Estudios Evangélicos

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“Pero esa es tu lectura”: Realismo, interpretación y reforma

El Espíritu Santo guía a la Iglesia, en toda su diversidad racial y cultural, a una apreciación más profunda de la única interpretación verdadera de las Escrituras. Esto no debiese sorprendernos, pues el evento de Jesucristo por sí mismo toma juntos a los cuatro evangelios para articularlos. Esta es una “pluralidad pentecostal”, por decirlo así, que cree que al significado textual objetivo uno tiene una mejor aproximación mediante una diversidad de contextos y comunidades de lectura.

Hay un tema subterráneo que aqueja los debates contemporáneos acerca de la interpretación de la Escritura. Esta línea de fractura no es geológica, sino filosófica y fundamentalmente teológica. A un lado del abismo están aquellos que creen que los textos tienen un mensaje específico, un significado determinado –en principio conocible- el cual el autor comunica verbalmente al lector. Del otro lado están aquellos que niegan esta creencia, sosteniendo que lo que el lector encuentra en el texto está sobre todo en función de los intereses de sí mismo, su trasfondo, creatividad y habilidades. Para el primer grupo, interpretar es embarcarse en un viaje de descubrimiento con un destino claro: el mensaje que el autor quiso transmitir.  Para el segundo grupo, interpretar es solo un viaje virtual en el cual uno explora sus propios mundos creados. Mientras el primero espera pisar tierra seca, al segundo le basta divagar. Pero navegar sin un compás es una tentativa riesgosa, pues algunos “han naufragado de su fe” (1 Tim. 1:19).

 

Realismo en la tradición reformada

El nombre técnico para el tema es “realismo”, pero no se trata de una cuestión técnica. Realismo es la postura según la cual lo que está ahí (en el mundo, en el texto) es independiente del lenguaje, el pensamiento y la acción humanas. Todos los realistas concuerdan en que “x es independiente de la mente”, aunque “x” puede significar el mundo externo, los valores morales, los números, conceptos, otras mentes o Dios. Para una mayor claridad, es entonces útil distinguir entre las variedades de realismo (p.ej., metafísico, moral, teológico). ¿Qué pasa si “x” significa “sentido”? Entonces hablamos de realismo hermenéutico, un sentido que es independiente de la interpretación del intérprete.

Hay una fuerte conexión entre teología reformada y realismo. La distinción Creador-criatura, por ejemplo, afirma la fundamental independencia de Dios respecto de su mundo, tal como del pensamiento y la experiencia humanas. Dios es Dios sin importar lo que los humanos digan o piensen de él. La Revelación muestra la naturaleza y voluntad de Dios; la tarea de la teología es decir de lo que es (p.ej., Dios) que es. El punto de hablar sobre el conocimiento acerca de Dios es que podemos saber, gracias a la Revelación, cómo Dios realmente es. Los realistas teológicos tratan de que sus formulaciones correspondan a hechos, más que a proyecciones idolátricas de como querríamos que Dios fuera. Algo similar es cierto respecto al enfoque reformado de la autoridad bíblica: nuestras teologías deben recibir de y conformarse a la Palabra de Dios, no corregirla o crearla. La autoridad de las Escrituras proviene de la autoría de Dios.

 

La protesta posmoderna

En nuestros tiempos posmodernos, no obstante, el realismo en todas sus formas ha sido golpeado. Las palabras, se nos ha dicho repetidamente, no reflejan la realidad sino que la estructuran. El lenguaje no es una herramienta que nos engancha al mundo, sino una pantalla que bloquea nuestro acceso. En efecto, el lenguaje es pensado de este modo para problematizar la relación entre mente y mundo, en la que el segundo término (mundo real) es virtualmente abandonado. Así, el lenguaje moldea el modo en el que vemos, interpretamos y experimentamos la vida, en que el “mundo” corresponde a las palabras humanas, más que viceversa. Para el posmoderno anti-realista, esta percepción es liberadora: si no hay “una forma” en que el mundo es, entonces somos libres de crear nuestros propios mundos. Similarmente, si no hay “una forma” en que el texto es o significa, los interpretes son libres de crear sus propias interpretaciones. En cada caso –Dios, el mundo, el texto-, la “muerte del autor” lleva a la muerte de la autoridad también. A partir de ahora, nadie –ni aun el autor- puede decir que las cosas son de una forma u otra. Navegamos en alta mar bajo un cielo sin estrellas.

