Estudios Evangélicos

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La respuesta de Cipriano a una pandemia

Las sociedades de los primeros siglos de la era cristiana no estaban ajenos a las epidemias [I].
Dentro de ese contexto, los primeros cristianos formularon varias respuestas, teológicas y prácticas, que les permitieron mantenerse fieles a sus tradiciones centrales y al ejemplo que tenían en Jesús. A lo largo de su historia, los primeros cristianos estaban en la vanguardia, luchando con la epidemia y los problemas colaterales y ofreciendo mucha ayuda práctica y esperanza a los afectados [II]. En el siguiente texto, quiero examinar la respuesta pastoral y teológica de Cipriano a una epidemia en su obra De mortalitate (Sobre la mortalidad), y ver qué lecciones podemos aprender para nuestros días [III].

I. La respuesta de Cipriano

La Peste de Cipriano, denominada así por el Obispo de Cartago, se propagó por el Imperio Romano entre el 249 y el 270 d. C [IV]. Cipriano fue testigo de los devastadores efectos y la pérdida de vidas que causó esta plaga, donde se cree que morían unas cinco mil personas cada día [V]. En De mortalitate, Cipriano analiza la epidemia que enfrentó, sus características y efectos. No obstante, el propósito de Cipriano no es documentar la epidemia, sino más bien escribir a los cristianos para entregarles instrucción y exhortación en tanto que afrontan la pandemia. Esta exhortación nos proporciona una provechosa instrucción para el presente mientras intentamos promover respuestas sabias a nuestra propia pandemia actual.

Cipriano ofrece dos respuestas a la epidemia en De mortalitate y Ad Demetrianum (Discurso a Demetriano) [VI]. Este último es una obra apologética, mientras que el primero es un discurso pastoral para alentar a los cristianos. Aquí enfocaremos la atención en De mortalitate o «Sobre la mortalidad» [VII]. Aquí analizo tres elementos de la respuesta de Cipriano. Primero, abordamos su respuesta a la propagación indiscriminada de la epidemia. En segundo lugar, nos enfocamos en su apreciación de que tales pruebas nos revelan quiénes somos. Finalmente, nos enfocamos en su esperanza escatológica como elemento clave de su respuesta pastoral.

II. Solidaridad en el sufrimiento

Cipriano comienza señalando el devastador efecto que esta plaga tiene en todas las personas, independientemente de su convicción religiosa. La peste no discrimina, sino que mata tanto a justos como a injustos. En un importante pasaje, Cipriano describe el efecto de la plaga en su comunidad cristiana:

Muchos de nosotros están falleciendo en esta mortalidad, es decir, muchos están siendo liberados del mundo… Sin ninguna distinción en la raza humana, el justo también muere con el injusto; no nos corresponde pensar que la destrucción sea algo común para malos y buenos por igual [VIII].

Cristianos como Cipriano sabían que no tenían una protección especial de Dios para las epidemias y pestes mortales que causaban estragos en el mundo antiguo. Su sufrimiento era común a toda la gente.

A algunos les causa problema que la afección de esta enfermedad se lleve a nuestra gente juntamente con los paganos, como si un cristiano creyera al respecto que, libre del contacto con los males, puede disfrutar felizmente del mundo y la vida, y, sin padecer todas las adversidades aquí, puede ser preservado para futuras felicidades. A algunos les causa problema que tengamos esta mortalidad en común con los demás. Pero ¿qué cosa en este mundo no tenemos en común con los demás en tanto que esta carne, conforme a la ley de nuestro nacimiento original, todavía nos es común? En tanto que estemos aquí en este mundo, estamos unidos con la raza humana en la igualdad de la carne, y estamos separados en el espíritu. Y así, hasta que este elemento corruptible se vista de incorruptibilidad, y este elemento mortal reciba la inmortalidad y el espíritu nos conduzca a Dios el Padre, las desventajas de la carne, cualesquiera que sean, nos son comunes con la raza humana [IX].

