Estudios Evangélicos

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¿Quién es mi prójimo? ¿De quién soy yo prójimo? Reflexiones en torno al doble mandamiento del amor

            Debemos estar siempre dispuestos a aceptar que Dios venga a interrumpirnos. Repetidamente, incluso a diario, se cruzará en nuestro camino y trastocará nuestros proyectos humanos con sus propias exigencias. Absortos en nuestras importantes ocupaciones diarias, podemos pasar de largo como hizo el sacerdote ante el hombre que había caído en mano de los ladrones… quizás también enfrascados en la lectura de la Biblia. De este modo pasamos de largo ante el signo que Dios ha erigido bien visible en nuestra vida para mostrarnos que lo que cuenta no es nuestro camino sino el suyo. No deja de sorprender que, a menudo, sean precisamente los cristianos y teólogos los que creen que su trabajo es tan importante y urgente que no están dispuestos a dejarse interrumpir por nada. Con ello creen servir a Dios, pero, al hacerlo, desprecian su camino torcido que, sin embargo es recto. (Dietrich Bonhoeffer, Vida en Comunidad)

 

 

El mandamiento del amor al prójimo en la enseñanza de Jesús no aparece nunca en los evangelios como postulado que descansa en la intrínseca dignidad del ser humano o en el infinito valor del alma, tampoco como camino de autoperfección, según la doctrina estoica, mucho menos en el mero asentamiento de la emotividad como primer motor para su puesta en marcha y cumplimiento, sino, antes bien, como el estar situado no frente a la “humanidad etérea” sino frente a un “tú”, en la propia cotidianeidad de mi existencia. Esto es, el próximo, aquel que se cruza en mi camino y que en aquella encrucijada puntual me necesita y ante quien yo debo actuar y conducirme en conformidad con aquella voluntad que ya no me pertenece a mí, sino que la he puesto ella toda en función del camino del seguimiento y del evangelio del reino. Es entonces el mandamiento del amor al prójimo en la predicación de Jesús, ciertamente, un postulado que descansa, como bien lo ha expresado Bultmann[1], en la obediencia sencilla ante la cual se halla emplazado en todo tiempo el discípulo. Surge, entonces, inevitablemente la pregunta: ¿Cómo se articula este mandamiento de amar al prójimo con aquel fundamental mandamiento de amar a Dios?

 

A la pregunta que según el relato de Mc 12, 28-34 un escriba dirige a Jesús como “Maestro”, interesado en conocer su opinión acerca del principal y mayor de todos los mandamientos de la ley -a diferencia del de Mateo y de Lucas que aunque con distintos matices, en ambos se manifiesta de parte del interlocutor, intérprete de la ley, el móvil de la tentación-, Jesús responde aquí apelando a dos mandamientos, el del amor absoluto e indiviso a Dios (Dt 6, 5), y el del amor al prójimo como a sí mismo (Lev 19, 18). Ambos dos mandamientos, perfectamente conocidos en el judaísmo, en la redacción de Marcos Jesús los expone bajo el encabezamiento del Shemá[2]:

 

Y acercándose uno de los escribas que les había oído discutir, habiendo visto que les respondió correctamente le preguntó: ¿Cuál de todos es el primer mandamiento? Contestó Jesús: El primero es: ¡Oye Israel, el Señor nuestro Dios, es el único Señor!, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu vida, con todo tu entendimiento y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos. Le dijo el escriba, bien, Maestro, hablaste con verdad, porque El es uno y no hay otro fuera de El, y amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda la fuerza y amar al prójimo como así mismo es mayor que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús viendo que respondió sabiamente le dijo: no estás lejos del reino de Dios. Y ya ninguno se atrevía a preguntarle.  (Mc 12, 28-34).

 

Es cierto que el judaísmo conoce discusiones rabínicas respecto al grado de dificultad o levedad de observación de los mandamientos de la ley. No obstante, el hacer distinciones valóricas entre mandamientos rituales y éticos le resulta completamente desconocido. Quien cumple con los mandamientos rituales y observancias litúrgicas ya ha cumplido con la ética de ley y el amor al prójimo, por cuanto ésta no establece sobre aquello distinciones fundamentales. Es en razón de esto mismo que llama de inmediato la atención el que en Marcos aparezca este episodio luego de la purificación del templo y que, por otra parte, éste no presente como en el caso de Mateo, a los dos mandamientos, el del amor a Dios y al prójimo, explícitamente, como de igual importancia. Y, sin embargo, ante la respuesta que el escriba ha dado y que según Jesús ha sido un responder con sensatez  -aunque de hecho éste no ha hecho otra cosa más que repetir las mismas palabras de Jesús con el agregado de que hacer aquello vale más que todos los holocaustos y sacrificios-, Jesús concluye el diálogo diciéndole al escriba: “No estás lejos del reino de Dios”

 

Pues bien, ¿quién es este Dios que exige de su pueblo aquel amor con todo el corazón, con toda la vida, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas? Según el Shemá aquel Dios único y verdadero, aquel que se ha dado a conocer no a través de los procesos cíclicos de las estaciones del año, confundiéndose él mismo con la naturaleza, sino que se ha revelado definitivamente en la historia de un pueblo, el Dios de la Alianza, el Dios que ha elegido a Israel de entre todos los pueblos de la tierra y lo ha adoptado como a su hijo, haciéndolo exclusiva pertenencia de su propiedad. Este es el Dios a quien Israel debe amar, no de labios ni palabras, no de puro asentimiento o emotividad, sino a través del amor que se concreta en la obediencia y en la fidelidad al Pacto y que nace como respuesta de gratitud por todo lo que Dios ha hecho por él. Pero este mandamiento de amor indiviso al Dios único y verdadero, que resulta en exigencia y fundamento de toda la fe de Israel, al conectarlo Jesús inmediatamente con el mandamiento del amor al prójimo, establece, así, de una forma que resulta particular de su enseñanza[3], de un doble mandamiento uno sólo, que fundamenta el contenido todo de la ley en el cumplimiento único del amor.

