Estudios Evangélicos

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Para vivir fuera del paraíso: una comprensión cristiana de las ficciones políticas

Introducción

Chile despertó. Ese es el rezo que se instaló luego de que aquello que comenzó como evasiones masivas al metro de Santiago, acabó por convertirse en una marcha de más de un millón de personas a lo largo de todo el país. No cabe duda de que es un momento histórico. Ello desde luego significa varias cosas, pero sin duda no significa “estabilidad”. A esta generación le ha correspondido experimentar tanto el desborde de frenesí que trae el optimismo por el futuro como el pesimismo de una inevitable incertidumbre.

También corresponde a esta generación asumir que, al menos por unos cuantos años, no tendremos la capacidad de aprehender el fenómeno con la especificidad que quisiéramos y, por lo tanto, todo lo que podamos decir, si queremos hablar con sensatez, ha de ser asumido como un esfuerzo tan testimonial como tentativo. Con todo ello en mente, quisiera aventurarme, más que a ofrecer una explicación del caso, simplemente a esbozar algunas observaciones a lo que me parece que presenciamos, a saber: la lucha por orientar una mística de la indignación.

La potencia semiótica

Lo político es semiótico. Desde tiempos inmemoriales, se ha valido de enunciados, símbolos y, en suma, de todos los recursos que permiten crear un sentido de pertenencia e identificación. Banderas y escudos, colores y símbolos para partidos, ideologías, reinos, naciones, imperios. Por ello, siempre que estamos ante un evento político, es importante reconocer su semiótica.

En este evento, hay dos signos que han llamado poderosamente mi atención. El primero de ellos es el mensaje metafórico del sueño y el despertar. Se ha instalado la idea de que Chile “despertó”. Dormir y despertar es una cualidad propia de organismos vivos. El sueño es para descansar y también lógicamente, para soñar. En este caso, la idea es específicamente mostrar que Chile salió de un estado de pasividad a uno de actividad, en el cual las acciones están orientadas precisamente a protestar por las condiciones sociales en el país.

Ahora bien, así como esta metáfora es útil para desvelar o explicar el fenómeno, tiene un problema que me importa señalar: el acto de despertar no garantiza una comprensión adecuada de los componentes de la realidad circundante. Para que se entienda mi juego con la metáfora, no es lo mismo el despertar en la mañana de un taxista que el de un abogado. Cada uno ve el mundo de modo diferente y pone atención a aspectos distintos de las mismas situaciones, porque sus herramientas para hacerlo son distintas. Chile despertó, pero ¿cómo ve la realidad a la que despertó? Efectivamente, despertó para protestar. Pero ¿qué hará después de eso? No basta con despertar. La realidad debe ser discernida, y es aquí donde viene mi primera observación teológica: los cristianos debemos ser capaces de discernir adecuadamente los elementos de esta realidad a la que Chile despertó, y no simplemente conformarnos con un despertar que no sabemos a dónde puede conducir. Como dirían otros, debemos “leer los signos de los tiempos”. Hay que tomar en cuenta especialmente que estamos en presencia de un movimiento acéfalo, sin demandas claras, en el que cuesta perfilar lo que la gente busca. No es una revolución. Es por eso también que políticos de todos los sectores han deseado capitalizarlo. Es un despertar con una idea más o menos clara, pero sin una propuesta para operacionalizarla. Es demanda pura que desafía a todos a dar una respuesta. ¿Cuál es la cristiana?

De aquí el segundo signo. El día siguiente de la gran marcha del millón del viernes 25 de octubre, me di el tiempo de caminar por los alrededores de Plaza Italia para observar los signos que el evento dejó tras sí. Lo que más me impresionó por su potencia simbólica fue que en el histórico monumento del General Manuel Baquedano, ubicado en el centro de esa plaza que paradójicamente ha simbolizado la división de la ciudad entre ricos y pobres y al mismo tiempo ha sido un espacio para convocar a la unidad, habían colgado un cartel de cartón que decía “Dignidad”.

