Estudios Evangélicos

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¿Ruta hacia la catolicidad?

En las breves páginas que siguen quisiera reflexionar partiendo desde una encrucijada muy sencilla, una encrucijada personal pero que obviamente no es una singularidad mía. Se trata del sencillo hecho de que por una parte recibo las enseñanzas de la Reforma como algo positivo para la historia de la Iglesia y, por otra parte, el estudio de la Reforma se volvió para mí desde temprano un pasatiempo y luego también parte importante de mi trabajo. Supongo que la reacción natural a esta descripción será responderme que esto no es una “encrucijada”, sino una feliz coincidencia: ¿qué tensión podría haber implicada en dedicarse a estudiar lo que uno valora positivamente?

En realidad es muy evidente que puede surgir ahí alguna tensión, aunque sean tensiones que se resuelvan de modo positivo. De partida hay que mencionar el sencillo hecho de que, si de estudio serio se trata, también lo que se aprueba será objeto de una valoración más matizada tras el aprendizaje. El que conoce la historia de su propio país puede seguir amándolo, pero no lo vuelve objeto de acrítica celebración. Y la comparación con el propio país la creo pertinente por el sencillo hecho de que tanto la fe como la ciudadanía son forjadoras muy fuertes de lo que solemos llamar “identidad”. Nos puede fascinar la antigua cultura egipcia, pero estudiarla no es estudiar lo que nosotros mismos somos.

Pero la cercanía que experimentamos al estudiar lo propio puede inclinarnos tanto a una recepción viva como a fórmulas torpes. Me permito un ejemplo sencillo de esto último: un buen número de conmemoraciones de estos 500 años está usando el slogan según el cual “la Reforma continúa”. Ahora bien, está bastante claro lo que quieren decir quienes lo usan: que las enseñanzas centrales de la Reforma están vigentes, y que sobran los lugares en los que es necesario recordarlas. Con eso sin duda estoy de acuerdo. Pero la fórmula usada para expresarlo me parece curiosa. El hecho mismo de escribir “la Reforma” con mayúscula indica que se está hablando de un periodo más o menos delimitado de la historia, un proceso que podrá describirse con generosos márgenes temporales, pero que obviamente está cerrado, que no continúa.

Supongo que esta observación parecerá una trivialidad, y en un sentido lo es. Pero puede ser bueno recordar por qué algunos creemos que cosas así importan. Si uno se olvida de que la Reforma es un acontecimiento del pasado, naturalmente tenderá a imaginar que los desafíos de hoy son básicamente los mismos del tiempo de ella. ¿Debemos afirmar eso? Creo que sería una afirmación demasiado gruesa. Ciertamente los problemas del hombre tienden a ser recurrentes; y si el hombre tiende siempre a encorvarse sobre sí mismo, es natural que haya una actualidad permanente en este movimiento que nos recordó de modo tan vivo la imposibilidad de enderezarnos solos. Pero junto con ese tipo de constantes, tenemos que tener presentes los hechos también sustantivos que nos separan del siglo XVI. No es que el cristianismo esté en caída libre en el mundo moderno; pero como bien lo ha descrito Charles Taylor, es muy distinta la situación en que la fe es la posición de partida universal (como lo era para cada lado de las controversias del pasado), y nuestra posición, en que ya no es punto de arranque por defecto.

Basta tomar conciencia de ese hecho –uno entre muchos otros cambios que nos separan del siglo XVI– para saber que la Reforma no continúa: lo que continúa es la validez de algunas tesis suyas en un contexto que es distinto, y distinto en un sentido nada de trivial. Pero eso significa que apropiarse del legado de la Reforma hoy es una tarea muy distinta de apropiarse de su legado en, digamos, 1610. La verdad es que ya entonces habría sido equívoco decir que “la Reforma continúa”. A tres generaciones de la Reforma ya se necesitaba el predominio de un tipo de figura muy distinto del reformador: el que consolida, el que es capaz de levantar y sostener instituciones, el que sabe que “profundización” de la Reforma no significa lo mismo que “radicalización” de la misma. La tendencia a desconocer ese hecho, el afán por estar siempre en esa fase en que todos queremos ser nada menos que un reformador, nos habla de modo elocuente de cuán poco presentes están entre nosotros las virtudes propias de la lenta construcción.

