Estudios Evangélicos

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Cuando el método oscurece el mensaje

Vi las calcomanías que decían, “Prueba a Dios”, o “Dale una oportunidad a Jesús”. Pero esos llamados solo me hacían sentir pena por la deidad cristiana.

Aún puedo recordar los fallidos intentos de mis amigos cristianos durante la secundaria. Yo era un judío no practicante, y ellos eran cristianos “nacidos de nuevo”. Durante un viaje a esquiar, un amigo en particular seguía intentando hacerme escuchar su música rock “cristiana”, argumentando que la calidad era tan buena como la de la secular. Bueno, francamente, la calidad no era tan buena, y de todas maneras yo no estaba interesado en música religiosa. Cuanto me rehusé a probar, intentó mostrarme las evidentes letras “cristianas” en el cassete de U2 que yo estaba escuchando. “¿Sabías que la canción “Dos corazones laten como uno”, es acerca de la visión cristiana del matrimonio?” “No, no sabía”, respondí, “Pero a quién le importa. Solo es buena música”. Solo para dejar constancia, ese no es exactamente el tema de esa canción de U2.

En cuanto llegué a casa, tiré todo mi equipo de esqui atrás de mi closet, junto con mi copia de Más que un carpintero que básicamente me entregaron a la fuerza. También me recuerdo trabajando sirviendo mesas durante esos años. Odiaba especialmente tener que trabajar los domingos porque no disfrutaba toda esa “gente de iglesia”. No es que tuviera un prejuicio acerca de los individuos religiosos, era solo que no me gustaba recibir tratados en vez de propina (especialmente ofensivos eran los tratados diseñados para que parecieran dólares).

Pero algo divertido ocurrió un par de años después. Había empezado mi primer semestre en la universidad comunitaria cercana y estaba leyendo secciones del Antiguo Testamento, el que no había tomado desde antes de mi confirmación a la edad de 13. En mis lecturas llegué a un pasaje que literalmente me dejó anonadado: “Pero de ti, Belén Efrata, pequeña entre los clanes de Judá, saldrá el que gobernará a Israel; sus orígenes se remontan hasta la antigüedad, hasta tiempos inmemoriales” (Miqueas 5:2). He visto todos los números especiales de navidad año tras año, de modo que sabía cuáles eran las implicaciones de “Belén”. En síntesis, fui un converso de medianoche; de hecho, el día siguiente salí a comprar una copia del Nuevo Testamento y comencé a leerlo con un corazón creyente.

Luego de este extraordinario evento en mi vida, empecé a salir con amigos cristianos que siempre estaban intentando que fuera a estudiar la Biblia. Pero esta vez yo de verdad quería estudiar la Biblia. Mis amigos estaban muy entusiasmados por mi conversión y me invitaron a su “estudio bíblico de día viernes”. Desafortunadamente para mí, no era un estudio en ningún sentido. Había mucho canto con guitarra, comunión, pero muy poco estudio. Antes de tener una oportunidad de zambullirme en algún jugo y galletas, me jalaron a la calle a testificar junto con el resto. Me entregaron un montón de tratados y me dijeron que se los entregara a las personas en el muelle. Me sentí un poco incómodo por esto. Me pregunté si me había convertido en alguno de esos bichos raros religiosos que uno ve en los aeropuertos. Pero en mi celo evangelístico por compartir el mensaje transformador de Jesús, los acompañé.

Eso fue hace 10 años. Mirando esos días hacia atrás a menudo me avergüenzo. Ahí estaba, nuevo en la fe, y dentro del mismo año había testificado en la calle, puerta a puerta, y contestado llamadas de teléfono en la Cruzada de Billy Graham, ayudado en la juventud y los niños de la escuela dominical, e incluso considerado ser un misionero junto a Juventud con una misión. El único problema era que yo no sabía lo que era el evangelio.

Mi experiencia no es única. Tuve un buen número de amigos con historias similares a las mías, algunos ya no son cristianos. Eso ocurre cuando desde nuestros pulpitos empujamos el evangelismo en vez del evangelio. Puedo decir honestamente que nunca escuché ni una sola vez de la doctrina de la justificación por gracia a través de la fe durante mis dos primeros años de caminar cristiano, pero ya me había acostumbrado a que tenía que salir y testificar. El problema era que sabía que tenía que ser un testigo, pero no había aterrizado qué era lo que tenía que testificar.