 

En primer lugar, con respecto del segundo mandamiento, se debe reconocer que éste no podría resultar tampoco completamente novedoso para el judaísmo, toda vez que resulta en cita casi literal de Lev 19, 18. También el rabinismo contiene proposiciones en las que el amor al prójimo, concretamente, no buscar su mal, quedan suficientemente expresadas, incluso como contenido fundamental de la ley. De este modo se conoce el dicho de Hillel cuando respondiendo a la pregunta de un no judío respecto al contenido de la ley dice lo siguiente: “Lo que no quieras que te hagan a ti, no lo hagas a tu prójimo. Esto es la suma de la ley. Todo lo demás es sólo explicación suya. Ve y aprende”[4]. Y, sin embargo, aquel “tú” ante el cual todo judío, como un “yo”, está en este contexto del judaísmo obligado es el compatriota, el paisano, el judío, el “prójimo”, quedando libre de esta obligación tanto el pagano como el enemigo[5]. De esta forma, según Mt 5, 43 se recoge luego del mandamiento de Lev 19, 18: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo”, dicho que sin duda recoge el espíritu de la moral popular: “y aborrecerás a tu enemigo[6]. En la enseñanza de Jesús, en cambio, la exigencia del amor al prójimo no resulta sólo, negativamente como en Hillel, en no incurrir en acciones que puedan afectar la integridad o bienestar del prójimo, sino, mucho más aún, activa y positivamente, en buscar decididamente aquello que reporta en su bien a través de todas aquellas acciones concretas que pertenecen no al mundo de una etérea idealidad, sino de mi propia y concreta existencia ante la cual también se encuentra mi prójimo, esto es; la renuncia (Mt 5, 42); el servicio (Mc 10-42-45); la asistencia al necesitado y menesteroso (Mt 25, 31-46), etc. Incluso, ni siquiera la propia ley con sus estipulaciones rituales, observaciones meticulosas para la vida diaria, etc., puede erguirse como obstáculo o barrera para la consecución de esta acción que busca el bienestar del prójimo, ya que el contenido de la ley se fundamenta en el mandamiento del amor a Dios, éste Dios que también quiere que se ame al ser humano. Así, Jesús, puede sanar al hombre con la mano seca aun en día de reposo (Mc 3, 1-6), porque lo que realmente aquí cuenta para decidirse a actuar es si: ¿Es lícito en sábado hacer el bien u obrar el mal, salvar una vida o perderla?” (4)

 

Ciertamente intentar proponer la alternativa, “culto o piedad”, “fe o acción”, como si entre ambas dimensiones de la vida se debiera establecer una especie de zanja valórica excluyente y sin mediación alguna, no resulta como tal una lectura en modo alguno válida de la enseñanza de Jesús. Así, Jesús, dice en su disputa contra fariseos y escribas, que la justicia, la misericordia y la fe puede ser atendida sin necesidad de dejar de diezmar la menta, el comino y el eneldo (Mt 5, 23); llama primero a la reconciliación con el hermano antes de presentar alguna ofrenda en el altar, pero no hace de ésta un ejercicio inválido e inocuo (Mt 5, 23-24); sana a los diez leprosos de su enfermedad, al tiempo en que los envía a presentarse ante el sacerdote (Lc 17, 11s). El centro gravitante, no obstante, de toda esta situación reside, más bien, en que todas estas disposiciones de la ley, observancias rituales, ceremonias litúrgicas, días sagrados, ofrendas, etc., dicho positivamente: “Justifican su existencia en tanto respuesta en gratitud al amor de Dios con su pueblo y en tanto actualizan históricamente ese amor de Dios. Este Dios que ama y busca el bien del ser humano y, por lo tanto, están puestas todas ellas al servicio del ser humano”. Dicho negativamente y colegido de lo anterior: “Todas estas disposiciones de la ley, observancias rituales, ceremonias litúrgicas, días sagrados, ofrendas, etc., no pueden entorpecer la acción concreta de buscar el bien del otro, no pueden erguirse como bienes inamovibles y absolutos cuando de por medio está la vida y la dignidad del ser humano, no pueden no propender al bien del prójimo aludiendo a que primero se debe propender, mediante su estricto cumplimiento y observación, al de Dios, puesto que la fuerza centrípeta sobre la cual se comprenden y articulan todas estas disposiciones, actuando al mismo tiempo como centro gravitante, es el mandamiento del amor, sólo allí encuentran su sentido lejos de allí pierden toda justificación”.