Si las décadas que siguen a la Reforma ya situaban a la gente ante necesidades así de distintas a las de 1520, salta a la vista la multitud de sentidos en que hoy día necesitamos algo más que un mero “volver a las fuentes”. Y, sin embargo, conviene con frecuencia volver a éstas. ¿Para qué? Escribo estas líneas en un contexto en el que muchos piden saber rápidamente qué puede aprender la Iglesia actual de la Reforma. Creo que es la pregunta que más he escuchado este año: ante cada intento por simplemente conocer la historia, aparece alguien buscando justificar tal empresa por su interés contemporáneo. ¿Pero qué tal si una de las cosas que necesita la Iglesia actual es precisamente dejar esa mentalidad utilitaria y desarrollar algo de genuino amor por el pasado? Es casi la única respuesta que se me ocurre. Y me temo que cuando no entendemos eso, lo que la pasión instrumental logra es simplemente reescribir el pasado a imagen de la Iglesia contemporánea. Así, los reformadores no se vuelven gente de la que podamos aprender, sino solo versiones ampliadas y heroicas de lo que nosotros mismos ya sostenemos.

Ante tal escenario, lo mejor es partir recordando que no sólo nuestro mundo es distinto al del siglo XVI, sino que los reformadores son también muy distintos de la mayor parte del protestantismo actual. No solo en su estatura, también en sus convicciones. Recuerdo, cuando unos 20 años atrás empecé a estudiar más seriamente textos de algunos reformadores, lo intrigado que quedaba cada vez que los veía hablar sobre sacramentos. El mundo evangélico actual es, sin duda alguna, predominantemente antisacramental, e imagina su propia posición como herencia protestante. Pero abrir un libro del siglo XVI era encontrarse con la Iglesia persistentemente descrita como el lugar en el que se predica rectamente el evangelio y se administra correctamente los sacramentos. Las sorpresas solo podían aumentar al ver que la unidad entre los reformadores podía zozobrar precisamente en torno a la comprensión de los sacramentos. Presento esto solo como un pequeño botón de muestra, pero podríamos pasar horas pasando revista a ejemplos de cuestiones que movían profundamente a estos hombres, y que nada interesan a sus presuntos herederos. Y sobra decir que el asunto se agrava si nos extendemos al plano político: un buen número de quienes hoy celebran la Reforma habrían simplemente sido entregados por los reformadores a la autoridad civil, confiando en que ella sabría lidiar con sus desviaciones. Tanto lo que tenemos que aprender de la Reforma –valga aquí su visión sacramental por muchos otros temas– como también lo que tenemos que rechazar de ella –los aspectos dudosos de su teología política– requieren que partamos por captar la distancia que nos separa de ella.

¿Entonces no hay que celebrar la Reforma? En algunos círculos parece haberse vuelto la pregunta del año. Al principio parecía inquietud católica: los luteranos invitaban a los católicos a “celebración” conjunta, pero éstos pedían que entonces se le llamara “conmemoración” (¡no se han enterado, tal vez, de que hoy existen hasta fiestas de divorcio!). Pero luego también están aquellos protestantes que, enterados de tal o cual aspecto gris del pasado, ya sienten que no pueden celebrar. A mí al menos me parece extraño que estas disposiciones de conmemoración o celebración se planteen como alternativas. Incluso puesto ante una sola frase de un gran autor siento que me invita a disposiciones dispares; puedo admirar y soportar a Nietzsche simultáneamente. ¿Cómo el recuerdo de un movimiento tan vasto no va a ser ocasión para que se desplieguen de modo justificado varias reacciones en una misma persona, en lugar de pedirle que explique si es de lo que celebran o solo conmemoran?

