Estudios Evangélicos

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Ve con Dios. Carta a un joven universitario

Participa del amor al conocimiento. Es un amor por sí mismo valioso, y además te permitirá ser la levadura en la masa de la academia.

Según escribió Robert Louis Wilken, “La religión cristiana es inevitablemente ritualista (te reciben en la iglesia mediante un solemne lavado con agua), inflexiblemente moral (“sean perfectos como mi Padre en los cielos es perfecto”, dijo Jesús) e inconmoviblemente intelectual (estén preparados para “dar razón de la esperanza que hay en ustedes”, según las palabras de I de Pedro). Tal como las grandes religiones del mundo, el cristianismo es más que un set de prácticas espirituales y un código moral: también es un modo de pensar respecto de Dios, respecto de las personas, respecto del mundo y la historia”. Que estas palabras de Wilken- ritualista, moral, intelectual-, con las que Wilken abre su bello libro sobre El espíritu del temprano pensamiento cristiano, queden marcadas en tu corazón ahora que empiezas la universidad, que marquen tu vida, que caractericen y distingan tu vida por los próximos cuatro años.

 

Sé fiel en la adoración. En la cultura contemporánea ir a la universidad es uno de los eventos más cargados de aire mitológico –todos te dicen que va a “cambiar tu vida”, lo cual en buena medida es verdad. No creas, por tanto, que puedes tomarte vacaciones de la iglesia.

 

Sé inflexiblemente moral. La vida de un estudiante de pregrado tiende en la dirección de un exceso neopagano. También un joven bueno, que ha crecido en una buena familia, tiende fácilmente a pasar los cuatro años de universidad dedicado a tomar y vomitar. Demasiadas veces lo hace camino a una máquina dispensadora de condones. ¡Qué desperdicio! No sólo porque tal conducta es autodestructiva, sino también porque vivir así te impedirá realizar el tipo de trabajo intelectual exigido por la fe cristiana.

 

Sé profundamente intelectual. Necesitamos –nosotros, la iglesia- que te vaya muy bien en la universidad. Eso te puede sonar extraño, porque muchos que hablan de valores cristianos parecen preocupados principalmente por cuál vaya a ser tu conducta –así reducen la importancia del cristianismo para tu vida en la universidad a aquellas actividades que realizarás afuera de la sala de clases.

 

El cristianismo es bien claro al respecto: ser estudiante es una vocación, un llamado. Tus padres pueden tener una cuenta preparada para pagar esto, o bien tú mismo puedes estar a duras penas juntando tus propios recursos o tomando un préstamo. O tal vez es una beca lo que está haciendo posible el estudio. Sea cual sea la fuente práctica, el resultado final es el mismo. Tienes el privilegio de entrar a un tiempo -¡cuatro años!- durante el que tu actividad principal será escuchar clases, atender seminarios, ir a laboratorios, leer libros. Éste es un regalo extraordinario. En un mundo de profunda injusticia y violencia, existe un pueblo que piensa poder dar a algunos el tiempo para estudiar. Debes tomar en serio este llamado que, por el hecho de ir a la universidad, es tuyo.

 

Probablemente pensarás algo así como “¿de que está hablando? Sólo estoy comenzando mi primer año, y no creo ser alguien llamado a ser estudiante. Ninguno de mis pares piensa tampoco tener tal llamado. Vamos a la universidad porque nos prepara para la vida. Voy a la universidad porque me permitirá tener un mejor trabajo y así una mejor vida que si no estudio. Eso no es un llamado”. Pero tú eres cristiano, y eso significa que no puedes ir a la universidad sencillamente para obtener un mejor trabajo.  Hoy en día la gente piensa en la universidad como una inversión, porque conciben la educación como una cuenta bancaria: depositas el conocimiento y capacidades que has adquirido, y cuando llega el tiempo de conseguir trabajo haces un retiro, poniendo todo eso en un currículum que permita sacar dinero de lo invertido durante cuatro años. Tal como todas las restantes personas, los cristianos necesitan tener trabajo; pero con los cuatro años que pasas en la universidad ocurre lo mismo que con el resto de tu vida: no te pertenecen como para hacer con ellos cualquier cosa, sino que son de Cristo.