 

Pero existe una radicalización todavía mayor en la exigencia del mandamiento del amor al prójimo en Jesús, al punto de que lo hace completamente inadmisible al espíritu del judaísmo y su respectiva comprensión de la ley. Para Jesús el prójimo, al que uno se debe, no sólo en la no incurrencia de acciones en su contra, sino en la propiciación de actitudes concretas que tiendan a su bien, ya no es sólo el compatriota, el amigo, el colega de partido y oficio, aquel con quien se comparte un mismo rango social,  religioso y aun un similar pensamiento, sino, también, aquel que aparece ante la ley bajo un rango de concreta sospecha y de desmedro moral, y del que toda persona piadosa y temerosa de la ley, “sensatamente”, se debiese apartar (Mc 2, 13-17; Lc 7, 36-50). Incluso, todavía más, también cabe aquí en esta comprensión del prójimo nada menos que el propio enemigo, del que no sólo no me está permitido, de modo negativo, buscar revancha o venganza, sino, positivamente, a quien estoy llamado también a amar (Mt 5, 44).

 

No cabe duda de que el mandamiento a amar al prójimo en la enseñanza de Jesús, cuánto más como queda claramente expresado en el llamado a amar incluso al enemigo, es un postulado que sólo puede descansar para el discípulo en el marco de la obediencia. Una obediencia, desde luego, en modo alguno ciega, y que en última instancia se fundamenta en la respuesta en gratitud al amor de Dios y no en un acto reflejo de la emotividad. ¿Quién podría afirmar que el amor al enemigo se fundamenta en alguna cualidad o virtud de éste digna de amar? ¿Quién podría argumentar que la decisión de buscar el bien del propio enemigo es un impulso natural de la emotividad humana? Quienquiera hacerse cargo con total responsabilidad de esta decisión y voluntad de amar al enemigo, al adversario personal, a aquel que nos humilla, nos denigra y que busca decididamente nuestro mal, sabrá por experiencia propia que la decisión de amar aquí ni descansa en un primer impulso de emotividad natural, ni puede esperar el hallazgo de algún don particular en éste para comenzar por fin a actuar. ¡Todo lo contrario!, lo esperado aquí es el impulso natural a vengarnos, a hacernos “justicia” por nuestra propia cuenta y esperar el mal alcance a aquel que nos ha ofendido.

 

En definitiva, la exigencia del amor al prójimo en la enseñanza de Jesús no conoce límites ni fronteras, delimitaciones éstas que cuando no son capaces de superar los estrechos márgenes de la pertenencia y la identidad grupal, religiosa o nacional desembocan casi inevitablemente en la construcción de fetiches divinizados, becerros de oro que sólo pueden perpetuar su existencia mediante la aniquilación de todo cuanto les parece puede amenazarles con fundir sus pies de barro, vale decir, la destrucción de todo pensamiento disímil, de toda particularidad que no se ajusta a la construcción de su mundo formulado en serie. Por ello, en esta peculiar construcción de identidades, se genera un desquiciado amor hacia lo propio, hacia los iguales, hacia los congéneres, tanto como se exacerba la odiosidad y descalificación hacia los otros, hacia aquellos que por distintos, vale decir, desconocidos, resultan peligrosos. Por tanto, quien se decide a amar como un acto propio de la voluntad y no como un mero impulso de la emotividad, también a aquellos que le resultan distintos, que no comparten su mismo mundo de experiencias con el suyo, que sus creencias y estilo de vida no sólo le pueden resultar disímiles sino hasta abiertamente antagónicos, se libera él mismo del fetichismo esclavizante del pseudoamor.

 

Todo lo anterior queda mucho más de manifiesto en la redacción del doble mandamiento del amor en Lc 10, 25ss. Aquí, como en Mt, el escriba toma la palabra para inquirir capciosamente una respuesta de Jesús, pero a diferencia de Mc y Mt no pregunta ya por el mayor y más grande mandamiento de la ley, sino por qué cosas ha de hacer para obtener la vida eterna, las que él mismo responde mediante la presentación del doble mandamiento del amor. Mas, luego de que él mismo ha respondido correctamente y ha recibido la aprobación a su respuesta por parte de Jesús, formula paso seguido la fundamental pregunta: “Y ¿quién es mi prójimo?”, según Lucas, para justificarse a sí mismo. Comprendiendo Jesús que el escriba mediante aquella pregunta sobre quién es el prójimo tan sólo procura recibir respuestas precisas que delimiten concretamente hasta dónde debe estar él obligado con el otro, y de paso a través de aquella dialéctica que reduzca al “prójimo” a una teorización intelectual, evadir su responsabilidad a la obediencia sencilla, ofrece en aquella parábola del buen samaritano la respuesta concreta, simple y sencilla sobre quién es el  prójimo, o mejor dicho, de quién es uno prójimo. Tanto el sacerdote como el levita al ver al hombre que yace tendido en el suelo, abandonado y gravemente herido, han pasado de largo continuando su camino sin prestarle ayuda ni atención al afligido, en cambio, el que ha interrumpido su trayecto compadeciéndose de éste, y no sólo meneando su cabeza ante tan desgraciado cuadro, sino actuando decidida y concretamente en su ayuda, vendando y curando sus heridas, poniéndole luego en su propia cabalgadura para llevarle hasta una posada y cuidar allí de él, pagando incluso al posadero hasta que su recuperación haya sido completa, ha sido, ni más ni menos, que aquel despreciable mestizo, el aborrecido samaritano. Éste, el samaritano, ha comprendido mejor que aquellos correctos judíos conocedores de la ley de Dios la radical exigencia del amor, los que tal vez sí se han sentido conmovidos por el cuadro de un hombre tendido en el suelo herido o quizá ya muerto, pero que, al fin y al cabo, han estado más preocupados de no alterar la formalidad de su religión, que asumir los riesgos inevitables que conlleva tomar posición concreta por el necesitado.

