Estudios Evangélicos

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Sexo en la ciudad (de Dios)

El sexo mismo ocupa un lugar en la “nueva creación” de la cual los cristianos han pasado a formar parte. Algunas religiones gnósticas, que competían con el cristianismo durante sus primeros dos siglos, prohibían las relaciones sexuales a sus convertidos.

Los relatos de la creación del Génesis finalizan con un verso sorprendentemente franco: “El hombre y la mujer estaban desnudos,  pero ninguno de los dos sentía vergüenza” (Gn 2:25, NVI). Esta pareja desnuda viviendo ―incluso coqueteando― en el Edén no es materia de las Biblias para niños. No obstante, es parte del necesario punto de partida para captar el enfoque sin rubores a la sexualidad humana en la Biblia.

La imagen de Dios

La Escritura no presenta la sexualidad humana como un aspecto bochornoso de la vida terrenal. Al contrario, Dios intenta exponer la propia naturaleza divina al crear a la humanidad como seres sexuados: “[Dios] dijo: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza… Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó” (Gn 1:26-27, NVI). Nótese que no se menciona la raza, ni el lenguaje que hablaba la primera pareja, sino únicamente el hecho de que eran un hombre y una mujer.

Dios no crea dos clases distintas de seres humanos, sino una humanidad como una contraparte terrenal de la unidad del único Dios. En el Jardín del Edén, la mujer no es inferior al hombre, sino que se alude a ella como una “ayuda” (2:20). (Por cierto, la palabra “ayuda” no es un término despectivo, porque cuando se lo utiliza en otros lugares del Antiguo Testamento, generalmente se dice que Dios es una “ayuda” respecto a la humanidad). La diferenciación de género de las personas humanas al interior de esa única humanidad atestigua el hecho de que Dios subsiste en diferentes personas. Nótese la yuxtaposición de las frases “Dios lo creó”, y “los creó” (énfasis nuestro). Los pronombres pasan del singular al plural para mostrar que la unidad no anula la distinción de personas, ni la existencia de distintas personas compromete su unidad esencial. Además, Elohim, el término hebreo usado para “Dios” en estos versos, es plural. Aunque este plural para Dios en el texto hebreo no debiera ser interpretado en exceso, efectivamente apunta hacia la plena comprensión de la unidad-en-diversidad de la Deidad según se revela en el Nuevo Testamento.

Dios revela la imagen divina (imago Dei) al crear una relación entre dos personas que comparten una humanidad común. Esto asegura que no se malinterprete a la Divinidad como una unidad autosuficiente y monolítica. Desde la perspectiva antropológica, es significativo que sea la relación, y no la independencia, lo que caracteriza a la vida humana desde el comienzo mismo. Además, esta condición de relación tiene su raíz en la naturaleza de Dios. El hecho de que los seres humanos no sean hermafroditas, sino dotados de género, subraya la reciprocidad que es parte de la condición humana tal como Dios la creó.

La sexualidad humana es parte de la gloria que corona la creación. La eterna relación de amor entre las personas de la Deidad recibe su plena expresión terrenal en el amor que lleva a un hombre y una mujer a donarse a sí mismos de por vida. De hecho, es solo después de la creación de la humanidad que Dios pasa de decir que la obra de sus manos es “buena”, a declarar que es “muy buena”. Cualquier visión genuinamente cristiana de la sexualidad debe comenzar con la afirmación de que es algo bueno.

Una sexualidad desfigurada

Aunque cada aspecto del ser humano está afectado por la caída en el pecado, la sexualidad no está más corrompida que otros deseos humanos. Sin embargo, dada su centralidad en la naturaleza humana, la sexualidad corrompida tiene consecuencias cuyo alcance puede ser mucho más extenso que las de otros aspectos de nuestra condición caída. La maldición pronunciada sobre Eva a causa de su desobediencia a Dios está íntimamente relacionada con su sexualidad: “tu deseo será para tu marido y él se enseñoreará de ti” (Gn 3:16, RV95). Es crucial notar que esta relación jerárquica es parte de la maldición, y no de la creación original. No obstante, aun la dominación de la mujer por parte del hombre no será suficiente para apagar el deseo de la mujer por el hombre.

