Estudios Evangélicos

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Una primera reflexión evangélica acerca del octubre de 2019 en Chile

La necesidad de definir contornos para un sano diálogo evangélico

Es octubre de 2019 en Santiago de Chile, vivo a 2 cuadras de la avenida principal y a 4 del palacio de gobierno. Hay disturbios y militares en las calles mientras escribo esto. En medio del caos, han habido incendios de estaciones de metro y de buses urbanos, saqueos e incendios a supermercados ¿y lo más triste? Las lamentables y amargas muertes, incluyendo la de un querido joven de una de las comunidades locales de la Iglesia a la que pertenezco. Muchos hablan del cansancio que sienten por un sistema político-económico que no ha traído paz ni bienestar a la mayoría de los chilenos, que ha aumentando el endeudamiento de muchas familias y ha concentrado el 25% de la riqueza de Chile en el 1% más rico y el 66% en el 10% más rico. Se habla en las casas, en las calles y en los lugares de trabajo sobre pensiones dignas, aumento del salario mínimo, disminución de horas laborales, necesidad de una educación pública de calidad, avance de la ideología marxista en Latinoamérica, células anarquistas cuyo nivel de logística y organización fue subestimado, la necesidad o no de una nueva constitución política y hasta de exigir la renuncia del actual presidente.

En este contexto, y a pesar de todo, alegra que haya evangélicos dispuestos a entender desde una cosmovisión bíblica todo lo que está ocurriendo hoy en nuestro país. Eso es mucho más de lo que varios podrían imaginar. Digo esto porque no pocos imaginan a los evangélicos como un grupo alienado que no tiene nada qué decir ni opinar sobre contingencia internacional ni sobre los tiempos actuales. Que estemos hoy aquí es evidencia que eso no es así. Junto con esto me alegro que haya evangélicos dispuestos a no sólo tener una opinión informada, coherente con nuestra fe bíblica y cristocéntrica, sino también a dialogar esa opinión. A conversar sobre lo que ven y cómo lo ven. El diálogo siempre será fructífero cuando se da desde una fe común. Esto segundo también me alegra.

En este contexto, sin embargo, debo decir que hay algo que sí me preocupa y me quita el gozo; algo que vengo identificando desde hace unos años – especialmente en los debates en redes sociales aunque no exclusivamente – y que esta última semana ha hecho ebullición. Es lo siguiente: en el contexto de toda esta necesaria conversación evangélica acerca de y desde la cosmovisión bíblica se han levantado una serie de visiones que, aunque buscan con celo guardar y preservar la verdad escritural y no transar en aquello que la Palabra de Dios, única e infalible regla de fe y práctica, es tan clara, sin embargo se han llenado de suspicacias contra hermanos en la fe, imaginando conspiraciones y, no pocas veces, han hasta levantado falso testimonio y dividido iglesias. Y aquí me he preguntado ¿por qué parecen estar polarizándose más y más las posturas entre evangélicos que podríamos llamar de teológicamente conservadores [1], alegando cada uno “tener a Dios de su lado”?

Algunos, sobre todo de tendencia teológica más liberal o progresista, de inmediato han simplificado el asunto: “el problema son los fundamentalismos”, dicen ellos, “hay demasiada ortodoxia y exceso de celo doctrinal, así que necesitan relajar un poco los marcos y aprender a tolerar la diversidad de opiniones según la libre conciencia de cada uno”. Quiero ser claro en esta hora que no puedo estar más en desacuerdo con esta visión, primero porque es evidente que está ideológicamente sesgada por los ideales iluministas del siglo XVIII y, en segundo lugar, porque juega el mismo juego infanto-adolescente de los fundamentalistas: simplificar al enemigo.

Quisiera proponer más bien que la razón para tanta polarización entre evangélicos es justo la contraria: lo que nos está faltando para entendernos mejor, para discutir y debatir con más compasión y comprensión entre nosotros no es menos ortodoxia, sino más ortodoxia y, por lo tanto, más celo con nuestra cosmovisión como creyentes evangélicos. Hemos aflojado los contornos y bajado la vara acerca de qué es lo que define del marco de una cosmovisión genuinamente evangélica, reduciendo nuestra confesión de fe a sólo 1, 2 ó, máximo, 3 cosas (por ejemplo: la infalibilidad de la Biblia, la defensa de la vida desde antes del nacimiento y los valores familiares).

