Estudios Evangélicos

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Secularización y reencantamiento

La vieja tesis sobre la secularización es bien conocida: en tanto una sociedad se fuese modernizando, se volvería más secular. Así lo creían todos los clásicos de la sociología de la religión, aunque explicaran el proceso de modernización con distintos acentos. A estas alturas, también debiera resultar bastante conocido lo que ocurrió con esta tesis: los hechos refutaron a los clásicos, y hoy tenemos un mundo no más, sino menos secular que décadas atrás. Si antes lo curioso era el caso norteamericano –una extraña sociedad moderna y religiosa a la vez–, hoy hay quienes se preguntan si en lugar de un “excepcionalismo americano” debiéramos hablar más bien de un “excepcionalismo europeo”: ellos, los europeos, serían el fenómeno extraño que habría que explicar, el resto del mundo sabría perfectamente cómo ser moderno y creyente.

¿Exagero tal vez? Desde luego. En estas materias no cabe hablar de un giro del cielo a la tierra, y lo que requerimos no es reemplazar la idea de una secularización lineal y constante por la creencia en un igualmente progresivo avivamiento religioso. Las cosas son más complicadas, con idas y vueltas y mezclas. Pero el hecho indubitable es que buena parte de quienes hace tres o cuatro décadas escribían de modo confiado sobre un futuro secular, acabaron hace ya una década y media reconociendo que el futuro no era tan predecible, y que la vuelta de la religión –también a la vida pública– era un hecho (con lados positivos y negativos) de la vida contemporánea. Baste aquí con los elocuentes ejemplos de Jürgen Habermas entre los filósofos seculares y Peter Berger entre los sociólogos creyentes. Llegados a este punto, el concepto de “dessecularización” se ha vuelto una moneda corriente y una cada vez más precisa herramienta de interpretación (para eso véase Vyacheslav Karpov).

¿Pero se trata de buenas noticias? Para una parte del mundo desde luego se ha tratado de un balde de agua fría. Sus antepasados de siglos anteriores al menos sabían algo de la religión con que se enfrentaban; a ellos, en cambio, les toca lidiar con un fenómeno que hace tiempo daban por acabado y del que, por tanto, no tenía sentido estar muy enterados: si estamos ante una vuelta de la religión, es a un mundo religiosamente analfabeto, y ése es un escenario tal vez más complejo que el de un mundo hostil respecto de la religión. Algunas de las mentes brillantes de ese mundo secular son conscientes de ese hecho, y se lanzan por tanto a reintroducir a sus propios fieles a esa realidad olvidada (como lo ha hecho, por ejemplo, Mark Lilla con la teología política).

Pero junto con las tensiones que provoca la fe en un mundo sin educación religiosa, hay un problema que clama por nuestra atención: que la vuelta de la religión al mundo contemporáneo parece incluir, y de modo bastante prominente, la religión violenta. Ha incluido la violencia abierta, en proyectos de conquista de gran escala como lo encontramos en ISIS. Pero ha incluido también otros tipos de violencia, como la de la sutil y no tan sutil manipulación; y para ver ese lado del problema no hace falta ir a Medio Oriente. En suma, si la religión está de regreso, se trata no sólo de una buena noticia, sino también de algo preocupante. En esa formulación general supongo que creyentes y no creyentes coincidiremos; nos dividirá, en cambio, la pregunta respecto de qué factores son los que en realidad vuelven preocupante este fenómeno. Para algunos, lo preocupante sería cuando la religión se vuelve demasiado robusta (en la cantidad de cosas que afirma, o en la intensidad con que se aferra a ellas). Ese es el sentido común de nuestros días: la “vuelta de la religión” estaría en orden si tan solo se creyera menos cosas (dejando más espacio para otros tipos de autoridad), o si la gente tuviera algo más de distancia respecto de todas esas cosas que cree.

