Estudios Evangélicos

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Wolfhart Pannenberg (1928-2014)

Porque Dios es el creador de todo y será el redentor de todo, la teología tiene que estar preocupada de todo.

Ya era hora de que, como ha acabado en otros ámbitos, también en la teología acabara el siglo XX. Creo que ocurrió el viernes, con la muerte de Wolfhart Pannenberg. Fue el último gran teólogo contemporáneo marcado por las grandes discusiones de la teología alemana de mediados de siglo. De esos que alcanzaron a estudiar con Karl Barth sin ser determinados por las posiciones de éste. Tal vez toda la estirpe de la alta teología alemana haya llegado ya con él a su fin.

Pero para los que se asustan ante la sola mención de la teología alemana, cabe partir por notar que Pannenberg se ubicaba en un lugar peculiar dentro de esa tradición. No es alguien formado de modo estrecho por ella. Su tesis doctoral fue sobre la doctrina de la predestinación de un doctor de la iglesia medieval, Duns Escoto. Pero enraizado de ese modo en la tradición medieval, la catolicidad de su empresa intelectual la llevó adelante desde una clara conciencia de los problemas propios de la tradición que le era más cercana. Los alemanes tienen el término “Problemgeschichte” para describir una historia narrada no según el orden cronológico sino según nudos de problemas; no es nada extraño que entre las últimas obras de Pannenberg se encontrara una “Problemgeschichte” de la teología protestante (alemana) contemporánea. Recorrió su propia tradición como una historia de problemas, problemas que tomó en serio como tomaba en serio también los del mundo secular circundante. Fue, en todo sentido, un pensador de problemas: es difícil abrir una página de sus obras sin notar que está problematizando algo, exponiéndose a la objeción o haciéndose cargo de una, buscando un nuevo ángulo desde el cual mirar algo. Fue el tipo de teólogo cuya confianza en la verdad del cristianismo le daba libertad para exponerse de ese modo. Si uno no lo sigue en sus conclusiones, habrá de él al menos aprendido a no escabullir temas ni preguntas.

Todo esto se expresó, como en los grandes, en una obra sistemática de proporciones considerables. Puede ser verdad eso de que la época de los grandes sistemas ya ha pasado; pero en ese caso fue recién esta semana que pasó, y seguiremos por largo tiempo bebiendo de ella. Por lo de más, si uno ha de tener teologías sistemáticas, al menos lo que yo busco en ellas es precisamente lo que se encuentra en la de él: una mente que está en casa tanto en una tradición teológica específica como en el mundo intelectual que lo rodea. Un siglo atrás se podía encontrar algo semejante en una obra como la Dogmática reformada de Bavinck, quien podía citar con una misma soltura a los escolásticos calvinistas y a sus contemporáneos idealistas alemanes. Pannenberg pensó y escribió un siglo después de Bavinck, pero quien recorre su obra encuentra ahí una natural familiaridad tanto con la escena intelectual contemporánea como con el conjunto de la tradición intelectual cristiana. Quien no está interesado en la teología de Pannenberg, puede incluso así dejarse guiar por él para conocer esas tradiciones (pienso no solo en su Teología sistemática, sino en su Antropología en perspectiva teológica y su Historia de la filosofía desde la idea de Dios).

Fue un erudito, sí, pero uno que ha digerido argumentativamente lo que conoce y expone. Existe, desde luego, la presunción de que nadie llega a la fe por esa vía, que la aridez del esfuerzo racional no puede mover una vida. Pero la misma vida de Pannenberg es un ejemplo en sentido contrario: no se hizo teólogo tras hacerse cristiano, sino que por la teología –que estudió como quien estudia filosofía- llegó a hacerse cristiano. Su fe, escribe, fue creciendo y desarrollándose precisamente de la mano de su crecimiento y desarrollo intelectual. No es extraño que alguien con esa experiencia a sus espaldas mantuviera una confianza inconmovible en el sentido del trabajo intelectual. No del todo inconmovible, por cierto, pues bien entendía cuán común es la tendencia a poner en un molde a quien está diciendo algo nuevo. “No es posible comunicar algo realmente nuevo sin ser malentendido”, decía acertadamente en una entrevista publicada en español. Si uno quiere formarse una idea de su propio pensamiento, tendrá pues que olvidar las etiquetas que haya escuchado –mediadas por esos malentendidos- y dirigirse a alguna de sus obras.

Personalmente estoy lejos de haber atravesado sus gruesos volúmenes de teología. Soy de quienes se encuentran en otra disciplina, escuchando a quienes como Pannenberg se mueven con soltura a través de las fronteras. Tenía, en efecto, una elevada conciencia del carácter interdisciplinario de la teología, pero se trata de una interdisciplinariedad con dos notas características. En primer lugar, el amplio rango de disciplinas implicado en esa posición (véase, por ejemplo, su Teoría de la ciencia y teología), que contrasta con corrientes teológicas que con frecuencia reducen su diálogo a las ciencias sociales. En segundo lugar, resulta característico que su interdisciplinariedad no era una posición indiferente en lo que a la naturaleza de la teología respecta, como si solo fuese expresión del gusto del autor por un sinfín de materias. Era, por el contrario, una expresión de su concepto de teología:

Porque Dios es el creador de todo y será el redentor de todo, la teología tiene que estar preocupada de todo. Esto no hace que la teología sea interdisciplinaria en un sentido superficial. Es interdisciplinaria porque la teología tiene que ver con una sola cosa, y eso es Dios.

