Estudios Evangélicos

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La tesis de la secularización

En muchas de las iglesias que están floreciendo, la secularización interna es particularmente evidente en cuanto que el mensaje está psicologizado y subjetivizado.

“Desde el principio del mundo no ha habido región, ciudad, en definitiva, ningún hogar que haya estado sin religión… Pero no digo, como lo hizo Cicerón, que los errores desaparecen con el paso del tiempo, y que la religión crece y se vuelve mejor cada día[1].

Juan Calvino

 

Presentación de la tesis de la secularización

Sus hijos tienen menos probabilidades que usted de estar comprometidos con la práctica y la fe cristiana. En términos generales, esa es la tesis de la secularización. Especialmente para aquellos que toman su fe en serio, apenas hay un debate académico más influyente que este para nuestra vida práctica.

En los círculos conservadores, la secularización usualmente evoca la imagen de una cámara de élites culturales que se mueven sigilosamente entre Nueva York, Washington y Hollywood para sacar a la religión de la vida pública. Resulta obvio quién es el enemigo y, más importante aún, resulta obvio que es externo. De acuerdo con la tesis de la secularización (TS en adelante), la secularización es un poco más complicada, sutil  y no intencionada. En efecto, no somos víctimas pasivas, sino parte del proceso, cada día en todo tipo de formas.

Antes de resumir la TS, es importante ser preciso desde el primer momento acerca de qué es lo que no implica. Primero, la secularización no debería ser igualada con el secularismo: la primera es un proceso, la otra una ideología. La TS no dice qué es lo que debería pasar, ni ve a la secularización como el triunfo de la razón adulta sobre la fe infantil. Segundo, la TS no dice que la religión en el futuro eventualmente desaparecerá, como podrían argüir los secularistas. La gente continuará siguiendo determinadas creencias y prácticas en variadas comunidades religiosas. Pero no tendrán el mismo nivel de significancia pública a largo plazo, y cuanta más fuerza adquiera la corriente de la secularización tanto más difícil será nadar contra ella.

Definiendo la tesis de la secularización (TS)

La TS es relativamente simple, aunque su proceso es complejo: en cuanto las sociedades se modernizan, devienen menos religiosas. Esa secularización es tanto externa (una desaparición gradual de una religión particular en la plaza pública) como interna (una transformación gradual y acomodación de las religiones tradicionales por sí mismas).

Una clave para la secularización es la modernización: van de la mano. De acuerdo a una ampliamente invocada definición del sociólogo Peter Berger, la modernización “consiste en el crecimiento y la difusión de un conjunto de instituciones arraigadas en la transformación de la economía por medio de la tecnología”[2]. No hay “sociedad moderna” sino “solo sociedades más o menos avanzadas en el continuo de la modernización”[3].

Como el pequeño cordero de Mary[4], dondequiera que opere la modernización, la secularización también está. Es por ello que algunas comunidades anabautistas aún huyen de las comodidades modernas. De manera más obvia (y, por supuesto, violentamente), los islamistas se oponen inflexiblemente a la expansión de los patrones occidentales –no solo a la democracia liberal, sino también a los signos visibles de participación en la economía global. El film del 2012 “La pesca de salmón en Yemen” ofrece una ilustración de esta gran resistencia.

¿Levantamiento y caída de la religión? El debate

Ha habido un vivo debate acerca de la secularización de la religión durante los últimos veinticinco años. En la década de los 80, el sociólogo Peter Berger anunció que ya no creía en la TS, aunque había sido uno de los principales proponentes de esta idea. Puede funcionar para Europa, suponía, pero difícilmente explica la explosión del islam radical alrededor del mundo (incluso en la propia Europa), o del cristianismo en sus formas fundamentalista y pentecostal en Asia, África y Latinoamérica, de las megaiglesias evangélicas, o de la influencia política en Norteamérica. Otros se han unido a Berger, como Rodney Stark, sociólogo de la Universidad de Baylor.

La gente aún va a la iglesia –solo que a otras. Stark, usando como ejemplo a Dakota del Sur, su ciudad natal, observa que las iglesias tradicionales en el centro de la ciudad están prácticamente vacías, pero que las Asambleas de Dios populares, que empezaron arrendando espacio en un centro comercial, ahora son las megaiglesias al lado de la autopista. En efecto, Stark ha sostenido que en lugar de destruir la religión, la competencia en el mercado en realidad la energiza. Eso de que con la libre competencia todos ganarían, valdría también en la religión.

