Estudios Evangélicos

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Soberanía de las esferas (20 octubre de 1880)

Este discurso fundacional ofrece no sólo una mirada al espíritu en el que fue fundada la universidad, sino a toda una filosofía política que animaba la tarea.

Nota preliminar:

El texto que reproducimos a continuación es el discurso público pronunciado por Abraham Kuyper en la inauguración de la Universidad Libre de Ámsterdam, el 20 de octubre de 1880. Abraham Kuyper, quien llegó a ser primer ministro de Holanda entre 1901 y 1905, fue uno de los principales teólogos reformados de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, pero fue además un activo pensador, publicista, fundador de un periódico, de un partido político y de todo un movimiento cultural que hoy es sobre todo conocido como “neocalvinismo” y que sirve de inspiración a cristianos en todas las esferas de la cultura[1]. La fundación de la Universidad Libre, obra también de Kuyper, sintetiza gran parte de ese esfuerzo, concentrado en entender el calvinismo no sólo como un sistema teológico, sino como una comprehensiva visión de mundo con efectos sobre cada área del saber y de la vida[2]. Sus Conferencias sobre el calvinismo, que presentaron esta misma idea en Princeton, se encuentran hace tiempo disponibles en nuestra lengua; hemos considerado que añadir este discurso clave de 1880 ofrecerá a muchos una adecuada introducción al pensamiento que dieciocho años más tarde presentó en Estados Unidos[3].

Este discurso fundacional ofrece pues no sólo una mirada al espíritu en el que fue fundada la universidad, sino a toda una filosofía política que animaba la tarea. Se trata de un pensamiento fuertemente centrado en la vitalidad de cuerpos sociales intermedios, distintos del Estado y de la mera agregación de individuos. Es asimismo una filosofía muy consciente de la inexistencia de la neutralidad. Ese rechazo de la neutralidad se ha vuelto hoy casi un lugar común, aunque el mainstream liberal muchas veces nos lo oculte. Resulta sorprendente que 130 años atrás Kuyper tuviera tan enfática conciencia sobre esto, y sobre la legitimidad de por tanto trabajar de modo consciente desde la propia tradición. Algunas partes de su conferencia nos parecerán por supuesto obsoletas. Así ocurre en parte con su retórica, que a ratos parece retrotraernos a la Holanda del siglo XVII y su lucha contra España, produciendo la fusión de espíritu nacional y protestante que hoy acostumbramos designar como “triunfalismo protestante”. Pero al mismo tiempo se podrá constatar una fuerza y una visión que apenas tiene par entre las grandes voces protestantes de los últimos dos siglos. Es de esperar que esta pequeña contribución sea tomada como invitación a mayor conocimiento y difusión de su obra entre nosotros.

Soberanía de las esferas

Abraham Kuyper

Las personas a cargo de esta institución me han concedido el honor de inaugurar su escuela de educación superior presentándola ante las autoridades y el público. Para cumplir con esta tarea solicito a ustedes su generosa atención y benévolo juicio. Podrán reconocer lo encarecida de mi petición cuando consideren que no estoy aquí para pronunciar la charla inaugural de un académico, ni el discurso de un nuevo rector, sino que, arrancado de mi tranquilo refugio de la investigación académica, la naturaleza de mi tarea me conduce al peligroso terreno de la vida pública, donde espinas y cardos lastiman a cada paso. En efecto, no podemos ni queremos disimular el hecho de que no nos hemos visto impulsados a esta labor, como Mecenas[4], por amor al conocimiento abstracto. La urgencia de esta arriesgada, cuando no pretensiosa empresa, surge del profundo sentido del deber, de que lo que hacemos es algo que debe hacerse, por causa de Cristo, por el nombre del Señor, por la sagrada y noble importancia que dicha labor tiene para nuestro pueblo y nuestra nación. Por lo tanto, nuestra actividad no es ingenua en absoluto. Estamos profundamente convencidos de que el interés que ha precedido a la fundación de esta institución, en medio de rumores favorables y adversos, y que hoy asiste a su inauguración, no guarda la más mínima relación con nuestras personas, sino que emerge exclusivamente de la impresión del pueblo de que Holanda está presenciando un acontecimiento que bien podría dejar su huella en el futuro de la nación.

¿Habríamos emprendido esta tarea si un criterio superior pudiera habernos inducido a complacernos en el status quo? Dicho en términos más modestos, nuestra empresa implica una protesta contra el clima actual y sugiere que algo mejor es posible. Con todo, la apariencia de presunción la persigue como una sombra y causa cierto bochorno, cierto retraimiento. Esto podría ser causa de agravio, podría lastimar. Por lo tanto, me apresuro a asegurarles ―en vista del poder y la influencia académicos, y el dinero en nuestra contra― que la certeza de nuestras palabras no son el reflejo de una altiva imaginación, sino de una serena humildad. Hubiéramos preferido permanecer en la retaguardia; hubiese sido más cómodo ver a otros tomar la delantera. Pero dado que eso no podía ocurrir, dado que teníamos que actuar, vinimos al frente, firmemente indiferentes al respaldo u oposición humanos, trazando nuestra línea de conducta en exclusiva conformidad con lo que exige el honor de nuestro Dios.

Ustedes están a la expectativa de que les relate qué pretende lograr la escuela que hoy inauguramos en la vida de Holanda, por qué esgrime la tapa de la libertad en la punta de su lanza, y por qué penetra con tanto ahínco en el libro de la religión reformada. Permítanme entrelazar las respuestas a estas tres interrogantes con el concepto de “soberanía de las esferas”, para lo cual situamos la soberanía de las esferas como el sello de nuestra institución en su significación nacional, en sus propósitos académicos, y en su carácter reformado.

