Estudios Evangélicos

¡Bienvenidos!

#

La pobreza en el mundo: más allá de los enfoques utópicos

¡Más de mil millones de personas no tienen acceso a agua limpia, servicios sanitarios y vivienda estable en medio de las grandes urbes del mundo!

Todos los viernes me reúno con un grupo de colegas en un almuerzo que proporciona gratuitamente la universidad donde imparto clases. El programa de estos almuerzos consiste en aportar con nuestra sabiduría y pericia colectivas para abordar los asuntos sociales de la actualidad. El salón se repleta de una veintena de PhD en ciencias sociales, artes y humanidades. Yo soy el único erudito en Biblia.

 

Recientemente leímos el desalentador libro de Mike Davis Planet of Slums (Planeta de campamentos). Davis define un campamento como un área urbana “caracterizada por sobrepoblación, viviendas pobres o informales, acceso inapropiado a agua potable y servicios sanitarios, y posesión insegura de la propiedad”. Él informa que la ONU estima que un tercio de la población mundial urbana vive en tales condiciones[i]. ¡Eso significa que más de mil millones de personas no tienen acceso a agua limpia, servicios sanitarios y vivienda estable en medio de las grandes urbes del mundo!

 

Luego de leer la funesta crónica de la pobreza urbana distribuida en casi cada punto del mapa, los asistentes (todos profesores de una universidad cristiana) nos miramos unos a otros esperando alguna palabra de esperanza. Al final, sentí que todas las miradas se volvieron sobre mí. “Seguramente la Biblia tiene la respuesta”, deben haber estado pensando mis colegas. “¿Por qué Tom no dice algo?”.

 

Para mí la reflexión sobre cuestiones de riqueza y pobreza no es algo nuevo. He publicado un discurso y varios artículos de erudición sobre asuntos de riqueza y pobreza en el cristianismo primitivo[ii]. Con todo, al verme enfrentado con el crudo hecho de que sólo veinticinco kilómetros al sur de mi cómoda casa de San Diego, cerca de un millón de personas viven en los barrios dominados por la pobreza de Tijuana, mis sensibilidades eruditas se vieron abrumadas. Y el problema de la pobreza urbana, según Davis, el problema de los campamentos, empeora exponencialmente en la nueva era de la globalización. Sentado a la mesa con mis colegas, anhelaba algún elixir bíblico que curara al planeta de los campamentos.

 

 

ENFOQUES UTÓPICOS

 

En un paseo temporal por una ingenuidad bíblica hace ya tiempo descartada, los impulsos más nobles de mi compromiso cristiano hubieran deseado fugarse a la Biblia y rescatar allí una solución simple y permanente a la crisis de la pobreza mundial. Sería excelente si la Escritura proporcionara una respuesta clara y convincente en uno o dos versículos.

 

Cada cierto tiempo, de hecho, muchos cristianos han declarado haber encontrado tal respuesta en el libro de Hechos. Después de todo, nos recuerdan con ahínco aquellas voces, los primeros cristianos crearon una comunidad en que “no había ningún necesitado” (Hch 4.34). Sentimientos bien intencionados y piadosos a menudo han incitado a cristianos modernos a anhelar la creación de una comunidad similar en la actualidad. El modelo para eliminar la necesidad aparece muy claro en Hechos. Los creyentes ricos, los que poseían “tierras y casas” (así, en plural), vendieron las propiedades excedentes y donaron las ganancias a los pobres. Tal vez, concluimos, los cristianos actuales deberían seguir aquel modelo.

 

Yo mismo a veces he sentido temporalmente el piadoso entusiasmo de ese tipo de enfoques y me he preguntado qué sucedería en la iglesia y en el mundo si los cristianos fuéramos de un solo sentir, como los primeros cristianos, y si tuviéramos “todas las cosas en común” y distribuyéramos “a cada uno según su necesidad” (Hch 4.32-37 RV). ¿Qué ocurriría, me pregunto, si ninguno de nosotros reclamara como “suya ninguna de sus posesiones” y si los cristianos modernos comenzáramos a vender casas y tierras y a donar las ganancias a los pobres? Al igual que la iglesia primitiva, podríamos crear una comunidad en la que no hubiera necesidad.

