Estudios Evangélicos

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La argumentación acumulativa a favor de la existencia de Dios

A tres siglos de Joseph Butler, todavía parece viable una teología natural de tipo acumulativo.

La relevancia de la teología natural inductiva

Entiendo por teología natural el uso de argumentos a favor de la existencia de Dios a  partir  de los rasgos más generales del mundo. Estos argumentos han sido siempre parte de la tradición cristiana, y encuentran formulación explícita en la afirmación de san Pablo según la cual “las cosas invisibles” de Dios “se ven claramente, siendo percibidas a partir de las cosas que han sido creadas”, las cuales -según él- los paganos podían ver por sí mismos. Y así varios teólogos cristianos del primer milenio, en Oriente y Occidente, dedicaron un párrafo o dos a resumir un argumento a favor de la existencia de Dios a partir del orden del universo – entre ellos Ireneo, Gregorio de Nisa, Agustín, san Máximo el Confesor y Juan de Damasco. Sin embargo, normalmente se trata sólo de un párrafo o dos, y el razonamiento es rápido. Con la llegada del segundo milenio, sin embargo, los teólogos del Occidente medieval, sobre todo Tomás de Aquino y Duns Escoto, comenzaron a producir argumentos a favor de la existencia de Dios de considerable extensión y rigor, y esta empresa de la teología natural continuó sin interrupción, por lo menos en las tradiciones del catolicismo y el protestantismo liberal, hasta el siglo XIX. Pero, finalmente, en la mitad del siglo XIX una combinación de lo que considero muy malos argumentos que se derivan de Hume, Kant y Darwin llevó al abandono del proyecto antiguo de la teología natural por muchos sectores de la tradición cristiana.

Eso fue desafortunado, porque el cristianismo (y todas las restantes religiones teístas) necesitan la teología natural. Pues las prácticas de la religión cristiana (y de cualquier otra religión teísta) sólo tienen sentido si hay un Dios – no tiene sentido la adoración de un Creador que no existe, ni pedirle que haga algo en la Tierra o que nos lleve al cielo si no existe, ni el tratar de vivir nuestras vidas de acuerdo con su voluntad si no tiene voluntad. Si alguien está tratando de ser racional en su práctica de la religión cristiana (o islámica o judía), tiene que creer (hasta cierto punto) en formulaciones doctrinales que sirven de sustento a tal práctica. Tales formulaciones incluyen como su afirmación central algo que es presupuesto de todas las restantes afirmaciones, la afirmación de que hay un Dios. Ninguno de los pensadores de los primeros 1.850 años del cristianismo que creyeron que hay buenos argumentos para la existencia de Dios pensó que la mayoría de los creyentes, o todos ellos, debiesen creer sobre la base de tales argumentos, pero sí sostuvieron que estos argumentos están disponibles para los que los necesitan. Por supuesto que alguien puede llegar a creer que hay un Dios sobre la base de su propia experiencia religiosa o la enseñanza de un profesor de su confianza. Pero en el mundo de hoy hay tantas dudas más sobre la existencia de Dios que en la mayoría de los siglos anteriores, que pocas personas tienen experiencias religiosas tan abrumadoras o tal confianza en sus profesores como para no tener necesidad de argumentos positivos a favor de la existencia de Dios. Por lo tanto, la necesidad de la teología natural es mucho más grande que la que haya habido en cualquier época anterior, tanto para profundizar en la fe del creyente como para convertir al no creyente; y para ser convincente necesita ser una teología natural que atienda a la ciencia moderna tanto en relación a los resultados que en ésta se encuentran establecidos como en cuanto a sus criterios de evidencia.

Los medievales, paradigmáticamente Tomás de Aquino, usaron la argumentación desde el mundo a Dios en la forma de un argumento deductivo. Pero todo lo que un argumento deductivo puede hacer es llegar en su conclusión a aquello con lo que uno ya se ha comprometido en las premisas. Un argumento deductivo válido es aquél en el que si usted afirma las premisas pero niega la conclusión, usted se contradice. Pero si bien puede ser irracional creer una afirmación como “hay un universo físico, pero no hay Dios”, es muy poco plausible que tal afirmación contenga una contradicción interna. No es como “existe un cuadrado redondo”. “Hay un Dios” es una afirmación que va más allá de las premisas sobre la existencia o el orden del Universo, hacia algo mucho más grande. Sin embargo, un argumento que pretende ser un argumento deductivo válido y no es válido, es inválido. Y en los siglos posteriores a Santo Tomás de Aquino muchos han señalado las falacias que se encuentra en los detalles del razonamiento de Santo Tomás de Aquino.