 

El llamado que Cristo te hace como estudiante es un llamado a atender a las necesidades de la iglesia, tanto por la vida de ella como por la vida del mundo. La resurrección de Jesús, sugiere Wilken, no sólo es el hecho central de la adoración cristiana, sino también el fundamento de todo pensamiento cristiano “respecto de Dios, respecto de las personas, respecto del mundo y la historia”. Alguien tiene que desarrollar tal pensamiento –y ése eres tú.

 

No creas que es poca la medida en que la iglesia necesita tu mente. ¿Recuerdas los estudios bíblicos sobre Isaías? Los cristianos leemos su profecía sobre un siervo sufriente como una profecía que apunta a Cristo. Eso puede parecer obvio, pero no lo es, o al menos no era obvio para el eunuco etíope al que el Señor envió a Felipe. Cristo está escrito en todas partes, no sólo en las profecías del Antiguo Testamento, sino también en las páginas de la historia y en el libro de la naturaleza. Desde sus comienzos la iglesia se ha esforzado por mostrar eso mediante su explicación, interpretación e iluminación. Pero para eso, para hacer el trabajo de reflexión y de interpretación que la iglesia debe realizar, se requiere de una mente educada. La física, la sociología, la teoría literaria francesa: todo eso y mucho más –de hecho, todo lo que estudias en la universidad- está bañado en la luz de Cristo. Pero se requiere de los ojos de la fe para ver esa luz, y se requiere de una mente educada para poder comprender y articular lo que se ha visto.

 

El llamado al trabajo intelectual tiene también otra dimensión. En la primera carta a Pedro leemos que debemos estar “preparados para hacer defensa ante todo aquel que demande de ustedes una razón de su esperanza” (3:15). No todo el mundo cree. De hecho, las universidades contemporáneas son en gran medida lugares de increencia. Así, la iglesia tiene un trabajo que hacer: el de explicar por qué tiene sentido la fe en el Señor resucitado. No existe una fórmula o un argumento, así que no imagines que vas a encontrar una defensa mágica contra todas las objeciones posibles. Pero puedes ofrecer la defensa razonable que Pedro pide. Puedes lograr que otros al menos lo piensen dos veces antes de rechazar al Señor resucitado.

 

Pero en cualquier caso, el punto no es la defensa. Muchas personas se sienten desorientadas, porque piensan que ser intelectuales sofisticados contemporáneos hace imposible la fe. La iglesia quiere alcanzar a esta gente, pero hacerlo requiere de un embajador que esté en casa en el mundo intelectual. Ése eres tú –o al menos es quien puedes llegar a ser si haces tu trabajo con entusiasmo. Participa del amor al conocimiento. Es un amor por sí mismo valioso, y además te permitirá ser la levadura en la masa de la academia.

 

De modo que sí: ser un estudiante es estar llamado a servir a la iglesia y al mundo. Pero recuerda siempre quién sirve a quién. Una universidad se centra en el conocimiento:  al hacer eso puede crear la ilusión de que ser inteligente y bien educado es el centro y meta de la vida. Pero no necesitas ser alguien educado para ser cristiano. Eso es obvio. Después de todo, Cristo se vuelve visible al mundo cuando una persona responde a su llamado de “ven y sígueme”. Me atrevo a decir que Francisco de Asís fue más importante para la iglesia medieval que cualquier intelectual. Eso lo dijo uno de los más brillantes hombres en la historia de la iglesia, un franciscano, Buenaventura. Pero la iglesia también necesita que algunos hombres sean educados, como también lo sabía Buenaventura. Por eso él mismo enseñaba en la Universidad de París, asegurándose de que, en el entusiasmo por seguir a Francisco, sus hermanos franciscanos no fuesen a abandonar la educación.