 

Desde luego que semejantes utópicos vuelos de fantasía no duran mucho. En realidad, yo sé que esta descripción idealizada del cristianismo primitivo es excepcional incluso en la propia narración de Hechos. En el subsiguiente espacio narrativo de solo un capítulo, un matrimonio yacía muerto a los pies del apóstol Pedro. Según el relato, Dios les había dado muerte por intentar engañar aquel sistema de benevolencia excepcional (Hch 5.1-11). Y luego de sólo unos cuantos capítulos de narración, toda la comunidad cristiana de Jerusalén y alrededores estaba tan empobrecida que requirieron ayuda de las comunidades cristianas fuera de Judea (Hch 11.27-30). Al parecer quienes una vez fueron los benefactores de la comunidad de Jerusalén, se habían reducido a mendigos. Su esfuerzo por reducir la tasa de necesitados tuvo el irónico efecto de sumar a estos anteriores benefactores a la tasa de necesitados. Su generosidad había producido aún más de la cosa misma –la necesidad– que habían pretendido eliminar.

 

Al registrar semejante desalentador desenlace de la generosidad de la iglesia de Jerusalén, el autor de los Hechos bien pudo haber estado denunciando este proyecto comunitario de los primeros cristianos. Tal vez en el parecer de Lucas todo el proyecto de Jerusalén era un bienintencionado fracaso. Una generosidad excepcional como ésta daba alivio en el corto plazo, pero también plantaba la semilla de un desastre a largo plazo.

 

Intuitivamente comprendemos que cualquier modelo de despojamiento como éste está destinado al fracaso. Uno de dos resultados debe ocurrir inevitablemente. O la economía colapsa porque ya nadie posee ni administra ningún recurso, o bien la economía cae bajo el dominio de las personas más egoístas del mundo, porque todos los realmente benevolentes se han despojado de toda riqueza. Ninguno de estos escenarios ofrece mucha esperanza en el largo plazo.

 

Algunos intérpretes marxistas de la Escritura han detectado estas dificultades y han intentado sortear los problemáticos resultados del desposeimiento agregando el marxismo moderno al antiguo concepto de comunidad de Jerusalén. Según estos intérpretes, los creyentes de Jerusalén tropezaban en la dirección correcta, pero no estaban en posición como para explotar a cabalidad el poder –redentor y combativo contra la necesidad– de sus ideas. Los primeros cristianos vendieron sus propiedades a otros poseedores de propiedad privada, lo que resultó en un traspaso de los bienes privados de manos de los cristianos a manos de no cristianos. Lo que se requería, según los intérpretes marxistas, era una transferencia más completa de todos los bienes desde la corrupción de la propiedad privada. Según estos intérpretes, los primeros cristianos fueron sabios para rechazar la propiedad privada para sí mismos, pero no fueron tan lejos como era necesario. Debieron haber rechazado todo tipo de propiedad privada.

 

Esta expansión marxista de los impulsos comunitarios en el libro de Hechos no solo pasa por alto la angustiosa historia de los estados marxistas del siglo XX, sino que además está reñida con las presuposiciones que claramente se sostienen en el texto. Antes de que el Espíritu eliminara al tramposo Ananías, Pedro le recordó a éste que tanto su propiedad como la utilidad de la venta de ésta seguían siendo suyas (Hch 5.4). Por lo tanto, pareciera que Hechos rechazara el colectivismo obligatorio incluso al interior de la comunidad cristiana, ni hablar de un colectivismo impuesto por el estado.

 

 

Las alternativas de Lucas

 

Afortunadamente, concluir que ni la llamada “comunidad de bienes” de Hechos, ni una apropiación marxista de aquellas tradiciones, ofrecen una solución clara convincente al problema de la pobreza, no significa concluir que Lucas, el mayor historiador del cristianismo primitivo, no estuviera interesado en la participación cristiana en asuntos de riqueza y pobreza. De hecho, el Evangelio de Lucas y el libro de Hechos por mucho tiempo han sido reconocidos como uno de los recursos más importantes en la Escritura para desarrollar una ética cristiana de la mayordomía, la justicia y la bondad.