Pero el mejor modo de entender la argumentación desde alguna de las características más generales del universo hacia la existencia de Dios es verlo no como una deducción, sino como un argumento inductivo – uno en el que las premisas hacen que la conclusión sea hasta algún punto probable, pero no segura. Todos los argumentos que parten desde evidencias para llegar a teorías, tanto en la ciencia como en la historia, son inductivos. Pero Aristóteles y sus sucesores, que intentaron (con un éxito moderado) codificar los argumentos deductivos mediante el silogismo, tenían escasa comprensión de la distinción entre la deducción y la inducción, y mucho menos de los criterios de un buen argumento inductivo. Recién hoy estamos empezando a tener cierta comprensión de la inducción. Una característica de los argumentos inductivos es que son acumulativos. Una pieza de evidencia en una premisa puede dar un cierto grado de probabilidad a la conclusión, otra pieza de evidencia puede hacer que aumente la probabilidad. Y si los argumentos desde el universo y sus características más generales hacia Dios dan por resultado sólo una conclusión probable, no una certeza, no es menos cierto que lo mismo vale para todos los argumentos que pretendan llegar a afirmaciones generales sobre el mundo más allá de aquello de lo que podemos tener experiencia inmediata. Como célebremente lo sentenció en el siglo XVIII el obispo anglicano Joseph Butler: “para nosotros [esto es, seres humanos en la tierra] la probabilidad es el mismísimo guía de la vida”. Utilizando criterios y de la ciencia y de la historia respecto de lo que constituye un argumento probable, durante los últimos cuarenta años he tratado de articular una rigurosa teología natural inductiva de carácter acumulativo, que sostiene la probable existencia de Dios. Estoy muy contento de que una traducción al español de mi libro La existencia de Dios ha sido publicada.

En esta conferencia voy a defender que tres argumentos a favor de la existencia de Dios -los argumentos a partir del hecho de que el universo se rige por leyes científicas simples, a partir de las leyes que conducen a la evolución de los seres humanos, y a partir de la posesión de conciencia en los seres humanos-, son fuertes argumentos inductivos. Para ser más precisos, los diversos argumentos son argumentos a favor de la existencia de una persona divina, en términos cristianos, de Dios el Padre (a quien llamaré “Dios”). Se requiere de argumentos distintos para mostrar que también hay otras dos personas divinas, y no tendré tiempo para poder proveer éstos en esta conferencia. Pero sí alcanzaré a sostener -muy brevemente- que el principal argumento contra la existencia de Dios a partir de una característica evidente del mundo, que es el argumento a partir del pecado y el sufrimiento, no constituye un argumento inductivo fuerte.

La naturaleza de Dios

Antes de dar argumentos a favor de la existencia de Dios, tengo que aclarar cómo se entiende esta afirmación, que llamaré “teísmo”. Es la afirmación de que hay una persona que es esencialmente omnipotente, omnisciente, perfectamente libre y eterna. Paso ahora a mostrar cómo estas propiedades se entienden y cómo otras propiedades divinas se derivan de ellas. Una persona es un ser que tiene facultades (para llevar a cabo acciones intencionales, esto es, acciones que él o ella quiere realizar), creencias y libre albedrío (para elegir entre acciones alternativas sin ser obligado por las fuerzas irracionales a elegir una en vez de la otra). Los seres humanos ordinarios existen por un período limitado de tiempo, y para la capacidad de ejercer sus facultades, creencias y para tomar decisiones dependen de causas físicas (sus cuerpos y especialmente de su cerebro). Dios se supone que es ilimitado en todos estos aspectos, y no depende de nada para su existencia o su poder.

Dios se supone que es ilimitado en su poder, es decir, que es omnipotente, que puede hacer cualquier acción. Puede hacer que exista un universo físico, o que se muevan las estrellas, o mantener o suprimir las causas físicas que sustentan a los seres humanos en la existencia. No puede hacer una acción lógicamente imposible, que es una acción que no se puede describir sin contradicción, y así no puede hacer que yo exista y al mismo tiempo no exista. Pero como no tiene sentido suponer que yo podría existir y no existir al mismo tiempo, una acción lógicamente imposible no es realmente una acción –no más de lo que una persona imaginaria es en realidad una persona.

Dios se supone que es ilimitado en sus creencias, es decir Dios es omnisciente, tiene todas las creencias verdaderas sobre todo (sobre lo que sea lógicamente posible tener creencias verdaderas), y en él no constituyen sólo creencias, sino conocimiento infalible. Nosotros sabemos algunas cosas, y tenemos creencias falsas sobre otras cosas. Pero Dios sabe infaliblemente cuántas estrellas hay, si acaso nevó en Nueva York el 1 de enero hace exactamente dos millones de años, y sabe lo que usted está pensando ahora.

