Estudios Evangélicos

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La geografía cultural de la clonación

No es muy considerable la sabiduría que lleva a rechazar el reduccionismo y determinismo genéticos: pero no hay ninguna esperanza para la sabiduría a menos que lo hagamos.

La historia es familiar. Empieza en un jardín. No en el jardín del Edén, sino en un jardín de la abadía en Austria donde Gregor Mendel, un monje agustino, plantó diferentes tipos de plantas de guisantes. El hermano Gregor era el hijo de un granjero y conocía algo sobre la crianza, pero en ese jardín se propuso entender las reglas de la herencia de una manera más sistemática y estadística. Escribió sus observaciones y las publicó. Nadie prestó una atención especial. En efecto, el mundo bostezaba. Eso fue en 1865, pero no fue el final de la historia.

 

Tal vez el mundo bostezó porque era un monje. O tal vez el mundo bostezó porque las matemáticas parecían tediosas. O tal vez el mundo se vio simplemente distraído por la teoría que Charles Darwin había avanzado recientemente (1859). Pero en cualquier caso, la gente comenzó a despertar a la significancia de las observaciones de Mendel sobre la herencia cuando amaneció el siglo XX. Su trabajo fue redescubierto, re-publicado y confirmado independientemente. Su hipótesis sobre la herencia vino a denominarse genética, y el resto es historia. No es una historia totalmente agradable, y eso ha de ser dicho. Se enredó en la historia de la eugenesia bastante rápido. La ciencia, que siempre es sirviente de alguna visión de la vida, fue cooptada por el entusiasmo social del tiempo1.

 

En 1953 James Watson y Francis Crick descubrieron la estructura del ADN. Cuando celebraron en un pub cercano a su laboratorio, Crick anunció que acababan de descubrir el “secreto de la vida”2. Este tipo de retórica, por supuesto, era común en los pubs, pero también  fue creciendo de manera común en la descripción del genoma. Era la “Biblia” de la vida, “El libro del Hombre”, “El Santo Grial”3.

 

El descubrimiento y la retórica gatillaron –y los gobiernos y las corporaciones financiaron– una investigación masiva. El Proyecto Genoma Humano (también conocido como el Proyecto Santo Grial) emprendió el mapeo del genoma humano. El conocimiento del genoma humano continúa creciendo y junto con ese creciente conocimiento viene creciendo el poder sobre la naturaleza, incluyendo tal vez el poder para clonar.

 

La viaja ecuación de Bacon parece confirmada: conocimiento es poder. La pregunta, por supuesto, es si la siguiente parte de la ecuación de Francis Bacon será confirmada, esto es, si acaso el conocimiento como poder sobre la naturaleza conllevará florecimiento humano. En este punto de la historia tenemos, pues conocimiento (o por lo menos algunos tienen algo de conocimiento), y tenemos poder (o por lo menos algunos tienen algo de poder), pero también tenemos preguntas. ¿Qué podemos hacer con este conocimiento? ¿Qué debemos dejar sin hacer con tal poder? Tenemos conocimiento y tenemos poder, pero ¿tenemos sabiduría? ¿La tiene alguien? ¿Y dónde hay sabiduría para ser buscada? Ese es el mapa que verdaderamente necesitamos, el mapa de la sabiduría. Sin ese mapa simplemente tomaremos el curso de la menor resistencia, el curso determinado por la geografía cultural de los entusiasmos sociales de nuestro tiempo.

 

A pesar del éxito del Proyecto Genoma Humano, y a pesar de la retórica de Crick sobre “el secreto de la vida”, la genética aún no ha localizado el gen de la sabiduría. “Pero, ¿dónde se hallará la sabiduría?” Es una vieja pregunta, por supuesto, no es en respuesta a nuestro poder y conocimiento genético que se plantea por primera vez.