1- La significación nacional

En este pasmoso siglo nuestra nación también está lidiando con una crisis, situación que comparte con muchas otras naciones, una crisis que invade a toda la humanidad pensante. Ahora bien, toda crisis atañe a una forma de vida en amenaza, donde el proceso de enfermedad augura o un rejuvenecimiento o bien una fatal degeneración. ¿Cuál es, pues, la forma de vida amenazada en este caso? ¿Qué es lo que está en juego en nuestra nación? ¿Quién querría repetir la vieja respuesta: que la pugna se da entre el progreso y la preservación, entre la particularidad y la complejidad, entre lo real y lo ideal, entre ricos y pobres? Ya se ha expuesto con toda claridad la ineptitud, la distorsión, y la superficialidad de estos diagnósticos como para proponerlos. Luego “clerical versus liberal” vino a ser el lema, como si fuese una cuestión de mal uso o de purificación de la influencia religiosa. Pero este velo también ha sido desdeñosamente corrido al hacerse claro ―primero con las lumbreras de nuestra época, luego en los círculos en permanente expansión― que la crisis mundial no tiene que ver con la desigualdad, los intereses personales o la justicia, sino con una persona viviente: tiene que ver con Aquel que juró una vez que él era Rey y quien, a causa de esta soberana declaración, dio su vida en una cruz en el Gólgota.

“¡El Nazareno, nuestra santa inspiración, nuestro ideal inspirador, nuestro modelo de piedad!” Por largo tiempo la gente ha proferido estas cándidas palabras. Pero la historia ha confrontado esos elogios pues contradicen las propias declaraciones del nazareno. Su quieta y diáfana conciencia divino-humana afirmó que él era nada menos que el Mesías, el Ungido, y por tanto el Rey de reyes, poseedor de “toda autoridad en el cielo y en la tierra”. No un héroe de la fe, ni un “mártir del honor”, sino Melek, rex, Basileus ton Iudaion, Rey de los judíos ―es decir, Poseedor de la Soberanía―, como rezaba la acusación sobre la cruz que proclamaba la criminal presunción que lo llevó a la muerte. Es en relación a esta soberanía, a la existencia o inexistencia del poder de Aquel nacido de María, que las mentes pensantes, los poderes gobernantes, las naciones interesadas, están tan consternadas hoy como lo estuvieron en los primeros tres siglos. Aquel Rey de los judíos es o la verdad salvadora a la que todos los pueblos dicen Amén, o bien la mentira primordial a la que todos los pueblos se debieran oponer. Ese es el problema de la soberanía que, tal como se presentó una vez en la sangre del Nazareno, hoy nuevamente ha escindido por completo el mundo de nuestra existencia intelectual, humana y nacional.

¿Qué es la Soberanía? ¿Estarían de acuerdo conmigo si la defino como la autoridad que posee el derecho, el deber y el poder de quebrantar y vengar todo cuanto se resiste a su voluntad? ¿No les dice también su imperturbable conciencia nacional que la soberanía original y absoluta no puede residir en ninguna criatura sino que debe identificarse con la majestad de Dios? Si uno cree en él como el Diseñador y Creador, como el Fundador y Director de todas las cosas, nuestra alma también debe proclamar al Dios Trino como el único y absoluto Soberano. Esto es así siempre y cuando al mismo tiempo reconozcamos que el Soberano supremo ha delegado, y aún delega, su autoridad a los seres humanos, de manera que en la tierra uno nunca encuentra a Dios mismo directamente en las cosas visibles, sino que siempre vemos su autoridad soberana ejercida en el oficio humano.

De lo anterior surge una pregunta muy importante: ¿de qué manera se efectúa esta delegación? ¿Se delega sin reservas a una sola persona esta omnímoda soberanía? ¿O posee algún soberano terrenal el poder para forzar una obediencia solo a una esfera limitada, una esfera demarcada por otras esferas dentro de las cuales otro tiene soberanía y no él? La respuesta a esta interrogante variará dependiendo de si uno se sitúa dentro o fuera de la órbita de la Revelación. Aquellos en cuyas mentes no hay cabida para la revelación siempre han respondido: “dentro de lo factible, soberanía irrestricta, y que además penetre todas las esferas”. “Dentro de lo factible”, porque la soberanía de Dios sobre las cosas superiores está fuera del alcance humano; sobre la naturaleza, escapa las capacidades humanas; sobre el destino, escapa al control humano. Pero en cuanto a lo demás, sí: que no haya soberanía de las esferas, que el Estado tenga dominio ilimitado, que disponga sobre la vida, los derechos, la conciencia, incluso la fe de las personas. Otrora, cuando había muchos dioses, el Estado único e ilimitado ―por medio de la vis unita fortior (la fuerza unida resulta en mayor fortaleza)― parecía más imponente, más majestuoso que el poder dividido de los dioses. Al final el Estado, encarnado en César, devino él mismo en Dios, el dios-“Estado” que no podía tolerar a otros estados además de él. Así es como entró la pasión por el dominio del mundo. ¡Divus Augustus!, y el cesarismo como su culto. Esta noción profundamente pecaminosa fue elaborada por primera vez dieciocho siglos más tarde para las mentes pensantes en el sistema hegeliano del Estado como “el Dios inmanente”.