Creo que vale la pena tener a la vista una explicación distinta. En efecto, aquí puede ser útil volver la mirada a esos clásicos de la sociología de la religión a los que hemos aludido, por mucho que su teoría general haya sido refutada por los hechos. Pienso en Max Weber, y en el significativo hecho de que para él el término fundamental para describir el mundo moderno no fuese “secularización”, sino “desencantamiento”. Y, he aquí la clave, no se trata de estrictos sinónimos. Aunque en buena medida se designara con estas dos palabras un mismo proceso, el concepto más amplio es el de desencantamiento. Cuando describimos el mundo moderno como desencantado, no se trata de la sola pérdida de una visión teísta de la vida. Cuando Weber describía el mundo como un jardín desencantado, hablaba de un mundo en que cada esfera de la vida es conquistada por la racionalidad instrumental. El consiguiente ascenso de la figura del burócrata y la separación entre un mundo de los hechos y un mundo de los valores no son sino aspectos de ese mismo problema. Y el proceso desde luego se ha extendido más allá del punto en que nos dejó Weber: si siglos pasados vieron vaciarse el mundo y sus objetos en manos de esa lógica instrumental, luego nos ha tocado ver el mismo proceso aplicado a los sujetos. No es extraño que algunos de los escritores cristianos más destacados del último siglo, Tolkien y C. S. Lewis, alcanzaran a multitudes precisamente por la amplitud con la que estaban respondiendo a este fenómeno: no es sólo que la realidad de Dios impregnaba sus obras, no es sólo que reivindicaran el lugar de la imaginación y la emoción en nuestra educación, sino que estaban atentos a la manipulación. Quien lee una obra como La abolición del hombre, tiene en sus manos un proyecto de reencantamiento tan elocuente como el transmitido por las obras de fantasía de estos autores.

Comprender nuestra situación en estos términos es comprender una parte muy sustantiva de los problemas en los que nos encontramos. Porque en un mundo desencantado reinan no sólo la racionalidad instrumental y el vacío de sentido, sino también los falsos encantadores que con recetas fáciles nos prometen redención religiosa o política. La conclusión parece inevitable: si la dessecularización ha de ser una buena noticia, tiene que ir de la mano no de menos creencias o de creencias sostenidas con más distancia; necesitamos no una “vuelta” más suave de la religión, sino una vuelta enmarcada en una visión más robusta. Pero se trata de una robustez sutil, que podemos describir precisamente con el concepto de reencantamiento.

En un sentido, esta tesis debiera resultar evidente. Piénsese en ISIS, para volver al caso ya mencionado. Más de algún despistado lo describe como una vuelta a un fenómeno medieval: si sólo pudiésemos seguir por la ruta de la modernidad, nos podríamos librar de semejante plaga. Pero observadores más agudos –piénsese en John Gray– han notado el modo sorprendentemente moderno en que ISIS se organiza, como una compañía altamente eficiente y dispuesta a hacer cualquier cosa para cumplir con las metas del mes. Mediante un eficiente uso de las redes sociales no sólo capta futuros adherentes, sino que les informa también de modo minucioso, en lo que parecen ser anuarios de la empresa, de sus sangrientos logros. Aunque en un movimiento así podemos ver la versión ampliada de estos riesgos, está claro que se trata de características de todo fundamentalismo. El rasgo decisivo de éstos no es su vuelta atrás, ni su violencia, ni la fuerza de sus convicciones, sino precisamente su desarraigada vuelta atrás, su reacción sin tradición, su aparente revuelta que en realidad perpetúa con otra fachada los problemas que denuncia (impiedad, individualismo, etc.). En el intento por reconstruir la sociedad desde cero –sea la sociedad entera o la sola sociedad eclesiástica–, no estamos ante rasgos de sociedades medievales, sino más bien ante elementos típicos de una revolución moderna. Basta tener ese hecho a la vista para comprender que el desencantamiento no se revierte simplemente devolviéndole al mundo la religión. En una tal vuelta no es nada extraño si la religión misma reaparece de un modo distorsionado, como en la tendencia a tener una relación puramente instrumental con el mundo (con la amistad, el arte, la ciencia o la política como medios para el propio mensaje).

¿Qué es, en contraste, un mundo reencantado? Al escuchar el término, supongo que es natural imaginar un universo poblado de hadas, como si el reencantamiento fuese para mentes tribales o para quienes no tienen el coraje para ver el mundo como es. Si creemos eso, es porque se nos ha atrapado con una absurda disyuntiva, como si la alternativa fuese entre la tribu supersticiosa y una modernidad avasalladora. Pero buena parte de la historia occidental, incluida parte de su historia moderna, no cabe en esa alternativa. Un mundo reencantado tal vez sea, en primer lugar, un mundo que no se deja atrapar por ese tipo de disyunción. Un cosmos transido de divinidad no tiene por qué experimentarse como un mundo lleno de hadas, pero sí será un mundo lleno de fines.

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