Estudios Evangélicos

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La pasión: ¿una nueva virtud?

¿Hay un modo consistente de integrar los llamados a mayor pasión en nuestra visión de la vida buena?

Mejor es el que domina su espíritu

que el conquistador de una ciudad.

(Pr 16.32b)

 

Imaginemos la siguiente situación: supongamos que para una comunidad cristiana la virtud de la humildad pasara a constituir algo negativo, no deseable en quien pretende ser cristiano: que se la considerase un vicio. Ante esta situación, seguramente otros cristianos más tradicionales juzgarían que aquella comunidad desconoce completamente el lugar que la humildad ocupó en la primitiva comunidad cristiana. Y la más probable explicación para un giro tan radical en la comprensión de dicho vocablo, es que sus nuevos usuarios tuvieran la convicción de que el cristiano no puede ser aminorado por el mundo, que debe pelear por sus derechos, destacar por sus capacidades, por sus bienes materiales, por su liderazgo, porque debe ser cabeza y no cola…todo lo cual sería imposible si fuera humilde. Este supuesto caso, por cierto, no siempre está tan alejado de la realidad.

 

¿Es posible que un concepto, en el devenir de su uso a través de diversas circunstancias, pueda llegar a significar lo opuesto de lo que en un principio significó? Es posible. Pero ello puede revelar al menos dos hechos: o que los usuarios del término han cambiado diametralmente sus posturas en relación a sus antecesores; o bien, que los nuevos usuarios ya no comprenden el sentido original del concepto —si no ambas cosas. Tal vez un caso histórico pudiera ser la variación experimentada en el sentido dado al concepto de vocación: ya como llamado religioso, ya como llamado a una profesión secular. Pero aunque lo que en diferentes épocas designó este término pudo ser diverso, el concepto permaneció de todos modos como algo positivo.

 

El lenguaje cristiano no está exento de las contradicciones del sentido de sus conceptos, y no se trata de palabras secundarias, sino de nociones cuya asimilación influye en la concepción fundamental de la enseñanza cristiana. Dejando de lado los debates académicos de siempre en torno a conceptos teológicos, enfoquémonos en uno de estos casos que se presenta a nuestros ojos en pequeñas y grandes denominaciones, en sermones, congresos, campamentos, en los medios de comunicación y otros escenarios de lo que con mayor propiedad se conoce como mundo evangélico.

 

Como se adelantaba en el título, el concepto aludido es la pasión. No en el sentido de cuando decimos “la pasión (padecimientos) de Cristo”, sino en el sentido que tiene al decir “se necesita pasión por Cristo”, significando en este caso un fuerte impulso, euforia, efusión hacia Cristo[1]. El uso de este lenguaje, en cualquier caso, no es exclusivo del ámbito cristiano. En general, la gente habla de pasión por mil cosas —la lectura, el arte, los animales, el fútbol—, e incluso los centros académicos utilizan en su publicidad este atrayente comodín para atraer estudiantes, apelando a la pasión por el respectivo objeto de la vocación. Desde luego, también en el discurso cristiano de moda se habla de pasión por diversos objetos, siendo su uso más general aquél que sencillamente llama a tener pasión, a secas.

 

Mas, ¿cómo se entiende que en una congregación se pueda cantar “¿quieres ser libre de orgullo y pasión?”, para continuar con “llena mi vida de pasión”? El sentido del término en ambas canciones, desde luego, no es exactamente el mismo. Pero el punto es que no deja de sorprender —al menos a mí— que la misma palabra tenga dos usos del todo opuestos, de modo que la posesión de la cualidad designada es en un caso reprochable y en otro, deseable. Es similar a que de pronto, como en la suposición hecha más arriba, para el cristianismo la humildad pasara a ser una cualidad negativa. No sé de otro concepto cristiano que haya sufrido tal transformación. Con todo, nuestra palabra, pasión, en ambos usos posee un sentido primario compartido, refiere en el fondo a una misma cosa, solo que con orientaciones distintas; por lo tanto, ¿qué postura hemos de tomar hacia dicha cualidad, la incentivamos o la contenemos?