En contraste con lo anterior, Jehová proclama a Israel por medio de las voces de la profecía mesiánica: “La Soberanía debe ser delegada, no “dentro de lo factible”, sino de un modo absolutamente irrestricto e indiviso”. Aquel hombre-mesías efectivamente apareció con poder en el cielo y poder sobre la naturaleza; afirmando su poder sobre todas las naciones y, en todas las naciones, sobre la conciencia y la fe. Aun el vínculo entre madre e hijo debe ceder ante su llamado a la obediencia. Ésta es, pues, Soberanía absoluta, la cual se extiende sobre todas las cosas visibles e invisibles, sobre lo espiritual y lo material, todo puesto en las manos de un hombre. No es uno de los reinos, sino el Reino absoluto. “Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo” (Jn 18:37). “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt 28:18). “¡Un día todos los enemigos serán sometidos y toda rodilla se doblará ante mí!” (Ro 14:11). Esa es la Soberanía del Mesías que predijo una vez el profeta, que el Nazareno afirmó, que primero demostró con milagros, que fue descrita por los apóstoles, y que la Iglesia de Cristo, con la autoridad de ellos, confiesa que es irrestricta y no obstante delegada ―o más bien tomada para ser devuelta nuevamente. Porque la perfecta armonía solo emergerá cuando la Soberanía retorne del Mesías al propio Dios, quien entonces será ta panta en pasi, es decir, “todo en todo”.

¡Pero aquí radica el glorioso principio de la Libertad! Esta perfecta Soberanía del Mesías sin pecado al mismo tiempo niega y desafía directamente cualquier soberanía absoluta entre los hombre pecadores de la tierra, y lo hace dividiendo la vida en esferas diferenciadas, que poseen cada una su propia soberanía. Nuestra vida humana, con su primer plano material visible y su trasfondo espiritual invisible, no es simple ni uniforme, sino que constituye un organismo infinitamente complejo. Está estructurada de tal manera que el individuo solo existe en grupos, y solo en tales grupos puede manifestarse el todo. Llamemos “engranajes” a las partes de esta única gran máquina, impulsados por muelles sobre sus propios ejes, o “esferas”, cada una de las cuales es animada por su propio espíritu. El nombre o la ilustración es indiferente, con tal de que reconozcamos que en la vida hay tantas esferas como constelaciones hay en el cielo, y que la circunferencia de cada una de ellas ha sido trazada con un radio fijo a partir del centro de un principio único, a saber, la enseñanza apostólica hekastos en toi idioi tagmati (“cada uno en su debido orden”; 1 Co 15:23). De la misma forma en que hablamos del “mundo de la moral”, el “mundo científico”, el “mundo de los negocios”, el “mundo del arte”, así también podemos hablar con mayor propiedad de una “esfera” de la moralidad, de la familia, de la vida social, cada una con su propio dominio. Y dado que cada una comprende su propio dominio, cada una posee su propia Soberanía dentro de sus márgenes.

Existe un dominio de la naturaleza en el que la Soberanía ejerce poder sobre la materia conforme a leyes fijas. Existe también un dominio de lo personal, del hogar, de la ciencia, de la vida social y la religiosa, cada uno de los cuales obedece a sus propias leyes de la vida, cada uno se somete a su propio regente. Un ámbito del pensamiento donde solo las leyes de la lógica pueden gobernar. Un ámbito de la conciencia donde nadie sino solo el Santo puede dar soberanos mandamientos. Finalmente, un ámbito de la fe, en que solo la persona es soberana, quien, mediante la fe, se consagra a sí misma en las profundidades de su ser.

Los engranajes de todas estas esferas se articulan unos con otros, y es precisamente en esa interacción donde emerge la rica y multifacética diversidad de la vida humana. De ello también surge el peligro de que una esfera en la vida pueda invadir a la esfera adyacente como una rueda atascada que va rompiendo un engranaje tras otro hasta que se estropea toda la operación. Aquí también radica la razón fundamental de la existencia de la especial esfera de autoridad que emergió en el Estado. Ella debe posibilitar una sensata interrelación entre las distintas esferas, en la medida que ellas se manifiestan en el ámbito visible, y mantenerlas dentro de los justos límites. Además, dado que el grupo en que uno vive puede suprimir la vida personal, el estado debe proteger al individuo de la tiranía de su propio círculo. Este Soberano, dice la Escritura de manera concisa, “con justicia afirma el país” (Pr 29:4), porque sin justicia se destruye a sí mismo y se derrumba. Es así que la soberanía del Estado, en cuanto poder que protege al individuo y define las relaciones mutuas entre las esferas visibles, se eleva muy por encima de ellas con razón de su derecho a ordenar y obligar. Pero esto no aplica al interior de las esferas. Allí rige otra autoridad, una autoridad que desciende directamente de Dios, ajena al Estado. Esta es una autoridad que el Estado no confiere, sino que reconoce. Incluso al definir las leyes para las relaciones entre las esferas, el Estado no puede imponer su propia voluntad como la norma, sino que está sujeto a la decisión de una voluntad superior, como queda expresado en la naturaleza y propósito de dichas esferas. El Estado debe observar que las ruedas marchen como se espera que lo hagan. No reprimir la vida ni coartar la libertad sino facilitar el libre movimiento de la vida en y para cada esfera. ¿No es éste un atrayente ideal para cualquier jefe de estado noble?