 

Job lo preguntó hace mucho tiempo (Job 28:12) y no tuvo respuestas fáciles. Algunas cosas son simplemente inescrutables, dijo “ocultas a (nuestros) ojos” (Job 28:21). Sabía, sin embargo, que lo que pasaba por sabiduría piadosa en la boca de sus amigos era realmente locura. Y sabía algo más. Sabía, como dijo, que Dios conoce el camino a ella, que Dios “la estableció” y que los antiguos sabios tenían razón al decir que la fe en Dios (o “el temor al SEÑOR”) es el principio de ella. (Job 28:23-28; Proverbios 1:7; 9:10).

 

Los cristianos buscan sabiduría en otra historia que comienza en un jardín. Tenemos que preguntarnos qué podría significar el mapear el genoma humano bíblicamente, para localizar nuestros poderes genéticos y orientarnos bíblicamente respecto de ellos. Confío que hay sabiduría en la Escritura, sabiduría para guiar. Confío en que hay discernimiento cristiano respecto de lo que se debería hacer y dejar sin hacer con nuestros poderes genéticos, incluyendo nuestro poder para clonar, para que podamos “glorificar a Dios en nuestros cuerpos” (I de Corintios 6:20) y con el genoma humano4.

 

En este ensayo, sin embargo, no estudiaré las Escrituras ni intentaré aplicar esa sabiduría a la clonación. Aquí mi tarea es escudriñar la geografía cultural, para considerar lo que pasa por sabiduría en nuestra cultura, y para sugerir que el entusiasmo cultural actual puede ser más bien un camino de necedad. Consideraremos algunas de las maneras en que nuestra cultura mapea el genoma humano, situándonos y orientándonos respecto de este nuevo conocimiento y poder.

 

Reduccionismo genético

 

Consideremos la retórica que a veces acompaña la investigación genética en nuestra cultura. Pretende ser un tipo de sabiduría, como si el genoma humano fuese el “secreto de la vida” o el “código de códigos” o el “mapa de la vida humana”. Eso nos invita, por supuesto, a leer el mapa del genoma humano como si éste fuese necesario y suficiente para la comprensión de la vida humana. Pero deberíamos rechazar esta forma de pensar y hablar sobre el Proyecto del Genoma Humano. Deberíamos rechazar el reduccionismo genético. Ese es el camino de la necedad, no de la sabiduría.

 

Walter Gilbert, premio Nobel en genética, hizo la predicción plausible de que cada uno de nosotros algún día tendrá un CD que contiene un mapa de nuestro código genético individual. Pero hizo además la tonta sugerencia de que cada uno podrá tener ese CD y decir “este soy yo”5. Debemos resistir tal futuro (junto con esa retórica). La persona humana no puede ser reducida a sus genes. La habilidad para mapear y secuenciar los genes no nos da lo que Gilbert esperaba, “la última respuesta al (antiguo) mandamiento <conócete a ti mismo>”6.  De hecho, ni siquiera el cuerpo puede ser reducido a los genes; un genotipo no debe ser confundido con un fenotipo7. Personas y entidades tienen historias, no solo destinos genéticos.

 

Uno no necesita leer la Escritura para reconocer la necedad del reduccionismo genético -o la necedad del determinismo genético que genera algunas veces. La necedad del determinismo salta a la vista en una contradicción: por una parte, hay una negación de la libertad humana en asumir que los seres humanos están totalmente determinados por su ADN; mientras, por otra parte, está la afirmación de que los seres humanos son libres, de hecho, libres para controlar su ADN, su propia naturaleza y su futuro evolucionario8.

 

Cuando rechazamos el reduccionismo genético, no rechazamos el estudio de la genética. Rechazamos los argumentos en relación con la clonación (en ambos lados de la disputa) que asumen tal reduccionismo. Más importante aún, rechazamos la afirmación de que el mapa del genoma humano es suficiente para localizar su propio significado. Reconocemos la necesidad de algún otro mapa (o mapas) de “el humano” para localizar y orientarnos con respecto a nuestro conocimiento y poder genéticos. No es muy considerable la sabiduría que lleva a rechazar el reduccionismo y determinismo genéticos: pero no hay ninguna esperanza para la sabiduría a menos que lo hagamos.