 

La mejor manera de pensar en la relación entre tu llamado como estudiante y el resto de los llamados de los cristianos se encuentra en I de Corintios 12. En esta carta Pablo trata con una comunidad en crisis por varias facciones que afirman tener prioridad. Una situación como ésa es la que tenemos hoy. Hay pastores que dicen que el trabajo de predicación y evangelización es lo más importante. Profesores que consideran que la educación es lo más importante. Los activistas sociales afirman la prioridad de hacer más justo el mundo. Otros insisten en que la clave está en la renovación espiritual interior. Pablo, en cambio, recuerda a la iglesia en Corinto que se encuentra integrada por una multiplicidad de dones que sirven para edificar el bien común de la iglesia. A unos les es dada sabiduría, a otros conocimiento, a otros el trabajo de sanar, la profecía y el discernimiento de espíritus. Debes honrar a los que están sirviendo a la iglesia como ministros ordenados, o a través de la acción social o la dirección espiritual. Pero recuerda: tú eres un estudiante –no un pastor, un trabajador social ni un guía espiritual. Sea lo que sea lo que hagas en el futuro con tu vida, éste es el momento en el que te dedicas a desarrollar la capacidad intelectual que la iglesia necesita para edificar el cuerpo de Cristo.

 

Tu llamado cristiano no requiere que te transformes en un teólogo, o al menos no en el sentido oficial de la palabra. Hablo como alguien cuyo trabajo lleva el título de “Profesor de Teología”, y ciertamente espero que sientas alguna atracción por el trabajo de la teología. Hoy en día –al menos en Occidente, donde las corrientes intelectuales principales se han desvinculado del cristianismo- la teología se encuentra en una situación trágica, frecuentemente tentada a vestir el evangelio con las últimas modas académicas. En tales circunstancias, Dios sabe cuánta ayuda necesitamos.

 

Pero hay un sentido más amplio en que a todos conviene ser teólogos, el simple sentido de que debemos pensar, a la luz de Cristo, en lo que estamos aprendiendo. La manera de hacer eso no es intentar que cada cosa aprendida calce en alguna parte de la doctrina eclesiástica o la predicación bíblica –eso es teología en el sentido estricto, oficial. En lugar de eso, volverse un académico cristiano es más una cuestión de intención y deseo, de llevar el testimonio de Cristo al mundo contemporáneo de la ciencia, la literatura, etc.

 

Esto no lo puedes hacer solo. Vas a necesitar amigos de las otras disciplinas: de la física y la biología, tanto como de la economía, la psicología, la filosofía, la literatura y cada disciplina. Estos amigos pueden encontrarse entre tus profesores pero también entre otros estudiantes; pero el mayor número de esas amistades intelectuales se encuentran en libros. C. S. Lewis ha seguido siendo popular entre los estudiantes cristianos por muchas razones, entre otras cosas porque es accesible a sus lectores como un confiable amigo en Cristo. Eso es verdad también respecto de muchos otros autores. Conócelos.

 

Además, los libros muchas veces son el camino por el que se inicia nuestra amistad con otros compañeros o con profesores, el camino por el que dichas amistades se ven cimentadas. No soy muy entusiasta respecto de Francis Schaeffer, pero un libro suyo puede ser un punto de contacto, algo respecto de lo cual estar de acuerdo, o sobre lo cual discutir. Lo mismo vale para todos los escritores que tocan temas grandes. Lee a Platón, Aristóteles, a Hume y a John Stuart Mill, no sólo para aprender, sino para dar agudeza y profundidad a tu conversación. Volverse educado significa, en gran medida, añadir varios niveles a tus relaciones. El ir a un partido de fútbol o a tomar una cerveza es algo en sí mismo ya muy bueno, pero también es un tipo de realidad que se presta para conversación, análisis y discusión. Si lees a Mary Douglas o a Claude Levi-Strauss, vas a tener algo que decir sobre los rituales del deporte contemporáneo. Y si lees a Jane Austen o a T. S. Eliot, comenzarás a ver la conversación con los amigos, en particular si es compartiendo una comida, a una nueva luz. No dejes de leer a Trollope. Piensa en los libros como los finos hilos de una telaraña, que vinculan y conectan.