 

Una vieja discusión sobre antiguos conceptos

 

El debate en torno al uso adecuado de ciertas palabras —si es o no apropiado admitirlas— en el lenguaje cristiano, es tan antiguo como dicho lenguaje. Esto ocurrió, por ejemplo, al momento de expresar el amor de Dios, amor que no podía ser confundido con los amores y emociones meramente humanos; incluso se discutió si la posesión de estos sentimientos era aceptable. En esta cuestión tomaba parte Agustín para decir que el uso de términos como amar, querer, desear, y de emociones como el gozo y la tristeza, era correcto cuando el objeto de esos sentimientos era correcto, pues la propia escritura los utilizaba, e incluso ordenaba odiar el mal, amar el bien, llorar con el que llora, etc.; en efecto, él combatió la insensibilidad estoica (ni es el propósito de este artículo promover la apatía). Con todo, el teólogo dejaba claro que las afecciones del alma son fenómenos propios de esta vida, y de hecho una debilidad[2]. Sin desconocer estas consideraciones, creemos que hoy, como siempre, es imprescindible un uso reflexivo de los términos que dan cuerpo a nuestras verdades.Replicas Inflatable Cemento

 

Para continuar el comentario sobre nuestro concepto, digamos ya qué es precisamente aquello que se entiende por pasión. Pasión, como podemos corroborar en el diccionario “oficial” de nuestra lengua española, en su sentido más general, es el hecho o acción de padecer; es la acción (cualquier acción, no solo la relacionada con sufrimiento), no respecto a quien la realiza, sino a quien la recibe o sobre quien recae. De ahí entonces que, en este sentido, el arquetipo de pasión sea nuestro Señor, sobre quién recayeron los tormentos, y siempre que hablamos de ello, lo hacemos en voz “pasiva”: Él fue herido, fue crucificado, etc. Lo esencial aquí es que en la acción padecida el sujeto no participa activamente, y dicha acción puede ser contraria a la voluntad de éste. Ésta característica también está presente en otros aspectos de la palabra, a saber, las acepciones que refieren a una “perturbación o afecto desordenado del ánimo; inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona; apetito o afición vehemente a algo” (diccionario de la RAE); a este aspecto semántico estará referido en adelante el presente artículo.

 

Pasión tradicionalmente ha designado las afecciones del alma, las que no surgen por la voluntad ni del intelecto —y por tanto se padecen—, y en especial en el lenguaje cristiano son consideradas generalmente como negativas[3], pues siempre tienen relación con los deseos de la naturaleza carnal, los cuales, al estar en desorden, se oponen a la orientación espiritual de la vida. Con todo, se ha entendido que estos impulsos son de suyo parte de la naturaleza creada por Dios, y su objeto es en principio algo bueno, por lo cual, en cuanto impulsos, no se pueden considerar como malignos; lo malo en las pasiones es que de hecho, por presentarse característicamente en desorden, de no ser dominadas, entorpecen la recta vida espiritual de la persona.

 

Lo característico de la pasión entonces, es que son inclinaciones que funcionan separadas de la mente y la voluntad, si bien el intelecto o la imaginación pueden cooperar en ellas. En nuestro tiempo, aun cuando el sentido tradicional no ha desaparecido, el término ha tomado o agregado un giro para apuntar a una especie de impulso general que incluye la vida entera de una persona, hacia algo por lo cual vive y a lo cual apuntan sus acciones. El objeto de esta pasión puede ser un pasatiempo, un deporte, un determinado trabajo. Y es por ello que el concepto puede acercarse al de vocación, como insinúan las instituciones de educación. Desde luego, esta inclinación por algo que puede influir en el rumbo que tome la vida, no es nada que podamos cuestionar. Todos tenemos nuestras aficiones e intereses por los que nos movemos. Extraña sería la anormalidad de alguien que no estuviera interesado por práctica alguna, a quien nada captara su atención. Pero sobre esta excepción se hablará más adelante.

 

Digamos de momento que la norma es que cada persona posee inquietudes, esperanzas e intereses que en mayor o menor grado la atraen, inclinaciones que pueden ser comunes a todos —el impulso erótico—, como también pueden hallarse con menos frecuencia —por ejemplo, las apuestas. Inclinaciones que, como se definió anteriormente, pueden llegar a dominar la vida completa en perjuicio de quien las posee.