¿Por qué una persona inteligente no habría de ser realista? La respuesta posmoderna a esta cuestión es digna de ponderar. La verdad absoluta corrompe absolutamente. La creencia de que uno posee la única interpretación correcta –del texto, del mundo, de Dios-, es un poderoso motivo para suprimir las miradas de otros. Nietzsche expresa la sospecha posmoderna: “el hombre no encuentra finalmente más que la imagen de sí mismo en las cosas”. Ahí está: la retórica es el secreto de la razón, la antropología el secreto de la teología, y la eiségesis (imposición personal sobre el texto) el secreto de la exégesis. Así, los posmodernos exponen la afirmación de verdad de que “x significa y” para la preferencia personal que ellos realmente creen que es: “me gusta ver x como y”. No erremos: leer la Biblia es un ejercicio de poder,  como los autores de The Postmodern Bible sostienen: “los estudiosos de la Biblia han sido lentos en despertar del sueño según el cual la ciencia ocupa un espacio a parte de los intereses y valores, de despertar a la comprensión de que nuestras representaciones de y discursos sobre lo que el texto significa y de cómo lo significa son inseparables de lo que nosotros buscamos que signifique y de cómo queremos que lo signifique”.

Por qué el realismo importa

La crítica posmoderna respecto al absolutismo es esencialmente correcta. Los cognoscentes humanos no gozan de un punto de vista desde la mirada de Dios, especialmente en lo que concierne a la interpretación bíblica. Sin embargo, no debiésemos haber necesitado a Nietzsche y a los posmodernos para que nos lo recordaran; la doctrina del pecado debería haberlo hecho. Es más, la condenación bíblica de la idolatría es una advertencia permanente a no pensar muy alto respecto de nuestros propios pensamientos. Pero si estamos de acuerdo en que la voluntad de poder –violencia- es el problema crucial en la interpretación (como de hecho estoy inclinado a hacerlo), ¿se sigue de esto que el anti-realismo es el remedio más apropiado?

La autoridad bíblica sigue exigiendo un realismo hermenéutico por tres razones: teorética, práctica y espiritual. En primer lugar, el realismo nos recuerda que probablemente haya más cosas tras “x” de lo que conocemos en el presente. Dicho con más firmeza, el realista sostiene que podríamos estar equivocados respecto a “x”. Para los realistas, una proposición es verdadera o falsa sin importar si podemos saber esto como tal. En breve: solo puede haber una interpretación falsa si uno asume que hay ahí algo que puede ser captado rectamente.

En segundo lugar, el realismo importa porque creemos que podemos encontrar algo más allá de nosotros mismos mediante la interpretación de la Biblia (o de cualquier otro texto). Si no podemos hacerlo, si estamos condenados solamente a encontrarnos a nosotros mismos, entonces es en extremo difícil ver cómo podríamos ser transformados por la Escritura.

Finalmente, el realismo es la mejor respuesta a la protesta posmoderna contra el absolutismo. Como hemos visto, los posmodernos objetan que el conocimiento en realidad se sostiene solo sobre la retórica del poder (o el poder de la retórica). ¿Podría ser, no obstante, que gran parte del atractivo del posmodernismo provenga de una ideología anti-autoritaria? El filósofo John Searle, él mismo ningún amigo de la teología cristiana, sugiere que en última instancia el anti-realismo descansa en su habilidad para satisfacer el deseo humano de control y autonomía: “la motivación para denigrar el realismo es un tipo de voluntad de poder”. Mientras que Searle imagina a los anti-realistas como rebelándose contra las restricciones del mundo real, el teólogo cristiano sabe que la rebelión básica es contra Dios y su orden creado. El anti-realismo es el síntoma de una teología (o de una “a-teología”) que denigra cualquier orden del mundo que no sea el que uno mismo hace. Teológicamente hablando, el anti-realismo es el intento de jugar a ser Dios.

Es imposible, en hermenéutica (como en cualquier otra cosa) volver atrás. Nuestro tiempo lleva el sello de una post-era. Por un lado, la autoridad de la Biblia parece exigir una afirmación de un significado fijo del texto. Por otro lado, los posmodernos apuntan al sesgo demasiado-humano y a los puntos ciegos del intérprete bíblico. ¿Cómo podemos entonces reafirmar la autoridad bíblica “después del realismo”?