 

Esto es particularmente cierto respecto de tu relación con tus profesores. No es muy probable que tus profesores se vuelvan tus compadres. Pueden ser intimidantes. Pero puedes tener con ellos una amistad intelectual, y esto es más probable que ocurra si leen las mismas cosas. Y eso es cierto también para los profesores de ciencia. Es improbable que participes con tu profesor de física de una conversación interesante sobre partículas subatómicas, pues como estudiante que comienza sabrás demasiado poco. Pero lee Las dos culturas, de C. P. Snow, y te aseguro que tu profesor de física querrá saber lo que piensas. Los libros son piedras de toque, puntos comunes de referencia. Son el agua en que nada nuestra mente.

 

Algunos te identificarán como un “intelectual”. Eso no lo puedes ni debes evitar. Me confieso completamente a gusto con la palabra “intelectual” para designar a los que están comprometidos con el trabajo de la universidad. La palabra muchas veces es asociada a personas autoindulgentes, con un aire de no tener que justificar lo que hacen. Esa comprensión de lo que es ser un intelectual suele justificarse con la idea de conocimiento por el conocimiento. Tal tentación la puedes evitar si tienes claridad respecto de tu llamado como estudiante. Has sido llamado a la vida de la mente como un servicio al evangelio y a la iglesia. No resistas a este llamado sólo porque otros estén abusando de él.

 

No va a ser fácil cumplir con tu llamado como estudiante cristiano. No es fácil para nadie que tome en serio la vida intelectual, sea cristiano o no. Los currículos de muchas universidades pueden parecer –y muchas veces lo son- caóticos. Muchas escuelas carecen de una expectativa en particular. Cumples con un par de cursos de formación general –tal vez un curso de redacción- y luego haces lo que quieras. Además, no hay garantía alguna de que te vayan a estimular a leer. Algunos cursos, incluso en las humanidades, están basados en manuales que te ofrecen los clásicos en trozos. No puedes volverte amigo de un autor tras leer seis páginas de su obra. Finalmente, y esto es lo más increíble, hay un curioso antiintelectualismo dentro del mismo mundo académico. Algunos profesores se han convencido a sí mismos de que todo conocimiento es mero poder político revestido de un lenguaje llamativo, o que los libros y las ideas son simples armas ideológicas en medio de una lucha por el dominio. Los cristianos debemos reconocer que lo conocido y el modo de conocer producen y reproducen relaciones de poder injustas, pero eso no implica que todas las preguntas respecto de la verdad deban ser abandonadas. Como dije, no será fácil.

 

Te debes a ti mismo y a la iglesia el no dejar que la incoherencia, flojera y exceso autocrítico de la universidad contemporánea te desmoralice. No dejes que estas fallas te sirvan de excusa para evitar una educación, una educación cristiana. Aunque algunas universidades hacen que se vuelva fácil para sus alumnos evitar la educación, creo que vas a descubrir que en cada universidad hay profesores que merecen los títulos que han recibido. Tu tarea es encontrarlos.

 

¿Pero cómo encontrar a los mejores profesores? No hay principios fijos para hacerlo, pero te puedo sugerir algunas directrices. Primero: pregunta. ¿Hay profesores que tengan reputación como mentores intelectuales de estudiantes cristianos? Como ya tienes dieciocho años lo que necesitas no son padres sustitutos – o al menos no unos que piensen que tienes doce. Pero sí necesitas guías confiables. Vale la pena rehacer tu agenda para poder tomar el curso sobre Dante con aquel profesor que enseña a Dante con sensibilidad respecto de la profunda visión teológica de este gran poeta. Puedes acabar en desacuerdo con él, pero te enseñará cómo pensar como cristiano.

 

Visita la librería al comienzo del semestre, ve qué libros ha recomendado cada profesor. Me refiero a libros de verdad, no a manuales. Los manuales pueden desempeñar un papel legítimo en algunas disciplinas; pero no en todas, y nunca en todos los niveles. Lo que tú quieres es encontrar profesores que tengan amistades intelectuales, por decirlo así, y que quieran compartirlas con sus alumnos. Si el programa de un curso dedica varias semanas a la lectura de las Confesiones de san Agustín, es razonable suponer que Agustín se encuentra entre la gente que tu profesor conoce (o quiere conocer), y que también es alguien al que quiere que tú conozcas.