 

El proyecto baconiano

 

Considerando también el mapa provisto por lo que es bien llamado “el proyecto baconiano”, el cual sitúa el conocimiento genético como una ciencia “práctica” orientada a “aliviar al hombre del sometimiento al destino o necesidad”9. Eso suena bastante recomendable, y es lo suficientemente común en el mundo moderno. Pero es el camino a la locura.

 

No es una locura distinguir las ciencias  “prácticas” de las “especulativas” (o teóricas). Aquino también había hecho eso, pero afirmaba que los dos tipos de conocimiento son buenos. Bacon las distinguió con el fin de rechazar las ciencias “especulativas” como la mera “niñería del conocimiento”, como “estéril en cuanto a obras”. La cultura occidental ha seguido a Bacon en exaltar una particular forma de conocimiento, el conocimiento para el cual se reserva el honorífico término de “ciencia”. En el relato clásico, la teoría (o las ciencias especulativas) provee la sabiduría para usar adecuadamente las ciencias prácticas. En el relato de Bacon –y en la cultura formada por el relato de Bacon- ¿dónde vamos a buscar la sabiduría?

 

El relato moderno podría admitir, como Bacon lo hizo, que para que el conocimiento beneficie a la humanidad debe “perfeccionarla y gobernarla en caridad”11; pero la ciencia no es “autosuficiente como fuente de esa calidad humana que la hace beneficiosa”12.  La compasión que responde visceralmente al sufrimiento nos moverá a hacer algo en respuesta al sufrimiento, pero no nos dirá qué es lo que se debe hacer.

 

La confianza baconiana en la tecnología nos dice que lo que hay que hacer es buscar la última técnica o la herramienta más cercana en un esfuerzo por eliminar el sufrimiento. El proyecto baconiano simplemente arma compasión con artificio, no con sabiduría. Para que la sabiduría guíe a la caridad (o compasión), la ciencia debe recurrir a otra cosa. ¿Pero a qué? ¿Y cómo, dentro del relato de Bacon, puede la humanidad tener “conocimiento” de eso que busca?

 

El celebrado conocimiento “practico” de Bacon se buscó en la confianza de que haría a la humanidad “capaz de superar las dificultades y oscuridades de la naturaleza”, capaz de someter y vencer las ofensas y miserias que la naturaleza trae, y “dotar a la familia humana con nuevas misericordias”13.  El proyecto baconiano pone a la humanidad no solo sobre la naturaleza, sino en contra de ella. El orden natural y el proceso natural no tienen dignidad por sí mismos, su valor es reducido a su utilidad para la humanidad. Y la naturaleza no sirve a la humanidad “naturalmente”. La naturaleza amenaza gobernar y destruir la humanidad. La falla que pasa a través de nuestro mundo y a través de nuestras vidas debe finalmente estar localizada en la naturaleza. La naturaleza puede y debe ser dominada. La tecnología se convierte en el fiel salvador. La confianza en que esa tecnología inevitablemente traería bienestar a la humanidad a su paso es un credo del que hoy cabe justificada duda. Si se trata de localizar conocimiento y poderes genéticos para orientarnos respecto de ellos, el proyecto baconiano es un mapa poderoso pero absurdo. Debemos buscar sabiduría en otra parte.

 

El proyecto de una sociedad liberal

El proyecto de una sociedad liberal es para mantener la paz en medio de la diversidad moral16. Eso suena bastante loable, y es seguramente común en el mundo moderno (y posmoderno). Pero también este proyecto nos pone en un camino hacia la necedad.

Dado que las personas están en desacuerdo amplio y profundo sobre sus convicciones morales, una sociedad liberal insiste en el respeto por la autonomía de cada persona e intenta garantizar un espacio para cada uno, para actuar de una manera que se adapte a las preferencias morales de uno, siempre y cuando no se viole la autonomía del otro. No es necio intentar mantener la paz en medio de la diversidad. No es necio insistir en el respeto por la integridad moral de cada miembro de una sociedad diversa. La debilidad del proyecto de una sociedad liberal es más bien su minimalismo, y su necedad es su falla en o su negativa a reconocer su minimalismo.

