Estudios Evangélicos

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¿Por qué la fe también necesita razón?

Sin despreciar el papel de los sentimientos, las emociones y las recompensas, es preciso subrayar de la manera más enfática que ni Jesús ni sus Apóstoles apelaron primariamente a tales cosas al predicar el mensaje del Evangelio.

Este artículo trata de cómo compartir nuestra fe en Cristo con aquellos que albergan otras creencias. Podría titularse también “apologética”, palabra poco usada hoy pero que tiene una  buena justificación bíblica. En 1 Pedro 3:13-17 leemos:

Y a ustedes, ¿quién les va a hacer daño si se esfuerzan por hacer el bien? ¡Dichosos si sufren por causa de la justicia! «No teman lo que ellos temen, ni se asusten.» Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que le pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto, manteniendo la conciencia limpia, para que los que hablan mal de la conducta de ustedes en Cristo, se avergüencen de sus calumnias. Si es la voluntad de Dios, es preferible sufrir por hacer el bien que por hacer el mal (NVI).

En este pasaje que tomamos como referencia, se nos manda estar preparado a presentar defensa de nuestra fe, o dicho en otras palabras, hacer su apología o defensa (ver más abajo). Aquí se nos recuerdan varias cosas fundamentales en la vida cristiana:

1)    No debemos temer lo que los incrédulos temen, ya sean supersticiones o reales amenazas físicas. Las primeras porque sabemos que hay un solo Señor y un solo Dios (1 Corintios 8:4-6) y las segundas porque el mismo Señor enseñó que a nadie debemos temer sino a Dios (Mateo 10:26-33).

2)    Debemos honrar a Jesucristo en nuestros corazones. Jesús no es solamente nuestro Salvador, sino nuestro Señor, que nos ha comprado al precio de su propia sangre (Hechos 20:28). Si no honramos a Cristo, cuando llegue el momento de la verdad es posible que le neguemos. Por otra parte, tal vez “honrar” sea una palabra algo débil para traducir el verbo griego hagiazö, que significa “santificar.” Cristo debe ser santificado en nuestro ser interior, de modo que reine supremo allí (cf. Gálatas 2:20).

3)    Debemos estar siempre preparados para responder a cualquiera. Esta preparación supone la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero asimismo el conocimiento de la Biblia, la Palabra de Dios “viva y eficaz” (Hebreos 4:12), “inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia” (2 Timoteo 3:16).

4)    Debemos responder con “gentileza y respeto” o, como dicen otras versiones, “con mansedumbre y reverencia.” No debemos exasperarnos ni perder la calma; no debemos ser despreciativos ni irrespetuosos hacia los que preguntan, ni siquiera cuando ellos adopten tales actitudes hacia nosotros.

5)    Debemos mantener nuestra conciencia limpia. Se ha dicho que si alguien tiene la conciencia limpia, es señal de que tiene mala memoria. Es cierto que todos pecamos, tal como lo enseña la Escritura; pero ella también nos enseña que una limpia conciencia no sólo es posible o deseable, sino necesaria para todo creyente. De 1 Juan 1:9-2:1 aprendemos cómo podemos tener una conciencia limpia sin amnesia: confesando nuestros pecados y confiando en la obra intercesora de Cristo. Solamente su preciosa sangre nos libra de todo pecado, pero es necesario que lo confesemos y nos arrepintamos.

6)    Nuestro propósito es hacer el bien. Si ello involucra sufrimiento, dice Pedro, bienvenido sea; es infinitamente mejor que sufrir por causa de haber pecado.

Ahora bien, la palabra que se traduce “responder” en el versículo 15 corresponde al verbo griego apologeomai y significa más exactamente “presentar defensa,” es decir, justificar con argumentos sólidos la razón por la cual tenemos esperanza en Cristo. Lamentablemente, actualmente la apelación a los sentimientos, a las emociones y a los beneficios (espirituales y materiales) de poner nuestra fe en Cristo constituye el principal recurso evangelístico en muchos ámbitos.

Sin despreciar el papel de los sentimientos, las emociones y las recompensas, es preciso subrayar de la manera más enfática que ni Jesús ni sus Apóstoles apelaron primariamente a tales cosas al predicar el mensaje del Evangelio. Por el contrario, ellos argumentaban a partir de las Escrituras y apelaban a la inteligencia y voluntad de sus oyentes.