Los seres humanos tenemos cuerpos. Un cuerpo es un objeto físico a través del cual podemos hacer una diferencia en el mundo y aprender sobre el mundo, y la gente común está atada a actuar y a adquirir información a través de sus cuerpos. Sólo puedo hacer una diferencia en el mundo si alguna parte de mi cuerpo hace algo – mediante el uso de mi brazo para mover algo, o de la boca para decir algo. Y sólo puedo aprender sobre el mundo mediante el aterrizaje de estímulos en mis órganos sensoriales (aterrizaje de rayos de luz en mis ojos o aterrizaje de ondas de sonido en mis oídos, por ejemplo). Siendo Dios omnipotente y omnisciente, no está atado a actuar y aprender sobre el mundo a través de un objeto físico en particular, y por eso Dios no necesita un cuerpo.

Dios se supone que es perfectamente libre en el sentido de que sus decisiones no son en modo alguno limitadas, esto es, no son de modo alguno influenciadas, por fuerzas irracionales, como ocurre con las elecciones de los seres humanos. Dios sólo desea realizar una acción en la medida en que ve una razón para hacerlo, es decir, en la medida en que él cree que es una buena acción hacerlo. Siendo omnisciente, sabe qué acciones son buenas y cuáles son mejores que otras. Así que si hay una acción que en una situación dada sea mejor realizar, lo hará. Pero si hay dos o más acciones igualmente buenas pero incompatibles (es decir, dos o más acciones igual de buenas y mejores que cualquier posible acción de otro tipo), en esa situación tendrá que elegir entre ellas por ninguna razón en absoluto. Si Dios hubiese organizado el estado inicial del universo de modo que causara que Urano girase en una dirección diferente a la de los otros planetas, parece ser una acción tan buena como causar que gire en la misma dirección que ellos. Podría haber sido tan bueno elegir a María como madre de Jesús como elegir a cualquier otra de entre las madres posibles; pero Jesús sólo podía tener una madre. Y así sucesivamente. Como en tales situaciones Dios no puede hacer ambas acciones, tiene que elegir entre ellas. Nosotros también estamos a veces en la situación de tener que elegir a cuál de dos buenas causas dar un regalo indivisible. Pero, puesto que Dios es omnipotente, el rango de acciones incompatibles igualmente buenas que está a su alcance es mucho mayor que la gama disponible para nosotros.

Además, a menudo Dios debe estar en una situación en la que nosotros no podríamos estar, la de tener que elegir entre un número infinito de posibles acciones, cada una de las cuales es menos buena que alguna otra acción que podría realizar. Por ejemplo, los ángeles y los osos y los elefantes son cosas buenas, pueden ser felices y amorosos. Así, cuántos más de ellos existan, mejor (ya que en el caso de los osos y elefantes se pueden repartir entre un número infinito de planetas, de modo que no se acerquen los unos a los otros). Así, por muchas de estas criaturas que Dios cree, habría sido mejor si hubiera creado aún más (e incluso de haber creado un número infinito, todavía podría haber creado más).

Puede ser sin embargo, que lo que haya a disposición de Dios no sea una acción mejor o una igualmente buena, sino un tipo mejor de acción, de modo que sea mejor hacer una acción de este tipo que cualquier cantidad de acciones de otro tipo incompatible. Por ejemplo, Dios puede crear criaturas de diferentes tipos, incluyendo los ángeles, los seres humanos y animales. Si se diera el caso de que fuese mejor crear por lo menos algunos seres humanos (aunque no crease ángeles o animales), que crear cualquier número de ángeles y animales pero ningún humano, o cualquier otro tipo de acto incompatible, entonces para Dios sería el mejor tipo de acción el crear algunos seres humanos, aunque no habría un número de éstos que fuese el mejor a crear. Si Dios creyese que tal es el caso, entonces, sugiero, siendo influenciado por la sola razón crearía algunos seres humanos. Y si hay dos o más tipos de acción igualmente buenos a su disposición, inevitablemente va a hacer alguna acción de uno de estos dos tipos. Así que Dios, inevitablemente, siempre hará la mejor acción o una igualmente buena, o una acción del mejor tipo o de un tipo igualmente bueno, si es que hay tal acción. Pero no siempre puede hacer la mejor acción porque no siempre habrá una mejor acción.

Se desprende de los argumentos que acabo de dar, que la perfecta bondad de Dios la debemos entender como que Dios no hace malas acciones y que hace muchas buenas acciones, siempre realizando la mejor acción o una igualmente buena (o el mejor tipo de acción o de un tipo igualmente bueno) cada vez que exista una a su disposición.