Su minimalismo muestra una variedad de caminos. El proyecto liberal no nos dice nada sobre lo que es bueno buscar, solo algo sobre las restricciones a considerar en su búsqueda. Más aún, es un intento por dar con una sola restricción, la de prohibir cualquier violación a la libertad del otro. Como pretende que la libertad es un principio moral suficiente, reduce las relaciones pactales (como las relaciones entre esposo y esposa, o padres e hijos) a materias de contrato. Por su énfasis en cuestiones de procedimiento –la pregunta respecto de quién debería decidir– empuja a los márgenes del discurso público las preguntas morales sustantivas sobre la conducta y el carácter –las preguntas respecto de lo que debería ser decidido y las virtudes que deberían marcar al que decide.

Su minimalismo no lo vuelve erróneo, pero si es el minimalismo no es reconocido como tal, eso puede distorsionar y perturbar la vida moral, y la generación de la vida moral. Es verdad, por ejemplo, que el “sexo no consensual” es malo, pero hay mucho más que decir sobre una buena vida sexual; y si negamos que hay más que decir, entonces distorsionamos y perturbamos la buena vida sexual.

Cuando la “libertad reproductiva” es tomada como un principio suficiente, entonces públicamente reducimos el yo a su capacidad de agencia y reducimos los actos de engendrar a la mera fisiología y a asuntos de contrato. Consideremos la locura de las madres de alquiler, que son a veces excluidas de la experiencia del embarazo y el parto por el contrato, y a veces excluidas del contrato por su experiencia de engendrar. O consideremos la locura, la visible incoherencia de nuestra moralidad pública con respecto a las personas con discapacidad. Por un lado, apoyamos su plena inclusión a la sociedad y sus derechos a una libertad igualitaria. Por otra parte, parece que estamos comprometidos con una libertad reproductiva que incluye la libertad para prevenir que nazca un niño con una discapacidad. No es fácil ver cómo el juicio negativo respecto de la vida de las personas con discapacidad que se ejerce en el campo de la libertad reproductiva puede coexistir con el compromiso social con su plena inclusión.

Nótese, también, la necedad de la pretensión de que “la maximización de la libertad” es siempre moralmente inocente. “Maximizar la libertad” irónicamente puede aumentar nuestra servidumbre. Lo que vaya a presentarse como una vía para aumentar nuestras opciones puede llegar a ser objeto de presión social. Las tecnologías genéticas presentadas como formas de aumentar las opciones de los padres, incluyendo el diagnóstico prenatal, por ejemplo, podrían llegar el objeto de tal presión. “¿Qué? ¿Sabías que estabas en riesgo de tener un hijo con esa enfermedad y no hiciste nada al respecto? ¿Y ahora esperas nuestra ayuda con este niño?” Ahora es posible, por su puesto, afirmar que el diagnóstico prenatal es la vía del progreso; pero entonces el argumento ha cambiado de la celebración de opciones y la maximización de la libertad a otra cosa, al significado del progreso. Y ese argumento, por supuesto, requiere convicciones morales más sustanciales que el proyecto liberal que se invoca. Más aun, nótese esta ironía: la maximización de la libertad, el aumento de opciones, puede a veces eliminar opciones. Cuando, por ejemplo, bajo el amparo de la maximización de la libertad, ofrecemos la opción del suicidio asistido por un médico, eliminamos la opción de seguir con vida sin tener que justificar la existencia de uno a nadie. Y cuando, bajo el amparo de la libertad reproductiva, ofrecemos la opción de prevención de defectos congénitos al impedir los nacimientos defectuosos, podríamos eliminar la opción de tener y cuidar a un niño sin tener que justificar la existencia del niño a cualquiera. La clonación reproductiva, bajo el amparo de la libertad reproductiva, establece una identidad genética particular para un niño, una identidad genética que ya tiene una historia, una historia contra la cual el niño será inevitablemente medido. La capacidad de agencia de tal niño es poco probable que sea “maximizada” o incluso fomentada.