Basta leer los resúmenes de los sermones apostólicos en el libro de los Hechos y las exposiciones conservadas en las epístolas para ver que el método apostólico era fundamentalmente presentar la verdad y justificar la enseñanza sobre la base de hechos, de los cuales ellos eran testigos presenciales. Ellos no pretendían que nadie aceptase el Evangelio sobre una base equivocada, sino por el simple hecho de que era verdad. Su propio testimonio de vida tenía por objeto prestar credibilidad a sus afirmaciones acerca de Jesucristo, del pecado y de la salvación.

Obstáculos para dar razón de nuestra fe

Del mismo pasaje de 1 Pedro podemos inferir algunas cosas que obviamente se interponen en la tarea de brindar un testimonio efectivo:  el temor insensato, la ausencia de Cristo como supremo Señor de nuestra vida, la falta de preparación, no observar la gentileza y el respeto debidos, no tener la conciencia limpia y olvidar nuestro objetivo de hacer el bien.

Si bien todas estas cosas deben ser tenidas en cuenta por los cristianos que tengan conciencia de su misión como sal de la tierra y luz del mundo (Mateo 5: 13-16), el propósito de este artículo es ayudar a corregir uno de estos problemas en particular, a saber, la falta de preparación. En este sentido cabe notar tres deficiencias:

1)    Insuficiente conocimiento de las Escrituras

2)    Falta de comprensión de las creencias ajenas

3)    Carencia de preparación científica

Las tres son importantes, pero la primera es ciertamente la más grave. Si no conocemos cabalmente la revelación de Dios, difícilmente podremos dar razón de nuestra fe. No obstante, las otras dos deficiencias con frecuencia también interfieren en una comunicación fluida y productiva.

Un insuficiente conocimiento de las Escrituras

Con esto no quiero decir que cada cristiano deba transformarse en un erudito bíblico, sino que cada uno de nosotros está llamado a leer asiduamente las Escrituras y a ser instruido por ellas (2 Timoteo 3:13-17).

Es lamentable que en los años recientes la ignorancia bíblica de los cristianos evangélicos crezca en lugar de menguar, a la par que crece el emocionalismo y el anti-intelectualismo.

Como religión revelada basada en las Escrituras, la razón y los argumentos debieran tener un lugar de privilegio en la vida del cristiano. Esto no sólo le capacita para un andar más seguro en su propia vida sino que lo nutre y fortalece a la hora de dar razón de su esperanza.

Es por tanto fundamental conocer adecuadamente lo que la Biblia enseña. También es necesario conocer lo que la Biblia no enseña, pues de lo contrario podemos enredarnos en debates sin suficiente fundamento. Por ejemplo, muchos cristianos creen que los ángeles no tienen sexo. Es posible que así sea, aunque su apariencia es uniformemente la de varones. De todos modos, las Escrituras no enseñan que los ángeles no tengan sexo, sino que no se casan ni se dan en casamiento (Mateo 22:30).

Uno de los más grandes apologistas contemporáneos, el Dr. Walter Martin, explicaba que en EE.UU. los cajeros de bancos deben hacer un curso para distinguir el dinero falso del auténtico. En este curso no se les muestran a los cajeros dólares falsificados: solamente se trabaja con dinero genuino. La experiencia muestra que si se familiarizan profundamente con los billetes auténticos notarán de inmediato la diferencia. De manera semejante, si llegamos a conocer bien la Biblia y lo que ella enseña, no hará falta conocer de antemano todas las innumerables falsas enseñanzas y doctrinas que existen y existirán.[1]

Falta de comprensión de las creencias ajenas

Si bien, como acabo de decir, conocer lo auténtico es el mejor modo de evitar engaños, a la hora de dar razón de nuestra fe es importante saber dónde está situado nuestro interlocutor.

Supongamos que un amigo viene a visitar mi casa y se extravía. Me llama por teléfono para solicitar que lo guíe. Si yo no supiera al menos aproximadamente desde qué punto de la ciudad me llama, sería muy difícil para mí indicarle el camino. Por esta razón, al dar razón de nuestra esperanza, es importante tratar de entender cuál es el punto de vista de quien me ha preguntado.

El ministerio del Apóstol Pablo ilustra poderosamente esta verdad. Él dice haberse hecho como un gentil para con los gentiles y como judío para los judíos, “para que de todos modos salve a algunos” (1 Cor 9:17-23). Pablo no predicó de igual manera en las sinagogas, donde había judíos bien versados en las Escrituras hebreas, que en el areópago de Atenas, donde se reunían los intelectuales paganos. Su predicación tenía el mismo contenido, pero su forma se adaptaba para que los oyentes tuvieran la oportunidad de comprender y responder.

Es por esta razón que haremos bien en familiarizarnos al menos de manera general con ciertas formas de concebir la realidad, o, dicho de otro modo, con algunas cosmovisiones básicas.