Me parece, en consecuencia, que estamos frente a un problema de cuáles son los contornos fundamentales dentro de los cuales se puede y se debe dar un diálogo genuinamente evangélico. Me explico: no todos los que afirman discutir dentro de un marco de cosmovisión bíblica realmente están parados en el mismo terreno, dentro de los mismos contornos, ya que se requiere más que sólo decir “tengo una cosmovisión bíblica”… hay que, de hecho, tenerla. Cuando uno o varios actores se involucran en los debates de Facebook, por ejemplo, afirmando hacerlo desde una cosmovisión bíblica pero sin realmente hacerlo así (no por deshonestidad, sino por auto-engaño) efectivamente comienza a darse un diálogo de sordos. Una Babel donde nadie entiende el habla de su compañero.

Pues bien, para tener una genuina discusión evangélica ¿cuáles son los contornos? ¿Cuál es el marco? He leído y oído a gente decir de manera algo simplista (y yo mismo pensé esto por largo tiempo) que basta con tener una visión bien definida de la infalibilidad de la Biblia y entonces el contorno o marco para una discusión evangélica ya queda suficientemente establecido. Evidentemente esto ha demostrado ser una equivocación. Y aunque puedo dar varias razones, sólo mencionaré un ejemplo que me parece suficiente para demostrar que no basta con creer en la inerrancia de la Biblia: los Testigos de Jehová tienen un concepto muy estricto de la infalibilidad y la inerrancia bíblica y eso ciertamente no los hace evangélicos, es más: eso no es suficiente siquiera para considerarlos cristianos, ya que niegan que Jesús es Dios verdadero, eterno y Creador de todo. Es por eso que no me extraña que los diálogos entre evangélicos acerca de todo lo que está pasando en Chile esta última semana se parecen muchísimo a discutir con un TJ en la puerta de la casa: nadie convence al otro y sólo se busca ganar la discusión.

No pretendo aquí dar una respuesta completa ni menos aún definitiva. Sólo arriesgaré a decir lo que me parece ser uno de los obstáculos principales para el diálogo fructífero y espero proponer un camino para superarlo y así definir mejor los contornos o el marco para una sana discusión evangélica. Y es lo siguiente: necesitamos superar el maniqueísmo en la mente evangélica. He escuchado audios de WhatsApp, he visto pantallazos de Facebook, he dialogado en los chats internos, etc. y comencé a darme cuenta que muchos evangélicos, aunque creen y confiesan que la Biblia es la Palabra inerrante de Dios, tienen, sin embargo, una visión maniquea, esto es, no-bíblica, pagana, incluso anticristiana del bien y del mal.

Recordemos que el maniqueísmo es una doctrina pagana, que fue muy fuerte en siglo IV de la era cristiana y que, fundamentalmente, proponía que el bien y el mal son dos fuerzas igualmente creadas, pero opuestas. Una variación de la visión maniquea, pero que se mantiene dentro de ella, es afirmar que el bien es más fuerte que el mal, pero que aún así comparten fundamentalmente la misma naturaleza: son cosas creadas, ambas con una existencia positiva.

San Agustín de Hipona, en el siglo IV, quien fuera maniqueo antes de su conversión, desmanteló la doctrina maniquea cuando, en lugar de responder quién creó el mal, él simplemente dio vuelta el tablero al decir que el mal no tiene existencia positiva, no posee un ser creado por nadie porque el mal es la ausencia del bien. Así como el frío es la ausencia de calor, el mal sólo tuerce, daña y tergiversa lo que Dios hizo pleno de bondad, belleza y verdad. Al decir esto, por lo tanto, Agustín no negó la realidad del mal, sino que lo puso en su debido lugar. Nada más bíblico, de hecho, que concebir el reino de pecado de Satanás como un reino parásito que no puede existir por sí mismo, sino que sólo viene para “hurtar, matar y destruir” (Juan 10.10).

