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Reflexiones sobre Thunberg y la política común y corriente

La semana pasada, poco después de que la activista climática adolescente sueca Greta Thunberg se dirigiera enojada a las Naciones Unidas, posteé lo siguiente en mi muro de Facebook:

“El mundo está en crisis; no hay nada que negar sobre ello. Siempre lo ha estado y siempre lo estará en la era presente. Hay tantas injusticias por las cuales enojarse, y también pasé por un periodo de enojo y aflicción así durante mi juventud.

Pero mirando esta presentación, me pregunto si esta aún muy joven mujer, está asumiendo mucha responsabilidad en nombre del planeta entero, más de lo emocionalmente saludable para ella. Esto me sugiere que sus padres necesitan ofrecerle mejor orientación, quizá motivándola hacia la ingeniería o alguna profesión que le dará la esperanza de que puede marcar una diferencia de algún modo.

Ninguna persona puede curar las enfermedades del mundo, y Greta no debería ser animada a llevar esta carga sobre sus hombros, especialmente, no en esta forma tan pública. Toma tiempo para la familia, los hobbies, amigos y, si, causas políticas, pero no seas consumido por ellas”.

Yo sabía que algunas personas probablemente estarían en desacuerdo con mi apreciación, pero no esperaba tener más de cien comentarios, en respuesta a los cuales consideré apropiado hacer algunas clarificaciones.

Para comenzar, no creo que Thunberg esté siendo manipulada por sus padres o por adultos asociados. Su propia declaración me lleva a concluir que está sinceramente apasionada respecto del cambio climático. Muchas mujeres jóvenes de su edad pasan su tiempo fuera de la sala de clases dando vueltas alrededor del mall local complaciéndose en las diversiones adolescentes típicas. Es estimulante ver a alguien tan joven tomar en serio un asunto de importancia con consecuencias globales. Me recuerda al canadiense Craig Kielburger, quien se comprometió con levantar una preocupación publica sobre la explotación del trabajo infantil mientras estaba en su segunda década. Si, a veces, la gente joven hace cosas impresionantes que las colocan en el foco público. Thunberg es una de ellas. Por eso debe ser aplaudida.

Dicho lo anterior, sus propias palabras y el enojo con el que las comunica, nos dice que ella debería más bien no estar hacer haciendo esto en absoluto. Ella debiese preferir estar de vuelta en la sala de clases con sus amigos. Esto es lo que me motivó a preguntarme si acaso ocurre que ella esté cargando mucho del peso del mundo en sus propios hombros. Necesitamos el celo del activista. Necesitamos a los Martin Luther King, los Ralph Naders y las Jane Jacobses del mundo para traer estos temas negados a la superficie, donde está la atención de la gente. Necesitamos de ambos, los guerreros de la justicia social (social justice warriors) y los conservadores sociales, que presenten sus posiciones para que sus conciudadanos se acerquen a sus propuestas. Pero necesitamos pesar sus propuestas en balanza cuidadosamente, porque usualmente ocurre que los activistas están viendo un solo lado del cuadro total, dispuestos a sacrificar sus propios múltiples y mundanos intereses como los de los otros, en el altar de esa causa primordial.

Por esto es que resulta tan importante, en medio de las idas y vueltas de la política de las demandas, mantener el respaldo a y fortalecer los procedimientos ordinarios de la deliberación que conforman nuestras instituciones políticas democráticas. Esto requiere un alto grado de paciencia con la lentitud y el desorden de la política, como Hannah Arendt, Sir Bernard Crick y Jean Bethke Elshtain nos recuerdan hasta el dolor. Las democracias constitucionales proveen un foro para que nuestros representantes hablen entre ellos y, más importante, se escuchen unos a otros. Una política que se rebaja al griterío tras las barricadas es una política en peligro de sucumbir a la seducción de la ideología.

