Estudios Evangélicos

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Herman Dooyeweerd, Las raíces de la cultura occidental

Fuimos criados, formados y formateados en un tipo marcado de dualismo donde lo sagrado y lo secular están claramente separados y delimitados

Herman Dooyeweerd. Las Raíces de la Cultura Occidental. Las Opciones Pagana, Secular y Cristiana. CLIE, Barcelona, 1998. 243 págs.

 

Leer “Raíces” de Doyeweerd me parece que puede ser una experiencia escandalosa para muchos. De muchos autores se puede afirmar lo mismo, pero las circunstancias específicas de los lectores evangélicos latinoamericanos nos hacen asombrarnos con este libro.

Fuimos criados, formados y formateados en un tipo marcado de dualismo donde lo sagrado y lo secular están claramente separados y delimitados por costumbres diarias, formas de vestir, estilos musicales y hasta campos del saber diferentes. Hay cosas que un buen evangélico simplemente no hace: beber aquello, vestirse así, escuchar tal música y, decididamente, dedicarse a la política, la sociología o la filosofía. Y es que uno de los campos del saber que ciertamente aprendimos a considerar a veces como “maligno”, otras como “algo del pasado medieval”, y la mayoría de las veces como simplemente “inútil” para un buen cristiano evangélico es la filosofía. ¿Un filósofo cristiano? ¿Proponer una filosofía cristiana? Eso no suena bien desde el inicio.

A aquellos pocos evangélicos, en cambio, que sí les entusiasma la idea de una filosofía cristiana, imaginan de qué maneras ciertos autores y escuelas filosóficas pueden ser encajadas con la fe bíblica. Estos terminan, consciente o inconscientemente – pero sin una profunda reflexión al respecto de las implicaciones de esto – poniendo su fe en una camisa de fuerza existencialista o hegeliana o marxista o lo que sea. La abrumadora mayoría de las veces, el resultado final es que la fe es la que termina encajada en una escuela filosófica o en el pensamiento de un autor y no al revés.

Herman Dooyeweerd hace lo que a mí me parece un intento genuino de filosofía cristiana y este libro es una excelente muestra, aunque pequeña, de su esfuerzo disponible en castellano.

Como continuador del pensamiento de Abraham Kuyper, Dooyeweerd es más que un filósofo cristiano, él es un cristiano que se dedicó a la filosofía: miembro de una iglesia reformada, hombre de fe que adoraba con su familia cada domingo en la parroquia reformada de su ciudad y que leía la Escritura y el Catecismo en casa, que oraba con sus hijos tanto para agradecer los alimentos como para pedir protección y salud en tiempos de guerra y enfermedad, que amaba la música y que dio muestras concretas de su fe al ayudar a ocultar familias de judíos durante la ocupación nazi en Holanda. En medio de todo esto, Dooyeweerd se dedicó, junto a su cuñado Dirk Vollenhoven, a elaborar un sistema de pensamiento que partiera desde una fe fundamentada en la Escritura. Mi impresión personal, compartida por varios, es que esto sólo fue posible porque él era un calvinista genuino. Y desde una fe genuinamente calvinista él no temió elaborar un sistema que fuera consistente con esa fe. Ciertos principios propios del calvinismo, que no son propios del catolicismo-romano, ni del arminianismo, ni del anabaptismo ni del luteranismo, fueron los que le permitieron dedicarse a tamaña empresa y, como dije más arriba, “Raíces de la Cultura Occidental” es una pequeña, pero muy buena muestra de su pensamiento.

En este libro Dooyeweerd se pasea por la historia del pensamiento de forma serena, llana y breve. Presupone lectores que tienen un cierto conocimiento acerca de la historia y de la filosofía. Por eso no se complica en nombrar y hacer referencias constantes a autores, pensadores y escuelas de pensamiento sin detenerse a explicar qué o quiénes son. A riesgo de sonar pedante, debo decir que creo que este sólo hecho ya aleja “Raíces” de la gran mayoría de los lectores evangélicos latinoamericanos y no me refiero sólo a los consumidores de “promesas de prosperidad” o de “autoayuda”, sino incluso a buena parte de los pastores con estudios en Biblia y Teología o alumnos de institutos bíblicos. Por si esto fuera poco, el erudito holandés hace aseveraciones osadas, que impactan a quienes fuimos enseñados a pensar que la filosofía occidental tiene sus orígenes, por allá por las nebulosas pre-socráticas, en el rechazo a las explicaciones míticas que las antiguas religiones daban al origen y la esencia del universo y de la vida. Dooyeweerd, sin embargo, con toda calma dice lo contrario: la filosofía, así como todo campo del conocimiento, tiene una raíz religiosa. Dooyeweerd, el creyente, haciéndose escandaloso eco del anatema Nietzsche, afirma que Apolo y Dionisos y la tensión entre estos antiguos dioses griegos estuvieron siempre presentes en la misma esencia de la filosofía griega hasta Aristóteles y mucho después. Niega así la posibilidad de una neutralidad filosófica. Ninguna filosofía es neutra, todas presuponen inclinaciones religiosas y premisas a priori.