La maximización de la libertad no debería ser considerada como una justificación suficiente para un cambio en las prácticas sociales, especialmente si el cambio deja a los débiles más vulnerables. La confianza en que la libertad es un principio suficiente y que la maximización de la libertad es siempre moralmente inobjetable es un credo del que hoy cabe justificada duda. Para localizar nuestro poder sobre el genoma humano y orientarnos respecto de él, el proyecto de una sociedad liberal es un poderoso pero absurdo mapa. Debemos buscar la sabiduría en otro lugar.

El proyecto de (re)producir niños perfectos

El proyecto baconiano y el proyecto de una sociedad liberal conspiran para distorsionar nuestra relación con nuestros hijos. La sospecha respecto de la naturaleza unida a la confianza en la tecnología y la celebración de las opciones, conspiran para nutrir una nueva “sabiduría” sobre la paternidad, un nuevo proyecto de reproducción. Somos tentados a ver a nuestros hijos como logros humanos en lugar de verlos como dones de Dios,  tentados a verlos como la base de la esperanza más que como un gesto de nuestra esperanza en Dios.

Pocas personas piensan que los niños son la propiedad de sus padres, para ser desechados según la voluntad de los mismos. Hoy día la confusión proviene más bien de la mirada según la cual los padres tienen la enorme responsabilidad de hacer niños perfectos (o, por lo menos, por encima de la media), y de volver perfectos (o, al menos, por encima de la media) a tales niños con el fin de asegurarles una vida feliz y exitosa.  Pero este relato respecto de la paternidad convierte a nuestros hijos en productos, en logros humanos y tecnológicos.

Este tipo de descripción de la realidad permite (y finalmente, puede exigir) el aborto de los no nacidos que no cumplen con nuestros estándares de control de calidad. El descuido de los recién nacidos con capacidades disminuidas para alcanzar nuestro ideal de la buena vida, y la búsqueda de posibilidades técnicas de mejoramiento genético de nuestros hijos. Tal proyecto puede así finalmente reducir nuestras opciones a la alternativa entre un “hijo perfecto” o un niño muerto.

Pero los hijos son engendrados, no creados; ellos son regalos, no logros19. El lenguaje del regalo nos invita a relacionarnos con nuestros hijos como un pequeño que se relaciona con Dios, con el Dios conocido en Jesús que bendice a los pequeños niños, el Dios invocado como Abba. Y la enseñanza sin cálculo del Padre sigue siendo el lugar para aprender la crianza, para aprender a amar lo imperfecto, al mocoso, y al simplemente maleducado.

Entonces no es accidental que el lenguaje del regalo implica la aceptación de nuestros hijos como algo dado. No los consideraremos como productos, como un logro, y no se podrá engendrarles como si lo fuesen. Los niños vienen a nosotros como dados –ellos no son de nuestra elección, no están bajo nuestro control, y no son necesariamente los niños que queremos o esperamos o que elegiríamos si pudiéramos. Los niños vienen a nosotros como dados, y por lo tanto siempre tienen un grado de independencia de nosotros y de nuestras decisiones racionales. Considerar a los niños como regalos puede ser necesario si los niños han de ser considerados como fines en sí mismos y no meramente como instrumentos para  alcanzar los fines y proyectos parentales20.

Si se trata de localizar nuestro conocimiento genético y orientar nuestra reproducción, el proyecto de (re)producir hijos perfectos es poderoso pero absurdo. Debemos buscar sabiduría en otra parte.

