Estudios Evangélicos

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¿Qué hay de malo con la palabra “cosmovisión”?

Se nos ha conocido por mofarnos del “pensamiento de cosmovisión cristiana” de tiempo en tiempo, y de evitar escrupulosamente el lenguaje de la “cosmovisión” en nuestras publicaciones y programas. Naturalmente, se me ha preguntado con frecuencia porqué, y pienso finalmente dar una puñalada y responder aquí.

Primero que todo, debería notarse que “cosmovisión” es un concepto difícilmente preciso y puede ser usado con muchas connotaciones e implicaciones diferentes. Es fundamentalmente una metáfora, que usa la imagen de la vista como un modo de describir la forma en que pensamos acerca del mundo. Como metáfora, necesita ser evaluada no en cuanto “correcta” o “incorrecta”, sino más bien en términos de si acaso es útil o inútil. ¿Nos ayuda la metáfora “cosmovisión” por si sola a ver el mundo más precisa o exactamente? Me inclino a pensar que no.

Una metáfora engañosa

Tal como es empleado frecuentemente hoy por los pensadores cristianos, “cosmovisión” es usado con un par de connotaciones diferentes, aunque relacionadas. Algunas veces parece significar algo como un mapamundi, una mirada esquematizada del mundo como un todo, que puede representar un conocimiento real de la geografía misma. Otras veces, parece significar algo como un visor-de-mundo (world-viewer), esto es, un set de lentes o un aparato que alguien se coloca, el cual construye el mundo de modo que se vea de cierta manera. Algunas personas se ponen sus lentes materialistas y ven el mundo apenas como un manojo de moléculas caóticas chocando entre ellas, mientras que otros se ponen sus lentes de cosmovisión cristiana y ven el mundo como el teatro de la gloria de Dios. Como sea, aunque la metáfora tiene sus usos, me parece que estamos en riesgo de engañarnos en al menos cuatro formas.

Apriorismo

Si por “cosmovisión” entendemos un mapa del mundo o un conjunto de lentes que usamos para nuestra experiencia del mundo, este modo de pensar me parece demasiado apriorístico. ¿Qué quiero decir con esto? Digo que con ello se asume que nuestro conocimiento es principalmente un asunto de categorías que aplicamos a nuestras experiencias, en lugar de que ellas sean fruto de nuestras experiencias. De un poco de la literatura cristiana sobre cosmovisión, uno recibe la idea (especialmente cuando se promociona alguna conferencia o curso) de que una cosmovisión es casi como un set de categorías que se pueden descargar, para luego marchar al mundo equipado con las respuestas correctas y sabiendo de antemano cómo refutar las respuestas erróneas. Pero no es así como las personas aprenden –al menos, no como se aprende conocimiento real y significativo, y sabiduría, de todas maneras. Este tipo de conocimiento preenvasado se vuelve terriblemente débil y frágil cuando es confrontado con las complejidades del mundo real.

Intelectualismo

Por supuesto, hay verdad en la idea de “cosmovisión” –no es que simplemente vengamos al mundo sin prejuicios y preconcepciones, asumiendo la realidad de manera cruda e inmediata y convirtiéndola directamente en conocimiento objetivo. Nuestras construcciones del mundo son profundamente condicionadas por los contextos culturales. Pero me parece que este condicionamiento tiende a ser mucho menos intelectual de lo que parece con la metáfora de la cosmovisión, y mucho de lo que mucho del discurso de la cosmovisión implica. En la medida que estamos precondicionados para mapear el mundo de ciertas formas, esto tiende a tener lugar en virtud de rituales, hábitos símbolos y modos de vida comunitaria mucho más de lo que ocurre en virtud de sistemas conceptuales. Esto es algo que James K.A. Smith, entre otros ha sido entusiasta en enfatizar en años recientes, contra el sobre-intelectualismo de muchos círculos cristianos cosmovisionales.

