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La política contemporánea necesita a Jacques Maritain

Jacques Maritain (1882-1973) es un nombre olvidado. Con algo de suerte, se le recuerda entre los viejos democristianos, los católicos comprometidos con influir en la sociedad de su tiempo, algunos académicos, o los libreros que aún conservan algunas de sus polvorientas obras publicadas el siglo pasado por algunas casas editoriales que hoy ya no existen. Pero pese a esta desconcertante situación, afortunadamente es innegable que el francés de cuna protestante liberal, tal vez uno de los filósofos católicos tomistas más importantes del siglo XX, dejó un rico legado que en el presente es pertinente sacar de los archivos del pasado.

Los intereses de su obra fueron muy variados, sin embargo, su tarea intelectual estuvo vertebrada por la idea de construir una visión consistentemente cristiana sobre todas las áreas del saber. El carácter comprehensivo de su filosofía, así como la amplitud de intereses abordados por ella, hicieron de su obra un recurso para cristianos y también para no cristianos. Y uno de los ámbitos de su trabajo en que esto se reflejó con mayor claridad fue, sin duda, en su pensamiento político y social.

A nivel global, Maritain y sus obras circulaban entre Estados Unidos y Europa, pero también llegaron a Latinoamérica. En 1936, el filósofo visitó Argentina, tomando parte en el Congreso de Filosofía y siendo Profesor de Honor en los Cursos de Cultura Católica en Buenos Aires. Es en esos mismos años que su pensamiento político inspiraría a los jóvenes conservadores chilenos que luego formarían la Falange y el partido Demócrata Cristiano en Chile. Es en esos tensos años de entreguerras, con el surgimiento del nazismo, con una emergente Unión Soviética, con el conflicto español y, en fin, con la serie de consecuencias políticas de la modernidad, que un joven Eduardo Frei Montalva, futuro presidente demócrata cristiano chileno, leía a Maritain.

Son varios los principios que Maritain propugnó, y si bien la fuerza que adquirieron puede atribuirse al hecho de que fueron recibidos por un público objetivo bien definido y ansioso por respuestas afirmadas en las creencias católicas, también se puede atribuir al hecho de que fueron pensados con suficiente claridad como para dejar poco espacio a las dudas. Fácilmente podrían considerarse la respuesta cristiana a la pregunta “¿Qué hacer?” de un Lenin, con un programa felizmente distinto al del furibundo bolchevique.

Uno de los conceptos por el que más se lo conoce es el de “humanismo integral” o “humanismo cristiano”, que pretendía ser un correctivo a lo que él veía como la causa de la decadencia del occidente moderno, a saber, el “humanismo antropocéntrico” que había direccionado el devenir histórico de los últimos cuatro siglos. Así, por una parte, desmitificaba al “humanismo” como una corriente esencialmente negativa, toda vez que la hacía relevante para su filosofía cristiana al situarla bajo la antropología tomista. El gran relato maritaineano era, entonces, que las filosofías de la historia modernas no solo requerían una crítica sino sobre todo una propuesta alternativa que fuese capaz de remediar los males producidos por ellas.

Afirmado sobre Tomás de Aquino y las encíclicas sociales, Maritain se dio a la tarea de formular los principios que podían ayudar a construir una sociedad distinta a la concebida por nazis, comunistas y liberales. Estos principios debían ser lo suficientemente coherentes y razonables como para ser acogidos por personas no necesariamente cristianas. Con todo, es evidente que la mayor acogida iba a ser entre católicos y, por ello, también se preocupó en pensar un cristianismo activo en el mundo que no dependiera de la estrecha relación Iglesia-Estado del pasado para subsistir.

De aquí se desprendía uno de sus principios fundamentales: el de pensar una sociedad teista. No se refería con esto en absoluto a la idea de que volviese un predominio de la Iglesia aliada con el poder político. Al contrario: precisamente contra esa noción constantiniana y premoderna, Maritain pensaba una “nueva cristiandad” en la que, a diferencia de la antigua, se concibiera a una sociedad fundada sobre principios cristianos sin que ello implique una adherencia a la religión cristiana. Estos principios cristianos fundamentales no responden a los intereses de las Iglesias ni de los creyentes, sino al bienestar de todas las personas: al bien común. Por ello, no es la sociedad vitalmente cristiana con la que sueña, aquella en la que hay un alto porcentaje de creyentes, sino aquella que culturalmente profesa valores profundos sobre la dignidad humana. La necesidad de retomar una idea como esta responde no solo a proyectos alternativos, sino al hecho de que entre los propios cristianos parece haber una tendencia perenne a desear una mayor compenetración entre iglesia y poder político.

Otro principio fundamental es el personalismo. Es necesario reconocer que los seres humanos no son simplemente una realidad material, sino también espiritual. Las personas tienen una dignidad anterior a la sociedad, que debe ser respetada en cuanto tal y que avanza en dirección a preservar los derechos todas las personas que componen la sociedad. De aquí que los Estados no tienen el derecho a oprimir ni a tomar a los ciudadanos como medios. Si bien Maritain pensaba en este principio teniendo a la vista los casos de los Estados totalitarios comunistas y nazi, el cuidado de la persona sigue siendo una preocupación central en política pública porque, después de todo, no es lo mismo servir a individuos que a personas.