Lo anterior no es invitación a una inarticulada confusión. Por el contrario, se trata precisamente de distinguir qué dimensiones pueden ser objeto de celebración y cuáles de conmemoración (con todos los grados, desde el lamento a la gratitud, que la conmemoración admite). Una distinción elemental para ayudarnos en tal tarea es la que podemos hacer entre los efectos de la Reforma y los postulados de la misma. Hoy la tendencia predominante es de hecho a celebrarla (o rechazarla) por sus efectos, sin importar mucho lo que ella postulara. Contra eso creo que es fundamental sostener que es perfectamente posible y deseable afirmar sus postulados, y al mismo tiempo reconocer ambivalencia en sus efectos (pero es precisamente ambivalencia, no una cadena fatal de sucesos lamentables). De hecho es importante reconocer dicha ambivalencia, pues el discurso crudamente celebratorio –ese en que todo lo bueno del mundo moderno viene de unos martillazos en una puerta de Wittenberg– no solo peca por falso; además nos vuelve ciegos a la ambivalencia de nuestro propio mundo, que involuntariamente se nos vuelve un efecto tan celebrado como su causa.

Celebrar sus postulados –como la doctrina de la justificación por la fe, y todo lo que de ella se sigue– debiera además ser posible sin denigrar otras épocas de la historia de la Iglesia. Concedamos que ésta no es una especialidad protestante: nos cuesta mucho imaginar cómo podríamos celebrar algo de la Reforma si no es mediante una crítica vulgar e ignorante de lo que la precede. Se podrá tener por superflua esta advertencia, pero no creo que lo sea: “no levantarás falso testimonio” es la ética del historiador cristiano, pero no es moneda muy corriente. Para muchos protestantes la mirada a la Reforma sirve no para hundirse en la historia, sino para creer que con formular unos aislados “5 solas” ya se está enraizado en ella.

Y conmemoraciones vacías por supuesto acaban por hastiar a todos los observadores. Piénsese en la objeción que con toda razón podrían levantar tanto evangélicos como católicos: ¿todo este énfasis en torno a la conmemoración de la Reforma, no es un indicio de cierto desorden espiritual entre los protestantes? Si el año 2000 las iglesias evangélicas y protestantes no desarrollaron una actividad de conmemoración comparable con lo que ahora se está haciendo en torno a los 500 años de la Reforma, las preguntas parecen caer de cajón: “¿A quién siguen ustedes?” Preguntas de ese tipo no son impertinentes, sino muy bienvenidas. Pero hay al menos dos respuestas pertinentes. En primer lugar, la desproporción que vemos en esta comparación no es por exceso de atención a la Reforma, sino por falta de atención a otros periodos. Quejarse de que el cristianismo contemporáneo tiene un exceso de preocupación por su pasado ciertamente sería una crítica singular. En segundo lugar, la encarnación, muerte y resurrección de Cristo no constituyen un objeto de discordia entre los cristianos (lo de 2000 años atrás lo celebramos todos los domingos), mientras que los sucesos de 500 años atrás sí lo son. Inevitablemente el recuerdo de lo uno y de lo otro adquirirá formas distintas.

Me permito, pues, terminar volviendo sobre esas dos dimensiones. Me he centrado en algunas correcciones que debería experimentar la conmemoración contemporánea de la Reforma. Pero más relevante es el hecho de que la Reforma, con el atractivo que tiene para el mundo evangélico, puede ser también una vía (o la única vía) de entrada para tomar en serio el resto de nuestro pasado. La Reforma, bien estudiada, puede ser la vía por la que se adquiera el amor por el resto de la historia del cristianismo, antiguo y medieval; para el mundo evangélico contemporáneo ella puede ser la ruta principal hacia la catolicidad que requiere para reformarse. Pero el actual estado de la Iglesia clama al cielo por personas dispuestas no solo a enraizarse en dicho pasado, sino también a defender las enseñanzas distintivas que se recuperan con la Reforma. ¿Una combinación difícil? No podemos decir que los reformadores del siglo XVI hayan siempre combinado bien esas disposiciones, aunque sí podemos decir que en sus mejores momentos lo lograron. Son esos momentos de su obra los que más enfáticamente creo que tenemos que recuperar.

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