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La comunidad no puede salvarnos: ¿Por qué ha fracasado Patrick Deneen?

[Imagen tomada de IES Chile]

Criticar al liberalismo es una tarea a la que gustosamente se han ofrendado pensadores de las más diversas posiciones. Dicha preocupación no es simplemente fruto de un placer intelectual, sino sobre todo de un hecho a todas luces evidente: que el liberalismo ha, finalmente, logrado imponerse progresivamente como una de las filosofías más potentes de la historia moderna y, pese a sus altos y bajos, logró imponer incluso un modelo de orden global. O al menos, eso es lo que los liberales de un par de décadas atrás quisieron creer.

A esta tendencia se ha sumado el profesor de la Universidad de Notre Dame Patrick Deneen con un sugestivo libro titulado “¿Por qué fracasó el liberalismo?”, publicado en España por RIALP, y en Chile con el respaldo de los think tanks chilenos Idea País y el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES). Estas organizaciones, a su vez, fueron las responsables de que Deneen marcara la agenda de una cierta intelectualidad política durante junio del 2019 en Chile.

I. Liberalismo y comunidad

La posición de Deneen es tan radical como paradójica. El liberalismo fracasó porque triunfó. Esta tesis provocativa -por cierto, bien provista de una dosis no menor de pesimismo- molestó al sector liberal. De acuerdo a un autor de ese sector, la crítica de Deneen es “desproporcionada” porque, “su tratamiento reduccionista del liberalismo no hace justicia con los postulados de esta doctrina” y porque “su propuesta comunitaria no está a la altura del objeto que critica”. Por más que alguien quisiera defender a Deneen, no es posible restar mérito a estas dos observaciones, especialmente luego de una lectura atenta del libro.

Sin embargo, aunque es efectivo que la crítica de Deneen no reconoce los méritos del liberalismo ¿por qué habría de ser un problema? Lo que busca con su ensayo es precisamente mostrar los puntos débiles de dicha filosofía y, desde ahí, explicar su fracaso. También es efectivo que su propuesta comunitaria no está a la altura, pero ¿por qué debería estarlo? No es el propósito del libro ofrecer una respuesta al liberalismo, sino sencillamente mostrar su fracaso. Quizá debiésemos esperar una próxima entrega.

Poner el acento en lo que dice Deneen sobre el liberalismo es atender a lo evidente. Sin embargo, la obra se configura utilizando una fraseología maniquea y catastrofista que, en última instancia, presenta un conflicto vital para el autor: los males del liberalismo y las bondades de la comunidad. Cierto es que la obra es casi enteramente una crítica a lo primero, esa “nueva fe” que es el liberalismo, una oferta de liberación de la naturaleza (166); pero a la vez, tras la tímida y escuálida apuesta por lo segundo, la comunidad, ese “marco apropiado para la realización de la vida humana” (110), se encuentra también una “fe”. La fe en la comunidad.

Por lo anterior, uno de los problemas más interesantes que el libro de Deneen presenta en términos argumentales es, no tanto el reduccionismo o la apuesta por la comunidad, sino sobre todo el hecho de que, aún reconociendo que uno de los fundamentos del liberalismo es el individualismo, ofreció la solución comunitaria omitiendo toda discusión respecto al estatuto ontológico del ser humano. De este modo, se producen dos problemas asociados en su libro: primero, un optimismo acrítico respecto a la comunidad y, segundo, una respuesta débil al liberalismo, orientada según la distinción liberalismo/comunidad y no según la distinción individuo/persona.

II. La lucha de la fe comunitaria

La fe comunitaria de Deneen se afirma sobre la asunción de que la comunidad es capaz de generar lazos entre quienes la componen, así como ofrecer una cultura y normas de convivencia comunes. Si el liberalismo, como sugiere en su obra, busca “la liberación individual de los límites impuestos por el lugar, la tradición, la cultura y cualquier otro vínculo que uno no haya escogido” (71), entonces es de suyo obvio que una de sus tareas autoimpuestas será “neutralizar las instituciones culturales” (98) que intenten domesticar los apetitos del hombre liberado de las restricciones contextuales pues “la premisa fundamental del liberalismo es que la condición natural del hombre está definida ante todo por la ausencia de cultura” (96).

