Estudios Evangélicos

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La escandalosa idea de una educación cristiana. Entrevista con George Marsden

Un número importante de los profesores universitarios en nuestro país son creyentes, pero pocos de ellos pensarían siquiera en relacionar su fe religiosa con su disciplina académica

George Marsden es profesor emérito de historia por la Universidad de Notre Dame. Se ha dedicado principalmente a estudiar el cristianismo norteamericano en su interacción con la cultura –sobre todo la educación superior- de dicho país. Entre sus obras más importantes sobre dichos temas se encuentra Entendiendo el Fundamentalismo y el Evangelicalismo (Understanding Fundamentalism and Evangelicalism, Eerdmans, 1991), El Alma de la Universidad Norteamericana: del establishment protestante a la increencia establecida (The Soul of the American University: From Protestant Establishment to Established Nonbelief, Oxford University Press, 1994) y una reciente biografía de Jonathan Edwards. Con él hemos hablado sobre el sentido de la educación superior cristiana.

 

En El Alma de la Universidad Norteamericana usted escribió de modo extenso sobre la historia de las universidades cristianas. Pero dicho análisis histórico terminaba con un “Postscriptum Conclusivo No-Científico” en el que se preguntaba por la posibilidad de un renovado esfuerzo por una actividad académica cristiana. ¿Nos podría explicar algo más sobre cómo se relacionan estos dos intereses suyos: la investigación histórica sobre la educación cristiana y la preocupación por el estado actual de la academia cristiana?

 

Tal como lo ha confirmado un reciente estudio, un número importante de los profesores universitarios en nuestro país son creyentes, pero pocos de ellos pensarían siquiera en relacionar su fe religiosa con su disciplina académica. Veo una analogía entre eso y lo que ha ocurrido en la relación entre el género y la vida académica. Cincuenta años atrás el género de una persona tenía alguna influencia en su disciplina de estudio, pero no había muchas personas pensando al respecto. Hoy, en cambio, muchas personas han pensado al respecto, y con eso todos nos vemos beneficiados. Del mismo modo me interesa fomentar una toma de conciencia respecto de la diferencia que la fe religiosa debe provocar en la vida académica, especialmente en las humanidades y en las ciencias sociales. De ahí que mi investigación haya estado en parte motivada por la pregunta respecto de cómo se llegó a esperar (si bien no a exigir) que los profesores dejaran sus creencias en la puerta al entrar en la vida académica.

 

Un “establishment protestante” como punto de partida y una “increencia establecida” como situación actual puede sonar como una caída desde una edad de oro… ¿Lo concibe usted de ese modo, o considera más bien que en el establishment protestante original ya había elementos que prepararon el camino para el desarrollo posterior?

 

En mi libro sostengo varias veces que no creo que haya habido una edad de oro que hayamos perdido. El subtítulo “del establishment protestante a la increencia establecida” más bien quería sugerir que tal como era injusto el informal establishment protestante de todas las principales universidades norteamericanas del siglo XIX, asimismo la increencia informalmente establecida de hoy está lejos de ser ideal.

 

Hace quince años Mark Noll escribió El Escándalo de la Mente Evangélica (The Scandal of the Evangelical Mind), escándalo consistente en la ausencia de tal mente… ¿Considera usted que tal diagnóstico todavía es aplicable hoy, o ha habido un desarrollo significativo desde entonces? Y en ese caso, ¿cuáles son las causas principales tras el cambio?

 

El análisis de mi amigo Mark Noll sigue en pie. Pero también creo que durante las últimas dos décadas ha habido un cambio gradual, en la medida en que más y más evangélicos están saliendo de las mejores instituciones de postgrado. Con eso están haciendo un cambio en la academia y en algunos sectores evangélicos. Pero otros sectores evangélicos siguen desconfiando de la mayor parte de la educación superior.

 

En su propia contribución a esta cuestión, La Escandalosa Idea de una Academia Cristiana (The Outrageous Idea of Christian Scholarship), usted intenta mostrar cómo la idea de una academia cristiana puede ser relevante más allá del área de la teología o la religión. Con todo, parece más fácil explicar esto en campos que tienen que ver con la totalidad de nuestra visión de mundo, como ocurre con la filosofía, que explicarlo en relación a áreas específicas, como en la física o la literatura. ¿Cómo presentaría usted la “escandalosa idea” a alguien que jamás le ha dedicado un pensamiento?