La búsqueda de lo práctico

En solo una de sus epístolas Pablo podría habernos guiado a todos a través de “Los cuatro pasos espirituales hacia un evangelismo efectivo”. Pero no lo hizo. Los apóstoles parecían pensar que su tiempo era mejor empleado en la defensa del mensaje del evangelio y en aclarar cuestiones doctrinales. ¡Qué aburrido! Yo quería saber cómo alcanzar compañeros, cómo hacer “crecer” una iglesia, cómo planificar una cruzada, cómo testificar en un avión, cómo esto, cómo aquello… Pero para estas preguntas no hay fin. Pero la Biblia simplemente no es un manual de “cómo hacer…”. Y eso está bien, porque los manuales de ese tipo están obsoletos antes que cualquier otro tipo de libro –uno ve ese tipo de libros por un par de pesos en las ventas de garaje de tus vecinos. La Biblia nos entrega información que no caerá en obsolescencia con el paso del tiempo, y lo hace con argumentos convincentes y apelando a la verdad objetiva. La verdad no pasa de moda, y no se torna irrelevante. Podrá ser ignorada de tanto en tanto, pero no pierde su relevancia.

Desafortunadamente para mí, muchas de las personas con las que me reuní antes y después de mi conversión parecían pensar que las técnicas y asuntos prácticos eran más relevantes que la verdad que se rehusaban a enseñarme. Es en este punto que veo un agudo contraste entre el llamado evangelístico actual y el contenido de la predicación apostólica.

Entrenamiento teológico

¿Qué tan bueno es un mensaje sin contenido? Como relaté al principio de este artículo, fui enviado a testificar en la calle el primer día que asistí al estudio bíblico. Pero el consejo de nuestro Señor no es como el comercial de televisión donde, “Vas y le cuentas a dos amigos, y ellos le contarán a dos, y así sucesivamente…”. En vez de eso, el mandato de nuestro Señor fue “ir y hacer discípulos en todas las naciones…”. Parte del problema nuestro es que vemos el evangelismo como si fuera simplemente hacer que los amigos tomen una decisión. Hemos sido tan influenciados por el arminianismo anti-intelectual que hemos ignorado casi completamente el discipulado. Pero ¿acaso no tiene sentido que entrenes a una persona en lo más básico de su fe antes de enviarlo al campo misionero?

Desafortunadamente no lo hacemos. Debemos recuperar el perdido arte de la catequesis y el entrenamiento teológico. Si hiciéramos esto, habría menos énfasis en “los asuntos del evangelismo” y más énfasis  en “los asuntos del evangelio”. Los amigos cesarían de intentar vender su religión con técnicas de manipulación, y comenzarían a compartir su fe de manera convincente, razonada y articulada. Solo miremos las oraciones e instrucciones de los apóstoles respecto de equipar a los santos:

Esto es lo que pido en oración: que el amor de ustedes abunde cada vez más en conocimiento y en buen juicio. Filipenses 1:9

Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón. Colosenses 3:16

Más bien, crezcan en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡A él sea la gloria ahora y para siempre! Amén. 2 Pedro 3:18

Esfuérzate por presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse y que interpreta rectamente la palabra de verdad. 2 Timoteo 2:15

Una vez que una persona ha sido plenamente equipada de manera de “usar bien la palabra de verdad”, puede hacer trabajo de evangelista. Pero antes de ese momento, no. Hasta que una persona pueda correctamente distinguir la ley del evangelio, no debería ser considerado para emprendimientos evangelísticos. Porque ¿cómo puede uno predicar efectivamente, a menos que primero le muestre a una persona las demandas de la ley? ¿Y cómo puede uno consolar a aquellos aterrados por la ley, a menos que se predique el Evangelio con toda su dulzura?

