Estudios Evangélicos

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Las epidemias y el avance del cristianismo

En su libro The Rise of Christianity el renombrado sociólogo de la religión Rodney Stark examina algunos de los motivos y elementos que, en sus propias palabras, posibilitaron que “el oscuro y marginal movimiento de Jesús deviniera la fuerza religiosa dominante del mundo occidental en unos cuantos siglos” [1].

Utilizando modelos demográficos y algunas de las teorías más sofisticadas en el campo de la sociología de la conversión religiosa y de la transmisión de ideas, Rodney consigue ofrecer una serie de explicaciones coherentes y verosímiles respecto a cómo el cristianismo habría pasado de ser uno de los diversos movimientos con pretensiones de verdad en el contexto romano, a la religión hegemónica del imperio. Todo esto, desde una posición escéptica y desprovista de toda apologética o exegesis bíblicas, propia de un sociólogo que reconocer no tener el don de la fe.
En el capítulo IV de su libro, Stark analiza el papel de las epidemias y pestes en el Imperio Romano y, particularmente, el rol que ellas jugaron en la expansión de la religión cristiana durante los primeros siglos de nuestra era. Afirma así, la existencia de una suerte de “éxito cristiano” que habría permitido a esta comunidad religiosa salir victoriosa y triunfante por sobre las religiones paganas y otros sistemas de pensamiento cosmológicos.

Stark analiza en detalle las dos plagas más mortíferas experimentadas por el imperio y la naciente iglesia. Se trata de aquellas que tuvieron lugar los años 180 y 251, probablemente de viruela y sarampión, en las que calcula que murieron aproximadamente entre un cuarto y un tercio del total de los habitantes del imperio, incluyendo el propio emperador Marco Aurelio, el año 180 D.C.

Una de las primeras críticas que elabora Stark es contra la historiografía antigua tradicional a la que culpa de no haber puesto suficiente atención en el papel que las pandemias habrían jugado en la caída del imperio. Muy por el contrario, las ideas recibidas hasta entonces, motivarían a pensar que el colapso de la civilización romana, lejos de estar asociado con la peste, podría ser explicado en base a la degradación y decadencia moral de su pueblo y de sus instituciones. El debilitamiento de su ejército sumado a las invasiones bárbaras, habrían sido únicamente golpes de gracia de un proceso que ya se había gestado con antelación.

Una de las primeras observaciones pertinentes que realiza es que, con la llegada de las plagas, amplios sectores del imperio quedaron despoblados o con desequilibrios demográficos profundos. La creciente demanda de fuerza de trabajo masculina, sumado a la imperiosa necesidad de un reclutamiento militar en alza, hizo de la inclusión y aceptación de asentamientos “bárbaros” en las fronteras del imperio, una solución provisoria en cuanto el tejido social perdido se volvía a recomponer.

Stark analiza en detalle el lugar de los cristianos en este proceso social y cómo sus prácticas e instituciones respondieron a circunstancias de crisis y extrema necesidad. A partir de allí, elabora tres hipótesis que desarrollará minuciosamente: primeramente, la idea de que (a) si la sociedad clásica no hubiese sido azotada y desmoralizada por estas catástrofes, el cristianismo podría no haberse constituido en la religión triunfante y dominante de Occidente. Para esto ofrece algunos datos relevantes en torno a cómo la peste favoreció la expansión del cristianismo.
Una segunda idea que propone es que (b) los valores de la caridad y el amor fraternal posibilitaron, desde el comienzo de sus comunidades, la articulación de un cuerpo de normas orientadas al servicio social y la solidaridad comunitaria. Cuando el desastre azotó la sociedad, las comunidades cristianas ya se encontraban preparadas, lo que resultó en tasas de sobrevivencia significativamente superiores de este grupo con respecto al resto de la población.

El corolario que se deriva de esta segunda tesis de Stark es que, al cabo de los 15 años que duró en promedio cada pandemia, los cristianos resultaron ser uno de los grupos numéricamente más importantes de la nueva sociedad, sin mediar proceso de conversión masiva alguno.

Finalmente, la tercera tesis con la que Stark explica el impacto positivo de la epidemia en la expansión del cristianismo se basa en los principios de la teoría de la conformidad. Cuando la epidemia aniquiló una parte sustancial de la población, dejó un elevado número de personas sin los lazos interpersonales que les vincularan al orden moral de la sociedad. Con el aumento explosivo de la mortalidad, cientos de personas perdieron sus relaciones más próximas, especialmente los paganos, que perecían en gran número. La desaparición de estos lazos habría dejado libre acceso a la conversión de los sobrevivientes que hasta entonces habría sido dificultosa por impedimentos familiares o de conformidad social. Ante la soledad y la atomización social, muchos paganos y no cristianos se volcaron a las redes sociales que los cristianos habían conseguido preservar, en búsqueda relaciones significativas e integración social efectiva.
En lo que sigue intentaré dar un poco de detalle sobre el argumento presentado por Stark en cada punto.