Dios es eterno, lo cual podemos entender bien como la afirmación de que Dios es atemporal (que no existe en el tiempo, o por lo menos en nuestro tiempo) o como la afirmación de que Dios es eterno (que existía en cada momento del tiempo pasado, existe ahora y existirá en cada momento de tiempo futuro). De cualquier manera, Dios es ilimitado en el tiempo durante el cual él existe. Debido a que Dios es omnipotente y omnisciente, todo lo demás que existe, existe sólo porque él a sabiendas lo causa o permite que otra persona cause su existencia. Por lo tanto, podría haber evitado que el universo llegase a existir y lo podría aniquilar en cualquier momento. Así que su existencia depende momento a momento enteramente de él. En ese sentido, Dios es el creador y sustentador del universo y todo lo que contiene. El universo puede o no haber existido siempre – no sabemos si el universo tuvo un comienzo. Pero si tuvo un principio, Dios lo trajo a la existencia en ese entonces; y si ha existido siempre, Dios siempre lo ha mantenido en la existencia.

Ser omnipotente, omnisciente, etc son propiedades de Dios. Dios, tal como las personas individuales, las piedras, tablas, y los planetas, es una cosa. Los filósofos llaman a veces “sustancias” a estas cosas. Las sustancias tienen propiedades – una determinada mesa puede tener las propiedades de ser café, cuadrada y de un peso de 5 kgs. Algunas de las propiedades de las sustancias les son esenciales. Una propiedad es una propiedad esencial de una sustancia si dicha sustancia no puede perder esa propiedad sin dejar de existir. Ser café no es una propiedad esencial de mi mesa – la mesa podría seguir existiendo si fuera pintada de color rojo. Pero ocupar espacio es una propiedad esencial de la tabla; si dejase de ocupar espacio, dejaría de existir. Dios se supone no sólo que es omnipotente, omnisciente, perfectamente libre y eterno, sino que lo es esencialmente – si Dios dejase de ser omnipotente, omnisciente, o perfectamente libre, dejaría de existir; y dado que ser eterno es también una propiedad esencial de Dios, un ser que pudiese dejar de existir nunca pudo haber sido Dios. Estas propiedades son esenciales a Dios. Pertenecen a la naturaleza o esencia de Dios. Sin embargo, Dios tiene otras propiedades que no son esenciales (accidentales o contingentes). Tiene dichas propiedades accidentales porque elige tenerlas. Entre tales propiedades se encuentra la de hacer que María sea la madre de Jesús.

Los argumentos inductivos

El teísmo, la afirmación de que hay un Dios, es una hipótesis explicativa que pretende explicar por qué ciertos datos observados (o evidencias) son tal como son. Muchas hipótesis históricas o científicas son hipótesis explicativas. Pretenden explicar los datos que observó el científico en su laboratorio, o lo que el arqueólogo o el detective han descubierto en el curso de una investigación forense o arqueológica. Para ser buenos argumentos (es decir, para proporcionar evidencia a favor de su hipótesis), los argumentos de este tipo deben cumplir cuatro criterios. En primer lugar, los fenómenos que citan como evidencias deben ser lo que es probable que ocurriría si la hipótesis fuese verdadera. En segundo lugar, debe ser mucho menos probable que ocurran los fenómenos según el curso normal de las cosas, es decir, si la hipótesis fuese falsa. En tercer lugar, la hipótesis debe ser simple. Es decir, se debe postular la existencia y el funcionamiento de pocas entidades, de pocos tipos de entidades, con pocas propiedades fácilmente descriptibles que se comporten de modos matemáticamente simples. Siempre podemos postular muchas entidades nuevas con propiedades complicadas, que nos sirvan para explicar todo lo que encontramos. Pero nuestra hipótesis sólo será apoyada por la evidencia si es una hipótesis simple, que nos lleve a esperar los diversos fenómenos que constituyen la evidencia. En cuarto lugar, la hipótesis tiene que encajar con nuestro conocimiento de cómo funciona el mundo en campos más amplios – a esto lo voy a llamar nuestras “evidencias de trasfondo”.

 

A continuación ilustro el modo en que estos criterios operan en la evaluación de posibles explicaciones. Un tipo de explicación es lo que yo llamo una explicación personal, en la que podemos explicar algún acontecimiento histórico por la acción de una persona o personas. Supongamos que se ha producido un robo. Dinero ha sido robado de una caja fuerte. Existen las siguientes piezas de evidencia: las huellas de Juan se encuentran en la caja fuerte, alguien asegura haber visto a Juan cerca de la escena del robo en el momento de su comisión, y una cantidad de dinero equivalente a la cantidad robada se encuentra en la casa de Juan. El detective presenta como explicación de la hurto la hipótesis de que Juan robó la caja fuerte. Si Juan  robó la caja fuerte, sería muy probable que sus huellas estuviesen en la caja fuerte, que alguien informe  haberlo visto cerca de la escena del crimen en el momento de su comisión, y que dinero en la cantidad robada fuese encontrado en su casa. Estos son fenómenos que se espera con cierto grado modesto de probabilidad si Juan robó la caja fuerte, y son mucho menos de esperar si no robó la caja fuerte. Constituyen por tanto una evidencia positiva, evidencia que favorece la hipótesis. Por otra parte, si robó la caja fuerte, sería muy inesperado (sería muy improbable) que muchas personas afirmasen haberlo visto en un país extranjero en el momento del robo. Tales informes constituirían evidencia negativa, evidencia que contaría fuertemente en contra de la hipótesis. Supongamos que no hay tales evidencias negativas. Cuanto más probable sea que nos encontremos con esta evidencia si la hipótesis es verdadera, y cuanto más improbable sea que encontremos estas pruebas si la hipótesis es falsa, tanto más probable se vuelve la hipótesis por la presencia de tal evidencia.