El proyecto del capitalismo

A medida que la investigación sobre la genética se ha desarrollado, se ha vuelto cada vez más claro que no se puede ver aparte de los incentivos económicos que impulsan el proyecto. El proyecto del capitalismo y el mapa que provee transforman el conocimiento científico en una mercancía comerciable. Aquellos que están en la vanguardia de la investigación de la inversión en genética -Estados Unidos, las naciones Europeas y Japón- esperan retornos lucrativos de las aplicaciones comerciales de sus industrias biotecnológicas. Al comienzo de los esfuerzos internacionales de investigación era la rentabilidad la que fue invocada para justificar el esfuerzo colaborativo y coordinado. Posteriormente, como las enfermedades particulares fueron identificadas con secuencias particulares, con el fin de asegurar la inversión en la investigación y el desarrollo de productos, los intereses comerciales de las compañías biotecnológicas se movieron a patentar secuencias de genes23. La colaboración y la cooperación dieron paso a la competencia y el secreto, porque el mercado lo exigía.

Los avances médicos prometidos por la ciencia genética están atados al éxito (es decir, un éxito comercial) del desarrollo de productos de empresas biotecnológicas. Los beneficios sociales dependen del mercado, y los objetivos médicos están íntimamente relacionados con los objetivos comerciales. Los beneficiarios del conocimiento y del poder genético, tanto económico como médico, muy probablemente vivirán en los países desarrollados y estarán entre los relativamente acomodados dentro de esas poblaciones. Apenas es accidental que el gen más estudiado es el gen de la fibrosis quística; 1 de cada 25 europeos del norte lo posee24. Apenas es accidental que la preocupación más común es que las empresas que contratan gente o que proporcionan seguro médico usarán este conocimiento y poder para servir a sus propios intereses financieros en lugar de los intereses de los enfermos pobres.

Quizás debemos creer que alguna “mano invisible” guiará al mercado no solamente a eficiencia sino también hacia la equidad global. Quizás vamos a creer que algunos de los beneficios se “derramarán” hacia los pobres y económicamente débiles. Pero también éste es un credo del que cabe justificadamente dudar. Lo que hemos visto hasta ahora no presagia nada bueno para la justicia, especialmente para la justicia global. Para localizar el Proyecto Genoma Humano y orientarnos en él el proyecto del capitalismo es un poderoso pero absurdo mapa. Debemos buscar la sabiduría y la justicia en otros lugares.

 

Publicado originalmente en Christian Reflections. Copyright de Baylor University. Traducido con autorización. Traducción de Israel Guerrero Leiva.

Notas

1 Véase Arthur J. Dyck, “Eugenics in Historical and Ethical Perspective,” en John F. Kilner, Rebecca D. Pentz, y Frank E. Young, eds., Genetic Ethics (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans, 1997), 25-39.

2 James D. Watson, The Double Helix (New York: Athenaeum, 1968), 126.

3 Véase Walter Gilbert, “A Vision of the Grail,” en Daniel Kevles and Leroy Hood, eds., The Code of Codes (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1992), 83-97.

4 Véase Allen Verhey, Reading the Bible in the Strange World of Medicine (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans, 2003), 158-193. Mis reflexiones en este artículo están tomadas de las pp. 145- 158.

5 Gilbert, “A Vision of the Grail,” 96.

6 Jean Bethke Elshtain, Who Are We? (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans, 2000), 90, citando a Gilbert.

7 Consideremos esta pregunta: ¿de qué es que provee un mapa el proyecto genoma humano? No de la persona humana. No del cuerpo humano. Ni siquiera de lo que llamamos el genoma humano. No hay algo llamado el genoma humano. El proyecto mismo nos ha recordado que los genes presentan diferencias de persona a persona. El objeto del proyecto es publicar el resultado o consenso de una secuencia de 200 personas distintas. Pero eso no nos provee de un mapa de nadie ni de alguien en particular. ¿Cuál es el grupo sanguíneo del genoma humano? Sabemos dónde buscar en el cromosoma 9 una huella del grupo sanguíneo, pero por mucho cuidado con que busquemos no daremos con el grupo del genoma humano. Veremos que “la variación es parte inherente e integral del genoma humano, o en realidad de cualquier genoma” (Matt Ridley, Genome (New York: HarperCollins, 1999), 145).