1. Crisis social y Crisis de Sentido.

Todas las sociedades pasan por un ciclo de origen, desarrollo, apogeo y declive. Cada una de estas etapas tiene su propio grado de intensidad y puede ser tratada o vivida subjetivamente de maneras diversas por los actores sociales que las protagonizan o las padecen.

Frecuentemente se afirma en ciencias sociales, que las crisis producidas por desastres naturales o fenómenos sociales se traducen en una crisis de fe. Sabemos que en los momentos de cambio, los sistemas y los valores tradicionales pueden modificarse al punto de desmoronarse. Los individuos quedan, así, abandonados a su propia suerte y sin ninguna clase de marco de referencia común para orientarse socialmente. Este cuadro es el que Emile Durkheim describe bajo el término de anomia social [2].

Si bien resultaría excesivo señalar que toda religión emerge de periodos de crisis, lo cierto es que existe abundante evidencia histórica para sugerir que, en tiempos agitados, tienen lugar procesos innovativos que terminan por expresarse en nuevas cosmologías y religiones [3]. Esto es exactamente lo que, según Stark, habría tenido lugar en Roma durante las epidemias, toda vez que el cristianismo aparece por primera ocasión ante el escrutinio público en tiempo de calamidad.

Las nuevas religiones que se abren paso en crisis responden a dos fenómenos: sea (a) las religiones tradicionales no tienen éxito en explicar el sentido y el porqué de los desastres, o bien (b) la religión anquilosada se muestra fútil e ineficaz en combatir la crisis y dar auxilio a sus fieles.

De este modo, si en la Roma antigua se era pagano, probablemente el sacerdote del dios al que se rendía culto habría profesado ignorancia respecto a la naturaleza y causa de la enfermedad. En lugar de una explicación, habría recomendado realizar un sacrificio para aplacar su ira. Peor aún, muchos de entre ellos habrían escapado a zonas rurales cuando la enfermedad y la pestilencia comenzaron a apoderase de la ciudad.

Si, por el contrario, la respuesta se buscaba en el seno de una escuela filosófica de origen griego, como el escepticismo, el estoicismo o el pitagorismo, se hallaban intentos de explicaciones poco articulados. La invitación a abrazar el sufrimiento como un componente esencial (estoicismo) o calcular las probabilidades de sobrevivencia para no perder la confianza (pitagorismo), parecen no haber sido lo suficientemente convincentes para quien estaban en esa búsqueda.

La ventaja de la que gozaban los cristianos respecto a estas dos perspectivas radicaba en las enseñanzas de su fe, de acuerdo con las cuales, tanto la vida como la muere eran espacios significativos y sacros de la existencia. De allí que, según McNeill:

“Incluso en el abrumado remanente de sobrevivientes que habían de algún modo logrado superar la guerra y la pestilencia, podrían encontrar el caluroso refugio, la inmediatez, la sanación y consolación en la visión de la existencia ultraterrena (…) el cristianismo era, en ese sentido, un sistema de pensamiento y emoción capaz de adaptarse a tiempo de cambio, dolor, dureza y muertes súbita” [4].

2. Tasas de sobrevivencia

En una de sus cartas, Dionisio obispo de Alejandría durante la peste de 260 escribe:

“La mayoría de nuestros hermanos cristianos han mostrado un amor sin límites y leal. sin deseos de evitar la muerte, y pensando exclusivamente los unos en los otros. Inconscientes del peligro, muchos se ocuparon de los enfermos, atendiéndolos en cada necesidad y ministrándolos en Cristo durante su partida de esta vida con una serena felicidad; muchos de ellos fueron infectados por otros con la enfermedad (…) muchos enfermeros domésticos y cuidadores voluntarios de los enfermos, encontraron la muerte(…) algunos de nuestros mejores hermanos perdieron también la vida de este modo: presbíteros, diáconos y otros hombres habían alcanzado un alto estatus, también padecieron. El resultado de esta gran piedad y poderosa fe parece en todo sentido comparable con la del martirio” (traducción propia) [5].

