionar que las RRSS son un caldo de cultivo para la desinformación, las noticias falsas, dado que en un alto estado de tensión, no somos capaces de filtrar y al contrario, terminamos ayudando a propagarlas y nos convertimos en colaboradores del caos. No puedo dejar de mencionar que en las primeras semanas del estallido mi estrés era tan alto, que en realidad no podía leer más allá de un párrafo. Y escogí Twitter para mantener mi dosis de desesperanza alta.

En ese abismo me encontraba, cuando recordé que podía orar y tenía en Quien confiar y poner mi esperanza. En la misma preparación de este texto, leí el de Jonathan Muñoz sobre la importancia de orar todas nuestras emociones al Señor, a la buena usanza de los Salmos. Pero la anhelada catarsis no llegaba y seguía sufriendo y esperando, en una montaña rusa de emociones y preguntándome “¿hasta cuándo Señor?” y clamando “misericordia Señor”. Los resultados no se condecían con mi experiencia, pero hay que recordar lo singular de toda esta situación.

En medio de las incertezas me pregunto por la Iglesia de Cristo. Incapacitada para articularse en una voz que ofrezca esperanza. En mi medio, nadie pide la opinión de la iglesia, y lo que es peor, nadie parece echarla de menos. En las redes sociales miro lo que publican hermanos en la fe y sólo me limitaré a decir que no es algo que hubiese escrito nuestro Señor Jesucristo. Y bueno, en general creo que en las RRSS nos desvirtuamos con mucha facilidad, pero hay que recordar que al fin y al cabo, es solo una herramienta para contactarnos.

Volviendo a la Iglesia, me aflige que ésta refleje las posturas de la sociedad, en lugar de reflejar a Cristo en la sociedad chilena. Me preocupa lo reactiva, lo cautelosa que resulta en un momento dónde todo se encuentra desatado. Me frustra que la “paz” sea reducida al orden público, al orden social. No me malinterpreten, no disfruto el caos, pero la paz del Señor, el SHALOM es multidimensional, es mucho más, afecta todo el hombre, todos los hombres. Está basado en la justicia social, y si hemos llegado a este punto y nadie nos echa de menos, es porque hemos fallado en nuestra acción profética, de denunciar la injusticia, las malas prácticas, la falta de amor, de Reino en esta tierra. ¿Con cuántos versos de la Biblia hemos crecido dónde los profetas no son agoreros, sino personas que deben sobreponerse a sus pequeñeces para entregar un mensaje que es grande, potente y odioso para los que gobiernan? ¿Cuántos paralelos podríamos hacer de lo que nos ha tocado vivir y los círculos de opresión del pueblo de Israel? Por si quieren repasar algunos de ellos: Amós 5, 21-27; Isaías 9, 1-6; Jeremías 7, 1-11 y, para terminar, uno de mis favoritos, Miqueas 6, 6-8, del cual presento el verso final:

“Oh hombre, Él te ha dicho lo que es bueno,
Lo que YHVH pide de ti:
Solamente hacer justicia,
Amar la misericordia,
Y andarte con tiento con tu Elohim.”
Pero sabemos que a Israel no le fue muy bien. La ley estaba, pero no era cumplida. O era evitada. Su espíritu se perdió. Y Jesús nos acerca a ella. Recordemos el pasaje que antecede al relato del buen samaritano, en el capítulo 10 del evangelio de Lucas. Versos 25 al 29:
“Y, he aquí, se levantó un doctor de la ley
para ponerlo a prueba, diciendo:
Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré vida eterna?
Él entonces le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿cómo lees?
Y él respondiendo, dijo:
Amarás al Señor tu Dios de todo corazón,
y con toda tu alma,
y con todas tus fuerzas
y con toda tu mente
y a tu prójimo como a ti mismo.
Le dijo: Rectamente respondiste, haz esto y vivirás.
Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
¿Y quién es mi prójimo?

A mí me maravilla lo que podemos aprender de textos que creemos conocer tan bien. Me centraré en repasar la historia y nos las discusiones exegéticas del texto, pues si bien son muy fascinantes, yo no podré aportar más que la lectura de un par de buenos comentarios . Entonces, la escena nos muestra a un doctor de la ley que interpela a Jesús con la clara intención de probarlo. La pregunta es “que hacer” para heredar la vida eterna. Y me gusta Jesús como Maestro, porque conociendo su intención, no pierde la oportunidad de ofrecer una enseñanza. En mi experiencia de profesora, he visto varios alumnos cuyas preguntas traen respuestas de antemano, pero quieren saber si tú sabes también. A veces es lúdico, a veces buscan humillarte. A veces son alumnos con los que tienes gran conexión, y otras son alumnos que preferirías fueran de otro profesor. Aquí me repite mucho la frase “ponerlo a prueba” y me inclino a pensar que era de los del segundo grupo, pero quiero dejarle el beneficio de la duda. Y frente a esta situación, Jesús enseña. Va a lo profundo de la pregunta, y le guía a elaborar una respuesta, porque el conocimiento este hombre lo tiene. Observar este ejercicio pedagógico provoca en un profesor lo mismo que una buena ejecución en un artista o deportista. Tú sabes que estas contemplando tanto pericia, técnica como estética. Y la respuesta de este improvisado alumno es aún mejor, porque combina por primera vez dos textos de la Torá, para darnos el corazón de la Ley. Estos textos son Deuteronomio 6, 5 y Levítico 19,18, parte de la conocida oración judía llamada Shemá, que los practicantes recitan al menos dos veces al día. Lo que me interpela especialmente en estos días.