Pero el debate apenas ha comenzado. Junto con Mark Chaves, N. J. Demerath y otros, el sociólogo de la Universidad de Aberdeen, Steve Bruce, ha montado un impresionante caso en defensa de la TS, de cara a las recientes objeciones. Estos académicos sostienen que no podemos solamente mirar los números de deserción para detectar la secularización. A menudo, por diferentes caminos, con agendas radicalmente distintas, las iglesias liberales y conservadoras son portadoras en sí mismas de la modernización y, por ende, de la secularización: no impiden la transición del teocentrismo al antropocentrismo, de la acción pública a la experiencia privada, de la teología a la terapia, y de la verdad a la técnica. De hecho, por lo general la fomentan.

Defensa de la tesis de la secularización: Steve Bruce

Aunque este debate se ha celebrado principalmente entre académicos, y muchos de los estudiosos evangélicos toman la postura de Peter Berger contra la TS, nosotros sostenemos que existen importantes aspectos de la TS que ayudan a explicar la experiencia religiosa norteamericana. En su asombroso libro “Secularización: en defensa de una teoría impopular”, Steve Bruce levanta un sólido caso en defensa la tesis de la secularización de la religión. A partir de una enormidad de datos, distingue cuidadosamente entre la polémica secularista que argumenta a favor de un deliberado programa contra la religión, por una parte, y la secularización como un proceso más bien inadvertido, por otra.  No se trata, en el caso de Bruce, de argumentar a favor o en contra de los méritos de la secularización, sino simplemente de documentar, como sociólogo, el proceso y las consecuencias de la secularización en la cultura moderna.

Anticipándose a las objeciones usuales, Bruce comienza identificando los factores típicos de la secularización: un debilitamiento gradual del poder social y la dificultad de socializar a los niños en la fe. Sin el apoyo del Estado, y con la influencia de inmigrantes que practican su fe libremente, incluso el consenso social que otorga privilegio a una religión comienza a esfumarse. Sin el ambiente de afirmación a una religión particular pública,  el individuo es dejado al apoyo de instituciones mediadoras –familia, iglesia, colegio y la más amplia subcultura de adherentes. Creencias y prácticas antes consideradas normales, ahora son consideradas raras y tal vez incluso antisociales. En palabras de Bruce: “Como la religión se torna cada vez más una cuestión de libre elección, se vuelve más difícil mantener los límites”; esto estimula “el primer relativismo –todos los caminos llegan a Dios- y así, entonces, la indiferencia hace más difícil de persuadir a la gente de que hay un mérito especial en un camino particular” (Bruce, 2-3). Comparte el punto de vista de Thomas Luckmann según el cual “la religión no desaparece; más bien, es transformada en códigos privados de autoexpresión y autorrealización, en una forma invisible o privada de la religión” (Bruce, 24).

La secularización interna se traduce, y usted lo puede ver tanto en las iglesias tradicionales como en las evangélicas, especialmente en esfuerzos por ser relevantes. Bruce escribe: “En resumen, las iglesias importantes han respondido a la liberalización del medioambiente general al volverse más liberales en doctrina y más ecuménicas en sus relaciones inter-iglesias”. Enmarcar la religión –más bien, venderla- en términos de consumidores que toman o escogen la que encuentran más valioso es abrazar la secularización. En las iglesias tradicionales, suele ser entre el clero que se encuentra una carencia de convicción sobre los artículos específicos del credo de los apóstoles. Aun cuando el credo sigue siendo afirmado, “las ideas cristianas básicas han sido interiorizadas y psicologizadas” dice Bruce. “El mal y el pecado han sido cambiados por soledad e infelicidad. El dios vengativo ha sido reemplazado por Cristo el Hermano Mayor inspirador o Cristo el terapeuta. El propósito de la religión ya no es más glorificar a Dios: es ayudar a encontrar paz mental y satisfacción personal” (Bruce, 13).