Un mapa de ruta: Cosmovisiones básicas

Las cosmovisiones son básicamente modelos, o representaciones simplificadas, de la realidad que nos rodea. Ellas constituyen nuestra forma de concebir el mundo y gobiernan nuestra interpretación de todos los acontecimientos. Un punto fundamental a tener en cuenta es que todas las personas tienen alguna cosmovisión aunque no sean conscientes de ello. La mayoría de la gente no ha formulado su cosmovisión en términos explícitos, como lo haría un teólogo o un filósofo; no obstante, no por implícita la cosmovisión es menos real.

Los elementos básicos de toda cosmovisión son:

1)    La naturaleza de la realidad superior o  final. ¿Qué es lo primero y definitivo, el origen de todo?

2)    La naturaleza del hombre. ¿Quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos?

3)    La naturaleza del bien y del mal. ¿Sobre qué base determinamos lo que está bien o mal?

Si no entendemos qué piensa nuestro interlocutor sobre estos temas, la comunicación se torna mucho más difícil. Hasta puede ocurrir que empleemos los mismos términos para referirnos a cosas muy distintas, lo cual lleva a lo que suele llamarse en “dialogo de sordos”.

En la tabla de la página siguiente presento las principales cosmovisiones sobre la base de la descripción de James Sire.[2] Este esquema en extremo simplificado (por ejemplo, no distingue entre variedades de monoteísmo) solamente se presenta a modo de introducción. De todos modos, reitero que el principio importante es tratar de entender genuina y honestamente qué piensa nuestro interlocutor, para comprender cuáles son sus principales obstáculos intelectuales para considerar seriamente el Evangelio. Desde luego, en muchos casos el principal obstáculo no es una objeción lógica sino emocional, como una vivencia traumática o un conjunto de malas experiencias (como la hipocresía de algunos presuntos creyentes). Incluso en este caso, un diálogo franco es indispensable para entender a nuestro interlocutor.

Carencia  de preparación científica

Nuestro querido misionero Jaime Taylor (1908-1988) solía recordarnos que la ignorancia no es una virtud cristiana. Una fe sólida se refuerza y se potencia con el conocimiento de la realidad. Aunque muchos cristianos no sienten la necesidad de preparación científica para robustecer sus creencias, aquélla es muy útil para compartir su fe. De hecho, tal preparación es cada vez más necesaria para presentar y defender la fe en el mundo contemporáneo. La fe y la razón no se oponen, sino que se complementan y refuerzan mutuamente.[3] La verdadera ciencia no es una enemiga natural de la fe cristiana[4], sino una poderosa aliada.[5]

 

Tabla: Cosmovisiones básicas

 

Monoteísmo

Deísmo

Monismo oriental(hinduísmo, budismo) Nueva Era Materialismo(Naturalismo)
Realidad final Dios (ser personal preexistente)de quien procede todo lo creado.Dios sostiene su creación e interviene en ella según su voluntad Dios (ser personal preexistente)de quien procede todo lo creado.Dios creó el universo pero no interviene en su marcha Dios (impersonal, identificado con el universo). Dios/universo es eterno, pero atraviesa ciclos de creación y destrucción Variable, pero la realidad final es en general concebida como espiritual (a veces deísta, a veces monista) El universo material(la materia y la energía son eternas)

El hombre

Ser creado a imagen y semejanza de Dios para gobernar el universo material.Actualmente caído por el pecado y necesitado de salvación Creado a imagen de Dios y autónomo en cuanto a sus decisiones. La Biblia sirve sólo para orientar la razón, no como autoridad final Una “chispa divina” como el resto del universo, pero en un estado evolutivo más avanzado. Logra su propósito al perder su personalidad y fundirse en “Dios” Similar al monismo, pero en general sostiene la preservación eterna de la persona individual Un animal complejo producto de procesos evolutivos azarosos que resultaron en la aparición de organismos vivos. Su existencia concluye con la muerte.

Bien y mal

Es bueno lo que se sujeta a la voluntad de Dios y malo lo que se rebela contra ella. En general deja a los hombres decidir lo bueno y lo malo sobre principios generales Son aspectos de la misma realidad total que parecen oponerse pero realmente se  complementan Mezcla de materialismo y monismo. En general concibe la verdad y el bien como relativos Sin base racional para distinguir el bien y el malEs relativistay subjetivo

 

A continuación presento algunos ejemplos.