De aquí que el liberalismo opere en dos sentidos. Respecto al individuo, fomentando una libertad concebida como autonomía, esto es, la liberación del individuo de todas las imposiciones externas, negando así el concepto tradicional de la libertad como autodominio; y respecto a la comunidad, fomentando la disolución de las normas culturales. De este modo, a la vez que es incapaz de fomentar el autodominio (116), evadiendo la práctica de las virtudes, busca asimismo anular los contextos que producen sentido de continuidad histórico-cultural y ético-normativo. Así, lo que queda no solo es el individuo abstracto concebido por las corrientes liberales, sino también abstraído de la comunidad: “El liberalismo valora el desarraigo” (108).

Así, la tensión no es ya simplemente comunidad/liberalismo, sino cultura/anticultura (94). El liberalismo es anticultural y, en cuanto tal, requiere por respuesta una “contra-anticultura” (239). La disolución de la cultura es, para Deneen, no solo el prerrequisito para un individuo desarraigado, sino también para “un mercado agobiante y omnipresente, y para el crecimiento del poder del Estado” (121). Esta vinculación positiva entre individualismo y poder del estado puede extrañar a primera vista, pero se explica mejor tomando en cuenta que Deneen parte de un supuesto que vertebra todo su ensayo: que la elección entre individualismo y estatismo es espuria.

Individualismo y estatismo son, ambas, formas de liberalismo. El primero, directamente formulado por el liberalismo clásico, concebía al ser humano como un todo, independiente de otros. Este ser participa de un contrato teórico por el cual se logra un gobierno limitado que protege la autonomía individual. Este presupuesto es el que habría de tener consecuencias importantes en la conformación de una nueva “cultura” (la anti-cultura) que, entre otras cosas, abriría la libertad de comercio. Liberado de las restricciones culturales a sus apetitos, entre ellos la codicia (98), ha habido lugar a una “desigualdad potencialmente titánica” (182) que, sin embargo, se justifica en nombre de la libertad.

De aquí emerge la necesidad de un Estado fuerte que, desde un punto de vista superficial, podría parecer opuesto al liberalismo. Para Deneen, lo que ocurre más bien es que, desde una matriz liberal según la cual el individuo ha de ser libre de toda restricción externa para alcanzar su libertad, hay quienes consideran que el Estado debe liberar al individuo de las trabas de la desigualdad económica. Esto es lo que el autor llama “liberalismo progresista”.

Pese a las profundas diferencias que hay entre uno y otro liberalismo, para Deneen ambos son opuestos a la comunidad. Mientras que el liberalismo clásico afirma defender la familia entre otros valores, solo ha logrado defender el mercado libre; mientras que el liberalismo progresista afirma defender un sentido de solidaridad humanitaria para la reducción de desigualdades, solo ha triunfado en su promoción de la autonomía personal en materias sexuales (90). Y, en ambos, la comunidad es la gran ausente.

El credo comunitario se muestra, entonces, como una antítesis al liberalismo. A más anticultura, más contra-anticultura. A más mercado global, más mercado local. A más Estado central, más gobierno local. A más individuo, más comunidad.

III. Liberalocracia y Democracia iliberal

El liberalismo, queriendo abolir la aristocracia tradicional, creó la suya propia: la “liberalocracia”. Una nueva élite global cuya permanencia está sujeta ya no a la posesión de la tierra sino a la herencia de riqueza fungible (194). Esta nueva aristocracia es la que ha conducido la transformación civilizatoria de la sociedad burguesa en la cual se dice, presuntamente, que todos serían libres. Parte de esa libertad también se encarnó a su turno en la conformación de regímenes democráticos. De aquí que, de una combinación de un régimen de libertades y una presunta “soberanía popular”, se originó la así llamada “democracia liberal”. Para Deneen, sin embargo, lo que ocurre realmente es que la así llamada democracia, es aceptada y aceptable solo en la medida en que no traspase los límites impuestos por el liberalismo (200).

Así, cuando la decisión popular pone en riesgo principios liberales, se asume que deja de ser democracia. Para Deneen, no puede decirse mejor en otras palabras,

“La verdadera genialidad del liberalismo se manifestó en su capacidad de reconfigurar y educar, persistentemente pero con sutileza, a la ciudadanía para que asimilara “democracia” al ideal del individuo que se hace a sí mismo –el individualismo expresivo-, mientras aceptaba ese barniz de democracia política que vela la existencia de un gobierno poderoso y distante cuya legitimidad más profunda nace de la ampliación de las oportunidades y la experiencia del individualismo expresivo” (198).