Avivamientos: energizantes de la secularización

Incluso los movimientos que son saludados por algunos como despertares, puede verse que facilitan antes que interrumpen el proceso de secularización. Bruce dice que “aunque el movimiento carismático que influenció las iglesias protestantes en los 70 a menudo es visto como una reacción conservadora a las tendencias liberalizadoras, la realidad es más bien diferente”. Aunque el énfasis en los milagros “puede ser visto como una significativa inyección de supernaturalismo”, dice, “esto erosionó la ortodoxia doctrinal de las sectas protestantes conservadoras”, mientras que a su gente la “reclutó primariamente de otras denominaciones y sectas más que de los sin-iglesia”. En efecto, “gran parte de su atractivo residía en que disfrazaban la magnitud del cambio con algo de lenguaje antiguo. Lejos de ser una cura para la liberalización de la fe, hicieron el cambio más fácil, al proveer un alejamiento de las viejas ortodoxias mediante pasos graduales” (Bruce, 14).

Uno de los puntos que Bruce enfatiza es que este proceso es usualmente llevado por la vía de consecuencias no intencionales. No es que los secularistas estén ganando con argumentos y casos en la corte, o que la gente esté prefiriendo sus dogmas en lugar de los cristianos. Por lo mismo, citar ejemplos de brotes de entusiasmo religioso no es suficiente para refutar la TS. Cuando surgen estos rebrotes, son u hostiles a la modernización (retrasando así su aceptación general), o son exitosos precisamente por acomodarse mediante una secularización interna. Dondequiera que la modernización se retrasa, la secularización se retrasa también. Así que no se puede citar como argumento contra la secularización el surgimiento de entusiasmo en territorios tribales pakistaníes, donde los niños son aislados de las influencias occidentales en madrasas[5] (Bruce, 26). La modernización es real, global, y dondequiera que se arraigue la secularización será inevitable. ¿Es más difícil ser un convencido y practicante cristiano hoy de lo que era una generación atrás? Si tu respuesta es ‘sí’, estás básicamente de acuerdo con la TS.

El mundo privado de la experiencia religiosa

Bajo estas condiciones, los creyentes empiezan por sí mismos a compartimentar sus vidas. Siempre ha habido hipócritas y herejes, pero en la cosmovisión medieval (y en las comunidades islámicas hoy) no hay esquina de la vida donde el mundo celestial no afecte de alguna manera los asuntos diarios.  Bajo los términos de la modernización, sin embargo, aceptamos dejar nuestras convicciones privadas junto a la barrera de control antes de entrar a la plaza pública. Hay creencias públicas que son forjadas a través del debate racional y el consenso. Usamos la misma razón calculadora que el resto cuando vamos al trabajo, utilizamos nuestros medicamentos y nos preparamos para el huracán que los meteorólogos han pronosticado para nuestra región. Pero llega el domingo, o nuestra devoción privada, y cambiamos inconscientemente a una cosmovisión diferente.

La compartimentalización de “doctrina” y “vida”, y luego de “espiritualidad” y “mundo real”, profundiza un gran abismo. Luchamos con la contradicción y a veces nos sentimos ansiosamente presionados a escoger entre una fe privada pero irracional y una razón pública pero completamente naturalista. “Con la compartimentalización viene la privatización: el sentido de que el alcance de la religión es acotado solo a aquellos que aceptan las enseñanzas de esta o aquella fe” (Bruce, 38)

Como lo explica Thomas Luckmann, la autonomía del individuo está integrada en la idea del consumidor. La religión es privada y por lo tanto uno puede comprar cualquier producto que encuentre útil[6]. Aun cuando un evangelista puede apuntar a estimular los “índices de ventas”, su éxito es a costa de traducir las verdades objetivas centradas en Dios en mercancías subjetivas centradas en la persona. Aquellos para quienes la terapia privada es el motivo religioso dominante, no querrán transmitir un cuerpo de doctrina y prácticas tradicionales a sus hijos. La burbuja explotará. “El relativismo debilita la fe mediante la remoción de la mejor razón para asegurar que sus hijos sean socializados en la fe. Si todas las creencias (y ninguna) ofrecen un camino a Dios, si no hay infierno al cual los herejes sean enviados, entonces no hay necesidad de asegurar la transmisión de la ortodoxia” (Bruce, 47-48)

A favor de la transformación de la religión

Según algunos críticos, quienes proponen la TS interpretan los movimientos religiosos globales mediante el estrecho lente de la secularización europea. Estos críticos conceden, ciertamente, que Europa está secularizada. Pero argumentarán, sin embargo, que este patrón no funciona para los Estados Unidos, mucho menos para el sur global, donde las formas conservadoras –incluso radicales- del islam y el cristianismo están a punto de estallar. Pero mediante una concentración muy estrecha en la cuestión de la desaparición de la religión, los críticos de la TS pierden de vista que la transformación de la religión está en el corazón del proceso de secularización.

