Estudios Evangélicos

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La juventud como ídolo

Dejar a los jóvenes ser jóvenes requiere precisamente tomarlos en serio, pues tal como los adultos buscan una fe seria, y donde la encuentren se van a quedar.

Todos hemos visto películas o retratos del siglo XVIII en que hombres de todas las edades aparecen con pelucas que los hacen parecer ancianos. En ocasiones el absurdo se ve acentuado por el hecho de que el rostro que acompaña a la peluca es claramente el de un niño. Pero en cualquier caso, nuestra reacción por esta fijación con el pelo blanco parece la de un justificado desdén: “la sabiduría no está en las canas”, dice un popular y justificado dicho. O, en palabras de Kierkegaard, la sabiduría no se encuentra entre las cosas que “nos vienen con los años, algo así y tan bonitamente como pasa con los dientes, la barba y otras cosas por el estilo”[1]. Y claro, la sabiduría no puede venir simplemente con los años, porque viene de una fuente más radical: el temor de Dios. Sin embargo, una larga vida vivida dentro de dicho temor de Dios por supuesto puede conducir a mayor sabiduría que poco tiempo en tal temor. Y por lo mismo hay muchas ocasiones y muchas áreas de la vida en que la experiencia de la vida constituye un aporte indispensable, y es digno de consideración el que Pablo haya instituido “ancianos”, no “líderes” para cuidar de la iglesia, que advirtiera incluso contra el trabajo pastoral realizado por recientemente conversos. Pero, por mucho que haya de verdad en eso, parece que nuestros remotos antepasados dieron un paso más, y cultivaron una verdadera idolatría de la ancianidad. Pues donde todos tienen una peluca canosa, lo que tenemos no es verdadera reverencia por las canas, ni menos discernimiento ante las canas: las pelucas y su cultivo de la apariencia –sean pelucas rejuvenecedoras o envejecedoras- revelan precisamente que una parte de la realidad intenta volverse el centro de todo –la definición de la idolatría.

 

Tenemos pues motivos para estar felices, satisfechos de que hoy eso haya sido dejado de lado. Pero el corazón humano, como decía Calvino, es una fábrica de ídolos. Y eso significa que nunca podemos bajar la guardia, que muchas veces dejamos un ídolo para abrazar otro. Y la verdad es que todas las edades de la vida pueden convertirse en tal objeto de idolatría. Así como existió una respecto de la ancianidad, muchas veces nos topamos con gente que no puede concebir maldad alguna en un niño. Existe una idolatría de la “inocencia” infantil. Pero creo razonable afirmar que si hoy hay un fenómeno socialmente predominante, es más bien la idolatría de la juventud. Tal idolatría es un rasgo fundamental de nuestra cultura, y detenernos a pensar al respecto puede echar abundante luz sobre nuestro entorno. Pero al mirar este problema, los cristianos también nos miramos a nosotros mismos, a la iglesia. La iglesia se reúne para dar culto al único Dios, pero cada uno de los que nos sumamos a dicho culto llevamos en nuestro corazón no sólo nuestra propia fábrica de ídolos personales, sino también los ídolos de nuestra cultura.

 

Ahora bien, por supuesto nos cuesta ser sensibles a estos cambios culturales, pues hemos crecido en un mundo que da por sentadas muchas cosas que en realidad son fenómenos recientes. Considérese lo siguiente. Un joven cristiano de la década de 1930, a sus veinticinco años, habría tenido por la cosa más natural del mundo componer himnos. Eso es un hecho. ¿Pero cómo interpretamos el hecho? La reacción más común es la de imaginar que para ellos eso, los himnos, valía como “música contemporánea”, que para ellos eso era suficientemente juvenil. Pero creo que tal interpretación es equivocada, porque en cierto sentido toda la categoría de lo juvenil es algo que sencillamente no existía. Es decir, la mismísima idea de que pueda haber algo así como una “subcultura” de los jóvenes es algo relativamente reciente. Por supuesto eso no tiene por qué ser algo malo. Por el contrario, puede tratarse de un desarrollo perfectamente legítimo. Pero nos llama a estar atentos, en cuanto un campo cultural nuevo puede fácilmente acabar con la pretensión de ser el campo cultural predominante. En ese sentido la existencia de una cultura específicamente juvenil nos llama a una significativa labor de discernimiento, que podríamos comparar al discernimiento al que nos llama la tecnología, en particular su uso en las comunicaciones: se trata de fenómenos relativamente recientes, legítimos, pero que tienen también un avance avasallador, del cual hay que estar conscientes para evaluarlo y asignar a la juventud un lugar correcto.