De aquí que, en términos políticos, Deneen ponga en cuestión el uso peyorativo de lo que Fared Zakaria denominó en su momento “democracia iliberal”, concepto utilizado para designar el fenómeno según el cual la población se opone a políticas orientadas por ideas liberales. Esto es lo que obliga a los liberalócratas a intentar “neutralizar las energías populares” (222). Es más, el ascenso de los populismos, nacionalismos, en el marco de victorias como la de Trump, el Brexit y otros fenómenos, es precisamente lo que los liberalócratas intentan frenar. Pero, como bien nota el profesor de Notre Dame, “persisten en ignorar voluntariamente su propia complicidad en el nacimiento de la progenie iliberal” (223). En efecto, tal parece que a la población no le hace suficiente sentido la “idolatría de la diversidad” (210) liberal progresista. La política liberal no ha producido del todo su ansiada sociedad liberal.

A esta altura, al parecer, logramos encontrar la pregunta política que guía a Deneen: ¿qué hacer con las energías populares en un contexto de liberalismo desenfrenado en el que, al mismo tiempo que se enarbola el discurso de las libertades y se potencia el rol del Estado para la consecución de ese fin, las desigualdades aumentan y los lazos sociales se diluyen? Luego de poco más de 200 páginas, la tímida respuesta de Deneen ante un escenario posliberal, en vez de reafirmar con más fuerza el esbozo de reivindicación al concepto de “democracia iliberal” es reforzar las comunidades.

IV. La ausencia de la persona

Por más intensa que sea la crítica de Deneen, se trata de una crítica débil. En efecto, como doctor, diagnostica certeramente lo que él llama “las patologías” del liberalismo. Pero el remedio que ofrece para la enfermedad, ¿es el adecuado? Pareciera que Deneen quiere combatir una gripe con agua de hierbas. ¿Cómo ha de fortalecerse la comunidad, si la mentalidad liberal individualista, tal como él intenta hacer ver, ha triunfado?

El credo comunitario de Deneen no solo es insuficiente en términos de que no soluciona el problema del individualismo, sino en que confiar solamente en la comunidad no es garantía de tener mejores sociedades. El propio Alasdair MacIntyre se resistía a ser considerado comunitarista porque, después de todo, la comunidad no puede ser un fin en sí misma. La comunidad ha de estar orientada a un fin. Y a la vez, si bien es cierto que las comunidades tienen una serie de conocimientos tradicionales aprendidos de generación en generación a los que llamamos “prejuicios” y que sirven de orientación para la vida, tal como también lo recordó Hannah Arendt, lo cierto es que no todos los prejuicios son precisamente provechosos para la vida común entre los distintos grupos. Y, bien puede ocurrir que una comunidad sea profundamente opresiva para quienes la componen.

Siguiendo su lenguaje médico, al proponer la comunidad como respuesta al modelo liberal, Deneen ha atacado el síntoma y no la enfermedad: el individualismo. El mismo la alcanza a notar, pero por alguna razón, la combate con debilidad. Nos propone fortalecer las comunidades, pero ¿cuál es el fundamento de la vida virtuosa para una comunidad?

En este momento tal vez convendría invocar a nombres tan ilustres como Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, críticos tan severos del liberalismo en cuanto individualismo como Deneen y que, a diferencia de él, plantean respuestas mucho más consistentes. El liberalismo es un problema, sí, pero en la medida en que su raíz es el individualismo. Por tanto, es en ese aspecto en el que estos filósofos políticos pondrán el acento. Para pensadores como Mounier y Maritain, la respuesta al individualismo no es el colectivismo, como se pensaría desde la vieja izquierda, sino el concepto de “persona”. Solo admitiendo la profunda dignidad que tiene el ser humano en cuanto tal, es posible pensar una sociedad libre. La incorporación de una perspectiva personalista o humanista cristiana habría fortalecido notablemente el argumento.

La alusión a los conceptos religiosos que orientan la vida pública es intermitente. Tal vez lo que más destaque sea que, en algún momento, Deneen exhibe su preocupación en cuanto al lugar de las creencias cristianas en la forja de la cultura estadounidense, al notar la noción puritana de lo justo y lo bueno que inspiró parte de la concepción política del país del norte (220). Sin embargo, lo que podría haber sido un refuerzo a la conformación de la propia noción de comunidad que Deneen promueve, no fue más que un tímido esfuerzo por recordar un pasado distante. Él no quiere volver al pasado, quiere abandonar la era de la ideología y aspira a una nueva teoría política (228-229).