La equidad sexual que Dios creó se estropeó con la Caída. Cuando se interpreta todo lo que ocurre posterior a Génesis 3, no debemos confundir lo que es con lo debería ser. Debemos estar alertas para no caer en el error de intentar afirmar la maldición y sus consecuencias como “lo que la Biblia enseña”. Después de Génesis 3, la sexualidad humana es una mezcla del buen propósito de Dios original, y la pecaminosa anulación de ese propósito de parte de la humanidad. Con todo, Dios sigue trabajando a través de la historia para redimir a la creación caída. El Dios que nos creó como seres sexuados desea rectificar nuestra sexualidad a fin de que podamos vivir de la manera en que Dios se propuso que viviéramos.

Tal como el Génesis es franco al expresar que la sexualidad humana en el Edén era algo bueno, así también el resto de la Biblia es claro acerca de las diversas formas en que la sexualidad se ha desfigurado. La primera perversión de la institución del matrimonio consiste en que se vuelve polígamo. Génesis 2:24 había prometido: “Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne” (RV95). Sin embargo, bajo la maldición, los hombres forman una cultura en que la norma es tener varias esposas. Con todo, el pueblo de Dios no olvida completamente el propósito original para el matrimonio como una apasionada fidelidad entre un hombre y una mujer para toda la vida. El Cantar de los Cantares, el más extenso tratamiento del amor erótico en la Biblia, expone la relación entre un hombre y una mujer. El Cantar es poesía erótica; de hecho, es tan erótica que los rabinos prohibían a sus alumnos leerlo antes de que cumplieran treinta años.

La sexualidad y nuestra relación con Dios

La Iglesia cristiana, por la mayor parte de los últimos dos milenios, ha aplicado el Cantar de los Cantares a la relación entre el redimido y el Redentor. Cuando algunos críticos acusan de que lo anterior es consecuencia de un sesgo anti-sexualidad de los cristianos, lo que hacen es simplemente entender los hechos al revés. Los cristianos poseen una fe alegórica que les permite ver en la unión sexual la mejor metáfora disponible para hablar de la unión entre Cristo y la Iglesia. La pasión, el amor, y la unidad que el matrimonio exhibe apunta hacia la consumación última de las bodas del Cordero. Dicha consumación se prevé a menudo en el Antiguo Testamento en la frecuente metáfora de Israel como esposa y Dios como el esposo. En el Nuevo Testamento se aplica el mismo simbolismo, siendo el más notable el de Efesios 5. Pablo llama a los esposos y esposas a practicar el amor de donarse a sí mismo, pero concluye declarando que este amor en definitiva apunta al matrimonio entre Cristo y la Iglesia.

Los místicos cristianos de la Edad Media tomaron y desarrollaron las imágenes eróticas de la Biblia para describir la relación entre el alma y Dios. Algunos han malinterpretado esta espiritualización de las imágenes eróticas aduciendo que son una evidencia de que los místicos han denigrado la sexualidad. Pero la verdad es lo contrario; los místicos españoles, franceses, belgas, y alemanes encontraron en el simbolismo sexual gráfico, tomado de una fiel vida matrimonial, el lenguaje más apropiado para describir la intimidad entre el alma y Dios.

El término hebreo yada, conocer, significa tanto el conocimiento cognitivo como el conocimiento carnal, o el sexo. Cuando el Génesis dice, “conoció Adán a su mujer Eva” (4:1), se refiere a la relación sexual. De este modo, la idea misma de conocer a Dios entraña una connotación sexual; de hecho, conocer plenamente a una persona ―incluyendo a Dios― no es nunca una mera experiencia cognitiva. Conocer a una persona es involucrarse apasionadamente con ella. Es por eso que 1 Corintios 7 vincula la intimidad sexual con la intimidad con Dios. Allí se advierte a los matrimonios que no se abstengan de las relaciones sexuales, “a no ser por algún tiempo, para ocuparos sosegadamente en la oración” (7:5, RV95). La forma física más apasionada e íntima de conocer a una persona debe dejarse de lado solamente para la más alta posibilidad de conocer apasionadamente a Dios.