 

Pero ¿a qué me refiero con la idea de que hay un avance avasallador de lo juvenil? En primer lugar, al sencillo hecho de que todo el mundo quiere ser joven. En medio de sus alardes de diversidad, nuestra cultura presenta en ese sentido un mensaje bastante uniforme. A veces es en un tono serio, de parte de gente que realmente cree que un maquillaje los puede mantener jóvenes; otras veces es en broma, con una persona mayor riéndose de su propia vejez como si tuviera que disculparse por ella. Esto último es por supuesto más sano, pero precisamente el hecho de que se pueda hacer bromas, en que el hombre de edad se ríe de sí mismo, constata que estamos en una cultura de adoración de la juventud. La juventud se extiende artificialmente a todas las etapas de la vida: devora a la niñez –una etapa de la vida que según el sólido análisis de Neil Postman está casi desapareciendo[2]– y se extiende también de modo voraz hacia adelante, de modo que cuando una iglesia organiza un campamento de jóvenes le fija edad de inicio, pero pocos se atreverían a ponerle edad de término.

 

Los ejemplos de la vida diaria saltan a la vista. Recuerdo 10 años atrás haber escuchado en una radio española que “una joven de 34 años acaba de ser atropellada”. Esto hoy no nos sorprende, pero en ese momento sí me sorprendió: 10 años atrás en Chile todavía no calificábamos de jóvenes a los de 34 (una edad, para aclararlo desde ya, que alcanzaré el próximo año). Pero el ritmo en que el ídolo de la juventud ha avanzado entretanto es sorprendente: el año 2005 tuvimos en televisión la serie “Los treinta”. Era, por supuesto, una serie sobre adultos jóvenes. Y no hay problema en que haya series sobre adultos jóvenes. Pero sí hay un problema cuando el objeto es precisamente una defensa pública de la inmadurez del adulto joven, con parejas en que lo predominante es el temor a la rutina, la falta de compromiso perdurable, en que nadie piensa en tener hijos, en que a los 35 la vida sigue siendo un noviazgo de adolescentes. Pero naturalmente al poco andar esto quedó corto: ¿por qué alguien de 42 debiera renunciar a estas libertades? Al poco tiempo, ya teníamos una serie con el título “Cuarenta y tantos…”, de similares características. Llevaba el adecuado subtítulo de “…Maduros, pero ni tanto”.

 

Pero no se trata simplemente de que se extienda el rango de años que se intenta hacer caber dentro de la juventud. Eso, después de todo, podría ser algo más o menos inocente, precisamente por lo imposible que es: tarde o temprano, y más temprano que tarde, ya no seremos jóvenes. Pero aunque llegue un momento en que ya sea imposible ocultarlo, el haber pretendido y querido ser siempre jóvenes habrá dejado huella. El fenómeno es hoy objeto de creciente análisis sociológico: la adultez está en crisis, y un porcentaje creciente de adultos es descrito por diversos sociólogos como infantilizados, niños atrapados en cuerpos de adulto, “adultescentes”. El tipo de rasgos que llevan a esta caracterización son fácilmente imaginables: incluso el mercado de los juguetes está crecientemente descubriendo a los adultos como uno de sus grandes públicos. Tal vez sea verdad, dice el hombre, que es inevitable alguna vez morir; pero no es inevitable crecer, impongamos entonces al menos ahí nuestra voluntad. Esto puede parecer una amorfa manifestación del afán por autonomía. Y lo es. Pero se trata también de una consecuencia natural del tipo de ídolos que tenemos. Como reza el título de un reciente libro de teología de la idolatría, “nos convertimos en aquello que adoramos”[3].

 

Pero esto resulta por otro lado curioso, porque nuestra cultura busca muy enfáticamente verse a sí misma como una cultura “adulta”. Sin embargo, tampoco eso nos debe extrañar: una cultura idolátrica nunca logra ser una cultura consistente, siempre entrará en contradicción. Y nuestra cultura encuentra aquí una de sus grandes contradicciones. Junto con su afán por ser siempre juvenil, se presenta todo el tiempo como una cultura adulta. Éste, de hecho, es el tal vez principal modo que la época moderna tiene de comprenderse a sí misma. Kant, en su célebre escrito “¿Qué es Ilustración?”, respondía a la pregunta diciendo que es “la salida de una autoculpable minoría de edad”. Desde entonces eso es un modo común en que la modernidad se entiende a sí misma: burlándose de las épocas anteriores como épocas infantiles en que se seguía la autoridad en lugar de pensar por uno mismo. Es por supuesto una cómica ironía que la misma época que se precia de ser la única época adulta, sea al mismo tiempo la única época de la historia en la que incluso muchos ancianos quieren ser juveniles, en que los padres sueñan con que alguien los tenga por hermanos de sus hijos.