En consecuencia, existen dos credos que se oponen radicalmente. Por un lado, la persona que vive a partir de la Revelación, y en consecuencia dentro de ella, confiesa que toda Soberanía reposa en Dios y por lo tanto solo puede proceder de él, que la Soberanía de Dios ha sido conferida de manera absoluta e irrestricta al hombre-Mesías, y que por lo tanto la libertad humana está segura bajo la protección de este Hijo del Hombre ungido Soberano porque, al igual que el Estado, cada una de las otras esferas de la vida reconoce una autoridad derivada de aquel Soberano, es decir, posee soberanía dentro de su propia esfera. Por otro lado, aquellos que niegan la revelación especial insisten en una absoluta separación entre la cuestión de la soberanía y la cuestión de la fe. En consecuencia, afirman que no existe más autoridad concebible que la del Estado. Batallan por materializar esta alta soberanía de manera cada vez más perfecta en el supremo Estado. Y no pueden conceder a las demás esferas una libertad más generosa que la que el Estado les permite a causa de su debilidad o les confiere en virtud de su supremacía.

A estas afirmaciones las denomino credos acerca de la Soberanía: son convicciones de vida, no teorías. Porque la brecha que las separa no radica en una distinta disposición de las ideas, sino en el reconocimiento o la negación de los hechos de la vida. Nosotros los que vivimos según la Revelación, reconocemos que el Mesías vive, que Cristo reina, y como Soberano está sentado en el trono del poder de Dios, tan cierto como que ustedes están aquí sentados. Por el contrario, ¡quienes no confiesan este hecho deben impugnarlo como un autoengaño pernicioso que estorba el camino del desarrollo nacional, un dogma inútil, una fantasía incoherente! Éstas son, entonces, dos confesiones diametralmente opuestas, que una y otra vez, con una cobarde indolencia, han sido escondidas bajo una enorme pila de sistemas híbridos, combinados con menos de esto y más de aquello, o con igual proporción de ambos. Pero en los momentos críticos, los credos primordiales de donde estas ilusiones adquieren un tinte, asoman desde esta farsa por venganza. Entonces, a rostro descubierto se retan nuevamente a un combate entre los dos únicos poderosos rivales que penetran la vida hasta la misma raíz. Es por ello que merece la pena arriesgar la vida por uno de ellos y fastidiar la vida de los demás.

La soberanía de las esferas defendiéndose de la soberanía del Estado: esa es la trayectoria de la historia del mundo aun antes de que se proclamara la soberanía del Mesías. Pues aunque el Niño Real de Belén protege con su escudo la soberanía de las esferas, él no la creó. Ésta existía desde antiguo. Ella subyace en el orden de la creación, en la estructura de la vida humana; estaba ahí antes de que emergiera la soberanía del Estado. Pero una vez surgida la soberanía del Estado, ésta reconoció en la soberanía de las esferas un permanente adversario, y al interior de las esferas se debilitó el poder de resistencia a causa de la transgresión de sus propias leyes de vida, es decir, a causa del pecado. Eso la antigua historia de la humanidad representa un deplorable espectáculo. A pesar de la persistente y a veces heroica lucha, la libertad de las esferas agoniza y triunfa el poder del Estado ―convertido en cesarismo. Sócrates bebe la copa envenenada, Bruto clava el puñal en el corazón de César, los galileos cuya sangre Pilato mezcló con sus sacrificios; todos estos son casos de brutal y heroico paroxismo de una vida orgánica libre que al final sucumbe bajo el puño de hierro del cesarismo. A medida que la Antigüedad tocaba a su fin, no quedaba libertad, ni naciones, ni esferas. Solo había una esfera: un imperio mundial sometido a un Estado soberano. Una humanidad hundida de tal manera en la abyección solo podía borrar esa afrenta de su corazón intoxicándose con una aplastante opulencia.

Fue entonces que Jesús el Nazareno, mediante el poder sobrenatural de la fe,  creó una vez más una esfera libre con una soberanía libre al interior del férreo anillo de la uniformidad. Teniendo a Dios en su corazón, siendo uno con Dios, siendo él mismo Dios, resistió al César, rompió las puertas de hierro, y estableció la soberanía de la fe como el más profundo cimiento sobre el que descansa toda la soberanía de las esferas. Ni los fariseos ni los discípulos comprendieron que su grito “¡Consumado es!”, además de la salvación de los elegidos, implicaba también una soteria tou kosmou, salvación del cosmos, una liberación del mundo, un mundo de libertades. Pero Jesús lo entendía; de ahí la inscripción de Basileus, Rey, sobre la cruz. Él se mostraba como Soberano, y como tal, combatió con el “Príncipe de este mundo” por la autoridad sobre ese mundo. Y sus seguidores no acababan de formar su propio círculo cuando ellos también colisionaron con la soberanía del Estado. Y sucumbieron; su sangre se derramó. Pero el soberano principio de fe de Jesús no fue por ello erradicado. Deus Christus o Divus Augustus se convirtieron en las consignas que iban a determinar el destino del mundo. Cristo venció y el César fue derribado. Cada nación liberada emergió con su propio rey, y al interior de esos dominios había diferentes esferas, y dentro de esas esferas, distintas libertades. Entonces comenzó aquella vida gloriosa, coronada de nobleza, exhibiendo en el cada vez más rico organismo de gremios y órdenes y comunidades libres toda la energía y gloria que implica la soberanía de las esferas.

Lo anterior fue más evidente en nuestra amada patria que en ningún otro lugar. Al parecer el país podía defender con mayor fuerza la soberanía de las esferas contra la soberanía del Estado estando dividido en póderes o distritos separados que estando unificado. Es lo que descubrió Felipe II cuando los cantantes de los himnos del Salterio y los líderes de los predicadores itienerantes se enfrentaron con la soberanía del Estado a pesar de la oposición que había entre ellos[5]. Es lo mismo que aprendieron los Estuardo y los Borbones en el siglo siguiente, cuando el inmortal héroe naval cuyo mausoleo tenemos ante nuestros ojos, nuestro glorioso De Ruyter, resistió el creciente monarquismo de Carlos y Luis a ambos lados del mar y lo derrotaron en ambas costas[6]. “¡Junto a Dios soy el capitán de mi nave!”, proclamaba la ardiente sed de libertad que inspiraba a toda nuestra hueste de héroes marinos que lo seguía. Este grito declaraba, en el lenguaje de la gente de mar sobre las aguas de las pretensiones monárquicas, algo que en términos legales se denomina “soberanía de las esferas”.