Lo que sigue son cuatro acercamientos a la interpretación bíblica. Los primeros dos –objetivista y deconstruccionista respectivamente-, ni siquiera pretenden ofrecer teologías de interpretación. En efecto, el último es explícitamente “a-teológico” en su ataque escéptico. Y no nos lleva más allá de la “razón secular”: la epistemología de la modernidad. En consecuencia, el interés real descansa en la tercera y cuarta posición. Cada una de ellas afirma representar una hermenéutica teológica, y cada una ha sido recientemente presentada en robustos libros de estudio: Engaging Scripture: A Model for Theological Interpretation, de Stephen Fowl; y Is There a Meaning to This Text? The Bible, the Reader and the Morality of Literary Knowledge. Cada libro representa un camino posible para las iglesias en la tradición de la Reforma.

 

Realismo hermenéutico ingenuo: interpretación determinada

El realismo ingenuo es la perspectiva según la cual nuestra percepción ordinaria del mundo externo es pura y directa, descontaminada de subjetividad o lenguaje. Por lo que al realismo ingenuo respecta, el mundo solo es el camino en que es experimentado: los colores y sonidos no están en la cabeza del observador, sino que son más bien propiedades de los objetos por sí mismos. Esta posición es realista porque sostiene que el mundo es independiente de la mente para ser realidad. Sin embargo, es ingenuo porque asume que la forma en que el mundo aparece a la mente corresponde exactamente con el mundo tal cual éste es. Es objetivista porque asume a un observador objetivo que tiene la facultad de “leer” el mundo sin admitir la subjetividad (o al lenguaje) interponiéndose en el camino.

Contra el realismo ingenuo, los modernos filósofos de la ciencia señalaron que todos los datos están cargados de teoría, y los pensadores posmodernos afirman que los observadores se acercan siempre a los datos con un sistema de ideas lingüísticamente estructurado –un marco ideológico- de antemano presente. Kant dice que nos acercamos al mundo con un marco conceptual, Derrida dice que venimos con vocabulario arbitrariamente construido, pero el punto es el mismo: no tenemos acceso inmediato a la forma en que las cosas –el mundo o los textos- realmente son.

El realista hermenéutico ingenuo se acerca a los textos con la misma fe optimista en sus poderes de observación. El buen comentador da descripciones objetivas del fenómeno textual. La protesta no-realista debiese ser ya familiar: los intérpretes realmente imponen categorías sobre el texto que no son intrínsecas al texto mismo. De nuevo, esta es una advertencia saludable. La ingenuidad hermenéutica es cosa peligrosa siempre y cuando los intérpretes confunden significado textual con “lo que yo pienso que significa”. En suma, el realismo hermenéutico ingenuo se niega a reconocer el problema de la interpretación en su prisa por equiparar la apariencia con la realidad del significado.

El realista hermenéutico ingenuo típicamente cree en el significado determinado. En esta mirada, la meta de la interpretación bíblica es conseguir un claro, incluso cierto, conocimiento de las proposiciones específicas portadas por el texto. Como Stephen Fowl caracteriza la posición: “la asunción que opera aquí es que los asuntos de doctrina y práctica están directamente determinadas por la interpretación bíblica y nunca de otra manera”. De acuerdo a Fowl, la debilidad fundamental de este enfoque es que presupone una definición de significado (por ejemplo, la intención del autor), la cual es el verdadero punto en cuestión. El problema real, dice Fowl, es que los intérpretes están en desacuerdo respecto de lo que se debiese hacer, por lo que la apelación a un “significado determinado” en el fondo es la afirmación de que “mi forma de leer es la única forma de leer”.

 

No-realismo hermenéutico: Interpretación anti-determinada

El segundo enfoque que consideraremos es el deconstruccionista. Los no realistas, como hemos visto, se niegan a creer en realidades independientes de la mente. Ahora, es muy posible ser un realista en consideración al mundo real pero un no-realista en consideración a la moral o a Dios. Lo que todas las formas de no-realismo tienen en común, sin embargo, es la suposición de que la mente y/o el lenguaje están entre nosotros y nuestra aprehensión del mundo. Las categorías y vocabulario que usamos para pensar sobre “x” no reflejan la naturaleza de “x” sino más bien la moldean, de hecho crean “x”.

Trasladado al ámbito del significado, el no-realista hermenéutico rechaza la noción de que hay algo determinado “en” el texto, esperando ser descubierto por una mente inquisitiva. La implicación práctica de esta posición teorética es que ninguna interpretación tiene más legitimidad que otra. ¿Cuál es el punto del no-realismo hermenéutico? Es, me parece, un punto extremadamente “protestante”, es decir, una protesta contra cualquier afirmación de haber alcanzado el significado correcto del texto. El no-realismo hermenéutico, como las leyes antimonopólicas, busca quebrar los monopolios: los monopolios del significado. Leído caritativamente, estos posmodernos deshacen las interpretaciones determinadas en pos de preservar la otredad, de hecho la libertad, del texto.