Sexo, matrimonio y soltería

La condición de bueno del sexo matrimonial no es independiente de la procreación de hijos. Sin embargo, incluso muchos teólogos han asumido erróneamente que la procreación es la justificación fundamental del sexo. Aunque la Biblia valora a los hijos como un regalo de Dios, ellos están notoriamente ausentes de los principales pasajes que abordan el amor erótico marital. El sexo efectivamente resulta en la procreación de hijos en muchos casos, pero ahí no empieza a agotar su rol dentro del matrimonio. En el Cantar de los Cantares, por ejemplo, el autor retrata una relación de amor que se gloría en lo sensual, sin siquiera aludir a unos piececitos correteando. “¡Ah, si me besaras con besos de tu boca!” (1:2) es un verso que toca la nota del deseo de intimidad física con el amado que resuena en todo el libro. Ninguna parte del cuerpo de la persona amada es vista como vergonzosa, y ningún desborde de pasión es desmedido. Los hijos sencillamente no entran en la escena.

El apóstol Pablo estima necesario escribir a los cristianos de Corinto: “Si alguno piensa que no está tratando a su prometida como es debido… que se case” (1 Co 7:36, NVI). Esta amonestación solo es necesaria si el deseo sexual es el impulso principal para casarse. La idea popular de que en los “tiempos bíblicos” las personas entraban fríamente en matrimonios desapasionados solo para formar una familia, es una creencia falsa. Decir esto no es negar que la Biblia abunde en historias y Salmos que celebran la bendición de tener hijos. Pero la genuina bendición de los hijos jamás se presenta en la Escritura como la razón fundamental del sexo.

El sexo mismo ocupa un lugar en la “nueva creación” de la cual los cristianos han pasado a formar parte. Algunas religiones gnósticas, que competían con el cristianismo durante sus primeros dos siglos, prohibían las relaciones sexuales a sus convertidos. Pero el cristianismo ortodoxo defendía el hecho de que el Redentor era también el Creador. La sexualidad humana se había corrompido con la Caída, pero en esencia era buena porque Cristo la había creado. Sin embargo, la sexualidad humana debe ser santificada y servir a los fines para los que fue creada en el Edén. Su propósito es permitir que esposos y esposas entrelacen sus vidas incluso en el nivel físico. Volverse “una sola carne” no es una vana esperanza, sino una expresiva metáfora para la unión espiritual, emocional, volitiva, y sexual, que es el objetivo que Dios le ha asignado a cada matrimonio.

A oídos modernos resulta sorprendente la declaración del apóstol Pablo de que es la relación sexual en sí misma ―no los sentimientos de amor― lo que constituye el único vínculo entre esposo y esposa. Esto no encaja con las nociones románticas del amor, pero está en consonancia con el realismo bíblico. Pablo evalúa sobriamente las ventajas de la vida célibe para los que han sido llamados a seguir a Cristo con una devoción irrestricta. Con todo, él reconoce que no todos tienen el don de la soltería. A quienes tienen el don del matrimonio,  el apóstol les escribe: “Es preferible casarse que quemarse de pasión” (1 Co 7:9, NVI).