¡Pero qué lástima que, no habiendo pasado ni un siglo, nuestro país entró en decadencia! Nuestra Holanda también se hundió en el pecado, y con nuestra república cayó el último baluarte de libertad en el continente europeo. Así se alzó la marejada de la monarquía. Ella comenzó a aplastar los países, a pisotear a los pueblos, a atormentar las naciones. Finalmente, en la más inflamable de las naciones se encendió el fuego de la venganza; las pasiones se exaltaron, el principio de la Revolución decapitó al soberano coronado y coronó como soberano al pueblo. Un suceso terrible nacido de la sed de libertad, pero nacido también del odio al Mesías, ¡algo que lo único que hacía era socavar la libertad! Porque, gracias a la urna de los votos, el pueblo soberano de aquel día de elecciones se encontró al día siguiente involuntariamente bajo una vigilancia absoluta. Primero fueron los jacobinos, luego el César napoleónico, un poco después el atractivo ideal del Estado que se introdujo arrebatadamente en Francia, y al que por último los filósofos alemanes defendieron como justo e “ilustrado”.

Fue así que una vez más la libertad cayó en desgracia, y por segunda vez una única soberanía amenazó con absorber todas las demás soberanías. ¿Qué fue lo que nos salvó entonces? No fue el espíritu de restauración del Congreso de Viena. No fue la idolatría del monarca que abogaban Von Haller o De Maistre. No fue la escuela histórica cuyas posturas fisiológicas sofocaron cualquier principio superior. Ni siquiera fue el sistema pseudo-constitucional con su roi fainéant y sus facciones tiránicas[7]. Verdaderamente fue el Mesías, el Soberano sentado a la derecha de Dios, quien derramó un espíritu de gracia, de oración, de fe sobre los pueblos por medio del más genuino avivamiento que los pudo despertar[8]. Un acontecimiento que creó una vez más una esfera separada donde se adoraba a un soberano que no era un poder terrenal. Un círculo que tenía que ver con el alma, que practicaba la misericordia, que inspiró a los estados, “no como ciudadanos, sino como confesores del Evangelio”. Desde el interior del alma nació una esperanza para las naciones, no por manipulación política, sino por un poder moral. En nuestra patria surgió también un pueblo que creía en el Mesías, no para dominar, sino para servir; un “grupo cristiano”, a pesar de ser él mismo un partido nacional. No una facción, que es un grupo formado deliberadamente; tampoco una fracción, que sería un grupo desgajado; sino que se trata de un partido del pueblo, es decir, una parte del pueblo, un segmento de lo que constituye el todo, de manera que, de ser posible, a partir de esta división temporal, el todo, la majestuosa unidad del pueblo pudiese una vez más inspirarse con un ideal superior.

Bilderdijk dibujó esa esfera cuando con su canto levantó la soberanía popular, Da Costa puso el tono con su himno al Mesías Soberano y, finalmente, Groen van Prinsterer escribió el credo constitucional, con su elocuente fórmula de “soberanía de las esferas”. En virtud de este principio entregado por Dios, hemos estado de rodillas por treinta años, buscando a los que se alejan, evangelizando con “pasión por las almas”. En conformidad con dicho principio ha nacido una institución tras otra, hogares de misericordia para adornar nuestra herencia. Por causa de este principio hombres han sido perseguidos, se ha renunciado al descanso y se ha ofrecido oro en el altar. Ha sido predicado celosamente al pueblo, la oración ha sido levantada ante el trono, su causa ha sido defendida en la dirección del pensamiento. Una vez que éstos han sido definidos, entonces, con tal de que dibujes rectamente, el diseño de tu línea está determinado. Tu posición respecto de la derecha y la izquierda hace que todo se vea distinto y quita fuerza persuasiva a todo argumento que se levante contra ti. Todo pensador orgánico ridiculizará con razón la pretensión atómica de que los adultos deban recorrer de punta a cabo cada sistema y revisar cada confesión para luego optar por la que considere mejor. Nadie puede ni quiere hacer eso, porque ni el tiempo ni la capacidad intelectual están a nuestra disposición. Solo un necio puede pensar que ha realizado algo semejante o ―si él no se desempeña en la ciencia― que otros lo han hecho. Ese tipo de “muestreo” de todos los sistemas simplemente fomenta la superficialidad, arruina el pensamiento, estropea el carácter y vuelve a la mente inapta para el trabajo sólido. Créanme que no es una mirada cursoria al conjunto de las casas, sino el examen cuidadoso de una casa bien contruida, desde el subterráneo hasta el techo, lo que amplía nuestro conocimiento del arte de la construcción.

Nuestra ciencia no será por tanto “libre” en el sentido de “independiente de sus principios”. Ésa sería la libertad de un pez en tierra seca, de una flor arrancada de la tierra o, si se quiere, la de un trabajador que ha sido sacado del ambiente de su pueblo y puesto en medio de las grandes calles de la ciudad. Nos atamos pues de modo severo e inexorable a nuestra propia casa y a una regla definida de vida, convencidos de que también la vida doméstica florece mejor cuando es controlada por reglas definidas. Porque la más generosa libertad en el campo de la ciencia es el hecho de que la puerta esté abierta para quienes quieran salir, y que nadie de afuera entre para gobernar sobre ti en tu casa; pero también que cada uno pueda construir  libremente siguiendo el método que considere apropiado, de modo que la corniza sea el resultado de su propia investigación.