Mi propuesta es la siguiente: necesitamos que los evangélicos vuelvan a hacer sus tareas de casa acerca de qué nos define como cristianos antes de ponerse a debatir, especialmente en Facebook. ¡Necesitamos más ortodoxia, no menos! No sólo nos define la firme profesión de que la Biblia es la Palabra de Dios y que Jesucristo es Dios verdadero, sino también necesitamos recordar que, como cristianos, no creemos que exista una fuerza creada llamada mal (que se confunde con el caos), que ronda el mundo y contra la cual hay que luchar con otra fuerza igual llamada bien (u orden). Lo que está ocurriendo en Chile no es simplemente una lucha entre el caos y el orden, como probablemente lo explicarían todas las cosmologías paganas. Parte de nuestro marco evangélico es afirmar que hay un solo Dios que creó todo lo bueno, hermoso y verdadero y que el pecado lo único que hace es dañar, torcer, tergiversar o disminuir lo que Dios hizo pleno.

Con respecto al caos, Moisés es tan radicalmente distinto a todas las cosmologías paganas que en el Génesis él simplemente afirma la existencia del caos como parte de lo que Dios soberano está haciendo y no le da más importancia. Lo cita una vez en el versículo 2 de Génesis 1 y no le da más atención a aquel que era un GRAN problema para los paganos. No todo caos es sinónimo de destrucción, nos dice Moisés. Bajo la soberanía de Dios, el caos puede incluso ser el paso previo a crear algo nuevo. Y sobre el mal ¿qué dice Moisés? “La serpiente era la más astuta de la criaturas que Jehová Dios había hecho”, jamás eleva a la serpiente a un lugar indebido. Ella es un ser creado, Dios mismo la creó, ella tiene astucia que le es dada por Dios, pero tuerce, tergiversa, disminuye lo que Dios hizo claro y absoluto.

Necesitamos los evangélicos en el actual debate político – o teológico-político si prefieren – retomar la idea de que Dios es el Señor de toda verdad, de toda justicia y de toda belleza. Superar la visión maniquea que no sólo sataniza al oponente, sino que hace más que eso: al satanizarlo lo eleva a una categoría superior que no le pertenece, otorgándole un poder creador que no tiene. Por lo tanto se hacen advertencias terribles y apocalípticas acerca del avance del mal, de la infiltración marxista, del liberalismo moral y teológico y de todas las cosas puramente malignas que todo eso significa. No es tan difícil identificar cuando un evangélico ha abandonado parte de su ortodoxia volviéndose maniqueo, ya que el primer síntoma de la infección maniquea es ver sólo blancos y negros, jamás grises. El segundo síntoma maniqueo es el constante discurso del miedo; incentivar y promover un miedo pagano hacia lo que se ha catalogado como absolutamente malo: “no tomes en tus manos, no gustes, ni aún toques” (Colosenses 2.20-21). Esto produce una constante suspicacia de unos contra otros, donde se mira mal al que lee a ciertos autores o siquiera los cita, donde se sacan pantallazos para enviar por interno a personas afines, donde se busca y se condena con las penas del infierno la más mínima paja en el ojo ajeno que dé cuenta de una supuesta influencia de ciertas ideas anticristianas, pero no siendo capaces de identificar la viga ideológica apóstata en el propio ojo. Nuevamente lo repito: todo esto no se da por exceso de ortodoxia, sino por falta de ortodoxia.