El testimonio de Dionisio es conmovedor y ejemplo prístino de la caridad cristiana en acción. El hecho de que haya sido escrito por un partisano de la causa no invalida los hechos que son narrados, pues existe amplia evidencia de fuentes paganas que corroboran la existencia de estos comportamientos.

Tan relevante será el papel de los cristianos durante este periodo que, un siglo más tarde, el emperador Juliano intentará configurar un sistema de ayuda social al interior del imperio, que imitase las virtudes existentes en la comunidad cristiana.

En una carta al sumo-sacerdote de Galacia, el emperador confiesa querer igualar las practicas cristianas dado que el reciente crecimiento de este movimiento se habría originado a su juicio por “su carácter moral –de los cristianos-, aun cuando pretensiosos” [6] y su “benevolencia hacia los extranjeros y su cuidado por los enfermos riesgosos” [7]. Juliano reconoce que los esfuerzos cristianos habían creado una suerte de pequeño “Estado de Bienestar” entre ellos y quienes eran alcanzados por su caridad.

Los testimonios de Dionisio y de Juliano dan cuenta de un elemento que resulta central para el análisis de la sociología de la religión. La tradición judeocristiana presenta, en el contexto romano, una excepcionalidad respecto a sus oponentes: un código social ético fuertemente asociado con la religión. En otras palaras, un modo de conducir el comportamiento ético de los individuos, fuertemente influenciado por los principios impuestos por un Dios ético. Esto no significa que la idea de que lo sobrenatural afecte el comportamiento humano, demandando de sus seguidores una cierta conducta, sea particularmente innovadora. Las religiones tradicionales también exigen principios activos (sacrificios y adoración a los dioses). Tampoco parece novedoso el hecho de que los dioses puedan intercambiar favores por sacrificios, consagraciones o erección de templos. Lo innovador radica aquí, en la noción de que la relación entre lo divino y lo humano puedan superar el ámbito del intercambio y el mutuo interés. La voluntad de un Dios que no puede ser modificada por sacrificios invierte la cosmovisión pagana, sobre todo cuando viene asociada a la exigencia del amor al prójimo.

Cuando el Nuevo Testamento era nuevo en el sentido histórico para Roma, las normas de las comunidades cristianas ya se habían establecido. Cuidar del enfermo, visitar al prisionero, dar abrigo, refugio y alimento a quien lo necesita, hacían parte de la praxis habitual de los cristianos y sus familias. No por nada Tertuliano afirmaba con orgullo “Es nuestro cuidado por los necesitados, nuestra practica del amor y la amabilidad la que nos hace visibles a los ojos de muchos de nuestros oponentes” [8].

En ese sentido, el intento de Juliano por crear una nueva moralidad imperial resultó infructuoso dado que no encontró una base doctrinaria o prácticas tradicionales similares sobre las cuales asentarla. No se trata de que los romanos no conocieran la caridad, es solo que ella no constituía parte del servicio a los dioses. Los dioses paganos no castigaban transgresiones éticas, por cuanto no imponían ninguna demanda ética especifica.

Las tasas superiores de sobrevivencia entre los cristianos se explican, de este modo, por la praxis de este amor al prójimo tal como lo describe Dionisio en su carta. Cuando todos los servicios públicos colapsaron, los cuidados higiénicos y médicos elementales se convirtieron en el principal medio de sobrevivencia. Se estima que el simple aprovisionamiento de agua y alimento podían reducir en casi dos tercios las probabilidades de mortalidad. Decenas de personas enfermas, y que no conseguían cuidarse por sí mismas, fueron auxiliadas por miembros de esta comunidad de fe. La presencia cotidiana de un cristiano en minúsculos detalles les permitió recuperarse en lugar de padecer miserablemente.

3. Redes sociales y conversión.

Los cristianos interpretaron las tasas superiores de sobrevivencia en sus comunidades, como un hecho milagroso y asimismo fueron rápidamente comunicadas al exterior en sus contextos no-cristianos.

En sociología de la religión, algunas de las teorías más consensuales respecto a los procesos de conversión dan cuenta de la gran importancia que tienen el conjunto de relaciones sociales que sostienen los individuos. Ellas pueden actuar como catalizadoras de una conversión, pero también como impedimento.
En los primeros siglos de la era cristiana, dichas comunidades enfrentaron serias restricciones para poder mostrase públicamente. En ese sentido, su estatus clandestino y perseguido las condenaba a un cierto repliegue y aislamiento social. El avance del cristianismo se siguió así, a partir de las redes interpersonales que se tejían entre miembros y potenciales nuevos convertidos.