Pero el no-realismo hermenéutico finalmente decepciona. Pues un consistente énfasis en la interpretación antideterminada finalmente prohíbe cualquier encuentro con una palabra significativa que no es de nuestra propia producción. Si no encontramos nada más que a nosotros mismos en un texto, nos iremos tan vacíos como llegamos. En este desafortunado resultado, Fowl y yo concordamos: el no-realismo hermenéutico “paralizará los intentos reales de ordenar la propia vida de acuerdo a la propia interpretación”.

 

Realismo hermenéutico interno

Tercero, consideremos la propuesta de Stephen Fowl para la hermenéutica teológica. Fowl cree que los debates interpretativos son más útiles con la eliminación de afirmaciones sobre el significado del texto en favor de dar cuenta de las intenciones y prácticas interpretativas.  La interpretación bíblica está subdeterminada: el significado no es nada, así que no hay nada que los intérpretes tengan que hacer. Lo que rige la interpretación bíblica no es una definición sino más bien los intereses de la comunidad interpretante. Fowl mismo aboga por la intención teológica apropiada de conjugar la Escritura hacia una “aún más profunda comunión con el Dios triuno y con cada uno”.

A su haber, Fowl reconoce una posible objeción a su propuesta. Si el significado no es una propiedad del texto sino el resultado de la relación de una comunidad con un texto, ¿qué previene que la Biblia sea usada respaldar prácticas opresivas o dañinas? En otras palabras, ¿cómo responde Fowl a la protesta posmoderna de que toda interpretación es simplemente un ejercicio de voluntad de poder, en este caso poder corporativo? Más exactamente: si el significado está siempre subdeterminado, ¿podría decir Fowl alguna vez que alguna interpretación particular es errónea?

No debiésemos subestimar la gravedad de esta objeción. Pues si no hay significado textual determinado, y si la interpretación teológica es solo un asunto de un propósito general (más que un método particular), entonces no hay forma de distinguir “lo que (realmente) significa” de “lo que significa para mí”. La respuesta de Fowl a esta objeción es intrigante. Él nos recuerda ciertamente que, desde una perspectiva cristiana, los intérpretes son pecadores. Lo que necesitamos, entonces, son intérpretes virtuosos y cuidadosos que deben promover el reino de Dios antes que sus propios feudos. “Si los cristianos van a leer y encarnar la Escritura en formas que resultan en vidas vividas fielmente delante de Dios, deberán reconocerse a sí mismos como pecadores”. Estos intérpretes virtuosos deben estar preparados a arrepentirse de sus, a veces, forzadas (otras veces perezosas) lecturas, reconociendo que todas las interpretaciones son provisionales y sujetas a corrección.

Esta es la posición básica de Fowl. ¿Cuenta como realismo hermenéutico? ¿Como interpretación teológica? La respuesta es, me temo, “no” a ambas preguntas. A primera vista, pareciera que Fowl meramente recobró y actualizó a Agustín: leer buscando el significado que más promueve el amor a Dios y al prójimo. La preocupación por la caridad y la hermandad pesan más que las disputas sobre qué herramientas exegéticas o cuál enfoque hermenéutico usar. Sin embargo, con mayor detención parece que el método de Fowl descansa tácitamente sobre otros dos, menos cristianos, soportes.

Fowl parte primero desde el celebrado ensayo del neopragmatista Jeffrey Stout “What is the Meaning of a Text?”, que aboga por eliminar el término “significado” a favor a describir intenciones y prácticas interpretativas. Los intentos por definir significado no captan una esencia objetiva, sino que debiesen ser considerados como formas de hacer cosas con los textos. Esto es similar a la sugerencia del profesor de Princeton, Richard Rorty, de que abandonemos los intentos de “hacer las cosas bien” y en lugar de eso concentrarnos en “hacer que sea útil”. Significado y verdad para Rorty son meras descripciones de prácticas sociales específicas,  formas en que las comunidades buscan hacer frente a la vida. Lo que uno entiende por “verdad” es un asunto de hábitos lingüísticos de tal o cual comunidad. Verdad es como una marca de moda que la comunidad asigna a creencias y prácticas que sirven para propósitos útiles. No es un asunto de lo que es, sino de lo que funciona en un contexto particular. Si sucede que ese contexto es la comunidad cristiana, entonces la verdad es lo que facilita la relación con Dios y el prójimo. Mientras que Fowl busca usar la Biblia en el admirable proyecto de la formación espiritual, el realista hermenéutico responde que usar un texto aún no es interpretarlo.