Otro punto que aquí necesita hacerse es el hecho de que testificar a otros acerca de Cristo debe ser teológicamente basado o terminará siendo solo testimonial. En otras palabras, si no tengo un sólido entendimiento de las doctrinas del cristianismo, inevitablemente terminaré hablando de los efectos de la religión en mi vida, en vez de hablar del mensaje objetivo del evangelio mismo. J. Gresham Machen es útil en este punto:

Desde el principio el cristianismo fue una campaña de testimonio. Y el testimonio no solo estaba relacionado con lo que Jesús estaba haciendo en las vidas individuales. Tomar las palabras de Hechos en este sentido es violentar el contexto y la evidencia. Por el contrario, las epístolas de Pablo y todas las fuentes dejan claro que el testimonio no era primordialmente acerca de hechos espirituales íntimos, sino de lo que Jesús había hecho de una vez y para siempre con su muerte y resurrección.

El cristianismo está basado, entonces, en un recuento de algo que sucedió, y el obrero cristiano es primordialmente un testigo. Pero si es así, entonces es más importante que el obrero cristiano diga la verdad. Cuando un hombre toma se sienta a escuchar a un testigo, importa muy poco el modelo de su abrigo o si acaso sus frases suenan amables. Lo importante es que diga la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad[1].

Efectivamente, el evangelismo cristocéntrico debe estar basado en los “hechos” del cristianismo, no en sus “efectos”. Cuando se piensa en esto, tiene todo el sentido del mundo. Cualquier religión o ideología puede hacer una diferencia en la vida de una persona, pero todos estos distintos sistemas de creencia no pueden ser verdad simultáneamente. Pero si una religión es presentada antes que todo como cierta, entonces tiene implicaciones para todos, no solo para aquellos para quienes es útil. Esto me lleva al siguiente punto.

¿Qué le pasó a la apologética?

¿Por qué estaba tan sorprendido de ver el pasaje que encontré en Miqueas 5:2? Porque nadie nunca antes me lo mostró. En su celo por convertirme, mis amigos gastaron toda su energía pensando en técnicas por las cuales yo podía ser salvo, en vez de acercarse con sólidos argumentos que apoyaran el cristianismo. De lo que no se daban cuenta era que yo pensaba que todas las religiones eran absurdas, por lo que todos sus esfuerzos por hacer que leyera libros cristianos o escuchara audios cristianos eran absurdos. Pero en mi caso, la simple discusión de una profecía mesiánica cumplida podría haber abierto la puerta para compartir el evangelio conmigo. Todo lo que tenían que hacer era darme razones de su fe.

La apologética es un ingrediente perdido crucial en mucho del evangelismo contemporáneo. El apóstol Pedro nos otorga un claro y familiar consejo: “estar siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes.” 1 Pedro 3:15. Pero hacemos exactamente lo opuesto. No damos razones de la esperanza que tenemos; simplemente forzamos nuestra fe en otros en la forma de tratados, folletos y audios. Y muy pocos de nosotros nos tomamos el tiempo de prepararnos para la duras preguntas de la fe que el no creyente puede hacernos. Pero hay  mucha sabiduría en el consejo de Pedro. Solo veamos el ejemplo del mismo Pedro en su famoso sermón en Pentecostés:

Pueblo de Israel, escuchen esto: Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes con milagros, señales y prodigios, los cuales realizó Dios entre ustedes por medio de él, como bien lo saben…..A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Hechos 2:22, 32

Noten que Pedro no pide fe ciega. Mientras en círculos evangélicos usted podría ver una polera con una calcomanía que reza, “Dios lo dijo, yo le creí, y eso cierra la discusión”, Pedro aquí apela a una evidencia conocida en común (“así como ustedes saben”), y a los relatos de testigos oculares para la autoridad de sus afirmaciones. Pedro no tenía tiempo para técnicas evangelísticas. Estaba convencido de que el mensaje que predicaba era cierto, y es por eso que entregaba sólidas y convincentes razones para su fe, así como explicaba el significado de la cruz y la resurrección. Y tampoco debemos olvidar el éxito de ese sermón, dado que Lucas registra que “cerca de tres mil fueron añadidos al número en aquel día”.