Pero, ¿cómo ha de revitalizarse la vida de las comunidades, si no se recurre a las nociones culturales conservadas por ellas, en ocasiones, durante siglos? ¿Cómo escapar de la ideología, si es la ideología precisamente el campo en el que se disputa hoy el liberalismo? ¿Qué nueva teoría política puede surgir en un contexto que parece cúlmine del liberalismo, tal como él lo insinúa según su triunfo-fracaso? Si, como él dice, “al final del camino de la liberación espera la esclavitud”, porque hay cosas que no cambian “los apetitos humanos son insaciables y el mundo está limitado” (165), ¿No sería mejor recurrir al aprendizaje del pasado? Y, en tal caso, la tradición cristiana es una fuente de pensamiento y aprendizaje histórico de un valor inestimable para occidente.

V. La comunidad no puede salvarnos

El ensayo de Deneen es fatalista, apocalíptico. Pareciera que tiene en mente una distopía tipo Un Mundo Feliz. Y justamente por ello, hay que leerlo con cuidado. Su apocalipsis es el de Estados Unidos, alineado con toda la corriente de ensayos que ha surgido en la era Trump. Él discute mencionando a los Amish, a De Tocqueville y las diferencias entre E. Burke y J. S. Mill. ¿A quién invocamos nosotros?

Si bien su venida a Chile ha impulsado un debate relevante, es necesario contextualizar y matizar sus ideas. No vaya a ser que hasta en lo apocalíptico queramos ser como Estados Unidos. En nuestros países el liberalismo sin duda ha generado consecuencias diversas, que tienen que ver no solo con la implantación de modelos inspirados en esas ideas, sino también con el lugar que ocupa un país como el nuestro en el mapa del orden global.

El liberalismo no ha logrado extinguir a la comunidad, al contrario. Las comunidades constantemente están resistiendo los cambios culturales que vienen aparejados con la implantación de este modelo. Y eso incluye comunidades religiosas. La crítica de Deneen es pertinente, pero tímida. Es más, siendo él un católico, disimula notoriamente bajo argumentos seculares, como si no quisiera mezclar los asuntos referidos a la posible fundamentación religiosa de ciertas ideas que se opusieron al liberalismo. Por ello, su fraseología radical y su propuesta parecen escuálidas. Así las cosas, si quisiéramos elaborar una crítica que se hiciera cargo de estos asuntos, convendría más recurrir a autores como Maritain y a posiciones políticas como el socialcristianismo.

Cabe señalar que a la discusión sobre Deneen y su libro han acudido no solo liberales y conservadores, sino también socialcristianos, y la venida del profesor incluso ha sido vista como una oportunidad para instalar en el debate esta vieja y casi invisible escuela de pensamiento. El socialcristianismo chileno, así como Deneen, fue un formidable crítico del liberalismo y, a diferencia de él, lo hizo desde un cristianismo militante. Por ejemplo, en su “Misión Conservadora” de 1939, el insigne Rafael L. Gumucio anunciaba:

«El liberalismo individualista desconoció que la economía debe estar sujeta a la moral y dirigida al bien común; desconoció que el trabajo no es mera mercancía cuya remuneración quede librada solo a la oferta y la demanda sino que debe estar regida por la justicia y desconoció que la propiedad tiene carácter individual y social a la vez y está sometida a deberes. Todos esos desconocimientos de verdades, derechos y deberes quitaron, desfiguraron o debilitaron algunos de los valores fundamentales que son base y esencia de la civilización cristiana”.

La convicción cristiana de esta afirmación no puede ser menos que inspiradora para los interesados en política. Deneen, por su parte, ha sido exitoso en captar la atención de la sociedad secular y en omitir, casi completamente, el sustrato cristiano de su crítica, mencionado a penas en algunos pasajes. Si el liberalismo ha fracasado porque ha triunfado, podría decirse que la crítica de Deneen ha triunfado porque ha fracasado. Pero esto, quizás, no sea más que una simple exageración fatalista.

Deneen, P. (2018). ¿Por qué ha fracasado el liberalismo?. Madrid: RIALP.
Gumucio, R. (1939). Misión conservadora. Santiago: Imp. La Economía.

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