Estudios Evangélicos

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Llamado, vocación y negocios

Una de las primeras imágenes que tenemos de Dios es la de Él trabajando, haciendo el mundo conforme a su sabiduría.

Tomás y Santiago son viejos amigos que tienen alrededor de 30 años. Estudiaron juntos y tras graduarse se establecieron en la misma ciudad. Han estado trabajando en la misma parte de la ciudad durante los últimos años. Sus respectivas señoras son buenas amigas y se reúnen como parejas regularmente. Tomás trabaja para una de las grandes empresas de contabilidad internacional, en la división de consultoría, ayudando a que los compañías implementen y mantengan sistemas internos de control financiero. Es parte de una sociedad y su trabajo es bien evaluado por sus compañeros de oficina. Le agrada en general su trabajo, lo considera desafiante y estimulante, aunque los extensos horarios de trabajo a ratos lo fastidian. Con frecuencia se pregunta cómo van a manejar este aspecto de los horarios ahora que con su señora son una joven familia. A veces piensa en iniciar un negocio propio, pensando que esto le podría dar mayor flexibilidad horaria. Se entusiasma mucho con esa idea y le gusta la posibilidad de ser su propio jefe. Sabe de algunos previos colegas que han levantado negocio propio, y siente que tiene una mezcla adecuada de cualidades para lanzar un negocio exitoso: empuje, capacidad de trabajar con gente y creatividad.

 

Santiago también ha estado trabajando en negocios, pero está en medio de un cambio mayor en su vida. Desde su tiempo en la universidad ha estado en la industria del software y por algún tiempo ha trabajado como representante de ventas de una gran compañía de software. Recientemente comenzó a tomar clases a medio tiempo en un seminario. Bromea sobre los años que le tomará terminar el seminario a este ritmo. Durante los últimos años él y su señora han trabajado como voluntarios en el ministerio universitario que tiene su iglesia. Él ha dirigido grupos de estudio bíblico para algunos hombres, ella para algunas mujeres. El pastor a cargo de este ministerio universitario le ha dado varias oportunidades para predicar al grupo durante su reunión semanal. No recuerda haberse preparado tanto para otras actividades, ni haber estado antes tan nervioso. Esto fue mucho más exigente que cualquier operación de ventas, pero encontró satisfacción haciéndolo y muchos en el grupo se acercaron a hacerle comentarios positivos. El pastor lo ha estado llamando a que considere dejar los negocios para dedicarse tiempo completo al trabajo de la iglesia local. La iglesia en la que está involucrado también ha considerado incorporarlo a su equipo. Ha considerado continuar trabajando para pagar sus gastos hasta que pueda dedicarse tiempo completo a esta iglesia u otra en el sector.

 

Cuando hablan sobre sus carreras, queda claro que ambos están luchando con entender a qué es que Dios los está llamando con sus respectivas ocupaciones. Podríamos resumir sus preguntas en esta cuestión fundamental: ¿llama Dios gente a los negocios en el mismo modo en que llama gente al trabajo pastoral o al campo misionero? Algún tiempo atrás un orador bien conocido vino al campus de la Universidad de Biola donde enseño e hizo la siguiente provocadora pregunta a los estudiantes de pregrado: “¿por qué aquéllos de ustedes que están sacando su primera mención en negocios no dejan ese mundo mediocre y hacen algo de trabajo misionero?” Lo que intentaba transmitir es que el verdadero impacto a favor de Dios se hace en el campo misionero, y no en el mediocre mundo de los negocios, en contabilidad o finanzas. ¿Cómo responderían ustedes a este orador?

Enseño en un seminario, entrenando a gente para trabajo de tipo pastoral. Muchos de nuestros estudiantes son adultos que han dejado el mundo de los negocios. No es poco común que ellos me digan que están “dejando sus negocios para servir al Señor tiempo completo”. Lo que quieren decir con eso no es que no hayan estado sirviendo a Dios mientras estaban en los negocios, sino que ahora se van a dedicar tiempo completo a su “ministerio”. Otros lo plantearán de modo más radical, diciendo que están dejando los negocios para servir al Señor, sugiriendo con estas palabras una diferencia mayor entre negocios y ministerio. ¿Qué dirían ustedes sobre la relación entre negocios y ministerio a mis alumnos que han dejado sus negocios para venir al seminario?

 

En muchas de nuestras iglesias hay hoy una dicotomía entre negocios y “ministerio”. Incluso nuestro lenguaje ilustra bien esta diferencia. Hablamos de que gente está “entrando al ministerio” cuando deciden volverse pastores o misioneros. Hablamos del trabajo eclesiástico y del servicio misionero como “ministerios”, y nos referimos a quienes trabajan en eso como a gente que está en el ministerio “a tiempo completo”. Cuando alguien deja el trabajo pastoral o regresa del campo misionero, para dedicarse a los negocios, acostumbramos decir que han “dejado el ministerio”.