Resistencia al aprendizaje

Otra tendencia que he observado es que, en la medida en que el cosmovisionalismo puede ofrecer un marco preenvasado de conocimiento, puede ser notablemente hostil al aprendizaje. Pablo nos previene sobre aquellos que “siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2 Tim. 3:7), pero algunos guerreros de la cosmovisión parecen sufrir más bien de un síndrome de “siempre están listos con el conocimiento de la verdad y nunca aprendiendo”. Si el asunto clave es tener la cosmovisión correcta, entonces una vez que tienes esa cosmovisión, bueno, tú ya tienes una visión del mundo, tú ya conoces tu alrededor. Ya tienes tu mapa y estás tan confiado de su exactitud que no necesitas molestarte realmente en observar tus alrededores. Mucho de nuestro mejor aprendizaje tiene lugar cuando nuestras asunciones fundamentales son desafiadas y tenemos que reconsiderarlas honestamente; muy a menudo, el pensamiento cosmovisional persuade a sus adherentes de que no hay nada que pueda posiblemente desafiar sus asunciones, porque ellas están basadas en una “cosmovisión bíblica” y la biblia no puede errar. Pero, tristemente, la inerrancia de la Biblia no se extiende a nuestro sistema de construcción deductivo.

Autosuficiencia

Quizá lo peor que destaca del cosmovisionalismo, y lo más irónico, es su ratificación tácita –si acaso inadvertida- del relativismo posmoderno. Consideremos el desafortunado título de uno de los libros de cosmovisión más populares: “El universo de al lado: un catálogo básico de cosmovisión” de James Sire. No hay “universo de al lado” –hay solo un universo, aquel al cual todos somos llamados a habitar y describir honestamente. Y las cosmovisiones no son algo que puedas comprar viendo cuál de ellas se ajusta mejor o está alineada con tu sentido de estilo. Hablar de este modo es hablar el lenguaje de la cosmovisión posmoderna al que muchos de los guerreros cristianos de la cosmovisión están determinados a oponerse.

Pero es difícil que la metáfora no nos guíe por ese camino. Quizá no ocurra así con cosmovisión-como-mapa; en caso que haya diferentes mapas, pero solo una realidad, entonces solo uno de los mapas puede orientarte genuinamente. Pero con la metáfora de cosmovisión-como-lentes, es fácil pensar en términos de diferentes lentes que uno puede intercambiar, produciendo diferentes imágenes del mundo coherentes internamente, sin tener (¿o no ser capaz?) de encontrar el mundo en sí mismo. Esto, de hecho, no es coincidencia, sino que se remite a la genealogía intelectual de “cosmovisión” que se traduce así del alemán Weltanschauung, término acuñado por Kant en 1790. La filosofía de Kant hizo una rígida distinción entre el mundo-en-sí y el mundo en cuanto construcción de nuestras mentes, una distinción que irónicamente es uno de los chivos expiatorios de muchos profesores de cosmovisión cristiana. Hablar de una “cosmovisión cristiana” es tácitamente admitir esta construcción del mundo idealista y subjetivista, que se encuentra en tensión con el realismo filosófico que caracterizó a casi toda la tradición cristiana previa.

Pensamiento descuidado

La acumulación de todos estos defectos conspira para crear una atmósfera que es difícilmente apta para el cultivo de las virtudes intelectuales. Los guerreros de la cosmovisión son más propensos a estar interesados en tener respuestas que en realizar preguntas; más en descartar enemigos que en relacionarse con ellos; en enseñar más que en aprender. El cosmovisionalismo, como es practicado usualmente, no es un enfoque que anime la paciencia, la humildad, el discernimiento o la persuasión. En efecto, en tanto que cualquier pasión debe nutrirse por el conflicto, y que el cosmovisionalismo parece que promete un atajo barato al conocimiento, no suele crear estudiantes encendidos de un amor por la verdad.

¿Digno de salvar?

Ciertamente, muchos de los sabios proponentes del “pensamiento de cosmovisión cristiana”, son cuidadosos en tratar y alcanzar las cualificaciones para prevenir estos peligros. Al Wolters, por ejemplo, en su buen libro “La Creación Recuperada: Bases Bíblicas Para Una Cosmovisión Reformacional”, se desvía de su camino para reconocer que las cosmovisiones no necesariamente son consistentes internamente, que son usualmente “medio inconscientes y desarticuladas”, y que usualmente los factores materiales influencian nuestras acciones tanto como lo hacen los factores intelectuales; y privilegia la metáfora del “mapa” por sobre la de los “lentes”. También nota en su conclusión “que una cosmovisión bíblica no provee respuestas, ni siquiera a una receta para hallar respuestas, a la mayoría de los confusos problemas con los que nuestra cultura nos confronta en el presente”.

