Estudios Evangélicos

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Para salir responsablemente del silencio

El silencio muchas veces es complicidad; pero no es mucho mejor la simple protesta contra todo lo que huela a incompatible con nuestras posturas.

Tengo la convicción de que debemos intervenir en todos los asuntos que son parte de la completa obra de Dios. No obstante, ¿hasta dónde debemos “meter las manos” en materias que, por falta de formación, han quedado fuera de nuestra competencia? He llegado a la siguiente conclusión: creo que debemos participar hasta donde nuestras convicciones, tiempo, recursos y conocimientos nos permitan. En otras palabras, ¿qué debemos esperar de los cristianos cuando los vientos del subjetivismo moral y relativismo cultural amenazan con dejarlos completamente empapados? Para ser más preciso, me refiero a temas tan controversiales como los derechos que exigen las minorías sexuales, los animalistas, las polémicas que suscita la manipulación genética, la participación política, la justicia, la desigualdad económica, entre otros tantos temas. A mi parecer, una lista como ésta representa bien nuestras ventiscas cotidianas. ¿Podremos de algún modo mantenernos firmes y propositivos ante el vendaval de doctrinas que colisionan con nuestras creencias?

Lo cierto es que las reacciones han sido diversas y tengo la impresión de que la mayoría de los creyentes ha optado por el silencio. De esta forma, se han hecho cómplices sin querer de posturas irreconciliables con la fe cristiana, cediendo a la idea que acompaña al escepticismo, aquella que reza: la verdad no existe o somos incapaces de conocerla. En el otro extremo de las reacciones se encuentran los que solucionan las discrepancias saliendo a protestar contra todo lo que huela extraño a sus posturas, como si ello resolviera algo. Para colmo, de pronto aparecen “líderes cristianos” que en vez de ayudar con opiniones basadas en las Escrituras, distorsionan la verdad simulando tener licenciaturas en biología, física, ciencias políticas, leyes, etc., materias que claramente han reprobado en cada una de sus intervenciones públicas.Cualquiera de esos dos caminos es más sencillo que seguir estudiando, leer una buena cantidad de libros para formarse una opinión o asistir a una charla de un oponente. En este punto es difícil saber qué es más aberrante, si la postura del que se asocia a los escépticos o la del que en vano gasta la suela de los zapatos.

En este escenario, quizás sea prudente, por amor a Dios y al prójimo, ser más generosos, apelando a las enseñanzas del nuestro Señor Jesucristo, dando espacio a aquellos que Él ha llamado a servir en algún área específica del conocimiento y la cultura. Es decir, antes de caer en la tentación de aparecer en el plasma, podríamos por ejemplo preguntarnos cosas como las siguientes: ¿hay en nuestro país algún especialista cristiano que trabaje en terapias reparativas para ayudar homosexuales, y que nos pueda representar en las discusiones públicas de un modo adecuado? ¿Deberíamos asesorarnos con algún hermano de integridad y conocedor del ámbito político, antes de meter en líos al pastor postulándolo como candidato a la alcaldía? Estoy seguro de que si actuáramos así, el cristianismo de este lado del mundo tendría algo más de coherencia, en contraste con lo que está sucediendo América Latina, con un alto porcentaje de cristianos que no están  provocando cambios significativos en aspectos medulares de  la educación, la política, las artes y así sucesivamente.

Es posible que no tengamos un ejército de especialistas en cada área, pero inequívocamente, a diferencia de los años 60, estoy seguro de que en nuestra época cada país debe tener un digno embajador de Jesucristo hasta en las disciplinas más “densas”. Este hecho no quita que algunos todavía no entiendan para qué vinieron al mundo. Hace algunos años hicimos con la Comunidad de Pensamiento y Acción Cristiana un foro sobre el aborto terapéutico, y ahí descubrí el tremendo flujo de ignorancia que circulaba por mis venas. Por lo mismo, invitamos algunos ponentes y algo aprendimos. Lo curioso es que en aquella oportunidad invité a un “matrón cristiano” para que presentara una opinión desde el cristianismo; era un hombre con 40 años de experiencia, quien no accedió. Le pregunté si podía conocer la razón de su negativa y me dijo: “la verdad, no he meditado sobre el asunto”. ¡Increíble! Sencillamente insólito, ¡40 años sacando bebés sin profundizar en las implicancias de su vocación!

¿Qué hacer frente a esto? ¿Debemos guardar silencio, protestar, esperar que aparezca algún hermano “iluminado”? No necesariamente, aunque lo del hermano iluminado sería lo ideal. En primer lugar, deberíamos apoyarnos en los que nos han precedido y han dejado trabajos para nuestra reflexión; por supuesto, siempre acompañados de una rigurosa revisión a la luz de nuestra cosmovisión. Segundo, correspondería por lo menos preocuparse de conocer a fondo nuestros campos de estudio y cómo ellos se relacionan con la creación de Dios. Tercero, participar intencionalmente en los distintos foros o pantallas que nos ofrece el mundo moderno. En todo caso, si no tienes algo claro que decir, siempre es mejor guardar silencio para no dar la hora, y así no seguir profundizando la caricatura del evangélico ignorante.

Cuando en el primer párrafo dije: “creo que debemos participar hasta donde nuestras convicciones, tiempo, recursos y conocimientos nos permitan”, eso no era un comentario conformista; también estaba diciendo: no creo que sea cuerdo ser pasivos ni indiferentes. ¿Por qué? Porque tenemos convicciones profundas que provienen de Dios, y supongo que una de ellas es aceptar que nuestras vidas son del amo del universo, dueño de todos los recursos, amoroso con cada uno de nosotros y generoso al punto de darnos la formación necesaria  para representar su Iglesia.

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