Volvamos al texto. Nos lleva a amar a Dios con todos nuestros sentimientos, con lo indecible de la psyché, con vehemencia, con todos nuestros pensamientos. En resumen, con todo nuestro ser. Parcelarte, es faltar a la Ley. Esto siempre resulta más fácil de decir que hacer. Y el resto de la ley, resumida en amar al prójimo como a uno mismo. Estos son dos principios que están presentes en la cultura helénica: la eusebeia, la adoración a Dios, y la dikaiosyne, el amor al prójimo. Ahí está todo lo que necesitamos, ¿está terminada la lección? No. Porque a lo largo de innumerables relatos hemos visto que saber y repetir no es suficiente. Es necesario hacer “la bajada” del conocimiento. Instruir para llegar a la práctica. Jesús reconoce y alaba la respuesta del doctor de la ley, quien pudo retirarse muy dignamente de la escena y haber quedado en los evangelios como “el hombre que rectificó” o “el hombre que elaboró la llave para la vida eterna”. Pero no. Vuelve a mostrar las intenciones de su corazón. La primera vez quería probarlo, ahora quiere justificarse. Y esto me interpela directamente, porque son muchas las personas que están cerca de mí, ¿en cuál se vuelve más eficiente mi ayuda? se pregunta mi neoliberal corazón. O ¿Qué personas o grupos de personas en verdad merece ser ayudada, consoladas, contenidas?, ¿hago lo suficiente?, ¿lo hago bien?

En este tipo de preguntas, me veo queriendo justificarme: ¿quién es mi prójimo?

Lo dijo el doctor de la ley, el experto, él que fue capaz de elaborar un resumen preciso de la ley. ¿De qué nos sirve, si no tenemos amor? Y Jesús, el Maestro, doctor de causas perdidas, insiste, lo acoge, cambia la metodología, presenta el relato del buen samaritano.

No pude evitar pensar, como sería esta parábola en el contexto de nuestra sociedad tecnologizada. Me imagino a Jesús haciendo un “hilo” en Twitter, para mantener el suspenso del relato. Cuando cuenta como el hombre fue asaltado, herido y dado por muerto, los comentarios serían del estilo “por qué estaba solo por el camino, que estaría haciendo, tal vez era un espía, merecido se lo tiene, que pena que no lo mataron”. Después, sobre los políticos y religiosos, con sus propias justificaciones o las generalizaciones, que “todos son indolentes, hipócritas, observan desde sus privilegios, están ahí para hacerse ricos”. Y llega el samaritano, que significa todos los prejuicios que puede tener un judío de la época “yo prefiero morirme a que me toque la yuta, el simio, el fascista, el comunista, el vándalo, el lumpen, el indio, el trans”. Ese mismo, es el samaritano.

La esencia de la parábola es mostrar misericordia con el necesitado. Las discusiones son fútiles. Mis banderas, mis veredas me extravían del corazón de la ley. Las ideologías se convierten en ídolos. La sobreexposición a las RRSS, la necesidad de saber más noticias, la cantidad de tiempo que le he dedicado se convirtió en un ídolo para mí, porque he cambiado las prioridades de mi corazón, he desenfocado mis ojos, he dejado de lavar con aceite y vino las heridas de quienes me rodean. He tenido mi conocimiento guardado, negándome a practicarlo en el afán de entender que pasa a mi alrededor cuando el mandamiento nos invita a amar.

El doctor de la ley, al final del relato, a regañadientes reconoce al samaritano (no lo puede nombrar). ¿Habrá superado sus prejuicios y puesto la lección en acción? ¿cuánto tiempo lucho con la Palabra, cuanto tiempo recordó y repaso su encuentro con el Maestro de Maestros? Porque Jesús no lo obliga, no lo fuerza, no lo humilla. Planta la semilla y espera lo mejor de él, listo para recibirlo cuando él lo necesite. Espero que el doctor de la ley haya tenido una buena praxis de lo que conocía de la Torá. Es el mismo peligro que corremos todos. Hoy veo que la mies se extiende a lo infinito y necesitamos obreros alineados al corazón de la ley. Así que cuando te encuentres con la tentación de preguntarte “¿y quién es mi prójimo?”, recuerda que la respuesta la encontramos más adelante en el mismo relato: es “el que demostró piedad”.
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Marjorie es profesora de historia y miembro de GBU.
Ponencia presentada en el segundo conversatorio “Hablemos de verdad”, 16 de noviembre de 2019, Santiago de Chile

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