 

Pero a pesar de todo, ¿puede la pasión ser “enseñada”, puede ser incentivada como una cualidad o virtud deseada? ¿Tiene sentido, para los cristianos, infundir pasión en el oyente en un sentido religioso? Si es una necesaria cualidad virtuosa del carácter, entonces, junto con explicarla, habría que alentar actos apasionados: llamar a los fieles a actos de arrojo que demuestren y acrecienten la pasión en la persona, hechos que sean reflejo talvez de una fe ciega, decididos saltos al vacío, sin consideraciones ni cálculos de ningún tipo sobre las consecuencias, porque “quien contempla las nubes no cosecha” y el que no se arriesga no cruza el río. Pasión aquí podría perfectamente equipararse a la fe. Empero, ¿en qué consistirían tales actos?

 

Lo anterior por supuesto no es más que una broma. La pasión no puede ser una virtud; aquélla es el objeto a ser gobernado por ésta. La humildad doblega al impulso involuntario del orgullo. Las buenas cualidades del carácter comprometen la voluntad y la guía del intelecto, y solo si una pasión obedece a éstos tiene posibilidad de bondad. La pasión, cualquiera sea su especie y su objeto deseado, mundanal o religioso, querrá obtener lo que persigue a como dé lugar, mas nada sabe sobre qué es exactamente lo bueno, lo que conviene y las formas apropiadas de conseguirlo. Si quisiéramos incentivar actos apasionados, la pasión no sabe decir en qué consisten tales actos ni cómo realizarlos, y, por descontado, tampoco quiere saberlo. A la justicia, por su debida imparcialidad, se la retrata con los ojos vendados; la pasión tendríamos que representarla con los oídos tapados, porque no quiere escuchar razones.

 

No pretendo despreciar la admirable resolución y entrega que a menudo vemos en muchas personas decididas a actuar en servicio del evangelio especialmente en ámbitos a los que la mayoría ni remotamente mira como una opción o no se atreve a emprender, como las misiones en tierras distantes o las obras caritativas en lugares de extrema necesidad, personas de las cuales podemos hallar tanto ejemplos históricos como casos cercanos a nosotros. Al contrario; este texto nada tiene que ver con ellos. La cuestión es que no creo que sea acertado reducir toda especie de entusiasmo y entrega —sobre todo en la esfera religiosa— a una mera pasión, ni menos aún pretender enseñarla e incentivarla en las personas. Aún allí donde se trate meramente de un súbito impulso emocional, éste precisa de algo más para que conduzca a buen término. Porque muy especialmente en la comunidad cristiana, lo que se requiere no es un ánimo exaltado para lograr determinadas obras: lo que se quiere es la totalidad de la persona, cuya donación de sí misma solo entonces será genuina, y consecuentemente podrá lograr una obra auténtica. Alguien ha escrito que sólo quien es dueño de sí puede donarse a sí mismo. Decir que la entusiasta renuncia de sí por Cristo es pasión, implica al mismo tiempo reducir virtudes como el amor o la fe a meras emociones, por elevado que pueda ser el objetivo de ellas. En aquel caso que se trate nada más que de una pasión, habría que cuestionar las motivaciones de la persona que experimente tal impulso.

 