Pero los datos sólo vuelven probable una hipótesis en la medida en que ésta es simple. Considérese la siguiente hipótesis como una explicación de los datos encontrados por el detective: David se robó el dinero; sin saberlo David, Jorge se disfrazó para parecerse a Juan en el lugar del crimen; Tony dejó las huellas dactilares de Juan en la caja fuerte sólo por diversión; sin saberlo el resto, Esteban escondió en casa de Juan dinero robado en otro lugar (por coincidencia exactamente el mismo monto). Si esta hipótesis complicada fuese cierta, esperaríamos encontrar todas las evidencias positivas que he descrito; y sin tal evidencia no sería ni remotamente probable. Pero que poseamos esta evidencia no vuelve probable la hipótesis complicada, aunque sí vuelve probable la hipótesis de que Juan robó la caja fuerte. Y eso se debe a que esta última hipótesis es simple. Una hipótesis es simple en la medida en que postula pocas sustancias y propiedades, pocos tipos de sustancias y propiedades, incluidas las propiedades de comportarse de una manera sencilla. La primera hipótesis del detective postula una única sustancia (Juan) que hace una cosa (robar la caja fuerte), lo cual nos lleva a esperar la evidencia, mientras que la hipótesis rival que acabo de formular postula muchas sustancias (muchas personas) que hacen diversas cosas inconexas.

Pero tal como existen evidencias del tipo que he ilustrado, puede haber “evidencias de trasfondo”, que son las evidencias sobre los asuntos que la hipótesis no pretende explicar, sino que vienen de un área fuera del alcance de dicha hipótesis. Es posible que haya evidencia de lo que Juan ha hecho en otras ocasiones, por ejemplo evidencia que haga probable la hipótesis de que a menudo ha robado cajas de seguridad en el pasado. Tal evidencia haría mucho más probable la hipótesis de que Juan robó la caja fuerte en esta ocasión. A la inversa, la evidencia de que Juan ha vivido una vida libre de crimen en el pasado haría que sea mucho menos probable que haya robado la caja fuerte en esta ocasión. Una hipótesis encaja con las evidencias de trasfondo en la medida en que las evidencias de trasfondo hacen probable una teoría (por ejemplo, que Juan es un habitual ladrón de cajas de seguridad) que a su vez hace que la hipótesis en cuestión se vuelva más probable de lo que debería ser.

Los cuatro criterios para evaluar la hipótesis del detective son de aplicación general, no sólo para la evaluación de hipótesis históricas, sino también para la evaluación de hipótesis científicas (consistentes en postular leyes naturales). Considérese la teoría newtoniana de la gravitación (sus tres leyes del movimiento y la ley de la gravitación) tal como se proponía a partir de la evidencia disponible a finales del siglo XVII. En eso se incluye evidencias sobre las trayectoria de nuestra luna, de los planetas, de las lunas de los planetas, la velocidad con la que los cuerpos caen a la tierra, los movimientos de los péndulos, la sucesión de mareas, etc. La teoría de Newton  vuelve muy probable que estos fenómenos se dieran tal como eran observados. Sería muy poco probable que se dieran según el curso normal de las cosas. No había evidencia negativa significativa. La teoría era muy simple, constando sólo de cuatro leyes. Las relaciones matemáticas que ellas postulaban  eran muy simples (F = mm ‘/ r 2 es la más complicada). Innumerables otras leyes habrían cumplido con los dos primeros criterios. Dentro de los grados de precisión entonces detectables, cualquier ley en la que se sustituyera un valor ligeramente diferente en lugar  del ‘2’ (por ejemplo, ‘2,0000074 ‘) habría cumplido con los dos primeros criterios tan bien como lo hizo la ley de la inversa del cuadrado. También cumpliría con ellos una teoría que postulara que la ley de la inversa del cuadrado rige solamente hasta el año 2969, tras lo cual operaría una ley muy diferente, una ley del cubo de la atracción, o una teoría que contenga una ley según la cual fuera del sistema solar operarían fuerzas muy distintas. Pero la teoría de Newton, a diferencia de estas teorías, se hizo probable por la evidencia porque se trataba de una teoría muy simple. No hubo “evidencia de trasfondo” relevante, porque no había evidencias fuera del ámbito de aplicación de la teoría de Newton que tornaran probable alguna teoría explicativa (por ejemplo, una teoría del electromagnetismo) con la que la teoría de Newton tuviese que calzar. Por lo tanto, la teoría de Newton era muy probable en base a la evidencia disponible en el siglo XVII, puesto que cumplía con nuestros cuatro criterios.