Dooyeweerd, entonces, se propone mostrarnos un panorama de cómo lo que él llama de “motivos religiosos básicos” son el motor de la historia del pensamiento. Una simple declaración como esta está cargada de presupuestos e implicaciones que no son trabajadas en toda su profundidad en el presente texto, pero que es importante vislumbrar. Juan Calvino, ya al comienzo de su Institución de la Religión Cristiana, afirmaba que todos los hombres cargan la semilla de la religión en sus corazones y que viven para adorar. Reflejando a San Agustín, Calvino afirmaba que todo hombre fue creado para Dios, para conocerle y, a través de este conocimiento de Su majestad, atributos y carácter, le rendirá adoración con toda su existencia. El problema es que los hombres, desde la caída, sumidos en el lodo de su pecado, han buscado vivir auto-suficientemente, rechazando a Dios y huyendo de Él, pero en su huida el ser humano se enfrenta con la cruda realidad de que su corazón no puede vivir sin adorar así que dedica su devoción a algo, a cualquier cosa que le sirva como punto de referencia para tener sentido de pertenencia y seguridad y para considerar como parámetro de verdad.

Así, para Dooyeweerd, en principio, la historia del pensamiento occidental sería la historia de las diversas formas de idolatría que han atravesado los siglos en Europa y que han empapado toda nuestra forma de ver el mundo hasta hoy. Pero no es sólo eso. Dooyeweerd nos muestra la buena nueva de que el “motivo religioso básico” no-idólatra, que es el cristianismo, ha sido una fuerza poderosa en la historia de Occidente. Él caracteriza el motivo religioso básico cristiano con la tríada Creación-Caída-Redención y expone cómo el hecho de que sea una tríada y no un dualismo – como Materia-Forma para los griegos –, que comienza con la iniciativa soberana de Dios de crear todo para Su propia gloria, nos da una perspectiva que abarca todos los aspectos de la existencia.

Aquí Dooyeweerd muestra su extraordinaria actualización de la “Soberanía de las Esferas” de Abraham Kuyper, al aplicar el concepto a todos los ámbitos de la existencia y al mostrar cómo todas las esferas, modos de existencia o “aspectos modales” existen por Dios, en Dios y para Dios, que es su Creador y legislador Supremo, y poseen reglas internas peculiares que las hace distintas entre sí, pero que al mismo tiempo no las divorcia sino que las hace relacionarse armónicamente. En otras palabras, la esfera modal aritmética es distinta a la esfera modal geométrica o espacial (por eso, por ejemplo, la tortuga de Zenón no pasaría de un recurso retórico, ya que está confundiendo las reglas de una esfera con las de la otra), pero se relacionan entre sí, de tal manera que la espacial presupone la aritmética. En otras palabras: el espacio presupone el número. Cada esfera modal (que enumeradas en orden serían: número, espacio, movimiento, vida orgánica, sentimiento emocional, distinción lógica, desarrollo histórico-cultural, significación simbólica, interacción social, valor económico, armonía estética, el Derecho, la valoración moral y la certeza de la fe) permite la existencia de la siguiente, pero todas ellas constituyen la diversidad de la creación de Dios.