Crick tiene mucho que decir sobre la ideología y su conexión con el totalitarismo en su libro clásico del 1962, En defensa de la política, el cual recomendaría vivamente a cualquiera con un interés sobre el tema. En particular, nota que los regímenes totalitarios cultivan una ética del sacrificio y un estado de emergencia indefinido para justificar su permanencia en el poder (p. 50). Durante os estados de emergencia, los gobiernos toman atribuciones que no debiesen tomar de otra manera, como cuando Abraham Lincoln suspendió el habeas corpus durante la Guerra Civil Americana, y como cuando Franklin Roosevelt deportó a japoneses americanos desde la costa oeste de los Estados Unidos en medio de la Segunda Guerra Mundial. Estas dos acciones no habrían sido justificables en tiempos de paz, pero fueron permitidas durante un estado de guerra.

Ahora bien, admito que, junto con la mayoría de la gente, no tengo suficientes conocimientos científicos en torno al cambio climático como para hacer una valoración, y ciertamente no lo haré aquí. Si la vasta mayoría de los científicos están orientándose en una dirección particular, mi instinto es confiar que ellos saben de lo que están hablando. Además, si aquellos que niegan con más vehemencia que el cambio climático es real están en el rubro de las compañías de combustibles fósiles, eso da más razones para dudar de los así llamados “negacionistas”.

Al mismo tiempo, a lo largo de lo vivido hemos visto numerosas alarmas: que el mundo está en un estado de emergencia debido al crecimiento explosivo de población, una nueva era del hielo, una disminución de la capa de ozono, crecimiento del mar y calentamiento global, todas con la implicación de que tenemos un tiempo breve para hacer algo por rectificar los desastres asociados que vendrán. Dado que estos pronósticos son entregados con tanta insistencia y autoridad, muchos serán tentados a dudar si los procesos políticos normales son adecuados para sortear la situación. Quizá algo como una ley marcial sea lo necesario para evadir la testarudez de los legisladores e implementar medidas radicales para evitar la catástrofe.

Aquí es donde aparece el peligro. Cuando toda causa se vuelve una emergencia, la gobernanza constitucional es amenazada. La tentación de declarar la causa propia como una emergencia no está limitada de ninguna manera a aquellos que presionan por remedios a problemas ecológicos. Lo mismo podría decirse de la pobreza urbana, el abuso de drogas, el analfabetismo funcional, el alto desempleo, los déficits del presupuesto anual, la deuda nacional, la escasez de médicos locales, y el alto costo de la salud. Por supuesto, no hay atajos para arreglar ninguno de estos asuntos, todos dignos de atención. Los activistas presionan a los gobiernos con un celo resuelto para llevar su problema particular a la cima de la agenda política. Y no hay nada de malo en esto. Necesitamos esas personas.

Así y todo, los activistas usualmente no son los mejores para ocupar directamente la oficina pública en que harán política para todos, porque tienden probablemente a subestimar la significancia de otros asuntos no relacionados directamente con los de ellos. Si Crick está en lo correcto en cuanto a que la política es la tarea, a veces enmarañada, de conciliar pacíficamente la diversidad al interior de una unidad particular de gobierno y que “no debemos esperar mucho de la política”, entonces deberíamos precavernos de cualquiera que prometa una solución a nuestros problemas mediante un cortocircuito de los procesos políticos normales.

Volvamos al activismo climático de Thunberg, el cual en un sentido es admirable. Creo firmemente que Dios nos ha llamado a cuidar su creación. Soy lo suficientemente viejo como para recordar lo que Lake Erie era antes de la adopción de regulaciones medioambientales alrededor de medio siglo atrás. Nadar como niño en un lago oloroso, lleno de peces muertos, no fue una experiencia placentera. Estoy agradecido de que gente como Rachel Carson convocara a personas a la acción para señalar los peligros de la polución. Nuestro mundo es un mejor lugar gracias a ellos.

Sin embargo, si creemos, como yo lo hago, que Dios llama al gobierno a hacer justicia pública, y que llevarla a cabo requiere una cuidadosa y juiciosa deliberación sobre los múltiples factores en juego, entonces necesitamos valorar críticamente las reclamaciones de los activistas, incluso si son hechas con enojo y con insistencia resuelta. La política común y corriente tal vez sea incapaz de resolver crisis definitivamente y para la satisfacción de todos, pero, para parafrasear a Winston Churchill, es casi ciertamente mejor que las alternativas actualmente ofrecidas.
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Originalmente publicado en Kuyperian, 2019. Traducido con autorización. Traducción de Luis Aránguiz Kahn.

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