Como queda dicho más arriba, todos tenemos nuestras aficiones e intereses tras los cuales nos movemos, y por ello, es casi absurdo alentar algo que ya de forma innata se posee; es como alentar la sed o el sueño; lo que le falta a la pasión es algo que la oriente y gobierne. Pero las pasiones pueden ser variadas y contrarias entre sí, y una pasión vehemente puede subyugar el ánimo de quien la sufre. Por ello, lo cierto es que es precisa una dirección central de la persona sobre todo impulso e instinto. Y para ello es siempre necesario cierto conocimiento, una instrucción sobre qué es lo bueno para uno, para la comunidad, sobre cuáles son los medios rectos para conseguir los bienes. Esto no es distinto en las cualidades más propiamente cristianas, como el amor y la donación de sí. En primer lugar, está el hecho de que virtudes como el amor o la fe son dones provenientes de Dios, y no refieren primariamente a emociones humanas, si bien pueden comprenderlas. Y cualquier virtud en general, está informada por un conocimiento acerca de su objeto, conocimiento que el cristiano debe ir adquiriendo mediante la instrucción —proveniente fundamentalmente de la Escritura— que puede consistir en la lectura y estudio privado, escuela y estudios bíblicos, conferencias, en oír sermón tras sermón, en conversaciones con aquellos mejor instruidos. Es la verdad acerca del mundo, sobre la humanidad, sobre quién soy y qué espera Dios de mí —de toda mi persona—, y una verdadera convicción sobre ello de parte mía, lo que puede producir en mí una genuina entrega. Necesito también un adecuado conocimiento sobre si he de contener determinados impulsos y si conviene alentar aquéllos que puedan resultar beneficiosos. Tengo que aprender a integrar mis aficiones e intereses (o descartarlos si es necesario) con mis habilidades y talentos, y todo ello en lo que descubra como mi vocación. Quizá la única pasión o afición que cabría incentivar, es la paradojal sentencia del libro de la Sabiduría, según la cual “el deseo de la sabiduría conduce al reino”[4] .

 

El creyente no se conduce —en realidad ningún ser humano debiera hacerlo— según el dictado de las emociones, lo cual no significa que las suprima (la compasión es cualidad imprescindible en el cristiano, pero las acciones que se toman en virtud de ella precisan de decisiones razonadas). Lo que hace es educarlas y gobernarlas. Lo fundamental, para el caso, es que en la vida espiritual se darán incontables situaciones en que  habrá que actuar sin ayuda de sentimientos o en contra de ellos. Habrá que cumplir los deberes religiosos básicos, habrá que despojarse de bienes, perdonar, acatar, cuando el ánimo no impulse a ello; habrá que amar al enemigo cuando no se sienta por él afecto alguno; se deberá continuar con la cruz aún cuando se desearía que pasara la copa amarga; para todo lo cual hace falta un espíritu y una voluntad buenos, debidamente educados. También lo más probable es que a menudo habrá cosas, ciertos bienes anhelados, que tendrán que esperar, cosa que no es propia de la pasión. El Intérprete de El peregrino, en una de sus lecciones a Cristiano, contrapone dos personajes, dos muchachos, uno Pasión y el otro Paciencia: el primero lo quiere todo ahora ya, mas el segundo espera el galardón final. Todo esto solo lo puede conseguir algo superior a las emociones e impulsos, y más fuerte que toda pasión; ésta no puede decidir entre impulsos contrapuestos, siendo ella misma un impulso. En el lugar referido, Agustín afirma que los afectos buenos “proceden del amor y la caridad santa”[5]; ésta última, como se dijo, es un don, y algo superior a las emociones, es una “voluntad recta”. La fe, el amor cristiano, no son equiparables a la pasión. El amor todo lo espera y soporta, por intenso que sea; la esperanza no desespera, no es agitación sino “ancla del alma”; la fe no es ni ciega ni un salto al vacío, pues no es incertidumbre, sino certeza.

 

Podría aducirse, a favor de la pasión, que tenemos buenos ejemplos en la Escritura de verdadero denuedo, efusión y celo por la palabra de Dios, como ocurre con la obra de nuestro Señor, o según lo expresa de sí mismo el propio apóstol Pablo (cf., por ejemplo, 1 Ts 2.8). No obstante, tal aseveración contraría la postura que defiende si tomamos en cuenta que el apóstol fue tan efusivo cuando predicó a los gentiles, como cuando era Saulo persiguiendo a muerte a los cristianos. Podría decirse que en ambos casos él fue “apasionado”, y el objeto de su efusión fue antes y después lo religioso. ¿Cómo hacer entonces la distinción de la actitud correcta? Seguramente lo adecuado sería decir que el Pablo de carne y hueso era de suyo un hombre lleno de carácter, cualidad que impregnaba todo aquello que se proponía. Con todo, visto desde afuera, habría que atribuir pasión con mayor propiedad a Saulo, pues su fanatismo (o digamos “fundamentalismo”) lo llevó a dar muerte a sus oponentes, cosa que se invierte cuando se convierte en el  Pablo apóstol, quien prefería morir él mismo por la causa. Es Pablo el que, con todo su arrojo, ha comprendido cabalmente la realidad religiosa; ha conocido personalmente al Cristo, y en virtud de ese conocimiento conduce su vida. Este Pablo —o cualquiera de los personajes evangélicos—, con todas sus cualidades emotivas, intelectuales y espirituales, es quien constituye nuestro ejemplo. Los escritores del Nuevo Testamento nunca enseñaron algo equivalente a la pasión, sino más bien que el amor y el conocimiento de Cristo debían gobernar las vidas, y de ello derivar las demás virtudes.