En el contexto de la manifestación, “dignidad” es un significante que evoca muchas cosas, como por ejemplo sueldo digno, pensiones dignas y salud digna. No obstante, en un sentido filosófico, detrás de esto hay un problema todavía más profundo: no se protesta por conseguir todo ello simplemente porque nos parece que es lo “mejor”, sino porque hay una “dignidad” que se le debe respetar a los seres humanos y cuya materialización debe ser llevada a cabo por la institucionalidad política. Esta dignidad es propiamente humana y, en cuanto tal ontológica. Así, fue colgada sobre los restos de la historia una demanda intemporal. En otros términos, incluso sin saberlo, tras una manifestación de pura inmanencia, hay un gemido por la trascendencia, por traer al tiempo histórico el valor intemporal del ser humano y golpear con él al corazón de la polis. Por más que no haya aquí ninguna alusión teológica, la palabra “dignidad” en clave cristiana tiene un alcance inconmensurable: fue en la cruz de Cristo que lo que era indignidad objetiva se transformó en dignidad plena. Ahí la dignidad dejó de ser simplemente una situación de valoración exterior para convertirse definitivamente en una cualidad intrínseca e interior del ser humano (Spaemann, 1988:18). No en vano es el cristianismo el que ha proclamado con tanta fuerza el concepto de la persona y la dignidad humanas. Esto no emanó primariamente de una teología política, sino fundamentalmente de la cristología (Zizioulas, 2003).

En las discusiones que se han dado por esta histórica movilización, un profesor universitario chileno ironizaba sobre el análisis de Carlos Peña, rector de la U. Diego Portales, diciendo que se escucha a “un intelectual del siglo XVIII para resolver los problemas del siglo XXI”. Los signos desde luego no son suficientes para explicarlo todo. Pero cabe decir que tras la mística de la indignación que ha movilizado a millones de personas, se encuentra un reclamo, una demanda ontológica, que escapa largamente las discusiones técnicas, coyunturales e históricas del país. Esta demanda apela a un concepto que va mucho más atrás del XVIII y cuya definición está marcada por la influencia cristiana. Así que el profesor y Peña se quedan cortos.

El sino de las ficciones

Lo que es una demanda ontológica pronto se vuelve objeto de una batalla de ficciones políticas. Los distintos grupos ideológicos comienzan a intentar atribuirse la conducción, a ofrecer soluciones y, en fin, a tratar de gobernar el malestar. Si la protesta busca dignidad, cada ideología intentará ofrecer una solución política de acuerdo a sus principios teóricos. Por ello, no es extraño que circulen opciones de todo tipo, desde la agenda social, pasando por la asamblea constituyente, hasta las consignas que llaman a una insurrección social.

Cuando se afirma que estamos en una batalla de ficciones políticas, eso no quiere decir que lo político sea irreal o falso. Como dijo un filósofo tunecino, “la política es, tal vez, el ámbito por excelencia de la ficción” (Zarka, 2004:134). Los viejos mitos podrían ser cuestionados por su veracidad histórica, pero incluso si no hubiesen sido reales, de todas maneras, tienen un valor fundacional que da sentido a una comunidad. Es una discusión que ya se encontraba en los griegos. En tal sentido, las ideologías también se valen de mitos o pueden ellas mismas generarse como mitos. En esta demanda por dignidad, podríamos pensar que debaten encarnizadamente las ficciones del neoliberalismo, de las distintas corrientes progresistas y otras de tinte insurreccional. Pero todas ellas, sin excepción, también representan una batalla por la instalación política de un concepto de ser humano. Así, la lucha por la dignidad de pronto se vuelve ella misma escenario para la disputa por la vida misma, el ser humano y su existencia.

La historia es una guerra de ficciones políticas de todo tipo disputando la supremacía. “Nobles mentiras”, en el decir de Platón (414c-415d), relatos míticos que, pese a no ser verídicos, son nobles porque sirven al fin último del cuidado de la ciudad o comunidad. Por más loables que sean los fines de estas nobles mentiras contemporáneas, todas ellas comparten una matriz común. Por ser fruto de la modernidad, la fuente de su búsqueda de orden en el mundo es la confianza en la capacidad de la razón, y esta es la ficción de ficciones. Ya decía el profesor Strauss que “dentro de occidente, la tradición bíblica siempre advirtió las limitaciones del racionalismo” (2007:100), advertencia que se vio con toda claridad en un apasionante debate entre el filósofo alemán Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger, quien luego asumiría como cabeza de la Iglesia de Roma (2008).