La visión maniquea, como todo paganismo que proviene de la cosmovisión griega antigua, tiende a reducir la esencia de las cosas a conceptos abstractos, metafísicos, fuera del espacio-tiempo (El Bien vs. El Mal) y tiene dificultades para reconocer el desarrollo histórico que las cosas buenas y malas tienen en el tiempo y en el espacio, conviviendo juntas día a día después de la caída de la humanidad en Génesis 3. Caín, por ejemplo, en el relato bíblico no es un ser maligno; está resentido y dolido, se siente tentado, Dios le advierte y le da una oportunidad antes de cometer el primer homicido de la historia y, por si fuera poco, le muestra compasión aún después de su grave pecado, pero él, tristemente, se aparta de la presencia de Jehová (Génesis 4.6-16). Por su parte, la descendencia de Caín tampoco es maligna en el sentido maniqueo del término, sí es pecadora e impenitente, contumaz y arrogante (Génesis 4.19 y 23-24), pero desarrollan el oficio musical que después cumple un rol protagónico para los levitas en el Tabernáculo de Jehová; desarrollan la ganadería, que será el principal medio de sustento para los hebreos en Egipto cuando Jacob y su descendencia se van a vivir allí; desarrollan la tecnología, que será fundamental para la confección del Arca del Pacto, de las armas con las que se conquistarán la tierra prometida y de los arados con los que se trabajará la tierra. Sería imposible negar que todas estas son cosas buenas con las cuales Dios bendice a toda la raza humana (Génesis 4.20-22) y que llegan a nosotros mediante la descendencia apóstata, incrédula y antropocéntrica de Caín, no de la de Set, que invoca el nombre de Jehová (Génesis 4.25-26). El bien y el mal se interrelacionan y conviven en la raza humana caída. No hay tiempo hoy para mostrar los cientos de ejemplos que muestran que la visión que la Escritura tiene del bien y del mal es una visión donde el mal no es una entidad con existencia igualmente positiva a la del bien, sino un parásito que intenta torcer, dañar y destruir la creación buena de Dios y el desarrollo de Su plan de redención, pero que jamás logra por completo imponerse sobre el bien porque el mundo y el ser humano fueron creados por la Palabra de Dios y ningún mal o pecado es más poderoso que la Palabra del Señor.

Trayendo esto a nuestros debates actuales, permítanme citar dos ejemplos del actual debate político que estamos teniendo entre evangélicos:

1. He oído y leído a varios hermanos que satanizan la idea de un estado grande, proveedor, paternal (ó paternalista, si prefieren) porque no sólo inhibe o desincentiva la necesaria responsabilidad individual de trabajo y sustento, considerada bajo el lema bíblico de Pablo “el que no trabaja, que tampoco coma” (2ª de Tesalonicenses 3.10), sino también porque al mirar 100 ó 200 años atrás en la historia esta idea parece provenir de los marxistas, cuya doctrina se fundamenta en una cosmovisión naturalista y atea.
Abro mi corazón a ustedes en esta hora y “salgo del clóset”: siento cercanía con este tipo de visiones contrarias a un estado grande, tengo una tendencia visceral algo liberal (más bien libertaria, me dijo un amigo que es genuinamente liberal) con relación al rol que el estado debe cumplir. El estado ideal para mí debería ser pequeño en sus funciones, en su tamaño y en el territorio que ocupa: mantener el orden, poseer policía y aparato judicial y no abarcar mucho más territorio que una gran ciudad y sus al rededores. ¿Utópico? Probablemente. Pero les estoy contando mi tendencia visceral, no mis convicciones racionales.
El punto es que, siendo honesto con la historia, la idea de un estado que no sólo se dedica a mantener el orden, sino también se dedica a cuidar de los más desvalidos, a proveer educación, salud, pensiones, seguros de cesantía, etc. no proviene de la doctrina marxista. La verdad es que antes que el marxismo, el cristianismo fue el que incentivó y enseñó a las sociedades occidentales que existía una responsabilidad comunitaria con el más desvalido – por lo cual el mismo Pablo en Efesios 4.28 habla del deber cristiano de compartir con el que padece necesidad – con el débil frente al poderoso y que no toda acción social puede dejarse a la libre voluntad de la caridad de los ricos, ya que no siempre tendrán la voluntad de ayudar al necesitado, por eso que el texto mosaico estaba lleno de leyes que obligaban a los israelitas a cuidar del huérfano, la viuda y el extranjero. Por lo tanto, la idea de cobrar impuestos ya no sólo para mantener el orden, construir caminos y extender territorio, como lo era en el Imperio Romano, sino también para asegurar una educación para los ciudadanos, mantener sanatorios, etc. tiene una influencia, aunque sea indirecta, del cristianismo.
Que el socialismo y el comunismo hayan asumido desde otra vereda teórica la práctica de un estado que va más allá de sólo asegurar el orden, no la hace marxista, pero en el actual ambiente maniqueo que impera en los debates entre evangélicos no me extrañaría ver que una idea tan antigua como la de subsidiariedad, defendida por uno de los teólogos más destacados de la historia del cristianismo: Tomás de Aquino en el siglo XIII, sea rechazada no por razones bíblicas y teológicas bien fundadas, lo cual sería perfectamente válido, sino simplemente porque “huele a marxismo”. No hay que olvidar que Francis Schaeffer, un pensador conservador en más de un sentido de la palabra, solía decir que el marxismo es una herejía cristiana porque se plantea a sí mismo en lenguaje religioso proveniente de la predicación cristiana y sólo le hace sentido a la gente de sociedades en las que ha habido influencia del cristianismo. Algunos argumentan que por eso el maoismo y el comunismo asiático en general tuvieron que reinventar teórica y retóricamente el marxismo para que hiciera sentido a esos contextos.
Un estado fuerte que se preocupa de asegurar derechos sociales puede ser una mala idea por muchas razones técnicas, éticas y hasta teológicas y es muy necesario que evangélicos debatamos con altura de miras al respecto, pero rechazar la idea de un estado fuerte sólo porque se considera que es una idea “marxista-intrínsecamente-maligna-y-concebida-en-las-vísceras-del-mismo-infierno” es propio de maniqueos, no de cristianos.