Steve Bruce se pregunta si los críticos al menos han entendido la línea de tendencia de la secularización europea. No es una caída libre ocurrida desde los 60, sino parte de una larga trayectoria de desplazamiento. En su libro, Bruce ofrece abrumadores datos que muestran que aun donde los avivamientos –especialmente en el Reino Unido- han llevado a una significativa alza en asistencia a la iglesia y piedad social, la consecuencia usual es una menor participación eclesial de la que había antes del avivamiento. Los críticos de la TS miran dichas alzas –incluyendo las explosiones de entusiasmo religioso en varias partes del mundo hoy-, en lugar de  las prolongadas líneas de tendencia después de cada avivamiento anglicano, metodista y bautista, tras el cual las iglesias declinaron en membresía. Esto sugiere que no hay desaparición de la religión, pero sí una transformación radical y un desplazamiento de la misma.

Una vez más, Bruce no basa todo en los números de deserción de la iglesia. Incluso cuando en la religión revivalista “el negocio está que arde”, el solo hecho de que ella actúe y piense en términos de negocio es evidencia de una secularización interna.

¿Espiritualidad versus religión?

¿Qué, entonces, de la aparente popularidad de la Nueva Era u otras espiritualidades ocultistas? Para la gran mayoría, esta impresión es anecdótica, dice Bruce. El hecho de que un impresionante cuadro de celebridades adhieran a algo difícilmente lo hace un movimiento de masas. Además, cuando miramos los datos, los adherentes de la Nueva Era son un estupendo ejemplo de secularización.

Primero, muchos de ellos están enraizados en trasfondos de una religiosidad bastante tradicional. Estadísticamente, no se trata de una repentina prisa de ateos y agnósticos por leer a Deepak Chopra o inscribirse en cursos de Cábala. Se trata simplemente de una etapa en el éxodo desde comunidades religiosas más tradicionales; es “fidelidad difusa”. Según Bruce, “como Voas concluye: la fidelidad difusa no es un nuevo tipo de religión, o la representante de una búsqueda espiritual desenfocada; es una etapa posterior en el camino desde la hegemonía religiosa a la secular’” (Bruce, 22). En otras palabras, movimientos como estos no consisten en una adherencia seria, sino en consumidores que están en su salida de las religiones tradicionales. (Oprah Winfrey fue criada en la Iglesia Bautista Misionera (MBC) y fue denominada “la chica predicadora”. Los padres de Shirley MacLaine fueron misioneros de los Bautistas del Sur). Además, no hacen proselitismo, y no transmiten sus creencias (completamente únicas para cada elector soberano) a sus hijos. No se reproducen.

“El paradigma de la secularización no tiene disputa con la afirmación de que ha habido un incremento en la religión individualista en el mundo” dice Bruce. “En efecto, el cambio desde una religión dogmática y autoritaria basada en un Creador externo hacia formas individualistas de religión, es parte central de la TS” (Bruce, 103). Si aquellos que crecieron en religiones más tradicionales están adhiriendo a la Nueva Era, eso es justamente lo que la TS prevé. “Si bien el consumo soberano de la Nueva Era puede ser extremo, esto es parte de una tendencia general en la cultura religiosa del mundo Occidental” (Bruce, 155).

Bruce tampoco está desconcertado con la evidencia de vitalidad evangélica en los Estados Unidos. Primero, el triunfo de la secularización por sí mismo usualmente provoca rebeliones inútiles en medio de quienes se sienten amenazados. Pero aun en términos numéricos, simplemente no ha habido conversiones masivas de Episcopales a Bautistas del Sur, o de agnósticos que se unan a las filas de los nacidos de nuevo. Más bien, los evangélicos –como muchas subculturas en las sociedades modernizadas- han venido a ser un grupo de interés particular, como un gremio o una minoría étnica. Tal como la base económica de EEUU ha cambiado de los centros urbanos del norte a la cálida franja del sur, así la subcultura evangélica ha generado colegios, universidades y medios masivos de comunicación. Sin embargo, en general el conjunto de indicadores nacionales de convicción religiosa está en declive. Segundo, no es la teología, sino los esfuerzos evangélicos en política lo que brindó una considerable atención mediática al movimiento. Incluso así, la derecha cristiana no triunfó con muchas, si acaso con alguna, de sus principales preocupaciones políticas. (Bruce, 157-58) A esto se puede añadir que, según estudios recientes, la siguiente generación de votantes evangélicos afirma mucho más el matrimonio homosexual, derechos de aborto, y otras némesis de la generación de sus padres.

