Estudios Evangélicos

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Will Graham y el boicot a la vida institucional

El año del mundo evangélico hispanoparlante llega a su término con un extraño intento de boicot contra la Editorial CLIE. Como todos quienes han publicado en CLIE, tengo una personal deuda de gratitud con Will Graham, autor del llamado a boicot, por la gratuita publicidad así recibida. Pero tendré que dejar esta deuda de lado, me temo, para explicar brevemente qué es lo que a mí me parece más preocupante en todo esto.

Debo partir aclarando que no he leído ninguno de los textos objetados por Graham. Cuánto tenga de razón en sus objeciones es algo que aquí me tiene sin cuidado. Obviamente puede tener razón. Pero también es cierto que otras veces ha dado ya muestra de juicios sumamente ligeros (como en su discusión de Bonhoeffer), por lo que no es difícil imaginar hacia dónde se descarrilaría una editorial siguiendo sus directrices (y, por si fuere descuidado, algunos de sus seguidores ya se han apurado en sugerirle más títulos a eliminar). En fin, como decía, sobre la pertinencia de sus juicios no me pronunciaré más aquí.

Tampoco lo acusaré de inquisidor. Espero que esta omisión no lo desilusione. Pero lo que pienso es que la inquisición, con toda su brutalidad, sabía al menos algo sobre debido proceso, sobre conductos regulares, etc. Y es eso lo que se echa de menos en todo el escándalo actual. Si se me permite decirlo frontalmente: una cuenta de Facebook llamando a boicotear a una editorial es un acto tal vez más bajo que las prácticas inquisitoriales. Y es particularmente preocupantes porque, en su pretensión de estar salvando al mundo evangélico de una marea de heterodoxia, lo que en realidad hace es agudizar un problema gravísimo del mismo mundo: su descuido de las instituciones.

El desprecio por las instituciones es, en efecto, el lado más preocupante de todo este episodio. La principal institución en cuestión es por supuesto CLIE. Según la misma editorial ha explicado en su declaración pública, ella se encuentra en la singular posición de no ser una iglesia, pero tampoco ser una editorial cualquiera. Posee evidentemente una línea editorial, pero posee también sus mecanismos propios para velar por la mantención de la misma (mecanismos que, como se supo durante esta controversia, de hecho habían operado ya antes de recibir una acusación desde fuera).

Piénsese en una universidad confesional: he ahí una institución análoga, un brazo de la cultura cristiana, pero uno tan singular que tampoco en la Edad Media el Papa podía llegar y entrometerse sin más en la vida de las mismas. Imagínate, Will: ni siquiera el Papa. Y no es porque las universidades no pudieran y puedan errar, sino porque como tantos otros cuerpos poseen sus mecanismos propios para revisar el error. Es verdad, por cierto, que parte de esos mecanismos es estar atentos a quienes objetan algo desde fuera de la institución. Pero dichas voces deben reconocer el carácter limitado de su alcance, en lugar de sorprenderse porque tras una semana nadie responde a sus requerimientos (y aquí tenemos un problema con los medios actuales: este reconocimiento no es tan fácil para quien inyectando algo de dinero a la publicidad de Facebook, en pocas horas siente que su mensaje ya alcanza a millones).

Pero CLIE no es la única institución despreciada. Tras comentar Eliseo Vila que la obra de Máximo García sería discutida con representantes de la iglesia bautista ante la editorial, a Graham se le ocurre entonces embestir también contra dicha iglesia. ¿Porque anticipa un juicio distinto del suyo? No, ni siquiera eso. Simplemente le parece irrelevante seguir cauces institucionales: “¿qué más da si hay bautistas en la Junta directiva de CLIE?”, es su literal pregunta. En su actuar ha intentado presentarse como adalid de una causa conservadora contra el progresismo, pero tales palabras dejan al descubierto cuán vana es esa pretensión. No en vano su boicot ha encontrado rechazo en todos los sectores.

Uno de las afirmaciones más singulares de su último escrito es aquella según la cual aquí habría que seguir una distinción de los reformadores entre doctrinas necesarias y doctrinas indiferentes. Como CLIE estaría vulnerando las fundamentales, el boicot estaría justificado. Pero esta construcción solo existe en su imaginación, pues la distinción entre doctrinas necesarias y doctrinas indiferentes no es propia de los reformadores, sino del humanismo del siglo XVI. Eso podrá parecer una curiosidad histórica, pero se trata a mi parecer de un desliz muy revelador: el imaginado cuerpo de doctrinas fundamentales se vuelve el pedestal desde el que se critica no algo imaginado, sino algo muy real: las instituciones vivas que con su dedicado trabajo, con sus errores y sus mecanismos para corregirlos, procuran transmitir el consejo completo de Dios.

Es por eso que yo no temo que aquí esté resurgiendo una inquisición. Tampoco temo que el boicot vaya a perjudicar a CLIE (espero que puedan sacar felices cuentas tras esta navidad). Pero sí temo por lo nocivo que es reforzar el ya peligroso desdén del mundo evangélico por las instituciones. El boicot lleva a su punto culminante un espíritu de guerra cultural que no sabe nada de construir una cultura, y así deja a quienes lo siguen en muy mal pie para los desafíos que los cristianos tienen en el presente.

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