2. Otra idea que se suele condenar entre evangélicos con sentimientos bastante maniqueos es la de revoluciones políticas o revueltas populares. He oído pastores que, haciendo uso descontextualizado de los grandes pensadores reformados G. Groen Van Prinsterer y Abraham Kuyper presentan un contraste maniqueo entre los conceptos de revolución, por un lado, y reforma, por el otro.
Es evidente que ha habido y siempre habrá una antítesis fundamental entre doctrinas políticas que buscan conformarse a una cosmovisión escritural teocéntrica y aquellas que se basan en una cosmovisión atea y antropocéntrica, como es el caso de los ideales revolucionarios franceses del siglo XVIII. Entiendo y mantengo claramente que esa antítesis es real e incluso es parte de la antítesis histórica entre la descendencia de la serpiente y la de la mujer (Génesis 3.15). El problema para mí está en cuando algunos plantean esa antítesis en términos esencialmente maniqueos y no cristianos.
Necesitamos reconocer que la idea de revoluciones populares mediante las cuales los pueblos toman las riendas de la historia para conducir una sociedad hacia un estado más justo es una distorsión apóstata de doctrinas fundamentalmente cristianas. Me explico: primeramente, fue el cristianismo el que enseñó a occidente la idea de una historia lineal, no cíclica, que avanza hacia una consumación escatológica. Antes de la aparición del cristianismo, las cosmovisiones paganas veían el tiempo como ciclos fatalistas que se repiten eternamente y de los cuales los seres humanos no pueden escapar. En segundo lugar, la religión cristiana, al contrario de las paganas, es una religión de la historia, la centralidad de su mensaje está en hechos ocurridos en el tiempo y en el espacio y aguarda, asimismo, una consumación histórica. El cristianismo apóstolico no se reduce a un conjunto de creencias abstractas acerca de una vida espiritual extra-mundana ni tampoco, en su versión fundamentalista más moderna, en una salvación del alma individual que se va al cielo. Es esencialmente cristiano y propio de la teología del Nuevo Testamento aguardar un nuevo cielo y una nueva tierra materiales. En el lenguaje neotestamentario del Reino de Dios, de hecho, nuestra esperanza no está en que nuestras almas irán a morar al cielo, sino que el cielo está viniendo a la tierra bajo el dominio de Cristo, quien restaurará la creación entera y cuando eso ocurra, los creyentes que estén muertos resucitarán para reinar con Él. Por lo tanto, la esperanza escatológica propia de revoluciones populares, tiene su origen en la visión cristiana de la historia.
Con esto no quiero decir quedas revueltas populares son inocuas, pues su poder altamente destructor se encuentra justamente en que distorsionan radicalmente la esperanza cristiana, quitándola de Dios y centrándola en el hombre, sea este un individuo autónomo y emprendedor que mediante su libertad personal construye una sociedad más próspera (como en las revoluciones liberales más clásicas) o una clase social oprimida que se levanta violentamente contra el opresor para construir una sociedad más igualitaria (como en las revoluciones de corte más marxista). Pero una cosa segura: al desviarse el foco de Dios y ponerlo en el hombre, las esperanzas escatológicas modernas no son más que herejías cristianas, apostasías que salieron de nosotros, ideologías parásitas que se alimentan de la única esperanza escatológica verdadera: Cristo el Señor que ya vino y pronto volverá a inaugurar una nueva creación.