 

Resumimos lo dicho hasta aquí: La exigencia del doble mandamiento del amor en los evangelios sinópticos, aun cuando se deje entrever en cada uno de éstos matices particulares de su característica impronta teológica, apunta, por una parte, a que el mandamiento a amar a Dios no reviste una categoría de la vida del ser humano que se pueda comprender como realizándose en un departamento distinto: eclesiástico, litúrgico, religioso, por decirlo de algún modo, al del mandamiento del amar al prójimo, tanto, como por otra, a que el amor al prójimo es siempre una determinación ciertísima a asumir los riesgos de no ver en éste simplemente un caso susceptible de ser articulado, encasillado, clasificado según la casuística de la tradición. Por lo tanto, tal mandamiento al amor al prójimo constituye un reto indiscutible a franquear las convenciones, los prejuicios y los estereotipos que hacen de cada caso y de cada ser humano con anterioridad una norma standard. Ciertamente, en tanto el factor humano se componga de un elemento dado tanto como por otro siempre abierto al futuro y a la novedad de cada nueva experiencia y situación, el mandamiento del amor resultará también en un llamado a la decisión que se abre a su vez a la creatividad, a la entrega, al desafío y al riesgo de cada nueva contingencia.

 

Es por esto que el llamado a la decisión de amar al prójimo como acto concreto de la voluntad, tal como el llamado al camino del seguimiento, será siempre una acción dinámica y no estática, imposible de fijar para cada situación de acuerdo a un solo canon articulado una vez y para siempre. Hacerlo así, no sería otra cosa más que fosilizar el mandamiento, tal como en el judaísmo, en una serie de formulaciones y estipulaciones estereotipadas y configuradas a priori, que en virtud de aquella rígida conceptualización previamente establecida, privaría al observante del riesgo siempre latente del acto de amar y del compromiso sin rodeos por la persona humana a que emplaza aquella concreta voluntad. No es posible comprometerse con el perdón sólo hasta siete veces y luego de cumplir con aquella estricta cuota quedar liberado del perdón al infractor (Mt 18, 21-22); no es posible renunciar a la violencia y a la venganza sólo y cuando el infractor nos hiera en la mejilla, mientras que si nos hiere en otro miembro sí sabernos con el derecho a vengarnos (Mt 5, 38). Ahora bien, frente a todo esto, ¿no es posible que tal como existe el indudable peligro de convertir el mandamiento del amor al prójimo en una fría casuística preestablecida y privada en consecuencia de los riesgos y la vulnerabilidad a que entraña la acción concreta de amar, también exista el peligro de someter el mandamiento a la sola impulsividad que lo reduce todo al instante de la situación y, en definitiva, a una mera ética situacional?[7].

 

Antes de intentar dar respuesta a aquello se hace necesario volver a retomar los conceptos que Jesús vierte ante la correcta respuesta del escriba en la redacción del doble mandamiento del amor tanto en Marcos como en Mateo. En Mc 12, 34 Jesús le señala al escriba: “No estás lejos del reino de Dios”, entre tanto que, en Lc 10, 28: “Haz esto y vivirás”. Habrá que entender entonces con G. Bornkamm[8] que en esta conclusión final con que la redacción de Marcos y Mateo se pone fin al diálogo entre Jesús y el escriba, lo que realmente se pretende declarar es que en tal respuesta se ha pronunciado ya una verdad última y definitiva sobre la cual no hay más que teorizar, ni intentar desglosar en múltiples segmentaciones, sino sólo practicar a fin de hallar el camino de la vida. Es innegable que el mandamiento del amor al prójimo en la enseñanza de Jesús no se legitima a sí mismo ni encuentra allí su contenido y propósito en ningún tipo de casuística preestablecida y descarnada de la situación concreta del ser humano, pero, tampoco, como bien lo ha expresado W. Schrage, se “traslada toda la responsabilidad a la situación”[9], de modo, por una parte, que en la rigidez de una norma preestablecida y unívocamente fijada se olvide completamente la vulnerabilidad y precariedad de la persona humana y la novedad de cada nueva experiencia con su propio mundo de antecedentes a que esta siempre conlleva, o bien, por otra parte, sea aquella propia vulnerabilidad y contingencia humana y su mundo nuevo de experiencias, las que determinen el modo en que aquella acción de amar deba ser dirigida para cada caso y circunstancia, sin el soporte de una realidad previa, un fondo programático anterior que lo fundamente y direccione. Al contrario de todo esto, en Jesús este mandamiento de amar al prójimo no se comprende a sí mismo como una acción desligada ni del ser humano concreto y su situación contextual ni de toda realidad previa, sino, más bien, como acción y voluntad que responde a aquella comprensión del reino de Dios y de la cual él forma parte principal, integral, preponderante, aunque no excluyente ni única.