A la par con el principio anterior, corre la idea de comunidad. Como alternativa al colectivismo y al individualismo, Maritain entiende que la persona tiene por naturaleza a la sociedad y, en su forma más compleja, a la comunidad política. De aquí que la noción de “bien común” adquiera una significancia fundamental. La comunidad política vela por el bien de todas las personas y comunidades que la componen. aunque hoy ya no asistimos a grandes proyectos materialistas colectivistas como los del siglo pasado, aún persiste un individualismo fuertemente promovido por la lógica neoliberal consumista que, en algún sentido, junto con promover la primacía de los bienes materiales, acaba por negar las inclinaciones espirituales o, al menos, transforma al bien espiritual de los seres humanos en un objeto más de mercado, de un bien espiritual a un bien de consumo.

Por último, Maritain también enfatiza la necesidad de cuidar el pluralismo. Dentro de un Estado coexisten una serie de comunidades autónomas surgidas ya sea por naturaleza o por asociación. Las comunidades tienen sus historias, dotan de sentido la vida de las personas que pertenecen a ellas y su existencia contribuye al aprendizaje de la convivencia de pensamientos y cosmovisiones diversos. En este sentido, el Estado no tiene la facultad para homogeneizar la sociedad. Pero, pensando en los días nuestros, ¿no debiésemos preocuparnos de que dicho rol lo pase a ocupar hoy el mercado? Después de todo, las tensiones entre lo global y lo local, en algún sentido provienen precisamente de esa lógica homogeneizante que se esconde tras la expansión del orden de mundo dominante, el que finalmente tensiona las identidades locales, religiosas, étnicas, etc. Este identitarismo, a su vez, también resulta anticomuntario, presionado por el contexto cultural a defender su existencia, y por tanto dejando en un lugar secundario su disposición a contribuir al bien común.

Personalismo, comunitarismo, pluralismo y teismo, aunados a la propuesta del Humanismo Cristiano, dan en su conjunto la impresión de ser un gran relato como lo fueron las otras grandes expresiones filosófico-políticas del siglo pasado. Eso, en un contexto en que cada vez se hacen más patentes los rasgos de la posmodernidad, entre ellos el descredito de los grandes relatos, permite preguntarse si acaso tiene algún sentido adherir a un sistema de pensamiento en nuestros días.

A la par, hay que sumar la crisis de las instituciones, entre las cuales se cuentan no solo las políticas, sino también las religiosas. Por una parte, el gran partido chileno que contó entre sus inspiradores más fuertes a Maritain, la Democracia Cristiana, se encuentra en una crisis interna. La Iglesia Católica está en una situación de crisis tanto peor por una serie de acusaciones morales graves. Y esto mismo podría replicarse en otros lugares. Los cristianos tienen grandes dificultades para mantener un ideario fundante para ellos, ¿puede esperarse que lo mantengan no cristianos?

El propio Maritain, que hizo una propuesta sustantiva, al final de sus días se encontraba algo desconcertado por el hecho de saber que la realidad de la práctica política distaba notoriamente de sus propuestas, por decirlo amigablemente, idealistas. ¿Qué sentido puede tener revitalizarlas hoy?

Al tiempo que no ocurrió el fin de la historia pronosticado por el ideal de la democracia liberal, tampoco perduró un proyecto inspirado en el bien común. Arrecian vientos de populismo de distintos colores, problemas de primer orden como la superación de la pobreza siguen tan vigentes como en sus días, los identitarismos parecen opacar la necesidad de una distribución de la riqueza inspirada en principios humanistas cristianos y, por si fuera poco, las instituciones religiosas encargadas de mantener la vitalidad espiritual de los pueblos están siendo con justicia cuestionadas.

Las democracias liberales afrontan una serie de desafíos. Pero tal vez el más persistente sea la pugna por superar la “neutralidad” del Estado. Distintas corrientes se disputan el poder para conducir el destino de las comunidades políticas y el siglo pasado es una advertencia dolorosamente imborrable de los destinos a los que conducen los extremismos. En el cuidado de la vida, de la comunidad, de la sociedad, no puede haber solo cristianos de las diversas denominaciones, debe haber un compromiso de todos quienes colocan en primer lugar los principios del humanismo cristiano o afines. Maritain entendía la necesidad de esta unidad -que no uniformidad- por el bien común. Y es justamente por esto que la política de hoy necesita su pensamiento, así como personas comprometidas con contextualizar y poner en práctica sus ideas.

Con algo de desencanto, presenciando la gesta de todas las crisis europeas que conducirían a la II Guerra Mundial y, por tanto, impotente al ver que no había una alternativa sustantiva, el consejo que Maritain dio a los jóvenes en su visita a Argentina fue casi un augurio profético: “los que están capacitados para hacerlo, que se dediquen a la investigación de los problemas abstractos y concretos de la filosofía política, con independencia intelectual, preocupación de realismo y espíritu de fe; pues de ese modo, y a pesar de las injurias a que se exponen, podrán ser útiles en la preparación más o menos anticipada de una acción política vitalmente cristiana”.

Las condiciones de hoy no son las de ayer, pero la vigencia de un consejo como este, dadas nuestras circunstancias, es indiscutible.