Me falta tiempo para hablar, por ejemplo, sobre cómo entre evangélicos y reformados maniqueos (¡oh contradicción de contradicciones!) se ha hecho común atacar y recomendar la no-lectura de ciertos autores teológicamente conservadores por sus supuestas ideas pro-marxistas, pro-GLBT o pro-liberalismo teológico. Creo que algunas de esas críticas podrían hasta ser interesantes de debatir y considerar si fueran planteadas desde un entendimiento verdaderamente cristiano de la relación entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, la belleza y la fealdad, ya que no creo en autores intocables, ni aunque sea los mismísimos Juan Calvino ó San Agustín. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante es que muchos de esos creyentes tienen un compromiso pre-racional, visceral, con el maniqueísmo y, por lo tanto, no sólo ven todo en blanco y negro, sino su discurso tiene el tono agresivo del miedo porque creen que el mal, con su supuesta existencia positiva, podría vencer e incluso sabotear la obra de Dios. Estoy convencido que con los tales no se puede debatir mientras no se arrepientan de su maniqueísmo y no abracen una cosmovisión consistentemente cristiana. Algunos son hermanos queridos, otros son colegas cuyo ministerio respeto y valoro, sin embargo, ¿cómo hemos de entendernos si hablamos con códigos distintos como en Babel (Génesis 11) y no glorificando las maravillas de Cristo en un mismo sentir como en el aposento alto (Hechos 2)?

Todos estamos de acuerdo que los evangélicos necesitamos urgentemente de un debate político fructífero. Pero para lograrlo, necesitamos primero abrazar un entendimiento claro que Dios es el Creador de todo lo bueno, todo lo sabio, todo lo verdadero y todo lo hermoso (Santiago 1.17) y que Él avanza Su plan en la historia de manera inevitable y siempre victoriosa, manifestando por aquí o por allá, no sin contradicciones propias de un mundo caído que la opacan, la gloria de Su verdad, Su hermosura y Su bondad. Un Chile dividido necesita una iglesia unida en torno a las grandes verdades del cristianismo bíblico e histórico. Un Chile en caos necesita una iglesia que sabe debatir con honestidad intelectual, altura de miras y compasión aún hacia las doctrinas más anticristianas, pues aún en ellas se encontrarán momentos de verdad que la Gracia Común (o la Providencia) les ha permitido, pues de otro modo ni existirían. Un Chile que abriga esperanzas de un cambio necesita una iglesia que sepa mostrar al Único que es la esperanza verdadera de la humanidad: Cristo el Señor, a quien toda potestad ya ha sido dada, ante quien ningún enemigo podrá oponerse ni menos prevalecer y en quién el Padre está reuniendo todas las cosas, tanto del cielo como de la tierra (Efesios 1.10).
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Notas
[1] Uso aquí el término de forma acotada para referirme a evangélicos que, al igual que yo, confiesan la inspiración plenaria y verbal de la Escritura y, por lo tanto, la infalibilidad e inerrancia de los 66 libros de la Biblia. Es importante recordar que alguien teológicamente conservador no está necesariamente atado a otros tipos de conservadurismo (económico, político, moral, etc.)

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