 

El prójimo no se ha vuelto, así, en el absoluto y único mediador entre Dios y los hombres, de modo que su amor y graciosa voluntad sólo halle en éste su vaso comunicante, de suerte entonces que la observación de Schrage[10] respecto de si llevado esto hasta sus últimas consecuencias no convertiría a Dios en una estructura ideológica de la que en cualquier momento se podría prescindir para expresar o querer decir lo mismo: “solidaridad humana”, resulta completamente válida y hasta ciertísima desligada de esta realidad en la que el mandamiento se circunscribe y articula: “el reino de Dios”. Ahora bien, en Marcos, como en el resto de los evangelios, el mandamiento de amar a Dios no ha experimentado una transfusión tal, al punto de que ya todas sus propiedades y exigencias hayan sido transmutadas al mandamiento de amar al prójimo, de forma tal que el amor a Dios quede completamente agotado y reducido en el del ser humano. ¡De ningún modo!, el amor a Dios es exclusivo y no admite sustitutos de ningún tipo, aun los lazos más cercanos del ser humano y que a su vez constituyen la base de toda vida en sociedad, deben ser cortados cuando estos se levantan como competidores del amor que irrestrictamente se le debe a Dios únicamente, impidiendo el transitar incondicional del discípulo por el camino del seguimiento (Mt 10, 34-38; Lc 14, 25-26). No obstante, el Dios que se ha vuelto, ha amado y se ha entregado hasta la propia muerte por el ser humano, mediante aquel que siendo Dios se ha hecho verdaderamente, desea que el hombre volviéndose a Dios se vuelva también al ser humano, amando a Dios ame también al ser humano, entregándose a Dios se entregue también al ser humano. Por lo tanto, quien diga amar verdaderamente a Dios debe amar también al ser humano, quien diga servir verdaderamente a Dios debe servir también al ser humano. Amar y servir sólo a Dios con exclusión del ser humano, es sólo una funesta desfiguración de la fe, ¡es la deshumanización de Dios! Amar y servir sólo al ser humano como si aquí quedase ya completamente contenido todo cuanto podamos decir de Dios, es simplemente un desvirtuado humanismo, ¡la autodivinización del ser humano!

 

Por tanto, la ligazón que une inextricablemente el doble mandamiento del amor no debe buscarse, entonces, en una equiparidad ya sin límites ni distinciones entre el amor que se le tributa a Dios y el que se le debe al ser humano, sino que ambas exigencias quedan vinculadas a partir del principio fundamental del mismo amor, en tanto acto de renuncia del ser humano a su afán de comprensión y afirmación únicamente a partir de sí mismo, de sus propias posibilidades y de los datos que le rodean. Sólo la renuncia incondicional a la que invita el amor, abre y dispone al hombre para ser interpelado y aprehendido por la Palabra de Dios y su llamada al camino del seguimiento, y para ofrecerse, a su vez, en el transitar de este propio seguimiento al otro, al prójimo, en completa gratuidad de amor. Por esto, quien se adueña de sí mismo, se hace pertenencia de su exclusiva propiedad, se cierra a toda acción de dar y entregar y vuelca así, de este modo, todos los afanes de su existencia a la consecución de sus solos apetitos, logros e intereses, este tal, no sólo se ha hecho sordo ya para oír la palabra del hombre, sino, por cierto, también, la Palabra de Dios. Dicho de otro modo, se ha vuelto incapaz de amar. Ciertamente existe una íntima comunión de contenidos entre el camino del seguimiento y la acción de amar al prójimo bajo el sello de la renuncia incondicional. En el primero, es la voluntad del hombre la que se pone a entera disposición de la voluntad del que lo llama, en la segunda, esta misma voluntad renuncia a su propio egoísmo natural para volcarse en la atención y cuidado de quien requiere de su ayuda y concreta acción de amar, el prójimo.

 

Pues bien, en Mc el escriba preguntaba por el primero de todos los mandamientos, en Mt por el mayor de todos, en Lc por qué es lo que se debe hacer para heredar la vida eterna, luego y en conformidad con toda la enseñanza veterotestamentaria, la ley, los profetas y los escritos; ¿no habría sido ya más que suficiente con responder unívocamente a todo esto con el primer y mayor de todos los mandamientos, aquel del amor indiviso y absoluto a Dios sobre el cual descansa toda la fe y la existencia misma de Israel: “Oye Israel, el Señor nuestro Dios, es el único Señor!, y amarás a al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas”? La respuesta no se hace esperar, un amor a Dios que se circunscriba única y exclusivamente a esa sola esfera divina y sus actividades, negocios, intereses, pero con exclusión de la dimensión humana, bien puede convertirse en un subterfugio religiosamente articulado tras el cual se oculte el terrible demonio del egoísmo humano, la incapacidad de entrega y sacrificio, el derecho indolente e intransigente a preservar la propia voluntad y no someterla a la divina, en otras palabras, el no cumplimiento del mandamiento a amar a Dios. Por esto, junto con aquel gran mandamiento debe ser cumplido también aquel otro: “Y amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ya que, “no existe otro mandamiento mayor que éstos”.

 

Esta indisoluble conexión entre el mandamiento a amar a Dios que exige y fundamenta al mandamiento de amar al ser humano, se concreta de un modo completamente expreso en la persona de Jesús y no sólo en su enseñanza. En efecto, Jesús no sólo anuncia el don salvífico de Dios para con todos los hombres y mujeres, sino que, además, comparte de un modo estrechamente cercano con aquellos que según la enseñanza de los doctores e intérpretes de la ley, o bien se encuentran rezagados de éste, las mujeres (Mc 15, 40-41) y los niños (Mc 10, 14-16 par), o bien, completamente marginados, los publicanos y pecadores, con los que además, insólitamente, en una íntima actitud de acercamiento y aceptación ni más ni menos come (Mc 2, 16), no exculpando ni solidarizando con su estilo de vida, de modo de conferirle a ésta una especial gracia ante Dios, sino comprendiendo que tras aquella condición de miseria y esclavitud se encuentra el hombre y la mujer necesitados y afligidos bajo el peso de aquella misma miserable situación. En virtud de aquello, Jesús puede responder también a los escribas y fariseos que repudian este trato ignominioso con los pecadores que bien afrentaría a cualquier verdadero Rabí: “Los sanos no tiene necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2, 17). Ciertamente, todos estos despreciables personajes para el mundo de la ley nada pueden presentar como digno o meritorio ante Dios, nada pueden ofrecer ante él, ninguna justicia o don visible cuya manifiesta evidencia pudiera ser perfectamente reconocible incluso por los mismos hombres, como en el caso de los escribas y fariseos que pasean su santidad y justicia por las calles y las plazas (Mt  23, 1ss; Lc 18, 9-14), sino que su sola presencia ya es objeto visible y manifiesto de contaminación para los “justos”. Ellos, los pecadores, sólo se tienen a sí mismos y esto es lo único que pueden exponer ante Dios. Así lo expresa el publicano en la parábola de Lc 18, 9-14: “Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aún alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc 18, 13).