 

Como dije antes, habría que pensar en una materia como el género, o pensar en nuestra posición social. Ser parte de una comunidad religiosa es una condición social significativa. En la literatura y en muchas otras áreas la gente reconoce hoy que la condición social es un factor que hace una gran diferencia. En la física, en tanto, el cristianismo no cambiará el modo en que lidiemos con aspectos técnicos, pero sí tendrá un impacto si tomamos distancia para pensar sobre el sentido general de toda la actividad que despliega un físico.

 

Usted ha escrito sobre la doctrina de la creación como algo que “tiene la más amplia implicancia para la academia”; y no sólo para las ciencias naturales, sino también para las humanidades. Al mismo tiempo, sin embargo, los conflictos entre evolución y creación parecen continuar siendo un punto central de conflicto, incluso entre los cristianos. ¿Cómo piensa que deban lidiar con ello los académicos cristianos?

 

La cuestión que realmente divide a la gente hoy no es en su aspecto central un debate dentro de la ciencia natural, sino más bien un debate filosófico respecto de cuál debe ser nuestra visión básica del mundo. Una posibilidad es que nuestra visión de mundo esté configurada exclusivamente por principios naturalistas que excluyen la consideración de explicaciones distintas de las puramente naturales. Otra (entre muchas posibilidades) es la alternativa de un teísmo cristiano. Si se hace ciencia natural dentro del marco de la primera de estas visiones de mundo, siempre se llegará a la conclusión de que el teísmo es una ilusión. Pero si se hace ciencia natural dentro de un marco teísta (cristiano o de otro tipo), entonces puede ocurrir que en términos metodológicos uno limite su investigación a las causas naturales, pero tales investigaciones pueden revelarse como compatibles con un marco teísta, como de hecho ha sido mostrado durante siglos por pensadores de primer rango. Si se piensa al respecto de este modo, deberíamos notar que los debates sobre cuestiones particulares como el modo en que evolucionan las cosas no van a resolver la controversia filosófica más amplia. Cristianos tradicionales, por ejemplo, podrán aceptar que haya desarrollos evolutivos, pero los verán entonces como el medio que Dios usa para crear.

 

Pero la cuestión parece volverse tanto más decisiva por el “nuevo ateísmo” de Dennett, Dawkins, etc. Y aunque ésta es un área en la que tanto trabajo ha sido realizado, a veces da la impresión de que los cristianos se conforman con poder mostrar que no hay incompatibilidad entre creación y evolución. Pero eso parece ser una posición puramente defensiva. ¿Qué más puede hacerse?

 

Creo que la aproximación que presenté en la respuesta anterior sugiere que esto no necesariamente debe reducirse a una actitud defensiva. Un reciente libro de Terry Eagleton, así como gran parte de los medios de comunicación de nuestro país, han presentado el “nuevo ateísmo” en gran medida como fundamentalistas religiosos por su dogmatismo. Cincuenta años atrás, creo que alguien se podría haber presentado defendiendo una visión naturalista del mundo y en muchos círculos habría sido aceptado como una posición imparcial y no sectaria. Hoy creo que es más frecuente que tal posición sea reconocida como simplemente un posible punto de partida –entre muchos- para una visión de mundo.

 

Volviendo a las humanidades, ¿nos podría dar algún buen ejemplo de lo que la academia cristiana significa en su propia disciplina, la historia, o en la enseñanza de la historia?

 

En la historia y en algunos campos similares el impacto de la fe religiosa sobre la investigación se dará al menos de tres modos. Primero, en la pregunta por el tipo de objetos que debo estudiar y el tipo de preguntas que debo hacer respecto de dichos objetos. Segundo, en la pregunta por el tipo de marcos interpretativos que mejor coincidan con mi fe. Tercero, en la pregunta por el modo en que mi fe forma los juicios de valor que implícita o explícitamente uso en mi investigación. La creencia religiosa desde luego no será el único factor que dé forma a nuestro trabajo, dado que hay que tener muchas competencias específicas. Pero es una de las cosas que puede hacer una diferencia y vale la pena preguntarse cuál deba ser esa diferencia. Pero como indico en La Escandalosa Idea, el prerrequisito para poder relacionar la propia fe con la investigación es el saber seguir las reglas propias del trabajo académico, reglas relacionadas con lo que es un discurso civilizado en una situación pluralista.

 

¿Tres libros que recomendaría a cristianos que estén empezando sus estudios de historia?

 

Naturalmente depende del campo que uno esté investigando en historia. Usted mencionó antes un libro de Mark Noll. Cualquier libro de él es bueno para entender la naturaleza del cristianismo en Norteamérica. Su último libro, El Nuevo Aspecto del Cristianismo Mundial (The New Shape of World Christianity) ofrece una revisión de la situación actual históricamente informada.

 

Entrevistó Manfred Svensson

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