La noción de que los cristianos no están exentos del sufrimiento confundía a algunos cristianos en la antigüedad, y Cipriano escribe para abordar estas inquietudes, las cuales los cristianos modernos también comparten. Recientemente, algunas voces han sugerido que tan solo orando el Salmo 91 o diezmando, los cristianos de alguna forma estarán protegidos del virus que hoy hace estragos en nuestro planeta. Lamentablemente, tal forma de pensar está reñida con la sabiduría bíblica. Las Escrituras cristianas nunca han prometido un escape de las vicisitudes de la vida. Antes bien, se nos promete consuelo y cuidado en los tiempos adversos en tanto que pasamos por el valle de sombra de muerte. Los primeros cristianos sabían que la «muerte» era el enemigo último (1Co 15:26), pero también sabían que no se les prometía un escape de ella, sino la promesa transformadora de la resurrección, porque Jesús ha derrotado la muerte. Este es precisamente el enfoque principal de todo el tratado de Cipriano, cuyo interés está en instruir a los cristianos respecto a su futura esperanza de salvación y restauración. El objetivo de tal instrucción es brindarles esperanza en medio de su sufrimiento.

III. Revelación y formación

Cipriano sugiere que la terrible plaga tiene el efecto de probarnos para ver qué clase de persona somos realmente.

Qué apropiado, qué necesario es que esta plaga y peste, que parece horrible y mortal, examine la justicia de cada uno e indague las mentes de la raza humana; si los sanos cuidan de los enfermos, si los parientes aman diligentemente a sus familiares como deberían, si los amos muestran compasión a sus esclavos dolientes, si los médicos no abandonan a los afligidos que les suplican auxilio, si los violentos reprimen su violencia, si los avaros, aunque por temor a la muerte, apagan el insaciable fuego de su fiera codicia, si los arrogantes agachan la cabeza, si los desvergonzados mitigan su atrevimiento, si los acaudalados, ya sea porque sus seres queridos están falleciendo y están al borde de morir sin dejar herederos, otorgan y donan algo [X].

Tiempos tan terribles sacan a la luz quiénes somos realmente. ¿Somos de los que atienden a los enfermos? ¿Somos de los que aman afectuosamente a sus familias? ¿Somos de los que tienden la mano con auxilio y esperanza a los necesitados? Tales tiempos de desastre nos revelan el carácter que hemos cultivado mediante nuestros afectos y lealtades. Pero tales desastres también nos brindan la oportunidad de cultivar cualidades de cuidado y preocupación en tanto que cobramos consciencia de nuestras propias deficiencias y debilidades.

Detrás de esta observación hay algo que conecta con la primera observación, la importancia de la solidaridad con los que sufren. La solidaridad con la experiencia humana nos hace percatarnos del sufrimiento de lo demás. Al cobrar consciencia, podemos experimentar compasión por los vulnerables que necesitan asistencia y socorro. Si no tomáramos consciencia ni experimentáramos compasión, estaríamos aislados de las experiencias comunes del mundo, y esto sería desafortunado, pues estamos creados para beneficiarnos y bendecirnos unos a otros. ¿Cómo podemos servir fielmente a las personas si no estamos conscientes de sus circunstancias y no experimentamos compasión por ellos? Las experiencias de la vida nos enseñan que nadie está libre de los devastadores efectos de la ruina de la creación.

IV. Esperanza escatológica

En el último capítulo de De mortalitate, Cipriano reflexiona con más detención sobre los efectos de la esperanza escatológica. Destacan tres elementos que ameritan reflexión. Primero, Cipriano exhorta a su audiencia cristiana a aceptar la voluntad de Dios y no dejarse cautivar por «el terror de la muerte». La razón por la que no deberían temer a la muerte es que a ellos se les ha concedido el don de la inmortalidad. Cipriano comprendía que muchos en el mundo antiguo temían a la muerte, al igual que muchos en nuestro mundo actual. Pero el don escatológico de la inmortalidad debería traer consuelo y liberación del terror a la muerte. En el capítulo 21, Cipriano cita la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses (4:13), señalando que, si bien ellos se duelen por aquellos que han partido, no se duelen como los que no tienen esperanza. Ellos se reunirán con sus seres queridos que han perdido.