Aun así, el trabajo de Wolters no está del todo libre de las ambigüedades enumeradas anteriormente, y pese a lo mucho que él trata de cualificar, es difícil para el lenguaje de la “cosmovisión” el no ser contaminado por sus asociaciones, con los acercamientos mucho más torpes que uno encuentra con mayor frecuencia. Dado el frecuente abuso del concepto por esa intelectualidad mecanizada de las guerras culturales, vale la pena preguntarse si es realmente digno de salvarlo.

¿Qué hay con la sabiduría?

Esto es especialmente importante dado que –irónicamente a propósito del mantra de la “cosmovisión bíblica”- el lenguaje de la cosmovisión es extraño a la Biblia. Incluso de las omnipresentes citas de Romanos 12:2 y 2da Corintios 10:5, difícilmente puede decirse que articulen un enfoque de cosmovisión para el pensamiento cristiano y el discipulado. Y tampoco leemos en Proverbios 9:10 que “el temor de Jehová es el principio de la cosmovisión”.
Por supuesto, hay abundancia de términos o conceptos cristianos perfectamente legítimos que no se encuentran directamente en la Escritura, pero mi punto aquí es que, como subraya esa última cita, tenemos una categoría escritural clara y prominente para hablar de estas cosas: sabiduría. Se nos ordena perseguir apasionadamente la sabiduría (Prov. 4:5,7), se nos ha dicho que “mejor es la sabiduría que las piedras preciosas” (Prov. 8:11), que es por la sabiduría que “reinan los reyes, y los príncipes determinan justicia”, y que “el que me halle [sabiduría] hallará la vida” (Prov. 8:35)

¿Qué es la sabiduría? Pienso que podríamos definir sabiduría como “la sintonía del alma con el orden de la realidad”, sintonía que es en cierta medida natural, y en gran medida transmitida a través de las generaciones, pero que solo puede ser completamente cultivada mediante larga y cercana atención a la realidad compleja que nos confronta. Aunque la sabiduría consiste en principios, son principios recogidos de la experiencia y la reflexión, no prefabricados. La sabiduría implica conocimiento intelectual y una comprensión de cómo se le relacionan las cosas, pero usualmente es práctica y tacita, consiste en y está nutrida por, hábitos virtuosos. La sabiduría no es algo que simplemente tienes o no tienes, como la cosmovisión correcta; es siempre incompleta, y aquellos que tienen más de ella saben mejor cuánto más necesitan adquirir. El temor al Señor es, en efecto, central para la sabiduría, pero la sabiduría no es un sistema autosuficiente único y único para los cristianos, es una sintonía para una realidad compartida, una realidad a la que los no creyentes a veces están considerablemente más atentos de lo que lo estamos nosotros.

En adición a esta sabiduría general, enfocada en la estructura del mundo, la Escritura nos llama a recordar, internalizar e informarnos por la historia, de las obras de Dios en el mundo. Al conocer la narrativa de las obras salvíficas de Dios en la historia, el cristiano es equipado con un entendimiento privilegiado de la naturaleza de las cosas, y el fin de las cosas, y más importante, con las virtudes de la fe, la esperanza y el amor que elevan la sabiduría del cristiano –coronándola, en los santos más maduros, con una visión penetrante y una confianza indomable. Pero si primero no tenemos sabiduría, una sintonía con nuestra realidad compartida, entonces difícilmente podemos esperar que meramente privándonos de más secretos sobre la realidad, como cristianos que somos, repentinamente estaremos capacitados para navegar el mundo con equilibrio y gracia.

En breve, no hay atajos. La sabiduría requiere trabajo. Así que es mejor que nos ocupemos.

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Originalmente publicado en Davenant Institute, 2018. Traducción de Luis Aránguiz Kahn.

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