 

Los mejores profesores para un estudiante cristiano no siempre son cristianos. De hecho, existe un tipo de profesor cristiano que te puede confundir. Porque no es fácil ver la verdad de Cristo en la ciencia moderna o en la teoría crítica contemporánea, por ejemplo. Es fácil ceder entonces a la tentación de separar por esferas, el limitar la fe a tu corazón y continuar luego con tu trabajo académico como si nada. Hay profesores que están muy a gusto con ese tipo de separación por esferas. Tú debes buscar fortalecimiento espiritual, cada vez que lo puedas conseguir, y esa clase de profesores te podrá ayudar en eso. Pero no los sigas en esa división de esferas, porque eso es básicamente dejar tu fe cristiana fuera de tu trabajo como estudiante.

 

Tu llamado es a ser un estudiante cristiano. La parte de “estudiante” y la parte de “cristiano” son inseparables. Eso tendrá momentos duros y frustrantes, porque no verás cómo integrar las dos cosas. Nadie llega a total claridad al respecto. Pero necesitas recordar las palabras de Cristo: “yo soy el Alfa y la Omega”. Aunque tengamos dudas respecto del cómo, conocemos el hecho de que ser un cristiano y ser un estudiante (y un profesor) irán para ti de la mano.

 

Aunque muchos profesores no son cristianos (en algunas escuelas la mayoría no lo es), muchos profesores tienen un tipo de piedad que es especialmente relevante para la vida académica. Algún profesor puede estar especialmente comprometido con el valor intrínseco de conocer la poesía de Wordsworth, mientras otro tiene la misma dedicación a un experimento químico. Lo que ambos transmiten es un espíritu de devoción. Sus vidas intelectuales sirven a su objeto de estudio, en lugar de tratarlo como un objeto que debe ser dominado o, peor, como un cuerpo de información que debe ser transmitido a los estudiantes. La literatura inglesa y la ciencia moderna no existen por sí solas y la universidad no está recaudando fondos simplemente para sostener la carrera de sus profesores. Para estos profesores el sistema educacional existe para sus disciplinas, a las cuales sirven con gusto. Este espíritu de devoción no es idéntico con la fe cristiana, pero puede ayudarte a dar forma a tus jóvenes deseos e impulsos intelectuales, recordándote que tu misión como estudiante no es ser servido sino servir. No es que la universidad sea para ti; es para tu llamado cristiano como intelectual.

 

Pronto dejarás de ser un recién llegado a la universidad, y el sistema te forzará a la especialización. Eso contiene riesgos así como oportunidades. Vas a verte tentado a tener una especialidad principal que te dé cierta sensación de coherencia; ten cuidado de que no estreche tu mente en la dirección incorrecta. Es verdad, por ejemplo, que la psicología moderna da una significativa comprensión de la condición humana, pero no dejes que tu creciente especialización genere en ti la ilusión del dominio. Mantén lecturas variadas. Puede dar la impresión de que mientras menos cosas sabes, mejor conoces ese poco; después de todo, ¡ahora sabes tanto más de psicología! Pero en realidad la lección que debieras sacar de ese creciente conocimiento en una pequeña área es una lección de humildad. Tras un par de años tomando cursos sobre historia de la Europa moderna vas a saber bastante más respecto de la Revolución Francesa, pero si eres lo suficientemente autoconsciente también sabrás cuánto cuesta llegar a saber algo bien. ¡Y hay tanto más que historia europea moderna para conocer de la realidad!

 

Para combatir la tendencia a la complacencia –propia del dominio de una disciplina- es particularmente importante que tengas una perspectiva histórica del desarrollo de tu disciplina. Tengo en alta estima al conjunto de disciplinas que acostumbramos llamar “ciencias”; con demasiada frecuencia, sin embargo, quienes las estudian no tienen la menor idea de cómo y por qué se desarrolló la agenda investigativa en dirección a las prácticas hoy comunes. Puede resultar chocante retroceder para leer algo de Isaac Newton, porque uno verá que mezclaba su análisis científico con argumentos teológicos. No es necesario que tomes eso como un deber de hacer lo mismo en el siglo XXI. Pero sí te debiera llevar a tomar conciencia de que la ciencia moderna tiene profundas dimensiones metafísicas y teológicas que, por buenas razones, pueda ser bueno dejar de lado. O tal vez no. El punto es que conocer la historia de tu disciplina inevitablemente te llevará a ampliar el tipo de preguntas que te haces, y te forzará a leer para ser un intelectual en lugar de un mero especialista.