Segundo, su escatología debería causar que no estén tan apegados al mundo actual. Citando 1 Juan 2:15, Cipriano les recuerda su renuncia al antiguo mundo, y que como «extraños y extranjeros peregrinamos aquí por algún tiempo». Cipriano luego los exhorta «a aceptar el día que a cada uno de nosotros nos asigna a su habitación, lo cual, en nuestro rescate de este lugar y nuestra liberación de las trampas del mundo, nos restaura al paraíso y el reino» [XI]. Aunque la pandemia que él enfrentó arrasaba con miles de vidas cada día, la visión de Cipriano se extiende más allá del mundo presente hasta el futuro reino y paraíso. Tal reorientación escatológica ofrecería un enfoque muy necesario a estos cristianos al recordarles aquello que posee absoluta significación. El distanciamiento físico, y en consecuencia la imposibilidad de participar en muchas de las diversas actividades que habitualmente caracterizan nuestras vidas, debería hacernos reflexionar sobre aquello que posee absoluta significación.

Y esto nos lleva al último punto de Cipriano. Él señala el grandioso futuro de los cristianos.

Qué placer allí en el reino celestial, sin temor a la muerte, y con una eternidad de vida la felicidad más elevada posible y perpetua. Allí, el glorioso coro de apóstoles, la multitud de profetas jubilosos, la innumerable muchedumbre de mártires coronados a causa de la gloria y la victoria de su lucha y padecimiento, vírgenes triunfantes que han sometido los deseos de la carne y el cuerpo por la fortaleza de su continencia, los misericordiosos gozando de su recompensa, quienes han realizado obras de justicia dando alimento y limosnas a los pobres, quienes al observar los preceptos del Señor han transferido su patrimonio a los tesoros del cielo [XII].

Nótese que para Cipriano la escatología tiene que moldear su existencia presente, como tiene que hacerlo con la nuestra. La gloria del cielo espera a todos aquellos que han perseverado y han soportado las adversidades de este mundo. Aquellos que han sido virtuosos y fieles a Dios recibirán «la felicidad más elevada posible y perpetua». La fuerza retórica de este final culminante debe alentar a los fieles a continuar sus vidas distintivas, modeladas según la vida de Jesús y en la visión de los autores de la Escritura. También hay un desafío para ellos, y para nosotros, que los misericordiosos serán recompensados, a saber, que aquellos que están comprometidos con la justicia y el auxilio a los vulnerables recibirán a cambio los “tesoros del cielo”. La actual pandemia nunca debería desalentar o disuadir a los cristianos de su llamado a ser fieles a Jesús y a realizar obras de justicia y auxilio a los vulnerables. La fidelidad a la visión de Cristo y la obra de la justicia es, desde luego, de suyo una recompensa, pero la generosa provisión de Dios promete más. En consecuencia, una orientación escatológica debe informar e impulsar la actual práctica del discipulado.

V. Lo que aprendemos de Cipriano

Hay mucho más que decir acerca de la propuesta de Cipriano en De mortalitate, pero me he enfocado en un conjunto de observaciones que nos proveen una perspectiva al enfrentar nuestra propia pandemia. Si bien hay diversos elementos que nos instruirían respecto a nuestra respuesta única en esta situación, aquí he buscado ideas que podrían ser de beneficio para los discípulos contemporáneos. Primero, no deberíamos esperar que los cristianos estén exentos del sufrimiento común que aflige a la humanidad. Estrellas del cine, líderes de gobierno, conductores e indigentes, todos se contagian del virus. Este no discrimina. Como señala Cipriano, afecta a justos e injustos. Pero tal indiscriminación puede promover un sentido de solidaridad con los afectados. Tal solidaridad al enfrentar este virus nos ayuda a identificarnos con los que están sufriendo y a cultivar disposiciones de compasión y carácter para proveer ayuda y esperanza.

Segundo, Cipriano observa que tales momentos de prueba ponen de manifiesto nuestras verdaderas disposiciones y compromisos. Si bien la actual pandemia está causando gran ansiedad y devastación económica, podemos mirar esto como un momento de revelación y reforma. Podemos usar el tiempo que se nos ha asignado para crecer en nuestro discipulado, para poner nuestra fe en acción. Podemos pasar tiempo en oración, lamentando el número de fallecidos y la devastación, pero también orando para que la sabiduría y la fortaleza de Dios conforte o desafíe a quienes lo necesiten. Podemos ejercer nuestra compasión cuidando a los vulnerables y marginados entre nosotros e incluso a los que están lejos de nosotros.