 

En definitiva, lo que hace falta para tener cristianos verdaderamente comprometidos, es que conozcan plenamente a Cristo y su verdad. No sirve una emotiva exaltación de los ánimos, como puede hacer cualquier propagandista, pues la pasión, a pesar de sus buenas intenciones, puede indistintamente llevar a actos buenos como conducir a acciones erradas y contrarias a los propósitos originales, y no distingue unos de otros. Por ello, bien se ha dicho que quien está dispuesto a morir por su religión podría muy pronto estar dispuesto a matar por ella, cuando esa religión se vuelve fanatismo irracional.

 

Las posibles deficiencias tras el recurso a la pasión

 

El tema de estas páginas creo que también nos da la oportunidad de pensar en otras cuestiones más fundamentales. A mi parecer, un fenómeno como el que describo, que no pretendo presentar como el más trascendental del momento, sí revela deficiencias más serias, como puede ser la que atañe a los contenidos que se enseñan en las iglesias, el conocimiento y visión de la vida que tenemos para ofrecer a quienes entran al evangelio (al margen, insisto, de todo los asuntos que se pueda estar discutiendo en los centros académicos de teología, contenidos que tarde, mal y nunca llegan a la feligresía más sencilla).

 

En una época en que hay desgano de vivir y escasean los propósitos nobles por los cuales luchar; cuando todo el mundo se encandila con distracciones inmediatas, con las siempre novedosas tecnologías y la cultura del entretenimiento; cuando las vocaciones quedan subordinadas a la búsqueda de riqueza y comodidad, es explicable que se intente encender la pasión por algo más grandioso en el espíritu de la gente. Se dijo anteriormente que todos tenemos nuestras aficiones, pero bien puede ocurrir que en una sociedad éstas se pierdan, o se reduzcan a bajas pasiones por cosas fútiles, sociedad en la que se vuelva necesario reactivar el entusiasmo. Con todo, creemos que es errado e inútil promover una pasión “cristiana” en los creyentes; esto, por al menos cinco razones, de las cuales dos son el problema que esta tendencia revela, y las restantes sus posibles secuelas.

 

En primer lugar, el recurso a la pasión evidencia la carencia de verdaderos y consistentes contenidos que entregar. El evangelio posee de suyo la capacidad de transformar a las vidas, pero tiene que ser correcta y cabalmente dado a conocer. El conocimiento de Cristo y su verdad es suficiente para cambiar —y entusiasmar— una vida, y no necesita una exacerbación de las emociones, pues un ánimo entusiasta es más bien el resultado del conocimiento del evangelio. Es este saber, amplísimo por cierto, “multiforme”, pleno de “insondables riquezas”, con todos sus alcances, el que precisa que sea explorado para ser impartido. Desde el catolicismo se reconoce a los evangélicos su dedicación por traer almas a la Iglesia, ¡y eso está muy bien! Con todo, esas personas merecen continuar el camino del conocimiento de las riquezas del evangelio. A propósito de católicos, uno de ellos muy conocido, Alberto Hurtado, tendría que agregar que “no solo debemos salvar almas, sino plantar y perfeccionar la Iglesia visible”[6]. Precisa que la iglesia evangélica logre extender el alcance de la enseñanza cristiana hacia las diversas esferas del quehacer humano. La cuestión del lugar de las emociones en la doctrina y el culto cristianos al parecer requiere un urgente examen. La aceptación de modas como la explotación de la pasión, no contribuye en la realización de dichas tareas.