La secularización y la vida cristiana

Más reveladora, sin embargo, es la evidencia de esta secularización interna que el punto anterior ilumina. “En 1996, Bryan Wilson señaló un contraste que se ha tornado muy preciso. Sugirió que, mientras que los europeos se secularizaron mediante el abandono de las iglesias, los norteamericanos secularizaron sus iglesias”. Las estadísticas demuestran que los cristianos norteamericanos se han vuelto cada vez más vagos acerca de sus creencias o incluso rechazan variadas doctrinas ortodoxas (Bruce, 160). Bruce concuerda con la conclusión de Wilson de que la secularización ha tomado dos formas: “En Europa, las iglesias se volvieron menos populares; en Estados Unidos, las iglesias se volvieron menos religiosas” (Bruce, 156).

De acuerdo a Bruce, “la forma más simple de describir los cambios en el contenido de gran parte de la religión norteamericana es decir que lo sobrenatural ha disminuido y que la religión ha sido psicologizada o subjetivizada”. Los evangélicos criticaron a los liberales como Harry Emerson Fosdick en los años 30 o a Norman Vincent Peale entre los 30 y 50 por hacer esto, pero el sucesor de Peale, Robert Schuller, era ampliamente considerado como un evangélico. En lugar de la ira de Dios contra el pecado humano, el verdadero problema humano de acuerdo a Fosdick era que: “‘multitudes de personas no es que estén viviendo mal, pero han malgastado sus vidas –divididos, dispersos, descoordinados’. La solución era un religión que pudiera ‘proporcionar una dinámica espiritual interior para una vida radiante y triunfante.’”[7]. “Los conservadores han sido duramente críticos  de los liberales por transformar la salvación… en una terapia personal intramundana. Pero dos generaciones más tarde, los evangélicos  han reescrito el evangelio de la misma manera” (Bruce, 163). Así, aun los argumentos de los cristianos conservadores se enmarcan en el camino una vez defendido por los liberales. Wade Clark Roof nota que: “hoy la postura religiosa es más interna que externa, más individual que institucional, más experiencial que cerebral, más privada que pública” (Bruce, 165-66).

Los mismos cambios son evidentes en las normas de comportamiento. Bruce nota que los evangélicos eran conocidos por estrictos (algunos dirían ‘legalistas’) códigos de conducta. A principios de los, 50 todos los evangélicos decían que el bailar y el alcohol eran “malos en todo momento”. Pero como dice Bruce, “en el 2003, casi la mitad de estos cristianos ‘nacidos de nuevo’ pensaban que ‘vivir con alguien del sexo opuesto sin estar casado’ era moralmente aceptable”. Después de todo, las normas objetivas han sido transformadas en terapias privadas. Incluso los conservadores defienden los valores tradicionales con supuestos liberales (seculares). El divorcio es malo no porque Dios lo prohíbe, sino porque es “socialmente disfuncional”. “Las batallas legales acerca del aborto son dadas sobre el principio enteramente secular de que el aborto infringe el derecho universal a la vida” (Bruce, 171). Mientras que la mayoría está a favor de la oración pública en escuelas, “sólo el 12% de los evangélicos piensa que esas oraciones deberían ser específicamente cristianas”[8]. En muchas de las iglesias que están floreciendo, la secularización interna es particularmente evidente en cuanto que el mensaje está psicologizado y subjetivizado. En los 80 eran personas como Jerry Falwell y Billy Graham los que llevaban a los evangélicos a los titulares de prensa. Recientemente, en cambio, uno piensa en Joel Osteen y Rob Bell. Este es el paradigma de la secularización.