Durante la epidemia, sobreabundaban los ejemplos de cristianos que servían y cuidaban con esmero a los miembros de su entorno. Rodney Stark, a través de datos reconstruidos, llega a calcular que los barrios en donde se registraban menos muertes, estaban marcados por una fuerte presencia y concentración de la comunidad cristiana.

Así, los cristianos habían comenzado a trabajar tempranamente cuidando pacientes críticos. Sus vecinos y familiares fueron los principales beneficiados por este grupo. Además, su temeraria exposición a la enfermedad, que terminó en muchos casos por darles muerte, había creado una cierta inmunidad en algunos. Una fuerza laboral milagrosa para sanar a los moribundos apareció rápidamente en acción, causando, probablemente, la sorpresa, el agradecimiento y respeto de muchos no cristianos.

La epidemia fue una oportunidad para que los cristianos creasen vínculos sociales de los que habían permanecido relativamente privados producto de la persecución. La implementación de su código ético a través de los cuidados intensivos a personas desconocidas y moribundas les permitió de igual modo, crear lazos de intimidad y compañerismo sin esperar nada a cambio. Acciones sencillas como proveerles alimentos y agua generaron relaciones de lealtad que hasta entonces eran improbables.

Si seguimos a Stark y su idea de que los cristianos tenían tasas de sobrevivencia más altas productos de sus cuidados mutuos, significa que para el fin de la enfermedad en la que de un cuarto a un tercio de los habitantes de la ciudad moría, esta comunidad había triplicado su peso relativo. De ese modo, producto únicamente de tendencias demográficas, los cristianos pasaron a una tasa de correspondencia con los paganos de 1:4 a una tasa de 0,8 a 1 en pocos años.

Con todo, este explosivo crecimiento también se explica por razones sociológicas. Muchos de los sobrevivientes estaban vivos gracias a la intervención de una comunidad cristiana. Sin embargo, la preservación de su vida les había significado perder un número importante, sino todas las relaciones interpersonales significativas. En ese sentido, casos como el de un padre o una madre que sobrevivían sin sus parejas o a sus hijos, eran dolorosamente frecuentes. En un momento de anomia y desapego intenso como este, la única red de integración aun de pie activa y disponible luego de la epidemia era la comunidad cristiana.

Cientos de paganos, deseosos de comenzar una nueva vida y reconstruir la sociedad desmoronada, se volcaron así a la comunidad cristiana para encontrar confort y refugio. Su entrada estaba animada, en gran medida, por el contacto con algún vecino desconocido o familiar que durante la emergencia lo cuidó y sanó anónimamente. En ese sentido, las funciones de cuidado ejercidas por miembros de la comunidad se revelaron como esenciales puertas de entrada a una fe que había permanecido perseguida y estigmatizada hasta entonces.

4. Conclusiones

Se ha insistido largamente en algunos círculos sobre la superioridad de cristianismo frente a otros sistemas de creencias para explicar su rápido ascenso. Investigaciones como la que nos ofrece Stark sobre epidemias nos recuerdan que el cristianismo estuvo en peligro de extinción como cualquier otro sistema de pensamiento de la época. De una crisis de esta naturaleza, múltiples resultados históricos podrían haberse seguido, muchos de ellos prescindiendo del cristianismo. De hecho, uno de los puntos en los que Stark insiste es que, sin las crisis sanitarias de los primeros siglos del imperio, el cristianismo se habría visto privado de una de sus fuentes primarias de crecimiento.

No resulta fácil encontrar paralelos y similitudes entre la sociedad romana en la que el cristianismo floreció y nuestra sociedad globalizada, hiperconectada y profundamente impactada por el coronavirus. Si bien los debates sociológicos se suceden respecto al futuro del capitalismo y el modo de organización política del Estado Nación, una cosa podemos tener por cierta: nuevas oportunidades de reflexión y acción colectiva se abrirán a partir de esta experiencia.

Una buena noticia puede estar por anunciarse. Si el cristianismo consiguió abrirse paso en un contexto en el que paganismo helénico y romano formaba una parte activa y vital de la vida social, nada impide que lo vuelva hacer un escenario de hegemonía del liberalismo político, económico y cultural.

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Referencias

(1) Subtítulo de The Rise of Christianity
(2) Emile Durkheim, Sociología y Educación.
(3) Christian Smith, The Secular Revolution: Power, Interests, and Conflict in the secularization of American life the Secularization of American Public Life
(4) Citado en Rodney Stark, The Rise of Christianity, pag 80.
(5) Ibid pag 82
(6) Ibid pag 84
(7) Ibidem
(8) Ibid pag 85

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