 

El otro problema que se manifiesta, como se dijo sobre el supuesto caso al principio, es la discontinuidad del discurso actual con el lenguaje tradicional del cristianismo, el desconocimiento del sentido original de sus palabras.  Quizá nuestro término no sea el único que está  suscitando confusión, y puede haber muchos otros en la misma situación. Ciertamente no habría necesidad de escandalizarse si nunca más se volviera a llamar “pasión” a los afectos desordenados de nuestra naturaleza humana; como simple signo verbal, no sería el primero en caer en desuso. Pero a pesar de lo anterior, sí es decidor que tal palabra pase a la lista de los deberes del cristiano; puede no ser el peor de los males del momento, pero ello revela que algo importante ha cambiado. Y si cambios como éstos se asentaran en el pensamiento corriente, si se olvidara el antiguo lenguaje y sus conceptos nos resultaran extraños, entonces  nuestro cristianismo ya no sería el mismo, se habría perdido toda continuidad con la iglesia del pasado. Entonces ya poco o nada podríamos aprender de nuestros antecesores, y el evangelio nos parecería como algo que flota en los tiempos actuales y cuya única raíz y contacto con su origen serían sus primerísimos fundadores, pero a ellos sólo podríamos interpretarlos desde una mezquina visión actual. Todo esto no es más que conjeturas, por descontado; pero de ello siempre se están detectando síntomas.

 

Por otra parte, en cuanto a los resultados del recurso a la pasión, está el hecho de que apelar puramente a este impulso resulta estéril al final, pues tiene necesidad de constante estímulo. La iglesia evangélica latinoamericana ha sido catalogada de emotivista, de apelar constantemente a las emociones de la gente. En este caso, el calificativo no es de loar; trabajar las emociones no es un camino seguro, y además resulta sospechoso de manipulación, lo que no es ningún cumplido para la iglesia. Las emociones, las cuales no pueden ser fabricadas, que van y vienen; la pasión, que cualquier día puede agotarse, todas ellas, para que persistan, tendrán que ser avivadas de continuo por discursos y acciones emotivos, y finalmente la emoción y el permanente reavivamiento de ésta será lo único que se persigue.  Es como intentar mantener vivo un fuego con pasto u hojas secos, que de súbito arden vivamente, pero la llama pronto se extingue si no tiene más combustible. No se puede prever que los frutos de estos momentos de máxima de exaltación serán los correctos, cuando faltan las pautas y criterios razonables para la actuación.  ¿Y qué ocurrirá cuando la pasión se agote irremediablemente, como muy a menudo vemos que sucede? Cuando estamos ante un caso de gran entusiasmo, especialmente en personas jóvenes, habría que ser previsores, no para atenuar la euforia, sino para aprovechar el ánimo y otorgar una adecuada orientación e instrucción de esa persona, y evitar así, o una frustración o desencanto, o tal vez un indeseado extravío de sus propósitos hacia despropósitos.

 

Existe, además, este peligro: la explotación de la pasión nos deja a merced de la propaganda. Pues son los promotores de falsedades y sofisterías quienes mejor aprovechan los ánimos impresionables, quienes consiguen utilidades de cualquier “pasión de multitudes” que puedan explotar. Esto desde luego también puede ocurrir en la promoción del mensaje cristiano; además del concepto que venimos tratando, otros términos diversos —tales como “revolución”,  “generación”, “conquista”, “multitudes”, “locura”, entre tantos otros[7]— no solamente se utilizan con una finalidad expositiva o instructiva, sino que muchas veces su función es principalmente apelativa, es decir, al igual que cualquier propaganda, intentan capturar al oyente en su ámbito emotivo, en sus sentimientos, gustos, imaginación. En el espíritu en que solo primen los sensacionalismos y los grandes portentos, lo novedoso, fácilmente penetrarán las doctrinas simplistas y seductoras,  novelerías que reducen la verdad a eslóganes, que combinan la enseñanza cristiana con las lecciones en boga en los medios y en los libros “éxito de venta”. Pero si precisamente quienes están para instruir dan más crédito a escritores exitistas que a los serios maestros cristianos de todos los tiempos, entonces la situación es crítica. No queremos creyentes influenciables, sino al contrario, el modelo es uno que “juzga todas las cosas, sin que él sea juzgado por nadie”.