 

Ahora bien, a alguien podría parecerle que lo que he escrito hasta aquí es un absurdo ataque a la juventud. Pero no tiene por qué serlo: cuando el pueblo de Israel adoró un becerro de oro, creo que podemos tranquilamente suponer que la culpa no era del becerro. Los culpables no fueron ni la forma de toro ni las joyas de las que fue hecho, sino un pueblo idolátrico. De modo similar, si hoy denunciamos que la juventud se ha vuelto un ídolo, eso no implica necesariamente decir que es la juventud la idolátrica. Bien puede ser que no, que tal como el becerro, los jóvenes estén siendo simplemente el objeto de culto de otros, otros que serían los verdaderos culpables. No del todo, por supuesto, pues en el becerro no hay culpa alguna, y seríamos unos vanos aduladores si habláramos así de los jóvenes. Pero incluso si suponemos que en el problema aquí diagnosticado los jóvenes son los menos culpables, es muy importante que notemos que la idolatría no sólo corrompe al idólatra, sino que también destruye al ídolo -¿habrá épocas con tanto desempleo juvenil como la de la idolatría de lo juvenil?-, al cual saca del verdadero lugar que le corresponde en el orden de la creación, el único en que podía brillar plenamente. Y si es así, debemos cuidarnos de esta idolatría no sólo como fruto de una preocupación general por nuestra cultura, sino precisamente a partir de una preocupación por los jóvenes.

Quienes se resisten a este análisis nos citarán, sin reflexionar al respecto, textos en que la Biblia parece unirse a esta fascinación contemporánea por la juventud. “Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia”, se nos dice en Eclesiastés 11:9, y Pablo escribe a Timoteo “que nadie tome en menos tu juventud” (I T. 4:12). Y ciertamente es verdad que estos pasajes existen, y que debemos tomarlos en serio. Pero dos puntos cruciales deben ser notados en relación a esto. En primer lugar, que tales palabras no son escritas como un reflejo de una cultura de exaltación de lo juvenil, sino precisamente en medio de la situación contraria. Las palabras de Pablo son más bien contraculturales: en un medio que exaltaba la ancianidad, Pablo nos recuerda que Timoteo -un hombre en ese momento no de 18, sino más bien de 38 años- puede desplegar las virtudes de un buen pastor. Encarnar esta actitud de Pablo en una cultura de condiciones inversas en cuanto a la edad que exalta significará estar dispuestos a hoy afirmar también “que nadie tome en menos la ancianidad”.

Pero eso es todavía una respuesta muy pobre. Pues la principal lección que nos da un pasaje como éste, se encuentra en que las virtudes que Pablo llama al joven Timoteo a cultivar, no son en realidad las virtudes que se acostumbra asociar de modo predominante con la juventud. Pues Pablo le dice que sea ejemplo de los creyentes “en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza”, y lo llama ocuparse en “la lectura, la exhortación y la enseñanza”. (I Tim. 4:12-13). Al joven que se comportara así, hoy seguramente le diríamos que es un “viejo chico”. Pero tal pasaje se vuelve central una vez que pensamos en lo siguiente: quien idolatra a la juventud y solo habla a ella y de ella, puede fácilmente comenzar a centrar el mensaje en características que el mundo de hoy tiende a asociar de modo preferente con la juventud, y esas características no son las que acaba de recitar Pablo. El mundo actual, en su exaltación de la juventud, lo que adora es en realidad una imagen falsa de la juventud, en la que en lugar de las características recitadas por Pablo prima el éxito, el vigor, la autenticidad. Y desde luego es falso que todos los jóvenes posean tales características, pero la idolatría crea también una imagen arbitraria de lo que idolatra, y las características puramente positivas (pero superficialmente positivas) que el discurso popular pretende atribuirle a la juventud son el tipo de características que se prestan muy fuertemente para el autoengaño no del joven, sino del hombre en general. En tales circunstancias, el solo hecho de leer el pasaje de Pablo completo, y no sólo “ninguno tome en menos tu juventud”, ya constituye un fuerte correctivo a nuestra atrofiada visión.