 

Empero, tampoco Jesús según la exposición de todos los evangelios, podría ser convertido en una especie de resentido social, a quien sólo le interesaren los desposeídos y marginados de este mundo, algo así como un caudillo de la periferia. Su llamado a la conversión y al arrepentimiento y, por lo tanto, a gozar de la gracia y del don salvífico de Dios, de igual modo se extiende a los ricos y acaudalados, a los que también les extiende la invitación a tomar su cruz y seguirle (Mc 10, 21), incluso, también a aquellos que según los propios evangelios resultan ser sus enemigos por antonomasia, los fariseos, con los que en un signo de íntima fraternidad también puede participar sin prejuicio alguno de su propia mesa (Lc 7, 36ss). Pero ricos y fariseos, prósperos y justos, a diferencia de los pobres, marginados y pecadores de la tierra que sólo se tienen a sí mismos como única posesión que ofrecer ante Dios, tienen además de todo esto, y están plenamente conscientes de aquello, su propia riqueza y su justicia o, mejor dicho, sus riquezas y su justicia les tienen a ellos (Mc 10, 24-25), las cuales estiman de acuerdo con la enseñanza de aquella doctrina retributiva, como un signo concreto del favor de Dios. En consecuencia, aferrados a este don visible y concreto, sobre el cual vuelcan todas sus seguridades, les resulta prácticamente imposible renunciar a su propio mundo de esperanzas y refugios y acepta, el llamado al seguimiento al que les invita Jesús.

 

Por ello, la piedad y la justicia cuando fundamentadas en el propio mérito o esfuerzo del practicante, se yerguen como fines en sí mismos y son exhibidas luego como mérito y trofeo ante Dios y ante las demás personas, llegan a convertirse en una verdadera torre de Babel, en la que ya ni Dios ni las propias personas son tomados verdaderamente en serio, sino que lo único seriamente verdadero y que de veras importa es el reconocimiento y devoción de los demás por el propio camino de la autoperfección alcanzada. Esto cuenta especialmente para aquellos que según los evangelios se llaman piadosos y justos a sí mismos (Lc 18, 9). No sólo que éstos ya no toman ni a Dios ni a las demás personas en serio, sino que tampoco a sí mismos se toman en serio por cuanto no son conscientes de su propia situación, esto es, desconocen a causa de su particular comprensión del mérito ante la ley la radicalidad del pecado[11]. No toman en serio a Dios, por cuanto ven en el pecado una falta o incumplimiento solamente en relación con aquella casuística de la ley, y no toman tampoco en serio al ser humano, por cuanto sólo miden a éste bajo la vara del propio camino de su autoperfección comprendiéndole, luego, sólo como medio de cumplimiento con aquella ley. No cabe duda alguna que ha sido este sector moralmente habilitado, socialmente reconocido, teológicamente influyente el que se ha opuesto más tenazmente a Jesús y su mensaje, toda vez que han comprendido el peligro que para sus propios asuntos e intereses entraña la predicación del evangelio del reino y la llamada al camino del seguimiento. Su situación viene a ser, por tanto, cuánto más trágica que la de aquellos evidentes y notorios pecadores por cuanto su piedad, justicia y prosperidad les separa más que a estos sus pecados de Dios[12]:

 

¡Ay de vosotros, los ricos! Porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! Porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís! Porque lamentaréis y lloraréis. ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Porque así hacían sus padres con los falsos profetas. (Lc 6, 24-26).

 

Por último, y ya para finalizar, retornemos a la pregunta que habíamos esbozado como título de nuestro estudio: ¿Quién es mi prójimo? ¿De quién soy yo prójimo? Pues bien, en virtud de esta nueva comprensión de Dios y del ser humano que brota de la enseñanza y vida de Jesús, el prójimo ya no resulta ser de acuerdo a aquella imperante comprensión exclusivista y fragmentaria del judaísmo, únicamente aquel que comparte mi misma nacionalidad e intereses políticos, aquel que responde y participa de mi mismo rango social y cultural, aquel que confiesa y solidariza con mi misma estructura religiosa y moral, aquel que en otras palabras, básicamente, puedo llamar amigo, compañero, colega o familiar, sino que, sin distingos ni reparos, sin prejuicios ni ningún estereotipos todo aquel que en un instante preciso, cotidiano, terreno, no etéreo, ni abstracto, ni como proyectado hacia un futuro idealizante, se cruza y me interrumpe en mi camino. Aquel, por lo demás, a quien me debo y sobre quien tengo la responsabilidad de acudir sin titubeos en la atención y ayuda de su necesidad, no esperando de él ningún tipo de retribución o reconocimiento a mi expresa voluntad y acción de amar. Todos bien sabemos que nos resulta mucho menos comprometedor y, por consiguiente, más agradable tanto pronunciar como escuchar discursos de amor, aceptación y servicio dirigidos a una humanidad general localizada en un lejano y casi idealizado horizonte: “los pobres y perseguidos de tal o cual lugar”, “los humillados y olvidados de aquel otro sitio”, etc., que cuando estos discursos dichos u oídos guardan relación con el ser humano pobre, hambriento, humillado y olvidado en particular, tanto más cuando éste se encuentra no en aquel “distante y nostálgico lugar”, sino precisamente y con toda su comprometedora presencia “enfrente nuestro”, “a nuestro lado”.