 

Esta distinción entre negocios y “ministerio” está en el corazón de lo que creo ser una noción muy difundida en nuestras iglesias: que si queremos maximizar nuestro impacto a favor del reino de Dios, tenemos que estar en un “ministerio a tiempo completo”. Por decirlo de otro modo, son los que hacen eso quienes están dejando una huella de parte de Dios. Quienes están compartiendo el evangelio, enseñando la Biblia y partiendo al campo misionero, ésos son los que están logrando que se haga la voluntad de Dios. Quien permanece en el mundo de los negocios se queda con la impresión de que está en una función de apoyo a los que están en “el ministerio” y de que si bien dicho papel puede ser importante, no es ahí donde se da realmente la acción a favor del reino de Dios.

Podemos imaginar a Tomás y Santiago en la sobremesa discutiendo la dirección de sus carreras. Mientras hablan, Santiago siente que quiere pasar el resto de su vida maximizando su impacto a favor del reino de Dios, y deja a Tomás con la impresión de que permanecer en los negocios no es el camino para hacerlo. Concede, por supuesto, que los negocios tienen valor ante Dios en el sentido de que así podemos ser responsables y sostener a una familia. Pero deja claro que la línea principal de servicio a Dios se encuentra en Su iglesia, no en los negocios.

 

Naturalmente, Tomás podría responder argumentando que la iglesia necesita hombres de negocios porque los “ministerios” cuestan dinero. Los negocios tendrían entonces valor en la economía de Dios en términos de lo que pueden lograr para el “ministerio”. O bien podría haber respondido a Santiago que si deja los negocios, perderá una plataforma estratégica para compartir su fe. Podría recordarle a Santiago que la mayoría de la gente con que trabaja son personas que rara vez -tal vez nunca- irían a una iglesia. Es el tipo de gente que piensa que si bien los pastores pueden ser buenos en lo suyo, no son relevantes para ellos, pues no viven en el mundo real. Estas posibles respuestas de Tomás a Santiago ilustran lo que llamamos razones “instrumentales” por las que Dios podría llamar a alguien

a los negocios. Esto es, los negocios tendrían valor instrumental en el sentido de ser medios para alcanzar otra meta más profunda, que es la de apoyar el “ministerio” o usar las relaciones de negocios para compartir la fe. Ahora bien, la mayoría de las personas acepta este hecho de que Dios llama a algunas personas a los negocios por motivos instrumentales. Pero la pregunta más difícil e interesante es la pregunta por el valor intrínseco del trabajo y en concreto de los negocios. ¿Tiene el trabajo de tipo comercial un valor en sí mismo, o sólo como medio para alcanzar algo más profundo?

El objetivo del presente artículo es sugerir que todo trabajo legítimo que se realiza en este mundo tiene valor intrínseco y que Dios llama a hombres y mujeres a ser fieles en distintos campos como servicio a Él. Naturalmente esto tiene límites, puesto que Dios difícilmente podría llamar a alguien a producir pornografía o a participar del narcotráfico. Pero hechas esas salvedades, Dios llama a la gente a trabajar en sus negocios no sólo por lo que así se logra para otros fines, sino porque para Dios tiene valor en y por sí mismo. Los negocios son un modo en que Dios obra en el mundo tal como el trabajo pastoral es un trabajo de Dios en la iglesia, o tal como el trabajo misionero lo es en su campo. Todo esto tiene valor para Dios por el valor del trabajo hecho, y ese valor es intrínsecamente bueno con un valor correspondiente a la excelencia con que se realiza. El contador, el gerente, el obrero, el jardinero, el portero y quien cocina en McDonald’s pueden ser llamados por Dios a su trabajo del mismo modo en que el pastor es llamado a su trabajo y el misionero al suyo. Cada uno de ellos está haciendo una obra de Dios en su lugar de trabajo, tanto en virtud del trabajo realizado como por el modo en que representan a Cristo en el trabajo hecho. Dios, en su providencia, obra a través de nuestras ocupaciones para realizar su trabajo en el mundo.