Si, finalmente, nos preguntan por qué deseamos este modelo de desarrollo científico no sólo para la teología, sino para todas las disciplinas, si apenas pueden contener la risa al escuchar referencias a la “medicina cristiana” o a la “lógica cristiana”, oigan nuestra respuesta a dicha objeción.  ¿Creen acaso que, confesando la revelación de Dios como fue reformada tras su deformación, confesándola como el punto de partida de nuestra búsqueda, la limitaríamos a ser fuente para los teólogos, y que como médicos, juristas y filólogos habríamos de despreciarla? ¿Pueden concebir una ciencia digna de tal nombre cuyo conocimiento esté dividido en pequeños cuchitriles?

¿Qué queremos decir cuando hablamos de una facultad de medicina? No es a un mamífero enfermo que la ciencia busca beneficiar, sino a un hombre creado a imagen de Dios. Juzguen entonces por sí mismos respecto de las siguientes alternativas. Si acaso le recomendarán a un paciente acercarse o no a la muerte, si acaso aconsejarán anestesia a una mujer en labores de parto, si acaso volverán obligatoria la vacunación o la dejaran a libre disposición, si acaso aconsejarán a una juventud apasionada autocontrol o indulgencia, si acaso maldecirán con Malthus la fertilidad de la madre o la bendecirán con las Escrituras, si acaso aconsejarán o drogarán a los psicológicamente abatidos, si acaso aceptarán la cremación condone cremación, si acaso permitirán de modo incondicional la vivisección, si acaso detendrían la expansión de la plaga sifilítica mediante la violación de la autoridad y la dignidad humana, a través del más detestable de los exámenes médicos. ¿No depende todo esto de si se considera a tal hombre como un ser moral, con un elevado destino para su alma y cuerpo, atado a la palabra de Dios?

¿Y qué diré del estudio de la ley? Este depende de si uno ve al hombre como un ser que es producto del autodesarrollo de la naturaleza o como un pecador digno de condenación, de si acaso uno ve la justicia como un órgano natural producto del desarrollo funcional o como un tesoro que desciende de Dios atado a su Palabra. Dependiendo de tal es convicciones se dará un determinado propósito al derecho penal y un detérminado propósito al internacional. Fuera del mundo científico la conciencia cristiana muestra resistencia a la política económica predominante, a las actuales prácticas en el mundo de los negocios y a la naturaleza rapaz de las relaciones sociales; en la vida civil la gente cristiana mueve a una decentralización por medio de “soberanía de las esferas” y la ley constitucional ha llega a permitir “escuelas cristianas” separadas en una enorme proporción[18]. ¿Es posible concebir alguna cátedra en la facultad de derecho que no se vea tocada por estos divergentes principios?

Concedo sin ambages que si nuestra facultad de ciencias naturales se limita estrictamente a medir y pesar, la punta de lanza del principio no podría atravesar sus puertas. ¿Pero quién haría algo semejante? ¿Qué cientista natural opera sin hipótesis? Quien hace ciencia como hombre, y no como una regla de medir, ve las cosas a través de lentes subjetivos, y cubre así aquella parte del círculo que no logra ver. Hay un hombre que calcula el costo del papel y de las gotas de tinta que fueron usadas en la impresión. ¿Es ese hombre capaz de determinar en un sentido más elevado el valor del libro, del panfleto o del libro de cánticos que has publicado? ¿Habremos de determinar el valor de la más bella pieza de bordado de acuerdo al costo del material? Veámoslo así: toda la creación está abierta a la mirada del cientista natural, como una encantadora pintura; ¿habrá de juzgarla por el marco dorado que rodea el cuadro, por la medida de lona o la cantidad de pintura utilizada?

¿Y qué diremos de la facultad de letras? Ciertamente el leer palabras y saber declinarlas no tiene nada que ver con estar a favor o en contra del Mesías. Pero si, siguiendo con lo anterior, abro las puertas del palacio helénico de la belleza o entro al mundo romano del poder, ¿no importa si me acerco al espíritu de esos pueblos para expulsar el espíritu de Cristo o si lo hago, por el contrario, sujetándolos al espíritu de Cristo, tanto conforme a una evaluación divina como humana? ¿No cambia el estudio de las lenguas semíticas dependiendo de si veo a Israel como el pueblo depositario de la revelación absoluta o simplemente como un pueblo con un especial genio en el campo de la piedad? ¿No se ve alterada también la filosofía dependiendo de si busca un “ser ideal” o si se une a nosotros en la confesión de Cristo como el ideal “hecho carne”? ¿Arribará la historia mundial a un mismo resultado al margen de si uno ve la cruz del modo que ve el veneno bebido por Sócrates o como el punto central de toda la historia? Por último, ¿generará la historia patria el mismo ardor en los corazones de la juventud, al margen de si es desarrollada por Fruin o Nuyens o Groen van Prinsterer[19]?

¿Cómo podría ser de otro modo? El hombre como pecador caído o el hombre como producto del autodesarrollo de la naturaleza, ésa es una antítesis que en cada departamento, en cada disciplina y en cada investigador se nos vuelve a presentar como “el sujeto pensante” o como “el objeto que produce pensamiento”. No hay parte de nuestro mundo intelectual que deba estar herméticamente aislada del resto, y no hay una pulgada cuadrada en todo el campo de la existencia humana sobre la que Cristo, que es Señor sobre todo, no clame “¡mío!”.