 

Ahora bien, una cosa es, como hemos dicho, que el mandamiento de amar al prójimo no encuentra su fundamentación última ni en la dignidad ni valor sustancial del objeto amado, el prójimo, algo así como en una axiología intrínseca del ser humano, ni en el propio camino de perfección moral o meritorio del sujeto que ama, sino en la voluntad exclusiva de Dios que ama al ser humano y quiere, en consecuencia, que éste también ame a su prójimo, a su hermano, al otro. No obstante, esto no puede ser visto ni mucho menos comprendido como una mera instrumentalización del prójimo en vistas al cumplimiento del mandato de Dios, como quien en esa acción de amar exigida por Dios descuide al propio objeto amado, el prójimo, los hombres y mujeres de carne y hueso, y concentre toda su atención y esfuerzos únicamente en el resultado esperado: “¡Cumplir con la voluntad de Dios!”, de tal suerte que aquella misma “voluntad de Dios” no sólo instrumentalice al prójimo sino que venga, luego, al fin de cuentas, a instrumentalizar al propio Dios. En tal sentido, como tan gráficamente se ha dicho, se estaría así buscando el bien del otro y, de paso, al mismo tiempo, guiñándole el ojo a Dios. Incluso aventajaría aquí, según el propio Jesús, el comportamiento de los paganos y publicanos, los cuales son capaces de amar a sus amigos sin instrumentalizarles como medios abstractos y fríos al servicio de la voluntad de Dios, es decir, sin actuar en favor de ellos sólo porque así, de esta manera, se actúa en favor de Dios (Mt 5, 46).

 

Concluimos: Dios no ha sido ni es indiferente con el dolor y la miseria de los seres humanos, todo el transitar de Jesús como un hombre entre los hombres, ha sido la prueba y garantía irrefutables de aquel Dios que ha condescendido con los seres humanos, al punto de brindarles un amor y amor hasta la mismísima muerte. Es por esto que la negación del amor no ha de ser buscada particularmente en el odio, sino, más bien, en la indiferencia y la apatía. No hace falta, por lo tanto, excusarse de no amar al prójimo arguyendo la no existencia de algún sentimiento de animosidad hacia él, basta, para ello, simplemente, la mera actitud de indiferencia y desgano, distancia y olvido hacia éste.

 

Finalmente, qué duda puede haber en que es la experiencia del dolor, nuestro propio quebranto y aflicción, la que nos empuja a salir fuera de nuestro mundo de quietista seguridad que nos conduce siempre a la indolencia, indiferencia y desgano hacia los demás. De allí también que le resulte tan difícil a todo hombre y mujer poner su corazón en la miseria y en el dolor del afligido y doliente, simplemente, del otro, a menos, claro está, que él mismo haya atravesado por ese mismo camino de la aflicción, de lo contrario, como generalmente lo demuestra la experiencia, sólo verá ante sí “casos”, “situaciones”, etc., a los que habrá de procurar ajustar y medir según la normativa de su tradición. No personas, sino problemáticas generales a las que siempre les habrán de venir tan bien aquellas célebres frases de consuelo o reprensión según corresponda, pero no el hombre y la mujer de carne y hueso que sobrepuja toda generalidad de casos, situaciones y problemáticas y, a través del cual, el propio Jesús nos sale sin excusa alguna a nuestro encuentro.

 

Y ahora bien, con respecto a aquel amar al otro como nos amamos a nosotros mismos, permítaseme esbozar la siguiente inquietud: Es que, ¿sólo tomamos conciencia de este amor que nos prodigamos a nosotros mismos, tan sólo cuando por medio de un acto casi reflejo procuramos todo lo necesario y aun más que necesario para nuestra propia subsistencia y realización, y no acaso con mayor nitidez y propiedad cuando habiendo faltado y fracasado en algún propósito o misión, y quedando así, públicamente al descubierto en nuestros yerros, nos transformamos “nosotros mismos” en nuestro mejor y más abnegado abogado defensor, sabiendo encontrar siempre todos los atenuantes del caso que permitan recrear un cuadro más humano, flexible y comprensible del porqué de la situación en la que hemos fracasado, caído, faltado? Y, también,  ¿no es acaso que aquellos que, como bien decía Karl Barth alguna vez, se complacen en predicar el infierno eterno nunca para ellos sino siempre para otros, cuando se encuentran ellos mismos en alguna condición de desmedro moral, de infortunio ante la vida o de desgracia particular se transforman, aunque bien no lo hayan sido nunca antes con los demás, en ardientes defensores de la gracia cuya acción concreta, recuerdan, tiende siempre a rescatar bajo cualquier circunstancia al ser humano, olvidándose, por cierto, del implacable juicio de la ley de su anterior arenga infernal? Y, además, ¿no es quizá que adquirimos siempre mayor responsabilidad de este amor que nos dispensamos a nosotros mismos, cuando enfrentando el sufrimiento y el dolor hacemos de nuestra aflicción la mayor urgencia del cielo y la atención y ayuda de los hombres aquí en la tierra? O, tal vez, ¿no será que reparamos en lo cuán dispuestos y decididos estamos a luchar por nuestros propios intereses, precisamente cuando no habiendo sido tratados con la suficiente solicitud, dignidad y justicia que nuestra persona creemos merece, reclamamos todos aquellos derechos ignorados sobre nuestra persona y nuestras justas reivindicaciones?