¿Pero constituyen hoy las iglesias cristianas ese correctivo, o están también ellas dominadas por el ídolo de lo juvenil? Creo que la respuesta a eso debe ser cuidadosa. La tendencia a intentar tener una iglesia llena casi exclusivamente de jóvenes a veces puede revelar que hemos caído en esta idolatría, pero a veces no implica necesariamente eso. Una iglesia debiera tener la composición social del barrio en que se encuentra, y así está perfectamente bien que una iglesia en un barrio universitario pretenda ser predominantemente juvenil –y así está perfectamente mal que una iglesia en un barrio residencial pretenda lo mismo. Esto debe ser evaluado con mucha atención al contexto. Pero todos debemos cuidarnos de la tendencia a centrar los esfuerzos en una sola edad. Para constatar cuánto acostumbramos fallar en eso, basta con hacer el siguiente sencillo ejercicio: compárese la proliferación de ministerios específicamente concentrados en el trabajo juvenil con la casi total ausencia de trabajo con ancianos. Muchas iglesias pueden por supuesto tener un grupo de la tercera edad, y con gente muy dedicada a su cargo. Pero nadie piensa que haya que estudiar con dedicación el modo en que eso se ha de hacer, de modo equivalente a las decenas y decenas de agrupaciones dedicadas a pensar en cómo hacer un buen trabajo con jóvenes. Si bien casi toda iglesia tiene un pastor de jóvenes, pocas piensan que deban tener un pastor dedicado especialmente al trabajo con personas de más edad. Basta recordar que ése es el grupo que más crece en las sociedades actuales, para entender el desvarío que es esto en términos misioneros.

 

Y si no es la cantidad de ministerios, es nuestro lenguaje el que nos delata. Pensemos en la facilidad en que decimos “los jóvenes son el futuro”, pensando que con eso se ha resuelto la pregunta sobre qué criterios deben imperar en la iglesia, por ejemplo en cuanto al estilo del culto. Y desde luego hay un sentido obvio en que los jóvenes son “el futuro”. Pero no sabemos si lo que nos depara el futuro terrenal son cosas buenas o malas. Decir “los jóvenes son el futuro” puede significar “el futuro es horrible” o “el futuro es fantástico” –simplemente no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que durante lo que dure nuestra futura peregrinación en esta tierra, y sin importar cuán buena o mala sea, Dios nos llama a estar constituidos como una comunidad de muchas edades dándole gloria: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Aún han de morar ancianos y ancianas en las calles de Jerusalén, cada cual con bordón en su mano por la multitud de los días. Y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en ellas” (Zac. 8:4-5). Eso tiene por supuesto dificultades grandes, y por lo mismo requerimos mucha sabiduría para lograrlo. Pero lo significativo es que si los jóvenes pueden ser como Pablo le escribe a Timoteo, entonces precisamente ellos, por la madurez que de ellos cabe esperar, pueden desempeñar un papel crucial en esto: ellos mismos no sólo reconociendo el valor de las otras edades y rechazando que se les idolatre, sino también como agentes activos de justicia intergeneracional. Entre otras cosas, eso implicaría una juventud que reconoce a la tercera edad como uno de los grandes campos misioneros.

 

Todo esto puede sonar demasiado serio, y es verdad que la Biblia contiene también un mensaje mucho más sencillo, que es “alégrate, joven, en tu juventud” (Ecl. 11:9). Pero ni siquiera eso la Biblia lo menciona sin recordar de inmediato que “la adolescencia y la juventud son vanidad” (Ecl.11:10). ¿Se horrorizarán los jóvenes al escuchar esto? Creo que no. Creo que los horrorizará mucho más el típico adulto que a toda costa busca parecer joven. Es algo que a la juventud finalmente acaba pareciéndole insoportable. Prefieren fuera de toda duda al que los deja ser jóvenes, pero siendo él mismo un adulto, un niño o un anciano. En último término, los hijos quieren que sus padres sean sus padres, no que sean sus meros compadres. Y creo que en las iglesias también nos cuesta mucho aprender esa lección. Muchas veces creemos tener que volver las cosas relevantes para los jóvenes de un modo que, en el fondo, los terminará fastidiando. Intentar retener a los jóvenes en la iglesia simplemente volviéndola más juvenil es una ruta fatal: logrará tal vez retener a algunos, pero incluso a los que retenga los retendrá por motivos equivocados. Después de todo, el dejarlos ser jóvenes requiere precisamente tomarlos en serio, pues tal como los adultos buscan una fe seria, y donde la encuentren se van a quedar.


[1] Kierkegaard, La Enfermedad Mortal Guadarrama, Madrid, 1969. p. 123.

[2] Postman, Niel. The Dissapearance of Childhood Vintage, 1994.

[3] Beale, G. K. We Become What we Worship. A Biblical Theology of Idolatry IVP, 2008.

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