Hago hincapié en la importancia del criterio de la simplicidad. Siempre hay un número infinito de teorías incompatibles que pueden predecir todos los datos observados, pero que hacen predicciones totalmente incompatibles acerca de lo que sucederá mañana. Sin el criterio de simplicidad racional sería imposible predecir algo más de lo que se observa de modo inmediato. Si la hipótesis se ocupa únicamente de un campo estrecho, tiene que encajar con cualesquiera explicaciones probables de campos más amplios. Pero para muchas hipótesis puede que no haya ninguna evidencia de trasfondo que sea relevante, y cuanto más amplio el alcance de una hipótesis (es decir, cuanto más se pretende decirnos sobre el mundo), tanta menos evidencia de trasfondo habrá. Para una teoría física de gran escala (por ejemplo, la teoría cuántica) habrá sólo unos pocos fenómenos físicos que queden fuera de su alcance (es decir, fuera de lo que pretende explicar), y así habrá poca -si alguna- evidencia de trasfondo.

Los argumentos de la teología natural parten de los rasgos más generales del universo, de los cuales sólo tengo tiempo para considerar tres: que cada partícula de materia se comporta tal como cada otra partícula conforme a leyes (por ejemplo, obedece a las mismas “leyes naturales”, como la ley newtoniana de la gravedad), que el estado inicial del universo (el Big Bang) y las leyes de la naturaleza son de tipo tal que llegaron a  producir (unos trece millones de años después) a los seres humanos, y que estos seres humanos son seres conscientes (tienen una vida mental de pensamiento, sentimiento y elección). A continuación sostendré que, en virtud de la omnipotencia y la perfecta bondad de Dios, es muy probable que estos fenómenos habrían de ocurrir si hubiese un Dios (porque él llevaría a que ocurran), y que es muy improbable que se hubiesen de producir si no hay Dios.

Argumentos positivos a favor de la existencia de Dios

La razón por la cual es muy probable que Dios haría un universo con estas características es que los humanos somos una cosa buena, pero no un tipo totalmente bueno de cosas. Pues somos únicos en el universo en la posibilidad de elegir entre el bien y el mal (una elección que Dios mismo no tiene), pero por lo mismo podemos hacer la elección del mal y puede resultar gran daño. Sugiero, pues, que por parte de Dios podría haber sido igualmente bueno crearnos con todos los bienes y con todos los males que acompañan a los bienes, que no crearnos con los mismos bienes y males que los acompañan. De modo que si bien es bastante probable que Dios habría de crear seres humanos, no es de modo alguno una certeza. Pero si nos iba a crear, debía proporcionar un universo en el que pudiésemos ejercer nuestras elecciones beneficiando o dañándonos a nosotros mismos y a otros. Sólo podemos hacerlo si tenemos cuerpos, y así un lugar desde el cual llegar al otro. Pero sólo si hay regularidades comprensibles podemos descubrir que lo que yo haga tendrá un efecto predecible sobre usted, y así podemos escoger cómo tratarnos. Sólo si los seres humanos saben que recibirán maíz por sembrar, cultivar y regar algunas semillas, pueden desarrollar una agricultura. Y sólo si saben que frotando dos palos juntos pueden hacer fuego serán capaces de quemar los suministros de alimentos de los demás. Pero regularidades comprensibles observables sólo son posibles si las leyes fundamentales de la naturaleza son simples. En segundo lugar, si Dios había de crear seres humanos con cuerpos, las leyes tenían que ser tales que permitieran la existencia de cuerpos humanos, ya sea provocados por un proceso evolutivo o creados directamente por Dios. Y en tercer lugar, el cuerpo humano sólo tiene sentido si es controlado por personas conscientes. Así que los tres fenómenos a los que me he referido son de esperar (es decir, es muy probable que se produzcan) si hay un Dios.

