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Licencia para matar. Sobre la realidad de la eutanasia en Holanda

Un columnista alemán sintetiza e ironiza diciendo que “una vez más se ha mostrado al mundo cómo conciliar la razón, la compasión y la moral cristiana con un concepto del ser humano acorde con los tiempos actuales”.

El relativismo ético dominante en algunos países europeos ha llevado las cosas a extremos insospechados. La abierta promoción de la eutanasia en algunos países europeos dejó de ser un interés difundido por ciertos grupúsculos marginales y se ha instalado en el centro de algunas sociedades, pues ha sido refrendada jurídicamente e incorporada a la legalidad vigente de algunos países europeos. ¿La motivación? Aquellos grupos de intereses argumentan que la eutanasia, el suicidio asistido o como se le quiera llamar, garantizan la “opción” – pues es voluntaria- de una  vida y  sobre todo de una muerte “en dignidad”.

 

Un artículo sobre la eutanasia en Holanda, publicado recientemente en una revista alemana, da cuenta sobre una realidad que parece ficción. Este informe muestra la fragilidad de los muelles hacia los cuales lleva, en el orden práctico, la hoy predominante corriente del “pensamiento débil”. Este año, después de 25 años de controversia y debate, se aprobó en el Parlamento holandés la ley  que despenaliza completamente el suicidio asistido. Esta iniciativa patrocinada por el Estado deriva en una praxis que, por acumulación, desemboca en una costumbre y en una cultura del matar.

 

Primero. No se trata de una autorización para poner  fin a una  vida sin más. La licencia que obtienen  los médicos para poner fin a la vida de una persona está asociada a estrictas normas y requisitos. El dolor de los pacientes debe ser insoportable. No pueden tener la expectativa de una  “buena vida” y tienen que haber tomado la decisión -eso es lo importante- de poner fin a su vida libre y conscientemente. No es necesario que  padezcan una enfermedad terminal. La premisa es que quien padece en la vida puede legítimamente ponerle fin. Aquella fundamentación es  suficiente.

 

Segundo. Antes de la consumación de la muerte el médico cabecera debe  deliberar sobre el caso con un colega. En el caso de irregularidades el médico debe responsabilizarse ante un “tribunal ético”. De acuerdo a  la ley  de Muerte Asistida de la Haya todos los casos  de eutanasia deben ser  revisados por cinco Comisiones Regionales. Sin embargo, hasta ahora  no se sabe de ningún caso en que los comisarios seriamente hayan cuestionado algún procedimiento o muerte. Esto no sorprende, puesto que el tiempo de análisis para cada caso es de un promedio de cuatro minutos. Se trata, pues, de una maquinaria.

 

Tercero. El control estatal de la muerte asistida se orienta según el principio “gedogen”. Gedogen  es una suerte de amnistía para todas las situaciones de la vida: si infringes la legalidad vigente y si la falta es menor -consumir drogas duras, andar  en bicicleta sin luces durante la noche  etc.- la policía mira hacia el lado. Lo importante es que ésta no se repita mucho. Este principio también es válido para los casos de muerte asistida. Los médicos tienen la obligación de informar a la autoridad estatal sobre toda participación activa en una muerte de un tercero. Sin embargo, no lo hacen. El Estado no controla, pues no le interesa, tolera. Según fuentes cercanas al Ministerio de Salud holandés anualmente se mata a más de 2000 personas activamente, a través de inyecciones o sobredosis de medicamentos. Estas son las cifras oficiales, pues las reales deberían fluctuar entre el doble o el triple de esa cantidad. Hasta aquí todo bien, pues se entiende que Estas personas han querido terminar su vida haciendo  uso de su libre  voluntad  y haciendo uso pleno de sus facultades mentales. Un columnista alemán sintetiza e ironiza diciendo que “una vez más se ha mostrado al mundo cómo conciliar la razón, la compasión y la moral cristiana con un concepto del ser humano acorde con los tiempos actuales”.

 

Cuarto. “Autodeterminación en  el vivir, autodeterminación en o para el morir”, suena bien este  discurso contemporáneo. Muchas víctimas de esta forma de asesinato estilizado no mueren, sin embargo, por voluntad propia, sino por la voluntad de terceros, muchas veces de sus seres queridos. Ya sea porque “no pueden soportar más la situación”, porque se han convertido en una carga financiera y una fuente de preocupación para la familia -por eso es mejor que el pariente esté muerto- o porque se espera la herencia del abuelo para saldar deudas financieras o pagar la hipoteca. El médico de Rotterdam Karel Gunning relata en la revista especializada El Internista sobre el caso de un hombre anciano que padecía de cáncer y que de acuerdo al deseo de la familia debía morir, porque ésta no quería postergar las vacaciones. El especialista a cargo subestimó, sin embargo, la dosis de narcóticos necesarios para adormecerlo irreversiblemente y cuando regresó a  completar la ficha de defunción el anciano estaba felizmente sentado en el borde de la cama. La inyección, en vez de matarlo, lo había liberado al fin de los dolores que lo aquejaban.

 

Quinto. Todo lo anterior  ha llevado a que algunos adultos mayores porten en su billetera para un caso imprevisto una “Credo Card” que dice lo siguiente: “Maak mij niet dood, dokter”.  Esto es,  “no me mate, doctor”. Esta reacción no parece ser, sin embargo, un dique sólido para contener la marea comunicacional y propagandística que se viene encima. La “Asociación Holandesa para una Muerte Voluntaria” (NVVE), que agrupa a aproximadamente a 100.000 holandeses, va más allá en su ofensiva: el derecho a la libre elección del suicidio para  todos los ciudadanos adultos, independiente de la edad y del estado de salud.

 

Las conclusiones son evidentes. La absolutización de la autonomía humana y la desvinculación radical del orden moral y cristiano desemboca, en última instancia, en un utilitarismo exacerbado que destruye y falsifica aquello por lo cual supuestamente aboga: la dignidad humana. La vida y el final de ésta quedan entonces a merced de umbrales de mayor o menor dolor, criterios financieros, criterios volitivos o anímicos y otros. Terceros, uno  mismo o el médico definen qué  vida merece  ser vivida y cuál no. Ahí se está a un paso o incluso en el mismo concepto del “nicht lebenswertem Leben”, la “vida sin valor”, de la ideología nazi.

 

Unos meses después el Embajador de Holanda manifestaba su molestia, porque a su juicio se ha presentado a los médicos holandeses como “unos bárbaros que sin conciencia moral envían a personas a la muerte”. En una  carta  publicada en noviembre en una revista alemana el Embajador van Wulfften Palthe precisó que una evaluación de la ley de Suicidio Asistido da cuenta que de 3500 asistencias para el suicidio el año 2001 se ha bajado a 2350 el año 2005. Apunta como un importante avance que la notificación de los médicos a las instancias estatales pertinentes ha aumentado a un 80%.  Reconoce que un 80% es aún insuficiente. Pero en Alemania, argumenta -ensayando  una  justificación para  los procedimientos  en Holanda- el porcentaje de suicidios asistidos ilegales llega a un 100%, ya que los médicos no tienen el amparo legal para practicar la “compasión” con un paciente cuyo sufrimiento es grave. Claro está: no hay  un problema  moral, es una cuestión de números.

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