Nosotros declaramos haber escuchado ese clamor, y es sólo en respuesta a ese clamor que nos hemos aproximado a esta tarea que sobrepasa las fuerzas humanas.  Hemos oído a hermanos quejarse de su trágica impotencia. Porque habían adquirido conocimiento de un modo que no entroncaba con su principio, y se hallaban así indefensos; no podían apelar a su principio con una fuerza conmensurable con la gloria de tal principio. Hemos oído el suspiro de un pueblo cristiano que en la vergüenza de su autodegradación aprendió una vez más a orar por capitanes que los guíen, por pastores que los cuiden y por profetas que los inspiren. Comprendimos que la gloria de Cristo no puede quedar pisoteada bajo pies de burladores. Tal como lo adorábamos con el amor de nuestras almas, había que volver a construir en su nombre. No tenía sentido mirar nuestra flaqueza o el superior poder de nuestros opositores, ni tampoco a lo descabellado de tan atrevido proyecto. El fuego ya estaba en nuestros huesos. Había uno más poderoso que nosotros, que nos instaba y acicateaba. No podíamos descansar. A pesar de nosotros debíamos avanzar. El hecho de que algunos hermanos aconsejaran no edificar en este tiempo sino seguir conviviendo con el humanismo era una fuente de silenciosa vergüenza, pero volvía tanto más urgente la necesidad interior, pues las dudas de estos hombres significaban una creciente amenaza para el futuro de nuestro principio vital.

Así, nuestra pequeña escuela aparece en escena, algo avergonzada de portar el nombre de universidad, pobre en dinero, frugalmente enriquecida en poder académico, más carente que receptora del favor humano. ¿Cuál será su curso? ¿Por cuánto tiempo vivirá? Las miles de preguntas que surgen en vuestras mentes no pueden llenarlas tanto como han colmado mi propio corazón. Nos hemos mantenido a flote en medio de las olas sólo volviendo a enfocarnos ante cada embate en nuestro sagrado principio. Si esta causa no es del Fuerte de Jacob, ¿cómo se sostendrá? Porque no exagero: instituimos esta escuela contra todo lo que es tenido por grande, contra todo un mundo de académicos, contra todo un siglo, un siglo de enormes encantos.

Que miren pues en menos nuestra persona, nuestras fuerzas y nuestra capacidad intelectual, con toda la libertad que sus conciencias permitan. El credo calvinista de “estimar a Dios como todo y al hombre como nada” les da todo el derecho a hacerlo. Sólo pediría una cosa: aunque sean nuestros más fieros opositores, no dejen de respetar el entusiasmo que nos anima. Porque la confesión que nosotros hemos desempolvado fue alguna vez el grito que provenía del corazón de toda una nación pisoteada. ¿Y acaso la Escritura ante cuya autoridad nos inclinamos no ha cofortado también a nuestra propia generación como infalible testimonio de Dios? ¿Acaso Cristo, cuyo nombre honramos en esta institución, no fue el inspirador, el elegido, el adorado de vuestros propios padres? Supongamos que, tal como se ha escrito en las escuelas y como se oye en el eco de la plaza, supongamos que, según vuestro propio credo, todo ha acabado para las Escrituras, que el cristianismo es una posición derrotada. Incluso entonces yo preguntaría: ¿no sigue acaso el cristianismo siendo algo demasiado majestuoso, un fenómeno histórico demasiado sagrado como para dejarlo morir sin honor? ¿Desapareció acaso el noblesse oblige? ¿Permitiremos que esa bandera que hemos acarreado desde el Golgota caiga en manos enemigas antes de haber probado todo en su defensa, mientras aún hay flechas que no han sido tensadas, mientras aún haya en esta herencia un guardián ―por pequeño que sea― de los que han sido coronados por el Golgota?

A esa pregunta ―y con esto, señoras y señores, concluyo― a esa pregunta un “por Dios, nunca” ha resonado en nuestra alma. De ese “nunca” ha nacido esta institución. Y ante ese “nunca”, como un pacto de lealtad a un principio superior, pido un eco en cada corazón patriota ―que sea un Amén.


[1] El original holandés Souvereiniteit in Eigen Kring significa más bien “soberanía en la propia esfera”; aquí hemos seguido el lenguaje que se ha vuelto más común a partir de la traducción inglesa Sphere-Sovereignity.

[2] Para una selección de sus escritos sobre distintos temas puede verse James Bratt (ed.) Abraham Kuyper. A Centennial Reader Eerdmans, Grand Rapids, 1998.

[3] Esta traducción ha sido realizada por Elvis Castro y Manfred Svensson sobre la base de dos versiones inglesas, la contenida en la recién citada obra de Bratt, y la más completa traducción hecha por George Kamps décadas antes.

[4] Gayo Mecenas († 8 a. C.) fue un prominente diputado de César Augusto, patrono de Virgilio y Horacio, y una especie de ministro de asuntos culturales a comienzos del Imperio romano.

[5] El rey Felipe II de España (1527-98) intentó suprimir la reforma holandesa y el movimiento por la independencia política relacionado con ella. La referencia de Kuyper es a cómo grupos fuertemente enfrentados por cuestiones litúrgicas se unieron en su contra.