 

Lucas y Hechos abundan en relatos y discursos relativos a cuestiones de riqueza y pobreza. Sentado a la mesa con aquellos colegas bien intencionados pero decaídos, como erudito de Lucas y Hechos, comencé a redactar mentalmente un listado de las alternativas de Lucas para una ética de la pobreza y la riqueza.

 

Tal vez sea tiempo de abandonar definitivamente todo el sistema capitalista de adquisición y adoptar una interpretación literal de la advertencia de Jesús de que “cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo” (Lc 14.33). Por supuesto, una adopción literal de este texto terminaría rápidamente con nuestro trabajo como intelectuales y profesores cristianos. Eruditos y profesores necesitan edificios, libros y ocasionalmente un marcador. Como nos gusta creer que nuestro servicio como maestros tiene algún valor para la iglesia y el mundo, somos reacios a tomar a Jesús al pie de la letra en este punto. Con todo, nos vemos forzados a admitir que quizá las posesiones son una amenaza inherente para un genuino compromiso cristiano.

 

Tal vez, más que tomar la iniciativa y deshacernos de nuestras posesiones, deberíamos estar dispuestos a dar nuestros recursos al necesitado cuando se nos llama a hacerlo. El Sermón del Llano de Jesús (Lc 6.17-49) pareciera apoyar esta postura. Después de todo, solo quienes tienen un constante acceso a los bienes posiblemente podrían seguir la instrucción de Jesús “dale a todo el que te pida” (Lc 6.30). Quizá el ethos cristiano realmente se trata de ser generosos cuando a uno se le presenta la oportunidad.

 

Tal vez deberíamos seguir el ejemplo del recaudador de impuestos que se vuelve benefactor, y ceder la mitad de nuestras posesiones con el fin de ayudar a los pobres. Jesús pareció satisfecho con el comportamiento de este hombre, porque anunció que Zaqueo era un verdadero hijo de Abraham y que la salvación había llegado a su casa (Lc 19.1-9). Quizá se trata de aprender a cultivar un espíritu de preocupación constante por los pobres.

 

Tal vez debiéramos simplemente seguir el consejo de Juan el Bautista y aprender a estar conformes con nuestros salarios y desechar cualquier artificio ya sea para cobrar más de lo que se nos debe o para arrebatar más dinero a quienes nos rodean (Lc 3.12-14). Quizá el problema real no tiene nada que ver con las posesiones: tal vez el problema real sea la codicia.

 

Tal vez todos estos enfoques son demasiado individualistas y deberíamos pensar en términos mayores, más universales. Después de todo, se nos llama a participar en el Reino, y el Reino llama a la creación de un mundo en que los poderosos son derrocados de sus tronos y los humildes son exaltados, un mundo en que los ricos son despedidos con las manos vacías y los hambrientos son colmados de bienes, y donde los pensamientos del altivo son esparcidos al viento (Lc 1.51-53). Quizá los teólogos de la liberación están en lo cierto y necesitamos pensar en términos de un violento desmantelamiento de las estructuras de dominación política y económica en nuestro mundo.

 

O tal vez deberíamos imitar el modelo paulino en Hechos y trabajar con empeño dentro de las estructuras económicas existentes e intentar surgir en lo financiero para que podamos adquirir recursos para satisfacer tanto las necesidades nuestras como las de los demás (Hch 20.34-35). Quizá éste sea un mundo capitalista y nuestra tarea sea seguir el consejo a menudo citado de John Wesley: “gana todo lo que puedas, ahorra todo lo que puedas, y da todo lo que puedas”[iii].

 

La verdad es que, como un erudito de Lucas y Hechos profundamente preocupado por cuestiones de riqueza y pobreza, me encuentro inundado por una avenida de respuestas contrapuestas y conflictivas a los problemas de riqueza y pobreza en ambos libros bíblicos.