 

El trabajo tiene valor intrínseco porque fue ordenado por Dios antes de la entrada del pecado al mundo. Si miramos con atención el relato de la creación, veremos a Dios ordenando que Adán y Eva trabajen en el jardín antes de que el pecado entrara en escena (Gn. 2:15). Dios no condenó a los hombres al trabajo como castigo por el pecado de Adán y Eva. El trabajo no es una condena. Ciertamente la condición del trabajo cambió producto de la caída, volviéndolo más arduo y menos productivo. Pero ése no es el plan original (Gn 3:17-19). La idea original de Dios para el trabajo es que los hombres pasaran la vida en actividad productiva, con descanso regular y celebración de la bendición de Dios (Ex. 20:8- 11). También el Edén previo a la caída nos muestra a Dios ordenando el trabajo a Adán y Eva. El trabajo era parte del plan original de Dios desde el principio, y por eso tiene para él valor intrínseco. Y el trabajo también será una parte del mundo tras el retorno del Señor. El profeta Isaías ve tras el retorno de Cristo un mundo en el que las naciones “volverán sus espadas en arados, y sus lanzas en hoces” (Is. 2:4). El punto obvio del pasaje es mostrar la paz universal que caracterizará al reino cuando sea perfeccionado, pero con frecuencia no se nota que las armas de guerra serán transformadas en herramientas de trabajo (arados y hoces). Esto es, cuando Cristo vuelva para llevar su reino a la perfección seguirá habiendo trabajo productivo como parte del programa. De modo que el trabajo tiene valor intrínseco porque fue ordenado antes de la caída y será parte de la vida en el reino ya perfeccionado. Tanto en el marco inicial de referencia como en el fin de la historia humana, el trabajo es algo ordenado por Dios.

 

Lo que hace tan valioso el trabajo es su conexión con otro mandato dado en la creación, el de dominio sobre la misma. Esto es, el trabajo es uno de los modos principales que Dios diseñó para que los hombres pudieran cumplir con lo que les ordenaba en la creación. El trabajo está intrínsecamente vinculado con el mandato de ejercer dominio sobre la creación. Dios ordenó el trabajo para que los hombres pudiesen desempeñar uno de los papeles principales para los que fueron hechos. El trabajo no es algo que hagamos simplemente para seguir adelante, o para financiar un determinado estilo de vida. Tampoco es un mal necesario del que en algún punto vayamos a ser liberados. Tampoco es hecho simplemente para que luego podamos disfrutar del tiempo de descanso. El trabajo tiene dignidad inherente porque es el modo que Dios organizó la realidad para que los hombres cumplieran con su destino en la tierra, el de ejercer un dominio responsable sobre la creación. Ese mandato sigue hoy vigente y Dios prepara a los hombres para ser administradores responsables de Su mundo. Así el trabajo tiene valor intrínseco por su vínculo con el mandato de someter la creación. Adán y Eva estaban haciendo el trabajo de Dios en el mundo al atender al jardín y cuidar la creación. También nosotros hacemos un trabajo de Dios en el mundo en nuestros trabajos, porque éstos están conectados con la tarea asignada a los hombres de ejercer dominio sobre la creación, tarea que tras la caída incluye el aliviar los efectos de la entrada del pecado al mundo.

 

De este modo, el trabajo tiene valor intrínseco porque fue creado antes de la entrada del pecado y es el medio por el que colaboramos con Dios en el dominio del mundo. Pero hay un motivo más fundamental por el que el trabajo tiene valor para Dios. Y se trata del hecho de que Dios es trabajador y los seres humanos lo son en virtud de haber sido hechos a su imagen. En otras palabras, trabajamos porque así estamos obrando conforme a lo que Dios es y conforme a lo que nosotros somos en su imagen. Naturalmente hay que añadir que Dios es mucho más que un trabajador, y que también nosotros lo somos. Pero Dios manda el trabajo como una parte de su propio ser y como parte de lo que somos en su imagen.

Observemos con cuidado el modo en que Dios es presentado en relación al trabajo. Una de las primeras imágenes que tenemos de Dios es la de Él trabajando, haciendo el mundo conforme a su sabiduría. En Génesis 1-2 Dios es presentado como creativo, moldeando el mundo con su iniciativa, innovación y pasión por la creación. Podríamos decir que es presentado con rasgos de emprendedor. Desde el comienzo del relato bíblico Dios es presentado como alguien involucrado en una actividad productiva que da forma al mundo y lo sostiene. Y al final del mismo relato de la creación, Génesis 1:31 habla de un descanso de Dios “tras todo su trabajo”. Dios bendijo ese día porque “descansó de toda la obra que hizo”. El patrón del sabbath es descansar porque Dios descansó (Ex. 20:11) y así también trabajar como Dios trabajó (Ex. 20:9). El marco de la creación es el marco para los seres humanos. Hemos de trabajar seis días como Dios trabajó, y descasar un día como Dios lo hizo. Trabajamos porque es parte del sentido de estar hechos a imagen de Dios. Es por esto que en Eclesiastés se proclama la bondad del trabajar con las siguientes palabras: “No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Dios. Porque sin Él, ¿quién puede comer o alegrarse?” (Ecl. 2:24-25)

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Publicado originalmente como “Calling, Vocation and Business” en Religion and Liberty Nov-Dec. 2004. Traducido con autorización del Acton Institute. Traducción de Manfred Svensson. Scott B. Rae es profesor de estudios bíblicos y ética cristiana en la Talbot School of Theology de la Universidad de Biola.

 

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