Firmemente confiados en el regazo de la razón, se han construido una serie de sistemas racionales que, curiosamente, acaban por ser incluso contrapuestos. Todos ellos reclaman para si la mayor objetividad. Pero la política no funciona solamente gracias a la razón. Hay una cantidad enorme de otros elementos que la componen, y su fin es mantener la estabilidad en atención a los intereses de los distintos grupos que componen la sociedad. La política racionalista, sin embargo, como bien señala Oakeshott, es problemática porque “en su esquema no hay lugar para “lo mejor dentro de las circunstancias”, sino solo un lugar para “lo mejor”, porque la función de la razón es precisamente la superación de las circunstancias” (2000:25). Desde luego, para precisar, lo que ha de ponerse en entredicho hoy es el racionalismo, no la racionalidad ni la razonabilidad. Esta última, al contrario, se encuentra en grave peligro precisamente a causa de racionalismos duros, pues es por ellos que hoy, paradójicamente, se desatan las acciones más irracionales. La mística de la indignación quiere respuestas inmediatas, en ello corre el riesgo, tal como hemos visto, de querer pasar a llevar todo aquello que media a la demanda de la obtención de lo demandado. Los elementos mediadores se vuelven ilusorios, se busca la más perfecta y racional de las soluciones. En otras palabras, debido a ese deseo tan humano de unir a lo uno con el todo (al yo con una comunidad) expresado en el plano político, las instituciones sobre las que se funda la estabilidad de una sociedad y la razonabilidad para mantenerla y mejorarla son asediadas por una paradójica mezcla de pasión política y racionalismo. Por ello, se vuelve imperioso renunciar a la desmesura de la inmediatez para pensar con claridad lo que está ocurriendo.

Desenmascarar a los poderes

El cristianismo tiene una dificultad conceptual última con las ficciones: se funda sobre la aceptación de que la verdad es una persona, que es Dios encarnado, y que en ella se presenta el principio y el fin, la amplitud del cosmos, y por ella la vida es orientada hacia la eternidad. Todo su quehacer consiste en amar esa verdad última que es Cristo. Es por Él que todo lo creado es iluminado y, por tanto, es por Él que pueden discernirse mejor las ficciones políticas.

Hasta hace algunas décadas, todavía se pensaba que cuando Pablo hablaba de principados y potestades, se refería fundamentalmente a entidades espirituales. Por ello, para entender el concepto, o se descansaba sobre una interpretación angelológica tradicional o se lo descartaba como mito premoderno enquistado en el sentido de la fe de los primeros cristianos. Todo eso cambió cuando el teólogo reformado Hendrikus Berkhof ofreció su análisis sobre la teología paulina, en el cual concluía que “potestades” designaba también una serie de “fuerzas que unifican el mundo y la vida de los hombres y que los protegen del caos” (2013:28) y a “estructuras de la existencia terrena” (2013:29). Estos poderes, entre los que podemos encontrar al Estado, las ideologías, las costumbres, la opinión pública, la moral, y varios otros, no son esencialmente negativos, pero pueden degenerar en la medida que intentan ordenar la vida de las personas hacia sus propios fines. La tarea cristiana consiste, entonces, en desenmascarar la pretensión que los poderes pueden tener por totalizar la vida humana, entronizándose como la verdad última.

La “exousiología” o “doctrina de los poderes” (Yoder, 1985:108), desarrollada por Pablo, es de la mayor utilidad para pensar teológicamente la realidad de las sociedades contemporáneas. Por ejemplo, el problema del equilibrio de poder entre el estado y el mercado ha sido una las discusiones en las que hemos estado entrampados especialmente desde hace un par de siglos. El propio Abraham Kuyper, a quien nadie medianamente bien informado podría acusar de izquierdista o marxista, advertía sin embargo el riesgo de dar paso a una “kratistocracia” fundada sobre el “poder brutal del dinero” (2003:145). Tiempo atrás, en su venida a Chile, Patrick Deneen denunciaba a la “liberalocracia” (2018) que intenta ordenar al globo de acuerdo a sus propios intereses ideológicos y económicos, peligrosamente contrapuestos, según su observación, a la vida de las comunidades. El propio Berkhof, por su parte, reconocía que parte de su trabajo fue determinado por la forma en que la ideología nazi y la figura de Hitler lograron entronizarse. ¿Cuáles son las ideologías que se entronizan hoy?

Son varias las escatologías políticas seculares que circulan en el siglo XXI, y todas ellas pretenden presentarse como la solución definitiva a los males del día. Sin embargo, para la religión cristiana, Cristo es el centro. Por eso, para poder desenmascarar a las ficciones políticas, la cristología debe entronizarse como la disciplina fundamental para realizar cualquier análisis: porque desde Cristo comprendemos cabalmente la naturaleza humana y el orden del cosmos.