8 Véase Ted Peters, Playing God? Genetic Determinism and Human Freedom (New York: Routledge, 1997), xiii.

9 Sobre el proyecto baconiano véase Gerald McKenny, To Relieve the Human Condition: Bioethics, Technology and the Body (Albany, NY: State University of New York Press, 1997), 22.

10 Aquinas, Commentary on Aristotle’s ON THE SOUL 1.3; Francis Bacon, The New Organon and Related Writings, ed., F. H. Anderson (Indianapolis, IN: The Liberal Arts Press, Bobbs- Merrill Co., 1960 [1620]), 8.

11 Bacon, 15.

12 Hans Jonas, The Phenomenon of Life: Toward a Philosophical Biology (New York: Dell, 1966), 195.

13 Bacon, 19, 29.

14 Jonas, 192. El proyecto baconiano encuentra expresión natural en el perfeccionamiento genético. La naturaleza que somos es la naturaleza por la que sufrimos. Las ambiciones del proyecto baconiano se extienden a la misma finitud humana, a la naturaleza humana. Al proyecto baconiano le resultará crecientemente difícil pensar una distinción entre sanar y perfeccionar. Desde luego hay aquí una ironía. El mismo éxito de las tecnologías de optimización, como ha observado Mark Hanson, “sirve para ampliar el rango de cosas de las que se puede decir que sufrimos”. Mark J. Hanson, “Indulging Anxiety: Human Enhancement from a Protestant Perspective,” Christian Bioethics 5:2 (August, 1999), 121- 138, citando de la p. 125.

15 Concedamos, con todo, que la sabiduría no se encuentra en ningún ligero lenguaje de espíritu antitecnológico, en slogans que denuncian que se “juega a ser Dios” cuando se interviene procesos naturales. También eso es necedad, Dios es Dios y no naturaleza.

16 Véase la dicusión de la convención liberal en Hans Reinders, The Future of the Disabled in Liberal Society: An Ethical Analysis (Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 2000), 22-35.

17 Reinders, 65; see also 77-78.

18 Así ocurre con las tecnologías que rodean nuestra muerte, que fueron introducidas para ampliar las opciones de médicos y pacientes ante la muerte; pero tales opciones tienden a resultar siendo socialmente impuestas. Al menos se oye de vez en cuando que “no tenemos alternativa”.

19 Oliver O’Donovan, Begotten or Made? (Oxford, UK: Oxford University Press, 1984).

20 Sobre la relación entre padres e hijos véase Sondra Wheeler, “Contingency, Tragedy, and the Virtues of Parenting,” en Ronald Cole-Turner, ed., Beyond Cloning (Harrisburg, PA: Trinity Press International, 2001), 111-123.

21 Véase Julie Clague, “Genetic Knowledge as a Commodity: The Human Genome Project, Markets and Consumers,” en Maureen Junker-Kenny and Lisa Sowle Cahill, eds., The Ethics of Genetic Engineering número de Concilium, 1998:2 (London: SCM Press, 1998), 3-12, citando de p. 6.

22 Robert Mullan Cook-Deegan, “Genome Mapping and Sequencing,” en Warren Reich, ed., Encyclopedia of Bioethics, edición revisada (New York: Macmillan, 1995), 1011- 1020, especialmente 1014-15. Véase también Karen Lebacqz, “Fair Shares: Is the Genome Project Just?” in Ted Peters, ed., Genetics: Issues of Social Justice (Cleveland, OH: The Pilgrim Press, 1998), 82-107.

23 Véase Stephen Sherry, “The Incentive of Patents,” in Kilner, et al., Genetic Ethics, 113- 123.

24 Hay una evidente conexión entre el proyecto liberal y el proyecto capitalista. Nuevos desarrollos tecnológicos son introducidos como caminos para aumentar las opciones de los consumidores.

 

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