Pero si no hay Dios, es sumamente improbable que se produzcan. ¿Para qué son las leyes de la naturaleza? ¿Qué significa decir que es una ley de la naturaleza que cada partícula de materia atrae a otra con una fuerza proporcional a mm¤/r? Las leyes no son cosas independientes de los objetos que las ejemplifican. La afirmación de que la ley de gravedad opera es la afirmación de que cada partícula tiene el poder de atraer a toda otra partícula con la fuerza señalada y la propensión siempre ejercer ese poder. A menos que alguien lo haya diseñado, es sumamente improbable que cada partícula se deba  comportar de la misma manera simple. Así, mientras las leyes de Newton son más simples que otras leyes (en postular que cada partícula tiene poderes simples) que explican los fenómenos observados, estas leyes mismas claman por una explicación (de por qué cada partícula tiene el mismo poder simple). E incluso si tal coincidencia enorme hubiese ocurrido por casualidad, es sumamente improbable que las leyes fuesen tales que, junto con las condiciones límite del universo (que son las condiciones iniciales, si el universo tuvo un comienzo), hubiesen dado lugar a los cuerpos humanos. Y aunque esto también se hubiese producido por casualidad, por lo que se refiere a leyes científicas plausibles, tales leyes podrían igualmente haber dado lugar a robots con la misma prontitud. La conciencia es totalmente improbable a menos que exista un creador que la dio primero en los animales superiores y, a continuación, a nosotros.

Algunos físicos contemporáneos nos dirán que vivimos en un multiverso tal que muchos posibles universos diferentes se producirán con el tiempo, por lo que no es de extrañar que haya uno como el nuestro. Pero, aunque así fuera, sigue siendo sumamente improbable que vivamos en un multiverso que tenga la característica de producir en un momento dado un universo como el nuestro, una característica que casi ningún multiverso podría tener.

Así que estos tres fenómenos generales son los que probablemente ocurrirían si hay un Dios, y es casi seguro que no ocurrirían si no hubiera un Dios. La forma en que anteriormente en esta conferencia describí la hipótesis del teísmo tiene como consecuencia que el teísmo es una hipótesis muy sencilla. Se postula la existencia de una entidad (un solo Dios, no muchos dioses), con muy pocas propiedades muy esenciales. Una persona con poder, conocimiento, libertad y  vida ilimitados es el tipo más simple de persona que pueda haber. Poder infinito es poder con cero límites. Conocimiento infinito es conocimiento con cero límites porque se trata de que no hay ningún límite (excepto uno impuesto por la lógica) al número de creencias verdaderas justificadas. Libertad perfecta significa que las elecciones de la persona  no se ven limitadas por deseos irracionales. Eternidad significa que no hay límite temporal impuesto a la vida. También es fácil suponer que Dios tiene estas propiedades esencialmente, puesto que eso hace de Dios un ser más unificado: significa que sus propiedades no sólo no se separan, sino que no podrían separarse. Si Dios es Dios en virtud de las propiedades señaladas, esto lo hace ser persona en un sentido algo analógico del sentido en que nosotros somos personas. El teísmo es una hipótesis de tan largo alcance (que pretende explicar todas las características más generales del universo) que no hay evidencias de trasfondo; toda la evidencia (sea positiva o negativa) se encuentra dentro de su ámbito de aplicación – es evidencia posterior. Concluyo que los tres fenómenos en consideración tornan significativamente probable que haya un Dios.

Una teodicea para enfrentar argumentos negativos

En los argumentos inductivos la aparición de evidencias nuevas (que figuran en premisas nuevas) puede aumentar la probabilidad de la conclusión, pero puede también reducir esa probabilidad. Así que no sólo se requiere mostrar que hay fuerte evidencia positiva a favor de la existencia de Dios, sino que es necesario también mostrar que no hay evidencia negativa que reduzca de modo significativo la fuerza de las pruebas positivas. La evidencia negativa que la mayoría de las personas considera más fuerte es la presencia del pecado y otros tipos de sufrimiento. Así que para defender mis argumentos positivos necesito una “teodicea” (una explicación de por qué un Dios bueno permite el pecado y el sufrimiento), y aquí la presento brevemente.

Un Dios bueno que crea seres humanos no sólo nos quiere hacer felices (en el sentido de que hagamos lo que queramos). Dios quiere darnos profunda responsabilidad por nosotros mismos y otros. Quiere que seamos buenas personas y que seamos felices siéndolo. Así que corre un gran riesgo con nosotros. Nos da libre albedrío y el poder para hacer una diferencia en nuestro propio futuro y en el futuro de cada uno, y deja en nuestras manos cómo queremos ejercer nuestro poder. Que tengamos tal elección con esa responsabilidad es lo que nos convierte en algo de valor único.