 

También es importante que aprendas a no dar por sentadas las clasificaciones que son predominantes en una universidad contemporánea. Si lees a Dante, por ejemplo, seguramente lo harás en un departamento de inglés. Se enseña ahí, porque se considera que el Inferno es “literatura”. Es obvio que Dante era un poeta, y uno de los mayores; pero también era un teólogo, y no le haremos justicia si ignoramos que sus convicciones teológicas específicas, algunas de ellas controversiales en su tiempo tanto como en el nuestro, se encuentran en el centro de su vida y obra. Lo mismo puede decirse de los departamentos de teología, muchas veces dominados por una forma escolástica y filosófica de reflexión que ignora las tradiciones místicas así como las tradiciones de comentario bíblico.

 

Si enfatizo de esta manera la necesidad de que amplíes tus horizontes con preguntas históricas y desafiando las clasificaciones predominantes, lo hago porque tu llamado es a ser un estudiante cristiano, no un estudiante de física o inglés. Una vez más debo aclarar que mi interés no es que cada cristiano que entra a la universidad se convierta en un teólogo, pero es importante que hagas preguntas teológicas a lo que estás aprendiendo. Si, por ejemplo, estudias economía, estarás en una disciplina actualmente dominada por modelos matemáticos y de “elección racional”. Dichas teorías pueden tener su utilidad (por usar una expresión de dicho ámbito), pero también pueden implicar supuestos antropológicos que un cristiano no puede aceptar. Si dejas que tu vida intelectual sea formada exclusivamente por tu disciplina, ni siquiera podrás ver cuál es el problema en cuestión.

 

Quisiera poder darte consejos más prácticos y concretos. Pero, como una vez lo dijera Tip O’Neill sobre la política, la mayor parte de la vida académica es “local”. Los programas de teología de algunas universidades nominalmente cristianas son derechamente dañinos para el llamado de un estudiante cristiano. Otros programas son, en cambio, una ayuda maravillosa. Para algunos estudiantes el estudiar bajo un profesor que se presente como ateo puede ser el primer encuentro con un maestro que crea que la fe es relevante para la vida intelectual, aunque sea de un modo puramente negativo. Ese encuentro no tiene por qué dañar al estudiante cristiano. Puede despertar las convicciones del estudiante y ponerlo en camino a averiguar cómo la fe apoya y motiva la vida intelectual en su propio caso. Pero de todos modos, tal y como lo he enfatizado, necesitarás buenos mentores –hombres y mujeres que estén dedicados a su trabajo y que, viendo con humildad los límites de su especialidad, lean ampliamente y sean así intelectuales en lugar de especialistas.

 

Permíteme volver a la observación de Robert Wilken sobre la vida ritual, moral e intelectual del cristiano. No te engañes. Sólo un hombre o una mujer que ha pasado por un largo proceso de disciplina espiritual puede entregarse de modo confiado a la oración en la soledad. Tú eres joven. Tú necesitas de la participación regular en la disciplina de la adoración, la lectura bíblica y la comunión cristiana. No dejes eso durante la universidad. Tampoco mires en menos las tentaciones morales de la vida universitaria contemporánea. El actuar de nuestros amigos necesariamente nos influenciará, por lo que hay que elegir sabiamente.

 

Adorar a Dios y vivir de modo fiel son dos condiciones necesarias si vas a sobrevivir en la universidad. Pero como cristiano estás llamado a más que sobrevivir. Estás llamado a usar esta oportunidad para ver el mundo como una criatura de Dios, de un Dios que desea que gocemos el amor que nos ha llevado a existir. Como miembros de la iglesia, contamos contigo. No va a ser fácil. Nunca lo ha sido. Pero puedo dar fe de que también puede ser una fuente de alegría.

 

Qué fantástica aventura tienes por delante, te deseo bien.


El presente artículo fue publicado originalmente en First Things, noviembre, 2010 (www.firstthings.com).  Traducido con autorización. Traducción de Manfred Svensson.

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