 

A menudo encuentro divertido cuando la gente pregunta si Lucas/Hechos ofrecen una solución al problema de la pobreza. “Por supuesto que sí,” pienso; “ofrece todo tipo de soluciones. Escoge la tuya. Hay una solución para respaldar cualquier idea preconcebida”.

 

La situación sería divertida si no fuera extremadamente seria. Personas en nuestro mundo literalmente se están muriendo de hambre. Seguramente, como personas que reverenciamos la Escritura cristiana, podemos encontrar alguna orientación en ella. Y tenemos la esperanza de poder hallar algo más que uno o dos versos convenientes para respaldar nuestras inclinaciones políticas y económicas preexistentes.

 

 

UN CONSISTENTE IMPERATIVO ESCRITURAL

 

Lamentablemente, la propia diversidad de recursos que entregan Lucas y Hechos (por no decir el canon cristiano completo) a menudo ha hecho que la Iglesia eluda una verdad más profunda. Si bien es verdad que la Biblia no ofrece ningún programa comprehensivo para un sistema económico cristiano, la Escritura sí nos entrega un consistente imperativo moral: la integridad del pueblo de Dios, en cuanto tal, depende de su esfuerzo sostenido y comprometido por erradicar la afrenta de la pobreza desde la bondad de la buena creación de Dios.

 

Aquel viernes, mientras comía mi almuerzo gratis y discutía sobre los aprietos de los alrededor de  mil millones de personas que viven en campamentos urbanos, me quedé sentado en silencio. Ofrecí pocas palabras de sabiduría y proporcioné muy poco análisis de experto para la consideración de mis colegas. En mi defensa, sí hice unas cuantas preguntas a los sociólogos –como si ellos pudieran resolver el acertijo que había confundido a los eruditos bíblicos. Sin embargo, al recordarlo, ahora desearía haber dicho unas cuantas cosas que he aprendido durante mi tiempo en compañía del Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles.

 

Primero, la Iglesia no puede eludir el imperativo moral de mitigar la pobreza. No obstante el hecho de que la dividimos, toda la Escritura concuerda en un punto. A una voz llama a amar a los demás, y semejante amor se define coherentemente en términos de nuestro compromiso concreto de asegurar que todos en el pueblo de Dios escapen de las privaciones del hambre, la falta de hogar, la desnudez y la explotación económica. Puede que la Escritura no proporcione una fórmula precisa para satisfacer estas necesidades, pero sí habla a una voz sobre el imperativo moral de hacerlo. Quienes escuchan la Palabra, ya no tienen como opciones la indiferencia o la despreocupación por los apuros de los pobres en el mundo.

 

Segundo, hablar puede ser fácil, pero es mejor que nada. Debo admitir que a menudo he observado la ironía que representa un académico con leve sobrepeso sentado a la mesa hablándole a un grupo de académicos a menudo levemente con sobrepeso conversando sobre el hambre. La experiencia me deja –como le ocurriría a cualquier persona con conciencia- sintiéndome deshonesto (o tal vez incluso completamente hipócrita). A pesar de mi propia incomodidad, sigo convencido de que nuestras palabras tienen poder. En palabras de los construccionistas sociales, el lenguaje crea conciencia. O, aludiendo al Evangelio de Juan, Dios sabía lo que Dios hacía cuando Dios envió al Verbo al mundo. Hablar acerca de la pobreza y el desafío moral que ella presenta es el primer paso (aunque admitimos que es sólo el primero) en el tratamiento de la pobreza. La opresión y la desesperación se alimentan con una dieta de silencio y negligencia.