Un segundo soporte teorético posible viene de la noción de “realismo interno”, del filósofo de Harvard, Hilary Putnam. Por un lado, Putnam rechaza el objetivismo ingenuo en que la mente simplemente aprehende el mundo (o el significado). Por otro lado, rechaza la afirmación relativista de que nosotros simplemente creamos el mundo (o el significado).  Putnam propone una vía media: aún podemos hablar del mundo (o del significado), pero solo desde el interior de un esquema conceptual o de una comunidad interpretativa. Mientras que el realista externo distingue la forma en que el mundo (o el significado) es de la forma en que nosotros lo conocemos, Putnam colapsa la distinción: “la mente y el mundo conjuntamente crean la mente y el mundo”.

Es difícil saber dónde Fowl mismo permanece en el asunto de realismo versus anti-realismo. Pero lo que dice respecto de la relación entre intérprete y texto porta más que un parecido pasivo a lo que dice Putnam sobre la mente y el mundo: “me gustaría sostener que las convicciones teológicas, las prácticas eclesiales, y las preocupaciones sociales debieran moldear y ser moldeadas por la interpretación bíblica”. Quizá Fowl sea mejor entendido como un realista hermenéutico interno: texto e interpretación conjuntamente crean texto e interpretación. Para Fowl, el significado del texto en parte depende de las prácticas e intereses interpretativos de la comunidad eclesial. Su afirmación de que el texto está subdeterminado es equivalente a sostener la insuficiencia de la Escritura.

Contra Fowl, teólogos en la tradición de la Reforma apuntan que la sola práctica de la interpretación no tiene sentido excepto sobre la suposición de que estamos encontrándonos con algo independiente de nosotros y de nuestros intereses, a saber, un texto autoritativo y transformativo: una Palabra de Dios. Aunque Fowl está en lo correcto al buscar una hermenéutica cristiana distintiva, su escuela de interpretación incluye una buena cantidad de barro y paja de Egipto. La tesis de Fowl, aunque bien intencionada, ha sido moldeada por suposiciones sobre el conocimiento, la verdad y el significado que son en gran parte seculares y no-teológicas.

 

La resistencia reformada realista crítica: interpretación sobredeterminada

Finalmente, me gustaría ofrecer un camino alternativo. La reforma legó un número importante de principios relevantes para la interpretación bíblica contemporánea: sola scriptura, el sacerdocio de todos los creyentes, Palabra y Espíritu. Juntos, estos principios proveen los medios para resistir la tendencia contemporánea hacia el anti-realismo, esto es, la tendencia a sustituir el encuentro entre el texto y el lector por la autoridad del texto mismo.

Sola scriptura. Los reformadores fueron cuidados en no atribuir la autoridad final a la opinión de la comunidad intérprete, ni siquiera el encuentro de esa comunidad con el texto. No, la autoridad final le corresponde solamente al texto. Dado que el texto carece de significado textual determinado, ¿cómo podemos distinguir la Palabra de Dios de las meras palabras humanas, la Escritura de la tradición? Sola scriptura es un grito de guerra por realismo hermenéutico.

Sacerdocio universal. Este principio –que la interpretación bíblica es privilegio y responsabilidad de los lectores individuales- desafía del mismo modo la autoridad de la comunidad de intérpretes. Al mismo tiempo, afirmar el sacerdocio universal no implica sostener que el significado textual es solo algo que los intérpretes individuales dicen que es. En nuestros días es común escuchar que la forma en que uno lee la Biblia depende en gran medida del contexto cultural de cada uno (o raza, género y clase). ¿Cómo, entonces, podemos afirmar el sacerdocio universal sin volvernos presa del relativismo interpretativo? La respuesta es ver a la Biblia como sobredeterminada en términos de significado. Solo hay un significado, pero es tan rico que quizá necesitemos los acercamientos de una variedad de perspectivas individuales como culturales para hacerle total justicia. Hablar de interpretación sobredeterminada es, así, atestiguar la abundancia de significado, una hermenéutica realista más rica. El único significado correcto quizá solo nos aparezca mediante la interpretación multicultural.