Para vivir fuera del paraíso

Una de las discusiones más frecuentes que he tenido oportunidad de observar respecto al despertar chileno ha sido cuál es el “rol de los cristianos” frente a la violencia de Estado, la violencia de las manifestaciones; frente a si es correcto o no manifestarse; qué se entiende por desobediencia civil; qué significa y cómo practicar la paz, entre varias otras discusiones. Todo esto desde luego tiene respuesta. Sin embargo, cuando nos preguntamos sobre el “rol”, existe el riesgo de que estemos pensando la sociedad como espectadores que están decidiendo si entrar o no en escena; como si tuviésemos la opción de restarnos de ella. Lo cierto es que, querámoslo o no, estamos insertos en comunidades políticas. Lo que es más preocupante de este modo de ver las cosas es que es reactivo e inmediatista. Se pregunta por la coyuntura misma, por el momento de la mística de la indignación y, justamente por ello, no busca comprender el proceso ni la historia política. Esto, creo, es lo que urge resolver.

Evidentemente, los cristianos han de tener un rol en la coyuntura, pero me parece que una crisis como esta requiere también, y sobre todo, de un paso previo: la actitud que busca discernir los espíritus y comprender. Vivimos fuera del paraíso y es precisamente por ello que no podemos fingir como si viviésemos en un mundo paralelo solo por profesar una fe. Urge romper definitivamente ese dualismo. No se puede leer adecuadamente desde una perspectiva cristiana lo que ocurre a nuestro alrededor si no entendemos lo que hay en ese derredor.

Las ficciones políticas se valen de una serie de recursos semióticos y apelan a lo más profundo de los deseos de las personas. Así es como se entronizan para definir los destinos de las sociedades. Me parece que las preguntas más importantes que debemos hacernos hoy son, por ejemplo, ¿cuáles son las ficciones políticas que se disputan al Chile contemporáneo? ¿Cuáles son sus fundamentos ideológicos, su concepción del ser humano y del orden social? ¿Cuál es el asidero histórico del que toman fuerza para reafirmarse ante la opinión pública chilena? ¿Cuáles son las señales, el imaginario, la potencia semiótica, que utilizan para presentarse ante el país?

Muchas veces en la historia distintos cristianos han querido vincular teológicamente la fe cristiana a regímenes, ideologías y todo tipo de ficciones. Si bien esto es posible, y cada quien puede optar por considerar una u otra opción como la más adecuada, es imperioso no ceder a la tentación de pensar que el cristianismo se iguale con una de esas ficciones, es necesario poner un cuidado único en la forma en que se intentan establecer esos vínculos y, por supuesto, es necesario cuidar que el cristianismo no acabe siendo utilizado para justificar la entronización como verdad última de ninguna ficción. Cristo es la verdad, y ninguna ficción puede jamás apresarle. Las ficciones terrenas no pueden llevarnos a un nuevo Edén. Por eso hay que superar la ansiedad de la inmediatez. La verdad nos hará libres de las ficciones que buscan definirnos, pero solo si ella es el principio desde el cual buscamos comprender nuestro lugar en la historia. Chile despertó, pero ¿hacia dónde caminará? Chile quiere dignidad, pero ¿quién y cómo se hará cargo de darla? Necesitamos avocarnos a tener una mirada disciplinaria que llamaría cristología exousiológica, para examinar la realidad presente y pasada de nuestro país.

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Luis es Licenciado en Letras Hispánicas PUC, y Magister en Estudios Internacionales IDEA-USACH.

Ponencia presentada en el segundo conversatorio “Hablemos de verdad”, 16 de noviembre de 2019, Santiago de Chile. Originalmente preparada para la primera fecha estipulada del conversatorio, 8 de noviembre de 2019.

Bibliografía

Berkhof, H. (2013). Cristo y los poderes. Grand Rapids: Libros Desafío.
Deneen, P. (2018). ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? Madrid: RIALP.
Habermas, J. y Ratzinger, J. (2008). Entre razón y religión. México D.F.: FCE.
Kuyper, A. (2003). Conferencias sobre calvinismo. Edición online. Recuperado de: https://cedein-chiapas.webnode.es/
Oakeshott, M. (2000). “El racionalismo en la política”. En El racionalismo en política y otros ensayos. México D.F.: FCE. Pp. 21-53
Platón. (2013). República. Madrid: Alianza.
Spaemann, R. (1988). “Sobre el concepto de dignidad humana”. En Persona y Derecho, Vol. 19. Pp. 13-33. Recuperado de: http://dadun.unav.edu/handle/10171/12656
Strauss, (2007). “Una introducción al existencialismo de Heidegger”. En El renacimiento del racionalismo político clásico. Madrid: Amorrortu. Pp. 81-103
Yoder, John Howard. (1985). Jesús y la realidad política. Buenos Aires: Certeza.
Zarka, Y. (2004). “Política y Ficción”. En Figuras del poder. Madrid: Biblioteca Nueva. Pp. 133-154
Zizioulas, I. (2003). El ser eclesial. Sígueme: Salamanca.

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