 

Finalmente, acaso uno de los peores males que origina el apasionamiento por cualquier cosa, es que suprime todo diálogo. Todos hemos presenciado alguna vez una disputa entre apasionados representantes de bandos políticos opuestos o de clubes deportivos rivales —casos típicos de pugnas en el lenguaje de la pasión—, y sabemos que lo que ahí se da es cualquier cosa menos diálogo: no hay una línea de discusión con argumentos razonables ni puntos en común,  mediante los cuales se pudiera llegar a acuerdo, pues lo que en una situación semejante se persigue no es alcanzar una verdad comprensible para ambas partes, o descubrir e intercambiar conocimiento nuevo, sino el único propósito de anular al oponente e imponer las posturas propias. Si en nosotros no permanece una cierta lucidez mental, que nos permita dialogar en forma razonable y comprensible entre creyentes y con incrédulos, nuestra religión se vuelve o una sospechosa imposición fundamentalista, o un puro misticismo ininteligible.

 

En conclusión, digamos que el lenguaje cristiano, en especial el de la enseñanza y la instrucción,  exige un uso debidamente razonado de las palabras, tal como hicieron los cristianos en los primeros tiempos cuando eran críticos al momento de elaborar el conjunto de palabras que designaban aquello en lo cual creían, pues se trataba nada menos que de la verdad, la que precisa de palabras inequívocas; no pueden generar error o duda. Desde luego que un discurso puede, para ser más ameno, ir acompañado de giros floridos, metáforas, etc., que pueden admitir palabras con sentidos distintos al uso ortodoxo, mas éstas no pueden alcanzar estatus de palabras clave. Es muy cierto que el lenguaje celestial no lo conocemos, pues toda la revelación está pronunciada en palabras humanas, y todo concepto cristiano proviene de palabras que alguna vez fueron meramente “terrenales”. Sin embargo, hemos de creer que la Palabra sabía qué términos estaba usando, por qué esos y no otros, ni los de otra época. Las palabras humanas son símbolos de cosas que pueden ser verdaderas o falsas, superiores o bajas. Son el medio para la interacción social verbal y del conocimiento, y materia prima del pensamiento; son la forma de aprehender, de descubrir la realidad, aquello que nos la configura en nuestro entendimiento, por todo lo cual no da lo mismo utilizar cualesquiera palabras arbitrariamente. Los contenidos que constituyen la doctrina esencial de lo que creemos, aquello que es materia de instrucción elemental, requieren un tratamiento reflexionado en cuanto a las palabras que le dan forma. Si se cambia un credo, un verso de la Escritura, un sencillo proverbio, por un eslogan seductor, con la intensión de cautivar la atención y encender los ánimos, el resultado será un creyente muy efusivo, pero que no entiende o no sabe nada.

 

Todo ser humano actúa en virtud de una postura arraigada en su espíritu, la cual puede ser expresada en palabras. El necio allí dice “no hay Dios”, y actúa en consecuencia. El cristiano dice “creo en Dios”, y camina para conocerlo cada vez mejor. Aquél en cuyo corazón se lee “obedece a tu pasión” y solo hay imágenes fantasiosas, camina en círculos, errático como las emociones mientras el impulso persiste, hacia ninguna parte —o a donde los manipuladores deseen.


[1] Por cierto, he notado que algunas personas entienden  la frase “pasión de Cristo” como si aludiera a la vehemente entrega y amor de Jesús hasta la muerte. Hay quienes se apoyan en esta expresión para promover el concepto, pero también leí una crítica al mismo que se quejaba justamente de que la tradición hubiera llamado “pasión” al vivo amor de Cristo. La confusión que el término ocasiona no es menor.

[2]San Agustín, La Ciudad de Dios, XIV 7-9.

[3] Cuando menos así suele emplearse este término en las traducciones de la Biblia más usadas en nuestra lengua.

[4] Sab 6.21; cursiva agregada.

[5] CD, XIV 9.

[6] HURTADO, Alberto, Un disparo a la eternidad, 128.

[7] A la vez que caen en descrédito conceptos como “religión”, “institución”, “tradición”, “teología”, “conocimiento”, e incluso “cristiano/cristianismo”.

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