 

Tercero, el problema no es la riqueza: la pobreza lo es. Hace quince años, cuando comencé mi programa PhD, y lo que se convertiría en un compromiso de vida con la reflexión sostenida sobre cuestiones de riqueza y pobreza desde una perspectiva bíblica, yo creía ingenuamente que la respuesta bíblica a la pobreza sería la condenación de la riqueza. Tal vez mi gastado cinturón de clase media y mis raíces populistas oscurecían mis expectativas de la Escritura, o quizá mi actual clase media-alta y perspectiva costera están ahora oscureciendo mi lectura de la Escritura. Sea como fuere, y a pesar del hecho perogrullesco de que siempre leemos la Escritura desde nuestra propia ubicación social, me he convencido de que la bondad intrínseca de la creación de Dios y nuestro propio privilegio de participar en el mantenimiento de ella, hacen de la producción de riqueza una actividad agradable a los ojos de Dios. Creo que a ello apunta  el frecuente énfasis de la sabiduría tradicional al considerar la riqueza como una señal de bendición de Dios para una vida vivida correctamente. Sin duda, las ganancias mal habidas son un pecado, pero no toda ganancia es mal habida.

 

Finalmente, con la mitigación de la pobreza se trata de socorrer al que está en necesidad, no de desarrollar la virtud de los ricos. No soy desesperadamente pobre; nunca he sido desesperadamente pobre; y es improbable que alguna vez lo sea. Cuando pienso en cuestiones de riqueza y pobreza, lo hago desde un relativo privilegio. De seguro, no hay probabilidades de que Robin Leach me incluya en Estilos de vida de los ricos y famosos, pero tampoco es probable que vaya a recibir “limosna” de nadie. La mayoría de las personas que discurren sobre estos asuntos, disfrutan de una posición similar de relativo privilegio. No es de sorprender (pero tampoco es inevitable) que cuando un acomodado (como yo) piensa en los no acomodados, tendemos a hablar acerca de lo que deberíamos hacer para acatar nuestro llamado como pueblo de Dios. Lamentablemente, este discurso a menudo se desvirtúa en una discusión sobre lo que nosotros debiéramos hacer para ayudarlos a ellos. Los pobres se vuelven un objeto de nuestra buena voluntad, y comenzamos a pensar en cómo podemos desarrollar una virtud aun mayor al ayudarlos a ellos. En este condescendiente sistema, ellos no poseen virtud alguna –y probablemente no podrían desarrollar ninguna- porque la virtud procede de ayudarlos a ellos, y ellos no están en posición de ayudarse a sí mismos. Los ricos explotan este sistema para desarrollar la virtud; pero su virtud es del todo autocomplaciente. Combaten la pobreza, no con el fin de socorrer a los pobres, sino en vista de su propia virtud. Los pobres se tornan la piedra de pulir más conveniente para afinar la virtud de los ricos; y los pobres (es decir, la gente real con sus vidas y anhelos, con corazón y mente reales) quedan a su suerte. Aun la benévola práctica de ayudar a los pobres puede tornarse un acto de autocomplacencia paternalista, enfocada más bien en el privilegio y las responsabilidades de los ricos que en las vidas y necesidades de los pobres.

 

Al recordar aquél almuerzo de día viernes, me alegra haber sido abrumado por una nueva mirada a la pobreza. Espero no dejar nunca de sentirme abrumado por los aprietos de los pobres. El problema de la pobreza debiera inquietarnos, aunque no debiera paralizarnos. Puede que la Escritura no nos entregue una respuesta fácil, pero sí proporciona un imperativo moral.


* Copyright del Center for Christian Ethics, Baylor University para el original y la traducción. Traducción      de Elvis Castro. Traducido y publicado con autorización del Center for Christian Ethics.

[i] Mike Davis, Planet of Slums (London: Verso, 2006), 22-23.

[ii] Thomas E. Phillips, Reading Issues of Wealth and Poverty in Luke-Acts, Studies in the Bible and Early Christianity 48 (Lewiston, NY: Edwin Mellen Press, 2001).

[iii] El sermón 50 de John Wesley, “El uso del dinero,” ha sido reimpreso varias veces. Está disponible online en inglés en new.gbgm-umc.org/umhistory/wesley/sermons/50/ (revisado en nov. 10, 2008).

Dejar un comentario:

Ver comentarios

Suscríbete al newsletter:



Cuéntale a tus amigos: