Estudios Evangélicos

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Los evangélicos necesitan leer a Richard Hooker. Entrevista con Bradford Littlejohn

Creo que los escritores cristianos de hoy tienen que resistir todo lo que puedan esta presión del medio y encontrar una prosa que sea comprometida al mismo tiempo que reflexiva.

Bradford Littlejohn es doctor en teología y ética por la Universidad de Edimburgo y presidente de The Davenant Trust. Recientemente ha publicado una introducción a Richard Hooker, sobre cuya importancia para la iglesia contemporánea fue entrevistado por Alastair Roberts.

 Gracias por acceder a conversar sobre la materia de tu nuevo libro, Richard Hooker: A Companion to His Life and Work. Pensando en quienes no están familiarizados con Hooker, ¿nos podrías dar una breve descripción de él?

Claro. Cuando estoy hablando con personas de tradición reformada, básicamente les digo que lo conciban como algo así como el “Calvino del anglicanismo”. Pocas décadas tras su muerte había sido llegado a ser considerado el teólogo preeminente de la tradición que llegó a llamarse anglicana, aunque Hooker no se habría entendido a sí mismo en tales términos, tal como tampoco Calvino habría pensado en sí mismo como el primer “calvinista”. Su vida fue comparativamente breve (1553-1600), coincidiendo casi de principio a fin con el largo reinado de Isabel (1558-1603). Así, se le conoce principalmente por una gran obra, The Laws of Ecclesiastical Polity.

Como anglicano estoy familiarizado con la importancia que se atribuye a Hooker en nuestra tradición. Pero a diferencia de muchos otros textos que he visto sobre él, tu libro destaca por presentarlo fuertemente como un protestante, incluso como un teólogo que se desarrolla conscientemente dentro de la tradición reformada. Más allá de su contexto anglicano más inmediato, ¿cómo y por qué pertenece Hooker a la tradición reformada?

Bueno, mucho pende de cómo se concibe lo que significa en ese periodo ser “reformado”. Hoy con frecuencia pensamos en ello en términos de la Confesión de Fe de Westminster, pero eso obviamente estaba aún 50 años por delante cuando Hooker escribió. Incluso Dort, que intentaría codificar la ortodoxia predestinaria para las iglesias reformadas, todavía estaba a un cuarto de siglo de distancia. Las variadas confesiones de fe del siglo XVI tendían a ser más breves, enfocándose en puntos centrales y dejando bastante lugar para discusión en torno a cuestiones menores (obviamente eso es cierto también para Dort y Westminster, en contraste con cómo son tratadas por sus herederos modernos). El error de muchos escritores anglicanos que intentan alejar a Hooker de la tradición reformada es que imaginan los énfasis de Calvino como el rasgo definitivo de lo que significa ser reformado. ¡Y difícilmente podría ser así! Bullinger, quien también es uno de los padres de la tradición reformada y que fue más influyente en Inglaterra, hablaba sobre la predestinación, la eucaristía, y la relación entre iglesia y estado en términos bastante distintos de los de Calvino. Vermigli, quien habría tenido el mayor impacto sobre Hooker, hizo uso amplio del método escolástico y de ideas asociadas con Tomás de Aquino, una aproximación que antes se imaginaba como indicio de un quiebre con la tradición reformada. Este tipo de diversidad era más bien la norma que la excepción, hasta bastante entrado el siglo XVII, si no hasta más tarde. Los protestantes ingleses, hayan sido puritanos o conformistas, se entendían a sí mismos como parte de esta comunidad internacional de iglesias reformadas de diversa organización eclesiástica y con distintos énfasis al menos hasta los años 30 del siglo XVII.

Además, hoy parece estar claro que muchos de quienes lo leían como “anglicano” en un sentido opuesto a la tradición reformada, por ejemplo en su discusión de la iglesia visible y de los sacramentos, lo leían movidos no tanto por los escritos del mismo Hooker sino por la posterior recepción de su obra. Es un autor bastante preciso, y debe ser leído con más cuidado de lo que usualmente se hace.

Pero debo aclarar que el punto de mi trabajo no es “quitarle” Hooker a los anglicanos para dárselo a los reformados, en un ejercicio de suma cero. Más bien, el punto es que ésta no era en tiempos de Hooker una distinción con sentido, ni tampoco en el tiempo que siguió. Obviamente los anglicanos pueden estar orgullosos de lo que Hooker contribuyó a su tradición, pero no deberían definirla en términos que excluyan sus raíces reformadas.

Leyendo tu libro me impresionó tu esfuerzo por redescubrir límites generosos en nuestras tradiciones teológicas, pero no en términos de un simple “mainstream”, sino de volver a familiarizarnos con la riqueza de las variadas fuentes del pasado. Además, logras beber profundamente de las fuentes y al mismo tiempo mantener libertad respecto de las muchas voces ahí presentes. Tanto en tu descripción de la riqueza de su contexto inmediato de conversación teológica –según dices, una “comunidad internacional de iglesias reformadas de diversa organización eclesiástica y con distintos énfasis”- como en tu explicación de los modos en que Hooker se relaciona con el pasado, parece ser un pensador bastante cosmopolita, que opera dentro de una tradición de gran capacidad, pero que también se alimenta de mentes filosóficas y teológicas más allá de los círculos protestantes. Cuesta imaginar a alguien como Hooker si no es dentro de una tradición que es ella misma profunda, rica, abierta, suficientemente variada como para alimentarlo y suficientemente expansiva como para adaptarse a él. Me parece así que la cuestión de si acaso Hooker es reformado es distinta de la pregunta sobre si acaso fue reformado. ¿En qué medida puede haber hoy una apropiación de su obra como voz reformada? O, si invertimos la pregunta, ¿qué tipo de tradición necesitamos ser para poder reconocer a Hooker como uno de los nuestros?

Me agrada la manera en que has resumido mi propósito. ¡Tal vez tome prestada alguna de estas expresiones en el futuro! Otro modo de decirlo sería que, más que recuperar a Hooker como “anglicano” o “reformado”, mi libro intenta recuperarlo como un clásico “mero protestante” (tal vez no sea coincidencia que haya sido uno de los teólogos favoritos de C. S. Lewis), como alguien celosamente preocupado por resguardar las ganancias centrales de la Reforma sin convertir cada distinción doctrinal o cada cuestión de política eclesiástica en asunto de vida o muerte. Pero, según argumento sobre todo en el último capítulo, ese tipo de flexibilidad es algo que hay que alcanzar precisamente anclándose dentro de una tradición para recién desde ahí distinguir entre sus aspectos esenciales y no esenciales, más que intentando desde antemano adoptar un punto de vista desde ningún lado en particular, o un evangelicalismo de mínimo común denominador, como muchos intentan hoy. Pero como bien notas, no cualquier tradición se prestará para eso.

Así que creo que tienes razón en decir que la cuestión de si acaso Hooker era reformado (o si acaso era anglicano) es distinta de la cuestión de si puede serlo hoy. Las tradiciones se desarrollan, y el camino por el que la mayoría de las tradiciones protestantes se desarrollaron en el siglo que sigue a Hooker es el de mayor diferenciación y exclusividad. En el 1600 todavía hay figuras que pueden ser ni solo calvinistas ni solo arminianas, ni simplemente luteranas ni reformadas, ni del todo presbiterianas ni del todo episcopales –al menos en el sentido que esas etiquetas irían adquiriendo. Pero las cosas se irían endureciendo. Luteranos y reformados se volverían mutuamente excluyentes, tal como anglicanos y puritanos, de un modo que llevó a estos últimos a quedarse con el título de reformados mientras que los anglicanos lo fueron dejando de lado. Hay gente que celebra esto, tomando tales desarrollos posteriores de las tradiciones como la forma definitiva que debemos adoptar para entenderlas y apropiarlas (pero eso implica ser históricamente muy selectivo, pues este proceso de definición excluyente rápidamente se revirtió a contar del 1700). En sus momentos más generosos nos dicen que tenemos que perdonar a Calvino o Hooker por su oscuridad  e inconsistencia, porque aún no habían alcanzado a desarrollar todas las implicaciones de su posición. Pero hay una diferencia entre el sano crecimiento de una tradición, que efectivamente implica sacar a luz implicaciones de sus compromisos fundamentales, y un insano estrechamiento de una tradición, intentando eliminar la legítima variedad dentro de ella a favor de una cómoda uniformidad. El resultado de esto último es que cuando alguien presenta reservas respecto de algún punto en particular, se le dice que se trata de un paquete: o se recibe completo o no se recibe nada. Pero entonces no hay que extrañarse de que muchas de las personas más brillantes entre nosotros salten desencantadas a Roma o la Ortodoxia. Si hubiesen podido leer más ampliamente, habrían podido encontrar representantes de los que buscaban dentro de sus propias tradiciones.

Otro modo de decir lo mismo: una construcción contemporánea de la tradición reformada en la que no hay lugar para alguien como Hooker no es suficientemente amplia para este mundo. Perdón por la larga respuesta, ¡de aquí en adelante voy a ser más breve!

Una de las cosas a las que prestas atención en tu discusión de Hooker es su eclesiología, y en eso dos cosas llamaron mi atención. En primer lugar, muestras su intento por resistir a quienes quieren espiritualizar la iglesia visible, y la manera en que su pensamiento sobre esta materia está informado por algo similar al simul iustus et peccator de Lutero. En segundo lugar, tu retrato de la mente de Hooker destaca su aguda conciencia de los límites que la contingencia histórica, las particularidades de nuestra situación, la falibilidad humana, la finitud y el pecado, imponen a la certeza y al juicio humano. Muchas cosas que sus contemporáneos abordan como materias de certeza absoluta son así tratadas por él dentro del campo de la prudencia contextual, admitiendo la legitimidad de la variación y reconociendo los límites de nuestro conocimiento. Eso parece coincidir con la hospitalidad y con la amplitud de la tradición que hemos estado discutiendo, pero también tiene implicaciones más amplias para nuestra posición teológica. ¿Qué nos puede enseñar Hooker en este orden de cosas?

Sí, una vez más creo que has resumido el asunto muy bien, y éste de hecho es el aspecto de Hooker que me parece más importante para los cristianos contemporáneos. Es, además, el argumento de mi tesis doctoral, que en uno o dos años debiera ser publicada por Eerdmans. El llamado de Lutero a que los cristianos vivan por la sola gracia a través de la fe es algo aterrador. Preferiríamos tal vez retrotraernos a una religiosidad centrada en reglas, una en que se pudiera consultar una lista que permita determinar si acaso estamos cumpliendo con la voluntad de Dios, construyendo adecuadamente los muros del reino, trayendo sobre nuestras iglesias bendición en lugar de maldición. Pero el protestantismo es algo más arriesgado e improvisador. Desde luego es un riesgo fundado en una firme certeza: la promesa del Dios que se complace en nosotros, liberándonos para un responder creativo en las siempre cambiantes condiciones sociales y políticas –eso es lo que significa, al fin y al cabo, vivir en la historia.

Esta contingencia histórica constituye una advertencia contra los intentos por absolutizar la liturgia perfecta o el orden eclesiástico perfecto o la perfecta forma de disciplina eclesiástica, cosas que la Biblia no promete darnos. El pensamiento de Hooker ante todo se ocupa de deconstruir tales falsas aspiraciones de certeza en el campo de la racionalidad práctica, y de mostrarnos al mismo tiempo que la falta de tal certeza no significa relativismo o una total incertidumbre. Su eclesiología está profundamente arraigada en las Escrituras, en la historia, en la razón y en la ley, que juntas trabajan para guiarnos en cómo orientar nuestras vidas hacia nuestro florecimiento y la gloria de Dios, pero ninguna de las cuales nos guía de un modo que permita dispensar de la prudencia, el desacuerdo y la reformulación creativa ante el cambio de escenario.

En tu libro discutes algunas de las hondas preocupaciones pastorales que informan el pensamiento de Hooker. ¿Qué cabe decir al respecto en lo que respecta a estas falsas búsquedas de certeza? ¿Qué otros ejemplos de su sensibilidad pastoral salen a la luz en su obra?

Sí, esto es absolutamente central y no suele enfatizarse de modo suficiente en las lecturas de Hooker. La actitud a la que se opone es algo como lo siguiente: “Estamos enfrentando ciertas dudas respecto de cómo Dios quiere que respondamos ante estas opuestas alternativas que enfrentamos como cristianos en la sociedad. Tenemos que tener certeza respecto de cómo Dios quiere que respondamos, para no incurrir en su ira. La Biblia nos enseña todo lo que necesitamos saber, por tanto tiene que responder a esto también”. Al parecer de Hooker, esto lleva al menos a dos problemas.

En primer lugar, crea “elevados términos de separación” (la frase es de Hooker) entre quienes adhieren a la interpretación de turno y los que no –la división pasa a ser vista no como una mera diferencia de juicio, sino como una incapacidad para oír las (ostensiblemente) claras palabras de la Escritura. Esto a su vez puede fomentar un tipo de arrogancia espiritual, puesto que los que “entienden” pasan a concebirse a sí mismos como los cristianos genuinos, viendo al resto como mundanos o tibios. Cabe notar que esta misma dinámica se repite constantemente en la iglesia de hoy: sobre si acaso se va a enviar a los hijos a una escuela o educarlos en casa, sobre si acaso se ha de votar necesariamente por el candidato más pro-vida, sobre si la santa cena se debe celebrar de modo semanal, o sobre ciertas concepciones de los roles masculinos y femeninos. No estoy diciendo, por cierto, que nada de esto sea importante. Como dije ya antes: su meta es simplemente mostrar que la ausencia de respuestas nítidas no implica que los asuntos en cuestión sean de cierta gravedad y que debamos luchar por dar con una respuesta correcta. Pero importa mucho cómo pensamos que algo es importante.

En segundo lugar, esto puede generar profunda inseguridad de conciencia, dado que habrá suficientes personas suficientemente lúcidas como para ver que la Biblia a veces no da una respuesta clara sobre algo. Pero educados en la idea de que no captar tal respuesta es signo de mundanidad, fácilmente caen en la duda, de modo que, en palabras de Hooker, la Biblia misma es convertida en “trampa y tormento para las conciencias débiles, llenándolas de infinitas perplejidades, escrúpulos, dudas insolubles y extrema desesperación”. Algunos de los que padecen eso darán el salto hacia sectas más radicales, otros reaccionarán mediante el antinomianismo o mediante la efectiva tibieza, otros volverán a Roma con sus pretensiones más tangibles de poder dar certeza y guía. Todas estas reacciones se dieron en los tiempos de Hooker, y todas se siguen dando hoy.

Hooker busca enseñarnos cómo vivir con incertidumbres sin entrar en pánico, cómo navegar entre aquellas lealtades en conflicto que son parte constante de la vida en sociedad. Tiene una gran línea respecto de cómo sus adversarios son tales que, si no viviesen entre los hombres sino por sí solos, no podría encontrarse hombres mejores a ellos. Como los padres del desierto se han entregado a una absoluta obediencia a Dios, pero de un moco incapaz de articular cómo se da esa obediencia en medio de las ambigüedades de la vida social.

Podría añadir algunas cosas más respecto de cómo su preocupación pastoral moldea su obra. Un asunto central es su afirmación del valor de la liturgia como evento formador de la persona completa, en reacción al árido intelectualismo que dominaba gran parte de la espiritualidad reformada entonces y ahora. Esta es una de las grandes contribuciones que el mundo reformado de hoy debiera apreciar en lugar de simplemente dejarlo a los anglicanos. Pero me estoy extendiendo demasiado, dejémoslo hasta aquí.

La profunda relevancia de Hooker para la iglesia contemporánea es algo que tus respuestas hasta aquí dejan claro. Incluso dedicas el último capítulo de tu libro a este punto. Un asunto que discutes, pero que no tocas en dicho capítulo, es la atención que Hooker presta a un modo y estilo particular de discurso cristiano. Lo describes como un autor que es polémico e irénico a la vez, haciendo notar el distintivo estilo literario que cultiva para eso. Durante los últimos años se me ha vuelto particularmente importante esta necesidad de atender a y reformar el carácter del discurso cristiano. ¿En qué sentido crees que Hooker nos puede enseñar algo de eso a quienes estamos implicados hoy en la elaboración de un discurso cristiano?

Creo que este es un asunto particularmente interesante, especialmente dado que la retórica de Hooker ha sido objeto de bastante investigación en tiempos recientes (aunque gran parte de dicha investigación me parece singularmente poco convincente, dada la manera en que se alimenta de una hermenéutica de la sospecha). Hooker solía ser leído como un señor de salón al que no le gusta nada la controversia, como alguien que simplemente buscaba que la gente se lleve bien; ahora, en contraste, es leído como un polemista antipático y astuto, que recurre a todo tipo de trucos para demonizar a sus adversarios. La verdad, me parece, se encuentra entre esos dos polos. Uno de los motivos por los que creo que es apropiado caracterizarlo como un polemista irénico es su interés en deconstruir el cómo y el porqué de los errores de sus adversarios. No cae así en la común práctica del periodo de considerar a sus adversarios como animados por el espíritu del demonio, por el espíritu del anticristo, o por un incorregible espíritu de rebeldía. En lugar de eso, se involucra en una psicología sutil y aguda, en particular en el prefacio de su libro, para ilustrar con cuánta facilidad también el amor a la verdad nos puede conducir al error. Esta tarea, en la que creo que Hooker nos puede servir de modelo, es una que se vuelve a enfrentar en cada generación – en el calor de la disputa siempre tendemos a descartar o encasillar a nuestros adversarios, en lugar de preguntar qué tipo de pasos en falso (tal vez bienintencionados) los han llevado al error.

El propio estilo de Hooker por supuesto es otra cara de esto. La estructura de sus frases es célebremente larga y compleja (aunque de modo elegante), con una cláusula y cualificación tras otra, y comúnmente con la cláusula principal al final. Se ha notado que esto no es casual. Más bien refleja la estructura de su pensamiento, su convicción de que solo se debe afirmar una conclusión tras cuidadosamente haber sopesado tanto la evidencia como los factores que cualifican un hecho.

Ahora bien, ciertamente no estoy sugiriendo que debamos aprender a escribir como Hooker, pero es llamativo el modo en que las redes sociales nos han ido llevando a perder más y más la capacidad para un discurso mesurado, cuidadosamente cualificado. Cuando lo que se busca es respuesta rápida, y en un contexto de escasa capacidad de atención, el tipo de discurso preferido será la afirmación brusca, indiferenciada, incluso desquiciada. Ciertamente se da que tras captar la atención la gente añade todo tipo de cualificaciones y diferenciaciones, pero la clave es captar la atención mediante un titular o una afirmación franca y atrevida. Creo que los escritores cristianos de hoy tienen que resistir todo lo que puedan esta presión del medio y encontrar una prosa que sea comprometida al mismo tiempo que reflexiva, que cautive la imaginación de las personas sin manipular sus emociones ni sacrificar su intelecto.

 Muy brevemente, para terminar, ¿cómo resumirías las lecciones principales que la iglesia contemporánea puede aprender de Hooker?

 Hooker nos provee de un modo de hablar sobre cómo algunas cosas (la mayoría de ellas, en realidad) pueden ser un campo de libertad cristiana sin abrir la puerta al libertinaje, cómo algo puede ser un área de desacuerdo legítimo sin que eso implique relativismo, y nos provee de herramientas para saber cómo pensar respecto de esas cosas que caen bajo la prudencia. También nos da un modelo de teología reformada y católica, que se alimenta de una amplia tradición de pensamiento cristiano, pero desde una perspectiva muy específica –su amada iglesia de Inglaterra-, y con las necesidades prácticas de ésta en mente. Demasiadas teologías ecuménicas son un fenómeno completamente descontextualizado. La de Hooker ni en lo más mínimo.

 

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Originalmente publicado en Mere Orthodoxy. Traducido con autorización.

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