 

Pues bien, tal como cada uno de nosotros dispone de todos sus afanes, esfuerzos, afectos, voluntades e intenciones al servicio de su propia existencia, no sólo cuando está comprometida su subsistencia, sino, además, su defensa, prestigio y dignidad, debe, luego, en consecuencia, hacer lo mismo con su prójimo, con su hermano, con aquel que se cruza en su camino y sale con o sin previo aviso a su encuentro, esto es: Obrando con él tal como si fuera él mismo en ese acto de obrar, volcando su corazón sobre la miseria y necesidad del otro como si fuera su misma miseria y precariedad, alcanzando la gracia al caído y abrumado por el peso de su culpabilidad como si fuera su propio peso y angustia la que la gracia debe alcanzar, procurando el bien y la dignidad del otro como si se tratara de su propio bien y dignidad y asume, por lo tanto, todos los riesgos inalienables a que compromete esa concreta voluntad de amar. Ciertamente, así es como ha obrado con los hombres y mujeres sumidos en su miseria y precariedad el Crucificado en su camino del seguimiento, camino que no ha sido otra cosa que la voluntad siempre constante de entrega, servicio y amor y amor hasta la muerte de Cruz.


[1]El postulado del Amor, en, Jesús, Sur, Buenos Aires, 1968, 83.

[2] Hay que reconocer luego que el encabezamiento del Shemá como encabezado que engarza con la exposición del doble mandamiento del amor en respuesta al principal de todos los mandamientos de la ley, debe serle atribuida a la propia redacción del evangelista Marcos y a los fines de la predicación misionera. Cf. G. Bornkamm, El doble mandamiento del amor, en, Estudios sobre el nuevo testamento, Sígueme, Salamanca, 1983, 174. Incluso el propio Bultmann, Historia de la tradición sinóptica, Sígueme, Salamanca, 2000, 82, ha visto en la perícopa una composición orgánica y uniforme, considerando sólo como elaboración redaccional los vs. 28a y 34b.

[3] Así, también, G. Bornkamm, El doble mandamiento del amor, en, Estudios sobre el nuevo testamento, Sígueme, Salamanca, 1983, 172s, quien observa que el doble mandamiento del amor como resumen de toda la Torá constituye tanto en Marcos como en Mateo un aspecto particular de la enseñanza de Jesús, aun cuando el judaísmo pueda ofrecer aisladas exhortaciones parenéticas de similar orden, v. gr: “Amad sólo al Señor y a vuestros prójimos” (Test Issach 5, 2)

[4] Sabbat, 31a.

[5] Tal obligación de amar que sólo se compromete con el connatural se exacerba todavía más entre los miembros de la comunidad de Qumrán, para quienes todos aquellos que no participan de ella son calificados como “los hijos de las tinieblas”, a los cuales la obligación concreta es a odiar.

[6] Con respecto a esta máxima popular como restricción evidente de Lev 19, 18, Joachim Jeremias presenta tres consideraciones que a juicio del autor resultan imprescindibles para la comprensión del espíritu del texto. La primera es de orden lingüístico, y dice relación con que la pareja de opuestos plesíon-echthros (Lev 19, 18 LXX) es traducción de rea’ (lit. compatriota), de modo que no habría que cargar a Mt 5, 43 con el sentido de “prójimo”, en tanto que echtros significa el enemigo personal, el adversario, y no el enemigo nacional. La segunda consideración resulta en que en los pares de contrastes de las lenguas semitas, la parte negativa más bien es la negación de la parte positiva, de modo que aquí habría que entender el verbo miséo, más bien en su sentido no de “odiar”, sino de “no amar”. Por último, Jeremias aduce que el imperfecto arameo que subyace a los dos futuros griegos de agapáo y miséo no siempre tiene una significación estricta en tiempo futuro, sino virtual, yusivo para el futuro indicativo activo de agapáo (“deberás amar”), y permisivo para el futuro indicativo activo también de miséo (“no hace falta que ames”). Por consiguiente, a juicio de Jeremias, todo el texto de Mt 5, 43 habría que traducirlo de la siguiente manera: “Deberás amar a tu compatriota (Lev 5,43); pero a tu adversario no hace falta que lo ames (dicho popular)”. Teología del nuevo testamento. I La predicación de Jesús, Sígueme, Salamanca, 1980, 250, nota 44.

 

[7] Este riesgo a que entraña sobre todo la comprensión del mandamiento al prójimo en Bultmann ha sido advertido por W. Schrage, El doble mandamiento del amor, en, Ética del nuevo testamento, Sígueme, Salamanca, 1987, 104.

[8] Op., cit., 177.

[9] Op., cit., 104.

[10] Op., cit.,  108.

[11] Cf. especialmente, J. Jeremias, La imprecación, en, Teología, 176ss.

[12] Ibid., 171.

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