  1. En las Escrituras se condena el homicidio, pero no existe una clara condena del aborto provocado en forma deliberada.[6] Los datos de la genética y la embriología moderna nos permiten aseverar confiadamente que la vida humana comienza con la fertilización,[7] y por lo tanto debe ser respetada y protegida desde la concepción.
  2. Hasta el principio del siglo XX, los cristianos sosteníamos la creencia en una creación ex nihilo solamente sobre la base de la revelación bíblica. Desde entonces, la ciencia ha tornado insostenible la antigua creencia rival, de ateos y agnósticos, según la cual el universo era eterno.[8] Aunque prosigue la búsqueda de sofisticadas explicaciones dentro del marco materialista, permanece el hecho de que toda la evidencia científica indica que el universo tuvo un inicio, en el cual comenzaron a existir la energía, la materia, el espacio y el tiempo.[9] El reciente intento de negar la necesidad de un Creador por parte de Stephen Hawking[10] recibió una contundente y devastadora respuesta del profesor John C. Lennox.[11]
  3. Aunque la mayoría de los científicos admite como un hecho la teoría neodarwinista del origen de las especies causada fundamentalmente por mutaciones al azar y la selección natural, existe un creciente disenso al respecto entre científicos y académicos de diferentes áreas de las ciencias naturales.[12] Aunque por razones científicas no comparto tal teoría, incluso si demostrara ser cierta, admitiría una interpretación compatible con las creencias básicas de la fe cristiana, como lo han expuesto, entre otros, Simon Conway Morris[13] y Francis Collins.[14] Hoy es muy claro que la vida requiere más que materia y energía. También requiere información detallada y capaz de ser transmitida a la descendencia, y a su vez la información exige una fuente inteligente.[15] Un análisis riguroso permite demostrar la falta de verdadero fundamento de los argumentos en contra de la fe cristiana provenientes de la citada teoría.[16]

Conclusión

El mundo tiene hoy tanta necesidad de Dios como nunca. En el campo espiritual, nuestro mundo actual es tan heterogéneo o más que el Imperio Romano donde los Apóstoles esparcieron la Buena Nueva de Jesús.

Por otra parte, nunca antes hubo tantos y tan buenos recursos disponibles para quien acepte la responsabilidad de compartir su fe. Por eso, hoy menos que antes hay excusa para no estar “siempre preparados para responder a todo el que le pida razón de la esperanza” que hay en nosotros.

 


[1] Walter Martin. The Kingdom of the Cults, revised & expanded version. Minneapolis: Bethany Publishing House, 1985, p. 16-17.

[2] James W. Sire. The Universe Next Door, 2nd Ed. Downers Grove: InterVarsity Press, 1988.

[3] William Lane Craig. Reasonable Faith: Christian Truth and Apologetics, Rev. Ed. Wheaton: Crossway Books, 1994.

[4] Kirsten Birkett. Unnatural Enemies: An introduction to science and Christianity. Sydney: Matthias Media, 1997.

[5] John Polkinghorne. Science and Creation: The search for understanding. London: SPCK, 1988.

[6] Exodo 21:22 se refiere al aborto provocado accidentalmente (culposo).

[7] Keith L. Moore y T.V.N. Persaud. Embriología básica, 5a Ed. México: McGraw-Hill Interamericana, 2000, p. 2.

[8] Hugh Ross. Creation and Time: A Biblical and Scientific Perspective on the Creation-Date Controversy. Colorado Springs: NavPress, 1994.

[9] Stephen J. Spitzer. New proofs for the existence of God. Contributions of contemporary physics and philosophy. Grand Rapids: William B. Eerdmans, 2010.

[10] Stephen Hawking, Leonard Mlodinow. The Grand Design. New answers to the ultimate questions of life. London: Bantam Books, 2010.

[11] John C. Lennox. God and Stephen Hawkings: Whose design is it anyway? Oxford: Lion Hudson, 2011.

[12] William Dembski (Editor). Uncommon Dissent. Intellectuals who find Darwinism unconvincing. Wilmington: ISI Books, 2004. Ver A Scientific Dissent from Darwinism. Actualizado en diciembre de 2011.

http://www.discovery.org/scripts/viewDB/filesDB-download.php?command=download&id=660

[13] Simon Conway Morris. Life’s solution: Inevitable humans in a lonely universe. Cambridge: Cambridge University Press, 2003.

[14] Francis S. Collins. The Language of God. A scientist presents evidence for belief. New York: Free Press, 2006.

[15] Werner Gitt. In the beginning was information, 2nd English edition. Bielefield: Christliche Literatur-Verbreitung e.V., 2000.

[16] Alister McGrath. Dawkins’ God: Genes, memes, and the meaning of life. Oxford: Blackwell Publishing, 2005.

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