Pero incluso en las tasas de deserción la TS parece confirmarse cada vez más. Después de la publicación del libro de Bruce, una encuesta de Pew Religion del 2012 mostró que el número de norteamericanos que marcaron la casilla “ninguno” en materia de religión ha crecido los últimos años de un 15% a un 20%, aunque “tres cuartos de los adultos no afiliados se habían formado bajo alguna afiliación (74%)”[9]. Y mientras que ministerios enteros estaban orientados hacia los “buscadores” en medio de la generación floreciente, el 88% de los no afiliados a una religión dicen que no están ni siquiera buscando. Esta tendencia demográfica está creciendo especialmente en medio de las generaciones jóvenes que ni siquiera han sido parte de una iglesia. No es que hayan dejado alguna denominación o iglesia en particular; es que no se identifican con ninguna religión. “En el año 2007, el 60% de aquellos que dijeron asistir rara vez o nunca a servicios religiosos, no obstante se describían a sí mismos como pertenecientes a alguna tradición religiosa particular”. El 2010, era el 50% -“una caída de 10 puntos en cinco años”. Tal como lo predecía la TS.

La gran pregunta

¿Puede revertirse la secularización? “No hay señal de que las personas de Occidente quieran renunciar a su autonomía”, dice Bruce. Dondequiera que “el individuo afirme sus derechos de soberanía como consumidor autónomo”, se afirmará también la secularización. La idea de que una buena guerra o un desastre nacional nos hará volver atrás no tiene sentido. “Los británicos experimentaron dos guerras catastróficas con una depresión entre medio, sin un avivamiento religioso” (Bruce, 55). Solo podría haber “tendencias retardadoras” a lo largo del camino. “Pero, a menos que podamos imaginar una reversión  de la creciente autonomía cultural del individuo, la secularización debe ser vista como algo irreversible” (Bruce, 56).

Entendiendo al mundo moderno

Mi meta aquí ha sido sencillamente resumir lo que me parece una tesis bastante convincente, con importantes implicancias prácticas para todos nosotros. Nuestra respuesta a la secularización depende en gran medida, y primeramente, de lo que pensamos que ella sea. Concluiré con dos breves respuestas.

Compartiendo la culpa

Primero, si la TS es correcta, entonces tenemos que dejar de pensar que somos simples víctimas pasivas de una elite cultural con grandes recursos, y notar que nosotros mismos –nuestras familias, iglesias, escuelas y subcultura- somos no solo centros de resistencia sino también portadores de la secularización. Necesitamos ser más autocríticos –y críticos de los aspectos de la modernización que hemos no solo dado por sentado, sino incluso tratado como parte del cristianismo tradicional.

Adorar o demonizar es la opción perezosa. El capitalismo, la democracia y la tecnología no pueden ser abrazados o rechazados en bloque. Los amigos del cristianismo usualmente lo alaban como la fuerza detrás de la modernización[10]. Por sus enemigos, es visto como o el enemigo de la libertad, o la fuente de las peores características de la modernización. Los cristianos tienen razones teológicas para resistir las respuestas simplistas y reduccionistas. El cristianismo ha influenciado, y ha sido influenciado por, todo tipo de tendencias que nos gustan y que no nos gustan. La iglesia ha perseguido y liberado. Los más profundos instintos del Nuevo Testamento nos llaman a defender la libertad religiosa, pero también a resistir una cosmovisión naturalista que consagra la autonomía humana.

Como personas que viven en esta era que pasa, pero ya no son definidas por ella, los cristianos de todos los pueblos deberían sospechar de todo principado y potestad que reclama lealtad absoluta. Así, aquellos que saben que la era que viene no ha sido aún consumada por el retorno de Cristo, y que somos simultáneamente justos y pecadores, no podemos encontrar ninguna alternativa pura a la modernización que pudiese compensar plenamente el reino de Cristo.

La TS nos ayuda a salir de nuestra obsesión casi idolátrica por Norteamérica en particular, y por Occidente en general, como algo que nos pertenece y que deberíamos recuperar con otro avivamiento, gran despertar, o cruzada política. Esto nos puede causar ansiedad, pero también nos puede tranquilizar, enfocándonos finalmente en la comisión de nuestro Señor a sus apóstoles de predicar el evangelio, bautizar y enseñar todo lo que él mandó. La creciente secularización del tipo de sociedad que tenemos justo ahora parece inevitable –en términos puramente naturales-, pero el crecimiento del Reino de Dios tiene la promesa de un Señor resucitado y de la poderosa presencia de su Palabra y Espíritu.