Solo el amor erótico (eros) está reservado para el matrimonio. Los demás tipos de amor, la amistad (philia), y el amor incondicional (agape), los practican todos los cristianos, y son apropiados en diversos contextos. Aunque la amistad y el amor incondicional son virtudes necesarias para los cristianos casados, no son propias de la vida matrimonial únicamente. El amor erótico queda aparte, porque éste une a dos individuos muy íntimamente. Esto es una maravillosa realidad cuando aquella unión física va acompañada de una intención de unirse en el pensamiento, el espíritu y la voluntad. Sin embargo, cuando la íntima unión física ocurre entre dos personas que no se esfuerzan por unir sus existencias de por vida, el sexo se vuelve una caricatura del matrimonio. ¡Es por eso que Pablo debe denunciar las visitas que hacían algunos cristianos a templos de prostitutas! No se debe a inhibiciones respecto a la bondad y el goce del sexo. Las limitaciones respecto al apropiado comportamiento sexual se deben a que la Biblia tiene muy presente la impetuosa fuerza del sexo, ya sea que se lo practique de manera lícita o ilícita. Pablo revela que al tener sexo con prostitutas, los cristianos estaban creando un vínculo de “una sola carne” que debiera reservarse para el matrimonio. En lugar de establecer el propósito del matrimonio de ser una carne, el sexo fuera del matrimonio era meramente la manifestación de un impulso natural. Independiente de lo que los involucrados puedan pensar, el sexo antes o fuera del matrimonio forja una íntima unión entre ellos, no importa cuán breve sea el encuentro (1 Co 6:15-16).

Es necesario hacer hincapié en el hecho de que todas las prohibiciones de la Biblia contra el sexo extramarital deben leerse a la luz del tratamiento afirmativo que ella da al sexo matrimonial. Lejos de ser remilgada respecto al sexo, la Biblia aborda de manera muy explícita un amplio espectro de prácticas sexuales. No obstante, ella sí condena aquellas que son desfavorables para el florecimiento del ser humano. Además, se debe tener en cuenta que la Escritura no está dirigida a los incrédulos, sino al pueblo escogido de Dios. Esto hace mucho más sorprendentes las prohibiciones contra todo tipo de incesto, el sexo prematrimonial, la bestialidad, el adulterio, y las relaciones homosexuales. Al parecer, todas las formas de actividad sexual eran prácticas habituales entre el pueblo de Dios.

La Biblia elogia la belleza de las relaciones sexuales, pero no presenta la vida sexual activa como una condición necesaria para la felicidad humana. Jesús nació en un mundo en que para ser rabino o senador romano, un hombre debía estar casado. Pero Cristo demostró que se podía ser un ser humano plenamente integrado sin beneficiarse de las relaciones sexuales. El celibato de Cristo no es reflejo de una denigración del matrimonio. No obstante, ello sí subraya el hecho de que el sexo no es necesario para la felicidad humana, sino solo para el establecimiento de un matrimonio.

Algunas personas son llamadas a permanecer solteras. De hecho, el Nuevo Testamento ve la soltería como un don de Dios que debiera tomarse como un medio para servir a la Iglesia y al mundo. Los cristianos pueden permanecer solteros por muchas razones. Jesús habló de aquellos que “a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos” (Mt 19:12). En otras palabras, es posible un compromiso personal de soltería. Otros cristianos, que podrían desear casarse, puede que nunca encuentren a la persona indicada. Además, aquellos que se sienten atraídos sexualmente solo por personas de su mismo género, no pueden casarse. Todos estos cristianos no casados son llamados por Dios a unirse a aquel grupo de creyentes que se extiende por todas las épocas y lugares, quienes ofrecen una total devoción para servir a Dios y a los demás. No es una nociva represión de la propia sexualidad. El mismo Sigmund Freud concordaba en que la sublimación (lo opuesto a la represión) del deseo sexual para otros fines era algo saludable.

El sexo y la ciudad de Dios

La naturaleza humana no ha cambiado desde los tiempos en que se escribieron el Antiguo y el Nuevo Testamentos. Tal como entonces, hoy los individuos se involucran en relaciones sexuales consensuadas que no se ajustan a los propósitos de Dios; entre las cuales se encuentran el adulterio, el incesto entre adultos, la prostitución, el sexo homosexual, y otras formas de sexo extramarital. La Biblia no solo condena las prácticas sexuales abusivas; sin duda Dios se opone a cualquier relación abusiva ―ya sea sexual, económica, u otras―, pero no es el único tipo de relación que puede perjudicar a los seres humanos.