Finalmente, el enfoque escatológico de Cipriano es importante. La iglesia a menudo se ha distraído con extrañas teorías escatológicas que son el producto de una pobre interpretación exegética y teológica. No deberíamos permitir que tales distracciones e ilusiones nos priven de una profunda y formativa esperanza teológica que vemos en la Escritura. Podemos recordarnos nuestra esperanza futura y confianza en que Dios restaurará todas las cosas, y eso puede moldearnos aquí y ahora en tanto que llevamos una vida caracterizada por la compasión y el cuidado, así como de la justicia, durante esta pandemia, y también más allá de ella.

Sean du Toit (PhD) es profesor de Nuevo Testamento en Alphacrucis y teólogo en Tearfund. Está casado con Sue y tiene dos maravillosas hijas, Ava y Mia.

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Publicado originalmente en Stimulus, New Zealand Journal of Christian Thought and Practice, 2020. Traducido con autorización del autor. Traducción de Elvis Castro Lagos.

Notas

[I] J. F. Gilliam, “The plague under Marcus Aurelius,” American Journal of Philology 82.3 (1961): 225-251; Dionysios Ch. Stathakopoulos, Famine and Pestilence in the Late Roman and Early Byzantine Empire: A Systematic Survey of Subsistence Crises and Epidemics. Aldershot and Burlington, VT: Ashgate, 2004.
[II] Para respuestas específicas a la epidemia, ver R. Stark, “Epidemics, Networks and the Rise of Christianity,” Semeia 56 (1992): 159-175. Sobre el compromiso del cristianismo temprano con el cuidado médico, ver Hector Avalos, Health Care and the Rise of Christianity (Peabody, Mass.: Hendrickson, 1999); A. Di Berardino, “Xenodochium (Hospital),” Encyclopaedia of Ancient Christianity, Ed. Gen., Angelo Di Berardino (Illinois: IVP Academic, 2014), 3:958-59; V. Lombino, “Christ the Physician,” Encyclopaedia of Ancient Christianity, Ed. Gen., Angelo Di Berardino (Illinois: IVP Academic, 2014), 3:185-192; Gary B. Ferngren, Medicine and Health Care in Early Christianity. Cambridge: CUP, 2009.
[III] Hay dos escritos cristianos que analizan esta peste, proveyendo así parte de nuestra mejor evidencia desde dentro de la epidemia. Estos son la carta de Dionisio de Alejandría (H. E. 7.22); Cipriano de Cartago (De mortalitate). También contamos con análisis posteriores de Gregorio de Nisa y Jerónimo, pero estos dependen de análisis anteriores.
[IV] Las investigaciones dedicadas a la discusión de la peste de Cipriano son severamente escasas, aunque esto queda de alguna manera remediado por Kyle Harper, “Pandemics and Passages to Late Antiquity: Rethinking the Plague of c. 249-70 described by Cyprian,” Journal of Roman Archaeology 28 (2015): 223-60.
[V] Para un análisis arqueológico de la evidencia para la peste y sus víctimas, ver F. Tiradritti, “Of kilns and corpses: Theban plague victims,” Egyptian Archaeology 44 (2014): 15-18.
[VI] Una introducción a Cipriano la proporciona J. Patout Burns, “Cyprian of Carthage,” The Expository Times 120.10 (2009): 469-477. A lo largo de este artículo uso la traducción [al inglés] de Deferrari. Saint Cyprian, «Mortality,» Treatises. Trad. de Roy J. Deferrari (The Fathers of the church, Volumen 36; Washington, D.C.: Catholic University of America Press, 1958), 195-224.
[VII] Para un útil análisis del género de este texto, ver J. H. D. Scourfield, “The De mortalitate of Cyprian: consolation and context,” Vigiliae Christianae 50.1 (1996): 12-41.
[VIII] Cipriano, De mort. 15.
[IX] Cipriano, De mort. 8.
[X] Cipriano, De mort. 16.
[XI] Cipriano, De mort. 24.
[XII] Cipriano, De mort. 26.

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