[6] Los Borbones y los Estuardo eran las casas reales de Francia e Inglaterra, respectivamente, en el siglo XVII. Luis XIV de Francia (1643-1715) era el arquetipo de la monarquía absoluta y organizó innumerables invasiones al territorio del Rin, que fueron resistidas bajo la dirección de la Casa de Orange. Carlos II (1630-85) restauró la monarquía en Inglaterra tras el protectorado del puritano Oliver Cromwell y prosiguió la guerra naval contra los Países Bajos. En la segunda (1665-67) y en la tercera fase (1607-76) del conflicto, Michiel Adrianszoon de Ruyter (1607-76), almirante de la armada holandesa, consiguió notables victorias. La tumba de De Ruyter está en el Nieuwe Kerk, donde Kuyper pronunciaba su discurso.

[7] Karl Ludwig von Haller (1768-1854) fue un estadista suizo-alemán cuya teoría política abogaba por la monarquía y la jerarquía tradicionales en el período de la Restauración. Joseph de Maistre (1753-1821) fue un absolutista monárquico archi-católico durante y después de la Revolución Francesa. La “escuela histórica” fue fundada por Friedrich Karl von Savigny (1779-1861), profesor de leyes en la Universidad de Berlín, quien sostenía que la ley es el producto del particular espíritu de un pueblo (Volksgeist) desarrollado históricamente. Con el “sistema pseudo-constitucional” Kuyper se refiere a la monarquía de “julio” o “burguesa” (él la llama “holgazana”) de Luis Felipe en Francia, 1830-48, que estuvo marcada por una intensa discordia entre facciones en la Cámara de Diputados.

[8] Kuyper alude al avivamiento que entre 1815-65 se extendió por todo el territorio entre la Suiza francoparlante e Inglaterra. Los hombres que menciona a continuación son los principales exponentes de dicho avivamiento dentro de Holanda. Al mismo tiempo, se hace visible la conexión entre el avivamiento y la actitud antirevolucionaria en política, unión encarnada en la persona de Groen van Prinsterer. Para mayor conocimiento de éste y de las ideas que alimentan estos párrafos véase su Incredulidad y revolución.

[9] Aquí Kuyper repasa algunos de los principales puntos de la plataforma del Partido Antirrevolucionario: la preservación de la pena de muerte, la vacunación voluntaria contra las enfermedades, la separación entre la iglesia y el estado, y un financiamiento equitativo de los sistemas educativos religioso y “público”.

[10] Theodor Mommsen (1817-1903) fue el más destacado historiador alemán de la antigüedad romana. Su obra, que incluye Römische Geschichte (3 vols., 1854-56) y Romanisches Staatsrecht (3 vols., 1876-88), respaldó a los primeros emperadores a pesar de la crudeza de éstos y de las simpatías liberales de Mommsen, quizá debido a que sus compromisos pan-germanos eran más fuertes. Otto von Bismarck había sido canciller de Prusia, luego de Alemania, a partir de 1862, y había tejido la red diplomático-militar que atrapó a Napoleón III de Francia en la Batalla de Sedán (2 de septiembre de 1870). Esta derrota acabó con el Segundo Imperio francés e incentivó las propuestas republicanas, de las cuales el popular y carismático Leon Gambetta (1838-82) presentó una radical versión.

[11] Kuyper está aludiendo al dicho “sic transit gloria mundi”, esto es, “así pasa la gloria mundana”.

[12] El contraste es entre Baruch Spinoza, el filósofo radical excomulgado del judaísmo por sus posiciones heterodoxas, y Erasmo de Rotterdam, quien permanece dentro de la Iglesia Católica, pero adhiriendo a un pobre cristianismo “no dogmático”.

[13] Los gibelinos y los güelfos eran, respectivamente, una facción pro-imperial y pro-papista en el sur de Alemania y el norte de Italia durante los siglos XIII y XIV. La prolongada y viciosa rivalidad entre ellos comprometió la integridad de muchas instituciones, incluyendo la educación, bajo las sucesivas eras en que estuvieron en el poder. El gobierno francés había declarado el control sobre las universidades antes, durante y después de la Revolución. La “vergüenza de Göttingen” fue la destitución de siete profesores de la universidad de ese lugar en 1837 con motivo de su protesta contra la abolición de la constitución por parte del rey de Hannover.

[14] Johan Rudolph Thorbecke (1798-1872), siendo profesor de leyes en la Universidad de Leiden, publicó la obra que inspiró la nueva Constitución Holandesa de 1848; era un liberal en lo político, y ejerció tres períodos como primer ministro. Johannes Henricus Scholten (1811-85) fue el profesor que más influyó en Kuyper en Leiden, y fue el padre del modernismo teológico en los Países Bajos. Cornelis Willem Opzoomer (1821-92) fue profesor de filosofía en la universidad de Utrecht y el abanderado del humanismo liberal en las letras, cultura y religión  holandesas decimonónicas.

[15] Kuyper está aludiendo a la idea –en realidad bastante anterior a Calvino- de que los magistrados inferiores son también depositarios de la soberanía estatal, y por tanto órganos de rebelión legítima en caso de convertirse en tiránico el sumo magistrado.

[16] El filósofo alemán Johann Friedrich Herbart (1776-1841) fue un temprano crítico de la filosofía del derecho de Hegel.

[17] Kuyper alude seguramente a que en Fichte, tal como en Schelling, son varias las etapas de desarrollo intelectual –también de vuelta a posiciones abandonadas anteriormente.

[18] Kuyper se refiere aquí a la alta proporción en que tras 1879 fueron fundadas escuelas cristianas.

[19] Fruin (1823-1899), historiador holandés, es una de las principales mentes tras la constitución liberal de 1848. Nuyens (1823-1894), en tanto, siendo un historiador católico favoreció dicha constitución por la libertad religiosa que traería.

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