Pero esta descripción de su obra –erudito, argumentativo, interdisciplinario- no implica que se tratara de un autor alejado de la realidad. En temas pacíficos y conflictivos, de su pluma fluyeron por décadas artículos que buscaron iluminar toda índole de cuestiones. No estará de más mencionar en ese sentido algo de su posición respecto de la homosexualidad. No porque haya escrito de modo particularmente detenido al respecto (no son más de cinco páginas), ni porque haya originalidad alguna en lo que escribió. Lo peculiar fue simplemente que apareciera un gran teólogo de la tradición alemana, al que nadie se le pasara por la mente identificar con algún tipo de fundamentalismo, defendiendo la clásica comprensión cristiana de la sexualidad (y esto no a mediados de siglo, sino, por decirlo así, ayer mismo). Las dispares reacciones a esa posición suya resultan reveladoras respecto del escenario actual. En su propio país la reacción del establishment eclesiástico fue sencilla: confiar pacientemente en que un día moriría. Y en eso al menos tenían razón. En el mundo evangélico angloparlante, en cambio, se encuentra la reacción opuesta: sus breves páginas sobre la homosexualidad son lo único que en décadas la revista Christianity Today publicó en inglés de su enorme obra.

Para los interesados en su reflexión moral, vaya pues ante todo una invitación a no limitarse a ese punto, a hundirse con más detención en un conjunto mayor de textos. De lo que hay traducido a nuestra lengua, recomendaría en particular el volumen Ética y eclesiología, un libro que da perfecta cuenta de cómo Pannenberg podría responder a esos dos tipos de lectura que acabo de mencionar: la de los que se contentan con citarlo en un punto aislado y la de los que dicen “mejor no hablemos de eso, hablemos de ecumenismo”. En contraste con las dos posiciones, Pannenberg –como ya indica el título de ese libro- se resiste a separar la reflexión moral de la reflexión sobre la iglesia, y nos recuerda así cuán hondo es el entramado de cosas a tocar por quien quiere hacer una reflexión moral arraigada. Es una obra que invita a percibir conexiones, en lugar de abordar complejos temas con frases sueltas. Piénsese, por ejemplo, en líneas como las siguientes:

Un ordenamiento político fundado sobre la libertad descuida sus propios fundamentos, los fundamentos de su propia existencia, si se entiende a sí mismo superficialmente en términos de separación entre la iglesia y el estado. La idea de libertad se verá desposeída, en primer lugar, de su profundo contenido religioso, de su capacidad para vincular moralmente; se verá banalizada hasta el punto de servir de justificación de la arbitrariedad privada y, finalmente, será entregada a la burla como ilusión burguesa. De esta forma se ha preparado el terreno, de nuevo, para nuevas formas de compromiso ideológico total.

Pero percibir conexiones, y en particular en el campo de la eclesiología, es también percibir conexiones históricas. La situación actual de occidente se encuentra, después de todo, indisolublemente unida al quiebre de la unidad de la iglesia occidental en el siglo XVI. Hubo tiempos en que esto era afirmado sobre todo como reproche de parte de la apologética católica; ha habido también el tipo de protestante que quiere convertir el objeto del reproche en virtud, afirmando que el mundo moderno es una maravillosa creación de la Reforma. A lo largo de sus escritos Pannenberg adopta aquí una posición sencilla: no es ni la del católico que condena ni la del protestante que celebra ese presunto vínculo entre Reforma y modernidad, sino la de quien reconoce que muchos aspectos problemáticos del mundo actual efectivamente son fruto del quiebre eclesial, sin derivar por ello de la teología de los reformadores (el amplio mundo de las consecuencias no deseadas, que a veces son mayores que las deseadas por el que actúa). Quien admite eso puede seguir entendiéndose con la más completa integridad como protestante; pero sabe, al mismo tiempo, que es imposible pensar con claridad respecto de la crisis de nuestra sociedad sin pensar a la vez respecto de la unidad de la iglesia.

De más está decir que el seguir a Pannenberg en el planteamiento de ese problema no tiene por qué implicar que lo sigamos en las respuestas al mismo. Pero es a ese tipo de problema que se encuentra sujeto el conjunto de su obra. En lo que tiene de erudito y de sabio, en lo que tiene de eclesiástico y de atención a las crisis de nuestro tiempo, en todo eso subyace el sencillo propósito formulado en las primeras páginas de su Teología sistemática. Lo que ahí proyecta, escribe, “no pretende renegar ni de su origen geográfico ni su origen confesional. Sin embargo, no se trata ni de una teología confesional luterana ni de una teología europea (en contraste, por ejemplo, con una latinoamericana), sino de la verdad de la doctrina y la confesión cristiana a secas”. No es un mal proyecto a seguir para quienes estamos en otras tradiciones confesionales y en otras situaciones geográficas. Y nadie que entienda la envergadura de semejante tarea tendrá la osadía de embarcarse en ella sin profundo agradecimiento por quienes han ido antes.

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