Nuestras decisiones están influenciadas por nuestros deseos, pero, habida cuenta de que tenemos libre albedrío, no están totalmente determinadas por ellos. Sólo podemos tener responsabilidad profunda por nosotros mismos si tenemos la capacidad de arruinar nuestras vidas (por ejemplo, tomando heroína), o bien para llevar una vida que valga la pena. Sólo podemos tener profunda responsabilidad por los demás si realmente depende de nosotros que las cosas vayan bien o mal con los demás, por lo que debemos tener la capacidad de hacerles daño, así como la capacidad de beneficiarlos en gran medida. Y si vamos a tener una gran responsabilidad, Dios ha de permitir que podamos herirnos mucho. Los seres humanos somos tales que cada vez que hacemos una buena elección, es más fácil hacer una buena elección la próxima vez, y cada vez que hacemos una mala elección, es más fácil hacer una mala elección la próxima vez. Si digo la verdad hoy, cuando es difícil, será más fácil volver a hacerlo mañana. Pero si miento hoy, será más difícil no mentir mañana. Así que poco a poco con el tiempo podemos cambiar los deseos que nos influencian, y así podemos llegar a formar un muy buen o un muy mal carácter.

Sin embargo, si el único sufrimiento en el mundo fuese el causado por los seres humanos (o uno que se permita que se produzca por negligencia humana), muchos de nosotros no tendríamos oportunidad para tomar esas decisiones cruciales que son tan importantes para la formación de nuestro carácter. Los seres humanos necesitan el dolor y la discapacidad causadas por la enfermedad y la vejez, por la sequía y las inundaciones, si queremos tener la oportunidad de elegir libremente si vamos a ser pacientes y alegres, o tristes y resentidos ante nuestro propio sufrimiento; y necesitamos la oportunidad para elegir libremente si acaso mostrar o no mostrar compasión hacia otros que sufren, si dar o no dar nuestro tiempo y dinero para ayudar. Dios no puede hacer lo lógicamente imposible -no puede darnos la libertad para dañarnos unos a otros, y al mismo tiempo garantizar que no lo hagamos. Por lo tanto, si Dios nos va a dar los grandes bienes que he descrito, tiene que ponernos ante malos deseos, el dolor y el sufrimiento en una cuota significativa – al menos por el corto período de nuestra vida terrenal. Como nuestro creador y benefactor que nos proporciona una vida llena de tantas cosas buenas, Dios tiene el derecho de imponer cosas malas a algunos de nosotros -no sólo malos deseos, sino sufrimiento, y debe permitir que seamos heridos por otros – si esto es necesario para nuestro propio bienestar o el bienestar de los demás. Los padres tienen un derecho muy limitado a permitir que sus hijos sufran por el bien de otros. Ellos tienen el derecho de enviar a una hija a una escuela de barrio que no va a disfrutar mucho, con el fin de consolidar las relaciones de la comunidad. Y tienen el derecho a confiar un hijo menor al cuidado de un hijo mayor, incluso si hay un riesgo de que el hijo mayor le hará daño al hijo menor en un cierto grado, a fin de que el hijo mayor pueda tener responsabilidad por su joven hermano. Y es un gran privilegio ser de utilidad para alguien más, no sólo mediante lo que decidimos hacer, sino también mediante lo que se nos permite  sufrir.

La niña que es enviada a la escuela del barrio tiene el privilegio de poder contribuir a cimentar las relaciones de la comunidad mediante su menos grata escolaridad. Los derechos de los padres sobre los hijos son, sin embargo muy limitados porque sólo en un grado muy limitado son la fuente de la existencia y el bienestar de sus hijos. Dios, que mantiene al ser humano en la existencia de momento a momento y que le da todas sus capacidades y su limitada libertad, tiene derecho a imponer mucho más sufrimiento a los seres humanos con un propósito bueno. Pero en mi opinión, el derecho de Dios a imponernos sufrimiento es también limitado – nos debe proporcionar vidas en las que haya más bien que mal. Cuando tomamos en cuenta el gran beneficio de la vida misma y el gran beneficio que hay para cualquier víctima en el privilegio de ser de utilidad para otros, habrá pocos casos en los que en la vida terrenal el mal supere al bien (excepto en los casos en que una persona elige vivir una vida de este tipo). Pero si hay seres humanos en cuyas vidas (y no como consecuencia de sus propias decisiones) el mal supera al bien (porque la posibilidad de su sufrimiento hace posible un gran bien para los demás), Dios tiene la obligación de dar a los seres humanos por lo menos una limitada vida después de la muerte en la que el bien supera al mal, y en su omnipotencia y bondad perfecta puede hacer esto.

Tal es el esquema muy general de mi teodicea. En esta conferencia he establecido argumentos inductivos positivos de la teología natural a favor de la existencia de Dios, aplicando los criterios de buena argumentación inductiva que se usa en la ciencia y la historia, y – espero – he dado motivos suficientes para rechazar el más importante contraargumento .

NOTAS

  1. Romanos 1: 20.
  2. Joseph Butler, The Analogy of Religion , Introduction.

 

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