Palabra y Espíritu. ¿Y qué acerca de un nuevo significado? Por ejemplo, ¿está Fowl en lo correcto cuando dice que la experiencia con el Espíritu de Pablo y los Gálatas los guió a imputar un nuevo significado a la historia de Abraham? ¿Los cristianos de hoy deberían seguir el ejemplo de Fowl cuando, viendo la obra del Espíritu en las vidas de homosexuales, sostiene la misma conclusión que Pedro cuando se enfrentó con la obra del Espíritu en medio de los gentiles? ¿Es cierto que una nueva experiencia del Espíritu puede cambiar el significado de la Palabra? ¿Es la interpretación teológica cuestión de determinar el sentido eclesiástico (lo que significa ahora para la Iglesia) más que del sentido literal (qué significó entonces)?

Es justo aquí donde la insistencia de la Reforma en la Palabra y el Espíritu tiene un peso importante en los debates hermenéuticos contemporáneos. ¿Dónde está la Palabra de Dios, y por tanto la autoridad, en la interpretación bíblica? ¿Está en el sentido literal de la Biblia (la Palabra escrita), o está en el encuentro de la comunidad guiada por el Espíritu con la Escritura (la Palabra interpretada)? Fowl identifica la Palabra de Dios con la creencia (y la práctica) de la comunidad que lee en el Espíritu, una lectura que quizá si, o quizá no corresponda con el sentido literal. La iglesia goza de autoridad carismática, expresada en el principio “ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros” (Hechos 15:28). La pregunta que queda es si acaso Fowl puede evitar que este principio sea reducido al principio anti-realista, relativista de “nos parece bien a nosotros”.

¿Cuál es el rol del Espíritu Santo en la interpretación? Creo, en primer lugar, que el Espíritu no abole la letra, sino que la ministra. Así, el sentido espiritual es simplemente el sentido literal, entendido en toda su completitud. Lejos de crear un nuevo significado, o sugerir que el significado original es de algún modo defectuoso, la tarea del Espíritu es hacer el sentido autorial efectivo. En suma, el Espíritu es la presencia potenciadora de la Palabra.

En segundo lugar, el Espíritu santifica al lector, removiendo el orgullo y el prejuicio, creando la humildad de corazón y alistando la mente para recibir algo que no es de su propia hechura. En breve, el Espíritu nos convierte de ser no-realistas que preferimos nuestras propias mentiras, a realistas que desean oír la Palabra de Dios. Leer en el Espíritu, entonces, significa dejar que la letra cumpla el propósito para el cual fue dada (Isaías 55:11). Los intereses y prácticas interpretativas de la iglesia son importantes, pero solo cuando ayudan a impulsar el deseo y la habilidad de alcanzar comprensión –no como Fowl lo pondría, porque los lectores contribuyen al significado del texto-.  El Espíritu Santo guía a la Iglesia, en toda su diversidad racial y cultural, a una apreciación más profunda de la única interpretación verdadera de las Escrituras. Esto no debiese sorprendernos, pues el evento de Jesucristo por sí mismo toma juntos a los cuatro evangelios para articularlos. Esta es una “pluralidad pentecostal”, por decirlo así, que cree que al significado textual objetivo único tiene una mejor aproximación mediante una diversidad de contextos y comunidades de lectura.

 

Conclusión: responsabilidad hermenéutica

El realismo hermenéutico implica responsabilidad hermenéutica. La tarea del intérprete es buscar comprensión, seguir el texto a donde éste lo guie y ser testigo auténtico de la intención autorial. El imperativo interpretativo podría ser resumido en: “no seas testigo falso”. Para estar seguros, los intérpretes bíblicos harían bien en no leer sus propias ideas en la Escritura. Pero no basta con simplemente evadir el vicio interpretativo del anti-realismo. Los lectores deben también buscar activamente cultivar las virtudes interpretativas: apertura, honestidad, atención, humildad y ponderación. Estas cualidades espirituales conducen al conocimiento y a alcanzar comprensión sobre lo que el Autor divino, a través de autores humanos, está diciendo. Cultivar estas virtudes interpretativas guiará a la práctica que mejor corresponde al realismo hermenéutico: los intérpretes nunca cesan de someter sus interpretaciones a la autoridad de la Palabra escrita. Así, el realismo hermenéutico exige nada menos que una práctica interpretativa regulada por el principal principio protestante: “siempre reformándose”.

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Publicado originalmente en Modern Reformation. Traducido con autorización. Traducción de Luis Aranguiz.

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