Esteban es otro buen ejemplo de la importancia de la apologética en el evangelismo. En Hechos 6:9-10, Lucas registra que mientras todos los hombres discutían con Esteban acerca de las extrañas y novedosas enseñanzas del cristianismo, “no podían luchar contra su sabiduría o el Espíritu con el que hablaba”. Podemos tomar unas pocas cosas de este pasaje. Primero que todo, está bien argumentar. Con eso me estoy refiriendo al intercambio de proposiciones, no a la confrontación hostil. Muchos cristianos piensan que argumentar es algo negativo, pero estamos llamados a argumentar la verdad del cristianismo de la misma manera que un abogado argumentaría por la inocencia de su cliente. Otra cosa que podemos tomar del ejemplo de Esteban es el hecho de que nadie podía alzarse en contra de su sabiduría, o el Espíritu con el que hablaba. El Espíritu Santo se agrada de sólidos argumentos y los santifica para su propio uso. ¿Es acaso una sorpresa que se llame el “Espíritu de verdad”?

Luego está el ejemplo de Pablo. El mensaje del apóstol fue simple. En palabras de Festo, Pablo estaba obsesionado con “un hombre muerto llamado Jesús que Pablo decía se encontraba vivo” (Hechos 25:19). Él no era como muchos de esos místicos religiosos que constantemente especulaban en materias espirituales y religiosas. Este hombre estaba convencido de que todo el asunto de la religión pendía de una cosa, y de una sola cosa: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y también vuestra fe”. Pablo estaba cómodo con este tipo de evangelismo porque, como lo explicó a Festo y al Rey Agripa, “El rey está familiarizado con estas cosas, y por eso hablo ante él con tanto atrevimiento. Estoy convencido de que nada de esto ignora, porque no sucedió en un rincón”. Hechos 26:26

La apologética entonces es una vía para otorgar credibilidad al mensaje del evangelio. Previene a tus oidores de pensar, “Oh, este es uno de los mensajes religiosos”. Si Jesús realmente resucitó de los muertos en el espacio y tiempo de la historia, entonces sus afirmaciones acerca de sí mismo son vindicadas. Esto es por  lo que para Pablo todo depende de la resurrección. Pero ustedes saben, en todos mis años de no cristiano, nunca escuché ese tipo de mensaje. Por supuesto, vi las calcomanías que decían, “Prueba a Dios”, o “Dale una oportunidad a Jesús”. Pero esos llamados solo me hacían sentir pena por la deidad cristiana. Nunca escuché de un Dios quien había “dado pruebas [de su juicio venidero] a todos los hombres mediante la resurrección [de Jesús] de entre los muertos” (Hechos 17:31). El cristianismo no está temeroso de la verdad, se sostiene por la verdad. Por lo tanto, debemos hacer todo esfuerzo para remover cada obstáculo de los  ojos de un mundo incrédulo.

Conclusión

No se necesita un genio para darse cuenta de que una persona que ha hecho un poco de investigación en teología y apologética probablemente no tendrá mucho tiempo que gastar en muchas técnicas de evangelismo. Aquellos que con seguridad saben lo creen, y porque lo creen, están listos en todo tiempo para “dar razones para la esperanza [que tienen]”. Saben cómo articular la esperanza que tienen (el evangelio), y entregar razones convincentes para ella (apologética). Este tipo de evangelismo no es solo hecho los viernes por la noche, y no es algo que deba planificarse. Florece naturalmente de un corazón seguro que permanece firme en una fe razonable, saturada apropiadamente del evangelio de la gracia.

Hay una gran cantidad de gente en este mundo que aún está en el lugar en el que yo estuve hace 10 años. Piensan que la religión es absurda, una búsqueda trivial y sin sentido. Las calcomanías en tu auto tampoco los convencerán. Por favor, por su bien, haz el trabajo de un evangelista bien equipado, dándoles razones de la esperanza que albergas dentro de ti. Las nuevas ideas y técnicas evangelísticas van y vienen, pero no te conformes a ellas. Sigue, en cambio, las instrucciones del apóstol cuando animaba a Timoteo a “predicar la palabra”, 2 Tim 4:2.



Originalmente publicado en el volumen 4, 3, 1995 de Modern Reformation. Traducido con autorización. Traducción de Esteban Guerrero Cid.

[1] J. Gresham Machen, Christianity & Liberalism (Grand Rapids: Eerdmans, 1923), p. 53.

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