En este contexto entra una de las más hermosas declaraciones de Dooyeweerd: “la realidad creada exhibe una gran variedad de aspectos o modos de ser en el orden temporal. Estos aspectos rompen la unidad radical espiritual y religiosa de la creación en una riqueza de colores, así como la luz se refracta en las tonalidades del arcoíris cuando pasa a través de un prisma” (p. 41). Para Dooyeweerd toda la realidad es espiritual porque toda ella proviene de y se debe a Dios, su Creador y Legislador. Y es justamente en el hombre y la mujer, más específicamente desde el corazón humano (el punto arquimediano de la realidad creada), donde la realidad creada será sometida a su Dios y Señor, manifestando Su gloria o, en cambio, será torcida de su propósito original. El filósofo afirma, entonces, que los hombres pecadores hemos torcido la creación al hacer ídolos de aspectos de la realidad creada. Hemos adorado a la criatura en vez de al Creador y hemos exaltado “aspectos modales” de la creación a la categoría que sólo le pertenece al Señor. Este acto de idolatría, que tiene su raíz en una motivación religiosa del corazón humano, se traduce en teorías que toman como punto de referencia esferas que Dios creó buenas, pero relativas a Él y a su auto-revelación, y que son, por lo tanto, torcidas de su propósito original cuando elevadas a la categoría de absolutos. Tal es el caso de la historia para el hegeliano, de la distinción lógica para el racionalista o de la economía para el marxista.

Si entendemos esto, por lo tanto, debería ser más fácil ver que “Raíces” intenta bosquejar una historia de cómo en Occidente se han cometido dos graves errores que han afectado nuestras formas de ver el mundo, nuestras principales escuelas filosóficas y la forma de organización de nuestras sociedades: el primero de ellos, ya descrito, es el de la idolatría lisa y llana, muy presente en la antigua Grecia y en el Imperio Romano. Y el segundo: la síntesis teórica entre cualquier cosmovisión que tenga como punto de referencia absoluto algún aspecto de la creación y el motivo religioso básico cristiano, para el cual el único punto de referencia absoluto es Dios. A estas alturas no debiera ser difícil ver por qué Dooyeweerd considera que la síntesis es maligna: “no podéis servir a dos señores” (Lc 16.13).

Desde la irrupción del cristianismo en Occidente, la cosa se complica. Surgen, además del motivo religioso básico griego y cristiano, otros dos motivos religiosos: uno medieval (que es una síntesis entre el motivo cristiano y el griego), que consiste en el dualismo Gracia-Naturaleza, y el motivo religioso básico moderno que es el dualismo Libertad-Naturaleza. Con las distintas especializaciones del conocimiento en el mundo moderno, también van a surgir distintas escuelas que exaltan e idolatran ciertos aspectos de la creación sobre otros complicando más el asunto y trayendo, también, una especie de desconexión entre las esferas. Los aspectos modales, o esferas, quedan tan separados y desconectados entre sí que los campos del conocimiento no se tocan y cada uno, idolátricamente, cree que su campo del conocimiento es el más central y crucial para entender todos los demás.

Es interesante, para mí como teólogo, notar aquí que Dooyeweerd hace una distinción entre la raíz religiosa de la creación – que es raíz de todos los aspectos modales – y el aspecto modal específico de la “certeza de la fe”. En otras palabras: la fe, la confesión religiosa y el estudio de la Teología son campos específicos con reglas propias dentro de su propia esfera, pero la disposición religiosa del corazón es común a toda y cualquier esfera. En este sentido, la Teología no es más que la Sociología, la Política o la Filosofía. Son todas áreas del saber humano, dedicadas dentro de su propia esfera y que deben estar sometidas a la soberanía de Cristo por el conocimiento de Su Palabra. Tampoco tiene por qué ser más consagrado a Dios un cristiano que es pastor que el que es sociólogo, político o filósofo. Todos, por igual, han de buscar santificación y realizarán sus trabajos, oficios y profesiones como un ministerio a través del cual Dios es adorado con devoción, el prójimo es servido en amor y el mundo es redimido para Su gloria.

Obviamente, hay mucho más en Dooyeweerd que explorar. Pero una lectura atenta, cuidadosa a “Las raíces de la cultura occidental”, nos podrá traer grandiosos insights para las más distintas áreas del saber, especialmente, en el caso de las ciencias humanas. Por eso no puedo terminar sin decir que me parece un grave error la omisión que CLIE hace en la contratapa, donde recomienda el libro sólo para Institutos y Seminarios, dejando de nombrar Facultades de Ciencias Sociales, de Humanidades, de Filosofía, de Artes, de Educación y universidades en general.

Que la lectura sea realizada por cristianos de las más diversas áreas del conocimiento y que su lectura redunde en mayor cuidado e investigación para un cristianismo consistente en todos los ámbitos.

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