Los primeros cristianos no tenían un imperio que “recuperar”. Sabían que eran extraños y extranjeros enviados a proclamar las buenas nuevas a los cautivos hasta lo último de la tierra. Se reunían –incluso secretamente si era necesario- “y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hch. 2:42). Proclamaban la Palabra de Dios como verdad para toda la gente en todas partes. Testificaban la venida del juicio, con Jesucristo como el único camino al Padre. Denominados como “enemigos de la humanidad”, sin embargo amaron a su prójimo. Evangelizaron, bautizaron, catequizaron, comulgaron y velaron por las necesidades espirituales y temporales de los santos. Estuvieron siempre expuestos al peligro de ser perseguidos o absorbidos por el culto del paganismo romano.

Pero el Cesar estaba atrasado, e incluso si hubiese estado a tiempo, nunca fue el señor de la historia. Jesús ya había revertido el proceso inevitable de nuestro mundo caído en la muerte y el infierno. Es precisamente esta noticia la que proclamamos al mundo, y es a la luz de estas nuevas que vivimos vidas esperanzadas y seguras en el mundo cada día. Es sobre esta base que dejamos de intentar hacer retroceder las fuerzas secularizadoras de la modernidad en nuestra cultura, y sencillamente enseñamos la fe a nuestros hijos, compartimos la comunión de los santos, y amamos y servimos a nuestro prójimo cada día.

Los límites de la TS

Segundo, aun si la TS fuese correcta, es –como toda otra explicación natural- limitada en su poder predictivo. Solo puede decirnos lo que pasa normalmente bajo ciertas condiciones. Un doctor puede decirle a usted lo que podría pasar dados varios factores como la genética, dieta, hábitos y ejercicios. A parte de la resurrección de Cristo, no tenemos evidencia en este mundo de que seremos levantados –y sí hay mucho en nuestra condición presente que milita en contra de esa esperanza. Los astrofísicos pueden predecir con notable precisión matemática la probabilidad de que nuestro universo en expansión colapsará en algún punto del futuro. Con el uso de fórmulas matemáticas, los jugadores de Las Vegas pueden predecir con exactitud pasmosa el resultado de la Serie Mundial. Los sofisticados métodos de análisis y cálculo no son solo entretenidos; usualmente son cruciales e incluso salvan vidas. Pero solo brindan explicaciones naturales –cómo suceden las cosas en lo cotidiano, siendo las cosas como son. No pueden dar cuenta de la curación repentina de un cáncer que desafía las probabilidades, no pueden dar cuenta de la segunda venida de Cristo, ni de la carrera de un beisbolista como Babe Ruth.

No hay forma de predecir el surgimiento de la iglesia desde un núcleo de once asustados seguidores de un judío crucificado, cuyo líder había negado –a una niñita- incluso conocer a Jesús. Y, dada su historia, no hay forma de explicar en términos naturales la existencia de la iglesia hoy, mucho menos su propagación hasta los fines de la tierra. Es un milagro. El arrepentimiento y la fe son regalos. Somos nacidos de nuevo desde lo alto. Dadas las condiciones de la modernización, la secularización continuará como uno de los muchos regímenes de esta desvaneciente era. Sin embargo, es aquel que se levantó de la muerte, contra todas las probabilidades, quien tiene la última palabra: “edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.



[1] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, 1. 3.1, 3. Originalmente publicado en el volumen 22, 5 de Modern Reformation. Traducido con autorización. Traducción de Luis Aranguiz.

[2] P. L. Berger, B. Berger, and H. Kellner, The Homeless Mind: Modernization and Consciousness (Harmondsworth: Penguin, 1974), 15.

[3] Steve Bruce, Secularization: In Defence of an Unfashionable Theory (Oxford: Oxford University Press, 2013), 26. De aquí en adelante “Bruce” seguido del número de página.

[4] Serie norteamericana (N. del T.).

[5] Centro de estudio islámico, religioso o secular (N. del T.).

[6] Bruce, 38, refiriendo a T. Luckmann, The Invisible Religion: The Problem of Religion in Modern Society (NY: Macmillan, 1967), 98-99.

[7] Bruce, 161. Véase también su libro, Pray TV: Televangelism in America (London: Routledge, 1990), 84.

[8] Bruce, 172, citando el Pew Forum on Religion and Public Life, 2009.

[10] Se podría citar varios ejemplos de líderes evangélicos recientes. Pero la idea también tiene defensores académicos como Rodney Stark. Véase sobre todo su obra The Victory of Reason: How Christianity Led to Freedom, Capitalism, and Western Success (New York: Random House, 2007).

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