Con todo, hay esperanza para nuestros deseos sexuales afectados por la caída, si permitimos que Dios los ordene adecuadamente. San Pablo escribió dos epístolas a la iglesia en Corinto, una ciudad conocida por su licencia sexual. Al parecer, la congregación toleraba el pecado sexual a causa de la equivocada idea de que, a) las acciones físicas no pueden dañar la espiritualidad de los cristianos, y b) condenar la vida sexual de los demás sería una señal de inmadurez espiritual. El apóstol Pablo reprende a los corintios por no tomar en serio el pecado sexual. Él les escribe: “¡No se dejen engañar! Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros,  ni los sodomitas, ni los pervertidos sexuales, ni los ladrones… heredarán el reino de Dios”. Suena como un juicio definitivo, pero luego añade: “Y eso eran algunos de ustedes. Pero ya han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co 6:9-11, NVI). Dios está presto a poner nuestra sexualidad en su debido orden si estamos dispuestos a reconocer que ésta, al igual que todos los aspectos de nuestra vida, necesita ser sanada.

Cristo ha asumido nuestra humanidad cabalmente. El Libro de Hebreos llega a la conclusión de que él “ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado”. Esto significa que Jesús enfrentó también la tentación sexual. El hecho de que nunca haya caído en la tentación no significa que él “no sepa cómo es estar ahí”. Muy por el contrario, Cristo conoce la profundidad y la fuerza de la tentación mejor que nadie en el mundo, porque él la resistió en todo tiempo hasta el final. Dado que él es plenamente humano, Cristo puede redimir plenamente a la humanidad.

La dominación de los hombres en todas las esferas de la vida se reemplaza por el mandamiento radicalmente igualitario: “Sométanse unos a otros, por reverencia a Cristo” (Ef 5:21, NVI). Esto se extiende al mismísimo lecho matrimonial, donde una simetría de mutua entrega reemplaza la jerarquía de la cultura circundante. En una sociedad donde las mujeres eran consideradas legal y socialmente propiedad de los hombres, San Pablo escribe: “Tampoco el hombre tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposa” (1 Co 7:4). Aquí la mujer, como la del Cantar de los Cantares, es una compañera sexualmente activa. Ella no tiene nada en común con la supuesta recién casada victoriana, a quien se le aconsejaba que en la noche de bodas simplemente cerrara los ojos y pensara en Inglaterra. La presunta falta de interés en el sexo de parte de las mujeres no tiene respaldo en la Escritura.

El placer sexual nacido de aquel amor erótico de donarse al otro apunta más allá de sí mismo al hecho de gozar íntimamente a Dios, goce que está disponible para todos, casados o solteros. Es para ese fin que el hombre y la mujer fueron creados. En el reino de Dios, no se promete que todos los solteros finalmente se casarán, sino que todos participarán de las bodas del Cordero de Dios. Jesús dice que en el cielo “ni se casarán ni se darán en casamiento” (Mt 22:30), no porque el matrimonio no tenga importancia, sino porque apunta a algo superior a él. Una vez que llegue el verdadero Novio, comenzará el cumplimiento definitivo de todo anhelo terrenal. El placer del sexo en la tierra será integrado a la realidad de la unión con el Amado:

Gocémonos, alegrémonos

y démosle gloria, 

porque han llegado las bodas del Cordero

y su esposa se ha preparado. 

Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero.

(Ap 19:7, 9b, RV95)

 


Artículo de Todd L. Lake publicado en Estudios Evangélicos en diciembre de 2011. Copyright del Center for Christian Ethics, Baylor University para el original y la traducción. Traducción de Elvis Castro. Traducido y publicado con autorización del Center for Christian Ethics.

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